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12.10 h (178 minutos retenida)

1 mechero, 3 botellines 1 botellín de vodka, 1 tijeras, 2 llaves de una caja de seguridad, 1 cuchillo de caza, 1 bomba química, material combustible, el contenido del bolso de Iris

Plan n.o 1: descartado

Plan n.o 2: en reserva

Plan n.o 3: clavado

Plan n.o 4: coger la pistola. Ir a buscar a Iris y a Wes. Salir.

Plan n.o 5: plan de Iris, ¡bum!

 

 

—Lo siento —me dice Iris.

Me encojo de hombros, porque algunas cosas son difíciles de aceptar, en particular las disculpas por cosas que no tienen nada que ver con las personas que me quieren.

—A veces yo tampoco estoy bien —añade con suavidad. Mira el reloj de arena en lugar de a mí.

Yo permanezco callada, esperando.

—Yo soy la razón de que mi madre dejara a mi padre.

—No —digo de inmediato, porque la idea se me antoja extraña. Su madre la quiere. Ella nunca...

Ah. Mi mente alcanza a mi corazón, porque parece infinitamente insegura cuando por fin levanta la vista.

Gira el broche de los corazones. Seis minutos.

—Tuve anginas el año pasado, antes de que nos mudáramos —me cuenta.

—¿Qué?

—Me recetaron antibióticos. Pensé que los había compaginado bien con las pastillas anticonceptivas. Pero Rick, mi ex, siempre se quejaba si tenía que ponerse condón, porque era un capullo egoísta, y yo... pensé que no pasaría nada. Fue una tontería. Nunca debería haberme acostado con un chico que protestaba por tener que llevar preservativo, pero lo hice.

—Lo hiciste —repito, y creo que sé hacia dónde se dirige; no, sé adónde se dirige y algo asciende dentro de mí.

—Me quedé embarazada —prosigue; sus ojos se posan en mí y arden con el tipo de miedo que me hace palpitar el cuerpo, no de dolor, sino del deseo de contacto físico, de tranquilizarla: «Todo está bien»—. Y yo soy muy previsora. Sabes que lo soy. Me gusta hacer planes y tenerlo todo controlado. Llevo tomando decisiones relativas a mi cuerpo y en especial a mi útero desde que tenía doce años y empecé a vomitar de dolor con cada regla. Así que pedí hora en una clínica.

No hablo, solo espero mientras su verdad me envuelve como una combinación de seda.

—Necesitaba dinero para el aborto —prosigue—. Así que puse a la venta en internet algunas de mis cosas vintage, pero se me olvidó bloquear a mi madre para que no viera las publicaciones. Y cuando me preguntó por qué vendía el abrigo Lilli Ann que me había dado mi abuela, no tenía una mentira preparada. Me caló y me derrumbé. —Se muerde el labio inferior—. Hizo todo lo que yo necesitaba. Me llevó a la clínica y pagó, me sostuvo el pelo cuando vomité después y, ay, Dios, ahora la voy a dejar sola. —Se lleva la mano al pecho como si intentara impedir que se le rompiera el corazón—. Se quedará sola porque vamos a morir.

—No vamos a morir.

Le tiembla el labio. Tiene que tomar dos bocanadas de aire, grandes e inseguras, para contener las lágrimas. Sé cómo se siente: si piensa en su madre, se derrumbará ante la posibilidad de perderla. Lo entiendo, porque yo no puedo pensar en Lee. Hacerlo me tornaría débil. Torpe.

—Lo descubrió —susurra—. Mi padre. Y él siempre ha sido, eeeh, ¿protector? ¿Dominante? Por nuestro propio bien, cómo no.

Mira al techo y parpadea con furia. Reconozco en ella la lucha contra lo que te han inculcado a base de miedo y la verdad que empiezas a atisbar ahora que eres libre. Gira y gira en mi cabeza: «Nos parecemos más de lo que crees, más de lo que crees», me ha dicho. No le presté suficiente atención. Pero ahora lo sé. Las dos somos chicas cuyos huesos se forjaron de secretos en lugar de acero. No me extraña que nos atrajéramos como imanes. Estamos hechas de la misma pasta, de algún modo.

—Gritaba. Y pegaba puñetazos a las paredes y cosas así. Pero jamás me había puesto la mano encima —continúa—. Hasta el día que se enteró.

Gira el cronómetro de besos. Cinco minutos. Echo un vistazo a la garrafa a medida que intento controlar la mezcla de rabia e impulso de venganza que vibra en mí.

—Solo me abofeteó —dice; me revienta que aún trate de restarle importancia, y también reconozco eso—. Pero lo hizo delante de mi madre. Nunca he visto a nadie moverse tan deprisa. Se plantó delante de mí, se gritaron y él se marchó hecho una furia. Mi madre llamó a mis tíos y fue casi como si lo estuvieran esperando, porque al cabo de dos horas ya estaban allí para recogernos. No he visto a mi padre desde entonces.

Mis manos se doblan con fuerza en torno a las toallitas de papel que he retorcido para crear una larga mecha.

—No quiero dejar sola a mi madre —susurra Iris.

—No la dejarás.

—No lo sabes. Esto es muy arriesgado. Es peligroso.

—Esto es supervivencia —la corrijo.

Gira el broche. Cuatro minutos.

—Hay que empezar —dice.

—¿Qué hacemos?

Tardamos dos vueltas más del cronómetro de besos —nos quedan dos minutos—, pero lo dejamos listo. Arrastramos la papelera llena de papel higiénico empapado en desinfectante de manos a la cabina más grande, introducimos con cuidado el extremo de la mecha de papel y extendemos el resto por el suelo. A continuación Iris empapa la mecha con el vodka que queda.

—Hay un pañuelo en mi bolso. Mójalo y prepárate para anudártelo alrededor de la boca —me indica.

Obedezco, y ella moja el bajo de su falda para sostenerlo delante de su cara. Hurga en su bolsillo hasta encontrar el mechero.

—Encendemos la mecha y dejamos que la habitación se llene de humo. Luego golpeamos la puerta para avisarlo de que hemos terminado. Tan pronto como abra, le lanzo la garrafa. Debería darle en el pecho y quizá, si tenemos suerte, lo tire al suelo. Quítale la pistola si puedes. Entonces vamos a buscar a Wes y a los demás rehenes. ¿De acuerdo?

Lo repaso mentalmente una vez y asiento.

—De acuerdo.

Frota el pulgar contra la base del mechero, con un ojo en el broche de los corazones y el otro en la mecha. Y entonces, de golpe, me clava una mirada que me atornilla en el sitio.

—¿Quién eres en realidad? —me pregunta—. No quiero morir sin saber tu verdadero nombre.

Verdad por verdad. Ya hemos llegado a esto.

Pero no me siento capaz de pronunciar ese nombre, ni siquiera aquí, a treinta segundos de incendiarlo todo.

Sin embargo, sí puedo ofrecerle la verdad. Mi verdad. Las verdades que definen a quienquiera que yo sea ahora.

—Ya no soy ella. No tengo claro que lo fuera nunca.

—Eso no es una respuesta —me advierte, tan aguda como siempre.

—Soy la hermana de Lee —digo—. Soy la mejor amiga de Wes. —Me revienta cómo me tiembla la voz, pero me obligo a continuar. Se lo debo—. Soy una superviviente. Soy una mentirosa, una ladrona y una estafadora. Y espero seguir siendo la chica de la que estás enamorada, porque yo estoy profundamente enamorada de ti.

—Joder, Nora —responde, de nuevo con el lustre de las lágrimas en los ojos—. Después de esto no podemos morir.

Mis manos se cierran sobre las suyas, que aún sostienen el mechero.

—Ya te lo he dicho: soy una superviviente. Vamos a sobrevivir juntas.

En su otra mano, los últimos granos de arena se escurren en el reloj.

Es la hora.