LA BURGUESA DE ORLÉANS
FABLIAU, FRANCIA
Ésta es la divertida historia de una burguesa nacida y criada en Orléans, casada con un campesino inmensamente rico y muy hábil para los negocios.
Tres estudiantes llegaron cierta vez y se instalaron en un albergue con la intención de vivir por un tiempo en la ciudad. Eran jóvenes, alegres y bromistas. Uno de ellos, un muchacho agradable y cortés, comenzó a frecuentar la casa del burgués. Y a la dama le gustaba mucho su compañía. Tanto, que el burgués terminó por notarlo y decidió darle una lección a ese jovenzuelo. En su casa vivía una sobrina a la que había criado: el hombre le prometió un bonito regalo si espiaba a su mujer y le contaba la verdad.
Al poco tiempo, la sobrina le contó que, en efecto, el estudiante hacía lo posible y lo imposible por seducir a su esposa. Hasta que la dama cedió y se pusieron de acuerdo en un encuentro: ella le avisaría cuando el marido se fuera de viaje y lo haría entrar a la casa a la noche, por la puerta del huerto.
—Señora —le dijo ese mismo día el burgués a su mujer—. Debo partir en viaje de negocios y no sé cuándo volveré.
—Señor, yo cuidaré la casa como conviene a una mujer honesta —contestó su esposa.
Diciendo que se trataba de adelantar camino, el hombre envió a sus carreteros a pasar la noche a una posada que quedaba cerca de la ciudad. Apenas se fue también él, la esposa mandó a avisar al estudiante.
Al anochecer, el marido se presentó a la puerta del huerto, disfrazado y con la cara bien oculta en una capucha. Creyendo que se trataba de su amigo, la dama le abrió la puerta muy a escondidas y lo abrazó dándole la bienvenida. El hombre le devolvió el saludo con un murmullo.
Pero mientras caminaban por el huerto, la burguesa reconoció enseguida a su marido y decidió devolver engaño con engaño. La mujer siempre ha vencido a Argos, el de los cien ojos y por sus tretas se han visto engañados los sabios desde los tiempos de Abel.
—Mucho me agrada que estés conmigo —le dijo, fingiendo que seguía engañada—. Te llevaré en secreto a una habitación de la que sólo yo tengo la llave. Allí me esperarás sin hacer ruido. Después que se acuesten los criados, te llevaré a mi cama sin que nadie se entere.
La dama lo encerró en la habitación, volvió a la puerta del huerto, encontró allí a su estudiante, lo abrazó, lo besó y lo llevó con ella a su dormitorio. Tras la cortinas de la cama, lo metió debajo de la colcha, donde se divirtieron, gozaron y se entregaron de todas las maneras posibles al juego del amor.
—Ahora espérame aquí —le dijo ella después de un buen rato—. Voy a darles de comer a los criados y después cenaremos nosotros dos aquí, a escondidas.
La dama dio orden de preparar la cena para la gente de la casa: dos sobrinos y la sobrina del marido, un mozo que traía el agua, tres criadas, dos vagabundos y un mendigo. Y cuando todos terminaron de comer y beber, su señora les habló así:
—Señores, habrán visto ustedes en esta casa a un estudiante que no me deja en paz. ¡Treinta veces rechacé sus insinuaciones! Al ver que era inútil, le prometí que haría su voluntad cuando mi señor estuviera ausente. Ahora lo tengo encerrado allá arriba. Le daré a cada uno un galón del mejor vino de la casa si me prometen que seré vengada. ¡Quiero que le den tantos golpes que nunca vuelva a molestar a una mujer honrada!
Al escuchar sus palabras, todos corrieron a cumplir la tarea. Uno tomó un palo, otro un bastón, otro una maza grande y sólida. La burguesa les dio la llave de la habitación donde aguardaba su marido. En la oscuridad y sin darle tiempo a reaccionar, se lanzaron sobre él y lo apalearon sin piedad. Uno lo arrojó al suelo y le retorció la capucha de tal manera que no podía hablar. Al fin lo sacaron afuera, arrastrándolo como a un perro muerto, y lo arrojaron sobre un estercolero.
Cumpliendo su promesa, la dama los convidó con los mejores vinos, con tanta abundancia como si fueran reyes. Después tomó vino, pasteles, una blanca servilleta de lino y una gran vela de cera y se fue a su dormitorio para hacerle amable compañía a su amigo hasta que fue de día. Al despedirse, hizo que se le diese al estudiante diez marcos de oro y le rogó que volviese todas las veces que pudiera.
El que estaba en el estercolero se levantó y, como pudo, rengueando, consiguió llegar a la posada donde lo esperaban sus carreteros.
—Estoy muy mal —les dijo a sus asombrados ayudantes—. Llévenme a casa sin hacer preguntas.
Pero en medio de sus dolores, al marido lo reconfortaba y le quitaba los tristes pensamientos saber que su mujer le era tan fiel. Pensó que si llegaba a curarse la tendría en gran estima y nunca volvería sospechar de ella.
Cuando la dama lo vio llegar en ese estado, le preparó un baño con hierbas y lo curó de sus heridas.
—¿Cuál fue tu desgracia, marido mío?
—Señora, pasé un gran peligro en el que me rompieron los huesos —dijo él.
Entonces los de la casa le contaron cómo habían dejado al estudiante y cómo lo había denunciado la dama.
Por cierto, se comportó ella en forma prudente y sabia.
Desde entonces, nunca en toda su vida el marido dudó de ella ni la censuró. Y tampoco dudó ella en amar a su amigo cada día, hasta que él tuvo que volverse a su tierra.
***
Ésta es la adaptación en prosa de un fabliau. Los fabliaux son breves poemas narrativos (casi cuentos versificados) que circulaban en la Francia medieval entre el siglo XII y el XIV. Sin ninguna intención moralizante ni otro propósito que el de divertir a oyentes o lectores, los fabliaux, sin embargo, no se privan de advertir sobre los mil engaños de los que son capaces las mujeres. Las esposas de los fabliaux son siempre infieles, astutas y desvergonzadas y, por supuesto, como en este caso, se las exhibe como típicas representantes de todo su género. El tema del marido apaleado y cornudo, convencido de la fidelidad de su mujer, no sólo aparece en otros fabliaux sino también en el Decamerón, en Lope de Vega y en otros autores. Hasta La Fontaine lo utiliza en uno de sus cuentos titulado: «Cornudo, apaleado y contento».