10.45 h (93 minutos retenida)
1 mechero, 3 botellines de vodka, 1 tijeras, 2 llaves de una caja de seguridad
Plan n.o 1: descartado
Plan n.o 2: en curso, tal vez
—Ashley Keane —dice. Me contempla a sus anchas y yo se lo permito sin demostrar el miedo que me chisporrotea debajo de la piel—. Mierda. Pensaba que eras una leyenda.
—No me lo trago.
Se encoge de hombros.
—Es lo que dice todo el mundo.
Me quedo mirando la venda que le asoma por debajo de la manga de la camisa.
—Llevas eso para tapar un tatuaje carcelario, ¿verdad?
Se contiene a tiempo para no levantar la mano y tocarse el bíceps, pero por poco se le escapa el gesto.
—No eres tan polvorilla como para haber estado entre rejas hasta hace poco. Llevas unos cuantos años fuera, como mínimo.
Él se limita a observarme. «Procede con tiento.» A saber qué ha prendido la mecha cuando Lee ha hablado con él.
—Y si estuviste en el talego hace tiempo... Un tipo duro como tú seguro que hizo contactos. Así que habrás oído hablar de mí —prosigo—. Incluso aquí, en el culo del mundo.
Tuerce los labios. No puede evitarlo. Pues claro que ha oído hablar de mí.
—Tu cabeza tiene precio —suelta por fin.
—Podrías decir que estoy en su punto de mira y en paz. —Me encogí de hombros—. No hace falta ponerse en plan arcaico y sheriff de Nottingham.
—¿Las bromitas son un tic nervioso o algo así, niña?
—Eres tú el que usa expresiones propias de la época medieval —contraataco—. Puede que me haya equivocado... A lo mejor has pasado entre rejas más tiempo del que pensaba.
Pone los ojos en blanco.
—Lo último que sé es que te quería viva.
Sonrío. «Deja que el objetivo te corrija. Así se sienten inteligentes.»
A los hombres como él les encanta sentirse más listos que los demás. Y saben que son más avispados que las adolescentes, cómo no. Prácticamente cualquiera se cree más listo que una adolescente. Por eso la sabiduría te hace tan poderosa, si eres capaz de usar una suposición que es errónea hasta el aburrimiento.
—Supongo que tienes razón: no estoy en su punto de mira exactamente. Más bien ofrece un montón de dinero por un transporte de mercancía a larga distancia. Y precisamente por eso deberías dejar de apuntarme. —Miro la pistola—. Porque si me matas, y por casualidad se entera, se cabreará. Además, si acabas conmigo, perderás una oportunidad de oro. Podrías robar la caja de seguridad y llevarme contigo.
Ni siquiera menciono a Gorra Roja, porque quiero ver si lo hace él. (Sé que no lo hará. Lo tengo calado. Ya está planeando cómo enviar a ese tío al carajo.)
Los dedos de Gorra Gris se cierran sobre la pistola, baja los ojos a toda prisa y los vuelve a subir hacia mí.
—¿Y me acompañarías por las buenas?
—Si me dan a elegir entre palmar ahora mismo y quizá palmar después, prefiero la segunda opción. Sobre todo porque tu pequeño atraco me ha jorobado los planes que tenía para este verano.
—¿Ah, sí?
—Por favor, ¿piensas que el dinero que traía era de verdad para un refugio de animales? —pregunto en un tono empapado de guasa—. ¿Te parezco la clase de chica que pasaría el verano recaudando dinero para el Señor Bigotes?
Enarca una ceja.
—¿Has visto al chico de ahí dentro? El que iba conmigo. Su padre es rico —prosigo—. Y nunca se acuerda de cerrar la caja fuerte, y ahora me has jodido el golpe estival. Unos cuantos trabajitos más y habría podido largarme de aquí y librarme de mi tía, con la que estoy atrapada desde esa historia con Raymond. El «dinero para el refugio de animales» era parte del plan, y ahora lo van a confiscar como prueba tan pronto como tu compañero meta la pata, lo que sin duda sucederá, y os disparen u os detengan.
Pongo los ojos en blanco mientras la mezcla de adolescente cabreada y embaucadora se arremolina en mi cerebro. Ahora mismo no soy Ashley. Ashley..., bueno, Ashley estaba asustada. Y un tanto traumatizada.
Y luego se volvió violenta.
No sé quién es esta chica. (¿Soy yo? Ahuyento el pensamiento tan pronto como aparece.)
—¿Así que he fastidiado tu golpe? —pregunta con una voz empapada de condescendencia, y sé que yo tenía razón.
Es como Raymond. Del tipo patriarcal. Le gustan las descaradas. Las listillas.
Le gusta hacerlas callar. Le encanta hacerlas sangrar y hundirlas.
Y puede que acabe sangrando cuando esto termine, pero no me hundiré.
Solo es otro objetivo. Y he sobrevivido a todos los demás. Sobreviviré a este. Me lo digo aquí y ahora. Me lo juro a mí misma, pero cada segundo que paso a solas con él, más peligroso se vuelve.
—Sí, me has fastidiado el golpe —continúo—. Al menos podrías pedir perdón —rezongo cuando él lanza una breve carcajada.
—El que empuña el arma nunca está obligado a disculparse —dice, y aprieto los dientes cuando la blande hacia mí. «Recuerda quién manda aquí.»
Puede que él tenga la sartén por el mango ahora mismo, pero al final se la arrebataré. Es la única salida.
—Bueno, y ¿qué hay en la caja de seguridad? —pregunto—. O bien es tan suculento como para aceptar juntarte con el genio de la gorra roja de ahí fuera —otro movimiento de labios—, o bien estás tan desesperado como para recurrir a lo peor de lo peor de nuestro ramo criminal. Y no lo digo en el buen sentido.
—Me parece que va siendo hora de que cierres el pico.
—He bajado a ese sótano en alguna ocasión —prosigo, apretando las tuercas. Necesito sembrar las semillas para que crezcan las espinas—. Yo si fuera tú, canjearía a mi mejor rehén por un equipo de soldadura y empezaría a fundir barrotes. Revienta la caja que estás buscando y todo irá bien. Bueno, mejor.
—A ver si lo adivino: el mejor rehén eres tú —dice con desdén.
—No, por Dios —replico, y soy totalmente sincera cuando prosigo—: Yo valgo algo. Por eso no deberías pegarme un tiro. Tu mejor rehén es la niña. —También es verdad, pero no por los motivos que él cree—. Es pequeña, está asustada y toda la pesca. Si la canjeas por el equipo de soldadura, el sheriff pensará que quieres cooperar y te dará lo que le pidas porque pensará que estás desesperado. Les permite ganar tiempo hasta que lleguen las fuerzas especiales, porque de momento no creo que haya más de seis personas ahí fuera: los recortes de presupuesto han dejado la comisaría bajo mínimos.
—¿Llevas la cuenta de los maderos del pueblo?
—¿Tú no?
Otra mirada incrédula y arrogante. Seguro que tiene ganas de ponerme en mi sitio. Solo un envite más.
Pero antes de que pueda seguir presionando, sus ojos saltan por encima de mi hombro y yo me tenso. Pasos. Gorra Roja ha regresado.
—La chica del vestido dice que me potará encima si no le cuento qué está pasando —se queja a Gorra Gris—. No para de lanzar arcadas. Creo que lo va a hacer.
Iris Moulton es la hostia, para vuestra información. Ya lo creo que lo hará.
—¿Me estás vacilando?
—No soporto el vómito —protesta.
—¡Vuelve a vigilarlos! —le ordena Gorra Gris, pero entonces lanza un suspiro frustrado, se guarda la pistola y me agarra del brazo.
Troto detrás de él para que no vuelva a arrastrarme, porque me saca quince centímetros, aparte de poseer la clase de musculatura y la personalidad que te proporcionan los esteroides. Le gruñe algo a Gorra Roja a la vez que me pega un tirón. Creo que ha dicho «Puto gilipollas», pero estoy concentrada en él y en su raído autocontrol.
Antes Gorra Gris era un lobo solitario.
Son peligrosos. Se arrancarán una pierna a mordiscos para escapar de una trampa. Noto eso en Gorra Gris, esa especie de centelleo que dice «Me importa una mierda, haré lo que haga falta» que nunca es bueno excepto en una situación de vida o muerte. Salvo que en este caso es vida para él y muerte para los demás, así que estamos perdidos a menos que las semillas que he plantado broten en forma de agudas espinas disfrazadas de tentadoras flores. Si arrancas una, el pincho se te clava al instante. Empuja la mesa que bloquea la puerta sin soltarme. Pero no abre, sino que se vuelve hacia mí.
—No más favores —ordena—. Y puede que no te dispare.
—Estupendo.
Y entonces sucede. Me mira de arriba abajo, estudiándome por primera vez. Yo no pestañeo ni flaqueo, aunque siento escalofríos y mi corazón tañe «Corre» como una campana. Le dejo hacer antes de que formule la pregunta que me informa de que las semillas han arraigado.
—¿De verdad hiciste lo que se rumorea?
Espero un instante. Un pestañeo. Hay que escoger el momento. Mi sonrisa, cuando aparece, es lánguida. Dulce al principio y luego casi siniestra, porque se afila hasta transformarse en algo que no encaja en el rostro de una chica tan guapa. Está hipnotizado y sus dedos se tensan alrededor de mi brazo sin querer. Unos pocos segundos más y se le pondrá la piel de gallina.
Así de hábil soy. O puede que así de peligrosa.
—No —le digo—. Hice más.