Llegados a este punto debería explayarme un poco más sobre mi hermana. Porque, sí, es la clase de mujer que se presenta pertrechada con un megáfono. También con una escopeta que dispara pelotas en lugar de balas y la clase de puños que parecen cargados con maldito acero aunque solo estemos practicando.
Lee me lleva casi veinte años, así que se había largado de casa antes de que yo naciera ya que, para entonces, hacía ya bastante tiempo que había enviado a mi madre a paseo. No somos hermanas del todo, pero nos une una misma serie corrupta de genes de embaucadora.
Ella fue niña en el tiempo en el que mi madre todavía no estafaba. El padre de Lee era un tipo normal y corriente, pero murió. Y por eso nuestra madre se metió en el negocio del timo: para conservar el estilo de vida al que estaba acostumbrada.
Todo se vino abajo con bastante rapidez. Cuando cayeron, lo hicieron desde una altura inmensa, de ahí que el trompazo fuese de campeonato. Y cuando volvieron a levantarse, lo que hizo mi madre para ascender... Bueno, Lee no habla de esa época. Al menos estando sobria.
Me pregunto si piensa que la juzgo. No sé ni cómo se le pasa por la cabeza. Sabe lo que tuve que hacer yo para sobrevivir.
Somos chicas con el alma rota, las dos, que nos convertimos en mujeres con grietas torpemente enmasilladas allí donde la superficie debería ser lisa.
Yo nací en el seno del engaño. Vine al mundo con una mentira en los labios y un talento especial para sonreír y deslumbrar, igual que mi madre. «Encanto» lo llama la gente. Pero es un recurso, en realidad. Asomarte al corazón de alguien y reajustarte al instante en consonancia con ese corazón... no es un don ni una maldición. Solo es una herramienta.
No he conocido una época en la que mi madre no estuviera embaucando a alguien. Ni sé lo que es tener un padre que te quiera, por poco tiempo que sea. Nunca he llevado una vida al margen de la mentira.
Pero recuerdo el día que conocí a Lee. Yo tenía seis años y ella transmitía... fuerza. En la manera de moverse, en la forma de vestir, en la mirada que le lanzó a mi madre cuando esta empezó a dar excusas de por qué no me llevaba al colegio...
Nunca había visto a nadie capaz de hacer callar a mi madre. Era ella la que hechizaba a la gente.
Lee no necesitaba hechizar. Destilaba autoridad.
Jamás en toda mi vida he sentido una conexión tan instantánea con una persona. No la quise de inmediato. Ya era demasiado desconfiada. Pero reconocí en ella algo que yo quería ser aunque todavía no supiera expresarlo: libre.
No sabía que aquel día se había marchado con un plan incipiente en la cabeza. La idea de que yo estuviera bajo el dominio de mi madre la reconcomía. Y Lee no es de las que se quedan de brazos cruzados. Tardaría seis años en ejecutar su plan al completo. Pero cuando tiene una misión, va a piñón fijo hasta extremos aterradores. Y separarme de mi madre era su objetivo.
¿Y ahora? Su misión es sacarme del banco. Pero ya no tengo doce años y en esta ocasión no está sola.
Me tiene a mí.