Ni siquiera sé por dónde empezar a describirla. Mi madre. Justine. Gretchen. Maya. Los nombres se extienden hasta el infinito. ¿Quién sabe cuántos ha tenido en realidad?
Pero su verdadero nombre es Abby.
Podría escribir novelas enteras sobre las cosas que ha hecho. Las lecciones que me ha enseñado. Los líos en los que me ha metido. El amor que sentía por ella. La conciencia de algo tan terrible que borra ese cariño por completo.
Me quedaría sin tinta y todavía no habría terminado.
La conocía, esa es la cuestión. Y cuando llevas una vida como la suya, hay pocas personas que puedan decir eso.
La conocía y eso no era nada bueno.
Quería tener hijas que al crecer se convirtieran en su viva imagen. En cambio, nos tuvo a Lee y a mí. Chicas moldeadas por sus actos más que por sus bellas palabras. Niñas que crecieron a caballo de la extraña línea que divide el bien y el mal. En su trabajo, Lee bascula entre el mundo criminal y el legal. ¿Y yo?
Yo no encajo en ninguna parte. Lee me sacó de allí antes de que mi madre se apoderara de mí del todo, pero en ese tiempo se consiguió meter en mi cabeza lo suficiente como para que yo pudiera llevar una vida de verdad. He sido demasiadas chicas distintas como para poder abarcarme y no sé qué hacer con ninguna de las partes. Todas son yo. Todas son útiles. Todas son una pizca destructivas... y ese ha sido siempre mi problema.
He bailado demasiado tiempo en un terreno inestable. No sé ni qué hacer cuando estoy en tierra firme.
Mi madre y yo tenemos eso en común.
Tenemos demasiado en común.