SEGUNDO ACTO: VIVARACHA
Cuarenta minutos después
Llevo la blusa manchada. Me ciño la cazadora al cuerpo con la intención de ocultarlo mientras corro más deprisa. Las suelas de mis deportivas restallan en los charcos y el frío de las calles es casi tan desagradable como el bullicio que hay en esta parte de la ciudad a altas horas de la noche. Seattle es un asco en invierno y mi cazadora es fina, pero no he tenido tiempo de coger el abrigo.
No he tenido tiempo de coger nada. Mi teléfono sigue allí, junto con el abrigo y la ropa que no está sucia de sangre.
Tengo que encontrar un teléfono de pago, aunque sea casi imposible. Pero sigo andando, porque si me paro voy a recordar lo que ha pasado.
«No te pares. Sigue avanzando.»
Soy Katie desde hace seis meses. Katie es la hija de Lucy. Acaba de cumplir diez años. Es deportista; lleva una pulsera de dijes de oro rosa en la muñeca derecha, de la que cuelgan pequeñas raquetas de tenis, corazones y la torre Eiffel. Katie es el sueño de un club de campo; sus modelitos parecen sacados de un catálogo de Ralph Lauren infantil y siempre lleva la abundante melena rubia recogida en una cola de caballo que oscila cuando camina. Katie no es callada. No es silenciosa. No es invisible. Es la primera chica con genio que mi madre me deja ser, lo más parecido a mí que he sido en años.
De no haber sido tan parecidas, ¿esto no habría pasado?
«No lo pienses. Sigue avanzando.»
Camino durante lo que me parece una eternidad. Estoy empapada para cuando llego a la lavandería abierta las veinticuatro horas. Solo hay una persona dentro, una chica en edad de ir a la universidad con unos auriculares encasquetados que no levanta la vista cuando entro chorreando.
Hay un teléfono de pago en la parte trasera, pero no me encamino derecha hacia allí.
En vez de eso, entro en el sórdido cuarto de baño. Está hecho un asco, como casi todos los servicios públicos. Me recuesto contra el lavamanos de todos modos. Se me abre la cazadora. Bajo la vista hacia la blusa blanca, antes inmaculada. Me la he abrochado mal, me sobran un botón y un ojal. No me había dado cuenta hasta ahora.
He tenido que vestirme a la carrera, buscando los botones con los dedos según salía disparada. Me tiemblan las manos cuando miro mi reflejo en el espejo y al momento estoy clavando los dedos en la blusa, tratando de arreglar los botones con frenesí. De repente es lo más importante. Tienen que estar en su sitio, y entonces el estremecimiento del miedo e histeria aparece inmenso y real. Se abate sobre mí y no puedo detenerlo.
Por fin ajusto los botones, pero eso no me hace sentir mejor.
Podría volver. La idea ya me tienta. Quiero acurrucarme en los brazos de mi madre y llorar. Pronto llegará a casa y cuando vea lo que hay allí... Se preocupará. Puede que haya ido la policía. Eso la va a reventar.
Podría decírselo. Podría confiar en que se pondrá de mi parte.
Sin embargo, dudo que mi parte exista siquiera. Me parece que su parte es todo lo que hay. Eso fue lo que me enseñó ser Haley... y tengo cicatrices que lo demuestran.
El problema no solo es que no sepa si me creerá.
Temo que sí que me crea y me diga que apechugue. «Así es el mundo, nena.»
¿Cuántas veces me lo ha dicho? Así es el mundo. Así son los hombres. Así funcionan las cosas, de modo que sácales partido.
¿Me diría que le saque partido?
«¿Puedes sobrellevarlo?», me preguntó cuando era Haley; le dije que sí y acabé sangrando.
¿He estado diciendo que sí a todo?
¿Renunciando a todo?
¿Permitiendo que me lo arrebataran por las buenas?
¿Acaso mi madre es un monstruo?
No lo sé. No lo sé.
Para esto sirve la contraseña de emergencia de mi hermana. Para esta situación. Comprendí hace años que quiere protegerme. Pensaba que sabía de qué.
No lo he sabido hasta hoy, en absoluto.
Me abrocho la cazadora hasta el cuello, me lavo las manos en la pila y me las seco antes de salir del baño y cruzar la lavandería.
Llevo dinero para casos de apuro en el bolsillo, así que inserto un billete de cinco en la máquina de cambio para el teléfono. Hace años que me sé el número de memoria y destruí hace tiempo la tarjeta en la que mi hermana me lo escribió a toda prisa, para que nuestra madre nunca lo encontrase.
Mientras introduzco las monedas en el teléfono, procuro no tener la sensación de que estoy traicionando todo lo que me han enseñado, porque quizá lo que me han enseñado está mal.
El teléfono suena un buen rato. Demasiado. El corazón se me acelera con cada ring ring que me resuena en el oído y, entonces, por fin:
—¿Sí?
Se ha ido construyendo en mi mente, una imagen que cobraba forma, y es la primera vez que parece realmente un rescate, porque nunca antes había reconocido que necesitase ser rescatada.
Todo se desmorona cuando contesta una mujer que no es mi hermana. La realidad me cae encima tan de repente que el vértigo me deja anonadada.
—¿Sí? —repite la mujer que no es mi hermana. Tiene la voz grave, tomada, como si la hubiera despertado—. ¿Quién es?
—¿Con quién hablas? —Debe de tener conectado el altavoz, porque oigo la voz de mi hermana clara como el agua—. Espera... ¿De dónde has sacado eso?
—¿Por qué tienes otro teléfono? —pregunta la mujer.
—Dámelo —exige mi hermana.
—¡Contesta!
—¡Dame el puto teléfono!
Lo grita y luego se oye un golpe y un forcejeo que me obligan a aferrarme al teléfono de pago como si fuera lo único que me mantiene en pie.
Entonces, sin aliento y entre resuellos:
—Soy yo. Soy yo. ¿Eres tú? ¿Estás bien?
Mi hermana tiene una vida. No habla de ella conmigo, pero sé que la tiene. No entiendo por qué nunca se me había ocurrido que podría estar con alguien.
Hace un año que no la veo. Mi madre no contacta con ella cuando estamos en mitad de una estafa y Haley ha sido la más larga que hemos cometido.
Puede que haya cambiado de idea. Puede que haya decidido que yo no merezco la pena. Mi presencia podría estropear la vida que haya conseguido construir.
Yo lo estropeo todo.
Pronuncia mi nombre con urgencia, cada sílaba rezumante de emoción.
—Dilo —susurra.
Sería tan fácil. «Oliva.» Vendrá. Me cogerá de la mano. Me dejará llorar.
Su vida cambiaría. Yo la cambiaría.
Me guardaría rencor. Yo estaría en deuda con ella.
Estaríamos atrapadas. Y no puedo atrapar a la persona más libre que he conocido.
Ahueco la mano contra el micrófono del teléfono.
—Perdón —digo con voz grave—. Me he equivocado de número.
Cuelgo antes de que pueda protestar. Y cuando el teléfono de pago empieza a sonar pasado un minuto, me obligo a alejarme.