Agnes se acostumbró a vivir sola, tranquila, sin temor alguno. Estaba pisando los cuarenta y cinco, lo que la hacía detenerse para echar un vistazo hacia atrás. Se daba cuenta que la vida le había pasado por encima.
Qué lejos había quedado su pueblo, sus costumbres, pero muy cerca los sentía en las cartas que por años no habían dejado de llegar. Ella había sido el enlace entre los dos mundos. Cada sobrino que nacía, cada hecho importante, Agnes lo comunicaba con fotos y escritos, pero lo que más le dolía era que sus sobrinos, los hijos de Rino y los de Félix no conocieran a su nonna, a sus tías, y que aquel mundo les resultase extraño, lejano, como un cuento escapado de algún viejo libro. Estos niños habían correteado por su casa invadiéndola de risas, murmullos, travesuras. Eran los hijos que echaba en falta, si bien a la hora de cambiar pañales donaba con placer la tarea a las que los habían engendrado.
Agnes en su diario ajetreo, había probado mantener las costumbres vivas, pero la sociedad cambiaba a pasos agigantados y su mundo parecía arcaico, fuera de lugar.
Durante los primeros años, participó de las reuniones del círculo italiano donde se cantaba, se bailaba, y donde cada uno podía expresarse en su propio dialecto. Su hermano Rino, la acompañó algunas veces. Ella se eludía que podrían construir aquella relación fraternal que había quedado atrás. Este, sin muchos preámbulos, fue dos veces, decidiendo de golpe y porrazo, que esa vida no le pertenecía más, su mundo era su propia familia, no la colectividad italiana. Agnes le imponía que la acompañara sin miramientos y sin mujer a la carga, era algo solamente de ellos y de su comunidad, por lo que para ella fue como una nueva traición.
Recordaba con orgullo el nacimiento de unas de las hijas de Rino. Nino, el gestor del hotel Sorrento, con su viejo Chevrolet del 1938, era el tácito encargado de llevar a las parturientas hacia la clínica.
Aquel día, mientras Nino conducía por la Avenida Rafael Nuñez transportando a la recién nacida, las banderas argentinas e italianas flameaban dándole la bienvenida. Así le contarían a la niña por años, cuando la verdad era, que el presidente italiano Giovanni Gronchi, por esos días, visitaba Córdoba y las banderas flameaban por él.
En el círculo se murmuraba que había llegado para calmar los ánimos entre fascistas y no fascistas emigrados.
Agnes tuvo que acostumbrarse en estos años, a los caprichos de la moda, que cambiaban rápidamente. Se adaptó como pudo, modificando su máquina de tejer, dando rienda suelta a su imaginación con la ayuda de la revista “Burda punto”, donde patrones y moldes hacían fácil la vida de las costureras.
Ojalá hubiera podido acomodar su vida tan fácilmente como lo hacía con las clientas y los tejidos.
El dolor que probó el día en que llegó la carta de su hermano Cesare, comunicándole la enfermedad de su madre, no la abandonaría. Noticias que no habría querido recibir pero que antes o después se habrían materializado en su vida. Su madre tenía un tumor.
Aquella mañana, acababa de leer las sutiles hojas transparentes con la brutal noticia, cuando entró en su pequeño taller el padre Raf.
Los curas y monjas que ocupaban las antiguas quintas de Villa Rivera Indarte, pasaban a menudo por su casa, situada al lado de la estafeta postal que atendía su cuñada, la esposa de Rino.
Ante la moda que proponía el vaquero, la minifalda, los pantalones patas de elefante, ella pudo mantenerse una clientela clásica gracias a la moda eclesiástica.
Mientras les tomaba medidas o entregaba los pedidos, les ofrecía un cafecito o uvas con grappa, que la mayoría aceptaba con agradecimiento.
Con padre Raf, había mantenido desde el primer momento gran comprensión y compatibilidad de ideas.
Era un hombre atractivo, seguro de sí mismo, que percibía de inmediato la adoración que las mujeres sentían por él. Consciente de esto, gozaba del carisma que le daba poder supremo y se aprovechaba de la túnica que rara veces usaba para poner las distancias necesarias cuando le era útil.
Padre Raf la acompañó al Hotel Sorrento, desde allí podría llamar a Italia. Atravesaron el portón de entrada. Caminaron en silencio por la calle de pedruscos, bordeada por un espeso cañaveral que se alargaba hacia el fondo, otorgando a la vista una abstracción lineal.
Siguieron, indiferentes a los turistas que descendían del tren en el apeadero Tristán Narvaja. El único rumor, el de sus pisadas, que penetraban firmes en el terreno, y el del galopo de su corazón.
Entraron en la recepción donde Nino les ofreció un vermouth. A la derecha del mostrador, uno de los pocos teléfonos de la zona. Con las manos trémulas, Agnes intentó dar vuelta a la manivela, pero no pudo. Con ternura, padre Raf apoyó su mano encima de la suya, y con movimiento firme y decidido dio tres vueltas. Agnes descolgó el tubo, una voz de mujer desde la conmutadora telefónica inquirió
—¿Número?
—Quisiera una llamada para Italia ¿qué demora hay? — preguntó Agnes balbuceando.
—Ocho horas, señorita. ¿confirma la llamada?
—Sí, gracias.
—Cuelgue y le llamaremos.
Padre Raf se entretuvo con Nino en tertulia animada. Las maravillosas fotos que él, durante sus años de militar en Parma había sacado, impresionaron al padre. Con su máquina fotográfica había sido testigo de los albores de la aeronáutica italiana en los años treinta.
Mientras tanto Agnes recorrió el comedor, con la mente en tumulto. Sintió pena por sí misma, una niña perdida en el tiempo convertida en una mujer, agotada por las emociones de las últimas horas.
Los manteles blancos con sus copas preparadas para el almuerzo le recordaron la nave. ¿Tendría que volver a tomarla para dar el último saludo a su madre?
Al final de la sala, el reloj cu-cu tocaba las 11.
A través de las cortinas de terciopelo rojo, se asomaba el gran piano de cola. Josefina, con su grácil figura, de carácter sencillo y afable, ensimismada, creaba melodías que invadían el ambiente.
Nino y padre Raf, se dirigieron escaleras abajo hacia la bodega.
Agnes recorrió el pasillo por donde se asomaban las habitaciones de los huéspedes. La gran jaula de hierro y piedra se imponía en el patio. Los zorzales inquietos por la extraña presencia controlaban sus pasos.
Llegó a la enorme cocina que lanzaba bocanadas de fuego. Un cocinero alto y robusto, se empecinaba en echar leña a las cocinas que se revelaban en chisporroteos.
Ollas por doquier, gente que entraba y salía. Cajas de carnes y verduras le pasaban, rozándola.
Olores y rumores se enredaban abriendo la danza de los sentidos.
Tan absorta estaba que no se percató que el padre Raf estaba muy cerca de ella. Al oido le susurró:
—Mejor que nos vayamos Agnes. Le conviene venir más tarde, no resolverá nada con quedarse aquí. ¿No le parece?
—Sí, creo que va a ser mejor que vuelva luego.
Bien sabía Agnes que las llamadas al extranjero eran eternas, luego, una vez establecida la conexión, tendría que esperar que, desde la hostería del pueblo, fueran a buscar a su hermano. Esperaba solamente que la diferencia horaria no complicara las cosas.
Aquel momento de gran compasión y afecto para Agnes significó mucho. Ni siquiera sus hermanos la habían acompañado, dejándole, como siempre, la faena a ella.
Debió sacar fuerzas de lo más profundo para no colgarse de su cuello, ebria de gratitud, pero su sentido del decoro y del pecado machacado desde la infancia, la paralizó.
Viajó Agnes a Italia. Luigia desde su cama invadida por una enfermedad destructiva, la esperó. Le apretó la mano, le esbozó una última sonrisa y se dejó morir.
Pudo Agnes descubrir que la despedida era un adiós desgarrador, pero que inexplicablemente le aliviaba el alma. El volver le había dado aquella paz necesaria para acallar esa contradicción entre arraigo y desarraigo que le gritaba desde las entrañas.
Al regresar a Argentina con el alma en remanso, se encontró con padre Raf, su personalidad avasalladora la sedujo de inmediato.
Ambos se resistían a la evidencia, pero cada gesto desencadenaba profundos sentimientos que enlazaban.
Él encontraba excusas para ir al correo, y ella para ir a novenas, o cantos de alabanza.
Cuando aparecía, se le ofuscaba la mente y el cuerpo permanecía en ascuas.
El, por su lado, como distraído, miraba hacia el cielo. Gesto que implicaba tumulto interior.
—¡Aquí me tienes Inesita! —exclamó pletórico, empujando el portoncito, mientras Agnes trabajaba en su huerto.
—Padre Raf, qué gusto verte, te pensaba en Buenos Aires — exclamó Agnes, presumiendo indiferencia.
—Sabés que no puedo estar sin tu grappita —expresó.
—Entonces voy poniendo la cafetera —le respondió esbozando una sonrisa.
Los momentos que vivía el país no eran de lo más tranquilos, y los curas se encontraban entre el dilema de siempre, apoyar los acontecimientos o denunciar. Les tocaba soportar el peso de la obediencia y padre Raf no podía mantenerse al margen, era ambicioso, había apuntado en alto, por lo que se adaptaría a lo que la iglesia oficial decidiera. Bien sabía él que las autoridades eclesiásticas se pronunciarían a favor de una cruzada por mantener los privilegios obtenidos, con la excusa de que los conflictos terrenos no pertenecen a cuestiones de fe. De hecho, así fue como el obispo recomendaba prudencia haciendo tibias declaraciones.
Se internaron en el paraíso de la intimidad, sin prisas, aguantando la ambigüedad que la situación producía.
Por un momento se sentían libres de ataduras mentales para pasar en un santiamén, del éxtasis a la culpa, del entusiasmo al desencanto inmediato.
Padre Raf fue transferido a Buenos Aires.
En la capilla las mujeres que se jactaban de saberlo todo comentaban -lo han ascendido, claro está.
Padre Raf había aceptado sin preámbulos ni demasiadas luchas interiores. Bien conocía la suerte de los curas que abandonaban al señor por una señora. Eran humillados por la indiferencia de la iglesia y de la gente.
Agnes a sus cuarenta y cinco años no le quedaban atisbos de la jovencita dejada en el muelle de Génova. Seguía siendo una bella mujer a pesar de los kilos de más y del cigarrillo que le arruinaba la salud. Llevaba dos años sintiéndose el eco de lo que había sido, sospechando que lo único que le quedaba por hacer en el futuro, era repetirse y ensancharse. Se sentía en trampa, colocada allí por ella misma.
Nora, la mujer de su primo Guido, el día de su cumpleaños le entregó un pequeño regalo, envuelto con delicadeza y esmero.
Agnes lo abrió deprisa, sin cuidado. Un cuaderno de tapas negras quedó entre sus manos. Atónita, paralizada no emitió sonido.
Nora se preocupó un poco -que es solo un cuaderno, un diario para que vuelvas a escribir —le dijo sin comprender la reacción ante un gesto tan normal, tan sencillo.
—Sí... es que gracias. Me trae tantos recuerdos —balbuceó Agnes.
Hacía mucho tiempo que no escribía, los tumultos del cotidiano la habían aturdido, descarrilado. Desde aquel momento supo que tendría que volver a hacerlo.
Sintió que ese regalo, casi sin importancia, le devolvía su esencia, su pasado.