12.19 h (187 minutos retenida)
1 mechero, 3 botellines de vodka, 1 tijeras, 2 llaves de una caja de seguridad, 1 cuchillo de caza, 1 bomba química (detonada), material combustible (en llamas), el contenido del bolso de Iris (también en llamas)
Plan n.o 1: descartado
Plan n.o 2: en reserva
Plan n.o 3: clavado
Plan n.o 4: coger la pistola. Ir a buscar a Iris y a Wes. Salir.
Plan n.o 5: plan de Iris, ¡bum!
A la tercera no va la vencida cuando me arrastra por el pasillo de nuevo. Estoy aturdida, no inconsciente, pero sí en un estado de dolorosa confusión, y el humo y el golpe en la cabeza no ayudan. Opongo resistencia esta vez; no tengo nada que perder, tengo todo que perder. Iris. ¿Dónde está? No la veo. Ha caído. Él la ha tumbado en alguna parte cerca de la puerta que ha abierto como el muñeco asesino de una caja sorpresa. Ya no sangra. Gorra Roja debe de haberlo despertado y apañado. Será idiota...
El fuego. Se está propagando. Oigo el crac crac groar del incendio, veo el humo saliendo a chorro del baño. La pintura se abomba en las paredes y el calor se arremolina. Pronto llegará al pasillo. Tenemos que detenerlo. Wes está atrapado.
Grito su nombre y oigo golpes en la pared. Puños que aporrean la puerta y palabras ahogadas que no distingo. Le grito que se agache. Le grito que tape la rendija de la puerta y todo lo que has de hacer en caso de incendio, que son tonterías cuando estás atrapado. No puede estar atrapado. Esto no puede ser el fin. No en llamas. No así. No después de todo.
Forcejeo para que Duane me suelte las muñecas mientras me arrastra por donde está Gorra Roja, que sigue gimiendo convertido en un revoltijo quemado con líquido desatascador. Me deja al final del pasillo, demasiado cerca del fuego, y vuelve hacia su compañero. Yo me pongo de pie como puedo y trastabillo hacia atrás en busca de la bolsa de aire que está casi al rojo vivo.
Sucede en un periquete y lo he visto venir desde la primera vez que los he observado interactuar, pero no hay modo de prepararse para presenciarlo de cerca. Hace un momento Gorra Roja estaba en carne viva y gimiendo, y dos rápidos disparos después no hay nada, porque ya no es nada.
Resoplo. Tengo que seguir gritando. Wes. Iris. Tengo que... Ay, Dios, está muerto de verdad. El mundo entero se hunde en el humo.
—Quédate aquí —gruñe Duane.
Se da la vuelta y la humareda es asfixiante y hedionda. Se me enrojece la piel del calor según las llamas avanzan cada vez más cerca de la puerta del baño. Tengo que levantarme. No..., arrastrarme. Tengo que arrastrarme. Quedarme agachada. Llegar a la mesa que bloquea el despacho en el que está Wes. Ir a buscarlo. Encontrar a Iris. Salir.
Antes de que pueda moverme, Duane ha vuelto. Lleva a Iris a hombros como si transportara a un herido sin camilla.
—¿La has...?
La pregunta muere en mi garganta. No puedo decirlo en voz alta. No puedo respirar. No. No. No.
—Solo la he dejado inconsciente. —Se ríe—. Será un buen escudo humano, con todas esas capas.
Agita los bajos de su falda y su miriñaque en mi dirección a través del humo.
Me pongo más roja que el fuego y cierro los puños para reprimir la necesidad de hacerle daño.
—Venga.
Me hace un gesto con la pistola.
—No. No sin el chico.
Dejar a los demás atrás es monstruoso. Pero en ese momento no me importa. Iris está dentro de mi campo visual. Necesito a Wes y luego me marcharé. Abandonaré a los demás. Abandoné a mi propia madre, al fin y al cabo. Dejar a gente atrás es mi especialidad.
Los ojos de Duane miran un momento por encima de mi hombro. Las llamas deben de estar creciendo. Planto los pies en el suelo. Puedo entretenerlo. A ver quién se raja primero.
—Ahora —dice.
Niego con la cabeza.
Dispara. Así, sin más. El yeso del techo se derrama por todas partes y un trozo me golpea el brazo.
—Muévete o ella será la siguiente.
Tengo que caminar para sobrevivir. Moriré si lo dejo atrás. Tengo que proteger a Iris. No puedo proteger a Wes. Los pensamientos fracasan en mi mente aterrada mientras él me empuja hacia delante.
No tengo manera de darle la vuelta a esto y si me preguntaseis quién soy ahora mismo os diría: asustada, asustada, asustada.
Duane tiene en sus manos dos tercios de todo lo que me importa en este mundo, en un sentido real y metafórico. Lo sabe y lo utilizará.
El sótano huele a metal y a la chamusquina del equipo de soldar que está escampado junto al hueco que Gorra Roja ha practicado en los barrotes, todo para nada. Duane ni siquiera mira hacia las cajas de seguridad; ahora tiene otro tesoro entre manos. Solo necesita escapar conmigo.
No era así como debía terminar mi plan. No era así como debían suceder las cosas. Iris no debería estar echada sobre sus hombros, exánime como una muñeca de trapo, con los rizos y los pies colgando. Wes no debería estar arriba, a solas, hecho un ovillo para protegerse del humo que no para de entrar. Ay, Dios, está solo. No puede ser. Así no. Así no.
Estoy gritando cuando Duane me saca de la sucursal a empujones. Soy una fiera salvaje y cada herramienta y truco ingenioso se me borran de la cabeza anegada de humo y «atrapado, Wes está atrapado ahí dentro».
Se ha colgado a Iris doblada por la mitad como la versión humana de un chaleco antibalas y yo voy delante, con la recortada pegada a la espalda; pero eso no me detiene. Sigo gritando el nombre de Wes y «Sacadlo de ahí, sacadlo de ahí» a los ayudantes. Pero estos se quedan acuclillados detrás de sus coches patrulla, con las armas en ristre y lo veo en sus caras: no lo tienen a tiro. No veo a Lee. «¿Dónde está Lee?»
Todo está borroso según el humo aumenta y Duane me empuja hacia delante. El cañón se me clava en la espalda y no hay salida ni retroceso ni huida hacia delante. No hay maquinación que valga. Alguien será el primero en disparar y entonces...
Mis ojos atisban su cazadora de refilón y mi mente repara en ella medio segundo más tarde. La cazadora. Antes no la llevaba.
Se ha puesto la cazadora de Gorra Roja. ¿Por qué?
Todo se pone en su sitio como el péndulo de Newton, un pensamiento golpea al otro como las pequeñas bolas plateadas y la relación se transmite dentro de mí, causa y efecto.
Gorra Roja se deshacía de las armas como si nada. Pensaba que era confianza. Pensaba que era estupidez.
No lo era.
Estaba armado.
«Tiene un as en la manga.» Eso le he escrito a Lee a toda prisa en mi nota. Lo más útil que se me ha ocurrido ofrecerle: mi presentimiento acerca de este hombre. No he caído en la cuenta de hasta qué punto estaba siendo literal.
Hunde una mano en el bolsillo de la cazadora. Mi mente funciona a toda máquina, bolas metálicas que impactan unas contra otras, adelante y atrás, atrás y adelante. Pequeña. Manejable. Tan letal como para facilitar la huida.
Abro la boca para gritarlo antes incluso de que aparezca.
—¡GRANADA!