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9.12 h (15 segundos retenida)

El atracador —un tipo blanco, de metro ochenta tal vez, con cazadora marrón, camiseta negra, gorra de béisbol roja, ojos y cejas claros— grita:

—¡TODOS AL SUELO!

Ya sabéis, en plan atracador de banco. Nos tiramos al suelo. Es como si todos los que estamos en la sucursal fuéramos marionetas y él nos hubiera cortado las cuerdas.

Mi respiración al principio no logra rodear esa masa gigante de miedo que tengo en el estómago, el pecho y la garganta. Me quema y me desgarra los órganos, y quiero toser, pero me aterra que eso llame su atención.

Nunca debes destacar. Lo sé porque no es la primera vez que me encuentro en esta situación. O sea, nunca he estado en un atraco a un banco, pero a veces tengo la sensación de que nací en la línea de fuego.

Cuando alguien te apunta con un arma, no es como en las películas. Nadie saca al héroe que lleva dentro en esos primeros segundos. Sientes la clase de pánico que te sacude los huesos y te hace mojar los pantalones. El brazo de Iris empuja el mío y noto que está temblando. Quiero cogerle la mano, pero me reprimo. ¿Y si el hombre piensa que intento sacar un arma? Todo dios va armado en Clear Creek. No puedo arriesgarme.

Wes está a mi otro lado con el cuerpo en tensión y tardo un segundo en comprender el motivo. Se está preparando para abalanzarse sobre el tipo; así es mi ex, para vuestra información. Wes es impulsivo y heroico, y tiene un pésimo criterio en lo concerniente a situaciones peliagudas.

Esta vez sí que me muevo. No me queda otra; si no lo hago, Wes acabará con un tiro en la cabeza. Le aferro el muslo y le clavo las uñas en la piel, junto a los bajos de sus pantalones cortos. Vuelve la cabeza hacia mí a toda prisa y yo le dedico una mirada asesina con cara de «Ni se te ocurra». Niego con la cabeza una vez y sigo mirándolo fijamente. Prácticamente veo el «Pero, Nora...» en sus cejas enarcadas hasta que por fin se relaja, derrotado.

Vale. Vale. Respira. Concéntrate.

El atracador. Le está gritando a la cajera. La cajera —¿solo hay una?, ¿por qué hay solo una?— es una mujer rubia de mediana edad que lleva las gafas prendidas a una cadena de color aguamarina. La mente me funciona a todo gas y tomo nota de cosas como si fuera a necesitarlas más tarde.

Le está gritando algo relativo al director de la sucursal. Me cuesta oírlo porque la cajera llora a pleno pulmón. Es un amasijo de manos temblorosas y mejillas enrojecidas, y ni en sueños habría pulsado la alarma silenciosa a no ser que lo haya hecho sin querer. Con la pistola en la cara, ha entrado en pánico total.

No se lo puedo reprochar. Nunca sabes cómo vas a reaccionar hasta que aparece el arma.

Ninguno de los tres nos hemos desmayado todavía, así que estamos bien, supongo. De momento. Algo es algo.

Pero si alguien va a sacarnos de esta, no será la cajera. El sheriff no vendrá a menos que alguien pulse la alarma. Desplazo la mirada a la izquierda tanto como puedo sin mover demasiado la cabeza. ¿Hay otro empleado escondido en alguna parte? ¿Dónde está el guardia de seguridad? ¿Lo tienen tan siquiera?

Pasos a mi espalda. Tenso los músculos e Iris ahoga un grito. Le aprieto el brazo con más fuerza, porque me gustaría poder insuflarle tranquilidad a través de la piel. Pero poco se puede hacer cuando hay una pistola de por medio.

Un momento. Pasos... apresurados. Cuando pasan por mi lado, alzo la vista lo suficiente para ver la escopeta recortada en manos de un tipo que se encamina hacia la entrada dando un rodeo. Una lenta sacudida se apodera de mi pecho, hecha de miedo y ganas de vomitar. No hay solo un tío. Son dos.

Dos atracadores. Los dos blancos. Vaqueros limpios, botazas. Camisetas negras sin logos.

Trago con dificultad. Tengo la boca más seca que el desierto y mi corazón baila claqué al ritmo de «¡Vamos a morir! ¡Hostias, vamos a morir!».

Me sudan las manos. Cierro los puños —uf, ¿cuánto llevamos así? ¿Dos minutos? ¿Cinco? El tiempo transcurre raro cuando estás pegada al suelo con una pistola columpiándose en tu cara— y por primera vez pienso en Lee.

Ay, no. Lee.

No pueden dispararme. Mi hermana me matará. Pero antes jurará capturar a quienquiera que me haya herido como si fuera el objetivo de su vida. Y si tiene una misión, Lee es aterradora. Hablo por experiencia, porque me separó de mi madre cuando yo tenía doce años mediante uno de esos grandes golpes que ni siquiera la Reina del Timo vio venir. Ahora está en la cárcel. Mi madre, no Lee.

Y yo ayudé a meterla entre rejas.

No puedo dejar que el miedo me domine. Tengo que conservar la calma y encontrar una solución. Esto es un problema. Para solucionar un problema, analízalo.

Cuando hemos entrado, ¿quién más había en el banco, aparte de la cajera? Reconstruyo la escena en mi mente. Había una mujer en la cola. Gorra Roja la ha empujado a un lado cuando ha empezado a gritar. Ahora está en el suelo, a mi izquierda, y su bolso está tirado a medio metro de distancia. Gorra Gris se ha acercado por detrás. Debía de estar sentado en la zona de espera.

Me da un vuelco el estómago cuando recuerdo que había una segunda persona allí sentada: una niña. No puedo volver la cabeza lo suficiente para ver dónde se ha metido, pero le he echado un vistazo al entrar.

Tendrá diez años, puede que once. ¿Será la hija de la mujer que estaba delante? Debe de serlo.

No obstante, tengo unas vistas perfectas de la mujer y no ha mirado ni una vez hacia las sillas en las que esperaba la niña.

Vale. Cinco adultos o casi adultos. Una niña. Dos atracadores. Dos armas como mínimo, puede que más.

Los números no nos favorecen.

—Queremos entrar en el sótano.

Gorra Roja todavía blande el arma en la cara de la cajera y eso no ayuda. La está asustando aún más y como lo siga haciendo...

—Para de gritar.

Es la primera vez que Gorra Gris dice algo. Tiene la voz rota, no como si intentara camuflarla, sino porque es así. Como si muchos años de vida se la hubieran desgarrado y ahora apenas le quedara un vestigio de voz. Gorra Roja retrocede al instante.

—Ocúpate de las cámaras —ordena Gorra Gris.

El otro avanza por la oficina y se mete detrás de los mostradores para cortar los cables de las cámaras de seguridad antes de regresar junto a Gorra Gris.

Iris me da un toque con el codo. Los está observando con tanta atención como yo. Le devuelvo el gesto para que sepa que yo también me he dado cuenta.

Puede que el tío de rojo haya dado el primer paso, pero el jefe es el otro.

—¿Dónde está Frayn? —pregunta Gorra Gris.

—Aún no ha llegado —responde la cajera.

—Miente —resopla Gorra Roja. Pero se humedece los labios. La posibilidad lo asusta.

«¿Quién es Frayn?»

—Vete a mirar —ordena Gorra Gris.

Los zapatos de Gorra Roja pasan por nuestro lado y desaparecen de la zona destinada al público.

Tan pronto como estoy segura de que no nos ve y mientras Gorra Gris está distraído con la cajera, aprovecho para girar la cabeza hacia la derecha. La niña se ha escondido debajo de la mesa baja que hay en la zona de espera y, a pesar de la distancia, veo que está temblando.

—La niña —me susurra Wes. Él también está pendiente de ella.

«Ya lo sé», articulo con los labios. Ojalá ella buscara mis ojos para poder ofrecerle alguna clase de consuelo con la mirada, pero tiene la cara pegada a la fea moqueta marrón.

Pasos. El miedo aumenta un grado en mi pecho cuando Gorra Roja regresa.

—El despacho del director está cerrado.

Está tan aterrado que se le quiebra la voz.

—¿Dónde está Frayn? —vuelve a preguntar Gorra Gris.

—¡Llega tarde! —chilla la cajera—. Ha tenido que pasar a recoger a Judy, la otra cajera. El coche no le arrancaba. Llega tarde.

Algo ha salido mal. El primer paso de lo que sea que han planeado se ha ido al garete. Y cuando la gente la caga, según mi experiencia, hace una de dos cosas. O bien huye, o bien dobla la apuesta.

Durante una milésima de segundo, pienso que podrían huir. De ser así, saldríamos de esta con pesadillas y una anécdota que nos proporcionaría material de sobra para todas las fiestas durante el resto de nuestras vidas. Pero entonces cualquier esperanza de algo parecido se hace añicos.

Sucede como a cámara lenta. La puerta del banco se abre y el guardia de seguridad por el que me estaba preguntando entra cargado con tazas de café.

Ni lo ve venir. Gorra Roja —impulsivo, agitado y demasiado asustado— dispara antes de que el tipo pueda tirar los cafés y echar mano de su porra eléctrica.

Las tazas caen al suelo. Al igual que el guardia. La sangre brota en su hombro, una pequeña mancha que aumenta de tamaño por momentos.

Las cosas se aceleran, como si esto fuera un folioscopio cuyas hojas pasaran a toda prisa. Porque ahora se vuelve real. Antes de que alguien apriete el gatillo, hay una mínima posibilidad de final más o menos feliz a la que te puedes aferrar.

Después ya no.

Cuando el guardia cae hacia delante, alguien —la cajera— chilla. Wes se abalanza sobre nosotras para protegernos con el cuerpo y los tres nos acurrucamos hasta acabar convertidos en un revoltijo de piernas, brazos, miedo y sentimientos heridos que de verdad deberíamos dejar a un lado, visto lo visto...

¿Y yo?

Yo aferro el móvil. No sé si tendré otra oportunidad. Lo saco del bolsillo de mis vaqueros mientras Gorra Gris sortea nuestra maraña maldiciendo según se dirige a desarmar al guardia y gritarle a su compañero. Wes está apoyado contra mi brazo, así que apenas puedo moverlo, pero me las arreglo para escribirle un mensaje a Lee.

«Oliva.» Cinco letras. Para nada mi comida favorita. Botánicamente es una fruta, igual que el tomate.

Y puede que nuestra llave a la libertad. Desde que mi hermana y yo nos conocemos, la hemos usado como contraseña de emergencia. Estamos preparadas para capear temporales.

Lee vendrá. Mi hermana siempre aparece.

Y traerá consigo a la caballería.