4

Con el socialismo en la OTAN

(1982-1986)

 

 

«La Capilla Sixtina» concluye en La Calle tras más de diez años de existencia con una inusual alusión a la paternidad. En Interviú, como si Carvalho se contagiara de este momento extraordinario, se enfrenta a su creador. Le roba la máquina de escribir y se pone en su lugar.

ENCARNA QUIERE TENER UN HIJO

Una relativa frialdad en las relaciones con Encarna, es cierto. Cuando trato de explicármelo a mí mismo o a Marco Antonio Alfonso de los Arroyos, digo que me molesta la gente que se niega a crecer. Pero no es cierto. No me molesta la gente que se niega a crecer. Es más, yo diría que también en mí reconozco a alguien que se niega a crecer. Pero Encarna renuncia a crecer y lo hace de una manera a la vez dogmática y sectaria: convierte el no crecer en un dogma, y la raza de los adolescentes eternos en una secta privilegiada y con voluntad de hegemonía. Pero a pesar de la distancia sigo pendiente de sus idas y venidas, de sus altos y bajos. En la evidencia de su depresión, grabada en las ojeras y ansiedades de su rostro, me permití un «qué te pasa» provocador de una llantina, sin otro precedente en esta sección que las que le provocaron el asesinato de Allende, la victoria en Vietnam y el retorno de un exiliado simbólico.

—Pero ¿qué te pasa?

—Que estoy harta de todo, don Sixto.

—Vete a Katmandú, como otras veces.

—Qué Katmandú ni qué cardo borriquero. ¿Quién va a Katmandú a estas alturas del siglo? De eso me quejo, de que ni siquiera hay un Katmandú. Estamos solos y lejos de las patrias más propicias.

—Bellísimo. Podría ser un verso de Sartre, en el supuesto caso de que Sartre hubiera escrito versos.

—Me estoy haciendo vieja.

No, no se está haciendo vieja. Al menos aparentemente. Lleva la treintena y pico con una dignidad física increíble en una persona que es capaz de comerse los callos a la madrileña a cucharadas. La invito a cenar y me esmero en un menú griego que es de su agrado: taramá, pinchos de pez espada y una musaka. El taramá es una maravilla del espíritu, hecha con huevos de peces parientes del bacalao, incluso con huevos del propio bacalao, aceite, miga de pan, leche, pimienta. Mi preferido es el taramá que venden algunos comerciantes del barrio judío de París, muy superior ya al taramá que hoy puedes comer en la Grecia turistizada, hecho con patatas, a medio camino entre el taramá real y las excelentes atascaburras manchegas. Le cuento todo esto a Encarna para desensimismarla, pero no lo consigo, porque de pronto me dice:

—Quiero tener un hijo.

Cuidado que es suave el taramá. Pues se me ha atragantado. Y he estado a punto de preguntarle si yo le servía como padre. Por suerte no lo he hecho, porque ha añadido:

—Con un hombre de paso. Que me lo haga y se vaya para no volver.

—¿Has probado lo de la inseminación artificial?

Y reacciona, vaya si reacciona.

—Los hijos se hacen jodiendo, don Sixto.

Y a partir de este desahogo, cambió de talante y casi fue feliz.

 

SIXTO CÁMARA

 

La Calle, «La Capilla Sixtina»,
27 de enero de 1982, n.º 201 y último, p. 21

LOS LOCOS ANDAN SUELTOS

—No. No se esfuerce, señor Vázquez. He releído varias de estas secciones de Interviú y he llegado a la conclusión de que usted me estaba instrumentalizando. Primero aparece usted, plantea el tema, insinúa la tesis y la moraleja. Luego baja unos cuantos escalones, se mete en mi despacho y deja que yo hable para darle a usted motivo de escándalo y que el lector piense: «Ya empieza a largar el cínico de Carvalho. Esta vez no me coge». ¿De qué iba hoy?

—De locos. Una colaboradora de Interviú se ha metido en un manicomio valenciano fingiéndose loca y ha podido captar en su propia experiencia el trato que reciben los locos.

—De locos yo no sé nada. Bastante trabajo me dan los cuerdos.

—Pero un profesional del delito y la excepción, como usted, Carvalho, forzosamente ha tenido que lidiar con locos.

—El único esquizofrénico que conozco es usted, señor Vázquez.

—La esquizofrenia es un derecho y un deber, sobre todo cuando se trata de una esquizofrenia amable. Tenga en cuenta además que yo soy géminis, es decir, soy astrológicamente esquizofrénico.

—En cierta ocasión intervine en un caso relacionado con la doble personalidad o la doble conducta.

—Soy todo oídos.

—Inútilmente. Ya le he dicho que no pienso largar.

—Es lamentable que usted renuncie a la plataforma de promoción que yo le brindo. ¿Qué era usted cuando yo le conocí? Un don nadie. Yo he hecho de usted un personaje nacional e internacional. Cuando se cometió el asesinato del secretario general del PCE, ¿a quién se recurrió?

—¿Qué asesinato? Yo le vi el otro día en la tele vivito y coleando.

—Imposible. Fue asesinado, como demostré yo en mi novela Asesinato en el Comité Central.

—Mucho me temo que está usted en un error.

—Los miles y miles de lectores de la novela, ¿también están en un error?

—Tal vez no en el mismo que usted.

—Además, usted mismo investigó el crimen y asistió al asesinato del asesino.

—¿Yo? ¿Cuándo?

—¡Me está usted haciendo luz de gas!

Carvalho me observa con atención, casi con curiosidad.

—Relájese, señor Vázquez. ¿Quiere un trago de algo? ¿Orujo?

—¿Lo ve? El orujo es una prueba del asesinato del secretario general del PCE.

—Evidente.

—He sido yo quien le ha hecho beber orujo helado en las novelas. Por lo tanto esta prueba avala la realidad de todo lo demás.

—Que le sea leve, amigo. Si la tuviera llorona aún se la aguantaría, pero una borrachera esquizo no se la aguanto ni a mi padre.

Da por terminada la audiencia. Lo sé porque soy yo quien le he creado, y cuando maleducadamente cruza los pies sobre la mesa quiere decir que puedo irme por donde he venido.

—¡Como se ponga pesado, le mataré! ¡En la próxima novela le mataré!

—No me lo creo. Con el chollo que usted ha encontrado en mí.

—¡Le mataré y convertiré a Biscúter en el investigador! ¡Será una especie de Inspector Colombo y me lo contratarán los americanos! Con el dinero que los americanos me den por el personaje de Biscúter me compraré una isla en Miami y viviré allí sin más vínculo con España que hacerme traer cada día por vía aérea una cazuela de marmitako de Arzac o una tripa con llanegues del Agut d’Avignon.

—Mal asunto lo de Miami. Le secuestrarán al padre y tendrán que intervenir los geos.

—¡Rodearé mi isla de cocodrilos!

Apabullado por mi capacidad de respuesta, Carvalho se encoge de hombros. Vuelvo a mi despacho y me pongo manos a la obra. Empiezo una novela en la que Carvalho morirá. He de matarlo al final y empiezo por el último capítulo. Quiero que quede claro. En éstas llaman a mi puerta y al abrir se me echan encima dos forzudos que me convierten en un nudo humano. «¡La KGB!», pienso primero, para sospechar a continuación que se trata de la CIA. Horas después estoy en una habitación desnuda, desnudo yo también si no fuera por la camisa de fuerza.

—Soy el premio Planeta 1979 —le digo al médico entre electroshock y electroshock.

—Y yo el Nobel de 1985.

—Quiero hablar con mi agente literario.

Y entonces me ponen una inyección y me duermo.

 

Interviú, 3 de febrero de 1982, p. 51

 

•  •  •

 

Una vez que cierra La Calle, tan sólo escribe en El Periódico de Catalunya y en Interviú. Es decir, trabaja sólo para el grupo Zeta. Nunca desde finales de los años sesenta había colaborado con menos publicaciones. Y, por si fuera poco, no publica ningún trabajo en el semanario entre marzo y septiembre de 1982, cuando regresa con un tono renovado.

¡TÍA BUENA! ¡TÍA BUENA! ¡TÍA BUENA!

Cuando vean a un hombre, por lo general cuarentón, cerrar los ojillos y apuntar el hociquillo, como si fuera a empezar a cazar, adelantar una pierna, arquear el cuerpo, contener con los brazos el impulso de saltar como un chinche y todos estos esfuerzos musculares se producen en la vida y en la coincidencia del paso de una mujer, no hay duda, están ustedes en presencia de un cazador verbal, mezcla de tocón visual y poeta lírico japonés. Un piropeador. España siempre ha estado orgullosa de sus piropeadores. Vamos, se le ha atribuido el estar muy orgullosa de los piropeadores, aunque yo no he hablado nunca con esa señora. Para poder hablar en el nombre de España, supongo yo que primero hay que entrar en comunicación con ella, aunque sea una vez en la historia, como ocurre con los Papas de Roma que de vez en cuando entran en comunicación con Dios y así saben lo que piensa.

Entre mis amistades no hay nadie que haya podido hablar con España y por lo tanto carezco de testimonios directos de que sea cierto el entusiasmo de la dama por sus hijos piropeadores. A mí los piropeadores me producen una sensación de vergüenza ajena, siento la vergüenza que ellos no sienten por hacer el gilipollas. Los piropeadores más técnicos sostienen que a las mujeres les gusta el piropo. Yo he hecho mis averiguaciones y he llegado a la conclusión de que no se puede generalizar. Depende del nivel de narcisismo de las señoras y de su grado de conciencia sobre el papel desigual que le toca en la correlación de sexos. Según estadísticas que nadie ha hecho pero que yo supongo, a las mujeres les molesta cada vez más el ser asaltadas, aunque sea verbalmente, en plena calle, lo que las convierte en caza permanente. Las hay que distinguen entre el piropo soez y el piropo lírico. Por ejemplo:

Piropo soez: «Niña, abre el horno que te meto este boniato».

Piropo lírico: «Niña, eres la primera flor de la primavera».

Habría que añadir variantes. Por ejemplo:

Piropo caníbal: «Estás más buena que un bocadillo de calamares».

Piropo sobón: «Si me das las bragas te compro unas nuevas».

Piropo entusiasta: «¡Guapa! ¡Guapa! ¡Guapa!», o bien: «¡Tía buena! ¡Tía buena! ¡Tía buena!».

A veces el cazador visual se parece a ese siniestro cazador de pájaros, armado con un telescopio de Monte Palomar frente a una avecilla que sólo tiene ganas de volar y vivir. Su corpachón agresivo sale al encuentro del cuerpo grácil que acelera la marcha para que las palabras no la alcancen, porque las palabras son una agresión.

—¿Es partidario del piropo, Carvalho?

—No. No he pronunciado un piropo en mi vida.

—¿Ni siquiera a corta distancia? Es decir, cuando uno está con una señora y sube la temperatura, y sube, y sube y de pronto hay que expresar un cierto entusiasmo.

—Me parece tan grotesco decir en esa circunstancia «Qué buena estás» como decir «Eres tan inteligente que te dejo acostarte conmigo». De todos modos y valga como principio, el piropo a corta distancia no es un piropo. El piropo es un acto exhibicionista que requiere la calle y, en general, testigos. No me molesta moralmente, ni ideológicamente, es decir, no soy un moralista, ni un feminista. Me molesta estéticamente. Por lo general el piropeador parece un vendedor de picha con poca confianza en la propia mercancía.

—La práctica del piropo se pierde y algunos constatan este hecho con cierta nostalgia. Ahora quedan viejos retóricos entre las ruinas de su concupiscencia y retorcidos manteles que balbucean más salivas que palabras. También los hay que pasan del tacto verbal al tacto real. Cuando yo era adolescente circuló por mi barrio un piropeador agresivo que se acercaba a las señoras, les pellizcaba el culo y luego decía, con mucha rapidez y al mismo tiempo vocalizando muy bien, es decir, el anti-Fraga, pues decía aquel pellizcador: «Y ahora dime que no te ha gustao». Las mujeres estaban indignadas ante aquel Jack el Pellizcador.

—Tal vez los piropeadores sean más sinceros que nosotros. La relación entre los sexos se basa en la caza o en la reproducción. No ha aparecido una tercera cultura de la relación intersexual propia de minorías sensibles y superconcienciadas. Tal vez el piropeador sea un desinhibido que dice en voz alta lo que los otros reprimidos piensan. Por ejemplo, señor Vázquez. Es conocido su entusiasmo, que usted no ha ocultado, por una serie de señoras del mundo del espectáculo. Si usted viera pasar ante sus ojos, en la confianza de que nadie le ve, a Laura Antonelli, Jessica Lange, la taxista de Todos rieron, de Bogdanovich, y no menciono señoras del país para que nadie pueda acusarle de tratar de ligar aprovechando las páginas de Interviú, ¿qué les diría?

—Nada.

—¿Nada? Aunque fuera una cortesía asexuada. Por ejemplo: «Parece que va a llover, el cielo se está nublando».

—Nada. Sería tan fuerte la impresión que no diría nada. Incluso es posible que les diera la espalda. Indignado.

—¿Por qué?

—Porque no se puede ir por el mundo así, estando tan imponentes.

—Acaba de decir usted un piropo, y en cualquier caso acaba usted de pensar como un piropeador.

—Ya sé que no tenemos remedio, que los hombres somos así. Pero unos convierten sus apetitos en agresiones y los otros los arrinconamos en la trastienda del cerebro. Yo no me fío de nadie, ni de mí mismo, pero al menos prefiero que la gente disimule con educación. La gente sincera suele ser inaguantable.

 

Interviú, «Carvalho y yo», 6 de octubre de 1982, n.º 334, p. 43

 

•  •  •

 

Enseguida recupera el tono político, la preocupación por los «desaparecidos» que regresan y por los albores de una nueva enfermedad, el sida, con aires de maldición.

¿QUÉ ME PASA, DOCTOR?

En algún lugar del universo, tal vez en una remota galaxia lejana, hay un laboratorio secreto en el que se estudia el equilibrio entre la salud y la enfermedad y siempre se procura que la humanidad no se confíe y caiga en la tentación de creerse inmortal. Eso ya por principios. Luego, además, se tiene en cuenta una medicina moral que enferma a los malos y sana a los buenos, dentro de un límite, sin pasarse. ¿Quién dirige ese laboratorio secreto de la galaxia? Hay quien sostiene que se trata de un equipo médico de nazis fugitivos al acabar la Segunda Guerra Mundial y hay quien recurre a la explicación más lógica y terrible: Jehová. El sensacional descubrimiento de la existencia de este laboratorio lo he hecho yo, casi sin ayuda de nadie, ni siquiera he necesitado recurrir a la ayuda del materialismo dialéctico, ni al pensamiento mágico de Mao Zedong, ni al de Jordi Pujol. Basta ser observador, y ni siquiera de la conducta ajena. Basta con la propia. Yo he observado que cuando no me duele una muela me hago un corte tontamente abriendo una lata de sardinas Isabel, y cuando me cicatriza el corte, pues me tuerzo un tobillo, y cuando salgo del trance me espera un ataque de gota. La cuestión es que siempre tengo un punto de dolor en mi cuerpo que me avisa de mi contingencia, que me dice: «Cuidado, Manolo, que un día de éstos te da un patatús». Incluso en momentos de optimismo veraniego, cuando en un perfecto estilo crawl me adentro en el mar y siento todas las vivificaciones externas de mar, sol y vacaciones pagadas, allí, dentro de las aguas territoriales, me espera una medusa cabrona para recordarme que soy un intruso en el reino de la flotabilidad.

He pensado en todo esto a la vista de la noticia de que una extraña enfermedad fatal acomete a drogadictos y homosexuales y me los deja secos en un tiempo récord. Cuando me informaron del tema y me pidieron que iluminara la cuestión con la luz de mi raciocinio, lo primero que pregunté fue: «¿Se trata de una enfermedad venérea?». Y lo pregunté porque me consta que, así como en las relaciones sexuales convencionales el hombre y, sobre todo, la mujer se vigilan las cositas para que no tengan bacterias ni pupitas, en las relaciones sexuales heterodoxas, basadas en la utilización de orificios que la Creación destinó a otros fines, esos orificios no se vigilan tanto como debieran y son proclives a lo que el gran clásico catalán Pitarra llamó «purgaciones culares». Pero en este caso no es una enfermedad venérea, y el hecho de que afecte sobre todo a homosexuales y drogadictos me pone en la pista de mi vieja sospecha: o Martin Bormann, con escafandra y desde un punto perdido de la galaxia, ha lanzado una guerra bacteriológica utilizando a homosexuales y drogadictos como cobayas, o Jehová, harto de la alarmante proliferación de los unos y los otros, quiere hacer un castigo ejemplar selectivo, sin recurrir a lo de Sodoma y Gomorra, que aquí, entre nosotros, fue una pasada asiática.

—No estoy de acuerdo.

—¿Por qué no, Carvalho?

—Porque usted condiciona una posible explicación a sus propios fantasmas: el peligro mundial nazi-fascista o la fatalidad de lo sobrenatural. Es usted un hijo de su época. Tiene enquistadas las ideas sobre el Bien y el Mal, así en la tierra como en el cielo.

—¿Qué explicación buscaría usted, Carvalho?

—Algo más simple. En un laboratorio de una industria médica se descubre un virus nuevo. Como los laboratorios no pueden comerciar con virus hasta que Menahenn Begin se decida a emplearlos contra los palestinos, pues prefieren comercializar el contravirus. Pero ¿cómo vender algo que todavía no se necesita? Muy fácilmente, una serie de agentes de los laboratorios inoculan el virus en sectores marginados de la población, con el fin de aprovechar su situación de cercados morales y psicológicos, y cuando se extienda la plaga ya verá usted cómo saldrá el remedio a la enfermedad y será un negocio.

—Pero usted es diabólico, Carvalho. Si fuera verdad lo que usted dice, ¿qué seguridad cabría en esta vida? Ríase usted de la amenaza de golpes de Estado en España. No podríamos confiar ni en el bacalao al pil-pil. ¿Quién me dice a mí que bajo la espléndida emulsión no se esconde un bacilo vestido con traje de campaña y destinado a introducir en mi cuerpo un mal malo?

—Mucho me temo que el fin de siglo será así. Se necesita inculcar el miedo. El sistema mundial se hunde y sólo el miedo puede guardar esa viña. De momento han empezado con los drogadictos y los homosexuales, pero no se extrañe nada si a continuación empiezan con los antiguamente llamados «intelectuales de izquierda».

—Pero ¿qué hemos hecho? En lugar de meternos en un museo para que las generaciones futuras estudien nuestro singular comportamiento, ¿se van a cebar con nosotros?

—No se extrañe si un día de éstos el médico le comunica que tiene usted un chancro de pupila o sarna en la lengua.

—Por Dios, Carvalho, no sea usted desagradable.

—Es el fin del milenio, señor Vázquez. Han empezado a aparecer los signos de decadencia y destrucción.

—¿Y cuál será el signo definitivo, el signo que anunciará el final de todo?

—El día en que Milans del Bosch sea duramente desterrado a un hotel de cinco estrellas de las islas Canarias.

—Las Canarias... Me suena... ¿No empezó allí?

—Usted lo ha dicho.

—Lo iba a decir.

 

Interviú, «Carvalho y yo», 13 de octubre de 1982, n.º 335, p. 45

VAN APARECIENDO LOS DESAPARECIDOS

Los desaparecidos políticos tienen una larga tradición en la historia contemporánea de América Latina, lo que ocurre es que nadie les llamaba «desaparecidos» y todo el mundo sabía que pasarían de la condición de desaparecidos a la de esqueleto por la vía del bocata de gusano. Masacrar al enemigo político para producir el terror por el terror con efectos disuasorios ha sido un recurso también utilizado en la posguerra española. Todavía hoy, en fosas comunes y secretas de España se amontonan los huesos de nuestros «desaparecidos», mientras los responsables criminales de su desaparición siguen dando nombre a calles y plazas públicas de nuestras ciudades y pueblos. Es decir, en todo tiempo y lugar se cuecen «desaparecidos» y esos delincuentes históricos que conforman la Junta Militar de Buenos Aires o los poderes fácticos uruguayos o los pinocheros chilenos no han inventado nada. ¿Dónde radica su mérito? En que han aplicado a la matanza política antropófaga la nueva terminología de la lucha antisubversiva que les han enseñado los monitores norteamericanos, y quizá en que han utilizado un moderno utillaje para la tortura previa y para el troceado posterior de las víctimas. Pero el empleo de utillaje sofisticado no implica un cambio cualitativo, hubiera dicho Carlos Marx de haber vivido para comentar el asunto de los desaparecidos en el dominical de ABC.

Las secuelas del tema de los «desaparecidos» sí que constituyen una nueva situación histórica, porque los medios de comunicación de Argentina y del mundo entero están cometiendo la grosería y la osadía desestabilizadora de llamar por su nombre a los asesinos. Los asesinos son muy susceptibles y muy peligrosos, sobre todo cuando siguen estando en condiciones de asesinar impunemente, y hay que tener en cuenta que en Argentina tienen características especiales porque han demostrado una tendencia a la megalomanía exterminadora realmente sin precedentes. Pocos delincuentes históricos se han atrevido a provocar una guerra exterior para borrar las huellas de las matanzas interiores, y éste y no otro era el objetivo del invicto Galtieri cuando practicó la «huida hacia delante» de asaltar las Malvinas para que los muertos por la patria compensaran los muertos por la tortura. Según ha revelado a un entrevistador extranjero, Galtieri quería invertir la gloria de la victoria en las Malvinas en el lanzamiento de su candidatura para la presidencia de la nación. ¿Cómo es posible que nos gobiernen ejemplares de este tipo? ¿Qué pecado ha cometido el género humano para que siempre se equivoque en el tipo de locos que encierra y en los que deja sueltos?

—¿No está usted aterrado, señor Carvalho?

—En efecto. He ido al mercado de la Boquería a comprar un buen cogote de merluza para hacerlo a la sidra y me ha costado lo mismo que una esmeralda colombiana.

—Me refiero al pánico que dan no los desaparecidos, sino los que los han hecho desaparecer. Cuando se produjo el golpe chileno, el almirante Toribio, uno de los corresponsables, dio un curso de filosofía al mundo entero y tuvieron que internar a un 40 por ciento de penenes de filosofía por estupefacción irrecuperable, el 60 por ciento restante cambió de oficio y en su mayor parte se dedicó a los seguros de vida. Pues bien, el almirante Toribio era el más ilustrado de toda la Junta Chilena.

»Ahora resulta que en Bolivia García Meza dio el golpe, entre otras cosas, para que no le tocaran el negocio de la cocaína, que como todo el mundo sabe es uno de los valores occidentales y el hombre ha de ser portador de valores eternos. Y en cuanto a la Argentina, para hacer olvidar las matanzas clandestinas me la embarcan en una guerra que ha acabado de arruinar al país y que tenía por uno de sus objetivos el convertir a un militar represor en un político de refrendo democrático, el general Galtieri, mientras uno de los corresponsables en la carnicería, el almirante Massera, se convierte al cristianismo y le detienen porque denuncia la violencia paramilitar, al tiempo que por misteriosas confidencias se descubre cada día un cementerio clandestino nuevo lleno de ex desaparecidos que, por fin, han aparecido. Alfred Jarry, el autor de Ubu roi, era un pobre ingenuo que se ha quedado a una distancia insalvable de la realidad.

—Y si el precio de la merluza es escandaloso, señor Vázquez, más escandaloso me parece el del bacalao en remojo, que si no llega al de esmeralda colombiana, se acerca al de rubí birmano.

—¿Qué hacer, señor Carvalho? ¿Qué defensa se tiene ante el crimen organizado desde arriba y con la ayuda de los que se autodefinen como los dueños del mundo?

—Decididamente voy a dedicarme a guisar primeros platos con un mínimo de proteínas, porque fíjese usted, lo que está carísimo son las proteínas.

—¿No le conmueven a usted ni siquiera los sentimientos de las locas de la plaza de Mayo ante las fosas abiertas en las que recuperan lo que queda de sus hijos?

—¿Decía usted?

—¡Que en Argentina no hay un desaparecido vivo!

—Ah, me estaba explicando usted una de gángsteres. No sé de qué se asombra. En las novelas de gángsteres se emplea el eufemismo «liquidar», y eso no quiere decir que los gángsteres licuen a sus enemigos. También se dice: «Me lo voy a cargar», y no por ello el asesino se echa a cuestas al asesinado. Un desaparecido era un asesinado y el que lo hacía desaparecer era un asesino, no un prestidigitador.

—¿Y qué hacemos contra los asesinos?

—¿Siguen armados?

—Sí.

—Pues hacer como si no los viéramos. Tienen mal carácter.

 

Interviú, «Carvalho y yo», 10 de noviembre de 1982,
n.º 339, p. 57

 

•  •  •

 

Desde la página de televisión y radio de El Periódico de Catalunya, ensalza del papa Wojtyla la capacidad de generar espectáculo y de captar la atención, como se puede apreciar en el viaje que realiza por España en noviembre. Y se queja, en el momento en el que por fin la dimisión de Santiago Carrillo abre el paso a la renovación en el PCE, del tono informativo de los reportajes de TVE que despachan la noticia.

ESPECTÁCULO PAPAL

Muchas gratificaciones espirituales están recibiendo los católicos españoles con motivo de la visita papal, y no voy a referirme a ellas porque las gratificaciones espirituales, aunque lleguen en un contexto de masas, siempre se producen por un túnel de intimidad entre quien las transmite y quien las recibe. Quisiera hablar de una característica del Santo Padre a la que se refirió José Luis Aranguren a través de la radio, no hace mucho, cuando le calificó de «showman» en el sentido positivo del término.

Durante el acto de Orcasitas, mientras el cardenal Tarancón leía su discurso, el Papa de Roma permanecía en una curiosa actitud. Ponía mucha voluntad en el acto de permanecer sentado y de cerrar los ojos no relajadamente, sino obstinadamente. Es posible que, en el transcurso de una jornada agotadora, el Papa necesite momentos de concentración mental que le ayuden a continuar su actuación, pero no deja de ser curiosa la estampa que compuso ante las cámaras de televisión, ante los millones y millones de telespectadores.

El éxito del Papa actual radica en que su imagen es su mensaje. Esa imagen de fuerza, esa imagen atlética, de catolicismo musculado por oposición al catolicismo ascético de un Pío XII, al campechano de Juan XXIII y al catolicismo de perfil de Paulo VI, es en sí misma una invitación a la militancia activa, a la conversión de todo católico en un ejecutivo agresivo, en un rockero a lo divino.

 

El Periódico de Catalunya, 5 de noviembre de 1982, p. 47

REFLEJOS

Las noticias pueden ser más o menos sorprendentes, pero ante ellas un medio de comunicación ha de demostrar sus reflejos, y muchas veces los reflejos se basan en un buen archivo. El PCE era noticia este fin de semana y era lógico esperar alguna sorpresa, sobre todo la sorpresa de que no hubieran sorpresas. Y de pronto se presenta. Carrillo dimite, al parecer irrevocablemente, y presenta a su tapado Gerardo Iglesias, secretario general del PCA. TVE improvisa una respuesta informativa en el telediario de las tres de la tarde y se limita a enseñarnos el piso de Carrillo, y eso es todo. Ni siquiera una foto fija de Gerardo Iglesias, ni siquiera la foto carnet de Gerardo Iglesias.

A esto yo lo llamaría no tener reflejos informativos o tener una basura de archivo. Y no sé qué es peor, aunque indudablemente los reflejos pueden educarse de cara al futuro y el archivo enriquecerse. Es decir, no hay que ser pesimista. Esperemos que la televisión del cambio mejore sus reflejos y su archivo. Y a quien me diga que Gerardo Iglesias era un segundón le diré que tiene toda la razón, pero que los archivos serios están llenos de segundones y tercerones y que lo que no está en el archivo de RTVE está en el de cualquier agencia, porque el señor Iglesias colea desde hace tiempo, como responsable de las CC.OO. asturianas, como corresponsable de las depuraciones de su partido y como secretario general de los comunistas asturianos en los últimos años.

 

El Periódico de Catalunya, 17 de noviembre de 1982, p. 43

 

•  •  •

 

A finales de 1982, deja la columna sobre televisión en El Periódico de Catalunya tras casi dos años de encuentro diario con los lectores. Mantendrá esa misma regularidad, pero ahora en la página de Opinión, la 4, en una columna fija sin título que aparece cada día junto al editorial. Pese a las evidencias, no lo quiere presentar como un ascenso.

ADIÓS

Durante casi dos años he ejercido la crítica de televisión desde esta columna y ha llegado el momento en que los poderes fácticos de El Periódico me despiden a otra página, otra sección. Ni es un ascenso ni es un descenso. En materia comunicacional, todos los géneros, todas las secciones, están en la misma planta.

Con todo, sé que la sección de televisión es seguida por la inmensa mayoría pendiente de la tele y que, en cambio, otras secciones suscitan ciertas reservas receptivas. Me voy a la página de opinión para opinar un poco y me sustituye en esta sección el profesor Joaquín Marco. Conozco a Joaquín Marco desde hace veintiséis años. En el pasado compartimos las mismas ideas, el mismo barrio, la misma universidad, la misma especialidad, la poesía, e incluso el mismo grupo de chicas.

Que un catedrático de universidad especialista en Menéndez Valdés haga crítica de televisión me parece un síntoma esperanzador de que los intelectuales están cerca de la vida. Marco no lo aprendió todo en los libros. Algo le debe al cine Padró y a Cabalgata fin de semana de Bobby Deglané. Y eso, lo sé por propia experiencia, imprime carácter.

 

El Periódico de Catalunya, 5 de diciembre de 1982, p. 55

 

•  •  •

 

Tras la inapelable victoria socialista, carga desde esta nueva columna de El Periódico contra el flamante primer gobierno de Felipe González por la dura política de ajuste económico del ministro Miguel Boyer.

UN «KO» RÁPIDO

Nada más llegar al poder lanzaron un puñetazo al hígado del país: la devaluación de la peseta; el país encajó el golpe y, cuando componía la sonrisa de inteligencia para decir que había comprendido el por qué le habían golpeado, le lanzaron un directo a la barbilla: la subida del precio de la gasolina. Un cabeceo enérgico para salir del aturdimiento y de nuevo una sonrisa para que los socialistas comprendieran que el país había entendido la necesidad de la subida. Y zas. Un gancho de izquierda que nos coloca la dentadura colgada de una oreja, como si fuera un pendiente punk: el aumento del precio de la bombona de butano y el anuncio de que esto no queda así, que esto se hincha.

Y aquí estamos, anhelantes, con un ojo a la funerala, con tres dientes menos, un hematoma en el estómago, la barbilla de madera y a disposición de los compañeros socialistas. Ahora ha llegado el momento en que Miguel Boyer se saque los nudillos de acero, recupere la sonrisa, nos ofrezca un pitillo e informe: «Era indispensable y lo mejor era golpear todo lo que había que golpear al comienzo, y así luego todo será más fácil». «Sarna con gusto no pica», le decimos, le sonreímos, aceptamos el cigarrillo y de pronto notamos una patada en el plexo solar que nos hace participar en la carrera espacial.

«Lo siento —dice Miguel Boyer—, pero aún me quedan dos o tres golpes.» Sonreímos, cerramos los ojos y le ofrecemos evangélicamente lo poco que nos queda sano.

 

El Periódico de Catalunya, 9 de diciembre de 1982, p. 4

 

•  •  •

 

En Interviú se aleja en ocasiones de la estricta actualidad y se irá decantando hacia temas un poco más intemporales, a veces con una indisimulada intención didáctica. Dispone de cinco veces más espacio que en El Periódico y recupera una fórmula de éxito segura, los diálogos con un detective cada vez más famoso. Expone unos hechos para que Carvalho le dé el contrapunto revelador.

LA IRRESISTIBLE ASCENSIÓN DE UN CAPITÁN DE BANDIDOS

Hitler había avisado. En Mi lucha escribe que un capitán de bandidos al frente de un puñado decidido de hombres puede hacerse con el control de una ciudad. El fascismo creció en Europa como una serpiente fascinadora que se iba tragando a los espectadores hipnotizados. Virtuosa dama de día, puta de noche, la burguesía reconocía en los fascistas a sus hijos más audaces, sin hipocresía histórica, capaces de romperle la cara al movimiento obrero y de meterse las leyes democráticas en la bragueta. Si en Italia el fascismo fue el elemento aglutinante de sectores sociales acobardados ante una situación prerrevolucionaria, en Alemania el nazismo era lo mismo, pero agravado por la intención de desquite derivada de la derrota en la Primera Guerra Mundial. Alemania había llegado tarde al reparto del mundo entre las grandes potencias imperiales y necesitó tres guerras (la franco-prusiana y las dos mundiales del siglo XX) para descubrir que su única posibilidad de hacerse un lugar en la tierra pasaba por meterse en el servicio de Estados Unidos y, con el tiempo, conseguir el cargo de mayordomo europeo. Para llegar a esta luminosa conclusión tuvo que pasar a cuchillo a toda Europa y a sí misma, impulsada por razones materiales ideologizadas por los pensadores racistas e inflamadas por la música de Wagner. También habría que recitarle la cartilla al montón de filósofos idealistas que a lo largo de un siglo teorizaron sobre la «voluntad de ser» y la «razón de ser» de la hegemonía del «espíritu alemán», pero se está acabando el segundo milenio de la era cristiana y el nazismo se nos aparece como un espectáculo histórico de cabaret. Imposible para un cerebro humano asumir la cantidad de sus víctimas y destrucciones. Treinta millones de muertos, ¿cómo se cuentan? Años después del crimen, sólo los familiares de la víctima lo recuerdan, y en el caso de los genocidios históricos dejan de serlo porque los asesinados son recordados de uno en uno, en la soledad de la memoria de los que amaron, y dos generaciones después del asesinato, las cifras ingresan en la frialdad de la historia general, como numéricos soldaditos de papel.

—Muchas veces he pensado, Carvalho, en la contradicción profunda que subyace en la irresistible ascensión de aquel capitán de bandidos. La razón de supervivencia de un sistema en crisis se vale de toda clase de elementos irracionales para mantener la hegemonía. Por ejemplo, los Krupp, los grandes magnates industriales de la Alemania de entreguerras, utilizaron el nazismo para perpetuar el sistema económico que les convenía y, a cambio, le pusieron una camisa parda al heredero del imperio industrial. Y otro tema espeluznante es cómo el nazismo, y por extensión el fascismo, enajenó a los sectores populares vendiéndoles un nacionalismo interclasista supuestamente superador de la conciencia de clases y que hizo del pueblo propicia carne de cañón para las guerras de expansión. Pero yo creo, Carvalho, que aquélla fue una lección inolvidable y una situación irrepetible.

—Si usted lo dice.

—¿Lo pone en duda?

—La barbarie cambia de himnos, de idioma y de uniforme, pero tiene un gran talento para reproducirse y sobrevivir. Los mismos que combatieron la «barbarie nazi» han practicado toda clase de barbaries para conservar su hegemonía. El napalm en las provincias del Imperio no está reñido con el habeas corpus en la capital del Imperio. La picana eléctrica en manos de un capataz torturador en el sótano no impide que los señoritos organicen soirées musicales en el living room.

—Pero no me negará usted que, con las leyes democráticas en la mano, la sociedad está en mejores condiciones para luchar contra los excesos del poder y para sacudirse las relaciones de dependencia.

—No se lo negaré, no. Entre otras cosas porque yo no voy por la vida de afirmador o de negador. En definitiva, hay que elegir siempre entre el león y la pulga.

—¿A qué viene ahora lo de la pulga y el león?

—El león te saca la sangre de un zarpazo y la pulga te la chupa poco a poco. Pero lo cierto es que comparto con usted una repugnancia memorística y plástica hacia el nazismo y hacia todos los imperialismos. Los pueblos que han ejercido el imperialismo a lo largo de la historia han sido bestias colectivas feroces, capaces de las mayores barbaridades. Y si no, fíjese usted en la refinada crueldad histórica que representa la infiltración de la hamburguesa con catsup y de la Coca-Cola para acompañar un buen ragout de cordero.

—No frivolice, por favor. Estamos reflexionando a partir de un hecho trágico: la ascensión del nazismo al poder.

—Frivolice o no frivolice, el hecho se produjo y puede reproducirse. Imagínese usted que el PCI consigue un sesenta por ciento de votos en Italia y que los ecologistas consiguen frenar la nuclearización de Europa. ¿Qué respuesta darían los centros de poder del sistema?

—No quiero ni pensarlo.

—Me sorprende usted, señor Vázquez. Sigue ajustándole las cuentas a las viejas barbaries y no se quiere enterar de las que le rodean agazapadas.

—Coño, Carvalho. No me ponga usted la historia más difícil de lo que está.

 

Interviú, «Carvalho y yo», 26 de enero de 1983, n.º 350, p. 42

 

•  •  •

 

Insiste en atacar la severa política de ajuste del gobierno socialista que propone subidas en el precio de los productos básicos de hasta un 20 por ciento. Sobre la otra bomba económica de aquel invierno, la nacionalización de la empresa Rumasa, la considera una forma de parecer progresista frente a la gente corriente que sufre la escalada de precios. Con todo, se celebran unos extraños primeros cien días del gobierno presidido por Felipe González, cien días sin oposición.

LA RUMASADA

La izquierda teme que el Gobierno se gaste el dinero de todos en sanear Rumasa y que a continuación, para no ser acusado de nacionalizador, devuelva a la iniciativa privada empresas y bancos rentables. La derecha hasta ahora se ha pronunciado sobre la cuestión con un cinismo nada exquisito. El hombre que dinamitó la iniciativa privada de Vilá Reyes en el caso Matesa es el mismo que alza [la] bandera Ruiz-Mateos, y economistas liberales y neoliberales que se sabían toda la misa de Rumasa desde hace años, se rasgan ahora las vestiduras por una incautación que representa al parecer un grave atentado contra la libertad de especular.

En la calle se ha instalado la conciencia de que una medida como la tomada en el caso Rumasa compensa las agresiones tributarias indirectas y las subidas de precios hasta ahora decretadas por el Gobierno socialista. Quien más quien menos asume que se suba salvajemente el precio de una bombona de butano para pagar saneamientos como el de Rumasa. Lo que sería difícil de entender es que el sacrificio económico de los más débiles sólo sirviera para una jugada de billar a tres bandas Gobierno, Rumasa y la Gran Banca.

El Gobierno ha de sentirse respaldado popularmente ante el cerco demagógico de que va a ser objeto. Pero no ha de defraudar a esa inmensa mayoría que empieza a ver el cambio.

 

El Periódico de Catalunya, 1 de marzo de 1983, p. 4

CIEN DÍAS

A punto de cumplirse los supuestos cien días de tregua, el Gobierno socialista ni ha convencido ni ha dejado de convencer, sino todo lo contrario, por lo que se impone necesariamente otros cien días de tregua. Sospecho que ésta va a ser la tónica hasta las elecciones de 1986.

La clientela de izquierda tiene un ojo puesto en el precio de la bombona de butano y el otro en el caso Rumasa. La clientela de la derecha aún no ha cerrado la boca, pasmada por lo mucho que grita Barrionuevo en los entierros y por lo marcial que le sale la oratoria a Narcís Serra, con ese aspecto de obispo mormón que Dios le ha dado. Las fuerzas de la cultura se cruzan apuestas sobre quién será el próximo anciano visitado por Javier Solana, un ministro con alma de asistente social. Los comunistas insisten en que éste es un socialismo con burbujas, pero tal vez expresen su resentimiento porque Carrillo dijo antes de las elecciones: «El verdadero socialismo democrático somos nosotros», y casi sólo le votaron los que no se lo creyeron.

Es decir, que continúa la expectativa, y en un país de rápidas calificaciones y descalificaciones nadie se atreve todavía a calificar o descalificar. ¿Será esto el cambio? ¿Será ésta la nueva moral? ¿Volverá la serie Dallas en abril? ¿Conseguirá Roca Junyent adeptos en Ceuta y Melilla? ¿Nacionalizará Miguel Boyer a Isabel Preysler?... Un fin de siglo apasionante.

 

El Periódico de Catalunya, 3 de marzo de 1983, p. 6

LOS TRES MESES DE LA DERECHA

Quizá los primeros cien días socialistas no hayan convencido del todo a nadie, pero lo que sí han demostrado es que la oposición al PSOE es impresentable. El comportamiento de la derecha política española en estos cien días parece inspirado por las comedias picantes de enredo. Nada más entronizarse Fraga como cabeza visible de la oposición, la derecha se preocupó por buscarle una asignación económica, un despacho, una secretaria y un sustituto. Fraga es hoy día el líder conservador más sustituible de Europa y los armarios de su alcoba política están llenos de Rocas, Alzagas, Herreros, Garrigues, etc., etc. a la espera de una definitiva pérdida de los papeles de don Manuel.

La primera prueba de fondo para el comportamiento del Gobierno y su leal oposición ha sido el caso Rumasa. Mientras el Gobierno adoptaba una medida popular y a la vez bien vista por los poderes fácticos del dinero, la oposición se desmelenaba por cuestiones de forma. Si el PSOE había matado a la abeja a cañonazos, la oposición trataba de resucitarla con un parche Sor Virginia y tres padrenuestros.

En cuanto a la izquierda, sigue bajo los efectos del shock del 28-O y ni siquiera le ha preguntado al Gobierno dónde están los 63.571 puestos de trabajo que necesitaba crear en estos cien días para que le salgan los 800.000 en los 1.260 días de la actual legislatura, y hasta ahora sólo La Trinca ha acosado al PSOE en el tema de la OTAN.

 

El Periódico de Catalunya, 11 de marzo de 1983, p. 8

 

•  •  •

 

En Interviú firma a lo largo del año trabajos de muy diversa índole. Se diría que la conversación entre Carvalho y Vázquez Montalbán se hace real y ambos se dejan llevar por las palabras. Por ejemplo, escribe algunas hermosas rarezas, como una evocación sobre el año largo que el periodista pasó en la prisión de Lleida, o una interesante charla sobre un fenómeno que apenas apunta en España, la emigración.

LOS FUGUISTAS

Estaba muriéndose Juan XXIII y los presos de la cárcel de Lérida permanecían en el patio general de la prisión siguiendo por la radio las incidencias de la agonía, con un interés muy superior al que empleaban cada domingo para seguir los resultados de Carrusel deportivo. De la muerte o no muerte del papa Juan dependía un indulto y la posibilidad de salir antes a la calle. Pero, de pronto, empezó a extenderse un cuchicheo nervioso y admirado que no se correspondía con el tono general del velatorio radiofónico.

—Han traído al Margarito.

Y el nombre del Margarito iba de boca en boca como la María Amparo de la copla. Los más viejos del lugar —Antonio el Cachas Negras o Félix el Abortero, sin olvidar al Cuatrero, violador de gallinas, o al Madriles, cazador de manthis religiosas— nos contaron la historia o leyenda del Margarito, rey de los fuguistas de España, que a aquellas alturas de 1963 sumaba ya más de doscientos años de condena. El Margarito pasaba por la cárcel de Lérida en conducción de regreso al penal de El Dueso, si no recuerdo mal, después de haber participado en un juicio que había sumado siete años a su condena acumulada. La leyenda decía que el Margarito se reconocía culpable de todos los delitos cometidos en España cuando él estaba en la calle, con tal de que se le trasladara al lugar del juicio y poder así aprovechar la ocasión para fugarse. La lentitud sumarial de la justicia española le permitía subirse al tren de causas morosas que se arrastraban desde sus tiempos de adolescente, y del juego de la fuga había salido con el cuerpo molido a palizas y con la cuenta nada corriente, pesada, plúmbea, de su condena aumentada hacia el infinito.

En efecto, el Margarito estaba en Lérida. En una celda para él solo o paseante por un patio para él solo. Una «F» en su ficha, «F» de fuguista que le acompañaría durante toda su vida carcelaria, como le acompañaba siempre la sombra de un funcionario, como le acompañaría siempre, en cada traslado, el tris tras del naranjero de la Guardia Civil avisándole de que a la primera sospecha de intento de huida se le aplicaba la Ley de Fugas. Y junto al funcionario que le marcaba estuvo el Margarito durante la misa obligatoria de aquel domingo por la mañana. Salió de su celda con andares de frío protagonista de una ejecución. Era un hombre aún joven, con una cierta delicadeza de animal noble en los músculos y en las facciones, la tensión en reposo, asumida la condición de jugador en la ruleta rusa de la libertad o la cadena perpetua. Un cazador de su libertad.

Nada tenía que ver el Margarito con otros fuguistas que pasaron por Lérida o neuróticos o epilépticos o simplemente profesionales de la desesperación, dioses griegos e histéricos de su lento suicidio. Como tampoco se parecía en nada a los hermanos fuguistas que habían matado al violador de su hermana, que cumplían condena en Burgos y se apuntaban a toda causa en curso que les permitiera la esperanza de la fuga. Eran dos campesinos sólidos, tan silenciosos que no hablaban entre sí y que sólo gastaron unas pocas palabras para saludarnos a los presos políticos —cuatro estudiantes con fascinación y piedad— y decirnos que «la mejor gente de Burgos son los políticos». De Burgos habían conseguido fugarse en cierta ocasión mezclados con la basura, y en más de una ocasión se habían arrojado de vagones de tercera en marcha, con las muñecas unidas y comidas por las esposas heladas. Caminaban bajo el peso de su condena, sin que por ello perdieran la obsesión de horizonte en los ojos. Sabían tan bien el reglamento penitenciario que en cierta ocasión le dieron un jaque mate jurídico al jefe de Servicios de Lérida, un jovencito abogado granadino con los nervios a flor de piel, y todavía más ante aquellos hombres cargados por el inmenso peso de sus cojones morales.

«Haga usted lo que quiera, pero se va a pillar los dedos», le dijeron al jefe de Servicios, y cuando ya se cernía sobre ellos la musculatura represora de los demás funcionarios, crispados ante aquellos poderosos animales en fuga, y los demás presos dábamos un paso atrás por si había que salir corriendo, el abogado jovencito y granadino dio un salto a lo Nureyev y se fue hacia Dirección a ratificar su soberbia. Volvió con las orejas gachas, aunque con la voz impertinente. Los fuguistas tenían razón. Y es que un buen fuguista, señor Carvalho, es un especialista que sabe de qué mal muere y de qué mal le pueden matar.

—¿A santo de qué esta historia?

—Me han pedido un artículo sobre un fuguista francés y he querido hablar de fuguistas españoles en estos tiempos de rearme nacionalista a cargo del Partido Socialista Obrero Español. Además, se va a cumplir el veinte aniversario de todo aquello y la memoria de uno tiene su corazoncito.

—¿Consiguió la libertad alguno de aquellos fuguistas?

—No. Pero creo que ya eran conscientes de su imposibilidad. Eran rebeldes primitivos, conscientes de que eran prisioneros de guerra, de la eterna guerra entre el Bien y el Mal establecidos.

—¿Ni siquiera eran chulos?

—Ni siquiera...

 

Interviú, «Carvalho y yo», 2 de marzo de 1983, n.º 355, p. 41

CUENTAN DE UN SABIO QUE UN DÍA...

Cuentan de un sabio que un día, tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de las hierbas que cogía. «¿Habrá otro —entre sí decía— más pobre y mísero que yo?» Y al volver el rostro halló la respuesta, viendo que iba otro sabio cogiendo las hierbas que él arrojó. No es que uno se haya levantado con la nostalgia en los ojos de una memoria llena de fábulas morales, pero a los países desarrollados más pobres les va bien volver la cabeza de vez en cuando y descubrir la existencia de países subdesarrollados más pobres. Los obreros de la construcción de Nueva York son ricos en relación con un penene español y millonarios en relación con un albañil marroquí, y Rockefeller en comparación con un parado de Gambia. Un parado español es menos pobre que un parado de Biafra. Está demostrado por las estadísticas en particular y las ciencias sociales en general.

Que nadie se extrañe, pues, si la reflexión de Calderón que ha iniciado esta «Epístola moral a Carvalho» es una llamada a la esperanza de todos los trabajadores españoles y una invitación a la oración de gracias a ese Dios que les ha permitido no ser marroquíes, negros de África o paquistaníes. Ser trabajador español, así en España como en Alemania, así en la tierra como en el cielo, no es ninguna ganga. Pero hay trabajadores fugitivos del hambre profunda de la tierra que cruzan las fronteras clandestinamente, en sucedáneos de los antiguos barcos negreros, en busca de pan con una lata de sardinas, lejos de toda raíz y todo afecto, sin otra señal de identidad que no sea la de la desesperación y la saldada memoria de los hijos —gorriones que esperan en sus nidos de miseria—. Ese clandestino ejército de reserva laboral que permite al empresario europeo, a parte del empresariado español, mantener su capacidad de acumulación gracias al hambre, es a la vez denuncia y apuntalamiento del capitalismo. Cuando el empresariado europeo trata de sacarse de encima a la inmigración laboral turca, española o italiana y de rebajar las conquistas sociales conseguidas por el movimiento obrero a lo largo de más de cien años de luchas heroicas, está abriendo camino a una mano de obra barata que le haga los trabajos más brutos, le limpie la mierda y se coma sus basuras. Que nadie crea que ese neonacionalismo que se ha apoderado del mercado de trabajo de los países capitalistas resultará en beneficio de los trabajadores aborígenes. Se va hacia un sistema de producción de máquinas, computadoras y esclavos contratados en el mercado de la desesperación.

—Muy negro lo pinta usted, señor Vázquez. Cuando le coge el desmelenamiento crítico es usted imparable.

—No olvide usted, Carvalho, que el desarrollo capitalista está basado en el principio de que el hombre es un lobo para el otro hombre. Primero fue el esclavismo, luego el asalaramiento a la fuerza, a continuación las luchas sociales para corregir el status y, en época de crisis y pánico económico, un intento de retorno al esclavismo con las leyes en la mano o recurriendo a la clandestinidad.

—¿Qué hay que hacer? ¿Luchar contra esa emigración laboral clandestina y condenar al hambre concreta a unos hombres concretos en nombre de un principio moral, político o social? Usted, que, aunque le pese, es un político, tiene que elegir. Ante el espectáculo de esas furgonetas que cruzan clandestinamente las fronteras llenas de inmigrantes, ¿qué haría? ¿Denunciar el hecho para que esos trabajadores sean devueltos a la muerte por inanición? ¿Favorecer esa inmigración al costo social, como ustedes dicen, de que desequilibre el mercado de trabajo y favorezca a la patronal en detrimento de los trabajadores locales?

—Favorecer esa emigración clandestina de trabajadores es sacrificar las conquistas del movimiento obrero en los países capitalistas, conquistas conseguidas a cambio de mucho sudor, sangre y lágrimas.

—Imagínese usted que esa inmigración clandestina agudiza las contradicciones del sistema, como ustedes dicen.

—Llevados por esta lógica, tendríamos que favorecerla para que se armara un taco de Dios es Cristo.

—Si le fascina esta perspectiva, nada tengo que oponer.

—Acaricio la idea de que tal vez...

—Se le nota en los ojos. Acaba usted de descubrir que esos pobres inmigrantes clandestinos son una bomba de explosión retardada...

—De llegar a esta conclusión, tendría mi problema moral tan resuelto como mi problema político.

—Y si no se aclara, siempre le queda el recurso de consultar con su director espiritual.

 

Interviú, «Carvalho y yo»,
19 de octubre de 1983, n.º 388, p. 102

 

•  •  •

 

Se prepara el gran salto. A finales de 1983 Vázquez Montalbán negocia con Antonio Franco, el primer director de El Periódico de Catalunya y ahora director de la edición catalana de El País, el traspaso al diario madrileño. En Interviú aprovecha los últimos trabajos para denunciar el carácter político del Premio Nobel que se le concede a Lech Walesa, el líder sindicalista polaco, recalca la hipocresía que envuelve al aborto y, sobre todo, reivindica el indulto para un periodista, Xavier Vinader, que permanece exiliado en Londres porque un juez consideró que entrevistar a una persona es señalársela a ETA para que la asesine.

EL PERIODISTA Y EL BANQUERO

La democracia tiene sus exiliados. Los hay económicos. Los hay políticos. Y al parecer también hay exiliados lingüísticos y raciales, según pregonan ex ciudadanos catalanes y vascos que se han ido a Madrid en busca de asilo lingüístico y racial. Pero de momento hay que centrar el ojo de la cámara en Londres, y en el retrato de grupo de abortistas de fin de semana se infiltran dos presencias fantasmales: un periodista pequeño y dióptrico en cazadora, y un banquero que realza su estatura por la rigidez de la espina dorsal y el almidonado terno con solapas de satén. Xavier Vinader espera en Londres ese fallo del recurso de amparo que tal vez le permita volver a España el 26 de octubre o tal vez le perpetúe en la condición de satélite perdido en el espacio sideral de la transición. Resulta una ironía histórica flagrante el que uno de los periodistas más luchadores para la erradicación de las secuelas del franquismo, del poder paralelo ultra, reciba como compensación un «lo tomas o lo dejas» entre cárcel y exilio. Lo que el Ministerio de Gobernación del señor Martín Villa se negó a saber, lo sabía Vinader y lo escribía en los papeles. Por lo visto la justicia estaba escrita para casos así, y Vinader ha pagado el precio de su osadía.

En cuanto al señor Ruiz-Mateos, ha tenido suficiente prensa últimamente para que el abajo firmante practique el gozo o las sombras del astillado del árbol caído. Víctima de su ambición o víctima de la Gran Banca, el señor Ruiz-Mateos puede ser con el tiempo el Juan March de una democracia breve o un poderoso empresario brasileño. De momento está en Londres, con un pie en la Europa de las extradiciones y el otro en Copacabana o Ipanema, donde ni los filtros del Opus Dei consiguen impedir el agresivo espectáculo de centenares de muchachas en flor y en tanga bailando la samba con todas las células. Una ración de Ipanema o de ensayo de samba en el Pabellón de Deportes de Botafogo, mezclado, por ejemplo, entre el conjunto de Portela, puede hacer de Ruiz-Mateos otro hombre, muy capaz de enriquecerse con la producción de ligueros al por mayor, lejos ya de las peligrosas finanzas a la divino. Allí en Brasil, Ruiz-Mateos puede conectar con otros chicos venidos a menos que se lo deben casi todo a lo que por ellos hizo y no hizo el Opus Dei: Higinio Torras o Sebastián Auger. El primero dedicándose a lo suyo entre los árboles de la selva y el segundo en busca de un Porcioles brasileño. Confieso un cierto faible por Auger, un hombre al que he visto crecer, primero como gran esperanza pálida del Opus en la universidad y luego incluso como patrón de yate de Carrillo y Gutiérrez Díaz, en aquellos tiempos en que Carrillo aún era Carrillo, Gutiérrez Díaz era el Lenin catalán y Auger, un lord Thompson convencido de que sólo leían los de izquierdas.

Sería catastrófico para la moral de la historia que Vinader no pudiera volver a España antes de que acabe el mes. Por cierto, existe la posibilidad de que Vinader sea incluido en las listas del PSUC para las elecciones al Parlament de Catalunya. ¿Qué le parecería a Carvalho si Alianza Popular, tan vociferante cuando se produjo el caso Rumasa, incluyera a Ruiz-Mateos en sus listas electorales?

—Una cosa es vociferar instrumentalizando y otra meterse en la cama con Ruiz-Mateos.

—Fraga es especialista en meterse en la cama con la gente más rara de este mundo. Empezó en la alcoba de Franco en aquellas noches propicias de los sesenta y luego no le hizo ascos a don Laureano López Rodó. Pero insistió en el caso Vinader. Ha sido utilizado por los socialistas para destituir al capitán general de Valladolid o para expropiar Rumasa.

—Explíquese o le envío mis padrinos.

—La firmeza en el asunto Vinader es compensatoria de la firmeza empleada en el mantenimiento de la disciplina militar o de la disciplina bancaria e incluso eclesiástica. De no haber exiliado a Vinader, nadie se hubiera atrevido a ponerle trabas a ese grotesco catecismo antiabortista. Vinader es un símbolo de la izquierda, y ya dijo un diputado del PSOE, del País Vasco, por más señas, que todo lo que queda a la izquierda del PSOE es un asunto para la Guardia Civil, y un tal Sotillos, don Antonio, opinó en las Cortes que una temporada de cárcel no le haría ningún daño a Vinader. Cómo se nota que ese Sotillos no ha estado nunca en la cárcel.

—Imagínese usted que el Tribunal Constitucional falla contra Vinader.

—Habrá que ir a por el indulto.

—Que los socialistas no quieren indultarle.

—Allá ellos. De producirse una cosa así, yo proclamaré a Xavier Vinader presidente de la República Española en el exilio.

—No se darán por aludidos.

—La moral histórica a veces es cosa de dos o de tres.

—De momento es preferible que le concedan el recurso de amparo. Pero, una vez Vinader en España, ¿qué o quién compensa el exilio de Ruiz-Mateos?

—A alguien buscarán. Que no cunda el pánico. Pero Vinader ya ha cumplido.

 

Interviú, «Carvalho y yo», 12 de octubre de 1983, n.º 387, p. 94

PROHIBIDO ABORTAR COMO DIOS MANDA

—El caso del notable médico valenciano procesado y encarcelado por practicar el aborto plantea en todo su esplendor el tema de la falsa conciencia de una buena parte de la sociedad española. Se persigue a un profesional honesto que pide plena responsabilidad consciente de lo que hace a la voluntaria mujer abortista y luego la trata con todas las garantías clínicas y psicológicas que una operación tan traumática, en todos los sentidos, requiere. La falsa conciencia de la sociedad española prefiere empujar a las mujeres desesperadas en brazos del aborto clandestino practicado por aborteros de mala muerte, y tómese, Carvalho, lo de «mala muerte» en su más estricto sentido.

—No olvide usted, señor Vázquez, que éste es un país especializado en barrer la mierda debajo de las alfombras. Hace años, en aquellos tiempos en que los obreros se llamaban «productores», el cáncer se llamaba «mal malo». Ni se mencionaba la palabra para no convocar el mal. En España hay quien prefiere que se aborte peligrosa y clandestinamente que con todas las garantías clínicas, con luz y taquígrafos, porque esa clandestinidad perpetúa la idea de pecado y esa peligrosidad, la de penitencia.

—Por fin, Carvalho, le veo emitir un discurso razonado.

—Durante una estancia carcelaria coincidí con un abortero que se había llevado al otro mundo a una muchacha por el procedimiento de despreñarla con una aguja de tricotar. Aparentemente el abortero tenía una herboristería, pero en la trastienda manejaba la aguja abortera a diestro y siniestro, hasta que alguno de sus muertos le denunció antes de morir.

—Debía ser un personaje horrible.

—Pues le diré. Era un gordísimo cocinero de cárcel menor que hacía unos arroces con bacalao excelentes, si tenemos en cuenta que guisaba para casi cien reclusos en la temporada alta y nunca para menos de cincuenta. Era el suyo un arroz milagroso, si tenemos en cuenta los rancios bacalaos que entraban en aquella cárcel-granja. Tenía como pinche a Biscúter, como usted sabe mi actual ayudante. Y el abortero era un personaje singular, especializado en disfrazarse de obispo y, con la ayuda de un jefe de servicios chungón, aparecerse de noche a los presos recién llegados y en pleno sueño darles el susto de la resurrección de la carne, de la mucha carne que llevaba encima el abortero.

—No frivolice el tema.

—Le aseguro que sus arroces eran excelentes.

—Por Dios, Carvalho, que estamos hablando de cosas serias.

—No entiendo qué frivolidad percibe usted en el mal menor de que un asesino haga muy bien el arroz con bacalao. De lo perdido saca lo que puedas. Pero si usted desea volver al tema de la hipócrita persecución del médico valenciano, le dejo templar la gaita y plañir cuanto quiera. Algún día, ese médico perseguido tendrá una estatua y una placa en la casa en la que nació. Pero hoy paga el precio de su pionerismo moral: convertir a una mujer desesperada y en peligro de muerte en una paciente con esperanza porque está en buenas manos.

—Pero con las layes en las manos...

—Con las leyes en las manos quemaron a Giordano Bruno, fusilaron a Companys y electrocutaron a los Rosenberg. Las leyes están para dosificar la realidad, no para asumirla, y se lo digo yo, que voy por la vida de detective privado, es decir, de ayudante técnico sanitario de la moralidad establecida. Usted imagine que las clientas del médico valenciano hubieran tenido que recurrir al aborto clandestino: ¿cuántas hubieran muerto? Y no se extrañe si la detención del doctor ha causado gran entusiasmo entre los aborteros clandestinos, porque el hecho de que un médico contribuya a abortar como Dios manda puede considerarse como un caso de intrusismo profesional.

—Es decir, ¿que aún puede aparecer otra acusación de parte proveniente del gremio de aborteros clandestinos?

—Si no la presentan es precisamente porque son clandestinos. Pero las ganas las tienen.

 

Interviú, «Carvalho y yo»,
16 de noviembre de 1983, n.º 392, p. 110

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Desde que el mundo entró en la poscontemporaneidad, es decir, la agonía nuclear, nada es inocente, y mucho menos los símbolos que la humanidad se autoconcede para representarse su escala de valores. Y entre los símbolos, uno, el Premio Nobel, y entre todos los Premios Nobel, otro, el de la Paz, que es el Premio Nobel más político de todos los políticos Premios Nobel. Uno de los objetivos fundamentales de los galardones nórdicos es castigar al comunismo ateo aquí en la tierra, en la desconfianza de que no vaya a hacer un acto de contricción. Dios le perdone y el comunismo vaya al cielo. Por ejemplo, en el campo de las ciencias el Nobel es flagrantemente pronorteamericano, partidario de la Alianza Atlántica, y en el de la literatura, salvo la pega del premio concedido a Sholojov, el jurado del premio es menos sospechoso de confraternización con el comunismo que el Alto Mando de la Alianza Atlántica encabezado por Jordi Pujol. Pero si las significaciones extracientíficas y extraliterarias se acercan a la significación política, los Premios Nobel de la Paz son políticos, tal como suena.

Como su nombre indica, un Premio Nobel de la Paz premia labores pacificadoras o ejemplares como testimonios de la dignidad individual y colectiva. Perpleja está la humanidad desde que le dieron el Premio Nobel de Literatura a Churchill, pero mucho más desde que les dieron el Premio Nobel de la Paz a Kissinger y a Sadat y a... Begin... Menos mal que el estrangulador de Boston no concursaba, porque de haber concursado se lo habrían dado. Es positivo que el Premio Nobel estimule a los disidentes que luchan dentro de los países socialistas por la apertura del sistema, y el cupo de disidentes estimulados creo que estaba suficientemente cubierto con el Premio Nobel de Literatura a Solzhenitsyn y el de la Paz a Sajarov, más premiables imposible, pero más premiados un abuso. Por eso sostengo humildemente que el premio a Walesa es un abuso, en un momento en que el premio debía haberse concedido al presidente Reagan por su tarea de pacificación de Latinoamérica, tarea culminada con las maniobras militares mal llamadas por los enemigos de la cristiandad «invasión de Granada».

—Se le ve a usted el plumero, señor Vázquez.

—Hablo con el corazón en la mano.

—Que a usted el Walesa no le cae bien.

—Exactamente igual que el guardia ese que gobierna en Polonia, el Jaruzelski. Cada títere que aguante su cuerda. Pero a tenor de la filosofía del Nobel de la Paz, no veo por qué le dan el premio a Walesa y no se lo dan a Reagan, cuyos esfuerzos son mucho más gigantescos, especialmente en este año de gracia en que los misiles norteamericanos van a pacificar Europa para siempre. Me indigna, Carvalho, que usted no comprenda la sinceridad de mis sentimientos.

—Yo creo, señor Vázquez, que el Premio Nobel de la Paz en realidad se lo han dado al Papa de Roma, verdadero inspirador de la Contrarreforma Universal de la que Walesa es simplemente una pieza. Pero era excesivo premiar al Papa, con la cantidad de premios espirituales que un Papa recibe en razón de su carga, y Walesa es simplemente un premio referencial.

—Si se quería premiar al Papa referencialmente, entonces que se le hubiera concedido al Opus Dei en su conjunto, que es el grupo de presión en el que descansa el poder Wojtyla. Y si no se le quería dar al Opus Dei, pues a la Logia P-2, o a Ruiz-Mateos, o a Valls Taberner, o a la cantidad de esforzados paladines de la Contrarreforma que actúan bajo la inspiración de Wojtyla. Pero lo de Walesa es una desconsideración a Reagan y una potenciación de los países del Este como enemigos, potenciación que a la larga es contraproducente porque exalta su papel.

—Pero Walesa se merece algo.

—Un fin de semana en la isla de Granada. Todo pagado.

 

Interviú, «Carvalho y yo»,
30 de noviembre de 1983, n.º 394, p. 68

 

•  •  •

 

En 1984 debuta en El País. Vázquez Montalbán abandona el Grupo Zeta y la doble colaboración en Interviú y en El Periódico de Catalunya, dos publicaciones en las que consigue una gran resonancia popular. El primer trabajo aparece el día 2 de enero, como si llevara años firmando la columna de la última página.

1985

George Orwell amaba el Londres anterior a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el socialismo soñado antes del desvelamiento del estalinismo y la ginebra y el café previos al mercado negro y al racionamiento de la posguerra. De estos tres malos humores nace la novela 1984 y de una cierta sensación de incomodidad en la obra del Orwell prerrevolucionario, en un mundo de supervivientes, en el que los políticos laboristas le parecían unos horteras que lo ponían todo perdido de neodecir para no decir lo que sin duda habrían tenido que decir. El polaco, nacionalizado británico, Isaac Deutscher supo comprender a este Orwell destemporalizado que escribió una regañina a sus contemporáneos, disfrazada de profecía y utopía de males mayores.

Como novela, 1984 es un ejemplo de cómo no debe escribirse literatura ideologizada, y, como profecía, es una hipérbole que exagera lo que luego no se ha producido y no prevé lo que realmente habría de ocurrir.

El control de la conciencia en 1984 o se practica desde la más estricta sofisticación democrática o desde la más brutal de las represiones a la manera asiática del gran Tamerlán. Los verdugos te despellejan o te venden la necesidad de que les necesitas, disfrazados de misil o de hamburguesa, de reserva espiritual de Occidente o de reserva no menos espiritual de Oriente. Pero no existe ese civilizado personaje llamado O’Brien, travesti de poder y oposición, que te tortura de tanto que te ama.

Tampoco la geopolítica de 1985 reproduce la profecía de Orwell, aunque no falten ciertos acercamientos ya previsibles desde los tiempos de Yalta y de Potsdam. Si llegamos a verlo, en 1985 el mundo se encontrará políticamente casi igual de repartido como hace cuarenta años, y mal asunto si nos pasamos todo el año 1984 a la busca de las mentiras y de las verdades que legó Orwell en las huellas de lo cotidiano. Al fin y al cabo, hay motivos para presumir que en 1985 el cinismo del poder se seguirá fundamentando en la sospecha de que el poder desconoce su propio cinismo. Algo así como el crimen perfecto. Sin olvidar que, además, en este crimen, aparentemente, ni siquiera aparecen los cadáveres, y cuando los hay, o no pertenecen a nuestra comunidad autónoma o sus caras no nos dicen nada.

 

El País, «Última»,* 2 de enero de 1984, p. 44

 

•  •  •

 

Empieza con gran energía: firma dos columnas por semana, los lunes y los jueves, y una pieza satírica que abre El País Semanal. Además, publica un artículo semanal en «Opinión» y algún otro desperdigado por las secciones según dicte la actualidad. Nada le preocupa tanto como la deriva atlantista de Felipe González, que, lejos de sacar al país de la OTAN, tal como prometió cuando gritó «Por el cambio» en todo el país, ahora recupera denostadas tendencias imperiales.

«CON EL IMPERIO HACIA DIOS»

Desde la pérdida del Imperio, el Estado español ha vivido un nada espléndido aislamiento internacional, más condicionado por sus poquedades que por sus voluntades. La huida hacia delante que significaba la propuesta de recuperación imperial contenida en el falangismo y teorizada al calor de las victorias nazis en los años cuarenta, formó parte de una operación cultural mistificadora del pasado con el propósito de falsificar el presente. El franquismo fue un fascismo a la española antes de ser franquismo a secas, y durante ese período inicial, que coincide con la autarquía económica, trató de construir una nueva conciencia nacional a partir de un predeterminado «saber de España», de una predeterminada memoria colectiva, de una amañada historia, de la represión directa o indirecta de conciencias y culturas críticas. En la fórmula «Por el Imperio hacia Dios» estaba el sentido providencial mismo de la historia de España, pueblo escogedor de Dios a partir de su hegemonía política y militar sobre la Tierra. España tenía «vocación de Imperio», es decir, había sido llamada a tener Imperio y disponía de un buen puñado de teólogos medievales dispuestos a unir metafísicamente lo imperial y lo divino. Los hechos son más tozudos que las ideas, y aquella España tuberculosa y pobre de los años cuarenta no estaba para audacias imperiales. Por mucho que los teóricos le calentaran los cascos a aquella juventud desnutrida, la razón de Estado, es decir, la razón de supervivencia de un determinado Estado, aconsejó a Franco liquidar el expediente enviando a la congelación a unos miles de jóvenes implicados en la División Azul y años después disparando un poco en Sidi Ifni. En eso estribaron los escasos movimientos imperiales hacia Dios que se permitió aquel régimen que quiso ser milenario y que casi lo consiguió, si tenemos en cuenta que su legitimidad metafísica se remontaba al cardenal Cisneros y que la transición aún no ha terminado. Y buena parte de las claves que explican el porqué de la supervivencia del régimen hay que buscarlas en el comienzo de la década de los cincuenta, cuando el Tratado Hispano-Norteamericano y el grandilocuente aval vaticano del Congreso Eucarístico de Barcelona suministraron al franquismo las alianzas imprescindibles para ir tirando: el poder disuasorio de la VI Flota unido al no menor poder disuasorio de las bendiciones del papa Pacelli.

Han pasado los años y el tema del «ser internacional» de España es una de las muchas cuestiones aplazadas que los gobiernos de la transición han tenido que, al menos, plantearse para que no se diga que nuestros ministros de Asuntos Exteriores se limitan a firmar acuerdos culturales con Luxemburgo y comerciales con la Guayana Holandesa. Rosario de enigmas esenciales. ¿España es occidental? ¿Oriental? ¿Meridional? ¿Mediterránea? ¿Atlántica? ¿Varsoviana? Ya el simple planteamiento esencialista de la cuestión indica que los que así se lo plantean están seriamente afectados, culturalmente afectados, por la creencia de que España es una unidad de destino en lo Universal. El mismo presidente del Gobierno, don Felipe González, demuestra padecer el síndrome cuando afirma que España no puede ser neutral, que España esencialmente no es neutral. Desde esta toma de posición filosófica, se trata de que nuestra colectividad salga de su nada espléndido aislamiento histórico y se homologue como nación democrática que es o quiere ser, y al no poder ser neutral, no lo olvidemos, y necesitar homologación democrática internacional, forzosamente ha de inclinarse hacia las entidades que conceden certificados de homologación democrática: la Alianza Atlántica, la más determinante.

Muy poco se tiene en cuenta el estado real de conciencia, y por lo tanto de saber, que el pueblo español realmente existente tiene sobre la alineación internacional de España. Es más, consciente el poder (y en él englobo a muchos elementos más que el Gobierno) de que el estado actual de esa conciencia, de ese saber colectivo, es antiatlantista, se aplaza el prometido referéndum a la espera de que el tiempo trabaje en favor de una alternativa de conciencia. De momento el presidente del Gobierno ya ha dicho que él prefiere morir de un navajazo en el metro de Nueva York que de asco en un frenopático de Moscú, maximalista elección que excluye la posibilidad de morirse de gusto en Valverde, debajo de un pino verde, con diez botellas de manzanilla por banda. De momento el presidente del Gobierno también ha dicho que no hay «pueblos pacifistas y gobiernos belicistas», callándose que en el pasado ha habido socialistas belicistas que han llevado a sus pueblos a la guerra y socialistas pacifistas que han sido llevados al paredón por serlo. Por otra parte, el peatón de la historia cada vez está más apercibido de que el reparto de refugios antiatómicos será desigual y que a ellos llegarán con más facilidad los que pertenezcan a la élite del poder, empezando por el Gobierno. Los pueblos de este final del siglo XX pueden ser belicistas, como el pueblo inglés que ha respaldado a Thatcher, si se les falsifican sus motivaciones y objetivos, si son víctimas de una mistificación de su conciencia del pasado y de su saber sobre quiénes son, dónde están y adónde van. Los aparatos ideológicos están para eso.

Podemos asistir, pues, a una nueva falsificación de nuestra cultura, a que nos vendan algo que no necesitamos y que ese algo no sea un objeto más o menos, mejor o peor inocente. Estamos expuestos a que se nos venda una conciencia armamentista, alineada, atlántica, antioriental, solidaria con uno de los dos imperios que de momento no hemos necesitado tener y que incluso hemos conseguido no tener a pesar de la larga noche de represiones que hemos atravesado. Corremos el riesgo de que, obsoleto el lema «Por el Imperio hacia Dios», se le sustituya por el de «Con el Imperio hacia Dios», con el Imperio hacia el ser de España, hacia el ser de una nueva España democrática dispuesta a asumir el toma y daca nuclear para contribuir a la lógica interna de un sistema mundial de interdependencia. La edificación del prestigio del jefe del Gobierno se debe a sus propias condiciones naturales, a un esfuerzo promocional de aparatos de Estado y a la necesidad que los súbditos tenemos de descansar de forcejeos pasados con la imagen del poder y sentirnos, aunque sea por una vez en la historia, identificados con el Gran Hermano. Pero un día ese prestigiado, entre todos, jefe de Gobierno nos va a enfrentar a este razonamiento: «Yo soy justo, yo creo que la neutralidad es injusta; ¿podéis dudar de que lo sea?».

He aquí un interesante enigma cultural que traspaso a los especialistas.

 

El País, 10 de enero de 1984, p. 9

 

•  •  •

 

Vázquez Montalbán saluda desde la sección «Visto/Oído» el primer día de emisiones del canal autonómico catalán TV3 y anota la calidad del producto y la omnipresencia del presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, en plena campaña electoral.

«MÉNAGE À TROIS»

No hay que adelantar juicios definitivos. Es cierto que, a juzgar por la primera jornada de programación regular de TV3, el presidente Jordi Pujol es un serio aspirante a convertirse en el galán predilecto de la nueva televisión catalana. Bautizó el invento y aprovechó para expresar su filosofía sobre la información, filosofía prudente y sin duda educada por una serie de fracasos que jalonan su vinculación con la prensa catalana a lo largo de los últimos quince años. Volvió a salir el presidente Pujol en el telediario catalán (Telenotícies) inaugurando cosas, con un aspecto de inaugurador equivalente al que pueden tener Reagan o Andropov en tales ocasiones. TV3 demostró que Pujol es un inaugurador homologable.

La evidente decantación informativa hacia Convergència i Unió fue compensada gracias a la ficción cinematográfica. Tras una excelente presentación de Jaume Figueras (el Mr. Belvedere de la revista Fotogramas), se televisó una versión socialdemócrata de Miguel Strogoff realizada en los años setenta por un sobrino de Luchino Visconti. En la película se plasma la necesidad de un compromiso histórico entre los socialistas y el ejército para hacer frente a los tártaros, es decir, al tradicional peligro amarillo que se ha cernido sobre Occidente desde los tiempos de los hunos. La elección de la película fue muy adecuada por lo que tenía de mensaje subliminal occidentalista y porque unas horas antes de su emisión, en Madrid, Felipe González había dado posesión a la nueva cúpula militar. TV3 estaba allí y captó el histórico momento en que un ministro de Defensa catalán dijo en catalán: «És un pas endavant» («Es un paso adelante»).

Algunos fallos de sonido y de sincronía, así como una falta de ortografía en la rotulación, no son elementos suficientemente desmerecedores de un empeño profesional loable. Hay que criticar el papelito chuleta utilizado por el presidente Pujol, manoseado, como si fuera un cuello de camisa con la punta en discordia. Era un papelito chuleta para epílogo de mitin convergente en Vic, pero no digno del momento del bautismo de un instrumento político y cultural como TV3. Chuleta aparte, el discurso de Pujol fue hábil porque no defraudó a su clientela electoral y no molestó a los indecisos.

En resumen, un intento de carambola a tres bandas, así en la información como en Miguel Strogoff. Convergència, PSOE y ejército. El mensaje de salutación del marqués de Mondéjar en representación del Rey se oyó mal. Pero en la película era evidente que hasta los socialistas, obligados a elegir entre el zar o los tártaros, eligen al zar.

 

El País, «Visto/Oído», 18 de enero de 1984, p. 50

 

•  •  •

 

Con motivo del vigesimoquinto aniversario de la revolución, repasa uno de los sueños de la izquierda española, el socialismo en Cuba, como quien mira a su juventud y comprueba los errores que provoca la ilusión.

LA REVOLUCIÓN TRAICIONADA

Con motivo del vigesimoquinto aniversario de la entrada de Fidel Castro en La Habana, los pronunciamientos sobre lo que fue y es el castrismo ya están abundando, y se advierte una bipolarización de opiniones. Por una parte, la progresía hispana madura se pronuncia nostálgica y un tanto vergonzantemente a favor del castrismo. Es la revolución de nuestra juventud, así como la guerra del Vietnam fue nuestra guerra y, en cierto sentido, nuestra única victoria internacional histórica. Jaime Gil de Biedma pedía perdón por pertenecer a la edad de «la pérgola y el tenis», y nosotros pertenecemos a la edad de Castro, Gagarin, Los Beatles y la minifalda y el choque dialéctico entre dos pelmazos ilustres: Marat y Sade. Un tanto vergonzantemente, repito, porque, vacunados contra la tentación totalitaria, nos gustaría que el socialismo construyera democracias profundas para oponerlas como modelo a las democracias formales, y el castrismo, en ocasiones, ha cometido el error de imponer una moral y una estética de Estado, que un día persigue el homosexualismo y otro, versos. La poesía no delinque y el sexo en libertad y respeto hacia el otro, tampoco.

Pero así como el apoyo con reparos de la progresía no va más allá de un análisis superficial del asunto, la envalentonada derecha hispana se arriesga y se rasga las vestiduras porque, en su opinión, Castro ha traicionado la revolución. Curioso. A la derecha le molesta que las revoluciones sean traicionadas. A la derecha le gusta que la revolución cumpla su propósito emancipador y consiga un mundo mejor sin desigualdades y con la esperanza bien repartida. Es evidente que si la derecha pudiera fiarse de las revoluciones dejaría de ser derecha y marcharía, todos juntos y ella la primera, por la senda de la revolución. Pero la historia le ha enseñado que la revolución devora a sus hijos y que el Cohiba es un aparato ideológico de Estado que un día se regala a Suárez y otro a Ignacio Gallego.

«La revolución traicionada» es un titular frecuente de nuestra derecha y, al mismo tiempo, la expresión de su desencanto anticastrista. No hay que hacerse mala sangre. Las cosas vienen como vienen, y el día del Juicio Final los que han traicionado la Revolución lo pagarán muy caro.

 

El País, «Última», 19 de enero de 1984, p. 44

 

•  •  •

 

En ocasiones señala algunos falsos conflictos, como el que sacude todas las noches la radio deportiva, la lucha entre el periodista José María García y el presidente de la Federación Española de Fútbol, Pablo Porta. Una pareja que se necesita mutuamente para existir, como ha comprendido el público.

PORTA Y GARCÍA

Nuestra memoria culta está llena de parejas inseparables: Dafnis y Cloe, Marco Antonio y Cleopatra, Spencer Tracy y Katharine Hepburn, Felipe González y Alfonso Guerra, Pablo Porta y José María García. Curiosa pareja la compuesta por el presidente de la Federación Española de Fútbol y el periodista deportivo más popular de toda la historia española de la popularidad. No les une el amor sino el antagonismo, pasivo Porta, activo García, duro encajador el primero, agresivo picanarices el segundo. Se necesitan para ser lo que son: el hombre público más verbalmente agredido del universo y el periodista más agresivo de nuestro sistema planetario. El día en que García dejara de hostigarle, Pablo Porta se moriría de obsolescencia, y si Pablo Porta dimitiera, José María García tendría que inventarse un nuevo punching para dar emoción a los safaris nocturnos de Antena 3. Los radioyentes, espectadores imaginativos del enfrentamiento, desean que el duelo continúe, como desean que Carolina de Mónaco siga siendo una princesa algo ligera de cascos y el Papa de Roma, un Superman en technicolor y estereofonía. Los radioyentes viven por delegación un apasionante duelo sin fin en el que Pablo Porta, más que pared de frontón, es una esponja que se queda las pelotas y apenas las devuelve.

José María García ha revalorizado el papel del diminutivo ete como relativizador de identidades. Don Pablo Porta es una cosa y Pablete Porta, evidentemente, otra. Un diminutivo, según el Diccionario de la Real Academia, es un vocablo que «disminuye o mengua la significación de los positivos de que procede». El diminutivo ito achica, el diminutivo ete engolfa, pero con golfería menor. Porta se ha dejado llamar Pablete en la confianza de que la repetición de la agresión la convertiría en un porte retórico nocturno habitual. Los dirigentes del deporte español al principio se pusieron nerviosos porque se temían, como algunos árbitros de fútbol, que García les echara el público encima. El público, tranquilo. Escucha lo que quiere escuchar y luego se duerme, en la confianza de que al día siguiente continuará el serial.

 

El País, «Última», 25 de enero de 1984, p. 44

 

•  •  •

 

En ocasiones firma artículos sobre literatura, como ya hizo en Triunfo, ya sea sobre la novela negra o trazando un perfil de urgencia sobre el primero de los grandes escritores hispanoamericanos que fallece, Julio Cortázar. Uno de esos «cinco magníficos» que convirtieron a Barcelona, siquiera por unos meses, en la capital del castellano en el mundo.

LA REALIDAD ES OTRA COSA

Dostoievski leyó una noticia de prensa sobre el asesinato cometido por un estudiante y a costa de este hecho real escribió Crimen y castigo. Con el tiempo, el escritor y su modelo llegaron a cartearse, pero finalmente el autor perdió interés por el delincuente real: sin duda era menos interesante que Raskolnikov. Entre el hecho real y su resultante literaria hay, en este caso, una distancia inalcanzable. En el extremo opuesto, Truman Capote se propuso hacer de A sangre fría una experiencia de literatura verdad. Un escritor hasta entonces eminentemente lírico y subjetivo domesticaba su capacidad de artificio para hacer que la literatura como representación fuera un calco exacto de lo real representado. En ambos casos, la realidad fue un pretexto aparentemente poco o muy respetado; pero una vez leídas Crimen y castigo o A sangre fría, si el lector decide que los hechos inspiradores no le han añadido nada a la valoración de la lectura, quiere decir que la literatura ha triunfado. Ésta debería ser la regla de oro a aplicar cuando se juzga la relación de dependencia entre la ficción literaria aplicada sobre la temática de sucesos. El suceso excita por lo que tiene de violación del tabú moral establecido, especialmente si afecta a la prohibición de matar. El suceso criminal, además, pone en marcha una escenografía de investigación de conductas personales y sociales que clarifica con luces de reflector la frontera que separa lo moral de su contrario. A partir de ahí se inicia una operación de manipulación literaria que ha de conseguir otra verosimilitud. Los hechos reales del caso de los Urquijo, por ejemplo, pueden no ser verosímiles en literatura. Maigret o Chandler son literariamente verosímiles, y no lo serían en la realidad. Maigret ya habría sido expulsado del cuerpo por cualquier ministro del Interior, llamárase Alonso Vega o Barrionuevo, y Chandler estaría en la cola del paro con el carné de detective privado retenido, sin otra posibilidad profesional que hacerse comentarista de béisbol de La Luna de Madrid.

Resulta, pues, inútil un ajuste de miras entre lo real delictivo y lo real literario. Entre los ángeles de la guarda en la nómina de la Dirección de la Seguridad del Estado y los ángeles de la guarda de Dostoievski, Chandler, Hemingway, Dürrenmatt, Sciascia o Hammett, no hay otra coincidencia que la obligación de levantarle las faldas a la sociedad para justificar un sueldo o una tesis moral, y a veces las dos cosas. Si la llamada «literatura policiaca», desde sus más altas cimas hasta sus más profundas simas, hubiera respetado al policía o al chorizo realmente existentes, no habría tenido razón de existir en competencia con la crónica de sucesos, e incluso las crónicas de sucesos son mejores si se le echa literatura al asunto, y echarle literatura a veces no es otra cosa que un determinado ritmo de exposición. Al fin y al cabo, literatura puede ser cualquier cosa escrita que nunca podría ser publicada por el Boletín Oficial del Estado o por la Guía telefónica de Pamplona (es un decir).

 

El País, «Tribuna», 5 de febrero de 1984, p. 35

 

•  •  •

MEMORIA LOCALIZADA

Tal vez de los escritores no quede lo que han escrito sino lo que fue leído, cuándo fue leído, cómo fue leído. La memoria cultural se hereda y en el tránsito quedan paisajes, aromas, fondos musicales que hicieron posible el instante mismo de la revelación, ese instante al que, supongo, se refería Goethe cuando hablaba de que hay un doble sujeto creador: el que escribe y el que lee. No está claro quién fue primero, si La ciudad y los perros de Vargas Llosa o El perseguidor de Cortázar. Cronológicamente creo que, primero en Barcelona y luego en España, se descubrió antes a Vargas Llosa que a Cortázar, pero lo cierto es que la delantera de los Cinco Magníficos —Vargas, García Márquez, Cortázar, Donoso y Fuentes— empezó a meter goleadas de escándalo a fines de los años sesenta y formó parte de la iconografía de unos años espectaculares, en los que la élite cultural barcelonesa creaba y sentía como si Franco reinara después de morir. La Europa del premayo, del mayo o del postmayo francés trataba de encontrar la síntesis entre Marat y Sade: la emancipación colectiva o la emancipación individual. También estaba la inteligencia española en el mismo asunto, pero debía abordarlo con un elemento modificador, grotescamente modificador, patéticamente modificador: Marat y Sade, sí, pero también Franco.

Quiero decir que aquella mitificada barcelonesa era de Pericles seguía rodeada por las alambradas y el espíritu del lenguaje libre en la literatura libre que trascendía de las obras de los latinoamericanos, contribuía a aquella ilusión estética del como si, del como si fuéramos libres para imaginar desde nuestras madrigueras de renta limitada. Leímos a Cortázar como si fuera un fruto de aquellos años, una prueba literaria de que la imaginación era revolucionaria, tanto o más revolucionaria que la verdad, y nadie se preocupó de saber dónde se había metido Cortázar hasta entonces, porque tal vez sólo entonces podía ser leído. Aquel ya veterano escritor nacía en nuestras lecturas entusiasmadas, como si hubiera esperado pacientemente la llegada de una sensibilidad adicta. Y se instaló en un carrusel cultural ferozmente consumido, junto a Marcuse, Weiss, Vargas, García Márquez, Benjamin, Dorfles, Bruno Zevi, Pasolini, Malcolm Lowry, Paz, Rulfo, los Beatles, Mundovisión, el Living Theater, Tomás Maldonado, la guerra del Vietnam.

Fue aquélla una cultura de posters arruinada posteriormente por toda clase de crisis: modelos, petróleos, valores. No todos aquellos héroes de nuestros posters mentales tenían voluntad de ser históricos en unos tiempos en que la conciencia estructuralista iniciaba la operación del descrédito de «lo histórico».

Pero Cortázar venía de lejos y creía en la lógica íntima de lo histórico. No en balde había publicado Bestiario el mismo año en que nosotros ensayábamos en los colegios españoles el himno del Congreso Eucarístico de Barcelona y antes de morir, en 1984, ha dedicado al Gobierno sandinista los derechos de autor de Nicaragua tan violentamente dulce.

Lógica interna literaria y lógica interna de lo histórico. No es un combate a muerte. Es una fatal relación que vosotras descubristeis en Cortázar al mismo tiempo que la minifalda y nosotros que cocinar no era pecado. No sé si me explico. Jugábamos a ser violentamente dulces.

 

El País, 14 de febrero de 1984, p. 30

 

•  •  •

 

En dos semanas prácticamente consecutivas aborda dos de los grandes asuntos políticos del momento, el modelo del Estado de las Autonomías que se ha puesto en marcha y la soledad de un gobierno que llegó al poder con diez millones de votos para cerrar la transición y que gestiona el inmaduro capitalismo español de espaldas a sus votantes.

¿QUÉ ES ESPAÑA?

Si el Estado español hubiera pasado del viejo imperialismo depredador al nuevo imperialismo de la era de la revolución industrial, probablemente preguntas como «¿Qué es España?», motivadora de un encuentro entre talentos buscadores de entidades nacionales, no tendrían sentido. Los imperios que supieron o pudieron adaptarse a nuevas reglas y condiciones de hegemonía, como el francés, el inglés o el norteamericano, no se plantean qué son, por más que su unidad nacional sea reciente (Estados Unidos de América) o basada en un consenso de intra-nacionalidades (el Reino Unido). La endeblez consensual del Estado suscita problemas metafísicos y esa endeblez, básicamente económico-política, provoca tantas dosis de metafísica como de represión. «Metafísico estás», le decía don Quijote a Sancho y el escudero contestaba: «Es que no como». Las dudas metafísicas de España sobre sí misma han requerido amplios despliegues de la Guardia Civil, y mientras el señor Laín Entralgo se planteaba España como problema, don Camilo Alonso Vega era el que tenía la resolución del problema en su prontuario de aritmética histórica.

Agravado el tema por la crisis imperial del 98, acuciado por los renacimientos nacionalistas de Catalunya, Euzkadi y Galicia, el franquismo significó un largo interregno dividido en dos fases, dos consciencias: una primera radicalmente mistificadora en la que se propuso una idea de España comunicada por Dios a Viriato en la Sierra de la Estrella y posteriormente completada con la anunciación del Ángel a Isabel la Católica, qué Ángel no importa. En la búsqueda del esencialismo hispano se mezclaba providencialismo, regalismo y orteguismo, con una desfachatez intelectual al alcance de todos los redactores de los famosos manuales de Formación del Espíritu Nacional. La adulteración del saber de los ciudadanos de España acerca de su pasado, presente y futuro cumplía la regla fascista del enmascaramiento de la realidad y su verdad a través del lenguaje, contando siempre con el poder disuasorio de la represión implacable. Pero aquel intento de consciencia propia correspondiente a la fase autárquica del franquismo, no podía sobrevivir como superestructura ideológica sobre la España real de la intentona neocapitalista, los planes de desarrollo, el rearme crítico de las vanguardias, la recuperación de una trama resistencial democrática, en suma, la España de la reconstrucción de la razón que se planteaba como primera necesidad la destrucción del franquismo y a continuación el afrontamiento de los problemas aplazados o reprimidos. En esta segunda etapa, el franquismo sustituyó la vieja consciencia metafísica de una España providencial por una consciencia utilitaria que se acercaba a una teoría del Estado pactado, siempre y cuando se aceptase el marco de pacto derivado del sentido de la victoria en la guerra civil. Se trataba de un liberalismo conservador, vergonzante en lo liberal, represivo por lo conservador, insistente en una razón suprema del Ser indiscutible de España. Incluso los partidarios de la transformación o sustitución de la famosa democracia orgánica seguían siendo orgánicos en su razonamiento del Ser de España, orgánicos en el sentido unamuniano del término, en el sentido testicular del término.

Ha llovido bastante desde entonces, pero, como suele ocurrir en España, no lo suficiente y no donde tenemos embalses, y la nueva democracia española ha heredado por una parte los problemas reales de un Estado mal pactado y, por otra, la demoniaca necesidad de la metafísica. En nombre de un pragmatismo bajo vigilancia, incordios históricos como la conciencia nacionalista realmente existente sobre todo en Catalunya y Euzkadi han sido tratados insuficientemente dentro de la falsa suficiencia del invento del Estado de las Autonomías, aplicando cantidades industriales en no decir, de no decir, por lo tanto, y para muestra la desaparición del término «autodeterminación», relegado a la condición de propuesta provocadora para uso exclusivo del independentismo vergonzante o terrorista. Es ésta una democracia que nació con los miedos dentro y con los aterradores aterrorizados.

La crisis económica es un factor grave de disgregación social, más grave que las ideologías, es evidente, y un Estado que no está en condiciones de garantizar trabajo o asistencia digna para todos sus ciudadanos es un Estado en cuestión. No se trata ya de que carezca de proyecto histórico extramuros, factor aglutinante de la conciencia nacional, sino que carece de credibilidad intramuros porque ideas bien diferentes de España pueden tener los que participan de los beneficios de una organización material de esa idea y los que no participan. Y con esa frustración hay que contar como valor negativo añadido, en el momento en que el empeño de la nueva democracia española es propuesto, en sí mismo, como idea de España. Se está gestando una nueva propuesta idealista de España construida sobre la obsolescencia de la idea apostólica, pero desconectada de las verdaderas insuficiencias y necesidades.

La expectación democrática no es factor aglutinante suficiente para amalgamar una nueva conciencia de España basada en saberes precarios, cuando no trucados por el qué dirán los poderes fácticos.

Más sensato, y ético por lo tanto, hubiera sido llevar la ola de pragmatismo que nos invade a sus últimas consecuencias y no empezar la transición por el tejado de la pregunta «¿Qué es España?». Se trata de una pregunta peligrosa si es contestada con sinceridad, y en aras de esa sinceridad se puede llegar a la conclusión de que España es una unidad de cuartelillos de la Guardia Civil y de capitanías generales en lo universal, respuesta que podría ser una parte de la verdad hoy por hoy distorsionadora. Es indudable que la nueva democracia española está fraguando una nueva conciencia social en la que elementos ideológicos inculcados por los aparatos de Estado tendrán tanta importancia como los factores de concienciación derivados de la realidad. Por más encantador que sea el proyecto democrático unitario ideologizado, no resistirá la prueba de la realidad si se materializa mal, y hoy por hoy no disponemos de balances reales suficientes para que la pregunta «¿Qué es España?» sea contestada mediante saberes comprobados y aceptados por la diversificada mayoría social de los ciudadanos que componen el Estado español. Se supone que el happy end de esta nueva empresa metafísica consistiría en un comunicado conjunto de civiles y militares, vascos y extremeños, catalanes y andaluces, viudas y huérfanos, terroristas y objetores de conciencia, parados y por parar. Comunicado conjunto naturalmente redactado en castellano, euskera, catalán, gallego, bable, aragonés, aranés, sin olvidar el mallorquín, el valenciano y un seseo standard que unifique la pluralidad cosmológica de lo andaluz, lo canario y lo latinoamericano.

Pero ni la Historia ni la Vida tienen finales felices. Los últimos que quedaban se los gastó Frank Capra. La Metafísica convoca finales felices, pero la gente realmente existente, si se le quiere aprehender científicamente en un momento dado de su devenir histórico, requiere planteamientos más modestos y utilitarios. Más valioso hubiera sido un simposio sobre «Reconversión Industrial y Agravios Comparativos Autonómicos» o sobre «La emigración catalana a Andalucía: el caso Ricardo Bofill» que esa camisa de once varas metafísica titulada «¿Qué es España?».

 

El País, «Tribuna», 23 de febrero de 1984, pp. 9-10

EL GOBIERNO NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

El Gobierno temía el sesgo bisiesto de febrero y sumaba con los dedos los conflictos previstos: desde la manifestación de la LODE hasta la campaña contra la inseguridad ciudadana, sin descuidar la huelga de Iberia y el apagón definitivo de un horno alto saguntino. De una parte, la esperada mordedura de la derecha, mejor o peor organizada, pero necesitada de recuperar el terreno perdido durante un largo año de desconcierto técnico. De otra, la presión social movilizada por la izquierda contra una política económica no asumida ni por las masas ni por los potenciales intermediarios entre el Gobierno y las masas. Menos mal que, de momento, los llamados «poderes fácticos» no echan demasiada leña al fuego, cada cual con su prudencia, su miedo, su impotencia o su sentido de la responsabilidad a cuestas. Hay que reconocer, por ejemplo, que la Iglesia se ha limitado a activar el fuego de la LODE con orujo de brasero y no con gasolina. El Gobierno se beneficia todavía de la inexistencia de alternativas claras a su política y de fuerzas políticas y sociales con el crédito suficiente como para discutirle la hegemonía. Pero ya está claro que el Gobierno, hasta ahora, ha fracasado en el logro de un respaldo social a su política, ha fracasado en la movilización de intermediarios capaces de lograr ese difícil consenso, no ha dispuesto de un equipo capaz de apologetas directos o indirectos de su gestión, ni ha sabido utilizar bien los medios de comunicación social y de transmisión ideológica a su alcance, ni ha contado con aparatos ideológicos indispensables para que un partido socialista acometa una política de austeridad con la comprensión de los principales afectados.

En varias ocasiones, distintas personalidades del equipo socialista en el poder han proclamado que el Gobierno carece de una política informativa, y lo han proclamado como prueba de una voluntad de no dirigismo, de un dejar hacer, dejar pasar expiador de pasadas, históricas culpas de la conciencia socialista del poder y sus atributos. El Gobierno salía a la palestra con televisión y radio nacionales, pero sin otra prensa que la llamada «prensa del Estado», entre la obsolescencia y la subasta. En cuanto a la utilización de la televisión y la radio del Estado en provecho del Gobierno habría mucho que analizar, y ahí está el ejemplo de cómo UCD tuvo en su televisión el principal elemento de denuncia de su irrelevancia e inoperancia. Ningún gobierno democrático puede utilizar medios como la televisión o la radio nacional a sus anchas, porque ha de contar con fiscalizaciones de todo tipo y con la contrapartida del exceso saturador.

Relativizado el papel de los medios de comunicación propios, quedaba la responsabilidad intermediaria, principalmente delegada en la acción del propio Partido Socialista y de UGT sobre el tejido social. UGT ha hecho todo lo que ha podido y ha llegado incluso al borde del suicidio tratando de combinar la función pedagógica con la función reivindicativa, de la que no puede prescindir si no quiere perder la guerra por la hegemonía que le enfrenta con Comisiones Obreras. En cuanto al partido, ha dado de sí los miles de cuadros necesarios para gobernar las instituciones encomendadas y para teñir ligeramente de color rosa determinadas parcelas del llamado «funcionariado», y que me perdonen los lectores puristas del idioma, poco amigos de derivativos de nuevo uso y cuño. Pero el PSOE carecía de los suficientes elementos como para asumir al mismo tiempo la doble función de partido de gobierno y de partido activista en el tejido social, en ese terreno donde se debía dar una batalla vulgarizadora casi cotidiana, compensadora del despotismo ilustrado con el que el Gobierno ha actuado o no actuado en los grandes apartados de su política, desde la defensa hasta la economía, sin olvidar la peculiarísima óptica neonacionalista con la que ha enrarecido la ya de por sí rarilla atmósfera del Estado de las Autonomías.

Queda también el tema del absentismo intelectual, del más traído que llevado silencio de los intelectuales, lógico en un país donde los más conscientes profesionales de la cultura, y por tanto profesionales de la conciencia, se han forjado en la resistencia contra el franquismo y en el pudor a la colaboración con el poder. Los intelectuales críticos en España carecen de pautas de conducta colaboracionista, y cuando colaboran temen pasarse y acabar de intelectuales de cámara. No son los únicos culpables en esta difícil relación. La izquierda española, adjetívese de socialista o comunista, ha tratado a los profesionales de la cultura o como habitualmente firmantes o como programadores de alternativas críticas difícilmente materializables. Cuando se produjo la transición, los políticos pasaron por encima de los intelectuales compañeros de viaje e incluso les invitaron a que volvieran a sus cuarteles de invierno, porque carecían del imprescindible espíritu pragmático para asumir el milagro de la conversión del vino en agua.

Y así llegamos al principio de esta historia, a este sesgo bisiesto de febrero en el que el Gobierno aparece solo o casi solo ante el peligro, con pocos beneficios a añadir al de la duda o al de la ternura por el riesgo que corren estos muchachos, tan jóvenes y tan funambuleros, que tratan de llegar de Harvard a Sagunto o de la London School a la reforma del empleo comunitario por la línea más corta entre dos puntos, confiados, nadie sabe por qué, en un seguidismo social que no les garantiza ni su propio partido, ni el sindicato de su influencia ni los medios de inculcación de conciencia a su alcance. Todavía juega a su favor la audacia del gesto, la torpeza del adversario y el desconcierto del público, pero es indudable que el encantamiento no puede durar, no va a durar.

Cuando se rompa definitivamente el encantamiento, una de dos: o los funambuleros continúan el espectáculo y haciendo de tripas corazón envían a los guardias para evitar la estampida, o se caen ellos también en un caos que sólo puede capitalizar el sector más involucionista de nuestra sociedad. Ningún sector de la conciencia progresista de España puede hacerse la ilusión de que el caos repercutirá en su provecho. La obligación moral, es decir, política, del progresismo realmente existente es forzar al Gobierno a un diálogo crítico con la sociedad real y a la búsqueda de una salida consciente y asumida por la inmensa mayoría de la población. La operación de reconversión, y no sólo industrial, emprendida por el actual Gobierno es de tal magnitud y trascendencia que implica el sacrificio de una inmensa mayoría de ciudadanos, y ese sacrificio no puede ser asumido según procedimientos hasta ahora empleados para hacer política.

Ha argüido en ocasiones el Gobierno que ese diálogo lo ha hecho imposible la mala fe de las fuerzas en litigio, que sólo tratan de desgastar la credibilidad del poder para diezmar su base electoral y heredar las disidencias. Lo cierto es que, según el actual juego, es improbable que el Gobierno conserve su base electoral, que centristas centrados y comunistas recuperen hijos pródigos, y que la base social que hizo posible el cambio mantenga ingenua su pureza de público del Gran Circo hasta las elecciones de 1986.

Lo más probable es que, a este paso, el dilema se reduzca a una elección entre el caos y el fatalismo cínico del mal menor. Sería una lástima, porque había condiciones, hay condiciones, para un gran acuerdo de progreso, resultante de la soberanía otorgada al Gobierno por las urnas y de la relativización crítica de la respuesta social a los efectos de una política. El Gobierno necesita una abundante dosis de lo que los comunicólogos llaman «feed back». Es decir: respuesta crítica dialogante a la provocación de un mensaje, hoy por hoy mensaje suicidamente ensimismado.

 

El País, «Tribuna», 9 de marzo de 1984, pp. 9-10

 

•  •  •

 

Un delantero centro enloquece un domingo en un campo de fútbol cualquiera y agrede a un espectador, que a las pocas horas muere de un infarto. El fútbol, unos pocos jugadores expuestos a las masas, un juego que genera determinadas formas de perder la cabeza.

LA LOCURA DEL DELANTERO CENTRO

El delantero centro de un club de veteranos fue condenado a seis meses de arresto mayor por un delito de lesiones menos graves. Las menos graves lesiones que provocó el veterano delantero centro al cónsul de Suecia en Benidorm dejaron sin sentido al diplomático, y «poco después —dice la prensa— falleció a causa de un infarto». De siempre he dicho que hay tres locuras inevitables en los héroes del fútbol: la del portero, la del defensa central y la del delantero centro. El portero es un imposible hombre araña estéril que se mueve y remueve por si le salen los hilos, pero o nunca salen o son hilos invisibles que los delanteros contrarios ni ven ni respetan. El defensa central, si es escoba, va por el terreno de juego con un transparente cornetín, del séptimo de caballería, y cuando se le escapa una pelota fatídica, su primera intención es ahorcarse del travesaño. Por suerte, el portero siempre consigue evitarlo, porque es amigo suyo, las esposas se conocen y los niños van a la misma guardería. Si no es escoba, si es un defensa central que marca por zonas o al hombre, e incluso avanza para rematar córneres, entonces se trata de un loco leal y generoso que no tiene un «no» para nadie, pero ¡ay del adversario que se atreva a agredir a un compañero! Entonces el defensa central se inviste de un impulso justiciero y va a por él hasta que le derriba y le patea la tibia, como marcándole con el anagrama de la tribu.

Y el delantero centro es un loco aparte. Locura de animal que olisquea huecos y se fija en las distancias entre los defensas que le marcan y la nada, entre el portero y las escuadras o las bases de los postes. Es un cazador de agujeros. De agujeros por donde meterse o por donde meter la pelota. Conoce la desesperanza de tardes y tardes en las que todos los agujeros están tapiados y el público le grita: «¡Tarugo!». Ignorante el público de que los agujeros son nadas misteriosas que de pronto se aparecen a los delanteros centros más locos, como los ángeles antiguos se aparecían a las vírgenes más campechanas.

 

El País, «Última», 22 de marzo de 1984, p. 48

 

•  •  •

 

Vázquez Montalbán presenta en el dominical de El País una crónica semanal sobre la vida política española en un tono satírico que recuerda las que publicó en Por Favor. La sección se titula «Gigantes o cabezudos» y dura poco más de un año. Aparece en las primeras páginas del semanario acompañada de un coro de los dibujos felices de Peridis y propone una conversación imposible entre ciertos protagonistas de la actualidad política. Convoca de nuevo el absurdo para cauterizar las miserias políticas, en este caso sobre diferentes políticos vascos que negocian contra el terrorismo.

DOS DE CADA CUATRO TERRORISTAS
A LOS QUE SE LES HA AFEADO SU CONDUCTA
HAN DEJADO LA LUCHA ARMADA

Mientras García Damborenea insistía en su ya conocida afirmación de que los del PNV eran unos barbianes rufianescos que encendían una vela al diablo y otra a san Pedro, Txiki Benegas trataba de pactar con Carlos Garaikoetxea un frente por la paz.

—Menos mal que entráis en razón, Txiki, porque el García ese se había puesto insultante.

—Está dolido porque desde pequeñito le han llamado García con retintín. Ya sabes tú lo crueles que son los niños. Siempre le perseguían coreando: «¡García! ¡García! ¡García!».

—Pero dispone de un Damborenea como una casa.

—Sí. No está mal. Pero, en fin, pelillos a la mar.

—Reventaría si no te lo digo. Tampoco me gustó nada lo que dijo Guerra sobre si soy guapo y que me paso el día mirándome al espejo.

—Guapo lo eres.

—Bueno. A mí me está mal el decirlo, pero soy resultón, simplemente resultón.

—Que eres muy guapo, Carlos, las cosas como son.

—Según el ángulo, no creas.

—Desde todos los ángulos. Así como yo parezco una ranita mirando los tiros desde detrás de un cristal, tú, Carlos, tienes una pinta de pelotari ligón que te envidia más de uno.

—Todo el mundo me lo dice. Me sienta muy bien la txapela.

—Y la faja colorada.

—Y la camisa arremangada... Ya sé... Ya sé... En fin, Dios reparte atributos entre los seres humanos. Yo tengo mis virtudes físicas y tú las tuyas. Ese ricito que te cuelga sobre la frente no está mal. Y quedas muy gracioso cuando preguntas a las señoras de los mercados: «Señora, ¿verdad que lo más importante es la paz?». Graciosísimo.

—Pues no creas, que en más de una ocasión la señora a la que me acerqué pensaba que le iba a cambiar el paquete de detergente, y se abrazaba a él: «¡No, no, esta vez no me engañarán, este jabón es mío!».

—¡Qué me vas a explicar a mí! Tengo la espalda llena de moratones. Yo no sé cuánta gente ejerce en este país de chicarrón del Norte, pero basta que te clasifiquen como nacionalista vasco para que te peguen unas palmadas de ánimo en la espalda que te erradican el corazón de su posición teórica. Ya casi al final de la campaña un aizkolari me dio la mano, y mira...

—¡Diantre! ¡Pero si eres manco!

—Es una mano artificial. Y no veas cómo estoy por dentro. Todos empeñados en que me pusiera litros y litros de txacolí entre pecho y espalda, y unos chuletones, Txiki, unos chuletones que parecían la vaca entera de perfil. Tengo el hígado hecho polvo.

—Como yo iba de españolista, pues esos excesos no los he pasado. Pero, en fin. Hemos de afrontar la situación tal como está y ofrecer una salida constructiva al noble, honrado y pacífico pueblo vasco. Te propongo un frente por la paz.

—Excelente idea. ¿Es tuya?

—A medias. Mitad mía y mitad de Tamames, que tiene ideas para todo el mundo y las telefonea.

—Muy buena idea. ¿Y cómo se lleva a la práctica?

—Convocamos a todos los partidos que estén dispuestos a trabajar por la paz y empezamos a trabajar por la paz.

—¿Cómo?

—Hay que procurar la colaboración ciudadana, el aislamiento de los terroristas. Por ejemplo, cuando un terrorista mata a alguien en la calle, los ciudadanos se le han de acercar para afearle su conducta, en vez de esconderse en los portales, y cuando ha pasado todo, ir a ver si han quedado salpicaduras.

—¿Tú crees que surtirá efecto?

—Nuestros expertos en psicopatología política han llegado a la conclusión de que dos de cada cuatro terroristas a los que se les ha afeado su conducta han dejado la lucha armada y se han ido a tomar el sol a la isla Contadora. Esta técnica combina la solución política con la energía de la moralidad. ¿Qué te crees tú que querían proponer los negociadores de ETA Militar?

—No me hables, no me hables. Me imagino lo peor.

—Haciendo un símil desleal, proponían despenalizar el terrorismo.

—No.

—Sí. No una despenalización salvaje, sino selectiva. Es decir, llegar a un acuerdo de contra qué o quién se puede atentar, según las circunstancias.

—¡Qué cinismo!

En éstas estaban cuando abriose la puerta y un ertzaintza lívido cedió camino a Bandrés, Onaindía y García Damborenea.

—¡No he podido pararles, lehendakari!

—¡Conque pactando a nuestras espaldas!

Era García Damborenea el más airado. Clavó un dedo acusador en su camarada Txiki Benegas y le instó:

—A casa. Enseguida. Ya hablaremos allí. Te he dicho mil veces que no quiero verte con malas compañías.

Como Benegas se hiciera el remolón, García Damborenea lo cogió por una oreja y le obligó a salir de la estancia, no sin antes machacar al lehendakari con una mirada de ácido nítrico y palabras de soplete oxhídrico.

—¡Cuando ETA nos asesine no vengáis a nuestro entierro!

—Pero ¿qué le pasa a este chico?

—No le hagas caso, Carlos; es muy hipersensible y además vive siempre en tensión. Sabe que está más amenazado que Hassan II.

—Bandrés, a pesar de que militemos en frentes opuestos, siempre reconozco en ti el juicio sereno y la palabra justa.

—¿Y yo qué?

—Tú también eres muy noble, Mario. Eres tan noble y tan tenaz que a veces creo que eres aragonés.

—También soy muy sensible. He escrito una novela.

—¿La has escrito toda tú?

—Toda. Toda.

—Daré órdenes precisas a nuestros alcaldes para que no te la quemen. No sé qué manía les tienen a los libros.

—Carlos, hemos venido a proponerte un frente por la paz.

—Excelente idea. Y nueva.

—Se le ha ocurrido a Mario, que es escritor.

—¿A él solo?

—A medias. La otra mitad de la idea es de Tamames. Nos la dio por teléfono.

—¿Cómo esperáis llevarlo a la práctica?

—Convocamos a todos los partidos que estén dispuestos a trabajar por la paz y empezamos a trabajar por la paz.

—¿Cómo?

—Concienciando al ciudadano. Exigiéndole que tome una actitud activa ante la escalada del terrorismo y que cuando presencie un atentado se dirija a los asesinos y les afee su conducta.

—¿Surtirá efecto?

—Tres de cada cuatro terroristas a los que se les ha afeado su conducta han dejado la lucha armada y se han ido a tomar el sol a la isla Contadora.

—Mis datos son diferentes. Dos de cada cuatro.

—Tres de cada cuatro.

—Dos de cada cuatro.

—¿Cómo interpretas esta diferencia?

—Es una dificultad objetiva.

—Evidente.

—Podríamos fijarnos objetivos más modestos. Por ejemplo, redactar una enérgica condena del atentado con un lenguaje nuevo. Podría ayudarnos mucho Mario, ya que, según parece, es escritor.

—Ya tengo una: «Estamos tristes porque han matado a un hombre y han roto un paisaje».

—No está mal, Mario, pero eso es de Francisco Candel —intervino Bandrés.

Hitzak, hitzak, hitzak! —dijo Mario Onaindía con fatalismo, y Garaikoetxea preguntó a Bandrés:

—¿Qué ha dicho?

—«Palabras, palabras, palabras».

 

El País Semanal, «Gigantes o cabezudos»,
15 de abril de 1984, n.º 386, pp. 4-5

 

•  •  •

 

El proceso de descomposición de la izquierda en toda Europa se acentúa en España por las luchas cainitas que han desmembrado el PCE al final de la transición. Incapaz de regenerarse, el partido sufre la atonía producida por unos dirigentes más proclives a suicidarse juntos que a dimitir para sanear el ambiente.

LA CRISIS DE LA IZQUIERDA

El tema de la crisis de la izquierda tradicional no se lo ha inventado la nueva derecha, aunque lógicamente sea su principal agente difusor. Está ahí, evidente como los paisajes más evidentes, tanto en situaciones de aparente prepotencia histórica (la instalación en el Gobierno de varios partidos socialistas europeos) como de claro retroceso de influencia política (en el caso de los partidos comunistas). Los partidos socialistas europeos parecen haber sido convocados para resolver la crisis del capitalismo, con la garantía de su mayor o menor capacidad de pacificación obrera; y los partidos comunistas, situados dentro del terreno del posibilismo liberal, dudan entre llevar a sus últimas consecuencias la pérdida de sus raíces leninistas o recuperar sus esencias asumiendo el modelo soviético, no totalmente, pero sí como punto de referencia.

La historia les hizo así. Los partidos socialistas y los comunistas actualmente existentes son estructuras políticas con una lógica interna interrelacionada con la historia que han vivido y que han hecho. Ambos devienen de una toma de conciencia decimonónica sobre el sentido de la historia y del progreso humano, cuyo mejor codificador fue el socialismo científico y, en primer plano del mismo, Marx y Engels. La acción teórica y práctica del marxismo a través de sus organizaciones políticas y sociales ha contribuido a modificar las condiciones objetivas y subjetivas que hicieron posible el pensamiento original de Marx y Engels tal como se dio. La acción del marxismo también ha modificado al antagonista, ha debilitado su prepotencia, pero al mismo tiempo le ha obligado a adecuar instrumentos de ataque y defensa de nuevo tipo. Marx y Engels diagnosticaron certeramente la razón de la historia y las condiciones totales de su tiempo. Pedirles que además acertaran en la respuesta que iba a recibir el marxismo y en las intermodificaciones consiguientes sólo se puede hacer desde la ignorancia, la beatería o la mala fe. Las formaciones políticas herederas de la conciencia de lucha de clases fraguada a partir de la revolución industrial disponen de un metabolismo históricamente conformado en la dialéctica constante entre sus deseos y la realidad. Han interiorizado un conocimiento de la realidad y han exteriorizado un comportamiento histórico para modificarla positivamente, valiéndose de distintos mecanismos de adaptación a las circunstancias cambiantes. Aprehender realidad. Ésta es la clave de la cuestión. Naturalmente, a partir de un conocimiento científico de los mecanismos de la realidad, sea cual sea el énfasis que se ponga sobre tres fases interrelacionadas de una misma situación concreta: las claves económicas, las posibilidades políticas, la energía transformadora de la conducta social. Si se mantiene esta tensión dialéctica entre lo que se sabe, se asume y se hace, los partidos políticos progresivos están en condiciones de forzar los ritmos de la historia. Si se rompe esta tensión dialéctica, los partidos políticos tienden a instalarse en lo que ya saben y a convertirse en factores objetivos de retención de ritmo histórico, cuando no en instituciones fácilmente manipulables por los partidarios de convertir el filme en una foto fija.

Los partidos políticos son sujetos colectivos pensantes, capaces de adquirir un saber, una conciencia, y de actuar en consecuencia. Los de derecha tienden a convertir lo que ya saben en categorías de conocimiento universal eterno inmodificable, a lo sumo con capacidad mimética de adaptación a transformaciones superficiales. Pero la razón de ser de la izquierda radica precisamente en su papel de energía de cambio para bien, es decir, para mejorar cuantitativa y cualitativamente la condición humana contra toda alienación superable, contra toda alienación que tenga una razón de ser social.

 

 

LOS OJOS DEL PARTIDO

 

Este sujeto colectivo pensante, este intelectual orgánico colectivo llamado «partido», sea socialista o comunista, decide unos mecanismos de aprehensión de la realidad, metaboliza los datos recibidos y actúa. La bondad del procedimiento ha sido incluso cantada por los poetas: «Tú tienes dos ojos, pero el partido tiene mil», escribe Bertolt Brecht en el inicio de su «Oda al partido». En sus etapas de vanguardia de la conciencia crítica, socialismo y comunismo fomentan un aumento cuantitativo del saber de sus militantes y disciplinas internas de debate que acercan, dentro de lo que cabe, a esa elaboración colectiva de consciencia. Creo que es posible incluso delimitar el momento del tiempo histórico en que, ya separados comunistas y socialistas, atrofian sus mecanismos de aprehensión de la realidad a partir de servidumbres no sólo diferenciadas, sino incluso enfrentadas entre sí cruelmente. La lucha entre espartaquistas y socialdemócratas al acabar la Primera Guerra Mundial o las batallas, no siempre meramente dialécticas, entre la II y la III Internacional, inmediatamente antes e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, bloquean la capacidad de aprehensión crítica de la realidad, en un doble sentido de la palabra «bloquear»: paralizan mecánicamente y alinean según el punto de referencia de dos bloques internacionales. Socialistas y comunistas aprenden, piensan y actúan en función de tomas de posición en una de las dos trincheras y tienden a convertirse en factores de parálisis histórica, de instalación en el empate histórico. El grado de agudización de la guerra fría marca el grado de cerrazón o apertura en el bloqueo, y resulta de un primitivismo marxista ruborizante llegar a concebir la sospecha de que el deshielo dogmático de los años sesenta se debió al boom económico neocapitalista, que hizo a los unos menos hostigantes y a los otros menos recelosos.

Lo cierto es que de ese largo período de guerra de trincheras los partidos comunistas y socialistas salieron seriamente afectados como sujetos conscientes. Los partidos socialistas reducían el intelectual orgánico colectivo a congresos fantasmales donde se imponían los hechos consumados, el saber digerido por el aparato profesional que esgrimía la lógica de lo pragmático. Y los partidos comunistas se dividían internamente en dos entes, sólo unidos por la cultura de las disciplinas y el seguidismo: el partido programador y el partido máquina, reducido casi siempre el partido programador a la prepotencia de los poderes fácticos internos, encabezados por los secretarios generales y los dirigentes creados a partir de las costillas de los secretarios generales. Los colectivos militantes se convertían paulatinamente en idiotas orgánicos colectivos informados a través de filtros cenitales. Sólo así se explica que los partidos comunistas occidentales tardaran más de veinte años en enterarse de que el asalto al palacio de Invierno era ya imposible y que algunos partidos socialistas del mismo hemisferio aún no sepan que actúan como agentes objetivos al servicio de la supervivencia del sistema capitalista.

 

 

EL MAL MENOR

 

El desencanto o la disidencia, cuando no la apostasía, jalonan de espíritus sensibles las cunetas de un largo camino que va desde 1945 hasta el infinito, y en el interior de los partidos de izquierdas se ha instalado una conciencia de administración de lo que ya se es y de lo que aún se tiene, es decir, de un patrimonio social que sólo sale al exterior los días de procesión electoral y en algunas otras fiestas de guardar. A los partidos socialistas aún les queda el morbo histórico de un bandazo electoral que les permita relevar a la derecha, más por una fluctuación del gusto colectivo que por una clara diferenciación de programas de gobierno. Pero a los partidos comunistas de Occidente, salvo el italiano, que tiene un patrimonio difícilmente dilapidable, sólo parece preocuparles la búsqueda de un espacio electoral que les haga necesarios históricamente y que les ayude a mantener un aparato burocrático.

La sociedad civil asiste a este espectáculo cada vez más distanciada y a lo sumo convocada para elegir entre males menores, pero desde una sospecha, más o menos lúcida, de que el saber de la izquierda no se renueva y sus mecanismos de creación de conciencia colectiva y de movilización de energía de cambio están atrofiados. Prueba de ello es que los partidos de izquierda no sólo tienen rotos los mecanismos de comunicación con la inteligencia no partidaria, sino que no han sabido localizar la aparición de nuevas formaciones de conciencia crítica como respuesta a injusticias objetivas que los partidos de izquierda o ignoraban o tenían olvidadas, o embalsamadas de retórica. Pongamos como ejemplos el ecologismo, el pacifismo o la liberación sexual, que hasta ahora tanto los partidos socialistas como los comunistas, en cuanto aparatos, sólo han sabido ignorar o manipular, más según razones electorales que de consciencia revolucionaria. Para muestra, el comportamiento de la socialdemocracia alemana occidental, que es promisil o antimisil según esté en el Gobierno o fuera del Gobierno, o de los partidos comunistas que son anticentrales nucleares... occidentales. Igualmente son incapaces los partidos de izquierda de dar una alternativa a la conciencia abstemia que impregna la disposición política de mayoritarios sectores de la sociedad, imbuidos de que sobreviven en un mundo de efectos sin causas, en el que la mejor elección es la del mal menor.

Sería gratuito denunciar esta radical impotencia histórica desde una complacencia masoquista o como coartada de disidencia. La parte más lúcida, menos alienada, de la izquierda tiene la obligación de proponer el desbloqueo del intelectual orgánico colectivo, desbloqueo que previamente requiere una revisión de la razón de ser de partidos transformadores, reducidos a la función de porteros de trinchera o de instituciones contribuyentes al esplendor del supermercado de las ideologías desideologizadas. Casi doscientos años de cinismo burgués enriquecen la finura de la distorsión practicada por la argumentación de la nueva derecha, que llega a reprochar a la izquierda tradicional su inutilidad revolucionaria. Pero no porque la crisis de la izquierda sea un argumento de la vieja o nueva derecha deja de ser real. Esa crisis existe y activa la falta de capacidad de respuesta social a la situación de desesperanza que caracteriza a la sociedad civil de Occidente, una sociedad que ni siquiera tiene el proyecto de hacer algo para sobrevivir, que se limita a asumir cotidianamente que la han dejado sobrevivir.

 

 

EL «STRIP-TEASE» TEÓRICO

 

La ofensiva ideológica de la nueva derecha empezó poniendo contra las cuerdas al marxismo como método de diagnóstico, y a los partidos marxistas como instrumentos para la transformación positiva de la realidad. A continuación se puso en revisión la posibilidad de que la historia tuviera un sentido progresivo y que ese sentido pudiera ser activado. Finalmente, la ofensiva apunta al descrédito mismo del saber histórico, de la historia, porque así queda sin sanción el comportamiento de la reacción objetiva y se elude la gran cuestión: la necesidad de cambiar la idea de progreso acuñada por la conciencia burguesa, arruinada por el grado cero de desarrollo y la imposibilidad de mantener los niveles de acumulación capitalista. A la defensiva, con miedo a perder votos, a desestabilizar el statu quo de los bloques o a excitar el fantasma del fascismo, los partidos de izquierda tradicionales han dado la callada por respuesta, asumen un strip-tease teórico que más parece el lanzamiento de lastre desde un globo que pierde altura, y en lo fundamental renuncian a renovar su conocimiento social, porque tal vez se pondría en cuestión su propia función. Y en cuanto a los intelectuales de izquierda no orgánicos, no militantes, o bien están en plena expiación por sus alienaciones pasadas, o bien temen pasar al museo antropológico de la premodernidad, juntos y revueltos con el Manual de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, el santo prepucio de Kautsky, el tampax y el traje de baño incorrupto de Mao Zedong.

Los malestares de la conciencia universal fin de milenio son malestares sociales derivados de una determinada organización de la producción y de la vida, y, por tanto, sigue siendo necesario un cambio radical de estructuras, sin que pueda separarse el plano nacional del internacional. El marco dialéctico de fondo sigue siendo la relación de dominación entre capital y trabajo, entre centros colonizadores y periferias colonizadas. Es decir, el marco sigue siendo, en lo fundamental, el que supo plasmar el socialismo científico, al que hay que añadir más de cien años de agudización y metamorfosis de las contradicciones. Pero es cierto que la radicalidad de estas contradicciones se manifesta sobre todo en la periferia, y el escepticismo desganado del habitante de una provincia céntrica del imperio es consecuencia de su propia pérdida relativa de protagonismo. El tema de la crisis de la izquierda entretiene como una chuchería del espíritu que sólo tiene sentido en los escasos rincones del mundo (París, Londres, Malasaña, Olot) donde la izquierda ha podido permitirse el lujo de anquilosarse. Pero, incluso en esos rincones privilegiados, la izquierda sigue teniendo función cuando, por encima de razones de coyuntura, está en condiciones de elegir entre sandinistas y antisandinistas, entre burocracia soviética y aquellos disidentes que apuestan por las libertades como instrumentos para cambiar la vida y la historia, entre nuclearización y desnuclearización, entre política de bloques y desarme universal generalizado, sin olvidar tomas de partido tan elementales como elegir el sentido de austeridad que trata de imponer la patronal o el sentido que pueden asumir las clases populares a cambio de estimular el proceso de transformación.

 

 

LA HISTORIA SIGUE

 

Pero difícilmente la izquierda puede quejarse de la ofensiva de la nueva derecha y de la grave neutralidad apolítica de la juventud o de las masas cuando no ha sabido ni siquiera espabilar al intelectual orgánico colectivo que tenía más cercano y ha tolerado, por vía activa o pasiva, que se convierta en un idiota orgánico colectivo, idiota perfecto, porque ni siquiera sabe que lo es. Al margen de este querer o no querer, poder o no poder, la historia sigue y los aburridos provincianos o capitalinos del imperio pueden ver a través de la televisión, privada o pública, en blanco y negro o en color, cómo en la periferia la nueva derecha es otra cosa e inscribe 30.000 desaparecidos en el necesario debe de la democracia. Y sin ir tan lejos, los desganados occidentales pueden comprobar cómo los bobbies pierden la compostura cuando los pacifistas se oponen a que la nueva derecha convierta su peso en misiles atómicos y cómo los sofisticados ejecutivos de multinacionales, irónicos y sutiles perdonahistorias, puestos a elegir entre beneficios y contaminación, eligen contaminación.

Al fin y al cabo, la izquierda nació históricamente para ganar la batalla del progreso, y si la izquierda realmente existente no sirve, las necesidades humanas la sustituirán por otra. Incluso pueden cambiarle el nombre. Pero me parece que no se trata de una simple cuestión nominal.

 

El País, «Temas de nuestra época»,
6 de mayo de 1984, pp. 12-13

 

•  •  •

 

En las elecciones catalanas gana por mayoría Jordi Pujol, que pasa así a gobernar sin impedimento alguno. Se desvanece la mayoría conjunta de la izquierda en Cataluña, que no sirvió en 1980 para que gobernaran juntos socialistas y comunistas. Es el momento de ahondar en las razones de un cambio más sociológico que político.

LOS OTROS PUJOLISTAS

ANÁLISIS DEL NUEVO MAPA POLÍTICO CATALÁN

 

El voto de un sector significativo de la inmigración a la coalición encabezada por Jordi Pujol, en las recientes elecciones al Parlament, significa para el autor que se ha valorado dicha candidatura como un signo de integración en Cataluña. El fracaso socialista y comunista revelaría, a su vez, una crisis de identidad de la izquierda catalana.

 

La estampa de doña Marta Ferrusola y su honorable esposo, Jordi Pujol, aupados a un tablao flamenco en el marco de la Feria de Abril de Barberà del Vallès habrá podido sorprender a los pequeños contingentes de energúmenos que celebraron la victoria de Pujol con el grito de «Fora xarnegos!» («¡Fuera charnegos!»), pero no a los estrategas más finos de un neopujolismo expansionista, captador del voto inmigrante. Tanto los que censuran al PSUC una campaña demasiado «nacionalista», como los que aconsejaron al PSC-PSOE una campaña «social» y por lo tanto anacionalista, tienen materia de reflexión en los miles de votos que la inmigración ha metido en las urnas de Convergència i Unió, incluso en zonas depauperadas.

Ese voto inmigrante pujolista puede ser interpretado como un voto de castigo a la política social y económica del Gobierno socialista. También hay un voto de castigo útil y un voto de castigo inútil, y es evidente que dentro de las coordenadas electorales de Cataluña el primero ha de ir a parar a las arcas convergentes. Un voto de castigo de esta naturaleza implica no reconocer a Pujol y el pujolismo como enemigos de clase, es decir, indica que Convergència i Unió no aparece ante muchísimos inmigrantes como una derecha social y económica típica y al mismo tiempo se beneficia de ser un partido de la oposición política, que juega a la contra desde la comodidad de un poder periférico relativo.

Es lógico que Coalición Popular insista en el argumento de voto de castigo y pase por encima de motivaciones que afectan al ser o no ser de la conciencia nacional de Cataluña. Hay que empezar a decir, con tanta prudencia como seguridad, que un sector importante de la inmigración ha votado a Pujol por una voluntad de sentirse aceptados, de sentirse integrados dentro de una comunidad en la que Pujol ha conseguido un estatuto de emblema, como la montaña de Montserrat, el Barça, el pan con tomate o el seny. Que un catalanista a ultranza y ex banquero fracasado haya conseguido ser un posible emblema para la inmigración del cinturón de Barcelona, por ejemplo, implica también el fracaso tanto de un catalanismo alternativo como de un neoespañolismo recaudador de votos, desde el supuesto de que la inmigración es una reserva espiritual de españolidad.

La perplejidad de algunos dirigentes del PSC-PSOE ante la magnitud del desastre electoral fue muy elocuente. Con su campaña, el PSC-PSOE esperaba despertar de su letargo a la inmigración abstencionista para hacer frente común al nacionalismo burgués, al nacionalismo clasista de Jordi Pujol, favoreciendo una y otra vez la poca escrupulosa identificación entre nacionalismo y burguesía. No sólo no han motivado al inmigrante abstemio, sino que no han podido impedir que el inmigrante autonómicamente activo le haya dado su voto al partido mejor visto por la patronal. Patético el espectáculo moral de algunos altísimos dirigentes socialistas reivindicando la conciencia de la lucha de clases frente a la conciencia del nacionalismo burgués. Patético si tenemos en cuenta la política económico-social e internacional que ha hecho, hace y hará el actual Gobierno socialista. Tan patético como invendible.

 

 

VOLUNTAD DE INTEGRACIÓN

 

Para importantes sectores de la inmigración, Jordi Pujol era el «no» al Gobierno socialista, el «sí» a una voluntad de integración autonómica ideológicamente no clarificada, el «no» a alternativas críticas que al escapar a la lógica de la bipolarización implicaban una aventura espiritual. El propósito identificador exige la importancia del punto de referencia, del polo identificador, y en este caso sólo había dos polos nítidos: o CiU o el PSC-PSOE.

Pero no sólo hay que tener en cuenta el fracaso del PSC-PSOE como motivador de un frente antinacionalismo burgués, sino también el fracaso de las restantes alternativas de la izquierda catalana a la hora de clarificar un proyecto social y nacional alternativo. El PSUC y el PCC siguen pagando las culpas de su cinismo y no han sabido o podido llenar de contenido aquel enunciado del «catalanismo popular» que respondía a la trayectoria histórica del PSUC promotor de la Assemblea de Catalunya. Tanto un partido comunista como el otro ofrecían imágenes con poca credibilidad operativa hacia el futuro, encarnados en sus dos líderes en juego, Antoni Gutiérrez Díaz y Pere Ardiaca, con tanta historia por detrás como poca por delante. Ambos partidos, al perder militancia, han perdido instalación social y capacidad de movilizar conciencia alternativa de masas, única posibilidad de competir con las potentes maquinarias electorales de convergentes o de socialistas.

Y aunque puede sonar a frívola aportación que no pasará a la historia de las ideas, asumo el riesgo y aporto la tesis de que el famoso victimismo catalán es un virus del que se contagia inmediatamente la inmigración menos distanciadora y con más voluntad de integración. Desde los desaforados ataques de Alfonso Guerra hasta la politización neoespañolista del baloncesto han sido asumidos por parte de la inmigración como una injerencia intolerable. Insisto una vez más en que la campaña anti-Núñez y anti-Pujol movida por medios de comunicación ubicados en la capital del Estado, acaba siendo positiva para los atacados, en ocasiones gracias a una química ideológica y psicológica irracional, la misma que puede convertir a Goikoetxea en la víctima y a Maradona en el verdugo desde la óptica del público de San Mamés. Frente a este cúmulo de motivaciones que han dado una parte del voto inmigrante a Jordi Pujol, haría falta una reflexión teórica y una práctica política clarificadas y clarificadoras que hoy por hoy la izquierda catalana no está en condiciones de elaborar. Condicionados por sus compromisos de Estado los socialistas, y por un lamentable residualismo burocrático los comunistas, unos y otros van a buscar explicaciones de coyuntura y medidas efectistas pasajeras para ganar tiempo y no asumir la profunda crisis de identidad que afecta a la izquierda catalana.

De momento, Jordi Pujol y Marta Ferrusola ya han cruzado el Rubicón étnico y se han subido a un tablao flamenco de la Feria de Barberà. El paso siguiente será bailar sevillanas. ¡Si Rojas Marcos levantara la cabeza!

 

El País, 18 de mayo de 1984, p. 19

 

•  •  •

 

Las columnas de la última página se suceden lunes y jueves tan diversas como la voluntad del autor: homenajes personales, perfiles necrológicos, denuncia de las insuficiencias de la democracia y, sobre todo, de los excesos militaristas y genocidas de Estados Unidos en América del Sur. Burbujas ácidas para el espíritu.

«IL MARQUESINO»

Digan lo que digan, era un marqués. Y tiene mucho más mérito que llegue a secretario general de un partido comunista un marqués sardo que un matricero de Turín, con todos mis respetos para los matriceros. Los marqueses sardos nacen para patearse la poca historia que les queda, y en cambio Berlinguer trató de corregir y aumentar la historia que nos quedaba. Mediada la década de los sesenta, Togliatti, poco antes de morir, se atrevió a insinuar en voz alta lo que era evidente desde 1946. Que el asalto al palacio de Invierno en Europa era imposible y que se precisaba una nueva vía para las transformaciones sociales radicales. La caída de Allende puso en manos de Berlinguer un mal ejemplo histórico de cómo una mayoría insuficiente de la izquierda inutiliza la revolución y propicia la contrarrevolución. Estaba escrito en Gramsci y también en parte en el Lenin anterior a las Tesis de Abril. Elaboró una estrategia a la medida del poder de instalación del PCI y la ofreció como un puente de plata al sector no corrompido de la DCI, pero cuando Aldo Moro empezaba a atravesar el puente me lo mataron de mala manera misteriosos sicarios del Todo o del Nada. Mientras tanto, la fórmula había sido bautizada por la prensa, «eurocomunismo» se llamaba, y al parecer se llama, y se exportó como un royalty más. En Italia fue una etiqueta y una línea, en España fue una herejía nominalista que provocó infartos y escisiones. Ahora, resituada la cosa y muerto Berlinguer, observo cómo los exegetas hispanos se sacan de encima la palabra en cuestión como si fuera una patata caliente.

Autocontenido como un oriental, se movía con la seguridad que emplean los bajitos que se saben altos y con esa majestad de marqués lampedusiano que no hay que confundir con la majestad de los marqueses de Conchita Piquer. Con el tiempo, los marqueses de las canciones de Conchita Piquer acaban en la extrema derecha; en cambio, los marqueses lampedusianos pasaron de Voltaire a Lenin para encontrar la síntesis en Gramsci. Es otro país. Otra casta. Otra gente. Leen más.

 

El País, «Última», 14 de junio de 1984, p. 48

VINYOLI

Un poeta cumple setenta años. Se llama Joan Vinyoli y ha conseguido ser uno de los cinco poetas catalanes de posguerra de obligada mención: Espriu, Pere Quart, Martí i Pol, Gabriel Ferrater y él. Una de las asignaturas pendientes de los distintos pueblos que componen España es el conocimiento del estado de las artes y las letras en aquellas comunidades autónomas que tienen lengua y literatura propias. La España culta sabe que existe Salvador Espriu, pero casi desconoce la restante poesía catalana contemporánea, a pesar de los esfuerzos traductores de José Batlló, José Agustín Goytisolo o Pere Gimferrer. Fue precisamente José Agustín quien trató de dar a conocer a Vinyoli en toda España mediante una excelente traducción de cuarenta poemas, en su día glosada en las páginas de El País. Ahora Joan Vinyoli es noticia. Va a ser reconocido hijo predilecto de Barcelona, cuando todavía hay demasiado silencio en torno de una obra que ni cede ni cesa. Poeta que se ha apoderado de la perfección, como lo demuestran sus dos últimas entregas publicadas por Empúries, Joan Vinyoli, al poner título a uno de sus poemarios, El callat («El callado»), se puso título a sí mismo. Vinyoli habla gratis al paso de los amigos que encuentra por la calle o a la orilla del teléfono, con esa mala salud de hierro a cuestas que algunos atribuyen a su antigua condición de bebedor de fondo, condición de poeta perdido sin collar.

Escritor a su aire, nace de lo mejor de la poesía catalana y europea de entreguerras y del respeto a la tradición greco-latina. Luego Vinyoli se supera a sí mismo libro a libro, desde una lógica poética interna desconectada de las modas y los designios culturales: cuando predominaba la poesía social se le acusaba de simbolista e intimista; luego, cuando se recuperó la libertad de escribir, Vinyoli era un caso demasiado peculiar. No encajaba en los esquemas del carquismo crítico catalán y no se esforzó en pasar factura por un largo y constante compromiso democrático antifranquista. Por muchos años que siga escribiendo este frágil hombre y poderoso poeta, al que he querido regalarle una columna de El País, en el día de su cumpleaños.

 

El País, «Última», 2 de julio de 1984, p. 36

TORTURA

Leo el informe de Amnistía Internacional sobre la tortura y descubro que España es uno de los dos países europeos que aún reúne méritos propios para figurar en la historia de esta infamia. El otro compinche en tortura europea es Italia, pero el informe de Amnistía relativiza la contribución italiana y la describe como un exceso coyuntural derivado de una acumulación pasajera de nerviosismo histórico. No sería el caso de España. En España se torturaría porque sobrevive una cultura de la brutalidad impune ejercida desde la prepotencia del especialista. Cualquiera que haya pisado una cárcel sabe cómo llegan a ello algunos chorizos, con el habeas corpus escrito en mercromina, es decir, pintado al óleo. Pero el maltrato recibido por los chorizos tiene aún menos prensa que el otro, demostración de que hay diferencias de clases en relación dialéctica entre el que da y el que recibe las bofetadas. El ojo que fiscaliza la tortura en el mundo se aplica sobre todo a los malos tratos por motivos políticos, y al parecer en la España democrática, en la España del cambio, no sólo los chorizos se pintan el habeas corpus al óleo.

Contemplo el panorama geopolítico de la Europa que no tortura y descubro que no es una Europa sin problemas. Por ejemplo, Inglaterra padece una conflictividad terrorista y separadora más tensa que la española y desde hace muchísimas décadas. En el pasado la tortura fue también allí la regla, pero en la actualidad es la excepción, a pesar de que los terroristas vuelan primos de la reina, héroes de la Segunda Guerra Mundial, o grandes almacenes llenos de niños y de esas viejecitas encantadoras de las que los ingleses tienen la fórmula biogenética secreta. En la misma Italia, que en el inmediato pasado fue un paraíso terrorista, no ha sido la tortura una práctica habitual, ni un elemento decisivo para combatir el terrorismo con eficacia. Es decir, que de ser cierto el testimonio de Amnistía Internacional, aquí se tortura en plan borde y cutre, desde el subdesarrollo psicológico y técnico.

También está claro que no es una práctica generalizada, pero sí lo suficientemente particularizada como para que nos ponga en evidencia predemocrática.

 

El País, «Última», 19 de julio de 1984, p. 44

GUTIÉRREZ MELLADO

Sólo he tenido el gusto de saludar al teniente general Gutiérrez Mellado en dos ocasiones, y han sido precisamente dos fiestas de verano en casa de Pere Portabella. En la segunda ocasión, el general compartía la mesa, entre otros, con Federico de Carvajal, socialista y presidente del Senado, y con Maria Macià, hija del que fuera mítico presidente de la Generalitat, Francesc Macià. De todos los símbolos que se pueden sublimar de tal composición de mesa yo escojo el de la civilización. Era una mesa civilizada.

La máxima autoridad en ejercicio era Carvajal, pero coexistía con otra autoridad, a la vez simbólica y moral, que residía en la persona de Gutiérrez Mellado. Había deseos generales de darle la mano, de ser reconocidos por su saludo, y eran deseos nacidos en la gratitud de la memoria, no en el cálculo de prebenda, porque el poder de Gutiérrez Mellado es ya un poder histórico, el que tuvo y cómo lo empleó. Había gentes de todos los colores, menos el negro, el de la muerte, y era lógico que todos sintieran hacia Gutiérrez Mellado un inmenso y sereno respeto. Gutiérrez Mellado es un hombre que ha envejecido bien y al que le sientan excelentemente la ropa civil y la sociedad civil. Escucha más que habla, y a esta cualidad cabe atribuir el que estuviera tan bien enterado de las aspiraciones mayoritarias del pueblo español cuando acabó la posguerra civil, aproximadamente en la primavera de 1977.

Su obra ha consistido precisamente en garantizar un marco en el que fuera posible una conciliación democrática, y la prueba de que en el empeño ponía algo más que lucidez histórica y sentido común la tuvimos todos en aquel 23 de febrero. La reacción de Gutiérrez Mellado defendiendo la democracia a pecho descubierto fue un acto generoso, nacido del sentimiento y no de la razón. La razón le habría aconsejado capear aquel temporal loco. El sentimiento le hizo salir en defensa de algo que en aquel momento era frágil. Se explica el respeto que inspira. La autoridad que emana de él, aunque ya no tenga mando en plaza.

 

El País, «Última», 16 de agosto de 1984, p. 36

44.000

Durante treinta y ocho años el Comando Sur del ejército norteamericano ha mantenido su Escuela de las Américas en Panamá, centro de formación profesional de donde ha salido la plana mayor de la barbarie político-militar latinoamericana: Somoza, Pinochet y Hugo Banzer son tres ejemplos suficientes. Lo que no se sabía es que por la escuela han pasado hasta 44.000 militares que allí han aprendido cómo dar golpes de Estado, cómo hacer frente a las intentonas revolucionarias por todos los medios, incluidos la tortura y el exterminio. Hasta las más sólidas instituciones docentes tienen ovejas negras, alumnos díscolos que no sacan provecho de las enseñanzas recibidas y luego, cuando se enfrentan a sus obligaciones profesionales, dejan en mal lugar a quienes tanto hicieron para hacerles hombres de provecho. También la Escuela de las Américas ha tenido alumnos contra natura, y ahí están los casos de Velasco Alvarado o el propio Omar Torrijos, que no se merecen salir en las fotos fin de curso junto a los compañeros que realmente entendieron la lección. Lo que debe preocupar seriamente al género humano, y sobre todo al género humano que vive y trabaja en América Latina, es que de esa escuela han salido 44.000 expertos en hacer la vida y la historia imposibles; 44.000. Pronto está dicho. Y de esos 44.000 apenas una cincuentena ha conseguido ser carne de primera página de diario, lo que significa que 43.950 centinelas de Occidente formados en tan prestigiada institución andan sueltos con la bayoneta o la picana caladas, sin que hayan sido suficientemente detectados. La Escuela de las Américas ha sido el West Point de la doctrina Monroe, y su función ha consistido en formar capataces armados que vigilen los márgenes del imperio. Ahora de Panamá se trasladará a Honduras, plaza fuerte de la Reserva Espiritual de Occidente, S.A., la multinacional del gulag blanco que más puestos de trabajo ha creado en el mundo entero. Y la tendencia de esta oferta de trabajo es al alza, por cuanto el aumento del paro y la marginación necesitarán cada día más centinelas de Occidente. La revolución tecnológica aprieta pero no ahoga.

 

El País, «Última», 27 de agosto de 1984, p. 28

 

•  •  •

 

En pleno debate sobre el modelo educativo, se opone de plano a la selectividad porque es la guinda de una sociedad neocapitalista que cada vez maltrata más a sus ciudadanos. Excesos de la «razón de Estado».

LA SELECTIVIDAD, UN EXCESO DE CELO

A los que se muestran opuestos a la selectividad universitaria se les suele decir lo mismo que a los contrarios a las centrales nucleares: en la URSS la hay. Esta prueba contundente no es un argumento disuasorio positivo, sino negativo. Se supone que el enemigo de la selectividad, la nuclearización del mundo o la Alianza Atlántica tiene como modelo inspirador o como objetivo histórico la democracia socialista y se le argumenta: «Pues no seas más papista que el Papa, chico, porque tus amigos los rusos practican una durísima selectividad y tienen tantas centrales nucleares como frenopáticos para los disidentes».

La selectividad dentro de una economía, y por lo tanto de una organización social más o menos socialista, forma parte de una concepción planificada de la relación entre los diferentes saberes y los diferentes trabajos que se le corresponden. Discutible el principio de la no libre elección de tu manera de manipular la realidad, el mundo, es decir, de tu trabajo, y discutible el que haya crecido contigo y tus calificaciones escolares la cualidad que hará o no hará de ti un profesional de esto o aquello.

Pero forma parte de unas reglas del juego que planifican, para bien y para mal, la conducta individual y colectiva. En cambio, dentro de los países del liberalismo realmente existente, la ideología de la selectividad es a todas luces incoherente, y más en estos tiempos en que los mecanismos de selección reales, definitivamente operantes, vienen determinados por la poquedad del mercado de trabajo y un proceso de salvaje adaptación a los cambios de la formación económica neocapitalista.

Y esa incoherencia roza el cinismo cuando se decanta a masas de la juventud para que prolonguen su edad escolar, se aficionen a una determinada parcela del saber y luego se les oponga un filtro de selectividad normalmente dictado sin otra razón objetiva que la trayectoria académica de un niño, luego adolescente.

Como principio teórico de un Estado democrático, la selectividad no se sostiene. Y en defecto de la moral de este argumento, de su eticidad, se recurre ahora al del mal menor, al de las razones de un Bien Común que no puede permitirse una masificación de la enseñanza universitaria sin límites.

 

 

LA «RAZÓN DE ESTADO»

 

Estamos ante una coartada similar a la de esas famosas razones de Estado en cuyo nombre nos hacen financiar rearmes y preguerras, sin que se nos deje madurar la comprensión de que si unas determinadas razones de Estado llevan a tamaña sinrazón, sin duda hay que cambiar de razones de Estado y, lógicamente, de Estado, porque las razones son accidentes de una sustancia.

Sin pedir peras al olmo, desde la más desalmada lucidez habría que proponer la desaparición de la selectividad, de las notas, de las evaluaciones, transmitir todo el saber que se pueda al mayor número posible de personas y en la materia que escojan. Eso, en la seguridad de que luego ya serán ametrallados por la ley de la oferta y la demanda, sin necesidad de que el Estado de los países de liberalismo realmente existente se manche las manos en la espúrea tarea de marcar a las reses para este o aquel matadero, para este poco o aquella nada. Pero hay en el alto funcionariado del Estado de los países de liberalismo realmente existente demasiada voluntad de implicación en las faenas sucias.

Dejemos la suciedad para abstracciones menos comprometidas: el mercado, la oferta, la demanda... el destino...

 

El País, cuadernillo «Educación», 18 de septiembre de 1984, p. 5

 

•  •  •

 

El poeta Joan Vinyoli fallece. Si en julio glosaba la figura del poeta, ahora Vázquez Montalbán debe componer un perfil de urgencia, un género periodístico que cada vez practica más a menudo.

BAJO EL EXTINTO VOLCÁN DEL TIBIDABO

En su prólogo a la primera edición de El callat, Joan Vinyoli ofrece un inicial retrato robot poético de sí mismo, importante en un escritor que tuvo a Rilke como uno de sus modelos humanos de poeta: «... El autor escogió un ejemplo de poeta que justamente le atraía por lo que tenía de tranquilo, de paciente, que lo esperaba todo de una lenta maduración». Uno de los ideales de la promoción intelectual de Vinyoli había sido la serenidad goethiana, la conquista de una posición olímpica en el espacio y el tiempo, desde la cual organizar las palabras y la conducta. Yoísmo y clasicismo moral. El segundo como corrector del primero, para hacer imposible y grotesca la llantina subjetiva romántica. Pero... Pero este programa de poesía ensimismada fue alterado por la experiencia vital y su sabiduría. El propio Vinyoli habla de la «intuición sentimental directa» que nos ayuda a descubrir al otro, a salir de nosotros mismos y liberarnos. Ese desensimismamiento le permite a Vinyoli, a partir de El callat, escribir una importantísima obra basada en el descubrimiento sorprendido, inocente y maravillado del ser entre otros. Bajo la reflexión poética de Vinyoli circulan personalismo y existencialismo como filosofías relativizadoras del individuo, afectadas de una genética compasión por la condición humana. Y es que el ideal goethiano de los discípulos de Carles Riba había pasado por demasiadas pruebas históricas y vitales como para entregar su alma a los dioses sin mancha de pecado original.

La brutalidad histórica del siglo XX se agiganta en relación a la lucidez histórica con la que convive. La frustración como tema poético de Vinyoli no es abstracta, no es una hipótesis poética, sino una terrible sospecha indagatoria, que se traduce en un frenesí creador, porque mientras hay poesía para el poeta hay esperanza. Esta afirmación no sorprenderá a los amigos y conocidos de Joan Vinyoli, sabedores de cuánto prolongó la voluntad de escribir su posibilidad de vivir.

Bajo el extinto volcán del Tibidabo, por las laderas de Vallvidrera, con el corazón y los pies cansados, Vinyoli se había convertido en un constante proyecto poético, consciente de que sólo lo creado sobrevive a la gran frustración definitiva: la muerte. Ni la Vida ni la Historia fueron para Vinyoli y su generación como las habían esperado, y la muerte incluso se adelantó despiadada para Valentí Fiol o Joan Petit. Tal vez Vinyoli escribía un poema cada noche y dejaba el último verso en blanco, en la esperanza de que la muerte fuera respetuosa con los poemas inacabados. Pero terminó la paciencia de la bestia, quizá preocupada ante las glorias de este mundo que empezaban a rodear a un Joan Vinyoli septuagenario, por fin reconocido como uno de los grandes poetas catalanes de la contemporaneidad.

Lo tenía escrito. De alguna manera se había apoderado de su propia muerte en relación con su propia vida... «... que el vent morat apaga amb la seva ombra».

 

El País, «Perfil», 1 de diciembre de 1984, p. 23

 

•  •  •

 

La sección «Gigantes o cabezudos» se publica ahora en las últimas páginas de El País Semanal y, de hecho, no sobrevive al cambio de año. El público no siempre acompaña la narratividad surrealista y subnormal de Vázquez Montalbán.

LA MAURA ESTÁ DERRUMBADA EN EL SUELO

La Maura está derrumbada en el suelo. Pasa volando un avestruz y defeca sobre la pobre mujer. La atropella un tranvía. Se levanta. Se palpa el vientre...

 

Quería Gregorio Peces-Barba organizar una fiesta en homenaje de los diputados, en parte porque Navidad y Año Nuevo ablandan el esfínter del festejo y también porque don Gregorio quería compensar a sus señorías por el mal trato que les había dado a lo largo de las sesiones legislativas de 1984. El problema empezó cuando se decidió que el tipo de fiesta no podía ser convencional, es decir, un guateque más o menos, mejor o peor apañado, sino que debía reunir requisitos de representación simbólica y representativa del pulso del país a fines de 1984. Y si así era, ¿a quién encargarle la organización? El primer consultor de Peces-Barba le propuso a Ricardo Bofill, primero en la lista de organizadores del PSOE, pero situado en esa incómoda posición por un funcionario anticatalanista, que así se permite el lujo morboso de que Bofill sea rechazado una y otra vez. El siguiente consultor propuso a un maestro de ordeño que había tenido Felipe González en su infancia, en la creencia de que en esta ocasión volvería a repetirse la lógica interna del nombramiento del comisario de la celebración del quinto aniversario del descubrimiento de los españoles por parte de los indígenas del Caribe.

Tras sembrar la antesala de cadáveres de candidatos, Gregorio Peces-Barba decidió ir por la línea recta que es la distancia más corta entre dos puntos.

—A ver. El nombre de un español con talento para imaginar lo esencial de lo festivo en lo español. Pídanselo a una computadora de la última generación.

—Solchaga tiene una computadora de despidos de muñeca. No sé si servirá.

—Boyer se ha cambiado su computadora de despidos de muñeca por una computadora de reactivación industrial igualmente de muñeca.

—Quizá sirva la de Boyer.

Se sorprendió Boyer cuando, en un descanso de un pleno de las Cortes, Peces-Barba le asió por una muñeca y manoseó la computadora plateada allí adherida. Casi no tuvo tiempo el superministro de Macroeconomía de pedir explicaciones: de la computadora de muñeca empezó a salir una lengüeta de papel rosa y Peces-Barba exclamó:

—¡Pedro Almodóvar!

En efecto, la computadora dictaminaba que Almodóvar era el más indicado para encontrar lo esencial de lo festivo en lo español.

—Dime, Miguel, ¿verdad que esta máquina es posmoderna?

—Hasta el 31 de diciembre. Ni un día más. A partir de esa fecha se convierte en una máquina carroza. Ya me han prometido el envío de la sustituta.

Pero Almodóvar era el veredicto y a por Almodóvar se fue. Acudió el realizador cinematográfico a la audiencia del ministro ataviado como María Montes en Alí Babá y los cuarenta ladrones, o así se lo pareció a Peces-Barba, que aventuró el juicio.

—De María Montes nada, Gregorio. Voy de Alí Babá.

—Yo me imaginaba a Alí Babá con barba.

—¿De qué Alí Babá hablas tú, Gregory? Pues no ha llovido desde entonces. Y soy Alí Babá after shave.

Expuso don Gregorio su proyecto y Almodóvar planteó sus exigencias.

—Quiero a mis chicas y por descontado a Carmen Maura.

—¿Hará de presentadora?

—Los detalles déjalos de mi cuenta.

Trabajó arduamente Almodóvar durante una semana y en el entrañable día de Nochebuena se convocó para el festejo a señorías, embajadores, intelectuales de corte y aldea. Había recibido Almodóvar presupuesto suficiente para contar con un reputado plantel de artistas y se decía que una de las sorpresas de la fiesta sería la presencia de Jeanne Moreau como estrella invitada. Gran expectación, hervidero de voces y chasquidos de copetines entre sí para que, de pronto, se apagaran las luces y de la oscuridad un reflector arrancara espacio visible para poder ver a Almodóvar disfrazado de guardia de la porra, persiguiendo a un burrillo gris, diríase que el mismísimo Platero de Juan Ramón Jiménez. En cuanto desaparece del campo Almodóvar es Carmen Maura la que lo ocupa. Está troceando el cadáver de su marido con una sierra eléctrica de bricolaje, adquirida en las rebajas de Preciados. Tiene la Maura la lengua entre los dientes y la vista fija en la precisión del corte.

—¡Marchando una de mollejas! —dice una voz en off cenital.

—Ya me extrañaba a mí. Me pides lo mejor.

Se descuelga un ángel del cielo y le pega una bofetada a la Maura.

—Cuando yo pido mollejas hay que darme mollejas.

La Maura está derrumbada en el suelo. Pasa volando un avestruz y defeca sobre la pobre mujer. La atropella un tranvía. Se levanta. Se palpa el vientre.

—Me parece que estoy preñada.

Se le abre el vientre y sale un diputado de Alianza Popular vestido de riguroso sport Loewe.

—¡Alberto Luis!

—¡Mamá!

Pero vuelve a entrar Almodóvar arrastrando el cadáver de Platero y detiene al diputado porque es hijo de madre soltera.

—Viuda. Yo soy viuda.

Se muerde la lengua la Maura porque el cadáver troceado de su marido puede ser la perdición. Distrae su atención el hecho de que llaman a la puerta dos pollos congelados que le manda su suegra desde el pueblo. Los pollos están muertos de frío y lo ponen todo perdido de agua.

—Venimos andando desde Atocha.

—Hemos intentado hacer autoestop y no nos ha cogido nadie.

Almodóvar quiere llevarse detenidos a los pollos, al diputado de Alianza Popular, al ángel, y requisa los restos humanos troceados por si hubiera en ellos materia delictiva.

—Si se comprueba que es mi marido, ¿qué harán con los restos?

—Les aplicaremos la Ley de Fugas.

—Siempre pueden decir que han muerto de pulmonía.

—A nosotros no se nos muere nadie de pulmonía. Todos los que se nos han muerto ha sido a mala fe.

En su afanoso coleccionar de detenciones, Almodóvar se dejaba la cabeza del muerto.

—La cabeza. Se deja usted la cabeza. Yo no sabría qué hacer con ella.

Coge Almodóvar la cabeza, de tal manera que enfrenta al público la cara del fallecido. Un «¡oh!» de sorpresa o de pánico brota de entre la concurrencia. El embajador francés se alza lívido.

—¡Es Jeanne Moreau!

—¿Es suya? —pregunta Almodóvar al embajador.

—¡Es un patrimonio francés!

Le tira Almodóvar la cabeza con mala puntería y le da al nuncio. Jeanne Moreau, o su cabeza, trata de aprovechar el contacto para besar la mano del nuncio.

—¡Quita! ¡Quita, descarriada!

Se van pasando los invitados la cabeza de la actriz francesa hasta que llega a las manos de Gregorio Peces-Barba.

—Bienvenida, señora, a este lugar consagrado a la ley de leyes.

De la lasciva boca de Jeanne Moreau sale una lasciva lengua que insinúa temblores indescriptibles que, aparentemente, no conmueven a Peces-Barba.

—Basta ya, Almodóvar. Ponga la cabeza en su sitio.

—Imposible. El cadáver está descuartizado de verdad. El presupuesto daba para hacerlo.

Aprovechándose del diálogo entre Almodóvar y Peces-Barba, el ángel trata de violar a Carmen Maura dentro de una lavadora, pero la defiende el burro a coces y el diputado de Alianza Popular le corta al ángel las alas con una gillette oxidada. El embajador francés exige una disculpa diplomática y una compensación.

—No hay para tanto —trata de razonar Peces-Barba.

Pero está fuera de sí el embajador francés y en su nerviosismo empieza a clavarle un clavo en la cabeza del Premio Cervantes del año 2010. La cabeza de Jeanne Moreau se besa con Adolfo Suárez, con Gerardo Iglesias y lame el escote a Bibi Andersen. Aprovecha el desconcierto de las gentes Almodóvar para cambiar de vestuario y aparecer como Juanita Reina en La Lola se va a los puertos, y canta: «Marío, suegra y cuñá, / un niño y otro de cría; / que la chacha, que la gripe, / que tu madre, que la mía; / con tantas complicaciones, / sortera pa toa mi vía».

Un grito horroroso surge del fondo de la sala. Carmen Maura acaba de apuñalar a Peces-Barba con el hueso del pene del oso cazado por Fraga Iribarne, convenientemente afilado. La Maura fue reconvertida antes del amanecer y Fraga se las vio y se las deseó para recuperar el hueso.

 

El País Semanal, «Gigantes o cabezudos»,
23 de diciembre de 1984, n.º 402, pp. 92-9

 

•  •  •

 

Vázquez Montalbán protesta en la columna del lunes por los abusos antidemocráticos y las violaciones de los derechos humanos del gobierno polaco, un régimen tan opresor como las dictaduras latinoamericanas. Y dedica la del jueves a retratar a Paco Rabal en un texto que no disimula la devoción que siente por aquellas figuras que han sabido vivir sus propias pasiones.

HUMANISMO

Impresionados por lo vivido en la Segunda Guerra Mundial, por la pesadilla del tiempo del desprecio de lo humano desencadenada por el nazismo y la fatal identificación entre humanismo y terror evidenciada en las democracias socialistas, filósofos y moralistas se pasaron la década de los años cincuenta especulando sobre las posibilidades de un nuevo humanismo radicado en un país imaginario donde hubiera sido posible la síntesis entre el reino de la necesidad y el reino de la libertad. Recuerdo las elucubraciones de Henri Lefebvre sobre el tema, rodeado de sabios como Haldane o Merleau-Ponty, Bernal o Monod, Lacroix o Lanza del Vasto. Cuarenta años de democracia socialista en Polonia no sólo no han aportado el hombre nuevo, el prestigiado y utópico hombre total, sino que ni siquiera han conseguido un nuevo tipo de torturador. La confesión de los policías matarifes del cura polaco podía ser la de cualquier gorila de Pinochet o de Videla o la de cualquier paisano nuestro al que se le fue la mano en el transcurso de lo que la agencia Cifra llamaba «hábil interrogatorio». Cuarenta años después de la revolución, la seguridad del Estado necesita un escuadrón de la muerte, socialista desde luego, y lo necesita porque la presión de la sociedad civil ha conseguido parcelas de luz pública sobre las que es muy difícil ejercer una represión incontestada. Y si el actual Gobierno polaco ha tirado de la manta, sin duda ha sido por el protagonismo de la presión de una sociedad ya no dispuesta a asumir crímenes de Estado.

Las libertades democráticas pueden ser manipuladas por el poder económico y por el político, es indudable. Pero hoy por hoy, visto lo que hemos visto a lo largo de casi doscientos años de democracia burguesa y casi setenta de democracia socialista, las libertades democráticas son los únicos instrumentos que pueden fiscalizar la tentación despótica del poder, la misma naturaleza despótica del poder y sus disfrutadores principales y sus especialistas. No hay otro humanismo positivo que el capaz de neutralizar la prepotencia del verdugo. Así en la tierra como en el cielo.

 

El País, «Última», 7 de enero de 1985, p. 44

RABAL

La espléndida segunda carrera de actores como Fernando Fernán Gómez o Paco Rabal parece el final de aquella ambigua premonición de Pavese: «A partir de los cuarenta años todo el mundo es responsable de su cara». El homenaje que ayer TVE rindió a Paco Rabal lo merece toda la trayectoria artística del actor de Águilas, pero dentro de ella necesita un capítulo aparte ese saber madurar, ese saber sacarse la peluca a tiempo y dar la cara, la propia cara, como espejo de un alma curtida y sabia. Hace casi treinta años, concretamente en el verano de 1956, descubrí una foto ecuestre de Paco Rabal emplazada en el escaparate del fotógrafo Matrán, en la calle comercial de Águilas. Para los aguileños, Paco Rabal era el símbolo del paisano triunfador, símbolo necesario para un pueblo con complejo de arrinconamiento y de olvido. El año pasado compartí con Rabal y otros la presentación de la hermosa biografía o memoria de Madrid de Paco Umbral. Presencié de cerca la naturalidad de Rabal y comprendí la lógica de su nueva etapa de éxitos. Es un hombre receptivo, con ese sentido instintivo de lo que debe asumirse o rechazarse especialmente perfeccionado en los autodidactas y con una fidelidad a las raíces, a prueba de ejercer de galán en el plateau y en la vida.

El viejo lelo de Los santos inocentes ha sido protagonista en el correlato objetivo de Antonioni o cínico galán socarrón con Buñuel, compañero de happy end de Carmen Sevilla y pícaro prodigioso en Truhanes. Como Fernando Fernán Gómez o Fernando Rey, Rabal representa el espíritu de lucha de una España de supervivientes, que jamás se pudo permitir el lujo de dormirse en los laureles y que está envejeciendo con una dignidad dorada. Los actores son sublimaciones de un talante colectivo e individualizable, de ahí su propuesta de identificación. Rabal es como han sido los habitantes de este país en las últimas décadas, como Jean Gabin fue el rostro de la Francia del Frente Popular y la IV República. Hay que darle, pues, a Paco las gracias por su fidelidad a sí mismo. A uno le gusta ser compatriota de gente inteligente.

 

El País, «Última», 10 de enero de 1985, p. 48

 

•  •  •

 

Se reedita Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, la ocasión perfecta para recordar cómo esa novela muestra la forma de afrontar el placer de la primera generación de españoles que no vivió la guerra civil. Y el periodista no se deja llevar por la nostalgia.

LOS AÑOS ÉPICOS DE UNA IZQUIERDA SEÑORITA

Cuando apareció Últimas tardes con Teresa, provocó un cierto malestar en los sectores intelectuales comprometidos, sobre todo entre los aún jóvenes profesionales, los valores recién fraguados en la universidad que habían vivido los hechos del Paraninfo (1956-1957) y la constitución de los primeros movimientos universitarios de izquierda. El juicio de Pijoaparte-Marsé sobre aquellas promociones críticas no podía ser menos benévolo: «Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, ninguno como inteligente, todos como lo que eran: señoritos de mierda». Veinte años después de la aparición de la novela habría que añadir que algunos de aquellos pioneros de la contestación universitaria barcelonesa han llegado a redactar la Constitución y otros, a concejales de ayuntamiento del cinturón rojo o rosa.

Lo cierto es que el rayo aniquilador de Pijoaparte-Marsé se dirigía contra una incipiente izquierda señorita, teatral y frívola que con el tiempo adoptó los objetivos de su clase congénita y convirtió su compromiso juvenil en los mejores y únicos años épicos de su vida.

 

 

EL AMOR

 

Veinte años después, esta irritación pijoapartesca del ex relojero Marsé contra aquellos señoritos de mierda apenas si cuenta tras una relectura de la novela. Queda en pie, en cambio, el tema de la instrumentalización social y de la relación desigual entre el desclasado por ideas y el malclasado de nacimiento, y cómo esa relación se complica cuando interviene el amor. El novelista toma partido e inculca al lector el punto de vista de su personaje pretexto, Pijoaparte, el xarnego marginal que relaciona y sanciona dos territorios sociales, en los que el bien y el mal se atienen a dos diferentes códigos de supervivencia. O, mejor dicho, en uno de los territorios se trata de un código de supervivencia. En el otro, de un código para mantener la hegemonía, sea en nombre de Cristo o del Anticristo. La historia, ese ingrediente narrativo que tanto interesa a Marsé, consigue veinte años después el grado de atemporalidad necesario para ser ejemplar. Contemporáneamente, en 1965, se especulaba con las identidades escondidas tras nombres como el de Teresa o Luis Trías, cuando de hecho Marsé había utilizado dos arquetipos. Hoy, Teresa y Luis Trías sólo interesan desde su verosimilitud literaria.

Últimas tardes con Teresa fue una obra clave en la trayectoria literaria de su autor. Encerrados con un solo juguete era la primera y madura novela de un joven autodidacta. Esta cara de la luna fue el precio que tuvo que pagar Juan Marsé por el conocimiento de nuevas amistades, del sector social de la pequeña burguesía ilustrada, sin tener resuelto el problema técnico y moral del punto de vista desde el que abordarlas; en cambio, este problema lo resolvió Marsé magistralmente en Últimas tardes con Teresa mediante el hallazgo de Pijoaparte, punto de vista primado a través de toda la novela, en la que también interviene el autor como narrador o utiliza la cámara subjetiva desde otros personajes, Teresa y la propia Maruja, incluso otros menores. Técnicamente la novela era sincrética, pijoapartesca, al margen de las recomendaciones de los tecnólogos novelescos entonces en funciones. La técnica estaba pegada a la necesidad de contar una historia mediante un lenguaje rico; insisto en lo de lenguaje, que no tiene nada que ver con vocabulario. Marsé tiene el don de la adjetivación imprevisible y la capacidad de describir un cuerpo humano y su conducta a partir de la hipérbole de un gesto o un rasgo físico. El autor entra y sale de la novela al margen de los protocolos behavioristas u objetivistas, incluso anuncia lo que va a pasar o puede pasar, como cualquier realista del siglo XIX; pero esa intervención del autor está novelada, literaturizada, y el lector contemporáneo la acepta con toda naturalidad.

Otra característica de esta novela, que ya no va a abandonar la escritura del autor, es la adquisición de un tono y de una estrategia sintáctica. El tono irónico distanciador, encogido de hombros y con las manos en los bolsillos. La estrategia sintáctica merodeadora, influida, creo, por la poesía de Jaime Gil de Biedma y por el papel que el poeta ejerció como consultor literario de Juan Marsé en el transcurso de la redacción de Últimas tardes con Teresa. A partir de esta novela la escritura de Juan Marsé será inconfundible, aunque estemos ante el caso de un escritor que se sucede a sí mismo dejando por el camino la piel utilizada para escribir cada novela. Últimas tardes con Teresa o La oscura historia de la prima Montse están emparentadas tanto por el propósito como por la realización. Marsé gasta en estas dos novelas su voluntad de comprender una sociedad contemporánea, y se dedicará, a partir de este momento, a recuperar su memoria, a perder la obligada amnesia del vencido en la guerra civil, y ahí están Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro, Un día volveré o Ronda del Guinardó.

 

 

INVITACIÓN AL LECTOR

 

Releer Últimas tardes con Teresa en 1985 te lleva a coincidir con la nota preliminar que Juan Marsé añadió a la séptima edición revisada de 1975. Tras su propia relectura, Marsé dice que «... aquellas amarras profesionales destinadas a acortar la famosa distancia insalvable; aquellas, tal vez, triviales soldaduras del relato, puentes de diseño o suturas de sentido, a las que concedí una desdeñosa y convencional funcionalidad, por una parte, han adquirido con el tiempo una vida independiente y autónoma y, por otra, han enraizado secretamente con la materia temática que nutrió la historia, hasta el punto que podrían quizá llegar a constituir, para un lector de hoy, los auténticos nervios secretos de la novela, las coordenadas subconscientes mediante las cuales se urdió la trama». Es decir, el autor invita a que el lector pueda degustar la novela al margen de consideraciones históricamente obsoletas: qué historicidad real contemporánea acarreaba voluntariamente o qué representaba en el nunca suficientemente utilizado contexto de lo que era entonces la novela española.

Esta novela ha conseguido poder ser leída hoy y probablemente mañana por sí misma y en sí misma, como una propuesta novelesca que se justifica a sí misma.

 

El País, Suplemento Domingo, 17 de febrero de 1985, p. 8

 

•  •  •

 

La sociedad civil española presenta síntomas inequívocos de conformismo y pasividad, de forma que el poder político, en sus diferentes formas, se afianza, se expande y se preocupa sólo de cuestiones electorales. Los ciudadanos parecen dimitir del ágora cuando se llevan tan pocos años de democracia.

LA DESARTICULACIÓN

Recientemente se han pronunciado condenas de seis y ocho años de cárcel contra manifestantes independentistas catalanes que quemaron públicamente una bandera española. Sin duda quienes han decidido este veredicto lo han hecho con las leyes vigentes en las manos y han utilizado el más transparente de los posibles filtros de la subjetividad, pero la desmesura de la condena en otras circunstancias menos democráticas habría suscitado una protesta civil, más allá del número reducido de familiares, amigos y conocidos de los condenados. Es objetivamente una barbaridad que a alguien le condenen a ocho años de cárcel por quemar una bandera en tiempos de paz, y si las leyes hacen posible esta condena, las leyes deben cambiarse. Condena grave para los condenados, pero igualmente grave para todos nosotros por la ausencia de reacción social crítica. Ante el Estado, el Gobierno y las diferentes superestructuras hechas a la medida de la correlación de fuerzas o debilidades de la transición, la sociedad civil muestra más su desarticulación crítica que su acuerdo, más su pereza ética que su colaboracionismo. La sociedad civil española está dormida y abandonada a la suerte de su pereza, su descreimiento o su cansancio histórico, sin ninguna conciencia externa que le fomente capacidad de reacción. Tradicionalmente ese papel de conciencia externa lo han cumplido las fuerzas de la izquierda, pero en la España actual las fuerzas de la izquierda aglutinadas por el PSOE se aplican fundamentalmente a ayudar a gobernar al Gobierno, y las fuerzas aglutinadas por el PCE no aciertan a salir del proceso autofágico iniciado en el V Congreso del PSUC.

Tampoco la sociedad ha dicho esta boca es mía ante el tema de los índices de mortalidad y accidentes varios que se ceban en nuestros reclutas. Tanto el ministro de Defensa como el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor aprovecharon los discursos de la Pascua Militar para iniciar la campaña electoral pro OTAN, pero no gastaron ni media oración simple en el recuerdo de tanto recluta muerto en acto de servicio o seriamente averiado en su anatomía por veleidades psicóticas de algún mando inmediato o mediato. Que se sepa que no hay una investigación en marcha sobre las causas de esta situación objetiva, sobre el hecho de que mueran más reclutas en una España en paz que soldados israelíes en la guerra de los Seis Días. Esa investigación global no parece haberla emprendido el Ministerio de Defensa, pero tampoco ha cristalizado como iniciativa de la sociedad, una sociedad compuesta por padres y madres de reclutas, por reclutas, por ex reclutas, por futuros reclutas. Y no creo que este pecado de omisión se deba al recelo, históricamente educado, con el que los paisanos de este país abordamos los temas militares. Se debe a que, salvo un breve período de expectación ante la transición (1975-1977), la desidia ha heredado el patrimonio del miedo y la prudencia y no parece haber una izquierda lo suficientemente legitimada como para ejercer el papel de conciencia externa de la sociedad española.

Sólo la protesta obrera contra la reconversión industrial ha demostrado una cierta capacidad de articulación frente a la prepotencia y fatalidad de los designios del poder. Y ni siquiera esa protesta ha sido contemplada con objetividad crítica por parte del Gobierno: se ha tratado de hacerla aparecer como una rebelión interesada según los objetivos estratégicos de Comisiones Obreras, por delegación del partido comunista. Cualquier actitud crítica de los medios de comunicación ha sido interpretada como un hecho bastardo condicionado por la voluntad bastarda de poner palos ante las ruedas del carro de la verdad, y un prepotente asociado del poder llegó a decir que «todo lo que queda a la izquierda del PSOE es competencia de la Guardia Civil». Es decir, el poder, y el Gobierno por delegación, es beligerante contra todo aquello que pueda articular una crítica de la sociedad, contra todo aquello que pueda fiscalizar la práctica del despotismo ilustrado.

Y si salimos del proceloso mar de las banderas y señales o del informático territorio de las filosofales reconversiones industriales y nos metemos en el más común de los vecindarios, comprobaremos que las pruebas de esa desarticulación son igualmente alarmantes. Las recientes nevadas demostraron que los monopolios que regentan servicios tan fundamentales como agua, gas y electricidad no estaban a la altura, no ya de un desafío anormal de la naturaleza, sino de los mínimos comprometidos en su contrato explícito o implícito con la sociedad. Especialmente las compañías eléctricas demostraron su desfachatez y su impotencia, y en algunas localidades, concretamente en Barcelona, las asociaciones de vecinos consiguieron algunas medidas de resistencia y una manifestación en la calle. Semanas después las compañías eléctricas obtienen un aumento de tarifas sin que el rostro de la esfinge, el rostro de la sociedad civil española, mueva un músculo.

No es el momento de poner en el asador nuclear la carne que merece el tema de la OTAN, pero el lavado de cerebro sistemático que desde la Pascua Militar está recibiendo por tierra, mar y aire el pueblo español promete la posibilidad del referéndum y de una victoria de las tesis del Gobierno. Nuestra desganada, desarticulada sociedad puede caer en todos los pantanos del mal menor con las cuatro patas de la irresponsabilidad histórica. Y frente a esa desgana y esa desarticulación no es posible esperar a que los sectores más críticos del PSOE salgan de su tentación de comparsas o a que el gerardismo consiga imponer un mínimo de coherencia y sensatez a un proceso de descomposición tribal y personalista que está más allá de Marx y Freud. Está en la parcela científica de Lorenz y sus estudios sobre el comportamiento animal.

Más acá de lo que pueda hacer o esté intentando hacer la izquierda tradicional como conciencia externa de esta sociedad acrítica, agravios, objetivos, necesidades deben generar movimientos sociales de viejo y nuevo cuño que recreen aquella malla concienciadora que se tejió en la última década del franquismo, aquella malla crítica que la izquierda tradicional desarticuló en plena transición por miedo a su capacidad de autonomismo histórico y por los celos de algunos topos de la política, que pretendieron quitar a los movimientos sociales, a los intelectuales, a la universidad, todo protagonismo movilizador de la sociedad. La articulación de la sociedad civil no implica la ingobernabilidad ni la aconstitucionalidad, sino la posibilidad constante de fiscalizar y presionar el proceso de cambio entre elecciones generales y elecciones generales. Con una sociedad civil articulada para el cambio, el PSOE habría tenido más en cuenta el sentido histórico de sus diez millones de votos que el hostigamiento de los poderes fácticos ancestrales.

Minimizada la oposición de izquierda por sus públicos vicios y acallables virtudes, reducida la derecha o el centroderecha a una subasta de cruzadas de burócratas y funcionarios alternativos ofrecidos a la Gran Banca y la patronal como aliados más naturales y fehacientes, desarticulada y bien desarticulada la conciencia crítica de la sociedad, si el PSOE no se convierte en el PRI es porque Dios y Willy Brandt no quieren.

 

El País, «Tribuna», 22 de febrero de 1985, p. 9

 

•  •  •

 

En la columna caben diferentes voces. Se puede protestar un día con amargura por la larga crisis del marxismo español, envenenado de personalismos, y se puede recurrir a una ficción espumosa para manifestar la profunda extrañeza que siente Vázquez Montalbán ante los practicantes de ciertos deportes urbanos.

ABISMOS DE PASIÓN

Reconozco que he concebido el título de esta columna bajo la inspiración de los melodramas de Douglas Sirk, pero no he encontrado ninguno mejor para encabezar una brevísima reflexión sobre los problemas de los comunistas españoles, próximamente escenificados en dos grandes acontecimientos políticos: la conferencia nacional del PCE y el VII Congreso del PSUC. Todavía no ha dado que hablar el PSUC, aunque a la vista de la comisión de candidaturas votada por su Comité Central se insinúa el continuismo de Gutiérrez Díaz como secretario general. En cambio no pasa día sin que la tenaza Carrillo-Ignacio Gallego aferrada al gaznate de Gerardo Iglesias no sea tema informativo. La crisis del PCE es un síntoma del grado de descomposición de la cultura comunista, tanto de sus ingredientes negativos como de los positivos. Se ha perdido el monolitismo fideísta que amparó tantas pasadas crueldades, pero también se ha perdido la conciencia del colectivo orgánico que permitió una espléndida lucha sin cuartel contra la dictadura y que atrajo bajo la bandera comunista a un importantísimo coro social e individualidades del mundo de la cultura. El intento racionalizador de Gerardo Iglesias está a punto de ser desbordado por sorprendentes empecinamientos, sólo atribuibles a personalismos disfrazados de esencialismos radicales. Curiosamente, cuando está fraguando en el país la idea del espacio político que queda a la izquierda del PSOE, algunos barones comunistas parecen los más dispuestos a que ese territorio sea tierra de nadie. El PSOE hace lo que puede con operaciones de acoso y derribo de tan alta y sofisticada tecnología, como las emprendidas contra Marcelino Camacho y Julio Anguita.

Pero sería injusto darle al PSOE el principal papel en un melodrama cuya cabeza de cartel comparten viejos faraones que o no han sabido analizar las nuevas circunstancias de la sociedad en que vivían o no han asumido una pérdida de protagonismo orgánico consecuencia de una real pérdida de credibilidad social.

 

El País, «Última», 28 de febrero de 1985, p. 56

FOOTING

Me lo temía. Me lo temo cada vez que les veo marcar la zancada por esas cunetas de Dios, con la cara descompuesta, una cinta de mensajero apache en la frente, las caderas a la deriva y las piernas tratando de hacer lo que ya no consiguen los pulmones: respirar. Desde mi egoísta comodidad de conductor de coche veo cómo estos forzados del footing tratan de mejorar de aspecto a la altura del vehículo, porque hasta los ajusticiados desean tener impasible el ademán y la mirada segura en el momento de traspasar la frontera del Gran Enigma. Pero algo me dice en una tercera víscera, que no es ni el cerebro ni el corazón, que nada más llegar a la cuneta más alejada de mi punto de vista, cuando se sepan a solas y a salvo de las miradas ajenas, los forzados del footing se dejan caer muertos. No es un misterio el por qué no se encuentran los cadáveres de los practicantes del footing. El de Jack Kelly, copríncipe de Mónaco por parte de hermana, o el de James Fixx, teórico del asunto, fueron hallados porque no llegaron a tiempo a las cunetas y los dejó tiesos la parca en zonas urbanas donde quien más quien menos llega a tiempo de contabilizar cadáveres. Pero los millones y millones de practicantes que se mueren de tanto footing son recogidos sigilosamente de noche por un servicio especial, secreto y municipal, de recogedores de víctimas de la mejora de la raza humana. No otra cosa son los corredores de footing, al menos en el extranjero. En España se mezcla mucho con el futinero puro el desaprensivo que corre para poderse comer a continuación una fabada o el adulto con complejo de culpa y colesterol.

Yo los odio, cordial y democráticamente, eso sí. Como odia Victoria Abril a las chicas de metro ochenta, delgadas y con los ojos verdes. Los prepotentes corredores de footing y seres humanos demasiado altos tendrían que estar prohibidos por la Constitución. Pero qué se le puede pedir a una Constitución que es fruto de la reforma y no de la ruptura. Por eso cuando veo caer a las víctimas del footing no puedo reprimir una íntima complacencia por lo poco que me gusta correr. De esta noche no pasa que salga con una linterna a buscar cadáveres por las cunetas.

 

El País, «Última», 11 de marzo de 1985, p. 52

 

•  •  •

 

Tras una década de sequía, el F. C. Barcelona gana la Liga de fútbol, un título que está muy lejos de ser sólo un triunfo deportivo. Vázquez Montalbán traza un breve resumen de la travesía del desierto.

HACIA EL COMPROMISO HISTÓRICO

«Si Núñez tuviera un circo le crecerían los enanos.» Esta frase sintetizaba el pesimismo general ante las distintas oportunidades que el Barça tenía de ganar la Liga. O le secuestraban a Quini o Goikoetxea segaba a las grandes figuras del Barcelona, Schuster y Maradona por orden de cosecha, incluso el Barça estuvo en cierta ocasión a dos puntos de ganar la Liga con cinco partidos por delante y... no la ganó. Un fatalismo histórico difícil de racionalizar establecía que el Barcelona tuviera que dejar pasar diez u once años entre título y título liguero. Núñez trató de luchar contra esa fatalidad, primero por el procedimiento de quitarle la significación nacional al equipo. «Que el Barça ha dejado de ser más que un club.» Pero ni por esas. El público no se dejó desnacionalizar y el centralismo no se creyó la desnacionalización.

Además, inmediatamente Núñez tuvo que resucitar el fantasma del centralismo para poner en pie las viejas banderas a manera de cortina de símbolos que ocultara el fracaso de su gestión deportiva. Esa gestión tocó fondo en aquellos momentos en que el Barça se convirtió en la imagen de un odioso nuevo rico que quería comprarlo todo a golpe de talonario. Esa estampa fue la coartada para la formación de un antibarcelonismo generalizado en casi todos los campos de España. En plena crisis económica y social, el Barça exhibía todos los dedos de sus manos llenos de anillos de oro cuajados de brillantes, pero tampoco conseguía atraer a los grandes cracks mundiales, o bien asustados por la leyenda gafe del equipo, o bien desdeñosos ante los acentos horteriles que en ocasiones transmitía la política del club. Núñez aprendió sucesivas lecciones y de motu proprio, o mejor aconsejado, cambió de talante: dejó que el público agitara las eternas banderas, se infiltró en el búnker federativo de Porta; curado de maradonitis, confió nuevamente en la cantera y en un técnico tan serio como poco vedette que en pocos meses convirtió un equipo de perdedores en un comando de ganadores. Y se anuncia que Núñez completará la jugada fichando a algún socialista y a algún convergente para su futura junta triomfant. Es decir, casi, casi el bloque histórico que pedía Gramsci y el compromiso histórico que propuso Berlinguer. Y es que los hechos son más tozudos que las malas ideas.

 

El País, cuadernillo «Deportes», 25 de marzo de 1985, p. 3

 

•  •  •

 

En El País Semanal, por su lado, inicia una nueva serie de artículos que rememoran el fin de la dictadura. «Crónica sentimental de la transición» ocupa tres páginas especiales de color gris situadas en el centro del dominical. A finales de año, se reúnen estos reportajes en un libro. Entre los momentos más importantes, Vázquez Montalbán evoca la legalización del PCE en la Semana Santa de 1977.

LEGALIZA, QUE ALGO QUEDA

Estaba Santiago Carrillo en París, visitando a un hermano internado en un hospital, y el que esto suscribe pernoctaba casualmente en la misma ciudad con el frívolo objetivo de comerse el único pato que lleva un anillo con una fecha por dentro: el canneton a la tour d’argent. Semana Santa en la cristiandad. Cristo de nuevo crucificado. Y de pronto, la noticia de que en España se acaba de legalizar al PCE, buena nueva que llegaba a los postres y que, por tanto, provocó un atragantamiento menor. No tenía aspecto de atragantado don Santiago en el aeropuerto de Orly, acompañado del entonces su banquero, el señor Lagunero. Acogió las interesadas felicitaciones del arriba firmante y de Josep Ramoneda como si nos felicitáramos por que el día sigue a la noche. «En la noche del 9 de abril —cuenta Dolores Ibárruri en sus Memorias—, me comunicaron la gran noticia: el Partido Comunista de España había sido legalizado. Una victoria histórica de la democracia en España, acogida con enorme satisfacción por el pueblo.» Pero aún tardaría un mes en llegarle a la Pasionaria el pasaporte que le permitiría regresar a España, como auténtico plato fuerte de la superación de los tabúes derivados de la guerra civil. Mientras tanto, la legalización del PCE había puesto a media asta el ceño de la plana mayor de la jerarquía militar, cubierto de moscas desde la detención-liberación de Carrillo; la impresionante demostración de fuerza contenida durante el entierro de las víctimas de Atocha, y la cumbre eurocomunista de Madrid, celebrada el 2 de marzo: Carrillo, Azcárate, Leonor Bornau, Berlinguer, Sergio Segre, Marchais, Jean Kanapa... Demasiados comunistas para el cuerpo. Cuenta Martín Villa: «Desde la celebración de esta cumbre eurocomunista, todo parecía indicar que al final se procedería a la legalización del PCE». Estaba el tema en manos del Tribunal Supremo, y el supremo tribunal se lo devolvió al Gobierno como si fuera la patata más caliente de la transición. «El 4 de abril, el presidente Suárez convocó una reunión para tratar exclusivamente el tema. Asistimos Gutiérrez Mellado, Alfonso Osorio, Landelino Lavilla, Ignacio García y yo. Suárez expone la situación en la que se encuentra el problema de la legalización del PCE y se extiende seguidamente en las numerosas y a la vez poderosas razones que abonan el que el Gobierno proceda a la misma.» El que más reparos opone es Alfonso Osorio; teme que el Gobierno sea acusado de «interpretar con laxitud el Código Penal vigente» y teme igualmente que las Fuerzas Armadas se sientan engañadas. Días después, en el transcurso de una cena a la que asistían Martín Villa y el magistrado del Tribunal Supremo Jerónimo Arozamena, el jurista le ofrece al ministro una solución lógica, extraída de la misma resolución inhibitoria del Tribunal Supremo. Hay que preparar el decorado para el monólogo final del actor. Semana Santa. Cristo, de nuevo crucificado. «La estrategia —sigue contando Martín Villa—, basada en dos puntos tan típicamente franquistas como la sorpresa y el adoptar las grandes decisiones en vacaciones, era muy simple: dispersión del Gobierno y de la clase política en Semana Santa, petición mía al ministerio fiscal del informe sobre el que apoyar la definitiva inscripción del PCE en el Registro de Asociaciones Políticas y cobertura del mando militar por parte de Gutiérrez Mellado.» La fundamentación jurídica de la legalización salió del cacumen y la máquina de escritura de los magistrados Jerónimo Arozamena y Rafael Mendizábal: «Este ministerio, en cumplimiento de la sentencia de la Sala Cuarta del Tribunal Supremo de 1 de abril de 1977, y a la vista del dictamen del fiscal del Reino, ha tenido a bien disponer que se deje sin efecto la suspensión de la inscripción en el Registro de Asociaciones Políticas del denominado Partido Comunista de España (PCE), suspensión acordada con fecha de 22 de febrero del corriente año, y que se proceda a la inscripción en el referido registro de la citada asociación». Suspiro de alivio en las fuerzas democráticas, inquietas ante la perspectiva de que el PCE capitalizara su ilegalidad. Explosión de alegría en los comunistas de toda España. Cabreo, mucho cabreo, en la Marina y el ejército de Tierra, superado, tras la dimisión del almirante Pita da Veiga, con el rápido nombramiento del almirante Pery Junquera y con la energía y el saber hacer de Gutiérrez Mellado y Antonio Ibáñez Freire, director general de la Guardia Civil. Quién lo iba a decir. Ibáñez Freire, correcuras progres durante su etapa de gobernador de Barcelona en los años sesenta, reaparecía como un abanderado de la normalización de lo normal. Tal vez había leído a Dürrenmatt y comprendía lo absurdo de aplazar las evidencias.

 

 

EL PRINCIPIO Y EL FIN

 

O viceversa. No sólo para los militares fue difícil el trágala de la legalización del PCE, el gran enemigo construido por el franquismo, nada más y nada menos que el objetivo final de una cruzada que sobre todo trató de ajustar las cuentas al comunismo ateo y apátrida. También en las filas comunistas hubo de iniciarse la pedagogía del pacto con la Monarquía y con el Gobierno de Suárez. Para muestra, el botón de la escena de una reunión de cuadros del PSUC en el Colegio Mayor Ilerdense de Barcelona. Preside Gutiérrez Díaz, el Guti, secretario general de facto, aunque todavía no de iure, y merodea por el asunto asegurando que es obligación de un comunista hacer análisis oportunos de la oportunidad real, aun a riesgo de ser acusado de oportunista. Y tras el merodeo, la evidencia. Los niños no vienen de París. Los Reyes Magos son los padres. Es decir, no habrá ruptura, pero sí habrá reforma. Y a continuación, Santiago Carrillo se sacaría en Madrid la bandera española y la aceptación de la Monarquía del sombrero de copa de su tenaz entrepierna. No está en cuestión la bandera tricolor o bicolor, la Monarquía o la República, sino la democracia, y para conquistar las libertades, instrumentos en sí mismos y por sí mismos del cambio histórico, había que sacrificar viejas fidelidades sentimentales. Pragmáticamente los unos y dolorosamente los que habían pasado años y años de cárcel envueltos en una invisible bandera tricolor, asumían el sentido profundo de los versos de Miguel Hernández.

 

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo.

Para la libertad, mis ojos y mis manos,

como un árbol carnal, generoso y cautivo,

doy a los cirujanos.

 

Los militantes comunistas y socialistas dieron sus ojos y sus manos a los cirujanos, a los grandes sacerdotes de la transición, para que las pusieran al servicio de la llegada de la democracia, aunque el precio fuera una cierta ceguera o una relativa parálisis de congelación. Ya estaban en la línea de salida casi todos los posibles participantes en la carrera constituyente. ETA había sido amnistiada por la puerta trasera y una cierta tregua se había instalado en el País Vasco, mientras en Cataluña un problema de nomenclatura impedía la legalización de Esquerra Republicana, más por republicana que por esquerra. En cuanto a los socialistas (encabezados, para lo bueno y lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, por Felipe González), empezaban a hablar de la memoria histórica latente en el pueblo español, esa palanca que hará rebrotar los votos del PSOE de los posos de cultura republicana de aquellas familias españolas en otro tiempo fieles a Pablo Iglesias, Prieto y Largo Caballero. Si me apuran, el gran problema, una vez legalizado el PCE, lo tenía la burguesía, en el sentido científico-social del término, que nada tiene que ver con el sentido cotidiano del asunto. ¿A qué fuerza política prestaba su voto? Fraga recomponía una coalición de halcones y palomas para recoger el voto del franquismo sociológico, y los líderes de la democracia burguesa aplazada, Ruiz-Giménez y Areilza, los dos tan felices, esperaban a que cayera la breva de la representatividad pendiente. Don Joaquín, al frente de una democracia cristiana aldomoriana, y el conde de Motrico, con un partido aparentemente hecho a su medida, el popular, aunque la presencia próxima de Pío Cabanillas presagiaba el carácter reversible del atuendo. ¿Y Suárez? ¿Y Martín Villa? ¿Su cometido iba a reducirse a crear un marco preconstituyente y luego dejar que las fuerzas políticas naturales se las entendieran? El alquimista de la transición no confiaba en que Areilza y Ruiz-Giménez se las bastaran para garantizar una mayoría de bloque de centro-derecha y empezó a urdir la necesidad de una nueva formación política que diera a parte de los votantes garantías de rapsodia en azul; a otra parte, rapsodia en blanco, y algo de rosa para los socialdemócratas, con perdón. El 22 de marzo, Suárez había recibido a Cabanillas y a Areilza y les había dicho: «El Centro Democrático que habéis iniciado como coalición es una buena idea, pero está mal realizada. No funciona debidamente por las rencillas e intrigas de sus componentes. Convendría que desaparecieran de él, de su comité ejecutivo, los líderes de los partidos, sustituidos por otros representantes de menor nivel. Y una vez hecho esto es preciso que el Gobierno —o, mejor dicho, la Presidencia del Gobierno— designe tres o cuatro personas de eficacia probada para que lo dirijan técnicamente». Así preparaba Suárez su desembarco en el Centro Democrático urdido con mimbres areilzantes. El conde da una impronta físico-estratégica del personaje en el relato de la entrevista contenida en Cuadernos de Transición: «Adolfo se levanta y se dirige al armario o archivador, del que extrae algunas carpetas. Pulsa un timbre y pide a un secretario que acude que le busque algún dossier concreto. Suárez tiene un paso juvenil y deportivo, con algo de felino. Es un andar de pantera en cautividad. Vuelve a su sillón y nos enseña los documentos. “He aquí un conjunto de trabajos realizados —nos explica—, una radiografía política de los distritos electorales de España, con nombres de candidatos posibles, tendencia de opinión, últimas muestras y sus fichas correspondientes. Conozco el mapa electoral de la España actual como la palma de la mano.”».

Suárez sonreía como JR en la serie Dallas. Areilza estaba perplejo, como Bobby.

[...]

 

El País Semanal, «Crónica sentimental de la transición»,
entrega XIV, 7 de abril de 1985, n.º 417, pp. 41-42

 

•  •  •

 

Una cansada protesta por la visita del emperador de Occidente a España, la ilusión que producen algunos proyectos nuevos de la izquierda y la denuncia de la tragedia que sucedió en la final de la Copa de Europa en el estadio de Heysel (Bruselas), donde murieron 39 aficionados de la Juventus F. C. También las sensaciones que deja en la piel la primera huelga general de la democracia, además de unas primeras referencias al fundamentalismo islámico violento, no tan diferente del fundamentalismo de derechas.

MALOS TIEMPOS PARA LA LÍRICA

Cuando Eisenhower visitó España en 1959, la escasa izquierda organizada que no estaba en la cárcel trató de montar un cirio y sólo salió una pequeña candela que casi pasó inadvertida. Eisenhower venía en viaje de despedida y se avecinaba una administración demócrata que intranquilizaba al franquismo. Los pactos hispano-americanos eran la alianza vergonzante de Occidente con la única dictadura que había sobrevivido a una condena explícita en Nuremberg y en la ONU después de la Segunda Guerra Mundial. La visita fue aprovechada por el régimen para demostrar que disponía no sólo de policía interior sino también de policía exterior. Se movilizaron las manifestaciones de adhesión pertinentes y lo demás fue silencio. Malos tiempos para la épica. Nixon y Kissinger vinieron a España para ver cómo estaba Franco. Kissinger ha confesado que les interesaba mucho comprobar de cerca el estado del anciano y Franco consiguió no dormirse ante Nixon, pero el sueño pudo más que él en presencia de Kissinger. Ambos fueron viajes de relaciones públicas pero privadas, es decir, de escaparate internacional, y dejaron a la población en la más absoluta abstinencia. Ford logró bajar la escalerilla del avión sin caerse y posteriormente dar la mano y sonreír al mismo tiempo. Pocas veces conseguía realizar dos acciones simultáneas. Y luego Carter dio a su viaje el carácter de un espaldarazo a una democracia controlada, en gran parte pactada bajo el visto bueno del Departamento de Estado. De hecho, la democracia española era la prueba del nueve de su política de extensión de los derechos humanos por el mundo entero, salvo América Latina. El pueblo español seguía sin reaccionar ante la visita de los emperadores. Aún no había una clara conciencia de pertenecer a una provincia del Imperio.

Aparentemente la visita de Reagan tiene trazas de rodeo. Hay que domar el potro europeo, y el Gobierno socialista ha dejado hacer y decir para luego venderle a Reagan la dificultad de ser un aliado fiel. El sentimiento antiamericanista evidente va a ser utilizado para situar al elector español ante el dilema o más americanos u OTAN. Como es casi lo mismo, hasta el propio Reagan puede prestarse al juego de ser el mal mayor que propicia el mal menor.

El papel de presidente de Estados Unidos está lleno de matices y los guionistas lo bordan, como está bordando la estrategia del proatlantismo el Gobierno socialista, aunque parezca todo lo contrario. Reagan ha minimizado la protesta popular. Está acostumbrado a ser atacado, como los luchadores de catch que hacen de malos. Al fin y al cabo la protesta popular es un género lírico, y los tiempos son malos para la lírica.

 

El País, «Última», 8 de mayo de 1985, p. 18

PROYECTOS

A poco que te muevas por España, y si a uno le sigue la sombra de lo que pudo haber sido y no fue, conecta con nuevas vanguardias embrionarias, con una nueva sensibilidad de izquierdas aún difícil de codificar, tan difícil que hasta los servicios de información se dedican a espiarla para enterarse un poco. Curiosa ideología y curioso patriotismo el de nuestros servicios de información: vigilan a los pacifistas y a los prosoviéticos, pero poco o nada se sabe sobre su vigilancia cerca de los belicistas y los prorreganianos, que los hay, y cada día con más incontinencia esfintérica. Esa nueva sensibilidad de izquierda está reconstruyendo, preconscientemente, una razón de ser histórica. Es decir, está conformando un proyecto. Sus abuelos, es una metáfora, aspiraron al Todo utópico a través de conquistas concretas, entonces no menos utópicas: seguridad social, sanidad y educación públicas, jornada de cuarenta horas, vacaciones pagadas, escolarización obligatoria de los niños. Estas que hoy son obviedades, en el pasado fueron objetivos que costaron sangre, años de cárcel, torturas, un duro pulso con los dueños de la historia. Hoy, sobre el papel al menos, y en buena medida en la realidad, esos derechos se han conquistado, aunque aún es preciso velar combativamente por esas conquistas. Pero es necesario plantear un nuevo rellano inmediato en la escalera que conduce hacia el Todo. Paz, desarme, salvación del medio, nueva calidad de vida, una cultura del trabajo que lo distribuya como un medio escaso, sin perder de vista y conciencia que es un medio de conocimiento y, por lo tanto, de realización humana. Defensa de los valores y logros alcanzados por la cultura de la izquierda y nuevos objetivos hacia la solidaridad social e internacional. Y articular la sociedad hacia esos objetivos, no para que una casta de izquierdistas en paro político o subempleados recuperen su lugar en las fotografías y en los diccionarios enciclopédicos. Cuando los restos de la izquierda pragmática y fracasada salen en pública subasta, hay que confiar en el futuro de un cierto espontaneísmo derivado de la tozudez de lo real.

 

El País, «Última», 20 de mayo de 1985, p. 64

MOCIÓN

Cincuenta millones de pesetas por cuarenta seres humanos es muy poco dinero, señora Thatcher, aunque sean italianos, es decir, gente del sur, aun en la evidencia de que todo sur es siempre el norte de sures profundos. Pero no, no hay que dar gracias a Dios por no ser británico. Lo que hay que hacer es pedirle explicaciones por obligarnos a pertenecer a una especie gratuita, y estúpidamente cruel, que cuando no tiene bastante con la estupidez congénita se la aumenta con toda clase de tacones postizos. Y cumplido el desahogo lírico, paso a la propuesta de que se condene a cadena perpetua a todo el comité rector de la UEFA, esa pandilla de miserables que obligó a jugar un partido de fútbol sobre un césped artificial de vísceras y últimos suspiros humanos. E igualmente propongo que se le conceda el Nobel de poesía concreta a ese árbitro convertido en dios castigador de la afición más necia de este mundo mediante el penalti más inexistente de la historia del penalti. Ese penalti fue un acto testimonial anterior al decreto ley de la muerte del hombre y merece pasar a cualquier museo de la dignidad. Igualmente propongo que se le someta a Platini a un proceso de desalienación, a la vista de que es incapaz de distanciar el sentido testimonial de los penaltis, cuando lo tienen, y se los toma como derecho y deber profesional y aún le quedan tontas fuerzas para dar la vuelta al ruedo en petición de una supuesta oreja, cuyo origen no quiero ni considerar.

Menos el árbitro, todo lo demás acongojante. Desde aquella noche tengo miedo, es decir, más miedo, y ya no se trata de un miedo en concreto, sino de un miedo abstracto y a la vez viscoso, que descansa en la duda radical del sentido de la convivencia y en la sospecha de si el hombre verdaderamente será siempre un guardián de Auschwitz para el otro hombre. Sí, ya sé que en el polo opuesto está la madre Teresa de Calcuta, Jesucristo Superstar y el padre Damián. Pero para llegar hasta ellos hay que pasar por un frenopático lleno de dirigentes de la UEFA, de policías belgas, de futbolistas ciegos ante lo que no querían ver y de millones de espectadores neutrales que lamentaron el tradicional escaso espíritu bélico de los italianos.

 

El País, «Última», 3 de junio de 1985, p. 68

LA HUELGA

La convocatoria de huelga general ha dado lugar a algo que ha sido a la vez menos y más que una huelga general. Es cierto que el país no quedó paralizado, pero sí lo suficiente como para que la huelga diera la medida relativa de un malestar social generalizado, todavía insuficientemente articulado. Pero la huelga general sirvió para revelar cuán fina es la piel de ciertas conciencias críticas, dispuestas a rasgarse las vestiduras cuando la crítica deja de ser palabras, palabras, palabras y trata de convertirse en protesta de masas. Sale entonces del fondo del alma de nuestra mesocracia progresista un instinto de hegemonía histórica amenazada por la obscenidad de la lucha de clases. Y es que a los politicólogos de la tercera o la cuarta o la quinta ola aún no les salen bien las cuentas. Se creían a salvo de la historia en la posmodernidad de la posmodernidad y resulta que la computadora aún les canta «La Internacional». Y test también para la actitud del Gobierno socialista. A la hora de condenar una huelga general trató de recurrir al vocabulario propio, pero no tenía. Por suerte o por desgracia, cuando un poder socialista ha de descalificar una huelga debe pedir prestado lenguaje a la derecha, y como en España la derecha democrática siempre ha sido poco más que una hipótesis, el préstamo era imposible. Por eso el poder socialista español tuvo que ir más a la derecha de la derecha en busca de lenguaje descalificador y se encontró los archivos de su propia memoria llenos de aquel vocabulario franquista empleado contra la famosa y entrañable Huelga Nacional Pacífica de 24 Horas. Y así pudimos oír y ver cómo las boquitas despintadas del poder hablaban de «manipulación», de «intereses inconfesables», de «minorías frustradas» y Almunia salió en la tele de riguroso color verde, como si fuera un lagarto visitante infiltrado, con una cólera en la punta de los ojos y la lengua que nos recordaba la cólera de don Pedro Gómez Aparicio en sus mejores tiempos. Urge pues educar las maneras de los señoritos de esta democracia de un millón de chalecos y renovar el vocabulario antidisturbios del Gobierno del cambio. Labia no les falta.

 

El País, «Última», 24 de junio de 1985, p. 68

POR DIOS

Mientras la alianza impía entre el beaterío patrio y la extrema derecha trata de impedirnos ver la película de Godard, a pesar de que nada ni nadie obliga a que ellos la vean, los terroristas sijs o chiíes realizan o se autoatribuyen espeluznantes salvajadas así en la tierra como en el cielo, y nunca mejor dicho. En el nombre de Dios. Los terroristas no pelean en nombre del paraíso terrestre, sino en el nombre de Dios. Era de temer. Ante la evidencia de que el paraíso terrestre es improbable, hay que irse a por el otro. Y la conciencia satisfecha occidental contempla los excesos teológicos del mal salvaje como se contempla cualquier descontrol de esfínteres, esta vez agravado el disgusto por el miedo atávico a las razas oscuras. La satisfecha conciencia occidental ve el fundamentalismo en el ojo ajeno y lo ignora en el propio. Se rasga las vestiduras ante la barbarie evidente de fundamentalismo islámico, pero se extasía en corporación ante los discursos del fundamentalista blanco, capaz de financiar barbaries en el nombre del Dios de los blancos y de los bancos. El fundamentalismo blanco no necesita volar jumbos ni secuestrar aviones. Le basta con conseguir fondos para que la CIA extermine nicaragüenses o derribe regímenes democráticos para instalar dictaduras sanguinolentas. Sus clientes no tomarán en cuenta la barbarie o bien porque la practica mediante intermediarios, o bien porque la teoriza en el nombre del Dios verdadero.

Cuando estalló la crisis del petróleo, prosperó en Occidente una corriente emocional antiárabe. El peligro amarillo era sustituido por el peligro oscurito, pero detrás de aquellos desalmados mercaderes del petróleo estaba el enemigo esencial y a la vez histórico de las razas escogidas. Nadie señaló entonces a los mercaderes de Occidente, que instrumentalizaban la crisis para su ganancia y para acentuar las relaciones desiguales incluso entre las grandes potencias. Ahora, el salvajismo oscuro facilita las cosas, sobre todo la delimitación exacta entre lo negro y lo blanco. La derecha occidental también mata a veces en el nombre de Dios, pero ha aprendido a no mencionarlo en vano.

 

El País, «Última», 27 de junio de 1985, p. 72

 

•  •  •

 

Y, sobre América Latina, Vázquez Montalbán defiende una y otra vez la revolución nicaragüense, así como destaca la atención que Borges, en su día proclive a la dictadura argentina, presta ahora a los juicios en los que se sientan en el banquillo los ocho años del terrorismo de Estado que no denunció en su momento.

ANIVERSARIO

Los sandinistas celebran el quinto aniversario de su triunfo, y el fondo de amenazas crecientes o decrecientes sigue siendo la música constante de esta revolución cercada y cínicamente examinada a través de microscopio o telescopio por viejas y nuevas derechas. La revolución sandinista sobrevive en parte por la solidaridad internacional, ejercida sobre todo mediante una actitud vigilante de la temperatura de la agresión. Si el termómetro sube, el coro vigilante grita; si la temperatura baja, se pone la sordina en el clarín, pero el ojo sigue avizor, porque Nicaragua es un test universal delicado y frágil. A pesar del cerco que persigue hacer de la revolución sandinista una revolución parasoviética convencional, ejemplo, pues, a exhibir como prueba de adónde llevan los excesos de la tolerancia liberal del imperio, los sandinistas se han mantenido muy sabiamente dentro de un marco democrático pluralista máximo, según las circunstancias de país en guerra, con todas las fronteras hipotecadas y con un manual de sabotaje de la CIA mordiendo cada día las entrañas económicas del país. El hostigamiento USA no se debe tanto a la voluntad de hacer fracasar una revolución contagiosa como de frustrar la posibilidad de un nuevo modelo revolucionario democrático que sí sería inapelable e indiscutiblemente contagioso para toda la zona. Dejar hacer el modelo sandinista significaría tolerar la construcción de un modelo de sociedad socialista y democrática que pondría en entredicho la coartada doctrinal intervencionista de Estados Unidos. A pesar de todos los esfuerzos de la administración Reagan, un factor importante para mantener la solidaridad internacional con el sandinismo ha sido el compromiso explícito asumido por algunos gobiernos socialdemócratas, y sobre todo el Gobierno sueco, que ha dado una lección de moralidad internacionalista al servicio de las causas de emancipación. Palme ha sido hasta ahora el socialista occidental que más se ha comprometido a favor del Gobierno de Managua, secundando así el esfuerzo de importantes núcleos de jóvenes suecos que se fueron a Nicaragua no a ver la revolución, sino a hacerla.

 

El País, «Última», 18 de julio de 1985, p. 48

BORGES

Esa estampa del ciego Borges queriéndose enterar de lo que todo el mundo sabía, allí, en la sala donde se juzgaba la barbarie de la «guerra sucia argentina», merece ser capítulo importante en cualquier historia del comportamiento intelectual que algún día se escriba. Cuando los generales asumieron el poder, fueron pocos los intelectuales argentinos de nombradía que opusieron reparos. Al parecer todos eran goethianos y preferían la injusticia al desorden. El propio Sábato no dijo que no y Borges dijo que sí y que sí y que sí. En el futuro no se le tendrá en cuenta. En el futuro se leerán las obras de Borges y sólo en las hemerotecas quedará constancia de cómo en cierta ocasión su portentosa capacidad de boutade fue considerada apología indirecta de los asesinos. Ciego, pero no sordo, Borges escuchó el relato alucinante de testigos directos del comportamiento militar. Martín Prieto, en una de sus crónicas desde Buenos Aires, dice que el gran escritor se descompuso y hubo de ser atendido como requiere su ancianidad y su hipersensibilidad de poeta. No escogió Borges un día de audiencia presumiblemente singular, sino un día de tantos. Se subió al tranvía de los horrores en una parada cualquiera y obtuvo una muestra de lo que durante ocho años fue la cotidianeidad del terror de Estado. Más que un recreo en la suerte de la reprimenda moral, género periodístico que hay que utilizar con cuentagotas, quiero aprovechar el espacio que se me ha dado en esta columna para elogiar el gesto de Borges dando la cara a una realidad que antes no quiso ver y que ahora asume sabiéndose ética o estéticamente inculpado por su ligereza histórica de dios de las letras por encima de los alaridos de los torturados. Cuando veas a un Estado golpeando a parte de los ciudadanos, en la duda no te abstengas. En la duda ponte al lado de los golpeados, porque a la larga el Estado represor nunca tiene razón, y menos si no le bastan las leyes diurnas y aplica nocturnas leyes pactadas con la muerte y su silencio. He aquí una pauta de pensamiento y conducta que el joven Borges aprendió cuando era anarquista de izquierdas y que el viejo Borges olvidó cuando se hizo anarquista de derechas.

 

El País, «Última», 26 de agosto de 1985, p. 32

 

•  •  •

 

En agosto muere el filósofo marxista Manuel Sacristán, con quien Vázquez Montalbán había mantenido una relación difícil desde los primeros años sesenta, cuando compartieron reflexiones y estrategias en la célula del PSUC de la facultad de Filosofía y Letras de Barcelona. Sacristán llegó a sospechar de aquel joven militante que colaboraba en la prensa falangista y le mantuvo un tiempo al margen del grupo, hasta que, no sin tensión, Vázquez se reintegró en la célula. En 1981 el escritor le dedicó un personaje en la novela Asesinato en el Comité Central, Cerdán, con el que Carvalho encuentra las mismas dificultades de relación que tuvo en su día el periodista. Cuando muere Sacristán, llega la hora del balance, uno atropellado y sincero, y el otro militante.

CONTRIBUCIÓN A LA CREACIÓN DE UN MITO

No hace mucho le vi en una cafetería. Se le había complicado el trámite de pagar. Siempre tuvo Manolo Sacristán el afecto de quienes se les complican las cosas más habituales y rutinarias, y, en cambio, se crecen ante los razonamientos más complejos, más próximos al final e imposible desvelamiento de la verdad absoluta. No hace mucho un estudioso de la historia del PCE me pidió un poema mío contra Sacristán que yo escribí en tiempos de silencio y que, por lo tanto, publiqué en una revista argentina hace más de veinte años, Cormorán y Delfín se llamaba la revista, y luego nunca reproduje en ninguna edición de mis libros de poemas. No hace mucho alguien me dijo que Sacristán estaba muy enfermo, fue una periodista mexicana de Nexos, creo, y yo le contesté: «Sacristán siempre ha estado muy enfermo, siempre nos lo han propuesto como una vida transitoria, delicada, una máquina de pensar a punto de ser traicionada por las vísceras más innobles». Es decir, Sacristán seguía estando presente en mi experiencia cotidiana, ciudadana, intelectual, rememorativa, y a esta hora de urgente balance, un balance escrito a más de cien kilómetros de distancia de su muerte, con el teléfono de El País en el pecho, me doy cuenta una vez más del inmenso espacio que Sacristán ha ocupado, lo queramos o no, en la formación de nuestra consciencia, de la consciencia de aquellos estudiantes de la universidad de la segunda parte de los años cincuenta y de los años sesenta a los que nos prestaron un quehacer revolucionario.

 

 

MÁQUINA DE PENSAR

 

Tuve ocasión de tratarlo muy próximamente, casi en reuniones para dos, en un período de observación de conducta clandestina, la mía, naturalmente, y pude darme cuenta de cerca de la precisión de aquella máquina de pensar, evidenciada en el resultado de uno de los lenguajes más precisos, más cargados de significación que yo he escuchado en este país. Le admirábamos todos. Luego algunos le adoraron y otros incluso le odiamos, aunque fuera transitoriamente. Pero nunca dejamos de admirarle y al historificar, aunque sea de urgencia e impresionados por su muerte, hemos de proclamarle como el gran introductor del marxismo en la cultura catalana y española de la posguerra, como el intelectual que con más rigor trató de dotar a la vanguardia crítica de este país de los elementos de comprensión del paisaje dialéctico de nuestro tiempo. Sobre él pesaba la gran cuestión que Sartre hizo suya y de su generación: el papel del intelectual en relación con el nuevo sujeto de la historia, la clase obrera.

Sacristán asumió y realizó la respuesta intelectual a este desvarío del conocer, pero detrás de la frialdad de los cristales de sus gafas se percibía una ternura expiatoria que le predisponía a una gran indulgencia hacia los nuevos y necesarios hacedores de la historia y un gran recelo hacia su propia casta, la de los intelectuales pequeño burgueses en ocasiones víctimas del espejismo de un desamor de clase transitorio.

Nos entusiasmaba tanto que llegamos a decir: «Que piense él, nosotros plantaremos coles». Eso lo dije yo, exactamente yo, hace veinticinco años, después de una conferencia que él dio sobre el saber científico en una universidad en la que estaba prohibido hasta Maritain. Le amábamos tanto que quisimos ser correspondidos, y eso no siempre ocurre. Por lo demás, al margen de nuestras visiones privadas del personaje, ahí queda su disgregada pero importante obra escrita, recientemente editada por Icaria, y su inspiración en la pasión, vida y obra de un partido, el PSUC, y en personas y revistas que algún día alguien se encargará de convertir en comunicación. Yo propondría como texto obligatorio para toda clase de posmarxistas ese precioso editorial del primer número de Materiales, escrito o inspirado por Sacristán y que ha sido el más alto exponente del grado de perpleja lucidez de una casta intelectual que supo desconfiar a tiempo de su propia retórica. Ese editorial es casi un credo en la esperanza materialista.

Sospecho que el personaje Sacristán podría ser reconstruido hasta lo irreconocible si nos lo dejan a sus contemporáneos o a sus discípulos. Deberíamos tener una reunión previa donde reconocer el inmenso impacto que causó en nuestras vidas mentales, y prueba de ello es que siempre fue tema de nuestras mejores y peores conversaciones. Nunca se ayudó excesivamente a sí mismo a delimitar su propio personaje. Por su casi secreto amor al teatro tal vez imaginó que, una vez muerto, todos subiríamos al escenario y, al tratar de reconstruirlo, sólo hablaríamos de él como nuestro problema.

 

El País, 28 de agosto de 1985, p. 19

MANUEL SACRISTÁN Y EL COMPROMISO
DEL INTELECTUAL

Corren tiempos de descrédito sobre el compromiso de los intelectuales, interesado descrédito legislado desde una derecha mejor o peor disimulada, deseosa de descerebrar al marxismo, lo que queda de una conciencia social crítica. El frente ideológico de la derecha ha tratado de inculcar conciencia de fatalidad histórica (los hechos son como son y hay que tratar de gestionarlos o manipularlos lo mejor posible) de desesperanza (cualquier proyecto social conlleva una tensión dialéctica que pone en peligro el estatus adquirido) y de catastrofismo (finalmente, cualquier tentación de romper el empate cósmico o microcósmico de desencadenar una catástrofe). Si este triple tratamiento fracasa, queda el recurso de la desacreditación de la función intelectual como conciencia externa privilegiada de la sociedad, desacreditación nacida de las propias filas de la izquierda a manera de vacuna contra cualquier tentación de brujería lingüística, pero de la que se ha apropiado la derecha en un supremo esfuerzo de erradicación de la conciencia del antagonista. Ante esta ofensiva, complementada por el descerebramiento concreto de la izquierda reducida a una dramática opción entre fundamentalismo pragmático, al intelectual sólo le queda el recurso de pedir perdón por haber nacido o merodear por las fronteras sociales con todas las distancias irónicas que le permite su pasaporte de apátrida de las ideas.

En nada se parece esta situación del espíritu a la que propició el compromiso de los intelectuales en la posguerra mundial. En parte marcado por un populismo redentorista filocristiano del que no se salvarían los existencialistas, pero también en gran parte condicionado por el descubrimiento del propio rol en la división del trabajo y, en consecuencia, de una posible función conformadora del sujeto histórico revolucionario a partir del palo de pajar de la clase obrera. Es más, cualquier posible avance del propio saber pasaba por un cambio del marco social que había condicionado el adquirido y su sentido histórico. La revolución no era sólo una operación histórica que interesaba a la clase obrera, sino el propio avance científico o artístico trabado dentro de la dinámica del sistema capitalista, condicionado por las leyes del mercado o de la instrumentalización del saber por instrumentos históricos de paralización o reacción. El artista aspiraba a una sociedad sin clases en la que un nuevo público propiciaba un nuevo lenguaje. El científico necesitaba un sentido del progreso marcado por la lucha contra las limitaciones y no por la carrera armamentista.

Por poner un ejemplo que nos acerca a la más estricta actualidad. Fue en este paisaje donde se produjo el gran reclutamiento de la intelectualidad de izquierda y en España el renacimiento de una militancia intelectual comunista que tuvo en Sacristán a uno de sus primeros puntos de referencia.

No es mi asignatura el divulgar post mortem la teoría o teorías elaboradas por Manuel Sacristán, sino que, por especial encargo de Nuestra Bandera, me voy a limitar a dar sentido entonces, y quizá ahora, al tema del compromiso de los intelectuales. Poco después de morir Sacristán aparecieron necrológicas de urgencia, valoraciones al paso del funeral, y entre ellas alguna en la que sonaba la vieja mística del recelo en la relación entre políticos e intelectuales. Un político antiguo, y al parecer realista, llegó a retratar a Sacristán como el intelectual hipercrítico ejemplar en su sacrificio y bien intencionado, pero incapaz de adaptar su capacidad de análisis a las condiciones de la realidad y responsable, en ocasiones, de frustrar o desencadenar a militantes. Un Sacristán comprometido y excesivamente rígido habría hecho difícil la militancia de camaradas con los que no conectara humanamente, y luego, un Sacristán hipercrítico ante el posibilismo adquirido por los partidos comunistas, habría propiciado la deserción de militantes o el «no es esto, no es esto» de un sector de la inteligencia paramarxista. De mi propia experiencia personal deduzco que algo de verdad puede haber en lo primero y en lo segundo, pero se trataría de una verdad insuficiente si la personalizamos en Sacristán y no la entendemos en la realidad de lo que era el compromiso, la militancia, el intelectual orgánico colectivo en aquellos años que van desde el relanzamiento del partido después de los sucesos de Barcelona en 1951 hasta su palpable instalación en el tejido social del país a comienzos de los años setenta.

Sacristán llegó al marxismo a través del saber social y al compromiso militante como una fórmula superadora del compromiso idealizado. Se conocía a sí mismo y creía conocer al intelectual topo, el homo versatilis, que por ética o estética se convierte en compañero de viaje de la clase obrera, pero que nada más comenzar el camino empieza a encontrar peros al calzado, luego al camino y finalmente a la clase obrera. De esa suspicacia, ejercida en primera instancia contra sí mismo, procede su ciega disciplina de la primera larga mitad de su vida militante: reaccionaba duramente contra cualquier crítica a la burocracia o pasaba del proclaudinismo al anticlaudinismo ante la simple sospecha de que las actitudes de Semprún y Claudín estuvieran marcadas por esa dejación, esa desgana congénita en el intelectual, «elemento desafecto de la clase burguesa» a la que pertenece, cuando no por cuna, por lenguaje y lógica racionalista. Las críticas a la burocracia desde las filas estudiantiles o intelectuales las considera como sanciones caprichosas y prepotentes al trabajo sordo y anónimo del colectivo fundamental del partido. Estuviera convencido de ello o no, lo cierto es que Sacristán no exteriorizó discrepancias serias con «el aparato» hasta fines de los años sesenta e hizo de la disciplina un valor cultural marxista y un valor psicológico expiatorio de intelectual sospechoso por el simple hecho de serlo. Con todos los ingredientes del personaje y de la circunstancia puede escenificarse el drama, aún no resuelto, de la relación interna en un partido revolucionario entre las llamadas fuerzas del trabajo y de la cultura, relación en busca de ese intelectual orgánico colectivo, resultado de un tramado juego de mutuas inculcaciones de saber, experiencias, lenguajes metabolizados por la organización. Ese juego ideal de interacciones se frustra en la práctica tanto por las diferencias de toda clase de códigos, como por la existencia de poderes tácticos internos (personas concretas, secretarías que crean clientela interna) que dinamitan cualquier posibilidad de idílica aproximación a ese intelectual orgánico colectivo, clave de una acumulación de saber real y de un diagnóstico científico de la realidad.

El Sacristán que cree advertir una peligrosa decantación posibilista en las formulaciones del partido ha tenido que pasar, forzosamente expiatorio, por un duro combate entre su voluntad de creer y su poderosa capacidad de pensar. En él no cabía un frívolo cambio de tono o de predisposición. El partido avanza hacia la normalización, la legalidad, y va prescindiendo progresivamente de todo elemento de reflexión crítica que no le sirva notara [sic] el análisis concreto sino de lo inmediato.

En la medida en que sus elementos estrictamente «políticos» van pidiendo subir a la superficie, desplazan a buena parte de los intelectuales que habían actuado en cierto sentido «por delegación», tres de los «topos» imbuidos de que eran ellos los llamados algún día a «hacer política». Cualquier intelectual que haya asistido de cerca a la larga marcha desde la más absoluta pobreza a la nada o la casi nada, recorrida por los partidos comunistas de España desde la subida a la superficie hasta la situación actual, ha podido comprobar, alucinado, cómo de la prepotencia y capacidad de error y falsedad de «los políticos» ha dependido la catástrofe del intelectual orgánico colectivo y su conversión en el idiota orgánico colectivo. Desde esta comprobación sorprende el que todavía a estas alturas, desde la incomprensible legitimidad de una gestión tan posibilista como fracasada, aún se puede sostener que fueron actitudes como las adoptadas por Sacristán a partir del rompimiento las que alejaron del partido a muchos militantes. La lista de militantes descomprometidos por culpa del hipercriticismo intelectual sería un mero y pequeño apéndice al final de los tres tomos de desenganchados por culpa de la fiebre del heno pragmático, aquella fiebre que llegó a hacer de la dirección de nuestro partido una imitación del gag de Vittorio Gassman en Rufufú.

No me mueve a este descargo la simpatía por el personaje. Puedo admitir que me resultara en algún tiempo fascinante o entrañable, pero jamás simpático. Me mueve comprobar una vez más que en la reflexión sobre la razón del compromiso de los intelectuales siguen operando criterios o idealizadores instrumentalizadores que desautorizan la razón comprometida a la que llegó Sacristán mediados los años cincuenta. Sacristán se comprometió como consecuencia de su saber social y abandonó la militancia concreta en un partido concreto en el que ese saber social se estaba convirtiendo en sabiduría convencional devaluada y no renovable en el seno de una formación política para la cual el saber debe ser materia prima fundamental. Cuando una formación política revolucionaria reduce ese saber a lo que necesita para justificar su propia práctica, ha empezado el principio del fin de su sinsentido histórico. Y ese saber se renueva abriendo los poros del sujeto colectivo al aire de la realidad y apropiándose de todo lo que la reacción ha aprendido para perpetuar su hegemonía en esta fase, caracterizada por el conocimiento de los mecanismos de transformación del capitalismo industrial al capitalismo tecnológico. El juego de manos que la socialdemocracia está haciendo ante los ojos de la izquierda desarticulada o idiotizada procede de la confianza que les otorga la afiliación, interesada o no, de intelectuales propietarios de partes de las claves de la renovación del sistema y de las pautas para que la conducta social siga instalada en la fatalidad, la desesperanza, la prudencia del miedo. Frente a esta situación, las razones que llevaron al compromiso de Manuel Sacristán en los años cincuenta siguen en pie: cambiar la vida, cambiar la historia, dar un sentido realmente emancipador y desalienador al progreso. Tal vez entonces estaba muy claro quién era el sujeto y quién el instrumento, y sólo faltaba encontrar el cómo la división del trabajo creada por la historia para perpetuar la hegemonía de una clase podía ser reconvertida para destruir la hegemonía de esa clase.

La propia militancia de Sacristán refleja las dificultades del empeño. Pero no inhabilita la necesidad del compromiso. De hecho, hasta su muerte, Sacristán estuvo trabajando, acertado o no, en pro de la formación de una conciencia emancipatoria, de una conciencia a la vez saber emancipatorio. Las formaciones políticas son otra cuestión. Jamás pueden convertirse en carros que vayan por delante de sus propios caballos.

 

Nuestra Bandera, noviembre de 1985, n.º 131, pp. 8-10

 

•  •  •

 

El gobierno socialista parece haber acabado con el fantasma del golpe de Estado, aunque el emergente GAL se toma la molestia de satisfacer algunos ánimos de venganza y, por tanto, las cloacas del sistema democrático rebosan aguas turbias. ¿Ha cambiado algo?

CRÉDITOS

Un clavo saca a otro clavo. Un general imperialista da un golpe de Estado para desmontar un imperio. Un grupo de jóvenes socialistas se hace con el poder para remachar el proceso neocapitalista de la sociedad española y arruinar la sombra de cualquier quimera de transformación social. El clavo es ciego, sordo y mudo y saca al otro clavo porque se lo manda el martillo. El general imperialista se llamaba De Gaulle y pudo impedir a los militares lo que ningún civil habría podido imponer. En el caso español, la relación causa-efecto se complica, y no creo que asistamos a una superproducción de maquiavelismo, sino a una desgraciada historia de enajenaciones ya difícilmente transitorias. Avalados por que en teoría no creen en la propiedad privada de los medios de producción y rechazan el imperialismo capitalista o la función represora del Estado de clase, nuestros socialistas refuerzan las estructuras de propiedad, ligan a España como nunca a la lógica imperialista y refuerzan la función represora del Estado, no sólo la legal, sino la paralegal. Ni se han vuelto locos ni cínicos. Consideran que son la única oportunidad de reforma desde la izquierda tolerable por el sistema y que para conseguirla necesitan estabilizar y estabilizarse por encima de cualquier sospecha de veleidad transformadora. Necesitan ganar tiempo. Creen que la involución potencial es mucho más temible que la revolución potencial y, además, su propio pasado les sirve como herencia estética y ética, a manera de viejo perfume que disimula los malos olores adquiridos en la manipulación de la realidad.

En efecto, la involución parece calmada. Jamás les habían dado tantos juguetes bélicos, y, por si faltara algo, el GAL suministra pequeñas satisfacciones sangrientas que alivian las crispaciones antiterroristas. En cuanto a los proyectos revolucionarios, vagan errantes y desperdigados como soldados desmoralizados por una batalla perdida sin ni siquiera haberse producido, y la vanguardia crítica de la sociedad civil aún no se ha recuperado del síndrome de la transición. Especialmente patético el señor Guerra cuando avala la expulsión del Polisario con su antiguo afecto por la causa polisaria. Él también está viviendo del crédito.

 

El País, «Última», 10 de octubre de 1985, p. 64

 

•  •  •

 

A los diez años de la muerte de Francisco Franco se suceden en la prensa las valoraciones y los análisis. Vázquez Montalbán presenta en este artículo un asunto literario, los intentos del franquismo por construir una cultura a su medida.

LOS MITOS CULTURALES

La propuesta de Pemán para el Premio Nobel fue un contrasentido histórico casi tan grave como que aquel año el señor censor me prohibiera utilizar la palabra «sobaco» en un poema y emplear en vano el nombre de la reina Federica de Grecia en otro. El posibilismo en el que me eduqué desde la infancia me indujo a sustituir «sobaco» por «axila» y, tras un largo regateo, a la reina Federica por Grace de Mónaco. Se acababa la década de los sesenta, y mientras media España se iba a Perpiñán a ver el culo a Marlon Brando, a mí me desobacaban. Lo de Pemán estaba, como suele decirse, en el mismo orden o desorden de cosas. Pemán hubiera sido un excelente premio Nobel a comienzos de siglo, en el caso de que la literatura hubiera estado prohibida en todo el mundo alfabetizado, y no porque Pemán fuera un mal escritor, sino porque no era un gran escritor y su estatura artificial se la debía al penúltimo esfuerzo de las instituciones culturales por promocionar a uno de los mitos literarios inventados por el franquismo. El régimen tuvo una política cultural porque tuvo intención de ser un sistema de poder totalizado, en condiciones de apropiarse de la cultura como patrimonio y de la cultura como conciencia y saber de lo real: para lo primero falsificó la historia, falsificó maniqueamente el patrimonio cultural, extirpó la memoria de una España heterodoxa; para lo segundo, dispuso del terror bélico, posbélico, del control directo de medidas de producción cultural y del indirecto: los empresarios y la censura.

Lo de la anti-España venía de lejos —de los erasmistas, si no me equivoco—, y ensartaba por el camino todas las heterodoxias que en España han sido, siempre delimitadas por las ortodoxias desde su perpetuo poder. La cultura heterodoxa española desembocaba en el principio del fin: la Ilustración afrancesada, Manuel Azaña, la masonería, el contubernio pluriadjetivado. Frente a esa tentación constante ejercida por los demonios familiares, la cultura oficial ofrecía la limpia trayectoria de la mayoría natural cultural: Cisneros, Saavedra Fajardo, Donoso Cortés, Maeztu, Pemán, Fernández de la Mora. Todavía hoy en los textos de literatura que se utilizan en el BUP, un ilustre académico, de los más temidos y más escuchados, utiliza la letra gorda para hablar de Fraga Iribarne como ensayista, y la pequeña para citar, de pasada, el nombre de Juan Marsé.

 

 

CREADORES

 

La propuesta de Pemán para el Nobel quería ignorar la realidad literaria española y mantener la ficción de aquella superestructura literaria que el régimen propició en los años cuarenta como sublimación de su credo histórico: una poética neoclásica directamente conectada con el lenguaje imperial del Siglo de Oro o un barroquismo tétrico que reflejaba el desordenado desván mental de los mejores escritores prefalangistas o falangistas. Aquella literatura autárquica, aquella cultura autárquica, detentó una hegemonía oficializada mientras el régimen mantuvo o retuvo el sueño del fascismo universal y milenario. Pero a medida que el régimen tuvo que dejar de parecerse a la Italia de Mussolini o a la Uganda de Idi Amín Dadá, el esfuerzo por mantener una cultura oficial diferente se fue relativizando, y la política cultural dejó de tener objetivos creadores para limitarse a mantener los destructores. Se conservaron los mitos culturales en el escaparate, y a la sombra de los aparatos de propaganda y pluriempleos político-culturales-sindicales se reunieron ramilletes de creadores que pronto dejaron de ser juventud creadora para convertirse en versificadores o cuentistas a cuenta de la educación y el descanso del sistema. Pero ninguna sociedad se resigna a depender de la cultura que le permite el poder, ni se resigna a interpretar un patrimonio falsificado ni a identificarse con espejos trucados de su propia realidad. Y eso explica que la cultura española del largo franquismo pueda dibujarse como una equis: una línea, de más a menos, que representa la patraña de la cultura oficial, y otra en sentido contrario, de menos a más, que se le cruza por el centro, y que representa la cultura que recuperó, buscó o creó la sociedad civil.

 

 

CONCIENCIA DE LO REAL

 

Mientras los poetas oficiales se iban a tocar la flauta junto a Silicio y Nemoroso, le bastaba a Blas de Otero humanizar el desgarro a lo divino de los místicos para representar objetivamente una alternativa estética discrepante, disidente. A una realidad oficial llena de teléfonos blancos y alta comedia para una moral de estraperlistas del espíritu, bastaba que se le opusiera una retina tremendista como la del Cela de La familia de Pascual Duarte o el temple desencantado y angustiado de la protagonista de Nada, de Carmen Laforet. La sociedad asumió una literatura que se acercaba a su propia conciencia de lo real, del mismo modo que cantaba las canciones de putas y fulanas de Conchita Piquer en unos tiempos en que los obispos recomendaban a los jóvenes que no bailasen el agarrao. Insisto en esa dinámica opuesta del gusto social, y no sólo de la vanguardia del gusto social, no como una prueba de la radicalidad y extensión de la resistencia, sino como una prueba de la imposibilidad de que cuajen, se instalen, influyan las culturalizaciones artificiales. Frente a una cultura mitificada y mistificada, la sociedad culta trató de recuperar el patrimonio falsificado, oculto o reprimido, y en ocasiones lo llegó a mitificar precisamente por su condición de prohibido. Se construyeron secretos altares, no menos secretos pedestales para las estatuas de los heterodoxos de distinta condición, y el valor añadido de la prohibición o el exilio fue en ocasiones el fundamental valor de algunos de nuestros ídolos o hitos de entonces.

Y la sociedad culturalizada respaldó aquella real vanguardia crítica formada en los años cincuenta que implicaba a poetas, novelistas, cineastas, dramaturgos y científicos sociales, que representaban la primera alternativa crítica en condiciones de marcar rumbos de conducta estética y política de cambio. Los Fernández Santa, Otero, Celaya, Bardem, Buero, García Hortelano, Sánchez Ferlosio, Sastre, José María Castellet, Manuel Sacristán, los dos Goytisolo mayores y tantos otros no eran sólo un grupo resistencial que utilizaba los géneros creativos para transmitir ideología: representaban una coincidencia entre propuesta ideológica de vanguardia (antifascista y parasocialista) y un lenguaje expositivo, crítico, comunicacional, cuyo único error circunstancial fue medir mal sus fuerzas frente a las posibilidades de influencia social real que tenía la literatura mediado el siglo XX, y no sólo en España.

Implicados los unos en una lucha a la defensiva contra toda clase de falsificaciones y los otros en la falsificación constante, es lógico que se produjeran excesos valorativos o infravalorativos que empezaron a dejar de tener sentido al final de los años sesenta, precisamente cuando la sociedad española había descubierto el camino que llevaba hacia El último tango en París, mientras las señoras jefas o vicejefas del Gobierno le ponían el veto al espléndido sobaco con ganga que exhibiera Rocío Jurado en TVE. La sociedad había alcanzado importantes niveles de normalización cultural (información y producción, tenencia y disfrute) y convivía con su propia esquizofrenia ante lo oficial y lo real. Ya a fines de los sesenta, los valores culturales realmente consumidos nada tienen que ver con los que seguían presentes en el escaparate lleno de polvo, telarañas y vejeces del poder. Recuerdo la sintomática estampa de aquellos escaparates de las librerías de las delegaciones del Movimiento o del Ministerio de Educación y Turismo, donde sobrevivían propuestas culturales oficiales que algún funcionario había dejado allí desde los años cuarenta o cincuenta: cubiertas amarillas o simplemente descoloridas, curvadas; cantos y lomos ocupados por cuatro o cinco arqueologías de polvo; nombres de autores que, a pesar de estar presentes, ya parecían olvidados desde el momento en que se habían impreso los libros. Lo mismo le ocurría a toda la apariencia de todo el poder; pero detrás de la caduca apariencia del poder político estaban sus patrullas armadas, y en cambio las centurias culturales habían sido abandonadas a su suerte, con las cantimploras llenas de vino tinto con sifón, en una tierra cultural de nadie.

Sin embargo, a pesar de esa larga marcha hacia la normalidad cultural de mercado, no ha sido un proceso normal, y, por tanto, han quedado secuelas que todavía hoy marcan una cultura española paradogmática y parasectaria. Y no creo que sea debido a malformaciones metafísicas de la raza, sino al hecho de que, tal vez para siempre, nuestra historia nos haya hecho inseguros tanto en lo que afirmamos como con lo que negamos. Se rechazó la falsificación franquista, se exaltó aquella primera cultura crítica, y luego fue hegemónica la consideración de que hay pueblos que nacen para crear cultura y otros para mal consumirla. Lastimosos extremos: proponer a Pemán para el Nobel o pedir perdón por no haber tenido un Stendhal a tiempo o un Joyce en cualquiera de nuestras entreguerras civiles.

 

El País, cuadernillo especial, 20 de noviembre de 1985, p. 16

 

•  •  •

 

Se enfrenta a la poesía y a la renovación cultural de España desde una curiosa posición: él mismo fue nombrado «novísimo» por Josep Maria Castellet en 1969. En el inacabable debate sobre las vanguardias estéticas, media ahora como juez y parte.

SOBRE LOS «NOVÍSIMOS» Y SUS POSTRIMERÍAS

Me llegan ecos de un debate veraniego santanderino sobre los novísimos, tanto en su sentido estricto, los nueve poetas reunidos por Castellet en Los nueve novísimos, como en su sentido general, la poesía española más joven. Me ocurre lo mismo que al cerdo de Alexis el Griego. Le han cortado los atributos viriles, se los están comiendo Alexis y sus compinches, y siente la tentación irresistible de irrumpir en el comedor. He tenido siempre la sensación de que los nueve poetas reunidos por Castellet hemos pagado un duro precio por aquella selección, mejor dicho, todos menos uno, Pedro Gimferrer, tácitamente considerado y considerable como inmortal desde la adolescencia. Ahí es nada, Castellet, de un colectivo de 10.000 poetas jóvenes, o los que fueran, seleccionaba nueve, con lo que sembraba 9.991 agravios, multiplicados por los agravios compartidos de los amigos, amigas, novios, novias, amantes, maridos, esposas, madres, padres, tíos, tías, abuelos, abuelas de los 9.991 no escogidos. La selección de Castellet fue, además, interpretada como la propuesta de un grupo coherente y de una tendencia; muy pocos se tomaron la molestia de deslindar las radicalmente diferentes poéticas que coexistían en aquel libro, y hasta un notable tratadista me clasificó como poeta veneciano, junto a Gimferrer, por el simple hecho de que yo en un poema, en un solo poema, hablaba de algo más o menos veneciano. Decía que un verdugo, y me estaba refiriendo a Franco, se miraba en «las venecianas aguas de un espejo roto». Consto, pues, como poeta veneciano en una antología poética para estudiantes universitarios. Peores cosas me han dicho. Pero lo que me resulta difícil de aceptar es la tesis, por alguno o alguna sostenida en Santander, de que la propuesta de Castellet fue «una operación comercial». Mal está el saber literario en este país, mucho peor que la literatura, y prueba de ello es que alguien pueda considerar comercial la operación de lanzar un grupo de poetas o una propuesta poética. Cualquier editor de poesía sabe que eso no es comercio, que eso no es negocio, y sólo la obsesión persecutoria de la literatura que se vende puede permitir el desliz analfabeto que nos ocupa. Los novísimos, la antología de Castellet, fue la fotografía de una parte de la entonces joven poesía española: captaba un fragmento y un momento y tenía el valor de muestra de una evolución estética, perfectamente situable dentro de la lógica interna de nuestra literatura contemporánea. Como toda literatura, la nuestra es siempre hija de su propia tradición y de la información posible recibida de otras culturas literarias; pero nosotros, además, entre 1939 y 1978, hemos de considerar el importante valor añadido de la represión franquista. Es ese valor añadido el que peculiariza la poesía social o el realismo novelesco de los cincuenta, como peculiariza la poesía de la experiencia o de la vivencia, e incluso peculiariza la reacción estética de los novísimos.

Porque algo nos unía. Haber asimilado la relativización del sujeto poético, ya practicada por los Valente, Biedma, Barral, Ferrater, González, Crespo, Goytisolo y compañía; haber comprendido la relativización de la función social-histórica de la literatura; valorar la exigencia de lo literario y rechazar la justificación de las buenas intenciones ideológicas; partir de un nivel de información cultural superior en relación con las promociones de la posguerra, en parte gracias al esfuerzo hecho por las promociones de la posguerra. Pocas cosas más compartíamos radicalmente, y si alguien se toma la molestia de releernos comprobará que cada poeta es un caso, comprobación que se obtendría también si se leyera a los 9.991 poetas que Castellet no seleccionó. Otra cosa es que, como efecto último del bandazo antisocial, la literatura española viviera durante buena parte de los años setenta bajo la dictadura de una literatura ensimismada y se privilegiara la tendencia poética más ensimismada —me resisto a llamarla esteticista—, derivable de los novísimos. Basta comprobar al día por dónde va la apuesta de nuestra crítica de urgencia y de nuestra crítica académica para deducir que están construyendo un neoacademicismo literario, consagrador de esa literatura ensimismada que, en mi opinión, se puede convertir en arqueología inmediata, novísima o posnovísima. Como es natural, la poesía española no terminó en los nueve novísimos seleccionados ni en los 10.000 novísimos potenciales. Novísimos los hay siempre, en la medida en que envejece la promoción anterior, e incluso esta hermosura de novísimos de hoy y de mañana dejarán de serlo dentro de diez años, por mucho que busquen la piedra filosofal de la eterna posmodernidad. Por eso reclamo que, en nuestra condición de seniors, se nos lea tal como somos, ya no como novísimos, o se nos cite con propiedad documentada. Por ejemplo, no hace mucho en las páginas de este diario un, por otra parte, excelente escritor publicaba el réquiem 1.000 o 2.000 de Los novísimos y se esforzaba en demostrar que casi todos los poetas seleccionados por Castellet ya no éramos poetas, éramos novelistas, o críticos, o profesores, o jurados de premios literarios. Le falla la memoria o el archivo al ilustre articulista; en casi todos los nueve casos, y en lo que a mí respecta, cuando Castellet me metió en su selección nacional sólo había publicado dos libros de poemas y en la actualidad he publicado cinco, el último, y excelente, en 1982, con el título de Praga. Cinco libros son muchos libros, demasiados diría yo, y creo merecer la etiqueta de poeta que no ha dejado en mal lugar la opción de Castellet: es decir, ser uno de los 10.000 mejores poetas españoles a fines de la década de los sesenta. Respeto, pues, a la edad y a la obra que ya nos aqueja, y paciencia temperada en las promociones actualmente novísimas que pronto dejarán de serlo, porque, y lo sé por propia experiencia, a todo puerco le llega su San Martín.

Aunque tal vez conseguiríamos la paz y la objetividad crítica por el simple hecho de que se callaran de una vez los parientes y allegados de los 9.991 agraviados. En cuanto a éstos, consiguieron rehacer sus vidas y algunos de ellos son espléndidos poetas en ejercicio.

 

El País, «Tribuna», 3 de diciembre de 1985, p. 11

 

•  •  •

 

El 13 de enero de 1986 Televisión Española empieza a emitir programas por las mañanas. ¿Qué puede comentar sobre esta iniciativa uno de los periodistas que ha dedicado más empeño en los últimos años a criticar la televisión pública nacional?

¿PARA QUIÉN?

La televisión es mala en casi todo el mundo, menos en Asia, donde te puedes hartar de ver películas indias que son las mejores del mundo, después de las senegalesas y seguidas de cerca de las ugandesas y de los cortos españoles. Pero la televisión peor suele hacerse por las mañanas. Cada vez que he conectado un aparato de televisor en un hotel norteamericano para que me alegrara el despertar, he vuelto a dormirme irremisiblemente. A esas horas suele salir la gente más fea y más inteligente, es decir, puro muermo. Los informativos tienen la musculatura floja y los programas hogareños constituyen apología indirecta del abandono del hogar. Además, siempre sale un sacerdote, de la secta que sea, a santificar el día.

Supongo que los programadores de la tele mañanera española saben lo que se hacen porque son gente viajada, y prueba de ello es que en plena mañana te ponen Dinastía para engolosinar los ojos. Pero, por lo experimentado hasta ahora, la televisión mañanera es el subproducto de un subproducto, algo así como hacer bocadillos de ropa vieja con las sobras de un cocido mediocre. Es una televisión que sólo la ven a sus anchas los rentistas y las clases pasivas, en el supuesto caso de que estén lo suficientemente alimentados como para situarse ante un televisor sin el recurso alimenticio del sueño. También está al alcance de los intelectuales sin horario fijo, como un servidor, pero el médico me ha prohibido ver la televisión por la mañana, ante los previsibles riesgos de descerebramiento que se corren a mis años por cualquier cosa, persona o circunstancia.

No es que me oponga a la tele mañanera, sino que trato de connotarla y saber si es carne o pescado, fresco o congelado. De momento, la concibo como un recurso para convalecientes, jubilados lentos y amas de casa con criadas o con cuatro manos y cuatro ojos, que las hay. También irá muy bien para niños con paperas y animales domésticos en general, sin olvidar al invicto Calviño, que, por lo visto, está dispuesto a morir matando.

 

El País, «Última», 20 de enero de 1986, p. 48

 

•  •  •

 

España se acerca a un esquizofrénico referéndum que se plantea no para salir de la OTAN, como el socialismo prometió, sino para permanecer dentro de la organización. En los medios informativos se vive un intenso debate. Felipe González no puede permitirse la derrota que anuncian los sondeos ni la crítica de los que consideran su posición un acto de obediencia a Ronald Reagan.

SUBLIMINAL

La campaña de intoxicación proatlantista desarrollada en la mayor parte de los medios de comunicación en España, sean públicos o privados, tiene la radical virtud de que de momento es más sutil que aparente. Algún día, sin duda los historiadores supervivientes de la Tercera Guerra Mundial deberán estudiar cómo, dónde y cuándo se produjo el acuerdo implícito entre el Gobierno y las fuerzas fácticas comunicacionales para atlantizarnos por la puerta trasera del alma y el cuerpo. ¿A cambio de qué? Yo creo que a cambio de nada estrictamente material. Simplemente, llega un momento en la vida de cualquier comunicador en que se ahorca de su corbata y se acoraza en su chaleco y casi sin darse cuenta, como quien dice al día siguiente, se convierte al atlantismo y objetivamente se comporta como aquellos cruzados del occidentalismo de nuestra infancia y adolescencia: don Luis Galinsoga sin ir más lejos. Pero si a don Luis Galinsoga el verbo se le hacía carne, los actuales rectores de mensajerías de occidentalización parabellum saben que han de ser más discretos y te meten la cruzada en el subtítulo o en el pie de fotografía o en el reportaje objetivo o en la programación telecinematográfica de guerra fría. Y sobre todo conocen la regla franquista —en ocasiones ellos mismos la han padecido— de que nada hay tan destructor como el silencio, y así como el atlantismo es un murmullo omnipresente, el antiatlantismo se ha convertido en un silencio casi total. La filosofía de que de la Alianza Atlántica no hay que salir porque ya estamos en ella, se convierte en una política publicitaria de ver lo atlántico ya desde el fondo del océano. Hay tanta agua, es tanto el peso del agua, que al más bravo atleta le va a dar por la molicie y por el que naden ellos. Estamos cotidianamente pasados por aguas oceánicas, démonos cuenta o no, y esto no ha hecho más que empezar y los antiatlantistas orgánicos harían bien llevando la cuenta de los mensajes subliminales que por tierra, mar y aire componen la contaminación político-atmosférica más grave que ha padecido España desde la importación del desodorante.

 

El País, «Última», 30 de enero de 1986, p. 56

RECUENTO

Hace días que le estoy dando vueltas al argumento de que votar «no» en ese referéndum del que les supongo enterados es votar lo mismo que la extrema derecha. Peligrosa coincidencia que me invita a recordar cuántos votos suele sacar la extrema derecha en las diferentes elecciones y a continuación proponer a los partidarios del «no» que se autoapliquen un descuento de un 1 por ciento o un 2 por ciento a cuenta de los votos que vayan a recibir de tan poco estimulante compañía. Ahora bien, los partidarios del «sí» deberían autodescontarse el tanto por ciento correspondiente a los thatcheristas, reaganianos y straussistas que van a votar sí. Nobleza obliga. De ganar el «sí» deberíamos asumir compromisos futuros difíciles de comprender desde cualquier sensibilidad democrática. Por ejemplo, ser compañeros de cruzada de militares turcos que ahorcan a sindicalistas o estar a las verdes otanistas cuando EE.UU. decide chulear las aguas de Libia. También sería conveniente que empecemos a prepararnos para la evidencia de que no llegue tanta tecnología punta como se promete, es decir, que nos pase lo mismo que a otros estados de larga tradición atlantista (Grecia, Turquía, Portugal) que no han visto otra tecnología punta que la hamburguesa de plexiglás.

Como el referéndum está dividiendo el sentido común de la progresía española, se debería llegar al acuerdo ético de no utilizar lenguaje años treinta o cincuenta (socialtraidores o tontos útiles de la Unión Soviética). Porque hay algunos partidarios del «sí» que no vacilan en sacarse a la URSS de la bragueta para llevarse el «sí» al huerto, por encima de aquel espíritu deportivo democrático que había hecho de todos nosotros unos chicos encantadores. El que quiera dormir bajo la amenaza de un osito soviético de peluche, allá él con su problema. En cualquier caso, de perder el referéndum, esa nueva reserva espiritual de Occidente que nos ha salido como un forúnculo siempre puede apuntarse a otra División Azul que haga frente al inminente expansionismo soviético. Esa carga de la brigada ligera, con Narcís Serra al frente y con el sable en ristre, da para un poema épico generacional, y si el uniforme lo diseña y lo cose quien yo pienso, eso, eso es una superproducción.

 

El País, «Última», 26 de febrero de 1986, p. 56

 

•  •  •

 

Un día antes del referéndum, analiza desde la tribuna más importante del diario las posibilidades de la victoria y de la derrota del «no», que llegan al final apenas separados por cuatro puntos de distancia en los sondeos. Vázquez Montalbán muestra un cierto distanciamiento con el resultado. El mundo seguirá adelante, imperfecto y tozudo como siempre, pase lo que pase.

AL DÍA SIGUIENTE

De vez en cuando viajo a Madrid para occidentalizarme un poco, y por eso no hace muchos días tomé tierra en la capital, en el momento justo en que bullían los rumores sobre el sur corporal del sistema, encarnado en las personas de Su Majestad el Rey y del Jefe del Gobierno. Madrid volvía a ser la capital del rumor, y tanto la Moncloa como la Zarzuela convocaban a profesionales de la información para desmentir bulos y calumnias, que al parecer responden a un propósito de sembrar la incertidumbre y, en consecuencia, la alarma. Incertidumbre sobre la salud física del rey e incertidumbre sobre la salud histórico-moral del presidente de Gobierno. Sin duda se ha programado una campaña de intoxicación, pero no es menos cierto que los sensibles aparatos detectores de opinión pública que están en manos del Gobierno han creído descubrir la manera de convertir esa campaña en un bumerán. A estas horas, agentes directos o indirectos del sector del Gobierno que realmente gobierna han cambiado la gesticulación de la prepotencia por un gesto abatido con el que tratan de despertar solidarias compasiones: «Vienen a por nosotros», «Se han propuesto derribarnos», «Quieren desacreditar a Felipe», etcétera, etcétera. Y tras el cuento de la lágrima, la mano tendida a por el «sí» en el referéndum, por si se nos ablanda el corazón, porque a pesar de los pesares son indios amigos, han crecido con nosotros, les conocemos como si los hubiéramos parido, y por eso sus números de fantasmas casi nunca nos los hemos tomado demasiado en serio.

Los ayer desafiantes leones del cambio van por la vida y por la noche con la cara hecha un fondo de olvidado bolsillo, lleno de convocatorias atrasadas e inútiles. Solos, fanés, descangayados, han perdido toda su confianza en las estadísticas y ya sólo esperan el salario del miedo social a lo que pueda pasar al día siguiente del referéndum. Se dice que si gana el «sí», Felipe González se retirará de la política para traducir las Memorias de Adriano al andaluz y Alfonso Guerra se dedicará a dar seminarios sobre Juan de Mairena en el departamento cultural de la Alianza Atlántica (antes OTAN). Se dice que volverán los militares en tu balcón sus nidos a colgar y otra vez, con el ala en los cristales, jugando llamarán. Hubo amigos míos, rumorosos y nocturnos amigos de casi toda la vida, que salieron de la reunión del CESEDEN con el sentimiento trágico de la vida por corbata. Ustedes ya me entienden, y eso que en la reunión abundaban esos militares atlantistas, y por lo tanto demócratas, que al parecer son el quid de la cuestión del cambio oceánico del Gobierno.

No creo que el voto del referéndum haya de estar condicionado por la lástima hacia un jefe de Gobierno caído por Dios y por el interés de España o por el aullido del lobo de siempre. Es una lástima que el Gobierno se haya gastado diez millones de votos en chorradas, porque esos diez millones de votos eran en su día un ejército incondicional, voluntario, dispuesto a respaldar una política de progreso, frente a la que nada hubieran podido hacer conspiraciones internas o externas, intoxicaciones del norte o del sur del cuerpo. Tampoco hay que votar por el interés de España, sino por el de los españoles y por el de todos los pueblos del mundo que esperan el resultado del referéndum español como una prueba evidente de que la soberanía popular está por encima de la clase política, y más en el caso español, en el que los diputados socialistas fueron elegidos porque eran teóricamente antiatlantistas y han practicado una apropiación indebida de soberanía popular al cambiar de actitud una vez instalados en los escaños.

¿Solidaridad con los preocupados amiguetes o correligionarios que ahora recurren al cuento del desamparo y del aislamiento? ¿Solidaridad con la Europa de Margaret Thatcher, Kohl, Strauss...? ¿No hay otra Europa de progreso en la que militan los socialistas de la raza pacifista e incluso los socialistas de la otra raza cuando están en la oposición? ¿No ha habido un martirologio de socialistas que se opusieron a la guerra y al armamento desde 1914, sobre cuyos cadáveres han pasado todos los señoritos pragmáticos y posibilistas que han tratado de convertir el socialismo en una movida para esnobs y esteticistas izquierdosos de casa bien? ¿No hay que empezar a asumir que la toma de posición bloquista es una elección cultural, de conciencia, de querencia ideológica, y no un mal menor dictado por «necesidades objetivas y colectivas» que siguen formando parte del secreto de Fátima?

Esta historia ya empieza a ser demasiado barroca, demasiado cargada de elementos y ornamentos del espíritu. La chulería del que tiene misteriosas razones de Estado se adorna con melancolías de bienintencionado incomprendido que puede perder primero el referéndum y luego las elecciones generales. Chulos de día y tanguistas de noche; decapitadores por teléfono y confidentes de incomprensiones sobre el pozo sin fondo de un JB con hielo. Despotismo ilustrado y gitanillo, gitanillo, no me mates gitanillo. La madurez social ha podido sobrevivir a cuatro años alucinantes en que el idioma de Cantinflas ha sido el idioma del poder, y no está para cuentos de desamor o de terror cuando llega la hora de la verdad, de decir que «sí» o que «no» a un montaje que en muchos momentos pareció el no va más de lo maquiavélico y que finalmente se ha revelado como una simple chapuza.

Al día siguiente del referéndum, tanto si gana el «sí» como si gana el «no», los socialistas seguirán gobernando y deberán hacerlo con toda la tranquilidad que les da el no haber ultimado el período legislativo, y con las obligaciones que se deriven del resultado. No tienen por qué tirar la toalla: no tienen ningún motivo para arrojar por la ventana las inmensas dosis de paciencia y prudencia histórica que sus bases, sus electores e incluso sus antagonistas mejor intencionados, hemos empleado a pesar de sus delirios de tremenda grandeza. La batalla de las generales será otra historia, de la misma manera que la lucha por la paz, el desarme, la neutralidad ni empieza ni termina con este referéndum. La deslegitimación de la política defensiva europea sucursalizada por intereses bloquistas está vista para sentencia, es irreversible, y de ahí el pánico de la reacción europea y mundial a que el pueblo español ponga en pie el huevo de Colón por el procedimiento de votar que no. Al día siguiente del referéndum será necesario recuperar la entereza de la sociedad progresista y superar este conato de affaire Dreyfus que nos ha dividido entre partidarios del «no» y partidarios del «no sé si debo».

Con los rumores, vengan de donde vengan, hay que hacer lo mismo que Charlot con las colillas. Darles un taconazo justo una décima de segundo antes del final de la secuencia.

 

El País, «Tribuna», 11 de marzo de 1986, pp. 11-12

 

•  •  •

 

Muere en Madrid uno de esos luchadores por la democracia al que nadie agradeció los servicios prestados. José Martínez fundó en París la editorial Ruedo Ibérico, en la que se estrenaron insignes intelectuales españoles. De ideas anarquistas, había regresado del exilio sólo tres años antes y no encuentra acomodo en el bullicioso y politizado Madrid. Cuando un infarto le provoca la muerte, Vázquez Montalbán le dedica unas palabras para que su vida no quede en nada.

DE CUANDO ESPAÑA ERA DIFERENTE

Nos imaginábamos a los hombres de El Ruedo Ibérico como unos contrabandistas políticos que de noche cruzaban las fronteras con las espaldas cargadas de libros que luego encontrábamos en las trastiendas de librerías o en las pesadas carteras de compañeros de universidad, ganadores de su vida, y sus estudios, gracias a El laberinto español, de Brenan, primer éxito de ventas de la editorial. Años después, José Martínez, en nuestro primer encuentro, en Perpiñán, me revelaría que a veces las cosas son más prosaicas y algún aduanero español había incrementado sus ahorros a base de hacer la vista gorda ante los paquetes de libros antifranquistas de El Ruedo Ibérico. En aquellos tiempos, la Europa democrática tenía entradas de tendido de sombra para presenciar la corrida franquista, y el nombre de la editorial, por evocar el ruedo y por evocar lo ibérico, traducía el sentido peculiar de la acción intelectual de arrimarse al toro entre los olés y las recolectas de un mundo, al parecer libre, que acallaba así su propia mala conciencia. Inicialmente, El Ruedo fue la obra de una estimulante mezcla de ácratas, postrotskistas, criptocomunistas y republicanos de toda la vida, y finalmente quedó como un esfuerzo casi personal e intransferible de José Martínez, más ácrata que cualquier otra cosa. Merced a Cuadernos del Ruedo Ibérico o a las sucesivas ediciones de Horizonte Español, la editorial de París fue estimulando el trabajo de jóvenes universitarios españoles del interior que encontrábamos en ella cauce para propagar nuestro recién adquirido saber sobre la España franquista, en la que vivíamos un exilio interior.

En los años sesenta y comienzos de los setenta, El Ruedo alcanzó un protagonismo intelectual relevante gracias a cuatro factores fundamentales: el éxito del libro de Ynfante sobre el Opus Dei; la difusión de La guerra civil española, de Hugh Thomas; el no menor éxito de Ian Gibson con su obra sobre la represión en Granada y la muerte de García Lorca, y el proceso de Ramírez, es decir, de Luciano Rincón, por su estudio sobre la psicopatología del general Franco.

 

 

VARIOS LUIS RAMÍREZ

 

El proceso de Rincón volvió a excitar a la Europa antifranquista, un tanto distraída por entonces por la apertura de un segundo frente ético y estético en Vietnam. Martínez nos pidió a una serie de escritores consagrados o prometedores que publicáramos en los Cuadernos del Ruedo Ibérico artículos firmados con el seudónimo Luis Ramírez, no tanto para cubrir las espaldas de Luciano, que ya estaban cargadas de petición fiscal, como para demostrar que Luis Ramírez era una voluntad coral de seguir incordiando al franquismo. Éste era en definitiva el sentido fundamental de un esfuerzo editorial que perpetuaba la triste historia de la inteligencia española en el exilio exterior o interior. La transición no sólo significó la pérdida de la razón de ser de un exilio, sino también la aparición de una España oculta de políticos barrenderos que trataron de meter franquismo y antifranquismo debajo de la misma alfombra. Los libros de El Ruedo Ibérico pasaron a los catálogos de otras editoriales y perdieron el dramatismo morboso de fruta prohibida. En cuanto a José Martínez, no encajó bien el signo de los tiempos y desde su alto y plateado escepticismo contemplaba la construcción de la ética de la transición con un evidente desprecio, cuando no asco.

En él la causticidad era la regla, y tal vez por eso en los últimos años asistimos a su espléndido aislamiento como se contempla la puesta de un sol románticamente ácrata, inútilmente ácrata.

Sin añorar aquella España diferente que aún conservaba rasgos de ruedo ibérico, ya que esta nostalgia sería un error, sí es sintomático que hombres como José Martínez Guerricabeitia no supieran o no quisieran o no pudieran adaptarse a esta progresiva conversión de España en una mala imitación de la Alemania Occidental pero sin el Ruhr, o de la Confederación Helvética pero sin relojes de precisión, o de Japón pero con Paquirri y la Pantoja. Esta España en la que el miedo al franquismo ha sido sustituido por el miedo a tener miedo del miedo tanto a lo que pueda como a lo que no pueda pasar. José Martínez conservaba en sus ojos otra estampa a la que siempre fue fiel. La estampa de aquel país de su adolescencia de madrileñas colosales que se hacían tirabuzones con las bombas que tiraban los aviones de la entonces Santa Alianza fascista.

 

El País, «Tribuna», 15 de marzo de 1986, p. 24

 

•  •  •

 

A medio camino entre la evocación y la coquetería, Vázquez Montalbán habla de sí mismo para defender a Carvalho del personaje televisivo que aparece en una serie que TVE emite los viernes por la noche. Tienen el mismo nombre pero ningún parecido, de forma que utiliza la columna para marcar las oportunas distancias.

CARVALHO

Cada viernes por la noche contemplo la serie Carvalho, con una mano sobre los ojos, los dedos separados, eso sí, para ver y no ver. Para ver lo que reconozco y para tratar de no ver lo que me resulta irreconocible. La semana pasada tuve que dar crédito a mis ojos porque los tenía bien abiertos, pero me resultó difícil reconocerme como remoto argumentista de un capítulo titulado «El mar, ese cristal opaco». El título sí era mío y en el guión original se justificaba mediante la cita de un verso de Carlos Barral —«... de cuando el mar es un cristal opaco»—, pero en lo que yo estaba viendo el mar no era de invierno y por tanto ni era de cristal opaco, ni ningún hecho o personaje se responsabiliza del título. O yo no lo supe ver. En cambio, sí asistí aturdido a un despliegue sexual de Carvalho digno de un Mickey Spillane. Aquél no era mi Carvalho, sino un extraño atleta sexual japonés dispuesto a fornicar como un obseso, a vagina por cada cinco minutos de programa. No es que mi Carvalho sea un santo, pero tiene un cierto autocontrol sexual, más relacionado con el sentido del ridículo que con el del pudor. Además, este Carvalho televisivo es un deslenguado que se ha tomado a Cela al pie de la letra y lleva el taco pegado a los labios, como si fuera una colilla de Peninsulares.

No discuto que el director y definitivo arreglador de los inocentes guiones originales sea un excelente realizador, pero junto a esta cualidad habría que connotarle como un obseso sexual de los que no quedan. En mi escritura, Carvalho es ante todo un tocón visual de lo vivo y lo muerto. En la serie de televisión, Carvalho es un pulpo de vagón de metro que no respeta escote, nalga ni otras vísceras. Pero no sólo Carvalho sirve de médium de las obsesiones sexuales del realizador. En cuanto te descuidas, hasta los extras te violan a quien menos se lo espera, con una rapidez de reflejos y movimientos que para sí hubiera querido el legendario Jimmy el Rápido. Ya sin el recurso de escribir a doña Elena Francis para que me aconseje, trataré de contemplar los últimos capítulos sin escandalizarme. No sé si lo conseguiré.

 

El País, «Última», 20 de marzo de 1986, p. 52

 

•  •  •

 

Cuando la policía detiene a Sebastián Auger, propietario de algunos diarios barceloneses de izquierda durante la transición en los que el propio Vázquez Montalbán trabajó, como Mundo Diario o Catalunya Express, el periodista le evoca con cariño. Auger es un hombre poliédrico y extraño, miembro del Opus Dei y promotor de una prensa de izquierdas que desapareció por los problemas económicos, un empresario inusual que huyó tras la quiebra de sus empresas.

AUGER

La noticia de que ha sido detenido Sebastián Auger no ha suscitado en mí una satisfacción jurídica, sin duda alguna imprescindible, sino una emoción nostálgica, a la que soy mucho más propenso. Misterioso caballero don Sebastián, al que vi nacer como astuto joven león del neocapitalismo opusdeísta y al que recuperé años después cuando estaba estudiando para convertirse en el lord Thompson de la prensa predemocrática. Nos maravilló a muchos que aquella criatura de Escrivá de Balaguer no se limitara a financiar prensa liberal, sino que se jugara los capitales propiciando prensa de izquierda, dentro de lo que cabía en aquella Barcelona de la gauche divine. Algunos días añoro poder leer por las mañanas el Mundo Diario de Sebastián Auger y por las tardes el Tele/eXpres de Ibáñez Escofet. En estos asuntos, sin duda, aquel tiempo pasado fue mejor. Ambos diarios eran el reflejo de la existencia de una sociedad ingenuamente democrática que reclamaba lecturas de transición, antes que la transición se pactara en las trastiendas de restaurantes o en la compleja geografía de todas las casas de las praderas donde la beautiful people trabajaba y trabaja lampedusianamente para que algo cambie sin que nadie cambie. Pero mi benevolente nostalgia pugna una y otra vez con el enigma Auger sin conseguir descifrarlo. ¿Tenía éste rojo el corazón y en blanco el cerebro? ¿Se limitó a buscar clientela de izquierda a partir de un cálculo de mercado?

Cuando se produjo su espectacular caída empresarial y su fuga fue imposible alegrarse, porque se detectaba el principio del fin del empobrecimiento de la pluralidad informativa catalana, empobrecimiento que es hoy casi miseria. Sorprendía una vez más que una Santa Casa con tanta voluntad de futuro vinculara a empresarios tan aventureros como inseguros, aunque probablemente también fuera un aventurero el Fundador. Pero el Fundador jamás paseó en yate a Santiago Carrillo y Auger lo hizo, claro que en tiempos en los que Carrillo aún parecía un lobo de mar, el Mediterráneo aún no se había atlantizado y en política aún era posible encontrar 11.000 vírgenes. Prehistoria pura.

 

El País, «Última», 24 de marzo de 1986, p. 40

 

•  •  •

 

Tras casi una década de actividad política legal en España, parece un buen momento para darle un repaso a cómo las derechas y las izquierdas se toman el ejercicio profesional de la política. Las dos fracasan, si bien por razones completamente diferentes.

SOBRE LA CLASE POLÍTICA

Recién estrenada la democracia española empezó a utilizarse la locución «clase política» aplicada a delimitar el conjunto de profesionales de la política democrática, ejercieran el poder ejecutivo, el legislativo o formaran la malla del poder institucional público o partidista. Los más reacios a aceptar la existencia de una clase política fueron los políticos de izquierda. Hay políticos y políticos, decían, y no puede hablarse de una complicidad histórica corporativa entre políticos de diferentes posiciones ideológicas, de diferentes programas, de diferentes maneras de entender el proceso histórico. Casi nueve años después de las primeras elecciones generales, la cuestión de si existe o no una clase política ya ha pasado a mejor vida. Evidentemente, existe una clase política, y lo que preocupa es saber cómo complementarla, azuzarla, fiscalizarla, democratizarla en un sentido profundo a la vista de cómo se ha comportado esa casta en el poder, y no sólo en los máximos poderes de ejecución, legislación o representación del Estado, sino en todo instrumento de poder político, los partidos incluidos, los partidos de izquierda incluidísimos. La derecha ha creado el modelo de político delegado de los intereses de las clases dominantes, pagado por ellas para que se dedique profesionalmente a defender sus intereses, y la derecha más poderosa y mejor organizada del mundo, la norteamericana, ha creado los mejores purasangres de esta interpretación de la delegación política. En cambio, la izquierda ha tenido a bien defender la imagen del político profesional como un portavoz de la conciencia colectiva, a la vez que agente de la vanguardia crítica de esa conciencia colectiva. El político de izquierda sería la voz de los sin voz, y también un elemento externo de concienciación crítica, la famosa conciencia externa que ha incitado a luchar por lo que es evidentemente justo.

Creo que nueve años de ensayo general democrático es tiempo suficiente para sancionar el comportamiento de los políticos españoles y descubrir que la derecha no ha encontrado todavía los purasangres más adecuados, tal vez porque no se ha visto urgida a ello. Entre el consenso de la primera transición y el pisar sobre huevos crudos del Gobierno socialista, la derecha económica y social ha visto siempre a salvo sus intereses económicos y culturales fundamentales, y aunque de cuando en cuando levante el grito al cielo, el cielo le contesta que no se queje, que no están tan mal las cosas y que otras derechas irían de rodillas desde donde fuera a Lourdes para que le saliera una transición tan barata como en España. La derecha política aún sigue pagando el precio de su largo pacto con el franquismo, y no tiene otra cera que la de los políticos fraguados en el bajofranquismo y los liberales bajo palabra de honor que salieron de su prudente reserva histórica cuando la transición era cosa hecha. Está escrito. Cuando la burguesía pide ayuda al fascismo a cambio de mantener su dominio histórico en lo económico y lo social, pierde el derecho a organizarse políticamente, a entrenar a sus líderes en la competencia política, y acaba en manos de condottieros profesionales. Cuando hay que arrinconar a los chicos de las camisas azules, pardas o negras, cuesta tiempo y dinero fabricar una nueva hornada de líderes democráticos.

Ése es el problema de la derecha. Cuestión de tiempo y de inversión. Pero la clase política de la izquierda es otra cuestión. Ésa se ha establecido por su cuenta y riesgo prescindiendo de la lógica elemental de sus orígenes, y el ejemplo más claro de su discutible metafísica lo han dado los diputados del PSOE, elegidos para decir que no y, una vez instalados en los escaños, pasados en bloque al sí, al margen del mandato de sus electores. Esa casta dirigente del PSOE asume la responsabilidad política, o de haber hecho mal un programa, o de no haber cumplido un programa; pero es evidente que no sufre gran cosa por ello, que no ha habido excesivas demostraciones de vergüenza histórica, sino, al contrario, se ha recurrido a toda clase de engaños y autoengaños para justificar la necesidad de que el blanco se convirtiera en negro de la noche a la mañana. Las razones de Estado justifican que la élite del poder socialista fuera tan ineficiente como para hacer un programa incumplible o tan cínica como para no querer cumplir un programa.

Pero que nadie vea pajas en el ojo ajeno sin ver las vigas en el propio. Se constata el descrédito de la clase política que gobierna o que espera gobernar, pero ¿dónde está el crédito de lo que queda de la leyenda del PSOE? ¿Acaso en esa tierra que ha estado a punto de ser de nadie y de nada no se ha instalado también una clase política interiorizada, bunkerizada, empeñada en la autofagia, la autodepuración suicida en nombre de la hemogeneidad? ¿Y no ha sido la clase política interiorizada en los partidos comunistas la que ha hecho caso omiso del estado real de conciencia de las bases, bailando la yenka de los pasos adelante o atrás según el capricho de los poderes fácticos interiores, de auténticas cúpulas de poder y de intereses tribales dominantes? ¿No se ha llegado en algunos partidos a utilizar el centralismo democrático para violar la conciencia del intelectual orgánico colectivo reunido en un congreso, metiendo por la puerta trasera comités centrales y ejecutivos pasteleados para perpetuar el mismo equilibrio de poder? ¿Dónde está esa voluntad de dirigir desde la participación cuando no se respetan estados activos de conciencia de base expuestos en los congresos? ¿Qué pasos se dieron en su día para conservar la pluralidad necesaria hacia la supervivencia del ecosistema cultural interno? ¿No se empeñaron en una aventurera y suicida búsqueda de la homogeneidad que a la larga representó el predominio de unos sectarios sobre otros? ¿Dónde se tomó el acuerdo de repartir los papeles entre los que expulsaban y los que se hacían expulsar? ¿No se ha practicado una política depredadora de patrimonios morales y políticos y destructora del tejido social crítico que nutre a los partidos de izquierda? Bien porque esa clase política residual vea en cualquier apertura de horizontes un riesgo para su propia supervivencia como tal, bien porque padezca el síndrome alienador del búnker y en su soledad vea cosas muy claras que no son verdad, lo cierto es que se comporta como una casta desconectada de los estados y transformaciones de la conciencia de sus propias bases, para no hablar ya de la vanguardia social crítica. Hoy en día las bases de una izquierda potencial están ya en el futuro, y las direcciones políticas sufren la tentación de administrar lo que les queda del pasado.

Y, sin embargo, caer en la tentación de descalificar la necesidad de los políticos, por muy corporativizada que esté nuestra mediocre clase política, puede ser interpretado como apología indirecta de democracias orgánicas o supuestamente populares. Lo comprobado no es el fracaso de un sistema de representatividad, sino la insuficiencia de una representatividad democrática formal sobre una sociedad desarticulada a la que le han extirpado los instrumentos de formación de conciencia crítica. Y en cuanto al caso concreto de los partidos de izquierda, los poderes fácticos interiorizados y el clientelismo por todo lo alto o por todo lo bajo, según sea el poder adquisitivo de las diferentes formaciones, precisa una acción contundente de las bases soliviantadas por el papel de idiota orgánico colectivo que le han asignado las mínimas minorías dirigentes. Y más allá de este marco agitado queda la evidencia de que la fuerza de la izquierda pasa por la recomposición de un tejido social progresista, hoy dividido entre el oportunismo, el fatalismo o el absentismo.

La esperanza creada por las movilizaciones de la campaña del referéndum se ha instalado en la vanguardia crítica de la sociedad y unifica a un amplio sector de militantes de izquierda e independientes, bien se muevan dentro de partidos políticos, bien lo hagan en movimientos sociales de viejo y nuevo tipo o se trate de individualidades al margen de vínculos orgánicos. Esa vanguardia crítica debe tomar la responsabilidad de exigir a los partidos de izquierda que asuman las propias ante el momento presente, por encima de encastillamientos que hoy por hoy condicionan una izquierda residual, bunkerizada e inútilmente dividida. Si las direcciones de los partidos de izquierda, por intereses personales o tribales, permanecieran sordas a lo que ya es un clamor urgente, contribuirían una vez más a deteriorar una situación que empieza a salir del deterioro para apuntar hacia la recomposición. Pero esa recomposición ya no puede contemplarse como fruto exclusivo de un acuerdo cupular entre partidos, sino como un esfuerzo amplio y profundo de reconstitución del tejido social y cultural de la izquierda. La usura en este esfuerzo por parte de las formaciones políticas realmente existentes sería un factor de desánimo a añadir a los ya presentes, pero al preverla hay que dejar constancia de que los sectores más conscientes y sensibles de la necesidad de un cambio de forma de hacer política han llegado a un punto de hartura y de fastidio difícil de superar, y que cuando un intermediario histórico demuestra su obsolescencia, las sociedades sanas tienden a sustituirle por otros, sin que se pierda otra cosa que tiempo y algún que otro jirón de memoria y deseo.

Harían santamente, pues, los partidos y grupos que reclaman la propiedad de la estrategia de izquierda de abrir las ventanas de sus sedes sociales para oír lo que se dice en la calle. Difícil tienen recuperar la credibilidad perdida, pero aún les queda alguna credibilidad que perder.

 

El País, 23 de abril de 1986, pp. 11-12

 

•  •  •

 

Por mucho que se haya perdido el referéndum sobre la OTAN, no hay tiempo para la desilusión. La vida es demasiado corta, así que reivindica el papel de nuestra Casa Real, atosigada por golpes de Estado y otras urgencias, cuando visitan a sus primos británicos, unos aburridos monarcas sentados sobre la historia. Y se queja a su vez, con ese infantilismo que a veces gasta la progresía, de la Coca-Cola, por el mero hecho de ser una multinacional y corromper el paladar de los jóvenes. Eso sí, lo hace sin nombrar a la marca del diablo.

REYES

El reciente viaje de Sus Majestades los Reyes de España a Londres a ver a sus familiares y colegas los reyes de Inglaterra ha suscitado diversos comentarios, todos favorables, entre los que predominan los extasiados ante la solidez del ritual de la monarquía inglesa. Se trata de una obra de teatro muy bien ensayada a lo largo de siglos, con más representaciones que las comedias de Agatha Christie y con los actores dentro de la sobria escuela del naturalismo interpretativo inglés. Bastaba ver a la reina Isabel escuchando sin oír, mirando sin ver y sonriendo en acto de servicio, mientras el rey consorte, cumplidas ya sus regias funciones sementales y algo decaído el esqueleto, percha antaño de ejemplares uniformes, conserva un saber no estar estando que le convierte en el ejemplo posible y encarnado del hombre invisible. Uno no se imagina a este matrimonio consultando golpes de Estado con la almohada ni rescatando políticos al pie del cadalso, cortándoles la soga con unas tijeras de platino y brillantes. Reinan sin dramatismos, aburridamente, y el pueblo les premia con aplausos por lo bien que interpretan la comedia de la continuidad.

También pudimos ver a Margarita, la Carolina de Mónaco de los años cincuenta. Sus historias de amor se relacionaban más con las novelas de Rabinad que con los desplegables de Penthouse. Margarita y el coronel se rozaban las esquinas del cuerpo en los desfiles, contactos furtivos y vergonzantes de figurones con principios, mientras su hermana preparaba en el yunque dinástico todos los hijos que hiciera falta para que la descendencia no quedara en peligro. ¿De qué hablan las dos hermanas en los bautizos, los entierros y las recepciones? Igual no se dicen nada, o comentan que ha llegado el tiempo de podar los rododendros, o que amarillea la dentadura de Inglaterra, esas ya no tan blancas rocas de Dover. Y en cuanto a los primos, a esos jóvenes primos españoles, les parecen reyes excitantes, precisamente porque consultan golpes de Estado con las almohadas y siempre tienen a punto tijeras de platino y brillantes para cortar la soga del ahorcado.

 

El País, «Última», 1 de mayo de 1986, p. 44

CORRUPCIÓN

Cierta bebida, de cuyo nombre no quiero acordarme y que yo suelo consumir de tarde en tarde, muy fría, con limón, cuando el cuerpo me pide papel de lija interior, está utilizando la publicidad televisiva para luchar por la hegemonía en el paladar juvenil. No se trata ya de relacionarla con la chispa de la vida en las situaciones en que la vida tenga chispa o con la sed en technicolor. Ahora quieren venderles a los jóvenes que nada complementa mejor su comida que un buen vaso del agujereado brebaje. La bebida en cuestión, sea de la cosecha que sea, se acopla a una hamburguesa con su ketchup y su canesú de cebolla. También a esas deliciosas patatas fritas al alquitrán o a esos tumores fálicos de mulato que suelen pasar por salchichas de Frankfurt. Si me fuerzan mucho y desde la evidencia de que siempre pierdo las elecciones, transigiré en aceptar que ese líquido humoral efervescente puede incluso ayudar a formar un bolo digestivo compuesto de prefabricado de pollo asado, ensalada de sótano y tomate madurado al rayo láser. Pero por muy perdedor histórico que sea, estoy dispuesto al sacrificio último antes que aceptar la simple hipótesis de que una fabada, un timbale de rognons d’aigneau de lait à la moutarde o unos callos a la madrileña puedan recibir la infame compañía líquida de ese agradable salfumán, producto de la imaginación de un ser humano que perdió el paladar, erosionado por tanto comerse mazorcas de maíz cocidas o asadas a la parrilla.

La campaña de corrupción del paladar va dirigida contra la juventud y contra la reserva espiritual vinícola y cervecera de las Españas. Antes que remojar cualquier sólido con esa deliciosa agua cobriza dotada de sumisión de vertedero, es preferible no beber nada, y si apura la sed o la solidez de lo que hay que tragar, agua, agua fresquita de la fuente del Avellano. Lo digo para que no se use la coartada de que los jóvenes son pobres y no tienen para vino. Que beban agua, pues, y ahorren para la temida vejez lo que pensaban destinar a corromper el paladar. Y si la juventud necesita burbujas para tragar, que recurra al ibérico y tradicional sifón.

 

El País, «Última», 5 de mayo de 1986, p. 40

 

•  •  •

 

Mucho más duele la derrota del Barça en la final de la Copa de Europa frente a un club sin ninguna tradición en Europa, el Steaua de Bucarest, al que el equipo catalán no fue capaz de marcarle un gol ni en la tanda de penaltis. Para más inri, la final se celebra en Sevilla, adonde acudieron miles de seguidores que regresaron desolados. A Vázquez Montalbán se le nota el dolor en el cuello rígido de la prosa.

2011

Cuando el Barça llegue a la próxima final de la Copa de Europa, es decir, en el año 2011, sería conveniente que los estrategas retuvieran las enseñanzas aportadas por esta final de 1986. Me he sentado ante la máquina de escribir con esta idea, pero inmediatamente descubro que no tengo otra. Mi cabeza está en blanco, ese color horroroso que a estas horas embadurna los forros cerebrales del barcelonismo universal, obligado a asumir una evidencia que ha gravitado sobre el equipo del Barça durante toda la temporada 1985-1986: el F.C. Barcelona es un equipo sin goleadores. Hace veinticinco años, la derrota frente al Benfica en otra final de la Copa de Europa sumió al club en una época de pesimismo histórico de la que no saldría hasta 1974, tras el fichaje de Cruyff. No fue entonces la ilusión de un día, pero sí la de una Liga, para penetrar de nuevo en otro largo limbo de segundones enriquecidos. El Barcelona ganó la Liga en 1985 gracias a la novedad de un esquema de juego que hoy en día practican en España hasta los equipos que descienden a Segunda División y ha mantenido el tipo durante la presente temporada gracias al pundonor de sus profesionales lugareños, empeñados en ocupar los inmensos vacíos dejados por el inapetente Schuster y el lesionadísimo Archibald. Segundo en la Liga. Finalista en la Copa del Rey. Finalista en la Copa de Europa. Demasiado, creo, para un equipo en el que sus máximos goleadores son un defensa, Alexanco, y un centrocampista que ha jugado toda la temporada con una pierna, medio cerebro y una cuarta parte del corazón. Hablo de Schuster.

Un hincha del Madrid dijo no hace mucho en mi presencia: «Vosotros, los del Barça, segundos y quejándoos, ése es vuestro signo». Profecía incompleta. El repetido segundón no tiene este año motivo para quejarse como no sea de sí mismo, de ese gigantismo aterrador que convierte las piernas de sus futbolistas en morcillas lentas en las ocasiones más definitivas. El Barça necesita cinco delanteros centro de esos que sólo conocen veinte metros cuadrados del universo, los veinte metros cuadrados del área pequeña, y se mueven allí como ugandeses ciegos en una noche de apagón. Y superar rápidamente la tentación de instalarse en el desastre hasta que dentro de veinticinco años las constelaciones y los dioses propicien otra oportunidad. Cantera, paracaidistas del gol y rebajar un poco la estatura de la exigencia social. Al fin y al cabo, esta temporada, a pesar de sus muchos pesares, no ha sido tan mala.

 

El País, «Última», 8 de mayo de 1986, p. 38

 

•  •  •

 

En una derrota de orden diferente, Felipe González renueva el 21 de junio la mayoría absoluta del PSOE en las Cortes. Tan sólo han pasado unos meses después del referéndum sobre la OTAN. González parece el rey Midas mientras se estrella la llamada «operación reformista» liderada por Miquel Roca.

TANGO

He pasado una noche de reflexión. Si no reflexionaba esa noche, ya no sé cuándo iba a reflexionar. ¿Qué detergente podía escoger? Ningún detergente lava más negro. Todos los detergentes lavan más blanco. Un detergente me iba a modernizar aún más de lo que estoy, otro me iba a ayudar a salir adelante, otro pretendía hacerme la colada de otra manera... Todos me prometían cosas obvias, pendientes exclusivamente del paso del tiempo, que es en definitiva quien moderniza, el que tira de ti hacia delante quieras o no quieras, el que te modifica. El mensaje hablado no contaba para nada. Ésta ha sido una batalla de imágenes, entre presentadores mejor o peor ajustados al papel, más o menos predeterminados. En cualquier país con tradición democrática hubieran quedado propuestas electorales concretas gravitando en los espacios calmos de la noche de reflexión. ¿Qué propuesta distinguía la oferta del centrismo socialista de la del centrismo fraguista, para no hablar ya de los centrismos propiamente dichos en el que destacaba, porque pretendía ser menos centrista, el centrismo de Suárez? Y entre la izquierda, ¿qué separaba programáticamente la izquierda unida de la izquierda desunida para impedir la unidad en toda España, y que además propició esa mesa para la desunión de los comunistas?

Sinceramente, en el momento de escribir creo que estas elecciones han sido una monstruosa conjura cínica que ha consagrado el peligroso divorcio entre lo que se dice y lo que se hace o entre lo que se hace y lo que se dice. Y lo subrayo porque hay clara constancia de que una sociedad superinformatizada no retiene en su memoria las promesas incumplidas, sean las promesas incumplidas de los detergentes o las margarinas de mesa, sean las promesas incumplidas de todos los centros habidos y por haber.

La comedia ha terminado. Hay que volver a empezar el duro ejercicio de limpiar las fachadas y recuperar el sentido de las palabras. Durante la jornada de reflexión, silencio en la noche, ya todo está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa.

Tango.

 

El País, «Última», 23 de junio de 1986, p. 68

 

•  •  •

 

Tras ocho años de profunda crisis, el PSUC encuentra una fórmula para reinventarse que Vázquez Montalbán aprueba. El partido pretende recuperar los seguidores y los votantes que lo abandonaron por los enfrentamientos personales e ideológicos que el periodista llamó la «autofagitación» del PSUC. Se vislumbra una oportunidad.

SOBRE «LA REFUNDACIÓN DEL PSUC»

Ávidos consumidores de frases rotundas que resumen, aunque siempre insuficientemente, todo un proceso de reflexión, los medios de comunicación van a acuñar «la refundación del PSUC» como el eslogan-resumen de la propuesta estratégica del nuevo secretario general, Rafael Ribó. La frase cobra especial sentido al final de un proceso de autodestrucción del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y en el mes de julio de 1986, cuando se está a punto de cantar «La Internacional» para celebrar el 50.º aniversario de la fundación del partido más importante a lo largo de la historia de la izquierda marxista catalana. El PSUC se formó el 23 de julio de 1936 como resultado de la fusión de distintas izquierdas, más o menos residuales: la Federación Catalana del PSOE y el pequeño partido comunista operante en Cataluña (el Partit Català Proletari), más la Unió Socialista y muchas individualidades que procedían del movimiento sindical ugetista y cenetista o de Esquerra Republicana. Aglutinado excepcionalmente por el clima de guerra y bajo la consigna del frentepopulismo para hacer frente al fascismo, el PSUC ha vivido una historia siempre anormal, que ha impedido su radical clarificación como proyecto político.

De aquella unidad frentepopulista fraguada en las horas difíciles del alzamiento fascista, poco quedó en los años cuarenta. Por un proceso de decantación, el PSUC se quedó principalmente con sus efectivos comunistas fraguados en las duras condiciones de la guerra y la primera posguerra civil, hasta que empezó a recibir dirigentes que provenían de la nueva vanguardia obrera, universitaria y profesional forjada en los años cincuenta y sesenta. Junto a comunistas de inspiración bolchevique, a marxistas nacionalistas identificables con la pasión y muerte de Comorera, el PSUC fue aglutinando un complejo humano pluricultural de resistentes que engrosaban sus filas reconociéndole su calidad de principal y más presente instrumento de lucha contra el franquismo en Cataluña. Autodefinido como partido nacional y de clase, el PSUC obvió una reflexión sobre qué quería decir lo uno y lo otro por separado y, sobre todo, qué quería decir lo uno y lo otro junto. Había otras urgencias y otros peligros más acuciantes que el de la confusión de las lenguas interiores y, además, los éxitos de penetración en el tejido social progresista, entre 1965 y 1975, parecían inutilizar un proceso de reflexión y discusión que fuera más allá de capitalizar los progresivos éxitos sociales.

 

 

UN CONJUNTO ABIGARRADO

 

Así se llega al momento de la legalización, en el que, dentro del PSUC, pululaban distintas culturas de izquierda, desde la estrictamente bolchevique hasta la estrictamente socialdemócrata, corregida por el desdén con que se contemplaba la ejecutoria socialdemócrata en la Europa de la guerra fría y en la España de los años cincuenta y sesenta. Nacionalcomunistas, socialdemócratas, bolcheviques, liberal-leninistas, marxistas austro-barcelonistas, luxemburguianos sin saberlo, centristas que despertaban asustados de un sueño de juguete lúdico con la épica y la estética revolucionaria... De todo había en la viña del Señor, sin decantación, sin conciencia del papel que cada cual desempeñaba en un ecosistema de convivencia estratégica que iba más allá de los límites de un partido de clase.

De este modo, la propia vanguardia de la sociedad catalana había estructurado un partido plural, al que le faltaba un debate en profundidad bajo una autoridad moral e intelectual que permitiera realizarlo sin dramatizaciones. Al contrario, la lucha por la hegemonía interior, bajo la coartada de la lucha por la homogeneización, sin el menor rigor intelectual, con veinte duros de ideología en cada ruleta, propició un aventurerismo autodestructor, activado entonces tanto desde dentro del propio PSUC como desde la suprema jefatura del PCE. El resultado ha sido la destrucción del tejido interior del partido, dividiéndolo en compartimentos ideológicos y en poderes fácticos; el amasamiento del tejido social exterior inmediato, en el que habitan simpatizantes y votantes condicionales; la pérdida de conexión con el tejido social de la Cataluña más avanzada, forzada si no a un voto útil, sí a un voto no inútil y a una disponibilidad social desencantada o pragmática.

El descalabro ha sido tan impresionante que posiblemente haya servido de lección a todos los aprendices de brujos, en un contexto de muchas izquierdas disgregadas que en lo posible han mantenido territorios de conciencia crítica. El PSUC ha perdido la inmensa credibilidad que tuvo en los años setenta y que le permitió ser, después del PCI, el partido comunista más votado en Europa. Pero no ha perdido un importante número de dirigentes aún con capacidad combativa, que están detrás no sólo de los procesos estrictos de partido, sino de los procesos sociales más avanzados. Ha aprendido la lección del aventurerismo y del empobrecimiento de un saber social real, del pragmatismo por el pragmatismo, del institucionalismo suicidamente opuesto a la presión social, del resistencialismo por el resistencialismo, de las catástrofes que se derivan de la conversión del partido intelectual orgánico colectivo en un idiota orgánico colectivo incapaz de metabolizar la realidad.

Sin embargo, la izquierda está viva, y aflora como puede, cuando puede y donde puede. Se expresa a través de movimientos sociales de viejo y nuevo tipo y de formaciones políticas de corte tradicional que tratan de defenderse de una moral residualista, en busca de un proyecto social e histórico más ambicioso. En este contexto, es posible plantearse la refundación del PSUC como resultado de un proceso de clarificación del para qué de una izquierda catalana, obligada a dar una alternativa real a las masas desde la especificidad de un proyecto nacional no desvinculado de un proyecto de Estado y de una implicación internacionalista. Nacido por un impulso frentepopulista amplia y profundamente sentido en la joven vanguardia popular de aquel julio de 1936, el PSUC conserva rasgos culturales como para la recomposición de su ecosistema interior, recuperar una unidad comunista desprovista de rémoras esencialistas, incorporar la visión crítica del nuevo desorden prometido por el capitalismo en su supuesta tercera fase, y aglutinar a todos los agredidos por ese nuevo desorden para configurar un nuevo sujeto histórico interesado en el cambio social real y posible.

Tan importante como recuperar la confianza en sí mismo, primera propuesta del nuevo secretario general, Rafael Ribó, es recuperar la confianza en la comunicación con la sociedad. Rearme de confianza, de saber, de disponibilidad histórica que debe obtenerse en contacto con la izquierda viva y lúcida allí donde esté. Salir del ensimismamiento para conectar con una conciencia crítica que ha proseguido su discurso, en ocasiones prescindiendo de aquellas formaciones políticas que parecían alimentarse a sí mismas por el procedimiento de la autofagia. Un ambicioso proyecto refundador, interior y exterior, que precisará paciencia y lucidez y un respaldo crítico, pero no escéptico ni hostigante, de ese inmenso partido de izquierdas sumergido, compuesto por todos los ex psuqueros, sin exclusiones.

Vals, pues, de aniversario y de refundación. Humildad y cansancio en este viejo cuerpo maltratado por la historia y por sí mismo. Quien más ha puesto, como siempre, más ha perdido. Comorera persiguió su destino de secretario de un partido tan de clase como nacional hasta la autoaniquilación en el penal de Burgos, más herido por las acusaciones de perro titoísta que por las acusaciones de la carnada policiaco-judicial del franquismo. Paco Frutos, que algún día se merecerá un homenaje por parte de ese PSUC refundado, intentó impedir la separación de los continentes y los contenidos, aplastado por toda clase de conspiraciones y de zancadillas internas y externas. Vivió una de las noches más tristes, de las muchas noches tristes, que ha tenido este partido dramático, noche personal y casi intransferible, noche que para él aún no ha pasado del todo y que ni siquiera fue comentada con tonos balsámicos por la prensa especializada. Al contrario, Paco Frutos tuvo siempre la poca y mala prensa que tienen los obreros.

Los otros secretarios generales ya tienen el retrato preparado y el comentario objetivo compuesto. Moix fue un secretario general de transición; López Raimundo fue creado de una costilla de Carrillo, pero acabó sabiendo dejar hacer, dejar pasar el gran PSUC de los años sesenta y setenta; Gutiérrez Díaz aún tiene el comentario por terminar, y no es el momento de ir más allá del punto y coma. Pero ante el anuncio de esa necesaria, oportuna, imprescindible refundación, yo he pensado en esos dos secretarios generales que más duramente dejaron de serlo.

 

El País, 13 de julio de 1986, p. 21

 

•  •  •

 

Acaba el año y se alborean nuevos tiempos. Algunas formas de comercio indican un nuevo proceso económico que con los años se llamará globalización; se conceden a Barcelona las Olimpíadas de 1992, un proceso que cambiará la fisonomía y la memoria de la ciudad. Y, por si fuera poco, Manuel Fraga deja el partido, la política capitalina, y se retira a gobernar Galicia a la espera de que el partido encuentre nuevos dirigentes. Se configuran los primeros indicios de los años noventa.

1992

Retengan esta fecha porque va a dar que hablar. Les supongo enterados de que en 1992 se cumplen cinco siglos del llamado «descubrimiento de América» y espero hayan sido informados de que los Juegos Olímpicos de 1992 se celebrarán en Barcelona, si la muerte no nos separa. Dos acontecimientos de campeonato, suficientes como para preocupar a muchas almas y muchos cuerpos, con los cerebros incluidos. Por si faltara algo, una altísima autoridad, altísima, ha recordado que en 1992 también se conmemora el quinto centenario de la unidad de España. Lagarto, lagarto, a 1992 le están saliendo demasiados festejos. ¿Por qué será? Lo del quinto centenario era inevitable. A lo hecho, pecho, y cinco siglos después hay que echarle cara al asunto o racionalidad histórica. Mucho me temo que se le va a echar más cara que racionalidad, entre otras cosas porque es más fácil repetir demagogia y lenguajes adquiridos que idear comportamientos nuevos y clarificadores. Lo de los Juegos Olímpicos en Barcelona es fruto de una iniciativa política que ha arraigado extraordinariamente en el pueblo catalán, acosado en los últimos años por una campaña sobre su supuesta decadencia, simbolizada en el hundimiento del Titanic barcelonés. Gracias a los Juegos Olímpicos los catalanes esperan situarse en posición emergente, que es lo que se lleva ahora en el argot sociológico.

Lo que nadie hasta ahora había planteado era lo del quinto centenario de la unidad de España, efeméride científicamente discutible. Salir ahora con lo de la celebración de la unidad de España en 1992 es salir por peteneras, tratando de echar agua estatalista al júbilo popular catalán, por si las moscas independentistas se ponen zumbonas. Es decir, que si la racionalidad no lo remedia, esos Juegos Olímpicos barceloneses de 1992 van a celebrarse vigilados por una pareja de la Guardia Civil: a la derecha la unidad de España y a la izquierda el quinto centenario del descubrimiento, con lo que no saldrían ganando ni las olimpiadas, ni el descubrimiento ni la unidad de España.

 

El País, «Última», 23 de octubre de 1986, p. 52

DE TODO

Hace años, no tantos años, se esperaban a veces las estaciones vinculadas a los frutos de la tierra: había un tiempo para los guisantes y otro para las berenjenas, un tiempo para las naranjas y otro para los melocotones de agua, un tiempo para las fresas y otro para los palosantos. En la primavera se ahorraba la cereza o el melocotón porque ya eran presentidos por el paladar ahíto de naranjas. Amelonado y bien amelonado el espíritu en agosto, pedía uva a gritos, y en general frutos de otoño e invierno, introvertidos y, por qué no decirlo, algo tristes. Nada queda de aquellos referentes frutales de antaño. El otro día, en un reputado supermercado, una aceitosa melancolía me entró por los ojos y se apoderó de mi cuerpo detenido ante alacenas refrigeradas repletas de todos los frutos de la tierra, aquí, ahora, siempre. Ahí estaban los melocotones de Calanda, lo único estacional, veranillo de San Martín de las frutas de oro. Pero junto a tan puntual fruta, ciruelas y mangos, cerezas de no sé dónde y kiwis galaico-neozelandeses, melones de riguroso agosto y uvas italianas sin pepitas y próximamente, ya lo verán, sin pellejo. Incluso las setas, antaño regidas por duras y a la vez caprichosas reglas de sol y lluvia, salen hoy de las granjas en formación de cadena de producción, como si fueran blandos tornillos de un sueño superrealista urdido a medias por Charlot y Walt Disney.

Tan melancólico quedé que, urgido mi intelecto a dedicar esta columna al dulce Barrionuevo, se ha interpuesto la añoranza no de aquellos tiempos en los que había poco y a veces, sino de los tiempos normales en los que la naturaleza paría con el culo al aire y no bajo paraguas de plástico.

No seré yo quien discuta la socialización proteínica del pollo cautivo y desarmado, pero sí discuto el insípido despilfarro que representa la desaparición de las frutas de temporada. De todo y siempre. El consumo nos mima y nos adormece. Tanto que me quedé dormido en el supermercado y mis ronquidos descongelaron las cuevas de Alí Babá.

 

El País, «Última», 30 de octubre de 1986, p. 52

EL FRAGAZO

Los programadores de la operación de acoso y derribo de Fraga Iribarne parecen haber cubierto el último objetivo propuesto: desanimar a Fraga hasta el punto de autocesarse. Don Manuel, como Carrillo en su día, no ha dimitido: se ha autocesado. Muchos de los que asisten al espectáculo de la crisis de la derecha piensan que ha de estar bien programada y que ahora los programadores se sacarán del sombrero una alternativa sesudamente estudiada. Puede ser, pero puede no ser. Hace pocos meses, importantes sectores del poder económico auspiciaron la operación Roca y pusieron en ella no sólo pasión política, sino también mucho dinero y prestigio personal. Entonces era de suponer que preclaros dirigentes de la banca y el empresariado impulsaban a Roca desde un conocimiento real de la disposición electoral, y era lógico pensar que antes de soltarse las melenas y los duros se habían documentado sobre las posibilidades de la operación. El resultado ya es sabido y merecería figurar en el capítulo de la guía Guinness dedicado a los fracasos políticos. Simplemente, habían apostado al caballo Roca por visceralidad o por lo que antes se llamaba «intuición femenina». Supongo que el acoso a Fraga habrá sido esta vez más científico y que en las próximas horas o días aparecerá el tapado de la potencial gran derecha española, que desde la muerte de Franco, paradójicamente, no ha dado una a derechas, salvo cuando ha aparecido disfrazada de centro. Puede haber sucedido que, cansado Fraga de oír el trajín de los peones camineros que le estaban cavando la fosa debajo de su despacho, se haya negado a darles cobertura estratégica. Al fin y al cabo el masoquismo siempre ha sido más virtud de izquierdas que de derechas y don Manuel se ha cansado de que le hicieran luz de gas. ¡Con lo a pecho que se ha tomado este hombre tanto la vida como la historia! Bastaba verle por las calles del País Vasco solicitando votos a pie, pidiendo prestada la calle que en otro tiempo fue tan suya. Como dijo Confucio, don Manuel, sic gloria transit mundi.

 

El País, «Última», 4 de diciembre de 1986, p. 60