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Rebecca: dulce, silenciosa, sonriente

Uno de mis primeros recuerdos nítidos es el de mi madre plantada detrás de mí en el espejo mientras me cepilla la melena rubia hacia la espalda y me dice: «Rebecca. Te llamas Rebecca. Dilo, cielo. Rebecca Wakefield».

No me llamo Rebecca, por si lo estabais dudando.

Tampoco me llamo Nora en realidad. Pero todo el mundo en Clear Creek me conoce con ese nombre.

Pensaba que era un juego. Lo de Rebecca. Pero más tarde mi madre me propina un golpe en el brazo cuando respondo a un nombre que no es Rebecca y descubro que no es un juego.

Descubro que es mi vida.

Rebecca. Samantha. Haley. Katie. Ashley.

Las chicas que he sido. Las hijas perfectas de las mujeres en las que mi madre se ha transformado para estafar a sus objetivos.

Cada una de esas chicas era yo, pero distinta. «La estafa perfecta contiene una semilla de verdad.» Me enseñó muy bien a coger esas verdades y darles la vuelta hasta obtener historias tan verosímiles que a nadie se le ocurriera cuestionarlas.

Rebecca lleva el pelo suelto, sujeto con diadema. En esa época mi madre no me deja cortarme nada más que el flequillo. Cuando Lee me rescató a los doce años, llevaba una melena hasta la cintura y la gente a veces nos paraba a mi madre o a mí por la calle para admirar su belleza. Rebecca lleva rosa en abundancia. Le digo a mi madre que me gusta más el morado y ella responde que a Rebecca le encanta el rosa, que es su color favorito... y luego me obliga a repetirlo.

Me obliga a repetir un montón de cosas cuando estamos solas. Mi cerebro es una esponja, eso es lo que dice, y tengo que aprender cuanto antes cómo es el mundo. «Tú y yo, nena. Vamos a llegar muy lejos.»

Resulta que llegar muy lejos significa ser delincuentes.

Rebecca es la hija de Justine. Justine es mi madre y no lo es al mismo tiempo. Lleva lentillas marrones y faldas de tubo, y llama «princesa» a la gente con un leve acento que mi madre no tiene. Justine trabaja de recepcionista en una agencia de seguros y su objetivo es Kenneth, el director financiero. Él sisa de las arcas de la empresa —el negocio de los seguros es un chanchullo como una casa en sí mismo, pero ese es otro tema— y en menos que canta un gallo ella lo chantajea para sacarle la pasta.

Yo soy una niña en esa época. Todavía estoy aprendiendo. Así que no tengo que hacer mucho más que ser mona y encantadora cuando me lleva al despacho. Suaviza su imagen, y nadie sospecharía nunca de la dulce recepcionista viuda con una hijita adorable.

Ser Rebecca me enseña a mentir. A mirar fijamente a los ojos mientras no sale ni una sola verdad de mis labios, pero ellos se lo tragan porque la parte de mí que lo cree es lo bastante grande. Me malean demasiado pronto este poder y las líneas borrosas entre la verdad y la mentira. No soy una niña mona de siete años que miente con los ojos muy abiertos sobre haber birlado una galleta a hurtadillas. Yo manipulo. Averiguo qué actos suscitan las reacciones deseadas. Qué clase de sonrisa te granjea el mismo gesto a cambio. Qué clase de bailecito arrancará aplausos a las señoras mayores del despacho y me proporcionará golosinas. Qué berrinche funcionará cuando mi madre necesite que distraiga a alguien mientras ella se desliza a su espalda, papeles en mano, tramando algo, siempre maquinando.

Cuanto más me meto en la piel de Rebecca más me alejo de mí misma, pero se supone que debo volver al instante a mi ser tan pronto como mi madre me lo pida, tan pronto como estemos solas, y a mí el cambio siempre me desequilibra. Nada es estable. No hay tierra firme. En vez de eso, aprendo a bailar sobre arenas movedizas.

Mi madre siempre sabe cuándo cortar por lo sano, y antes de que a Keneth le entren tantas ansias de venganza como para ir a por nosotras o usar lo que tenga ahorrado para contratar a un sicario, hemos desaparecido y enviado a paseo tanto la ciudad como los nombres. Pronto pasará a investigar a un nuevo objetivo y a plantarse detrás de mí en el espejo de una nueva casa, peinándome de otra manera y diciendo: «Samantha. Te llamas Samantha».

Siempre escoge hombres malos. Dice que es justo arrebatarles el dinero y, en consecuencia, la dignidad, pues para ellos el dinero lo es todo y no valen gran cosa sin él.

Sin embargo, según pasan los años y nuevos nombres se suman a mi lista de chicas, es difícil negar la realidad. Escoge hombres malos porque le gustan. Se siente atraída por ellos y por el riesgo que representan, porque ella es puro riesgo; cuanto más, mejor, todo el tiempo. Subió a ese tren y me llevó con ella lo quisiera o no, y luego a mí me empezaron a atraer los chicos malos también; de tal palo, tal astilla.

Hay una sola diferencia entre nosotras. Mi madre se siente atraída por los malos porque, en el fondo, desea amarlos. Necesita que la quieran.

Yo no deseo amarlos y nunca he necesitado que me quieran.

Aprendí muy pronto que lo máximo que puedes esperar de un chico malo es dolor.

Y lo mejor que puedes hacer con él es destruirlo.