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Katie (10 años): dulce, vivaracha, lista (en tres actos, a la inversa)

TERCER ACTO: DULCE

Cuatro horas después

Todavía está lloviendo cuando regreso de la lavandería. No hay luz en las ventanas, todas las lámparas están apagadas y no veo su coche en la plaza de la entrada.

Entro en la casa por la puerta trasera y me abro paso a oscuras dejando un reguero de gotas de lluvia rosadas a mi paso. Si puedo llegar hasta el dinero que tengo escondido en el cuarto de baño de abajo, tal vez pueda escapar...

Tengo que pasar por la sala para llegar allí. Me digo a mí misma que me prepare, que lo puedo soportar.

«En esta manta cabemos los dos.»

La manta ha desaparecido. También los almohadones del sofá. Estaban cubiertos de sangre y ahora ya no están.

Él tampoco.

Es como si nada hubiera pasado, como si el instante hubiera sido arrancado del tiempo, y yo miro fijamente ante mí, tratando de darle sentido.

«Acércate un poco más, cariño.»

¿Lo habrá limpiado él? Debe de haberlo hecho. Pero yo pensaba...

Había muchísima sangre. Y gritos mientras yo corría.

«No muerdo.»

Pero debe de estar bien. Si ha podido marcharse en coche.

¿Verdad?

—Ahí estás.

Doy un respingo, tan cerca de pegar un grito que tengo que taparme la boca con las dos manos.

Mi madre me mira desde el pasillo con un aerosol de lejía en las manos enguantadas.

Me estremezco, consciente de sopetón del frío que asoma debajo de su mirada.

Mi primer impulso es disculparme. Tengo moretones en el interior de las rodillas y me he convertido en una persona distinta en el transcurso de esos minutos que quizá hayan sido horas, pero la palabra que acude a mis labios sigue siendo «perdón».

Es doloroso y raro y me revuelve las tripas querer buscar refugio en la persona de la que pienso que podría necesitar protección.

—Ya casi he terminado —dice—. Luego nos marcharemos.

Me limito a mirarla de hito en hito, porque apenas entiendo lo que me está diciendo.

¿Dónde está él?

—Te recuperarás.

No es una pregunta ni una especie de promesa. No es una bendición ni un deseo.

Es una orden. Lo dice igual que me dice «Katie. Te llamas Katie», y me resulta tan familiar que casi me arranca de las garras de la duda.

¿Qué le ha hecho? ¿Algo peor que lo que yo hice?

—Vamos —dice, y me tiende la mano. El rojo casi cubre la goma amarilla por completo.

¿Dónde está él?

Lo veo en sus ojos. Hay demasiado rojo en sus guantes.

Ha desaparecido. Para siempre.

Me quedo petrificada de la impresión. De saber que ella ha vuelto y ha visto lo que he hecho, toda la sangre, y él y...

Dios mío, somos exactamente iguales, ¿verdad?

Ella pronuncia mi nombre. No Katie. Mi verdadero nombre. Eso me arranca de golpe de la espiral que se tensa a mi alrededor.

—Vamos. Me tienes que ayudar a librarme de él.

Todavía me tiende su mano ensangrentada.

La tomo.

No tengo más remedio.