TEMA PARA UN TEMA

Hay quienes convierten la falta de tema en tema para una nota periodística. El recurso es absurdo en un mundo como el nuestro, donde suceden cosas de inapreciable interés. A quien pretenda sentarse a escribir sobre nada, le bastaría con hojear desprevenidamente la prensa del día, para que el problema inicial se convierta en otro completamente contrario: saber qué tema se prefiere entre los muchos que se ofrecen. Véase, por ejemplo, la primera plana de un periódico cualquiera. «Dos niños jugaron con platillos voladores y resultaron quemados». Enciéndase un cigarrillo. Repásese, con todo cuidado, el revuelto alfabeto de la Underwood y comiéncese con la letra más atractiva. Piénsese –una vez leída la información– el doloroso desprestigio en que han caído los platillos voladores. Recuérdese la cantidad de notas que se han escrito sobre ellos, desde cuando se vieron por primera vez –hace casi dos años en los alrededores de Arkansas– hasta ahora, cuando ya se han convertido en un simple aunque peligroso juguete infantil. Considérese la situación de los pobres platillos voladores, a quienes, como a los fantasmas, la humanidad les falta al respeto sin ninguna consideración por su elevada categoría de elemento interplanetario. Enciéndase otro cigarrillo y considérese, finalmente, que es un tema inservible por exceso de velocidad.

Léase luego la información internacional. «El Brasil no dispondrá este año de un sobrante de café». Pregúntese: «¿A quién puede importarle esto?». Y sígase adelante. «El problema de los colonos de Mares no es un simple caso legal». «El Carare, una gran sorpresa». Léanse las notas editoriales. En cada adjetivo, encuéntrase la huella de un censor implacable. Todo, en realidad, de un innegable interés. Pero no parece un tema apropiado. ¿Qué hacer? Lo más lógico: véanse las tiras cómicas. Pancho no puede salir de su casa. El Tío Barbas asiste a un duelo a pistola mordida. Clark Kent tiene que luchar contra Superman y viceversa. Tarzán está hecho un negociante de calaveras. Avivato se robó, como de costumbre, un sartal de pescados. Penny asiste a una clase de filosofía. ¡Qué horror! Y ahora qué: la página social. Dos que se casan estando la vida tan cara y el clima tan caliente. La hija del general Franco se casa con un caballero que será nada menos que «yernísimo» del dictador. Uno que se muere y siete que nacen. Enciéndase otro cigarrillo. Piénsese que está acabando el periódico y aún no se decide por un tema. Acuérdese de la mujer, del cuadro de hijos que lo espera, muerto de hambre, y que seguirá muriendo indefinidamente mientras no haya un tema apropiado. ¡Terrible cosa! Nos empezamos a volver sentimentales. ¡No! Aún faltan los avisos de cine. ¡Ah!, pero ayer hablamos de cine. ¡Después de esto, el diluvio!

Enciéndase otro cigarrillo y descúbrase –con horror– que era el último de la cajetilla. ¡Y el último fósforo! Está anocheciendo y el reloj gira, gira, gira, ejecutando la danza de las horas (Calibán). ¿Y ahora qué? ¿Tirar la toalla como los boxeadores mediocres? El periodismo es la profesión que más se parece al boxeo, con la ventaja de que siempre gana la máquina y la desventaja de que no se permite tirar la toalla. Nos quedaremos sin jirafa. Qué bien, cuántos aplaudirían la idea. Sin embargo, alguna vez se ha oído decir una frase que ya es cursi y gastada a fuerza de uso y abuso: «Nunca es tarde para quien bien comienza». Es decir, que lo difícil es comenzar. Empecemos, pues, ya sin cigarrillos, sin fósforos, a buscar un tema. Escribamos una frase inicial: «Hay quienes convierten la falta de tema en tema para una nota periodística». El recurso es absurdo… ¡Caramba, pero muy fácil! ¿No es cierto?

11 de abril de 1950, El Heraldo, Barranquilla