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11.44 h (152 minutos retenida)

1 mechero, 3 botellines de vodka, 1 tijeras, 2 llaves de una caja de seguridad

Plan n.o 1: descartado

Plan n.o 2: a la mierda puede que no

Plan n.o 3: clavado

 

 

Gorra Roja me obliga a recorrer el pasillo en cabeza, con Duane y él renqueando detrás. Pasamos junto al despacho en el que Iris y Wes están encerrados y yo grito con voz ronca: «¿Adónde vamos?», en un tono tan alto como para que me oigan y sepan que estoy viva. La garganta, que me palpita con latidos en forma de dedo contra la piel, me está matando, y tengo la misma sensación en los ojos que si me los hubieran frotado con papel de lija mientras me obligaban a mirar dibujos animados malos durante horas.

—Cállate —me dice Duane. Sacude la cabeza hacia el despacho que tengo a mi izquierda, en la otra punta del pasillo—. Adentro.

Una vez en el interior, me obligan a sentarme en la más cutre de las dos sillas de oficina. Me desplomo en el asiento al mismo tiempo que recorro la habitación con la mirada. La distribución es la misma que la de nuestro despacho, pero el escritorio es más grande y a quienquiera que trabaje aquí le encantan las plantas. A lo mejor podría tirarles una y salir corriendo. Muerte por ficus artificial.

Otra vez vanas ilusiones. Tengo que dejarlas.

Duane prueba la silla buena, pero en menos de un minuto está haciendo muecas y deslizándose al suelo. Gorra Roja lo ayuda a desplazarse para que se apoye contra la pared. Puede que se desmaye el tiempo suficiente para que pueda convencer al mendrugo de que nos deje marchar. Pero la vida no es tan sencilla y los hombres como Duane son tozudos. Aguantan. Mi camisa está manchada, pero no empapada. La hemorragia empieza a ceder, aunque él esté cada vez más pálido.

Debería haberle apuntado al cuello.

—Vuelve abajo y termina de fundir los barrotes —ordena Duane.

—Pero...

—No me pasará nada —dice—. Átale las manos y vuelve al trabajo.

Forcejeo con Gorra Roja cuando me ata las manos delante del cuerpo en lugar de detrás, aunque estoy contenta. Soy capaz de hacer muchas cosas con las manos atadas por delante, sobre todo porque puedo doblar los dedos. Sigue habiendo demasiadas capas que romper, pero encontraré la manera, y al menos no me ata los pies.

Duane está empezando a sudar cuando Gorra Roja se inclina para echarle un vistazo a la herida. Le murmura algo y yo no distingo las palabras hasta que eleva la voz enfadado a la vez que le tiende a Gorra Roja la recortada.

—Sí, estoy seguro, hostia.

—Volveré enseguida —promete el otro—. No intentes nada —me dice a mí.

—Iba a atracar un banco, pero os habéis adelantado —replico con retintín. Mi voz se quiebra en la mitad de la frase, lo que arruina el efecto.

Sus pasos se pierden por el pasillo y yo devuelvo la atención a Duane. No tiene un aspecto genial, pero tampoco parece al borde de la muerte. Y la mano que usa para encañonarme con la pistola no tiembla lo más mínimo.

—Bueno, ¿cuál es el plan? —pregunto—. ¿Te lo vas a cargar en el banco o lo vas a usar como escudo humano para salir entre las balas de los polis? Recuerda: soy demasiado valiosa como para hacer de escudo humano.

—¿Alguna vez cierras el pico?

—No. Acostúmbrate. El viaje a Florida va a ser muy largo.

—Una palabra más y te dejo inconsciente. Cuando recuperes el sentido, te estarás ahogando con los humos del tubo de escape en el maletero de mi coche y te quedarás allí dentro hasta que lleguemos a Florida.

Tomo nota mental de que ha dicho «coche», no «camioneta».

—Muy bien —respondo. Estiro las piernas y cruzo los pies enfundados en las botas—. Ella no dejará que me marche sin librar batalla —musito.

Tarda un segundo en procesar mis palabras; supongo que debo atribuirlo a la pérdida de sangre por puñalada.

—¿De qué estás hablando?

—Pensaba que querías que me callara.

Ahora estoy en plan repelente a más no poder y funciona. Se está poniendo nervioso. Para cuando vuelva Gorra Roja se estará subiendo por las paredes.

Me fulmina con la mirada y aumenta la presión de mi camisa contra su costado.

—¿Qué te ha dicho?

—¿Quién...?

Entorna los ojos. Detesta estar en la inopia, especialmente en su propio terreno. Necesito que se sienta insignificante e inseguro. Eso lo hace peligroso, porque lo enfurece, pero conseguiré que patine para colarme en un descuido.

—¿Con quién crees que has estado hablando por teléfono todo este tiempo? —Ladeo la cabeza con un sarcasmo crispante—. ¿Te ha dicho que es policía?

—La conoces.

Me arrellano en la silla con un aire tan despreocupado y relajado como puede estarlo una chica con el cuello magullado y la cara machacada.

—Hum, sí. Vivo con ella. Es mi alguacil. Antes te he mentido. No tengo ninguna tía aquí en Clear Creek. El FBI me metió en el programa de protección de testigos después de todo el asunto de Raymond, y me obligaron a quedarme aquí con ella. Es superplasta...

—¿Es alguacil?

—¿No has olido el tufillo a federal? ¿Seguro que has estado en la cárcel?

Se revuelve contra la pared con un rictus de dolor y se aprieta mi camisa de franela con más fuerza contra la suya. El rojo se expande. Está volviendo a sangrar. Intento retorcer las muñecas para aflojar la cinta sin que se note, para probar el alcance de mis movimientos.

—Sabía que no era una ayudante del sheriff. Tiene demasiada labia.

—Así es ella —digo—. Te perseguirá si consigues huir conmigo. Tiene que hacerlo. Para ella, esto es un desastre total. Lo único que le importa es recuperarme.

Busca la trampa escondida en mis palabras, pero son la pura verdad. No hay lugar en el mundo al que pueda llevarme a donde mi hermana no vaya a seguirme.

Tengo que pintarle un retrato capcioso de Lee: una zorra ambiciosa que solo piensa en su trabajo. Se lo tragará. Querrá alejarse de ella y eso hará que meta la pata. Solo necesito estar ahí cuando suceda.

—Dudo que sea una gran profesional si la han destinado a un pueblo de mala muerte para vigilar a una cría como tú.

—La has hundido en la miseria con tu hazaña, algo de lo que me alegraría en otras circunstancias, pero a mí me viene regular.

Cada vez que parpadea tarda un poco más en abrir los ojos. Empieza a cabecear. El dolor, la pérdida de sangre y la bajada de adrenalina le están pasando factura. Puede que entre en choque y pueda arrebatarle la pistola.

—¿Te viene regular? —Se ríe, demasiado rato, una cosa interminable que le deja los dientes al descubierto... y ¿es sangre eso que tiene en los labios o solo vanas ilusiones?

Tose sujetándose el costado. Luego vuelve a toser y el rojo sangre le burbujea en la boca. Levanta la mano para enjugarse y agranda los ojos.

—Ay, no, ¿he pinchado algo importante? —pregunto cavándome una tumba superficial, porque necesito saber cuánto puedo sulfurarlo—. Cruza los dedos para que sea el bazo o algo sin lo que puedas vivir. No hay tantos órganos disponibles por ahí.

—Serás...

Embiste como si quisiera levantarse y en vez de eso suelta un gruñido cuando el dolor lo sorprende. Nuevas gotas de sudor le resbalan por la cara, pero no hay más sangre en su boca. Lo que sea que he pinchado no le causa demasiados problemas, aunque el dolor lo está afectando. Si se queda quieto, seguramente se recuperará.

Quizá deba hacer que se mueva. Mucho.

Estoy sopesando si podría llegar a la puerta y salir al vestíbulo antes de que él levante la pistola y apunte lo bastante bien como para acertar cuando me arrebatan la decisión de las manos.

Duane intenta ponerse de pie nuevamente y, esta vez, el dolor puede con él. Se queda a mitad de camino, suelta una retahíla de maldiciones, se le quedan los ojos en blanco y blam, cae al suelo; de repente la balanza se ha vuelto a inclinar hacia mí.

 

 

Plan n.o 4: coger la pistola. Ir a buscar a Iris y a Wes. Salir.