SEGUNDO ACTO: BANG
Cinco años atrás
No tengo adónde ir. Si Raymond se para a pensarlo, se dará cuenta de que es imposible que yo haya cogido el dinero ese por el que está enfadado. Así que sigo avanzando con el pensamiento aferrado a lo único que tengo a mi alcance: mi caja «por si las moscas». No quiero estar aquí, teniendo que usarla.
Dios mío, ¿voy a tener que usarla?
—¿Adónde vamos? —pregunta con brusquedad mientras lo guío lejos de mi madre, a través de la cocina y hacia la puerta trasera que lleva a la terraza, donde las escaleras bajan a la playa.
Es una de las cosas más difíciles que he hecho nunca, seguir avanzando como si nada, girar el pomo con la mano como si no me estuviera apuntando con una pistola. Algo crece dentro de mí, una especie de grito inoportuno que no puede salir. Porque entonces se daría cuenta.
—Lo enterré... Obvio —digo, y yo nunca soy maleducada. Se supone que las chicas no son maleducadas. Las hijas perfectas no bordean esa clase de territorio real.
Pero yo no soy perfecta, ¿verdad? O quizá lo sea en esto.
Cruzo la terraza y bajo los peldaños cubiertos de arena con cuidado. Él todavía me sigue. Bien. Necesito alejarlo aún más de ella.
—¿Dónde? —me pregunta cuando llegamos a la playa y avanzamos pesadamente por la arena.
El viento me azota las trenzas que llevo sueltas y desastradas por una vez. Ashley se ha desmandado, solo que él aún no lo sabe.
Señalo playa abajo, hacia los embarcaderos.
—Debajo del amarradero.
—Te voy a castigar por esto —promete—. Venga. Vamos a buscarlo.
Me agarra por debajo del brazo (qué manía tienen los hombres con esa zona tan dolorosa, por la que te agarran y te arrastran con tanta facilidad. ¿Les dan clases o lo saben de nacimiento?) y tira de mí playa abajo. Está hablando, enfadado y distraído; que si pensaba que yo era una buena chica, que si me he portado fatal, que si lo he decepcionado muchísimo y cómo se me ha ocurrido hacer algo así cuando él me lo ha dado todo.
No respondo y ni lo nota, porque en realidad no está hablando conmigo, igual que nunca me ve. Ve un objetivo.
Yo también.
Llegamos al muelle y se agacha con el ceño fruncido para inspeccionar el hueco entre la madera y la arena. No cabe.
—Yo entraré a buscarlo —digo como si fuera un fastidio.
Me estoy encontrando a mí misma aquí en la playa... en este instante. Él no se da cuenta y yo estoy demasiado asustada para reconocerlo, pero ahí está. Ahí estoy.
Serpenteo por debajo del embarcadero. La arena me hace cosquillas en la barriga cuando se me sube la falda; me siento a salvo ahí debajo. No puede seguirme.
Pero se avecina tormenta y, para bien o para mal, estoy preparada para capear temporales.
—Date prisa —apremia Raymond. Su voz retumba a través de los listones de madera.
Me arrastro ayudándome con los codos y el corazón me atruena en los oídos. Ojalá pudiera quedarme debajo del embarcadero para siempre, pero entonces mis dedos palpan la dura arista de una caja enterrada en la arena y sé que no puedo hacerlo.
Excavo con las manos —es más difícil de lo que pensaba; usé una pala para enterrarla— y el sudor me corre por el pecho y gotea a la arena antes de que la extraiga de un tirón.
Abro la caja rezando para que no cruja y, gracias a Dios, no lo hace. Cojo lo que contiene y cada músculo de mi cuerpo se tensa por el esfuerzo de evitar que me tiemble la mano.
«Úsala. Tienes que hacerlo.»
Serpenteo para salir de debajo del amarradero, con la caja en las manos. Me pongo de pie a toda prisa y me alejo de él tan pronto como estoy otra vez al descubierto.
—Dámela —dice, señalando la caja. Tiene la pistola en el cinto en lugar de sostenerla en la mano... Así de seguro se siente—. Nada de trucos.
—Nada de trucos —asiento.
Soy perfecta en ese momento. Mi manera de hablar es la adecuada, mi voz no titubea lo más mínimo. Toda mi vida desemboca en ese instante y soy el retrato idóneo de una temible promesa, la guapa protegida de mi madre: «No parpadees..., sonríe y véndelo».
Alarga las manos hacia la caja.
Yo avanzo, como si se la fuera a dar.
«Úsala.»
Pero en el último segundo, suelto la caja y le disparo.
«Tenías que hacerlo.»