Me quedé tan aturdida como el resto de esta ciudad al enterarme delsuicidio de Dwight Readon, desde hacía mucho tiempo columnista del Gazette y mentor ocasional. Aquellos de nosotros que conocíamos a Dwight conocíamos lo buenosu resonante risa, su visión cínica en política local que enmascaraba un corazón grande y compasivo, su sereno estímulo de los eporteros jóvenesy lo malo, saber que durante años padecía el Desorden Afectivo Estacional. En los días oscuros llegaba con el ceño fruncido, quejándose de dolor de cabeza y contándole a cualquiera que se acercara a su escritorio lo deprimido que estaba. En los días especialmente tristes, perdía la fecha tope. Nuestro error fue no haber tomado sus palabras y síntomas suficientemente en serio. El Desorden Afectivo Estacional es un tipo de depresión provocado por el cambio de estaciones. Se cree que está relacionado con la disminución de exposición a la luz del sol cuando los días se acortan con el frío. Los que trabajamos en Boston sabemos que no es raro llegar a la oficina en la oscuridad de mañana para salir en la oscuridad de la tarde. Cuando enero se prolonga lúgubremente, animo a cualquiera de ustedes que piense pueda padecer de DAE que consiga ayuda. Me gustaría haber tenido el sentido común de ayudar a Dwight. Le extraño. Esta ciudad sin sus palabras es un lugar más triste.

—de Mi Vida, de Lauren Fernández

lauren

el edificio del Boston Gazette, construido en los años sesenta, parecep una enorme y fea escuela pública. Por sus pasillos circulan, en un - constante ir y venir, damas fornidas con redecilla, como ecos de otras épocas. Ladrillos rojos, ventanas de cristal verde, un césped tentador si no fuera por el letrero de «Prohibido pisar el césped». Bueno, ya me callo.

Bordeando uno de los lados de la inmensa estructura, se alinean camiones naranja chillón. En la parte trasera del edificio, destinada a carga y descarga, los del sindicato se sientan a leer el Herald, a pesar de que trabajan para el Gazette. En esta ciudad los periódicos son un espejo de los conflictos de clase generalizados. A la gente del sindicato le gusta el Herald porque es un periódico para la clase obrera, un periódico popular lleno de fotos grandes y nada de esas bobadas sobre el multiculturalismo. Vienen a trabajar con el Herald debajo de sus musculosos brazos, y los dejan por allí a la vista para que nosotros los periodistas los veamos cuando nos apresuramos a entrar en el edificio huyendo del viento y de la nieve.

Mack O’Malley es el único escritor del Gazette que los cargadores respetan. El periódico solía imprimir las catilinarias de Derechas de O’Malley sobre cosas como que las mujeres no deberían trabajar y qué debemos hacer con la política a favor de las minorías, hasta que una revista de verificación de datos de McCaWs averiguó que O’Malley se inventaba la mayor parte de las personas y hechos que aparecían en sus columnas. No me sorprendió. Durante mi primera semana de trabajo un viejo amigo y colega suyo, el columnista de deportes Will Harrigan, me llevó aparte para decirme con una voz gruñona que apestaba a alcohol:—Mira, niña, te voy a dar tres consejos sobre este trabajo. El primero, que O’Malley se inventa toda su mierda. El segundo, que Dwyer (el jefe de redacción) es retrasado mental. Tercero, no te pongas faldas tan cortas, que me pones nervioso.

Después de mucho pose, O’Malley fue despedido pero terminó ganando todavía más dinero escribiendo la misma porquería para un periódico de Nueva York donde la exactitud brilla por su ausencia. La última vez que supe de él, tenía su propio programa y, además, una red de noticias por cable.

Por dentro, el edificio del Gazette es inhóspito. A lo largo de los largos pasillos de losa gris iluminados por una luz fluorescente que parece sufrir calambres nerviosos, retumba el eco de las pisadas. No ha entrado aire fresco en este edificio en décadas, desde que aquel grupo de gente de Southie que se oponían a los trayectos forzados en autobús vinieron con sus caras coloradas y hoscas a tirar un cóctel molotov por la ventana principal. Cuando al final de la tarde al periódico le entran escalofríos, el edificio entero tiembla. En las mesas de despacho de aquellos que se sientan bajo los respiraderos hay mon-toncitos hechos de una sustancia negra que parece ceniza. Te dirán que es polvo pero todo el mundo sabe que es tinta.

Sólo en las oficinas de los editores hay ventanas. Son las únicas que hay. En mi sección, la de artículos de fondo, no hay ventanas ni las habrá nunca. Nuestra luz proviene de bombillas alargadas y blancas que parecen fémures humanos. En su día, la moqueta era de color morado pero se ha ido aclarando y ahora presenta el típico color espumoso de los jeans. No estoy muy segura de cómo ocurrió.

A pesar de todo esto, me encanta mi despacho. Lo he cubierto con telas mexicanas y rosarios de santería para asustar a todo el mundo. Es como una inmensa tarta de boda plantada en medio de la sala de redacción que comparto con unos cuarenta periodistas y editores. Me gusta pensar que les pone nerviosos y que los llena de celos y terror. La Virgen de Guadalupe se alza firme sobre mi computadora terminal con las manillas de latón de un reloj roto asomando por el ombligo. En el cajón de mi mesa guardo una botella de aceite Boss Be Fixed que encontré en una botánica de Chelsea y compré por dos dólares cuando escribí un artículo de fondo sobre la religión palo mayombe antes de conseguir mi propia columna y que me costó mucho colocar. De hecho me costó dos semanas convencer al editor para que me lo permitiese. ¿Palo quién? ¿Es eso vudú? Si se trata de una adoración a Satanás, nuestros lectores no lo van a entender. Nuestra onda aquí es muy patriótica, muy cristiana, ha gente va a cancelar. Hay una marcha para un par de santos en el North End en alguna parte, ¿por qué no vas a cubrir eso? Eres capaz de entender italiano, ¿no? Toma, aquí tienes veinte dólares. Tráeme unos hiscotti, y que sean de almendra.

Pegué dos judías rojas secas en el auricular de mi teléfono y una muñeca Barbie pelada al rape y con pintura de guerra sobre la cara. Sobre el ancho tabique que me separa de los escandalosos chicos de la sección de deportes— que se distinguen por su afición a tirarse pedos—he pegado las fotos obligatorias de Ed y yo con nuestras sonrisas tontas y felices. Cerca de las fotos hay una lista de todos los líderes de negocios latinos en la zona de Boston, hombres (sí, todos son hombres) que, hasta que empecé a trabajar en el Gazette, habían concentrado sus esfuerzos sólo en los medios de comunicación en español, convencidos de que al Gazette no le importaba lo que tramaban. Tenían razón. Pero ahora que estoy yo aquí, el Gazette tiene que fingir algo. Y lo mismo me pasa a mí.

Debido a esta gran farsa que yo llamo una carrera, me estoy preparando para afrontar la reunión que estoy a punto de tener con el imbécil de mi editor, Chuck Spring. Intentaré convencerle de que apruebe una columna sobre la enemistad que existe entre dominicanos y puertorriqueños.

Ha pasado menos de un minuto desde la última vez que presioné el botón que hace aparecer la ventana de mensajes pendientes en la pantalla de mi ordenador. Venía escrito, «Ven». Eso es lo que Chuck escribe cuando quiere hablar conmigo sobre una idea para un artículo. O al menos eso es lo que nos escribe a mí y a Iris, la otra columnista de «Estilos de Vida». Cuando escribe a Jake o a Bob, les envía unas palabras más amistosas. Esto es así porque Jake es un hombre, se graduó en Harvard—la universidad donde se graduó Chuck—y es socio del mismo club privado. Para aquellos que no estén familiarizados con estos clubes privados, permítanme recordarles que fueron juzgados ilegales por la universidad porque se negaban a aceptar mujeres. En algunos casos, ni siquiera dejan que las mujeres se queden en la puerta principal de sus edificios a no ser que estén discretamente escondidas en un enorme pastel. A pesar de todo, estos clubes siguen reuniéndose, aunque se han desplazado varias manzanas con respecto a las universidades para evitar ser vigilados. Chuck sigue vistiendo su camisa secreta abotonada de color rosa a juego con su corbata secreta a rayas los días que, después del trabajo, tiene una reunión secreta en su club. Todos se ponen ese uniforme. Son los colores de la pandilla.

Chuck es percibido por sus colegas en el Gazette como un hombre con el nivel intelectual de un hámster recién nacido. Pero tiene buenos contactos, así que nadie que aprecie su carrera se queja. Es el ahijado del dueño del periódico. Proviene de una vieja familia de Nueva Inglaterra del tipo de las que va al Vineyard con el fin de variar un poco y escapar del tedioso Nantucket. En mi opinión, y por lo poco que he podido deducir de nuestras conversaciones en este par de años, ésta es sólo una manera elegante de decir que el hombre es innato; es decir, que viene de una familia que por generaciones vienen casándose entre sí. De hecho, en las fotos de su familia que tiene en el despacho puede advertirse que todos se parecen a él, incluso su mujer. Cabezas cuadradas, ojos pequeños y brillantes, el pelo de un color que no es realmente un color, cuerpos flacos enfundados en camisas abotonadas y chaquetas de punto. Una vez me asignó, sin una pizca de humor, que escribiera un artículo sobre los emigrantes mexicanos que había visto encorvados trabajando en las plantaciones de tabaco de camino a los Berkshires. Sí, hay plantaciones de tabaco en medio de Massachusetts.

—Fernández, quiero que vayas allí, que vivas su vida, que te enteres de lo que les motiva, lo que les fastidia. Averigua cuáles son las canciones que cantan por la noche alrededor del fuego del campamento.

Me atrevo a decir que esperaba que esos hombres maltrechos de Zacatecas se dieran la mano después de un largo y matador día de trabajo y cantaran «Cumbayá», al igual que él solía hacer cuando era un joven prometedor y bien educado en un campamento de verano protestante.

Cuando me presento en su oficina, Chuck está recostado sobre su silla con los pies sobre la mesa del despacho y con el teléfono pegado a la oreja. Sus medias no pegan porque es daltoniano. Sus mocasines llevan unos centavos de adorno. Se está riendo de una manera nerviosa y pazguata porque así es como siempre se ríe, como un niño de seis años que acaba de meter algo viscoso en el cartón de leche de su amigo. Resopla, resopla. Rebuzna, rebuzna.

Me concentro en un porta CD colocado al lado de la puerta. El Boston Pops aparece más de una vez. Chuck me dijo en una ocasión, con toda seriedad, que Keith Lockhart, el director del Boston Pops, era la figura más célebre en la ciudad. Le sonreí y asentí con la cabeza porque recordarle a todos los atletas y músicos pop me parecía una pérdida de tiempo. No lo habría comprendido. Cuando Kurt Cobain se embutió un rifle en la boca y disparó, Chuck le preguntó a uno que quién era ése que aparecía en un artículo del Washington Post. Cada vez que aparece una nueva becaria, Chuck intenta reclutarla para que cubra una historia que no existe, la de un grupo de jóvenes mujeres llamadas, según Chuck, las «LHG», o «Lesbianas Hasta la Graduación». A Chuck se le humedece la ropa interior sólo de pensarlo así que no puede darse por vencido y olvidarla. Es una historia que vio una vez en la revista Details y por lo tanto cree que es verdad, a pesar de que cada periodista que ha ido a cubrirla para él ha vuelto con las manos vacías: no existe ninguna organización con ese nombre.

No fue hasta que Keith Lockhart (quin, por cierto, se parece bastante a Chuck Spring y a su mujer) se puso un par de pantalones de cuero en la portada de su álbum latino lanzado un poco tarde, que Chuck averiguó quien era Ricky Martín. Ahora se pasa el día, con un poco de retraso, cantando «Livin’ la Vida Loca», sólo que no puede pronunciar ni «vida» ni «loca», y acaba cantándonos «Livin’ Evita Locua».

Chuck ha dejado de reírse y repite sin parar «uh, uh», cabeceando furiosamente, aunque nadie, exceptuándome a mí puede verlo, e intento por todos los medios de no hacerlo porque no es un plato de gusto.

Me doy la vuelta dudando si me quedo o me largo y me separo de la puerta unos pasos. Examino el fax de fuera. Saludo a la secretaria. Me chupo el labio superior. Silbo.

Miro a la mesa donde están sentados los estudiantes de la cooperativa de Emerson College y de Northeastern University. Se supone que están ordenando el correo y haciendo transcripciones, pero parece que la mayoría están haciendo llamadas telefónicas personales de larga distancia con cargo a los diez centavos sin límites del Gazette. La chica con el piercing en la nariz y la falda larga grita al teléfono y repite la misma cosa sin parar. Me hace una señal para que me acerque. Le hago el favor porque no hay más que hacer. Chuck, entretanto, ha empezado de nuevo a reírse resoplando. Sus saltarinas piernas parecen pequeñas bandas de goma.

—-Usted es Nicole García, ¿verdad?—inquiere la estudiante.

—No, soy Lauren Fernández—contesto.

Es la millonésima vez que alguien en el edificio me confunde con la única otra hispana que trabaja aquí, una mujer hispana gorda, escritora culinaria, de mediana edad que sólo se persona por las noches para garabatear sobre el bróculi rabee y las nueces, dejando un rastro de restos de papas fritas gourmet cuando sale hasta el parqueo.

—Lo siento—dice la estudiante ruborizándose—. Pero habla español, ¿no es cierto?—indaga.

Asiento pero me siento un poco culpable. Aunque no es exactamente una mentira, ¿verdad?

Agarro el auricular y cuando me lo acerco al oído escucho el sonido exterior de bocinas de automóviles.

¡Boston Gazettel—grito.

—Ah, sí, por favor Lauren Fernández.

—Sí, soy yo—contesto, informándole que ha encontrado a la mujer que busca.

Décimo grado, el señor James, español nivel dos, planta baja, Escuela Benjamín franklin, calle Carrollton, cerca del arco giro a Saint Charles. Yo soy, tú eres, él es, ella es, nosotros somos, ellos son. Caminando a Burger King después del colegio con Benji y Sandi para comprar papas fritas, tomando el tranvía al almacén de Esprit, gastando todos nuestros sueldos de cangura en monederos de plástico y zapatos de lona. Caminando a Jax y comprando dulce de chocolate, mirando el río, coqueteando con los muchachos criollos en camisetas de rugby porque son guapísimos. Yo soy, tú eres, él es… cuál era la otra, ¿Vosotros? ¿Hay alguien que todavía use esa palabra?

La persona al otro lado de la línea me empieza a gritar en español a toda velocidad. No le entiendo bien pero me da la impresión que no le gustó un artículo que escribí sobre la conducta sexista durante el Desfile Puertorriqueño.

—Escriba una carta al editor—le informo.

Miro a mi alrededor, y allí está Chuck. Ha colgado el teléfono y le molesta que no esté sentada en la silla enfrente de su escritorio, esperando sus eruditos consejps sobre el mundo del periodismo.

Se desplaza vestido con pantalones caquis y tirantes a la entrada de su oficina. Tirantes, señoras y señores. Hace un entrecortado y nervioso movimiento para darme a entender que no debería estar al teléfono en el escritorio de la cooperativa.

—Enseguida voy—digo, sonriente, y me disculpo a la persona que llamó y cuelgo.

Devuelvo el aparato a la atónita estudiante y me acerco a Chuck que me saluda embutiendo sus ocupadas manos en el fondo de los bolsillos y dando saltitos con las bolas del pie.

—¿Qué diablos estabas haciendo allí? ¿Estás hablando con Castro?

Debería reírme, pero no lo hago. Antes intentaba reírme de los chistes de Chuck, pero siempre sonaba forzada y me miraba como dolido. Al fin dejé de intentarlo, en parte porque no merecía la pena que me salieran patas de gallo.

—Siéntate, dice.

Entre mi asiento y su amplio escritorio hay una mesa de centro abarrotada con revistas de moda. En una esquina hay un New York Times y en la otra el Washington Post. Éste es el gran secreto de los directores de redacción de los rotativos de segunda categoría para cubrir las tendencias: lea otros periódicos y revistas y si dicen que está de «moda», está de moda. Y debe usar esa expresión precisa: «de moda».

Distingo que en el escritorio de Chuck debajo de un montón de papeles hay una revista Playboy. En realidad hay varios ejemplares. Varios ejemplares de Playboy. Con los lados húmedos y ondulados como si hubieran estado sumergidos en … no quiero ni imaginármelo.

—Ah, Chuck—digo, mirándolo fijamente y apuntando.

Se pone todavía más nervioso que antes, se ríe y revuelve las cosas por su escritorio con manos frenéticas.

—Oh, eso. Restos de la historia que escribió Bob sobre ese burdo luchador de Framingham que apareció en Playboy. Eso no es nada. Los otros, esos eran de la historia que escribió Jake sobre la aparición de Nancy Sinatra en Playboy. Ya sabes. Restos. Tenía curiosidad después de leer la historia. Quiero decir, ¿crees que esas fotos son de verdad? ¿Una señora a su edad? Es decir, Dios mío. ¡Probablemente sea mayor que mi mujer!

Cruzo las piernas y sueño despierta con todas las suaves cosas expuestas en los escaparates de Kenneth Cole. Junto los dedos y noto que me han crecido las puntas de las uñas y que las tengo feas y resquebrajadas. Nota propia: cita con la manicura. Aspiro profundamente, me alzo en la silla, intento aparentar natural.

¿Y, cómo está usted? ¿Contenta?—pregunta.

No es tanto una pregunta como una orden. Mejor que esté contenta. En el mundo de Chuck todos están contentos. Sonría a pesar de los golpes bajos de la vida, beba champán, y maneje un automóvil extranjero.

Chuck asiente y dice que eso es bueno. Nos miramos fijamente un instante sin nada que decir. Entonces vuelve a poner los mocasines sobre la mesa del despacho y se coloca las manos detrás de la cabeza. A pesar de sus patas de gallo tiene un aspecto como si acabara de salir de un club de tenis cualquiera.

—Necesito preguntarle algo—dice.

Es el preludio habitual a los azotes psicológicos y espirituales que me dan con regularidad en este lugar. Me empieza a doler el cuello. Después la cabeza. Después el ojo izquierdo.

Sigue:—He recibido muchas cartas y llamadas telefónicas sobre el último artículo que escribió, el de su amiga el músico y los indios y el genocidio y todas … esas cosas.

-¿Y?

—Quiero hablarle como un amigo, no como su jefe de redacción.

Uh oh.

—Escribe bien, tiene garra. Por eso está aquí.

—¿Pero … ?

—Pero a veces pienso que sus opiniones son un poco fuertes e interfieren con lo que quiere decir.

—Oh.

—No creo que lo que aconteció en Nueva Inglaterra o en México sea verdaderamente un genocidio. El holocausto en Alemania fue un genocidio. Pero murieron muchos indios porque no tenían defensas contra las enfermedades del hombre blanco. No fue intencional.

Reflexiono en contestar, pero decido en contra. Sonríe, sonríe, sonríe.

—Pone a la gente a la defensiva atacándola a todas horas. Da la impresión de ser demasiado dogmática.

—Soy articulista. Se supone que sea dogmática.

—Seguro, pero mina sus argumentos por ser tan … combativa.

Soy cubana, de clase baja, y oriunda de una casa móvil ¿Qué pretende de mí?

—Lo entiendo. No volverá a suceder.

—Todos opinan que está demasiado resentida. Sienten como si les quisiera predicar a todas horas.

—De acuerdo, bien, gracias por decírmelo—digo con una sonrisa forzada—. Lo tendré presente.

Zapatos nuevos. Cubrecama nueva. Respira.

—Sería una buena idea que pidiera la opinión de otros antes de proseguir con una idea. Estábamos hablando en la reunión de esta mañana sobre esto, y la mayoría de los editores piensan que sería una buena idea que se centrara más en su vida y menos en la política e historia y esa clase de cosa. Nadie aquí quiere verle autodestruir.

¿Esa clase de cosa? Asiento:—Tomo nota. Se lo agradezco.

—Bueno. Usted sabe, los artículos que la gente prefiere son del tipo de oye, amigas.

Intenta dar un chasquido con los dedos delante de su cara como un personaje negro de una comedia televisiva en el canal WB.

—¿Algo más?

—Sólo un par de cosas: ¿Está usted de acuerdo con todo esto? Parece que está disgustada.

—Estoy bien. De verdad. Lo estoy.

—¿Estamos en la misma onda?

—Absolutamente.

—Bueno. Dígame, ¿ha conocida a la nueva redactora de la sección de salud y ciencia?

Asiento. Sé a quién se refiere. Esa editora negra es lo que quiere decir. Esa redactora negra y hembra. Asume que tendremos mucho en común.

—¿Ha visto el automóvil que maneja?—pregunta en susurros.

Se coloca una mano al lado de la boca como hacen cuando susurran en los dibujos animados.

Efectivamente, he visto su automóvil. Es un Mercedes verde. También sabe vestir y a veces lleva hasta sombreros. Es de Atlanta.

—¿Cómo cree usted que una mujer así se puede permitir el lujo de ese automóvil?—pregunta cuchicheando.

Chuck se percata de mi expresión corporal o quizá facial, y se retracta, un poco:—No estoy diciendo, quiero decir, usted sabe, esas personas tienen el mismo derecho que cualquiera a comprarse el mejor automóvil que quieran—

Claro—digo.

Chuck cambia de tema.

—Y dígame sobre esta cosa de Dominico—dice.

Hojea una Vanity Fair mientras habla. Su expresión corporal me indica que no está interesado lo más mínimo. Está interesado en implantes de pecho, escándalos del sexo y, bien, eso es todo.

—Bien, este es el trato—empiezo.

Coloco una mano en cada uno de los brazos de sillón, y es un gesto consciente porque mi inclinación en todas estas reuniones es enrollarme como una pelota y esconderme. Le explico el problema: Los puertorriqueños y dominicanos tienen mucho en común. Ambos son del Caribe y de tierras hispanohablantes, tienen comidas similares, y muchos valores comunes. Pero hay esto: un odio casi balcánico que sienten mutuamente.

—Sí. Son del mismo tipo de país. ¿Y por qué será que se odian?

Hago una pausa. ¿Me atrevo a corregirlo? Debería. Hacerlo.

—Puerto Rico no es un país.

Sonrío, intentando no parecer «combativa».

Pone los ojos en blanco y asiente rápidamente, como si no tuviera tiempo para molestarse con pequeños detalles, hojea más rápidamente la revista.

—Usted sabe lo que quiero decir. Está entrando de nuevo en terreno político. No queremos eso.

—Lo sé, lo sé, pero ésa es una gran parte de la razón por la que se odian. Los dos grupos están en Boston en grandes cantidades, luchando en muchos casos por los mismos trabajos mal pagados, viviendo en los mismos barrios. Porque son americanos de nacimiento, los puertorriqueños consiguen ayuda gubernamental, los dominicanos no. Los dominicanos tienen problemas de inmigración legal, los puertorriqueños no los tienen.

Me mira, desconcertado:—¿Por qué los puertorriqueños no tienen problemas de inmigración?

—¿Habla en serio?—pregunto.

—Fernández, esto es a lo que me refiero. Prosigue estas líneas de pensamiento raras que sólo tienen sentido para usted.

—Chuck, porque son americanos de nacimiento. Puerto Rico es territorio americano.

Pienso: ¿No enseñan eso en Harvard?

—O sea, ¿que pueden venir aquí sin más? No puede ser así, ¿verdad?

—Nacen aquí. No vienen de cualquier parte. Eso es el significado de territorio. Son tan americanos como usted, con la excepción que no los permitimos votar en las elecciones presidenciales si no viven en los Estados Unidos continental.

—Oh. ¿Realmente? Eso no puede ser.

—Es verdad.

No suspires, Lauren, no pongas los ojos en blanco. Sonríe, hermana, sonríe.

Se encoge de hombros como si todavía no me creyera, y dice:—Sigue. Pero le diré ahora mismo que sigo pensando que no es lo bastante personal. Quiero personas en tus artículos, de carne y hueso con las que la gente se pueda relacionar.

—De acuerdo. Así que los dominicanos tienen sus estereotipos sobre los puertorriqueños, como que son perezosos o las mujeres demasiado independientes, y viceversa. Los puertorriqueños tienen sus estereotipos de los dominicanos que son todos narcotraficantes o demasiado machistas.

Chuck cabecea furiosamente de su forma un tanto distorsionada esperando que termine. Me pregunto cómo sería tener un editor que realmente, al verme, no empieza a silbar el jingle del anuncio del restaurante ChiChi’s.

Hago un esfuerzo para explicarle todo.

Chuck pone cara de «acabo de oler un pedo y yo soy un niño pequeño». Esto es demasiado complicado para él. No le gusta la idea.

—-No pienso que para el lector medio haya diferencia entre dominicanos o puertorriqueños. Lauren, si no consiguen entender lo que está diciendo en el primer párrafo, no van a seguir leyendo. Esto es un periódico, no un libro del texto. Deles chicas reales con problemas reales. Esta es «Estilos de Vida», y no «Metropolitana».

—Los puertorriqueños y dominicanos lo entenderán—digo—. Si a usted le preocupa. Si a este periódico le preocupa.

¿Por qué dijiste eso? Lamen mala, Lauren combativa. Palmada, palmada.

—No empiece con eso de nuevo. Ya hemos hablamos sobre esto. Su columna debe ser divertido, ligero, accesible. Significa el contrapeso a todo el material triste en el resto del periódico/Nada de política. ¿De acuerdo?

—Seguro, de acuerdo.

Una estudiante asoma su cabeza por la puerta y le dice a Chuck que su esposa está en la línea cuatro. En un sólo gesto alza el teléfono, aprieta la línea cuatro, y continúa hablando conmigo, ondeando una mano sobre como si estuviera dirigiendo una sinfonía:—Algo ligero, algo divertido. Usted sabe, «adelante, chica, descarada». Entretenido. Hola cariño.

Gira su silla hasta me da la espalda. Y con eso, me despide.