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11.40 h (148 minutos retenida)

1 mechero, 3 botellines de vodka, 1 tijeras (en este momento clavadas en un atracador de bancos), 2 llaves de una caja de seguridad

Plan n.o 1: descartado

Plan n.o 2: a la mierda

Plan n.o 3: clavado

 

 

Si pensáis que no apuñalé a ese cerdo, no habéis prestado atención. Porque eso fue exactamente lo que hice.

Las tijeras no son ideales para apuñalar. Pero hay que usar lo que se tiene.

—Tú... serás...

Gorra Gris se pliega sobre sí mismo, cierra las manos en torno a las mías y luego trastabilla mientras intenta apartarlas. Yo empujo de nuevo, con el cuerpo y con las tijeras. Las hundo más. Retuerzo la muñeca y el calor resbala por mi mano a borbotones.

Retrocede un paso intentando sobreponerse al dolor y, mierda, es la rabia lo que usa para vencerlo. Destella en sus ojos un instante antes de que se abalance sobre mí en lugar de alejarse y entonces me aferra el cuello con la mano.

Tras el estupor inicial, es casi imposible resistir el impulso de agarrar los brazos y las muñecas de alguien que te está estrangulando. Es instintivo. Arañas, clavas las uñas, porque solo con que consigas respirar una vez tendrás más fuerzas para luchar.

Yo no puedo soltar las tijeras. Así que en vez de eso las arranco. Él grita y sus dedos se tensan en torno a mi garganta en lugar de soltarla como esperaba. Puntos borrosos asoman a mi visión periférica, pero no puedo apartarme. Me palpita toda la cara según el dolor y la sangre se mezclan como una montaña rusa descontrolada. Las tijeras gotean y la humedad brilla en mi mano a la luz de los fluorescentes. Ahora tiene una posibilidad.

Me empuja hacia atrás por la garganta, me tira al suelo en plan muñeca de trapo y yo me estampo contra las baldosas con un castañeteo de dientes justo cuando Gorra Roja entra corriendo en la oficina con ojos desorbitados y chillando. La recortada que lleva en las manos se levanta de golpe, directa hacia mí.

—Tira las tijeras —ordena Gorra Gris, y yo reconozco cuando estoy acabada, así que lo hago.

—¿Te encuentras bien? —pregunta Gorra Roja.

—Me ha apuñalado, joder.

Se aprieta el costado con la mano y, cuando la retira, aparece cubierta de rojo.

—¡Mierda, Duane! —exclama Gorra Roja y, ahí está, por fin tengo un nombre.

Su arma me apunta de nuevo, pero Gorra Gris —Duane— le agarra la culata.

—No —dice.

—¡Te ha apuñalado! —protesta Gorra Roja.

—No —repite Duane.

Me está protegiendo; protegiendo su activo. La alegría chisporrotea en mi pecho aunque tenga que hacer esfuerzos para tomar una bocanada de aire completa que no me duela como cuchillos en la garganta. Ha mordido el anzuelo.

—Estás como una cabra —musita Gorra Roja mientras se vuelve hacia mí—. Las manos donde pueda verlas —ordena.

Duane se desploma contra el mostrador de las cajeras. Me mira fijamente y su jadeo es más superficial con cada respiración. Debe de dolerle horrores. Espero haber pinchado algo importante.

—Dame la recortada —le dice a Gorra Roja.

El otro se la tiende, el muy ingenuo. El muy mendrugo.

—¿Qué tal va ahí abajo? —le pregunta Duane.

—Casi está. Otros veinte minutos, calculo.

—Bien.

Duane hace una mueca y se aprieta con más fuerza el costado. Se desliza al suelo, recostado contra el mostrador. Está sudando. Me da un brinco el corazón. Puede que haya pinchado algo bueno.

Gorra Roja maldice.

—Hay que ponerte una toalla. —Mira a un lado y a otro—. Tú, tráeme algo para detener la hemorragia.

—Usa tu chaqueta —le sugiero.

Niega con la cabeza.

—Tu camisa. —La señala—. Dámela.

Tenían que ser estos gilipollas los que me estropeasen mi camisa de cuadros favorita. Se la tiendo.

—¿La llevo ahí detrás con los demás? —pregunta Gorra Roja a Duane en voz baja.

Este niega con la cabeza.

—No quiero perderla de vista.

Gorra Roja me mira expectante.

—Ya lo has oído.

Se inclina para ayudar a Duane a levantarse. El hombre se apoya con fuerza en su compañero, pero todavía no está acabado. Ni mucho menos. Y ahora tiene todas las armas. No soy la única embaucadora aquí.

Gorra Roja es tan servicial... ¿Qué haría si alguien le dijera por qué Duane me quiere cerca? O lo que planea hacerle a él para salir de aquí.

Supongo que pronto lo averiguará. Ha llegado el momento de sembrar desconfianza.

Y ellos me acaban de ofrecer un asiento en primera fila para hacerlo.