Casi tres años atrás
Durante tres años enteros, hago lo que Lee espera de mí. Me comporto con normalidad. Como una niña, no como una estafadora. Todavía busco salidas y gente a la que convencer para que me ayude a cruzarlas. Todavía me despierto tres noches de cada cuatro luchando con personas que no están ahí. Pero voy a terapia y no me salto las clases. Wes y yo somos amigos y pasan meses, luego años, tenemos catorce y somos algo más... y entonces tenemos quince y somos nosotros.
No caí en la cuenta de lo que implicaba formar parte de la primera persona del plural. No sabía lo que esa clase de amor alimentaría y haría florecer en mí. Una planta con espinas, más cardo que flor, así de protegida y perforada, que mudaría en veneno si la amenazaban.
Para cuando fuimos nosotros, ya compartíamos una rutina. Se nos daba bien compaginar el tiempo que él pasaba dentro y fuera de esa casa. No pienso en ella como «la casa de Wes». No lo es; es la casa del alcalde. Su pequeño feudo. Un ostentoso chalé estilo cabaña plantado en cuatro hectáreas de terreno que dirige como un señor medieval. Pero nos las arreglamos para que Wes siempre esté a punto de salir cuando el alcalde entra. No es una ciencia exacta y no es perfecto. No puedo evitar que lo maltrate. Pero sí consigo reducir el tiempo que pasa allí, para limitar las oportunidades.
Algunas excusas son buenas y otras, endebles, sesiones de estudio y noches hasta las tantas en las que sencillamente contenemos el aliento; a veces pienso en crear un club que se reúna cada día después de clase durante horas, solo para mantenerlo fuera de allí, para mantenerlo lejos.
Lee observa. Por lo general no dice nada del chico que está en el cuarto de invitados. No lo hará, a menos que yo cruce la línea. A menos que de verdad nos ponga en peligro.
Y entonces lo hago.
Porque un día Wes no aparece cuando habíamos quedado.
Un día tengo que acercarme allí a buscarlo.
Sé lo que me voy a encontrar antes siquiera de colarme por la puerta trasera sin llamar, porque tres años y su amor no bastan para despojarme de los instintos que costó doce años y seis chicas inculcarme.
Está desnudo de cintura para arriba en el suelo de su baño, en el piso de arriba, y hay tanta sangre en las toallas que el estómago y la cabeza me dan un vuelco al mismo tiempo. Tengo que agarrarme al borde del lavamanos. Noto la porcelana fría contra los dedos y eso me serena lo suficiente como para tomar aire. Tiene los ojos hinchados; hay huellas de lágrimas en sus mejillas cuando vuelve la cara hacia el lado opuesto a mí.
Estoy de rodillas a su lado en las baldosas cubiertas de toallas y por un instante horrible, demasiado largo, mis manos revolotean indecisas. No sé por dónde empezar. No sé qué hacer. Sus hombros...
Estoy paralizada; la chica que siempre sabe qué hacer. Quiero preguntarle qué ha pasado. No sé cómo formularlo sin que parezca que lo estoy culpando de algo, porque el alcalde, joder, suele ser más listo. Me da mucha rabia pensar eso, pero es la verdad. Casi nunca deja marcas indelebles.
Y estas no desaparecerán.
—¿Qué necesitas? —le suelto, porque es lo mismo que mi terapeuta me pregunta a veces.
Necesitar es más que querer. Necesitar es... Yo puedo ocuparme de las necesidades. Puedo ayudarlo.
Tengo que ayudarlo. Tengo que detener esto.
(«Podrías pararle los pies al alcalde», susurra algo dentro de mí, y se parece tanto a mi voz y no a la de mi madre ni a la de ninguna de las chicas que no sé qué hacer salvo rechazarla.)
—Tienes que irte —dice. Lo susurra, como si todavía tuviera miedo, y es entonces cuando comprendo que lo tiene y que nunca antes lo había visto asustado. Es fuerte y guarda silencio hasta que se lo arrancas, y entonces raja a base de bien, pero se comporta como si hubiera aceptado el sufrimiento que reina en el mundo, no como si lo temiera—. Volverá enseguida. Si te encuentra aquí...
—No voy a dejarte —replico—. Tienes que ir al hospital. Necesitas puntos.
Niega con la cabeza.
—No puedo.
Pues claro que no. ¿Por qué lo he sugerido siquiera? ¿Por qué no pienso a derechas?
Estoy pensando como Nora. Como si fuera normal. Es hora de dejar de hacerlo.
—¿Dónde está el botiquín?
—Abajo. En la cocina.
—Vuelvo enseguida. Aplica presión en la herida. —Le aprieto la toalla contra el hombro y sus dedos rozan los míos cuando levanta la mano para sostenerla en el sitio—. Te quiero —le digo, y es tan poca cosa..., no es nada, pero él me mira con esos ojos congestionados como si fuera todo.
Tardo siglos en encontrar el botiquín. Todavía estoy revolviendo los últimos cajones cuando lo oigo: el roce de unos neumáticos en la gravilla. Alguien viene.
Me espabilo y cierro el armario de golpe, ya sin acordarme del botiquín. Se me pone la piel de gallina cuando el ruido se intensifica y echo una ojeada por encima del hombro. La puerta trasera está ahí mismo. Podría...
Pero si el alcalde vuelve a tocar a Wes...
Mi mente rebosa pensamientos a medio formular; estoy muy oxidada. Tengo la sensación de que la parte de mí que en teoría debería reaccionar con rapidez e inteligencia está atrofiada y hace esfuerzos por despabilarse a toda prisa. Pero mi cuerpo toma el mando como si supiera qué hacer. Coloco una sartén en los fogones antes de urdir el plan siquiera. Me desplazo a la nevera para extraer las verduras del cajón y lo que sea que hay en el estante inferior envuelto en papel de carnicero. «No te apresures», me recuerdo. Enrojeceré si me doy prisa y él me va a observar con suma atención.
Echo mano del cuchillo más grande que hay. A la madre de Wes le gusta cocinar y tiene unos cuchillos preciosos. Fabricados en Japón por maestros artesanos y afilados con manos amorosas y expertas. Sería tan fácil...
Podría...
No. No podría.
Oigo el pitido cuando el alcalde bloquea el coche. Entrará en la casa en cualquier momento. Rocío con aceite de oliva la sartén que he puesto al fuego y me vuelvo hacia la tabla de cortar. Para cuando sus pasos resuenan en el recibidor, he troceado toda una cebolla y la he volcado en la sartén. Chisporrotea. Ruego que Wes se quede arriba. Si no se deja ver, me las podré apañar.
—Wes, ¿estás cocinando unas...?
Se detiene en seco al entrar en la cocina cuando descubre que estoy allí.
Yo despego la vista de la zanahoria que estoy cortando y le dedico una sonrisa relajada. Es una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Me gustaría gritarle. Me gustaría apuñalarlo. Me gustaría hacer muchas cosas, casi todas violentas, y me aterran, porque se supone que ya no soy así.
Se supone que soy Nora.
Pero en este instante no. He recuperado al momento mis viejas costumbres ahora que estoy despierta —viva— otra vez, ahora que tengo un plan.
—Nora, ¿qué haces aquí?
—Perdón, ¿le he asustado? —pregunto—. Wes no se encontraba bien y hay gripe circulando por ahí. He venido a ver si necesitaba algo. Ya estaba durmiendo, así que se me ha ocurrido prepararle un poco de sopa para cuando despierte. La señora Prentiss me ha dado permiso para usar los ingredientes. La he llamado.
Sigo cortando verduras mientras las cebollas se sofríen al fuego. Lo controlo con el rabillo del ojo. Intenta entender qué está pasando.
Empujo las zanahorias de la tabla a la sartén con la parte roma del cuchillo y luego regreso a la encimera para ocuparme del apio.
—Voy a preparar fideos chinos caseros —prosigo para llenar el silencio sepulcral que se ha apoderado de la enorme cocina de la señora Prentiss.
El alcalde se limita a observarme ahí plantado, preguntándose si lo sé. Si no lo sé. Qué hacer en cada uno de los casos.
—No tenía ni idea de que sabías cocinar, Nora —dice por fin.
Se interna en la cocina mientras habla; ahora está más cerca de mí. Mis dedos aferran el mango del cuchillo con más fuerza. ¿Cuántos pasos me separan de la puerta trasera? ¿Diez? ¿Quince? Debería saberlo. Debería haberlos contado.
—También sé tejer. Mi madre me enseñó a hacer las dos cosas antes de morir.
—Es muy útil saber cocinar.
—Sobre todo si tienes una hermana que trabaja tanto como la mía. Está ocupadísima capturando delincuentes y manteniéndonos a todos sanos y salvos. Lo mínimo que puedo hacer es preparar la cena unas cuantas veces a la semana.
Echa el freno ante la mención de Lee. Ante la advertencia: alguien me está esperando en casa. Lo perseguirá y lo destripará con lo que tenga a mano si me hace daño.
El apio va a parar a la sartén y yo remuevo las verduras, que se ablandan al fuego. El alcalde se acomoda en un taburete situado al otro lado de la isla y yo aprieto los dientes. Al menos si está aquí conmigo no puede estar arriba con Wes.
Retiro el pollo de su envoltorio y lo dejo en la tabla de cortar. Él me observa con suma atención; sé que si aspiro la bocanada de aire profunda y reparadora que necesito se dará cuenta. Así que echo mano del cuchillo y empiezo a trocear la carne como Raymond me enseñó. Sé manejar los cuchillos y nunca me ha dado repelús la carne cruda, así que enseñarme lo básico fue su manera de estrechar lazos aquel primer año, cuando todavía desplegaba su capacidad de seducción a tope con mi madre y conmigo.
Despiezo el pollo, separando la carne y el hueso, le retiro la piel con la destreza de un cirujano y cuando levanto la vista está observando mis manos con descaro.
—Mi hijo me dijo que no cazas —comenta.
—No —digo, separando los muslos y las alas del pollo antes de dividir la pechuga en dos. Cambio el cuchillo por otro más pequeño para retirar parte de la grasa.
—Pero sabes usar un cuchillo.
—Solo sé cocinar.
Y entonces, en clara contradicción con mi afirmación, hago un truco con el cuchillo pequeño. Lo estoy vacilando y no debería. Pero lo hago. Porque quiero desconcertarlo. Porque ya he tomado una decisión: lo voy a destripar a mi manera.
Se levanta del taburete.
—Voy a mirar cómo está Wes.
Mi mano se cierra sobre el cuchillo de carnicero de mi derecha antes de que las palabras terminen de salir de sus labios. Sus ojos se posan en ella y los míos permanecen en los suyos. No hago el menor ademán de trocear el pollo ni intento disfrazar el hecho de que lo estoy desafiando, porque tiene razón: sé usar un cuchillo.
—No se preocupe —le digo, con la misma sonrisa de antes en la cara. Esa sonrisa relajada, inocente—. Trabaja usted mucho. Seguro que le apetece ir directo a su despacho y descansar un rato. Yo lo haré.
Pero él insiste. Porque los tipos como él siempre lo hacen. Porque si trazas una línea la cruzarán de inmediato. «Te tengo calado —susurra dentro de mí algo que quizá sea simplemente yo—. Acabaré contigo.»
—Si está enfermo...
—Yo me ocupo, señor alcalde.
Es como si el tiempo se congelara y luego retrocediera entre los dos, porque la mirada que me lanza me devuelve a los doce años. Pero no suelto el cuchillo esta vez. Lo agarro con más fuerza. Y no corro.
—Tengo mucho papeleo pendiente.
—Le puedo avisar cuando la cena esté lista —prometo, pensando que ojalá pudiera encerrarlo y sacar a Wes antes de prender fuego a toda la casa.
—Sí, hazlo —responde antes de dar media vuelta y salir de la cocina.
El aliento se me anuda en la garganta, medio asustada de que se encamine directo a la escalera para demostrar quién manda aquí. Pero el ruido de sus zapatos contra las baldosas prosigue en dirección a su despacho; no oigo pasos apagados en la escalera de madera, amortiguados por la anticuada moqueta.
Me desinflo contra la encimera mientras las verduras se fríen y chisporrotean al borde de la calcinación.
No suelto el cuchillo.
Wes tarda casi dos meses en curarse. Intentamos mantener las heridas limpias y vendadas, pero con la única ayuda de tiras de sutura adhesivas en lugar de puntos o grapas, no paran de abrirse. También cicatrizan mucho peor. Sus hombros exhiben ahora una nueva geografía; tejido sensible, inflamado y amoratado contra su piel, divide la vieja cicatriz por la que supe que él y yo compartíamos experiencias.
Él intenta restarle importancia a lo sucedido. Me dice que no quiere hablar de ello. Que está bien, aunque pasa horas en el dormitorio de no invitados, leyendo cualquier libro que le preste Lee.
Ese hábito de lectura recién adquirido me otorga el tiempo que necesito.
Me apeo de la normalidad con tanta facilidad que ahora parece ridículo haber pensado alguna vez que esto podría cuajar. Es de ingenuos pensar que unos cuantos años con Lee lo borrarían todo. Solamente lo guardé a buen recaudo, pero ahora soy libre.
Así que urdo dos planes. Consigo la ventaja definitiva. Pero no me siento a esperar.
Salgo a buscarlo.
Al alcalde le gusta salir a pegar unos tiros los domingos después de misa. Prefiere estar a solas. Solo él, su rifle y sus pensamientos ocupan las torretas de caza mientras se carga a Bambi (y lo hace fatal, porque, como cabría esperar, es un cazador de mierda además de un cerdo maltratador).
Hasta que vine a Clear Creek, nunca había vivido en ninguna zona que tuviera bosques como estos. Abby prefería las ciudades cuando era libre, por razones obvias. Pero las numerosas excursiones con Wes a lo largo de toda la secundaria no solo me han enseñado a apreciar la belleza, sino también el valor de los bosques. Son secretos, silenciosamente sonoros, y la parte de mí nacida para correr y esconderse se siente a sus anchas en las rutas olvidadas de los mineros. Eso me está resultando útil ahora mismo.
Me siento ridícula cuando me agazapo detrás de los árboles, en la cuesta que conduce a la torreta de caza, a escuchar los torpes disparos del alcalde y esperar que la cerveza le pase factura y abra mi ventana de oportunidad. Por fin, los erráticos disparos cesan y oigo el golpe y el crujido de la escalera. Va a bajar.
Me muevo cuando él lo hace según lo veo desaparecer entre los árboles para hacer pis en algún lugar retirado de su zona de caza. Me apresuro terraplén arriba de camino a los árboles por los que pasará cuando regrese a la torreta. Pego las fotos en los troncos a la altura de los ojos, donde no podrá dejar de verlas. Luego subo a la torreta, recojo la escalera y la dejo dentro, detrás de mí.
Sentada entre las sombras, espero su vuelta con el corazón cada vez más acelerado. Su escopeta está ahí mismo. Me alejo de ella. No porque esté asustada... ni porque no me sienta tentada.
Es que sé la dirección que tomará la situación si la toco. Así que no lo hago.
Sus pasos crujen entre la maleza, tan escandalosos que sin duda ahuyentarán a cualquier presa a un kilómetro de distancia. Se me clavan las uñas en las palmas de las manos. Supongo que ha encontrado las fotos. Espero que esté aterrado.
—¡Eh! —grita desde abajo.
Me concedo un momento para respirar. Porque una parte de mí tiene miedo, pero otra no cabe en sí de la emoción. Es la clase de felicidad que sienten los niños pequeños cuando ven su pastel de cumpleaños. Eufórica en plan «Voy a ganar», porque si algo se me da bien, es esto. Pero tengo que ser cuidadosa. Hay demasiado en juego como para meter la pata.
—¡Sé que estás ahí!
Me asomo a la entrada de la torreta de caza como la más desagradable de las sorpresas.
—Hola, alcalde.
Aún debe de dolerle la mandíbula, de tanto que abre la boca. Se queda sin aire y se desinfla anonadado al punto de casi resollar mi nombre. Pero lleva en la mano una de las fotos que he pegado al árbol. En papel satinado y en alta resolución. He tirado la casa por la ventana para impresionarlo aún más. El papel cruje y se arruga cuando lo estruja entre los dedos.
—Me voy a quedar aquí arriba mientras mantenemos esta charla —le digo.
Con sumo cuidado, me siento en la entrada dejando que mis piernas cuelguen por el borde.
Él no balbucea, pero tarda diez segundos enteros en contestar. Caen uno a uno, porque es mucho tiempo cuando solo estamos nosotros dos en el bosque y hay material de chantaje pegado a los árboles. Un poco de melodrama para acelerarle el pulso.
—¿Qué haces aquí, Nora? —pregunta igual que aquel día, cuando mis dedos se cerraron en torno al cuchillo de carnicero.
No hay modo de escapar. No quiero hacerlo. He venido aquí para esto.
Nunca le he caído bien. Siempre le he provocado inquietud y nunca he sabido si se debía a que no era tan femenina como le habría gustado o si, de algún modo, nota el fraude que hay en mí.
Al igual que los predicadores, los políticos no son sino timadores socialmente aceptados, al fin y al cabo. Supe desde el día uno que el alcalde era algo más que simplemente turbio. Y ahora hay pruebas de ello en su mano y en unos cuantos árboles que ha pasado por alto en su carrera hacia la torreta para coger el arma.
—¿Tu hermana hizo esas fotos? —quiere saber—. ¿Anda también por aquí?
Mira por encima del hombro, nervioso por primera vez.
—Yo tomé las fotos. Lee no sabe nada de tus actividades extralaborales. Solo yo.
Su expresión muda y, aunque lo estaba esperando, la adrenalina impulsa mi corazón como una locomotora cuando él cruza la línea que separa el «Estoy jodido» del «Te voy a joder viva».
—No, no.
Presiono con el pulgar la táser que me saco del bolsillo. ¿Se ha percatado siquiera de que la cazadora que llevo puesta es la de Wes? Seguramente no. La llevo para acordarme. La llevo para que me dé fuerza.
La electricidad chisporrotea y el bezzz crac-crac-crac resuena en el espacio que nos separa. Se detiene igual que un perro obediente.
Entorna los ojos. Ha puesto la cabeza a funcionar. Está atando cabos. Esa tarde en la cocina, cuando le impedí que subiera a ver a Wes. Todos los pequeños momentos anteriores. ¿Qué clase de chica sería capaz de prever cada uno de sus movimientos? ¿Qué clase de chica haría algo como aquello? Empieza a entenderlo.
—Tengo copias de las fotos —prosigo—. He pirateado tu email, así que también me he hecho con tus correos. Necesitas mejores respuestas a tus preguntas de seguridad. Está todo preparado para enviarlo a la prensa local y al sheriff, a menos que introduzca una contraseña cada día. Así que no vas a hacer ninguna tontería, como intentar acabar conmigo y enterrarme en el bosque.
—Estás diciendo bobadas, Nora. Me parece que has visto demasiadas películas —dice, y el hielo de su voz apesta a político acorralado.
Va a intentar zafarse, pero no podrá.
En lo concerniente al alcalde, había unas cuantas cosas para escoger. Pero elegí la que más le iba a doler.
El dinero es poder. La señora Prentiss heredó un pastón el año pasado, cuando su padre murió. Si acaso existe una ocasión ideal para que una mujer abandone a su marido maltratador, es cuando tiene dinero a espuertas, ¿verdad? Seguro que al alcalde se le pasó por la cabeza.
Así que opté por los cuernos. Y os aseguro que no habría dado con una historia mejor ni aunque la hubiera escrito yo misma.
—Esto no es una peli —le digo—. Esto es la vida real.
—Qué bobada —replica, como si fuera la única palabra que conoce.
—¿Sabes lo que me molesta de ti? —le pregunto, pero ni siquiera espero respuesta, sino que tiro adelante—. Me juego algo a que te dices que es disciplina. ¿Tengo razón?
Se pone rojo como un tomate al modo mustio de los hombres de mediana edad y le late una vena en la frente, lo que interpreto como un sí. Es horrible en lugar de satisfactorio. Ojalá sufriera un infarto y me ahorrase las molestias; tal vez debería estar avergonzada por pensar eso, pero no lo estoy. Porque no se puede rehabilitar a un hombre como ese, empapado en sus privilegios y en su rabia y en toda la mierda de la que se ha zafado durante décadas, porque él es así.
Bueno, pues así soy yo. Y tendrá que afrontarlo.
—Seguro que eso te hace sentir mejor —continúo, mientras pienso que ojalá mis palabras fueran armas o veneno o algo más que palabras—. Pero ¿sabes qué? No es más que abuso. Siempre has sido un maltratador. Sencillamente se te da mejor ocultarlo que a otros. Pero yo te veo.
—No me digas cómo debo criar a mi hijo. Eres una niñata —cuchichea con rabia y los ojos entornados.
—Vale, sí, he venido en bici —respondo, y lo digo en un tono desafiante y frívolo. Parezco muy segura de mí misma, aunque esté temblando por dentro, solo porque he aprendido con los años a engañar a mi cuerpo igual que lo he engañado a él—. Pero soy yo la que te va a decir lo que vas a hacer a partir de ahora. Por eso me he tomado tantas molestias en reunir el material de chantaje. Te he alcanzado.
—¿Qué quieres? —pregunta—. ¿Qué carajo estás tramando?
Mi risa suena áspera y dura. Resuena en las ramas de los árboles y los pájaros se dispersan al oír ese ruido tan desapacible. Su confusión no me proporciona la menor satisfacción. Solo sirve para enfurecerme aún más.
Me provoca ganas de matarlo. No es la primera vez y no será la última. Porque estaríamos mucho mejor sin él. Pero yo no puedo ser eso. No le dejaré convertirme en algo nuevo.
Me he convertido en tantas cosas para tantas personas... La hija que nunca tuvieron. La adoración de ojos grandes que siempre ansiaron. La tentación a su alcance que ni tan solo intentaron resistir porque el mundo les dijo que yo era carne de cañón.
Se acabó ser la carne. En cambio, me he convertido en el cañón.
—Quiero una cosa —digo—. Es muy sencilla. ¿Estás listo?
Se le crispa la mano como si se muriera por estrujarme el cuello. Doy gracias de que la torreta de caza esté tan alta. Dudo que mi advertencia sobre por qué no debe matarme bastara si estuviera en el suelo con él.
—Quiero que dejes de pegar a tu hijo.
—Yo no...
—Tengo fotos de la espalda de Wes. —Es una mentira como una casa. Yo jamás haría algo así. Pero tenía razón respecto a los secretos del alcalde y eso me permite usar mi solvencia para apretarle las tuercas. Usar el poder que le estoy demostrando—. Seguro que la señora Prentiss podría emplearlas como pruebas si decidiera divorciarse de un mierdas infiel como tú.
—Nunca lo haría.
—Te sorprendería el efecto que el escarnio público y la ruina social pueden ejercer en una mujer —le aseguro—. Y todos deberíais someteros a una prueba. Tu novia no es la única que hace incursiones fuera del matrimonio Thompkins. El reverendo ha tenido gonorrea dos veces en este último año. Así que espero que estés practicando sexo adúltero seguro, porque ninguna de las damas merece contraer una ETS de segunda mano, o de tercera.
La vena de la frente le empieza a latir otra vez.
—¿Cómo...?
—Tengo mis recursos —digo—. Por eso sé que hiciste un trato con el reverendo Thompkins para ayudarlo con la recalificación de ese terreno junto al río que compró para su megaiglesia. Un veinte por ciento del diezmo es un dineral. ¿Crees que te rebajaría el porcentaje a la mitad si supiera que te tiras a su mujer?
El alcalde no responde. Exhibe una expresión impertérrita. Se acabaron las sonrisas de dentífrico. Se acabó el barniz político. Solo pura rabia que lo corroe por dentro y le pide que machaque a lo único que podría arruinarlo: yo.
—Si dejas de lastimar a Wes, esto desaparece.
—Luego me pedirás dinero —dice.
—No lo necesito. Me traen sin cuidado las leyes de calificación de terrenos y la gente que tira el dinero a la estafa de Dios. Me importan muy pocas cosas, pero Wes ocupa el primer puesto de esa lista. Así que tienes toda mi atención... y puedo ser muy creativa.
Miro hacia abajo. Bajar por la escala de cuerda me obligaría a situarme de espaldas a él. Es grande, como su hijo, alto, fornido y poderoso, pero Wes no recurre a su tamaño para imponerse. En cambio, ese es el único modo que conoce el alcalde de salirse con la suya; se abre paso por la vida a base de músculo y consigue lo que se propone.
Doy un paso en el vacío como si no necesitara escalera. Se me revuelve el pelo cuando impacto contra el suelo tratando de relajar el cuerpo. Sé caer, pero aterrizar de pie desde una torreta de caza es distinto; una mala caída y acabarás con un tobillo roto, una pierna o ambas cosas. Caigo bien. El impacto se transmite a mis rodillas y tobillos, pero doblo las piernas en el momento exacto y apoyo una mano en el suelo para no perder el equilibrio. Está a medio metro de distancia cuando me levanto, y la mano se le crispa otra vez. Así pues, es un tic. ¿También le sucedió antes de estampar el atizador de la chimenea contra la espalda de Wes?
—Es muy sencillo: si dejas a Wes en paz, yo te dejo en paz —le digo—. Ahora tengo que volver a casa antes de que se haga demasiado tarde. A mi hermana no le gusta que vaya en bici después de anochecer.
—Te arrepentirás.
Es un intento tanto de decir la última palabra como de proferir una amenaza que no puede cumplir.
—No, no me arrepentiré —replico—. Es lo mejor que he hecho nunca.
Era verdad entonces.
Es verdad ahora.
Seguramente será verdad siempre, porque no soy muy buena. Pero amo con todo el corazón y sin miedo.
No hay quien se interponga en el camino de eso. En mi camino.