CONTRA LA CORRIENTE
CUENTO NORUEGO
Había una vez un viejo y una vieja que estaban casados hacía más tiempo de lo que cualquiera de los dos tenía ganas de recordar. La vieja era rezongona y testaruda y nada le gustaba tanto como llevarle la contra a su marido. Nunca jamás le daba la razón en nada y bastaba que él quisiera algo para que ella quisiera inmediatamente lo contrario.
Tenían un campito que cultivaban con esfuerzo. En el último año habían plantado centeno. Las lluvias vinieron a tiempo, no hubo granizo, y ahora, en un hermoso día de verano, se veían las plantas de cereal altas y fuertes, las espigas maduras.
—Vamos a tener que contratar braceros —dijo el hombre—. Esta semana hay que empezar la siega.
—Así es —dijo la mujer—. Tendremos que cortar la cosecha.
—¿Cortar la cosecha? ¿De dónde sacaste esa tontería? ¡Segar es lo que debemos hacer!
—Dije cortar y será cortar —dijo la vieja.
—Te equivocaste, vieja tonta, y ahora no lo quieres reconocer. La cosecha se siega, con hoces, con guadañas. ¿O acaso vas a cortar espiga por espiga con una tijera?
—Sí, señor, con una tijera, ¿por qué no? No voy a volver para atrás. Soy tan campesina como tú y sé muy bien lo que hay que hacer.
Y así, peleando y discutiendo, llegaron los viejos hasta el río. Gritando muy enojados, cruzaron el puente.
—¡Segar, segar y segar! —decía el hombre.
—¡Cortar, cortar y cortar! —decía la mujer.
Y no contenta con gritar con toda la fuerza de sus pulmones, se dio vuelta para darle un manotón a su marido y hacerle caer el sombrero al río. Con tan mala fortuna, que tropezó y se cayó del puente.
El hombre corrió hacia la orilla y pronto alcanzó a sostenerla agarrándola de los pelos. Esa situación le dio una gran idea. Era el momento adecuado para tener razón por una vez en su vida.
—Ahora sí, por última vez. ¿Vamos a segar la cosecha o a cortarla?
—¡Cortar! —dijo la mujer.
Y sin dudar un segundo, el hombre le empujó la cabeza debajo del agua y así la tuvo un minuto entero. Apenas la vieja pudo asomar la cabeza otra vez, volvió a gritar enérgicamente:
—¡Cortar, cortar, cortar!
Por segunda vez, rabioso, el viejo le hundió la cabeza. Entonces la mujer sacó el brazo y mientras estaba a punto de ahogarse, como no podía hablar, mostraba con los dedos el movimiento de la tijera. Cortar, cortar y cortar. De pronto el hombre sintió que el cuerpo que sostenía hundido se aflojaba y le pesaba tanto que estaba a punto de arrastrarlo también a él debajo del agua.
—Maldito troll, monstruo de las montañas —gritó, enceguecido por la rabia—. ¡No me vas a arrastrar contigo hasta el infierno!
Soltó el cuerpo de su mujer, se levantó y sin darse vuelta ni siquiera para echar una mirada, se fue a su casa. En el camino, sin embargo, comenzó a sentir cierto arrepentimiento. Después de todo, no estaba bien dejar así abandonado el cadáver de su mujer. Era su obligación darle cristiana sepultura. Volvió al puente desde donde se había caído y comenzó a caminar por la orilla, buscando el cuerpo que debía estar derivando por el río. Sin embargo, por más que buscó, miró y caminó, no podía encontrarlo. Preocupado, fue a pedir ayuda a sus vecinos. Pronto el pueblo entero estuvo dragando el río y caminando por las orillas en busca del cadáver de la vieja.
Hasta que, de golpe, el viejo tuvo una súbita inspiración.
—Basta ya. Es inútil buscarla así. Esa mujer tenía sus propias ideas y no era fácil torcerle la voluntad. Le gustaba tanto en vida llevar la contra, que ni siquiera la muerte puede haberla cambiado mucho. Hay que buscarla corriente arriba, es muy capaz de haber derivado al revés, hasta llegar por encima de la cascada.
Y así fue. Buscaron sobre la cascada y allí estaba el cadáver de la vieja. Era tan contrera que, muerta y todo, se las había arreglado para avanzar contra la corriente.
***
Este tragicómico cuento noruego contiene todos los ingredientes de la misoginia. El hombre, como siempre, tiene razón. La mujer lleva la contra de una manera forzada y ridícula, empeñándose en su error. Y si el viejo mata a su mujer, es sólo porque no le queda más remedio. De ninguna manera la acción aparece condenada: apenas un pequeño exceso, inevitable en el caso de una mujer tan tozuda.