Escándalo en la corte
Cada mañana el rey iba andando a paso ligero desde su palacio hasta la casa de Lola. Tardaba apenas diez minutos y se emocionaba al pensar en el instante en que podría estrecharla entre sus brazos, escuchar su voz aterciopelada y sentir el suave perfume de su piel. Mientras acudía a la cita con su amante se sorprendía al ver cómo había cambiado su vida desde que la conoció. Era un hombre nuevo, apasionado y lleno de ilusiones. Aquel día se había levantado temprano como de costumbre y al pensar en ella había cogido la pluma y escrito en su diario: «Adorada Lolita, gracias a ti mi vida se ha ennoblecido; mi vida sin ti era solitaria y vacía; tu amor alimenta mi corazón, sin él moriría. Ante ti todos los sentimientos que otras me habían inspirado se extinguieron. Porque mis ojos leen en los tuyos: amor».
Luis no se presentaba con las manos vacías, siempre le llevaba un ramo de sus flores preferidas donde escondía uno de sus poemas o una joya. Lola le esperaba en el salón, con la chimenea encendida, y en ocasiones leyendo a Homero o tocando lánguidamente la guitarra. Nunca se aburrían solos y a menudo los criados se sorprendían al escuchar sus risas. Ella le daba clases de español y él le enseñaba algunas palabras en alemán. Hablaban de arte, de política, de danza, de literatura y compartían confidencias. Cuando el día era soleado se sentaban bajo la pérgola del jardín en la parte trasera de la casa al abrigo de miradas indiscretas. Lola aprovechaba para fumar un cigarrillo y el rey no se cansaba de admirar su indómita belleza.
Aunque se había prohibido a la prensa bávara mencionar el nombre de Lola Montes, en la calle circulaban ofensivos panfletos sobre la bailarina española y caricaturas que mostraban a Luis como un sátiro o como un burro que llevaba la corona en la cola. Se comentaba que el monarca era manipulado por una «diablesa» que quería arrebatarle el trono de Baviera. En algunos colegios católicos de la ciudad se rezaba para que Su Majestad recobrara la cordura. Aunque Luis desdeñaba todos estos ataques, decidió hacer algo al respecto. Una mañana mandó llamar a palacio a Maurus Harter, un leal servidor que había trabajado a las órdenes de su padre el rey Maximiliano. Este venerable anciano de setenta años era desde hacía décadas el bibliotecario jefe. Cuando Luis trasladó la Universidad de Landshut y su biblioteca con más de trescientos mil volúmenes a Munich, él fue el encargado de proteger y catalogar tan valioso legado. Ahora, harto de escuchar calumnias, quería hacerle una petición que dejó desconcertado a su antiguo colaborador:
—Mi apreciado amigo, llevas muchos años a mi servicio y deseo que cumplas una orden de este rey ya viejo al que su pueblo no permite ser feliz. Quiero que a partir de hoy recopiles y archives todos los panfletos y libelos que circulan sobre mi relación con Lolita.
—Señor, conozco los rumores y las mentiras que se vierten sobre Su Majestad y su amiga española, pero debería estar por encima de ellos y no darles mayor importancia. ¿Para qué desea guardarlos?
—¡Ah, mi querido amigo!, porque al final se hará justicia y quiero conservar para la posteridad estas muestras de deslealtad al rey.
—Haré lo que me ordena, pero me temo que esto no calmará su enfado e indignación, al contrario; leer esta basura no le hará ningún bien. Ahora mismo se rumorea que Lola Montes es una espía al servicio de los británicos y…
—Tonterías —le interrumpió Luis golpeando la mesa con su puño—, ella solo me hace feliz y mi pueblo, tan egoísta y puritano, no lo entiende.
A finales de aquel gélido mes de enero de 1847, Munich amaneció cubierta por un espeso manto de nieve y los estanques helados. Los niños sacaron sus trineos a las calles y por unas horas la ciudad recobró la animación. Lola tenía el amor devoto del rey pero era incapaz de ganarse el afecto de su pueblo. Su más fiel compañía era un gran mastín de pelo negro y aspecto fiero. Lo llamó Turk, en recuerdo del san bernardo del príncipe Enrique Reuss-Lobenstein con el que se entretenía destrozando sus parterres de lirios y tulipanes. Cuando salía a pasear o iba de compras por el centro de la ciudad su sola presencia era una provocación. Segura de su rango, se mostraba arrogante, presumía de ser la amante del rey y exigía los privilegios que en su opinión merecía. Si no conseguía alguno de sus deseos, todo su encanto desaparecía y su genio estallaba sin previo aviso. Lola podía gritar, abofetear o blandir la fusta a quien se enfrentara a ella o la disgustara. En una ocasión acudió al taller del platero Meyerhofer para comprar una cubertería. Cuando el encargado le explicó que por orden del barón Von Heideck no podían concederle más crédito, montó en cólera y atravesó con el puño una vitrina de cristal. Se hizo un corte en la mano y hubo que llamar a un médico para curarle la herida. Este incidente disgustó a Heideck quien se quejó ante el rey del comportamiento tan excéntrico y violento de Lola.
—Este tipo de reacciones están convirtiendo a su amiga en una persona non grata en la ciudad —le advirtió el barón.
Luis, a quien la policía ya había informado de lo ocurrido, se limitó a responder:
—Esta vez Lolita se ha castigado ella sola, y le ha estado bien empleado.
Desde que estrenó su casa, Lola apenas tenía vida social. El rey acudía a visitarla a diario y se sentía tan cómodo allí que casi nunca salían. En parte, Luis temía la reacción de sus súbditos al verle en público con su joven amante. Los miembros de la nobleza ya no ocultaban su desprecio hacia ella; no la invitaban a sus fiestas y en la calle le habían retirado el saludo. Todos sus intentos para que su amada fuera aceptada por la sociedad muniquesa resultaron inútiles. La Asociación del Arte, con más de tres mil miembros, rechazó la petición de ingreso de Lola, aunque el monarca era su principal mecenas. La Sociedad Museística, el club social más exclusivo de Munich, también le denegó su solicitud por unanimidad. Pero lo que más le dolía era que todos sus consejeros estaban en contra de concederle la ciudadanía bávara. Ella, ajena al rechazo que despertaba, disfrutaba de la total devoción de Luis y de sus valiosos regalos. El último había sido una original pulsera de diamantes y zafiros en oro blanco acompañada por uno de sus poemas:
Deja que el poeta cante de nuevo sus elogios:
sin amor la sangre se enfría.
¡Deja que se vuelva a calentar
con el fuego eterno del amor!
En las brillantes alturas del éter
el alma transfigurada remonta el vuelo
cuando estoy junto a ti,
cuando la dicha me envuelve.
Pero la bailarina comenzaba a aburrirse. No soportaba la idea de haber llegado tan alto para permanecer ociosa y en el más absoluto anonimato. En aquellos tristes días pensaba mucho en París, donde reinaba la alegría, el placer y el deseo. Añoraba aquella vida mundana tan distinta de la conservadora Baviera. Echaba en falta a sus amigos periodistas y escritores, liberales y progresistas, que formaban parte de una oposición que se había hecho muy fuerte. En la prensa había leído que soplaban vientos revolucionarios en la capital francesa, donde el rey Luis Felipe cada vez contaba con menos apoyos. Le hubiera gustado estar allí y vivir en primera línea estos cambios que en los siguientes dos años derrocarían a tres monarcas y una docena de gobiernos autócratas en Europa.
Para sobrevivir a esta atmósfera de hostilidad decidió abrir su propio salón literario. En París, de la mano de Joseph Méry y de Alejandro Dumas, había conocido los más exclusivos salones, la mayoría presididos por famosas cortesanas. Allí las amantes eran auténticas celebridades, mujeres cultas y alegres, amigas de reyes, emperadores y ricos hombres de finanzas. Ellas marcaban la moda e inspiraban a los artistas. Lola quería reunir en su casa a personajes de las altas esferas para compartir animadas tertulias literarias y políticas. Cuando, muy ilusionada, le planteó al rey Luis la idea, este se mostró reticente:
—Mi querida Lolita, cómo debo decírtelo, Munich no es París, aquí no existen este tipo de salones, pero invita a merendar a tus amigas del teatro si esto te divierte y…
—No se trata de divertirme —le interrumpió Lola enfadada—. Quiero recibir en mi casa a gente de talento, políticos, artistas, escritores, hombres y mujeres de ideas liberales y progresistas como yo.
—Soy un anciano rey enamorado perdidamente de ti, pero no puedo ni debo apoyarte en todo lo que deseas. Si en estas tertulias hablas de política me vas a comprometer, no te busques más enemigos de los que ya tienes —le dijo intentando convencerla.
Siendo la amante oficial del rey, creía que estaba en su derecho de recibir a quien deseara y abrir un salón refinado donde tuviera cabida «la galantería, la lectura, la frivolidad y la reflexión». Aprovechando la visita a la ciudad de su amigo el periodista londinense George Henry Francis, invitó a desayunar a algunos importantes personajes muniqueses en una especie de recepción informal a la que acudieron artistas, académicos y también visitantes extranjeros. Francis fue testigo del magnetismo de Lola y la definió como una dama de modales distinguidos, una anfitriona atenta y hospitalaria que vestía con estilo y elegancia. Sin embargo, también pudo apreciar cómo la joven podía montar en cólera si se veía contrariada. En el artículo que publicó sobre la vida de la célebre Lola Montes en Munich, escribió:
Adora el poder sobre todas las cosas; es demasiado precipitada y categórica en sus aversiones; no está lo suficientemente educada para frenar la pasión que parece connatural a su sangre española; es caprichosa y bastante capaz, cuando se inflama su ánimo, de llegar a la grosería, y sin embargo, es la primera en lamentarse de ello y en pedir perdón.
Aquellos desayunos con los que Lola intentaba aumentar su influencia política y social apenas duraron unas semanas. Sus ansias de poder, su feroz temperamento y su oscuro pasado le granjearon muchas antipatías. Pronto descubrió que solo tenía enemigos a su alrededor. Los representantes de la vieja aristocracia la detestaban y las damas de la alta sociedad no estaban dispuestas a relacionarse con ella y poner en peligro su buena reputación. Llevada por la nostalgia, escribió una larga carta a su amigo Pier-Angelo Fiorentino, el periodista parisino que siempre estuvo a su lado:
Mi querido Fiorentino:
Dejé París a principios de junio como una dama errante para recorrer el mundo, y hoy estoy a punto de recibir el título de condesa. Tengo una casa encantadora, caballos, sirvientes y, en resumen, todo lo que podría rodear a la amante oficial del rey de Baviera. Voy a todas partes y todo Munich está pendiente de mí, ministros de Estado, generales, señoras de la alta sociedad, y ya no me reconozco como Lola Montes. El rey me ama con locura; me ha otorgado una renta de 50.000 florines de por vida y ya se ha gastado más de 300.000 florines en la casa y otros presentes. El rey muestra en público el gran amor que siente por mí. Todas las semanas organizo una gran fiesta para los ministros y otras personalidades a la que acude él y donde me rinde todas las pleitesías imaginables. Ya sé, mi querido Fiorentino, que siempre me deseaste lo mejor y que estas noticias te agradarán. Por eso te escribo, porque, aunque estoy rodeada por todo el esplendor y el reconocimiento de mis más ambiciosas esperanzas, ¡ay!, a veces sueño y pienso en París. ¡Mi querido París!
En realidad, la grandeza no trae la auténtica felicidad. Hay demasiada envidia, demasiadas intrigas. Una siempre tiene que actuar como una gran dama y medir sus palabras con cada individuo. ¡Ah, mi despreocupada vida en París!
Pero estoy decidida. No abandonaré este mundo en el que me encuentro ascendida como por milagro. El rey siente por mí la pasión del verdadero amor. Nunca había tenido una amante, pero mi carácter le agrada. Es un hombre de extraordinario talento, un auténtico genio y uno de los poetas más elegantes que existen hoy en día en Europa. Mi más nimio deseo es para él una orden, y todo Munich está perplejo.
Hasta pronto, mi querido amigo. Te envío un beso. Gracias a Dios que no estás aquí porque aquí no puedo tener amigos ni amantes. ¡La grandeza es tan compleja!
Afectuosamente tuya,
LOLA
Aunque se mostraba exultante en la carta que había enviado a su amigo y parecía muy feliz en Munich, la realidad era bien distinta. Es cierto que Luis la amaba apasionadamente, pero la nobleza y la burguesía estaban cada vez más en su contra. Los pocos amigos que tenía eran duramente criticados y se distanciaban por miedo a posibles represalias. El pastelero preferido de Lola se quejó al rey porque su amistad con la joven le había perjudicado mucho en sus ventas navideñas. Luis, como recompensa, le otorgó el título de Chocolatero de la Corte. El médico que atendía a la bailarina también se lamentaba de que se estaba quedando sin pacientes porque no querían coincidir con ella en su consulta. En una carta solicitó al rey que le asignara un salario para compensar las pérdidas que sufría. Eran muchos los que intentaban evitar la compañía de Lola Montes, que cada vez se encontraba más sola y aislada. Ella culpaba abiertamente a los jesuitas de estar detrás de una campaña para desacreditarla y hundirla, pues con la llegada en 1837 de Karl von Abel al gobierno, esta orden ejercía un férreo control en la vida del país. El brillante político, y mano derecha del rey Luis, era un acérrimo católico y un enemigo declarado de los protestantes del reino.
La fijación de Lola con los jesuitas comenzó durante su estancia en París. El año en que llegó a la capital francesa se vivía una gran agitación contra la Compañía de Jesús. En la prensa de aquella época abundaban los artículos sobre los esfuerzos de estos por hundir gobiernos, influir en reyes y destruir a cualquiera que se opusiera a su poder. Aunque para dar mayor veracidad a su personaje de noble dama española, Lola fingía ser una devota católica y públicamente los acusaba de urdir sucias intrigas para acabar con ella.
Cuando se quejó al rey de que todo el mundo hablaba mal de ella y de que apenas tenía amigos, se vino abajo.
—No soporto vivir así, no me quieren y me insultan sin que yo pueda defenderme —se lamentaba—. Y los jesuitas me odian, me hacen la vida imposible y solo desean expulsarme de Baviera. Debes tomar de inmediato medidas contra ellos.
—Lolita querida, tú misma les has declarado la guerra y no te lo perdonan. Tampoco a mí me gustan sus intrigas, pero no dejarán de atacarte porque te consideran una amenaza. Debemos estar más unidos que nunca y luchar por nuestro amor.
—¿De qué me sirve tu amor y tus regalos si ni siquiera soy ciudadana bávara ni puedo tener un título nobiliario?
—Ten paciencia, Lolita, tendrás todo lo que desees. Yo nunca te fallaré y siempre estaré a tu lado.
Para alegrar a su amante en aquellos difíciles momentos, el rey le encargó al pintor de la corte Stieler un nuevo retrato de su enamorada. No es que el primero no le agradara, pero deseaba que ella posara tal como la conoció: con el mismo vestido de terciopelo negro, el cabello adornado con unos claveles rojos y cubierto por un sencillo tocado de encaje. No quería recordarla como una bailarina sino como la bella y recatada joven de la nobleza andaluza de la que se enamoró al instante. Luis acudía todos los días al estudio para charlar con ella o leerle algún poema de Goethe. Hacía mucho frío y el rey mandó instalar dos estufas de leña para calentar el ambiente. El esfuerzo valió la pena porque este segundo retrato de Lola Montes sería uno de los más admirados del célebre pintor. Stieler, aunque no simpatizaba con su modelo, consiguió plasmar como ningún otro artista el brillo de su mirada, su porte orgulloso y su enérgico temperamento «español».
A pesar de los disgustos y preocupaciones que le daba al rey, Lola sabía mantener vivo su interés. A cambio del retrato de Stieler tuvo un detalle con el monarca que le conmovió profundamente: le regaló una reproducción en mármol de su pie, a tamaño natural, hecha por Johann Leeb, el escultor de la corte. Al recibir el obsequio de manos del propio artista, le escribió a su amada una nota en la que incluyó uno de sus poemas de amor:
Corazón de mi corazón, Lolita mía:
Me has dado un gran placer con tu adorable sorpresa de enviarme tu pie en mármol —tu pie no tiene igual—, parece una pieza de época. Cuando Leeb se haya marchado, lo cubriré con besos ardientes. Muchas gracias. Quiero agradecértelo personalmente, lo que haré este mediodía. Tu fiel,
LUIS
El rey se sentía muy dichoso al tener esta escultura, que colocó en un lugar destacado en sus estancias privadas. Lo besaba a menudo y se convirtió en un fetiche que le proporcionaba un inusitado placer. Como agradecimiento por este regalo, Luis le encargó a Leeb que creara una réplica de mármol de su augusta mano sujetando una pluma y escribiendo un poema.
Mientras el rey estaba cada vez más obsesionado con su amada Lolita, un nuevo escándalo perturbaría su tranquilidad. El jefe de policía Von Pechmann seguía en su empeño de reunir pruebas contra ella para demostrar que era una impostora. Aunque el monarca le había pedido que abandonara las investigaciones y que no la molestara más, decidió consultar tan delicado asunto con su superior, el ministro del Interior Karl von Abel. Hasta el momento este astuto político no había interferido en la relación que mantenía con la bailarina. Durante los últimos diez años había servido fielmente al monarca y conocía su debilidad por las mujeres hermosas. Si al principio no le dio ninguna importancia, ahora estaba muy preocupado. Por primera vez veía al soberano enamorado de verdad y temía la influencia que esta aventurera pudiera ejercer sobre él.
Pechmann acudió al despacho de Abel y le preguntó si debía proseguir con sus esfuerzos por revelar al rey la verdadera identidad de la bailarina o si, por el contrario, era preferible no irritar más a Su Majestad y olvidar el asunto.
—Hable con el rey —le ordenó el primer ministro— y cuéntele todo lo que ha descubierto acerca de la española.
—Señor, temo su reacción, se niega a escuchar la verdad.
—Lo sé, se pondrá furioso, pero le conozco bien. Después se calmará y le agradecerá su lealtad. Cuando vea que su sinceridad proviene de un corazón leal, no se lo tendrá en cuenta.
El jefe de policía decidió hablar con franqueza al rey en su audiencia semanal. Sin dar muchos rodeos, le comentó que el sentimiento de rechazo a Lola era cada vez mayor en todas las capas de la sociedad. Entre los que la consideraban un peligro para la Corona se encontraban también algunos de sus más fieles y devotos servidores.
—Escucha —le dijo el rey—, eso no me preocupa en absoluto. Todo acabará por caer en el olvido. Detrás de esta trama solo hay pura maldad.
—Majestad, lo más grave es que Lola Montes hace caso omiso a toda decencia femenina y habla abiertamente de los favores que goza de Su Majestad.
—En absoluto. Eso son solo palabras vanas. ¿Qué podría decir de mí? Ni siquiera tengo este tipo de relación con ella. Eso no es más que envidia y celos.
—También se la acusa —continuó el jefe de policía— de jactarse de gozar de una particular influencia en asuntos de Estado, y ha hecho saber que desea introducir cambios en el gobierno de Su Majestad.
—Poco futuro tiene conmigo tal pretensión. Sé muy bien quién gobierna en Baviera y nadie va a convencerme de nada.
Tras una pausa, Pechmann decidió abordar un espinoso tema. Para una mayor confidencialidad, se acercó al oído del rey y le dijo en voz baja:
—Como súbdito de Su Majestad, estoy obligado a decirle toda la verdad. Corren rumores por toda la ciudad de que Lola Montes permite que los hombres la visiten por la noche y, concretamente, que sigue recibiendo en su casa al teniente Nüssbammer.
—¡Basta ya! Escúchame bien: ella me prometió decirme siempre la verdad y la creo de corazón. Todos estos absurdos rumores que circulan sobre ella no son más que libelos. Pobre Lola, todo en ella es belleza, pureza y verdad.
El rey recuperó la compostura y le agradeció su franqueza. Dándole una palmada en el hombro, añadió que había hecho lo que debía. Entonces, sin despedirse, se dio la vuelta y abandonó el gabinete. Pechmann no le había podido aportar pruebas del comportamiento inmoral de Lola, pero sus palabras sembraron por primera vez en él la duda. Cuando unas horas más tarde salió a pasear con ella no quiso comentarle nada. En el fondo tenía sus sospechas pero no quería ver la realidad. Por el momento solo deseaba mantener vivo este maravilloso sueño de amor y disfrutar de una pasión que le rejuvenecía.
Al día siguiente, la señora Crescentia Ganser acudió a ver a Pechmann para decirle que no podía soportar más la situación que estaba viviendo en casa de la señora Montes. Se negaba a seguir espiando y no quería formar parte de aquellas intrigas. El barón le indicó que acudiera directamente al rey y le contara todo lo que había descubierto acerca de la bailarina. Antes de irse le entregó copias de los informes diarios que había pasado a la policía para que se los mostrara al monarca.
Luis se encontraba enfrascado en su trabajo cuando le anunciaron que Crescentia Ganser deseaba verle por un asunto de urgencia. Hacía años que la conocía, su esposo Anton era un buen escultor que trabajaba en la corte y sentía aprecio por su familia.
—¿Qué me traes, mi querida Crescentia? —le dijo en tono coloquial.
—¡Su Majestad ha sido traicionada! —gritó la mujer entre sollozos.
—¿Por quién? ¿No será por mi Lola?
El rey leyó por encima los informes y cayó de rodillas con las manos entrelazadas y las lágrimas corriendo por su rostro. La señora Ganser le suplicó que apartara de su vida a Lola y que no volviera a verla porque solo le traería desgracias. Entonces él, muy afectado, se acercó a su mesa y con el pulso temblando redactó una nota para el barón Von Heideck:
La felicidad no está hecha para este mundo. Aquí he sido feliz, pero ahora me veo expulsado de mi paraíso. Ha ocurrido lo impensable. Creía que pasaría los años que me quedan por vivir en un estado de exaltado amor. Todo ha sido un sueño… y ya se ha acabado. Pero no tengamos ahora prisas innecesarias. La portadora de esta nota, la esposa del escultor Ganser, te mostrará las pruebas. Tú tendrás la calma que a mí me falta. Tras dejarme un tiempo para reflexionar, acudiré a tu casa hoy hacia la una y media. Creo que lo mejor será que Lolita se encuentre allí conmigo. Si debo acabar con ella para siempre (temo que no quede otra solución), entonces quiero verla una última vez. No ha de temerse violencia alguna por mi parte. El rey está avergonzado de que las lágrimas llenen sus ojos mientras escribe esto, pero el viejo de sesenta años que hay en él no.
El que hace una hora todavía era feliz,
LUIS
Tras firmar la nota, ordenó a la señora Ganser que la llevara inmediatamente junto con sus informes a la residencia del barón Von Heideck. El anciano general se encontraba desayunando y en bata cuando la mujer irrumpió en su casa y le entregó muy angustiada la misiva del rey. Heideck, que no comprendía lo que estaba pasando, le pidió que se sentara y la interrogó brevemente mientras la invitaba a una taza de té. Después le mandó que se retirase y que no comentara con nadie este asunto. A continuación se puso a leer detenidamente los papeles y le invadió un gran desasosiego. En aquellas páginas estaban apuntadas todas las visitas y conversaciones que habían tenido lugar en el número 7 de la Barerstrasse durante los últimos meses. En la lista de nombres aparecía repetidamente el del teniente Nüssbammer y los de otros caballeros a unas horas en las que una mujer respetable nunca habría estado a solas con un hombre. Crescentia no supo explicarle lo que había ocurrido durante estos encuentros, pero los consideraba una inmoralidad. El barón constató que aquellos informes, que también reproducían comentarios de Lola sobre personajes destacados de la capital invitados a sus fiestas, de ser ciertos, demostraban que era una mujer arrogante, excéntrica y mezquina dispuesta a hacer uso de su poder e influencia sobre el rey para conseguir sus propósitos.
Heideck todavía se estaba recuperando del disgusto cuando apareció por sorpresa el monarca. No había podido esperar más y necesitaba desahogarse con su buen amigo. Estaba pálido, con los ojos enrojecidos y muy nervioso. Luis le abrazó efusivamente y lloró con amargura sobre su hombro.
—Ya no hay más alegría para mí —se lamentó—. Pensaba que había encontrado a una mujer que sería mi amiga durante el resto de mis días, alguien que llenaría mis horas vacías con una felicidad íntima y espiritual y que me haría olvidar los problemas de Estado con su tranquila inspiración y compañía. Yo amo y honro a la reina, pero su conversación, simplemente, no es adecuada para mi espíritu, y mi corazón necesita la compañía femenina. Estoy acostumbrado a ella. Creía que había encontrado en Lola a esa mujer, y ella me ha traicionado.
—Majestad, debe reponerse y pensar en su salud y en sus obligaciones como soberano. Deje de torturarse. Le pido que no sufra más por ella, Lola solo merece su desprecio y no debería volver a verla nunca más.
—No, Heideck, no puedo hacer lo que me pides —replicó el rey—. No puedo condenarla sin escucharla antes. No podría perdonarme si no lo hiciera. Pero no la veré hasta que tú hayas hablado antes con ella. No te preocupes, podré contenerme.
—Temo por su salud y lo mucho que puede afectarle el verla de nuevo…
—Puede que sea inocente o al menos no tan culpable como afirma esta mujer. Piensa lo mucho que la están acosando, en cómo nos han injuriado ya a ella y a mí. No, no voy a condenarla sin oírla antes; su deslealtad ya ha provocado dolor suficiente en lo más profundo de mi alma como para acompañarlo de los reproches por haber sido injusto con ella.
Luis le pidió a su amigo que mandara llamar a Lola y que le mostrara los informes de la señora Ganser. Él se reuniría más tarde con ella para escuchar su versión de los hechos. El barón no podía negarse, pero sintió cierto temor al tener que entrevistar a la bailarina. No sabía cómo reaccionaría al enterarse de que la habían espiado en su propia casa. Se rumoreaba que la española llevaba consigo un puñal escondido en la liga y que en la mansión tenía siempre a mano una pistola. Decidió que no se quedaría solo con ella, que observaría atentamente sus movimientos y que uno de sus sirvientes velaría por su seguridad.
Al cabo de unas horas, Lola Montes y su doncella Jeanette llegaron a la residencia del general. Este le dijo que tenía que tratar un asunto confidencial con ella y le pidió que su sirvienta los dejara solos. Lola, cómodamente sentada en el sofá, encendió un cigarrillo y le preguntó por aquello que era tan importante. Heideck se armó de valor y le comentó que la señora Ganser había espiado todos sus movimientos y la acusaba de mantener un comportamiento impropio de una dama. Con gesto serio, le reprochó su conducta y le pidió que confesara toda la verdad. Tal como esperaba, Lola se levantó hecha una furia, con el rostro encendido, y arrojó al suelo el servicio de té de plata que tenía junto a ella.
—¿Cómo se atreve usted a juzgarme? Le juro por la tumba de mi padre que soy inocente. No puedo creer que el rey, que sabe de mi pureza y de mi lealtad, haya podido hacer caso a unos informes que son falsos. Mañana mismo cogeré una diligencia a París y no volverá a verme. —Luego se levantó dispuesta a marcharse.
Mientras Heideck intentaba en vano tranquilizarla, el rey Luis entró en el salón aún más pálido y abatido. Había escuchado al otro lado de la puerta. Al verle, Lola se puso muy tensa y le gritó:
—¡No te lo perdonaré nunca! ¡Que me hayas espiado es un golpe bajo y muy ruin! Me has traicionado, a mí, a tu Lolita que te ha sido siempre tan fiel y devota.
Luis estaba destrozado y no sabía cómo reaccionar ante sus palabras. Cuando ella se calmó, le pidió al general que abandonara el salón. Heideck se retiró a una habitación contigua a la espera de ver lo que ocurría. Entonces Lola se derrumbó y comenzó a llorar mientras él la abrazaba con ternura para consolarla. Hablaron en español y el rey le prometió que seguía amándola como el primer día. Tras un buen rato, el barón asomó la cabeza por la puerta y señaló su reloj de bolsillo para recordarle que eran casi las tres, y su esposa Teresa le esperaba en palacio. Luis, con un gesto de la mano, le indicó que se fuera.
Finalmente llegó la reconciliación. Tras escuchar sus argumentos, el monarca la creyó sinceramente y ella accedió a no marcharse de Munich. Ya más serena, Lola pasó frente al general con la cabeza bien alta y, sin despedirse, se encaminó hacia la puerta. Mientras Heideck ayudaba a Luis a ponerse el abrigo, le comentó:
—Bueno, ahora Su Majestad ya ha visto su cólera. Debo confesar que lo ha dejado todo patas arriba. Nunca había visto un demonio así. Supongo que no volverá a verla.
—Al contrario —le respondió el rey con una media sonrisa—, he prometido visitarla esta misma tarde.
—Pero, majestad, debe alejarse de ella —insistió el barón.
—Se lo he prometido, y no dejaré que nadie me diga lo que debo hacer.
El rey se marchó más relajado, pero el general se quedó perplejo por la escena que acababa de presenciar. «Siento lástima por Su Alteza, está tan perdidamente enamorado que es incapaz de ver cómo es en realidad esta aventurera y cómo le manipula a su antojo», pensó mientras recuperaba la calma. Cuando Luis visitó por la tarde a su amante, le convenció de que los informes de la señora Ganser eran falsos. El monarca le pidió al barón que le devolviera la carta desgarradora que había escrito aquella misma mañana, para que Lola pudiera ver que sus sentimientos no habían cambiado. Aún se sentía más unido a ella y se prometió a sí mismo que nada ni nadie podría separarlos. A su fiel amigo Tann le escribió muy emocionado: «Nos hemos reconciliado. Lolita no va a abandonarme. Incluso si todas las acusaciones hubieran sido ciertas y ella hubiera confesado su culpa arrepentida, yo la habría perdonado, por la pasión con la que la amo».
Al día siguiente, Luis recibió una carta de Heideck en la que le solicitaba que aceptara su dimisión. Alegó que ya no tenía edad para desempeñar un trabajo tan ingrato y que su salud se estaba resintiendo porque Lola era una dama incontrolable. Deseaba recuperar su antigua vida retirada y tener tiempo para sus aficiones. El rey aceptó a regañadientes su renuncia, pero en aquel mismo instante pensó que la joven necesitaba a su lado a un amigo leal y comprensivo. Debía ser una figura influyente y respetada en los círculos sociales de la ciudad. Solo Maltzahn, que la conocía bien, podía desempeñar esta función. Luis escribió de inmediato al barón, que se encontraba desde el mes de noviembre en París. Le pedía que regresara a Munich cuanto antes porque su querida Lola le necesitaba más que nunca. Maltzahn le respondió que aceptaba su propuesta pero puso sus condiciones. Deseaba ser nombrado edecán de Su Majestad y que se le permitiera pasar los veranos en Baden-Baden. El rey accedió encantado y le escribió: «El amor, el honor y el deber me tienen atado a Lolita. Aquí se ha formado una conjura para separarme de ella, pero lo único que han logrado es que estemos más unidos que nunca».
Pese a que la relación entre el rey y su amante parecía haberse reforzado tras este incidente, Luis no podía ocultar su malestar por la forma en que a veces se comportaba ella. En su diario anotó: «Se está entrometiendo en asuntos de Estado privados. A pesar de las concesiones que se le han hecho, quiere todavía más. ¿Dónde acabará esto?».
Luis había creído que tras el asunto de la señora Ganser, su favorita se comportaría con más discreción, pero no fue así. El rey le había pedido que no viera al teniente Nüssbammer sin su permiso, y a este le había dejado muy claro que si rondaba a su amiga sería de nuevo expulsado de la ciudad. Pero ambos jóvenes, que se sentían muy atraídos, decidieron ignorar las órdenes del soberano. Tal como constaba en los informes secretos, el oficial visitaba con frecuencia a Lola en su casa de la Barerstrasse y todo apuntaba a que eran amantes.
Una tarde, el monarca llegó antes de lo previsto a la residencia de Lola y encontró allí al oficial sentado en un sillón junto a la chimenea. Nüssbammer acababa de regresar a Munich tras un largo permiso en Ansbach, donde sus superiores lo habían enviado para alejarlo de las tentaciones de la seductora bailarina. Luis se mostró muy contrariado y le ordenó que abandonara de inmediato la casa. Cuando se marchó, Lola intentó calmar al rey y convencerle de que nada era lo que parecía. Muy compungida, le suplicó que la escuchara aunque fuera la última vez:
—Luis, todo es un malentendido, me conoces bien y sabes que soy de naturaleza bondadosa. Si he dejado venir a Nüssbammer ha sido por lástima. El pobre está locamente enamorado de mí y tú sabes que yo no le quiero, pero no podía negarme a recibirle. Le he dicho que debe olvidarme y está sufriendo mucho.
—Mi Lolita, sabes que te adoro, pero tu comportamiento me desconcierta… Invitar a este hombre a tu casa, aunque sea con fines piadosos, es una temeridad. Hazme caso, cariño mío, está en juego tu reputación, todos los ojos están puestos en ti… —le imploró, intentando que entrara en razón.
—Mi amado Luis —le respondió ella mientras apoyaba la cabeza en sus rodillas—, perdóname, sabes que no tengo a nadie en este mundo y que he renunciado a todo por tu amor. No volverá a ocurrir si ello te incomoda.
Las palabras de la bailarina, a sus ojos llenas de sinceridad, calaron hondo en el rey. Luis la perdonó y pasaron juntos el resto de la tarde merendando y charlando junto al fuego. No podía enfadarse nunca con ella, al final siempre se salía con la suya. Pero al monarca le preocupaba su terquedad y que no hiciera caso de sus consejos. Ninguna de sus anteriores amantes había suscitado tanto desprecio entre su pueblo como Lola. La policía le había entregado la copia de unos pasquines muy extendidos por la ciudad que comenzaban diciendo: «Montes, grandísima puta, pronto llegará tu hora», y concluían: «Al diablo la casa real, nuestra lealtad llega a su final. Solo nos trae deshonra y vergüenza, que Dios nos tenga clemencia». También supo que los párrocos ordenaban a sus congregaciones que rezaran «por la redención de aquel gran anciano» y algunos rumores afirmaban que los sacerdotes ordenaban en los confesionarios oraciones para que el rey abandonara a la «pérfida española».
Lola se había convertido en un personaje famoso en Munich y era objeto de las burlas de los chiquillos de la calle. Cuando salía a pasear por las mañanas, grupos de jóvenes la seguían y le silbaban o insultaban. Habían llegado a arrojarle estiércol de caballo y piedras a su paso. Luis, temiendo que pudieran agredirla, le asignó dos agentes para su protección. También reforzó la seguridad en su residencia donde dos policías hacían turno en la garita frente a la verja. Pero ella seguía comportándose como si fuera la reina consorte y el pueblo bávaro despreciaba su altanería.
Aquella misma semana protagonizó otro grave incidente. Lola acudió a la oficina de correos y se coló en la zona de seguridad para tratar de recuperar una carta que le había enviado al teniente Nüssbammer. Al impedirle pasar, abofeteó enfurecida a un empleado y le empujó al suelo. Cuando el asunto llegó a oídos de Pechmann, este ordenó que se abriera una investigación. A la mañana siguiente uno de sus agentes interrogó a Jeanette, la doncella de Lola, y a su amiga Berta Thierry, ambas sospechosas de haber sido sus cómplices en la agresión. Indignada, la bailarina envió una nota al jefe de policía en la que le ordenaba que la dejara en paz o de lo contrario acudiría a quejarse ante el rey. Pechmann respondió mandándole una citación en la que le exigía que compareciera en un plazo inferior a una semana para responder sobre «su abusivo comportamiento en el edificio de correos». La guerra no había hecho más que empezar.
Por la tarde, uno de los criados de Lola, vestido de librea, le llevó a Pechmann una escueta respuesta:
Señor, no hablo ni entiendo el alemán, por lo que no puedo leer la citación que me adjunta. Le pido que olvide este desagradable asunto. Afectuosamente,
LOLA MONTES
Pero el jefe de policía no estaba dispuesto a dar marcha atrás y le respondió diciendo que los funcionarios de Baviera redactaban sus documentos únicamente en alemán y que ella debería hacer que alguien se lo tradujera. Al cabo de un rato, el criado de Lola regresó y le entregó la citación hecha pedazos. Para Pechmann fue la gota que colmó el vaso. Su reacción suponía un acto de desacato al proceso judicial y no estaba dispuesto a dejar pasar tan grave incidente.
Cuando más tarde, Pechmann se encontraba descansando en su casa de la Sommerstrasse tras una agotadora jornada, un mensajero del palacio real llamó a la puerta y le entregó una nota urgente de Su Majestad que decía así:
Con la mayor vehemencia le ordeno que deje en paz a mi querida Lola Montes. Desconocedora de nuestros usos locales, no debería recibir un tratamiento tan puntilloso de su parte. No olvide que es usted tan solo el jefe de policía en funciones, y solo espero de usted obediencia.
LUIS
El barón Von Pechmann, hombre de firmes principios, no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y continuó con sus pesquisas. Según la Constitución, el monarca no tenía derecho alguno a suspender una investigación criminal. Haciendo caso omiso de Su Majestad, pidió que fueran interrogadas todas las personas que habían sido testigos de la destrucción de la citación por parte de Lola. Cuando ella se lo contó a Luis, este ordenó a su primer ministro Von Abel que trasladara de inmediato al jefe de policía a la ciudad de Landshut. «El señor Pechmann es el único responsable. Ha llegado el momento de que los funcionarios del Estado aprendan que no pueden oponerse impunemente al rey, ni ser negligentes en el cumplimiento de su deber», escribiría en su diario. Este nuevo escándalo dio pie a un chiste que comenzó a circular por todo Munich: «¿En qué se diferencia Prusia de Baviera? En que en Prusia la policía expulsa a Lola Montes, y en Baviera Lola Montes expulsa al jefe de policía».
Hasta el momento nadie de la familia real se había entrometido en la vida amorosa de Luis, pero Carolina Augusta, viuda del emperador austríaco Francisco I y hermana del rey, le escribió desde Salzburgo una carta que le dolió profundamente. Mujer distinguida y religiosa, estaba muy preocupada por los informes que le llegaban de la corte de Baviera:
¿Qué clase de ejemplo estás dando? El mundo perdona este tipo de actitudes en los jóvenes, pero no en los viejos. Piensa en tus súbditos. Hermano, ten piedad de tu alma, de tu país y de mí por escribirte esto, pero quiero poderte mirar con orgullo. Suelta tu mano de la suya, llénala de dinero, de mucho dinero si es necesario, pero que se marche. Cada palabra de esta carta me duele en el alma. ¡Usa la cabeza, usa tu voluntad! Le ruego a Dios que te ayude. Tu verdadera amiga, tu entregada hermana.
Luis, molesto por el tono de sus palabras, le respondió con una breve nota:
Cada uno debería ocuparse de sus propios asuntos, y la gente debería conocerme lo suficiente como para saber que no toleraré interferencia alguna en los míos.
El monarca necesitaba a alguien a su lado que le ayudara a mejorar su imagen pública. Pero cuando Maltzahn llegó a Munich se encontró con una situación que no esperaba y desde su habitación en el Hotel Maulik, escribió al rey con gran inquietud, rogándole que no lo nombrara edecán:
Mi vida está a disposición de Su Real Majestad, pero no mi honor. La situación aquí es completamente diferente de lo que pensaba; desafortunadamente, durante mi ausencia, Lolita ha insultado a todas las capas de la sociedad, los ha ofendido a todos, y la ciudad y la nación están tan indignados que aun con la mejor de las voluntades es demasiado tarde, es imposible mejorar su posición, o al menos yo soy demasiado débil para lograrlo. Le ruego con la mayor humildad a Su Real Majestad que me conceda una hora en la que pueda hablarle sin interrupciones para tratar lo que todavía podemos hacer.
Cuando aquella mañana de febrero el rey Luis recibió en su sala de audiencias al barón Von Maltzahn, este contó en tono grave y muy serio que había una campaña en marcha para hundir a Lola y que la situación se estaba volviendo insostenible:
—Majestad, sé que mis palabras le van a doler, pero no puede ni imaginar el grado de indignación, desprecio e incluso odio que su amada Lola provoca por toda Baviera.
—Sé que en Munich se ha ganado muchos enemigos —reconoció el rey—, pero no imaginaba un panorama tan sombrío. Ella no merece sufrir tanto por mi amor.
—Señor, usted puede hacer frente a esta campaña de difamación contra Lola, pero yo no tengo ningún apoyo. Llevo más de treinta años sin vivir en Munich, la gente me señala con el dedo y me acusa de ser la persona que trajo a la española a la capital.
—Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Estoy atado a ella —respondió Luis entristecido y desesperado.
Ese mismo día por la tarde, Maltzahn acudió a visitar a Lola Montes. La entrevista fue breve porque el caballero la reprendió con dureza por su ofensivo y desvergonzado comportamiento. A continuación le ofreció una pensión vitalicia de 50.000 florines anuales si abandonaba Baviera y se comprometía a no regresar jamás. Lola, que no esperaba una propuesta así de la persona que consideraba leal al rey, le ordenó que guardara su dinero y que abandonara su casa. Cuando la bailarina le contó a Luis lo ocurrido, el rey se quedó sin palabras. No podía creer que Maltzahn estuviera dispuesto a entregar a su amada semejante suma de dinero y menos de su propio bolsillo. Más tarde se enteró de que el barón había mantenido una larga entrevista con Karl-August von Reisach, arzobispo de Munich y fiel aliado de los jesuitas. Entonces comprendió quién estaba detrás de aquel soborno. El barón, temiendo la reacción del rey Luis, abandonó precipitadamente la ciudad alegando que unos asuntos familiares reclamaban su presencia en París. A partir de ese día el monarca se quedó aún más convencido de la bondad de Lola. Había quedado demostrado que aquella mujer de nobles sentimientos no lo amaba, como decían, por su riqueza. «¡Es la confirmación del amor! —escribió en su diario, lleno de alegría—. No me abandonaría aunque le estuvieran apuntando al corazón con una pistola.»
Pero los jesuitas no cejaron en su empeño para conseguir separarle de su favorita. Melchior von Diepenbrock, el príncipe-obispo de Breslavia, a quien el rey respetaba porque no era un extremista como el arzobispo de Munich, le escribió en los siguientes términos:
Rey Luis, un árbol venenoso crece sobre vos y su perfume letal os adormece, os ciega, nubla vuestros sentidos y os cautiva para que no veáis el abismo que se abre ante vos, la sima abierta que amenaza con tragarse vuestro honor, vuestra reputación, la felicidad de vuestra familia, de vuestra tierra y de vuestra vida, además de la salvación de vuestra alma. ¡Rey Luis, despertad de vuestro sueño! No mancilléis vuestro nombre, hasta ahora tan noble, como hizo el Luis francés [Luis XV], cuya vida de ofensas cavó por sí sola el pozo de la Revolución.
Luis tardó más de una semana en preparar la respuesta a la carta. Por primera vez era consciente de que los jesuitas no iban a detenerse hasta expulsar a Lola y para ello no dudaban en utilizar todas sus influencias. Se tomó su tiempo para explicar de manera sincera y clara lo que deseaba transmitir:
Las apariencias engañan. Nunca he tenido amantes ni esta vez tampoco. Solo he amado la amistad, que ha sido mi mejor protección contra las pasiones sensuales. Tengo una naturaleza poética que no puede medirse por los estándares normales. Os doy mi palabra de honor de que desde hace cuatro meses no me he acercado a ninguna mujer, ni a la mía ni a otra. Quiero demostrar a mi pueblo que no tiene razón de escandalizarse. No puedo romper esta amistad. Si lo hiciera, dejaría de respetarme a mí mismo. No me pidáis imposibles.
El rey entregó una copia de su respuesta al deán de la catedral de Munich y le ordenó que se la enviara a todos los obispos del reino. Luis creía que una circular con la declaración jurada del rey acerca de su vida sexual sería suficiente para detener los rumores. Pero los jesuitas le asestaron un nuevo golpe. Consiguieron que el propio Papa enviase una severa amonestación al díscolo monarca de Baviera. El 9 de febrero de 1847, Pío IX escribió a Luis:
Hasta el momento presente el rey de Baviera siempre ha sido un firme pilar de la Causa Católica. Tras oír, no obstante, que Nuestro Amado Hijo se ha apartado de la senda de la virtud, Nos damos cuenta de que, debido a un cambio de gran envergadura y graves consecuencias, este apoyo se ha podrido y está acarreando la vergüenza y la desgracia sobre la Causa Católica en lugar de apoyarla con su ayuda y con su honor. Tras tomar en cuidadosa consideración todas estas circunstancias, amonestamos a Nuestro Querido y Amado Hijo Luis I, Rey de Baviera, y le rogamos en virtud a Nuestro Cargo que regrese al camino de la rectitud y el honor…
Aquella carta de la Santa Sede solo sirvió para enfurecerle aún más y tuvo un efecto contrario al que pretendía. Que el Papa se inmiscuyera en su vida privada le hizo ver con claridad que debía frenar cuanto antes el poder y la influencia cada vez mayor de los jesuitas y de su ministro Karl von Abel. Aunque le consideraba el mejor hombre de Estado de su reino, ahora le observaba con desconfianza. Entonces, y de manera inesperada, el rey Luis anunció un importante cambio en el gobierno. A partir de ahora los asuntos religiosos y de educación que dependían del Ministerio del Interior, al frente del cual se encontraba Abel, quedaban bajo la competencia del ministro de Justicia, más tolerante y menos conservador. El monarca sabía que esta medida sería interpretada como una nueva injerencia de Lola Montes en política. «No me sorprendería que le echaran las culpas a mi pobre Lola.» Y así ocurrió. El odio y los recelos no hicieron más que acrecentarse.
En medio de tanta agitación, el rey Luis encargó a otro notable pintor de la corte, Wilhelm von Kaulbach, que realizara un nuevo retrato de su amante. El artista, al igual que la mayor parte del pueblo bávaro, despreciaba a la bailarina por su mala fama y arrogante comportamiento. Cuando el rey le pidió que realizara un boceto preliminar con la joven luciendo un vestido de época renacentista, le sugirió que tenía que parecerse a la desventurada María Estuardo, la reina de los escoceses. Deseaba que en el cuadro Lola Montes representara el papel de católica perseguida. Kaulbach, que gracias a la ambición del rey de convertir Munich en una Atenas germana había realizado una abundante producción artística en la capital, no podía negarse. Al cabo de unos días le presentó un boceto al carboncillo donde mostraba a Lola Montes con una mirada sombría, con flores negras en el cabello, un cinturón de serpientes, un hacha y un tocón de verdugo como telón de fondo. Encima de la mesa, el artista colocó un periódico abierto por una página en la que se hablaba del juicio de su amante Dujarrier. A Luis le pareció una broma de mal gusto, «una fantasía perversa», pero lejos de enfadarse, insistió en que Kaulbach la retratara para la posteridad.
A Lola no le hizo ninguna gracia tener que posar durante largas horas para un pintor por el que tampoco sentía ninguna simpatía. Le irritaba su semblante serio, su aire altivo y su prepotencia. Pero como Luis estaba tan ilusionado en el proyecto, intentó comportarse con cortesía y obedecer las indicaciones del artista. El monarca deseaba inmortalizar a su amante en un retrato de cuerpo entero y a escala natural, vestida con un suntuoso traje de terciopelo negro y una amplia gola isabelina. Las sesiones comenzaron en el estudio que el pintor tenía junto a un hermoso jardín inglés que se extendía a un lado y otro del río Isar. Luis acudía cada día a animar a Lola y le hacía compañía durante unas horas.
Un día, Zampa, el travieso perro faldero de la bailarina, se coló en el jardín donde Kaulbach tenía una pequeña colección de animales y aves que utilizaba como modelos en sus bodegones. De repente se puso a perseguir a seis pavos reales que salieron huyendo a la calle. Lola corrió atemorizada detrás de su perro, seguida del pintor, que trataba de salvar la vida de las aves, y del rey. Cuando los transeúntes vieron a la famosa Lola Montes vestida con traje renacentista, al célebre pintor Kaulbach y al mismísimo Luis I de Baviera persiguiendo a media docena de pavos reales y a un perro, se quedaron atónitos. Al día siguiente en toda la ciudad solo se hablaba del excéntrico comportamiento del monarca y su amante, «que se divertían jugando a perseguir a unas aves inofensivas».
Cuando Kaulbach finalizó el cuadro y se lo mostró al rey, no le gustó el resultado. Le hizo saber que su querida amiga no se parecía en nada a aquella mujer de expresión funesta e incluso amenazadora que aparecía en el lienzo. Luis respetaba la independencia del célebre artista y no le ordenó ningún cambio, pero se negó a pagarlo. La obra, de grandes proporciones, quedó inacabada en el estudio del pintor. Cuando Josephine von Kaulbach, la esposa del pintor, años más tarde vio el cuadro que aún seguía almacenado en su estudio, se quedó tan impactada del nefasto efecto que producía que le escribió estas líneas:
He visto al fin el retrato de la española, tras una larga contemplación solo puedo decirte que toda la biografía de esta mujer está contenida en este cuadro. Es imposible observar esta obra y bromear acerca de la modelo. No puede una reírse, transmite un sentimiento de seriedad y tristeza que sobrecoge. Refleja su destino, sí, pero un destino increíblemente sombrío y trágico. Mi amado esposo, sondeas en las profundidades del alma de las personas, y eso es lo que convierte en clásicos tus retratos.
El monarca no quiso que Lola viera su desafortunado retrato porque se hubiera enfadado y se limitó a ponerle una excusa para dar por finalizadas las sesiones de posado. Para compensar este desengaño, pidió al escultor Johann Leeb que realizara en mármol un busto de su amada a tamaño natural. La escultura, que fue del agrado de ambos, quedó instalada en la sala de audiencias para que todos los visitantes pudieran admirar su belleza clásica y la perfección de sus rasgos.
En aquellos días, otro tema preocupaba al rey y le quitaba horas de sueño. Llevaba un tiempo solicitando al Consejo de Estado su aprobación para otorgar a Lola Montes la ciudadanía bávara que permitiría concederle otros privilegios, como poseer tierras o un título nobiliario. Tras varias reuniones, sus consejeros se negaron por unanimidad a formalizar la situación de su amante alegando que la joven estaba indocumentada. Además, pensaban que no era apropiado que el monarca declarara bávara a la bailarina debido al rechazo del pueblo porque «sería la mayor calamidad que podría caer sobre Baviera». Luis perdió la paciencia y ordenó al Consejo que se reuniera para votar, y advirtió a sus miembros de que interpretaría la negativa a dar su opinión como desacato a su autoridad. Aunque no la necesitaba, deseaba contar con su total aprobación.
Tal como el rey Luis se temía, solo su leal Georg von Maurer, el único miembro protestante del Consejo, votó a su favor. Este respetado jurista le sugirió que decretara de inmediato la naturalización de su amiga y que hiciera que el documento fuera refrendado por uno de sus ministros para que entrara en vigor. Cuando llegó a oídos de Karl von Abel que el monarca pensaba conceder a Lola Montes la ciudadanía bávara, anunció su dimisión. En su escrito informaba a Luis de que todos sus ministros opinaban como él y que el gobierno en bloque estaba dispuesto a secundarle:
Desde octubre del año pasado las miradas de todo el país se han dirigido a Munich, y por todas partes en Baviera se han escuchado opiniones acerca de lo que aquí ocurre, que es prácticamente el único tema de conversación en los círculos familiares y los lugares públicos. A partir de estas opiniones, se ha formado un sentimiento popular altamente preocupante. El respeto por el monarca se está erosionando cada vez más en la mente de sus súbditos porque solo se escuchan expresiones de amargo reproche y manifiesta desaprobación. Al mismo tiempo, el orgullo de la nación se ha visto profundamente ofendido porque Baviera se esté viendo gobernada por una extranjera a la que el pueblo ve como una mujer marcada, y por más hechos refutatorios que se presenten no se podrá alterar esta percepción.
Aunque Luis se mostró sorprendido y pidió a su ministro del Interior que recapacitara unas horas, él se mantuvo firme en sus convicciones. Unos días más tarde, escribía a su amigo Tann:
Abel se ha mostrado categórico. Va a dimitir, el mandato de los jesuitas se ha roto. Me agradan la calma y la alegría que he sentido ayer y hoy. Hasta ahora, Lolita no sabe nada. Me alegra que Abel dimitiera y que la gente lo supiera, está bien que se haya retirado, reconozco el gran servicio que nos ha prestado y creo que es un hombre recto. Las cosas han cambiado mucho aquí, y en cuanto a la cuestión sobre si debía gobernar el rey o el partido de los jesuitas: Yo la he contestado.
El día del cumpleaños de Lola el rey se presentó en su casa con un ramo de flores y un estuche con un fino collar de perlas. Tras felicitarla le anunció que su gobierno había dimitido en bloque. La bailarina lo abrazó efusivamente y le dijo que aquella noticia era el mejor regalo que podía hacerle. Por fin el monarca imponía su voluntad y ella había contribuido a este cambio político. Años de agitación liberal habían sido incapaces de poner fin al control jesuita en Baviera y una sola mujer lo había logrado de la noche a la mañana. Lola, exultante, había ganado la batalla contra sus acérrimos enemigos y se dispuso a colaborar estrechamente con el rey en la formación de su nuevo gobierno. Aquella misma tarde le presentó su propia lista de candidatos para los cargos ministeriales y le dijo que le gustaría charlar con las personas designadas para el puesto y estar presente en las audiencias del rey. Luis la amaba locamente, pero no estaba dispuesto a abandonar su papel de autócrata aunque algunas de sus ideas le resultaran interesantes y las tuviera muy en cuenta. Lola ya era ciudadana bávara y parecía que el camino había quedado despejado para hacer realidad su sueño más íntimo: verse elevada a la aristocracia bávara.
En los días siguientes, Luis vivió inmerso en una frenética actividad para formar gobierno. Dispuesto a romper con el pasado, se rodeó de ministros liberales y puso al frente a Von Maurer, quien le había demostrado su lealtad. La prensa bautizó al nuevo gabinete como el «Ministerio del Amanecer». Tras una década de régimen católico conservador en el poder, el pueblo recibió estos vientos de cambio de manera favorable.
Pero no todos estaban satisfechos con la llegada de un gobierno más liberal y progresista. En la Universidad de Munich, católica y conservadora, los profesores y estudiantes lamentaron la dimisión de Karl von Abel, quien siempre les había dado su apoyo. A mediados del mes de febrero, en una reunión de la junta de gobierno de la universidad, Ernst von Lasaulx, catedrático de Filosofía y Ética, sugirió que había que hacer un homenaje al ministro por su valiente defensa para conservar la dignidad de la Corona. Cuando llegó a oídos del rey esta propuesta, la consideró una provocación y, dispuesto a demostrar quién mandaba ahora en Baviera, despidió al profesor de manera fulminante. La mañana del 1 de marzo apareció en el tablón de anuncios de la universidad la dimisión del catedrático, y un grupo numeroso decidió ir en procesión hasta su domicilio como muestra de apoyo.
Hacia las diez de la mañana, varios cientos de universitarios se concentraron ante la residencia de Lasaulx, entonando canciones estudiantiles y vitoreándole. El grupo se disolvió pacíficamente, pero al mediodía comenzaron a circular panfletos por toda la ciudad en los que se convocaba una manifestación hasta la residencia de Lola Montes. Los rumores llegaron a oídos del rey, quien enseguida envió una nota al recién nombrado jefe de policía, Heinrich von der Mark, para garantizar la seguridad de su amiga.
Lola, advertida por el monarca, se lo tomó con humor. A la hora prevista, un grupo de estudiantes seguidos por una multitud de gente apareció por el extremo de la calle y se detuvo frente a su verja. La bailarina los esperaba asomada a una de las ventanas en compañía de cuatro amigos, uno de ellos su inseparable teniente Nüssbammer. Durante un instante observó a la muchedumbre con una sonrisa burlona y sin decir nada. Entonces pidió a su criado que le trajera una copa de champán y, alzándola al aire, gritó:
—¡Brindo por todos vosotros! Por los jóvenes de Munich, sois el futuro.
—¡Vete a España, bruja intrigante, aquí no te queremos! —le gritaron unos hombres mientras la señalaban con la mano.
En ese momento una piedra surcó el aire y le rozó la cabeza. Su amigo Nüssbammer la sujetó con fuerza por la cintura para apartarla de la ventana, pero Lola forcejeó con él y le golpeó para que la soltara.
—¡Bravo por vosotros, cobardes, capaces de herir a una mujer inocente por sus ideas liberales! —continuó gritando.
—Señora, por favor —le rogó su doncella—, entre, es muy peligroso.
—Jeanette, sé cuidar de mí misma, esta gente no me asusta —le respondió mientras lanzaba bombones a la muchedumbre.
El rey, ajeno a lo que estaba ocurriendo, había finalizado su trabajo y se disponía a salir para visitar a su amante como cada tarde. El nuevo ministro del Interior, Johann Baptist von Zenetti, llegó a tiempo para advertirle de que había una turba frente a la residencia de la bailarina y que no era prudente ir a su encuentro. Luis, temiendo por la vida de Lola, salió precipitadamente seguido por su ministro. Cuando llegó al número 7 de la Barerstrasse, el caos era total. La policía trataba de dispersar a los estudiantes exaltados por la actitud provocativa de Lola, que seguía en la ventana amenazándolos con un cuchillo en la mano. El monarca se abrió paso entre la gente y al ser reconocido muchos se quitaron el sombrero en señal de respeto. Cuando consiguió acceder al interior y reunirse con Lola, ella le mostró una de las piedras, de gran tamaño, que le habían lanzado. El rey se asomó al balcón y exclamó indignado: «¡Regresad todos a vuestras casas! ¡Os lo ordeno!». Después estrechó a Lola entre sus brazos: «Nadie conseguirá que renuncie a lo que más amo en este mundo, a ti, Lolita».
Al cabo de un rato la multitud se dispersó y unos pocos siguieron caminando en dirección al palacio real. En la Max-Joseph-Platz, frente al Teatro de la Corte, algunos manifestantes comenzaron a lanzar piedras contra el palacio. La reina Teresa, que aquella tarde se encontraba visitando a una amiga al otro lado de la calle, temiendo que atacaran su carruaje pidió a su cochero que regresara él solo a palacio. Ella, oculta tras un gran sombrero y un abrigo que le prestó su doncella, volvió caminando y entró de incógnito por una puerta trasera sin que nadie la reconociera.
Cuando Luis supo que estaban atacando su palacio, partió de inmediato para hacerse cargo de la situación. Mientras corría a toda prisa por la calle, la gente le silbaba y le abucheaba, burlándose de su relación con la española y lanzando vivas a la reina Teresa. El rey llegó enfurecido y confuso. Nunca había vivido una experiencia tan humillante. No reconocía a su pueblo. A las diez de la noche la calma regresó a las calles aunque algunos en su retirada rompieron farolas y escaparates de los comercios. Pero Luis, a pesar de la gravedad de los disturbios, continuó con su rutina. El monarca acabó la velada jugando su habitual partida de naipes con su esposa. No hablaron de lo ocurrido y aunque parecía sereno, en su interior estaba inquieto, colérico y sediento de venganza: «Mis nobles, el partido jesuita y los curas han incitado a los demagogos para que me insultaran y me hirieran, pero yo les enseñaré quién manda», pensó.
Al día siguiente reinaba la calma, pero Luis no podía olvidar el terror que había sentido al verse amenazado por aquellos vándalos. Había sido testigo del odio y el desprecio que su pueblo sentía hacia su amante. Muchos de aquellos jóvenes que insultaban a Lola eran hijos de familias nobles y acaudaladas, chicos educados en una universidad que era un referente en toda Alemania. Nunca imaginó que pudieran llegar tan lejos y recurrir a la violencia. Estaba desengañado, cansado y triste, pero también preocupado por la seguridad de Lola. En las calles corrían nuevos rumores sobre el comportamiento de la extranjera. Se decía que había intentado abrir fuego sobre la muchedumbre pero que su amante Nüssbammer lo había impedido. Según otra versión, había cogido las piedras que le habían lanzado, había hecho juegos malabares con ellas y después las había arrojado contra la multitud. Y había otra historia que decía que la artista había enseñado sus pechos para provocar a los estudiantes.
Tras los sucesos del primero de marzo, Lola se veía a sí misma como una heroína. Había derrotado a los jesuitas y se había enfrentado con valor a los estudiantes extremistas que pedían su expulsión. Se hablaba de ella en toda Europa, contaba con muchas simpatías en el extranjero y se decía que era la reina en la sombra de Baviera. Luis la necesitaba a su lado y le consentía todos sus caprichos salvo uno: «El rey debe cumplir su palabra y otorgarme un título nobiliario que merezco. Ya nadie me mirará por encima del hombro, porque muy pronto seré condesa y los que ahora me critican, besarán mi mano».