ENCUENTROS EN LA NOCHE

Miguel dormía con los ojos abiertos, esta rara habilidad era lo que había heredado por vía paterna de una familia un tanto lunática. No es que fuera un grave problema pero, en ocasiones, le había provocado algún que otro sobresalto a alguna de sus acompañantes cuando en sus noches de conquistas desenfrenadas la amante de turno le insistía en que se quedara a dormir y pasara la noche con ella.

Miguel, siempre fiel a sus principios, nunca llevaba a ninguna chica a su casa. Prefería para sus encuentros festivos la impersonalidad de la casa de las otras, mujeres de las que no sólo no recordaba sus nombres sino que, a la mañana siguiente, era incapaz de rememorar ninguna de sus dotes amatorias. El gusto por la conquista, las copas y sus ansias de amante le llevaban cada tarde a la búsqueda desesperada de una nueva cita que sosegase sus ímpetus de hombre en celo. Pero, por la mañana, la luz del sol le traía de nuevo a la realidad de una mañana anodina que no dejaba resquicio para los recuerdos.

Miguel estaba convencido de que su extraña peculiaridad, mantener siempre los ojos abiertos, le hacía más inteligente. Pasarse toda la noche con los ojos abiertos le permitía absorber más información y experiencias que al resto de los mortales, por eso había decidido dejar puesta la televisión e incluso la radio mientras dormía. Los aparatos se mantenían encendidos emitiendo programas de lo más diversos, desde el tedioso teletienda hasta programas de contenidos exotéricos. Y, fue así, como la conoció, aunque tardó bastante tiempo en percatarse de ello. Al principio tan sólo era una impresión extraña, la del presentimiento de que alguien ocupaba la soledad de su habitación cuando él perdía la consciencia y, después, la de la certeza absoluta de que por las noches no dormía solo. Desde que semanas atrás había notado aquella confusa sensación, un desasosiego le había invadido por completo. Por el día no podía centrarse en el trabajo y, por las noches, se encontraba raro en su flirteo y torpe cuando se llevaba a alguna de sus conquistas a la cama. En definitiva, él ya no era el mismo.

Miguel lo que sí sabía con plena seguridad es que cada vez era más sabio. Poseía conocimientos sobre los temas más variopintos y se sorprendía a sí mismo cuando en conversaciones de lo más dispares respondía con una elocuencia y seguridad que, incluso a él, le fascinaban. Estaba al día de las últimas novedades tanto en música como en arte, hasta en prensa del corazón, y aportaba datos exactos sobre economía y política que a él mismo le dejaban estupefacto. Miguel sabía con certeza que toda aquella información provenía de sus noches de duermevela, mientras su cuerpo dormía plácido su cerebro absorbía todos los contenidos que sus ojos abiertos contemplaban en el televisor. Miguel pronto comprendió las posibilidades que le ofertaba semejante posibilidad. Decidió aventurarse en cadenas extranjeras para hablar lenguas diferentes y extrañas. Desde luego el futuro era de lo más prometedor si no fuera porque, cuando se despertaba cada mañana, era más consciente de que en sus horas nocturnas no se encontraba solo.

A fuerza de concentrarse consiguió que la línea efímera que separaba su sueño de su vigilia se desvaneciese y logró ver desde el sueño y dormir con la consciencia despierta. Y así la descubrió. Llegó una noche, con la calma de los que saben que han vencido. Se acercó, lenta, y susurró su nombre en su oído. Miguel percibió el escalofrío de su cuerpo abatido y sintió el terror a lo desconocido. Sus encuentros se volvieron cada vez más frecuentes y sus relaciones cada vez más íntimas.

La mujer evanescente que llegaba al caer la tarde envuelta en tules blancos le deparaba encuentros cada vez más placenteros. De ella, no conocía nada. Tan sólo que aparecía junto a su cama, apagaba la televisión y se entregaba por completo a un ritual amatorio que dejaba a Miguel exhausto y sin energía. Miguel enloqueció de placer. Por el día, olvidaba ducharse, adecentar la casa y hasta comer. Perdió el ansía de saber y olvidó todo lo aprendido en sus noches en vela frente al televisor. Sólo se preparaba para su encuentro con la mujer del anochecer, que no hablaba, y de la que desconocía hasta el nombre.

A medida que pasaba el tiempo su familia dejó de importunarle con visitas en las que le recriminaban el estado de abandono y soledad en el que vivía. Su madre, comprendió que había perdido al hijo para siempre y no le volvió a llevar comida preparada, ni siquiera hablaba de él con sus amigas de peluquería y de rebajas. Su padre, algo desequilibrado también, no recordaba al hijo. Para él la vida se reducía a cálculos matemáticos de probabilidad compleja que dieran con el número ganador de cualquiera de los múltiples sorteos de lotería en el mundo. En el trabajo, primero arrinconaron sus cosas en un extremo de su mesa, después uno de los becarios de turno, a los que tantos trastos estorbaban, tiró las pertenencias de Miguel a la basura y nadie recordó más a aquel hombre que había sido un trabajador ejemplar, que jamás había faltado a su puesto y que, incluso, había sido el promotor de algunas ideas brillantes para la empresa. Las chicas, con las que mantenía encuentros furtivos, tampoco lo echaron en falta.

Y, mientras, Miguel soñaba con las caricias inasibles de la mujer de los tules que cada noche invadía su oscuridad y sus sueños. No sabía muy bien por dónde llegaba o cuándo se iba, tan sólo que irrumpía en su habitación, se despojaba de la tela que la cubría, desnuda y etérea, se entregaba en ritos de pasión desmesurada enmarañados en juegos eróticos que enloquecían por completo a Miguel. En uno de esos encuentros de placer absoluto Miguel fue consciente de que la mujer de fantasía le exigía más de lo permitido, como si en el acto de amor le requiriese que diese aún más, no sólo su cuerpo o, tal vez sus pensamientos, sino que también le reclamaba, con una ambición sin límites, su esencia. Y él, en el clímax de su entrega, mientras estaba dentro de la oquedad de aquel cuerpo inasible, derramó su alma: vació en ella sus sueños, sus deseos, y hasta sus miedos. Después no recordó las carcajadas estridentes de la mujer, ni tan siquiera añoró el sabor de sus besos o el contacto con su piel, se quedó, hierático y frío, para siempre sobre su cama.

Cuando lo encontró la portera, lo primero que hizo fue cerrarle con mucho esfuerzo los ojos, apagar la tele y la radio, y tirar a la basura la revista de dibujos con la imagen de una mujer bellísima envuelta en telas de fantasía y tules blancos que Miguel sujetaba con toda la fuerza del rigor mortem entre sus brazos.