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Katie (10 años): dulce, vivaracha, lista

PRIMER ACTO: LISTA

Antes (después)

Al principio pienso que Joseph es risueño al estilo de Elijah, con ese entusiasmo fingido que es todo pompa y apariencia. Al fin y al cabo, posee un montón de concesionarios de automóviles. Es un vendedor y hábil en lo suyo. Tendría sentido.

Cada vez que me mira, intento identificarlo en su cara, en sus ojos. Qué le hace sonreír. Qué le hace enfurruñarse. Cómo puedo amoldarme para provocar la primera reacción y no la segunda.

«¿Qué quieres?» No consigo identificarlo.

(Más tarde me diré a mí misma que fui una idiota. Aún más tarde, después de mucha terapia, sabré que no lo fui.)

Mi madre se ha confiado demasiado después de lo fácil que le resultó estafar a Elijah. Está subida a la parra de dos trabajos redondos seguidos, pero no sé si puedo fiarme de su criterio a la hora de elegir objetivos.

(Me lo preguntaré siempre: ¿lo sabía? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo iba a no saberlo?)

Joseph pica el anzuelo con demasiada rapidez para ser alguien que vive de manipular; nos invita a vivir en su casa cuando solo llevan dos meses saliendo; mi madre presume de ello y yo estoy encantada de que Jamison ya no pueda aterrorizarme ahora que he dejado atrás a Haley y mis puños cerrados.

No caigo en la cuenta de que debería haber dejado los puños cerrados hasta que es demasiado tarde.

 

 

(He pasado años hablando de ello en terapia. De los cuatro meses que viví con él y de aquel único día que lo cambió todo.)

 

 

(He aquí lo que sé:

Intentó echarme el lazo del modo que los hombres como él —depredadores, pedófilos— consideran delicado, y eso es aún más malsano. Como si hubiera algo delicado en eso. Los hombres como ese procuran camelarte. Te quieren blandita, asustada y desorientada sin remedio.

Otra clase de terreno inestable.)

 

 

(He aquí lo que sé:

Yo no me dejaba camelar. No porque sea más lista ni mejor que nadie. Al revés: porque alguien había llegado antes.

Abby me había camelado ya para que me convirtiera en ella. No quedaba espacio para otra influencia externa. Ella era el contrapeso que nivelaba mi mundo.)

 

 

(He aquí lo que sé:

Si no consiguen que acabes blandita y asustada, se contentan solo con lo segundo.)

 

 

(He aquí lo que sé:

No tenía ni idea de lo que significaba la palabra «asustada» cuando me sucedió. No tenía ni idea de lo que haría.

Pero supongo que todos lo descubrimos.)