¿Qué puedo decir acerca de Raymond Keane?
La prensa sensacionalista que siguió la historia lo apodó «el Carnicero del Pantano». Uno pensaría que con eso ya está todo dicho, pero solo es el principio.
Era intocable. Un negociante, un pez gordo, un traficante; no solo de drogas, sino también de secretos. Donaba a las fundaciones adecuadas, untaba a los políticos apropiados, conocía los trapos sucios de las personas idóneas y se abrió paso del lodazal del que procedía hasta un casoplón en los Cayos.
Cuando mi madre conoció a Raymond, yo tenía diez años. En aquella época ella empezaba a acusar la edad, aunque su aspecto no lo delataba. Pese a todo, las pasamos canutas ese año —había tenido que abandonar la estafa al propietario de un concesionario de automóviles— e íbamos de acá para allá tratando de reunir dinero suficiente para volver a empezar. Me sentía culpable en aquel entonces, porque dejó el último timo a medias por mi causa. Fue lo más maternal que había hecho nunca y me sentí tan bien que bajé la guardia en lugar de desconfiar.
Debería de haber desconfiado. Yo ya sabía con quién me las tenía a esas alturas, pero...
Necesitaba una madre. Sin embargo, dos años viviendo con Raymond Keane me arrancaron ese anhelo de cuajo.
Ni siquiera fue una estafa. Tal vez habría podido afrontarlo si ella lo hubiera estado embaucando. Quizá mi bienestar habría sido más importante, porque ya había importado antes.
Pero no, Raymond nunca fue un objetivo.
Lo de Raymond era amor. Amor incondicional, del que te pone de puntillas, amor del tipo «nunca pensé que lo encontraría, nena».
Yo no tenía la menor oportunidad. Solo era la hija. Ella ya se había deshecho de otra sin pestañear.
Se casaron a los seis meses de conocerse.
Entonces tuve la sensación de que las cosas se habían torcido de la noche a la mañana. Pero ahora puedo identificar las señales de lo que estaba a punto de pasar.
La primera vez que me atacó fue el día de mi cumpleaños. Sucedió de repente. Hacía meses que lo estaba incubando. ¿Cómo pueden ser ciertas esas dos realidades opuestas? Todavía no lo sé. Solo sé que mientras sucedía —mientras lo sufría— fue como si no pudiera coger aire, como si no pudiera respirar profundamente y mucho menos abrir mi campo de atención lo suficiente como para ver que eran sus manos las que llevaban un rato estrangulándome.
Supongo que no mostré suficiente gratitud por el regalo que me había hecho. Le gustaba presumir. Le encantaba la idea de ser una figura paterna fuerte. Estricta. Le encantaba la idea de una familia ideal, de foto. La esposa despampanante, la hijastra rubia y guapa, las dos envueltas para regalo. Pero si no reaccionabas tal como él había visualizado, los lazos se empapaban de sangre.
No me abofeteó ni me golpeó. Me empujó. Me tiró del sofá y caí de rodillas con tanta fuerza que las muñecas me dolieron del impacto hasta el día siguiente. Me hice un corte en la cabeza cuando me di contra la mesa baja y tardé segundos o puede que minutos en caer en la cuenta de que esa sensación cálida y pegajosa en la piel era sangre.
Cuando mi madre gritó, le pegó a ella. La clase de puñetazo que entonces no sabía —aunque lo aprendería— que te hace traquetear los dientes y te llena la boca de un sabor metálico que no puedes escupir ni enjuagarte.
Y en lugar de hacer lo que siempre decía que haría si alguien nos pegaba —hacer las maletas, largarse pitando, empezar de nuevo en alguna otra parte con un nuevo objetivo—, se encogió.
Nunca había visto a mi madre, con sus dotes de manipulación y su elegancia de bailarina, temblar antes de ese día. Eso me asustó aún más que la sangre en la boca, así que cuando el puño retrocedió para asestar otro golpe...
No fui fuerte ni valiente. Acababa de cumplir once años, tenía miedo y salí corriendo.
La dejé a su suerte mientras me escondía en mi habitación y temblaba durante lo que se me antojaron horas hasta que por fin sonaron unos toques en mi puerta y una voz persuasiva. «Nena, sal, ¿vale? Lo lamenta. Lo ha hecho sin querer. Quiere arreglarlo.»
Era de manual. Pero yo no lo sabía entonces, porque se daba por supuesto cierto nivel de peligro en los hombres que mi madre traía a nuestras vidas. Era mi normalidad.
En cambio, que no se marchase cuando un hombre se convertía en una amenaza era nuevo.
La nueva normalidad.
Porque Raymond era su amor.
«El amor lo puede todo, nena.»
Y así fue; pudo con ella.
Pero no iba a permitir que él pudiera conmigo.