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9.24 h (12 minutos retenida)

1 mechero, ningún plan

 

 

—¿Qué es esto?

Gorra Gris ha sacado del bolso de Iris el estuche con el dinero. Abre la cremallera, inspecciona el grueso fajo de billetes y la mira.

—Son fondos que recaudamos para el refugio de animales —lo informo a toda prisa. Su atención se desplaza de Iris a mí y el alivio me golpea las costillas como esa ridícula aldaba en forma de abeja que Lee colgó en la puerta de nuestra casa—. Hicimos una colecta. Cójalo. Hay casi tres mil dólares.

Se ríe y es un sonido que reconozco, igual que estoy familiarizada con la visión del arma. Te hiela la sangre de pura crueldad y condescendencia. Diseñada para acecharme como una serpiente y hacerme sentir aún más indefensa que la escopeta.

Sin embargo, ya estoy por encima del miedo. No ha desaparecido, pero no me resulta útil. Ahora mismo solo puedo prestar atención a las cosas relevantes.

—Ingresando pasta gansa, ¿eh?

Cuanto más hable, más información obtendré. Así que debería tirarle de la lengua.

—Es lo que tenemos.

Tira el estuche abierto a la mesa y el dinero resbala y se desparrama sobre la superficie pulida.

—No es esto lo que vengo a buscar.

Entonces aferra la mesa y la arrastra —con los teléfonos— para alejarla de nosotros.

«¿Qué quieres?» Esa es la pregunta, ¿no? Mi madre siempre me decía: «Dale a una persona lo que quiere y comerá de la palma de tu mano». Eso se aplica por partida doble o quizá triple a los atracadores de banco cuyo plan les ha estallado en las narices.

Quieren al director de la sucursal. No pueden acceder a él. Eso significa que necesitan lo que el director podría proporcionarles.

Acceso a las cajas de seguridad.

¿Cómo se lo podría facilitar? ¿Debo hacerlo? ¿O será suficiente con que piensen que se lo puedo ofrecer?

Un plan empieza a revolotear por mi mente como una polilla en torno a la lámpara de un porche, pero aún no tengo claro cómo encajar todas las piezas. Necesito más. Más información. Más pistas. Más tiempo para entender la dinámica de esa pareja.

Pero no lo voy a tener. Gorra Roja suelta una exclamación desde la puerta, sorprendido y preocupado.

—¡Viene alguien! —grita desde su puesto de vigilancia—. Una mujer.

La atención de Gorra Gris se desplaza de nosotros a la puerta.

Los siete entramos en tensión como una sola persona cuando un fuerte traqueteo en la entrada llena el silencio sepulcral del banco. El ruido rebota en las paredes y cesa. Transcurren unos segundos angustiosos.

—Está volviendo al coche.

—Que no te vea —gruñe Gorra Gris.

Contienen el aliento un instante y justo cuando están a punto de respirar aliviados...

La respuesta se proyecta a través del aparcamiento. Se deja oír con claridad en la oficina antes de que su voz atruene a través de las paredes, amplificada por el megáfono:

—Hablo con la persona armada en el interior del banco. Me llamo Lee. Dentro de unos segundos el teléfono empezará a sonar. Yo estaré al otro lado. Cógelo y buscaremos una solución a ese lío en el que te has metido. Bueno, también tienes la opción de no cogerlo, aunque no creo que sea la que más te conviene.

Tan pronto como deja de hablar, empiezo a contar.

«Diez. Nueve. Ocho.»

Gorra Roja se aleja de la puerta a toda prisa y, en vez de vigilar desde allí, mira por el ventanal.

«Siete. Seis. Cinco.»

Gorra Gris nos observa de uno en uno, el guardia herido, la cajera asustada, la señora mayor, los tres adolescentes enfadados entre ellos y la niña.

«Cuatro. Tres. Dos.»

Levanta la pistola. Abre la boca. Se avecina la rabia. De la peligrosa.

«Uno.»

El teléfono que hay detrás del mostrador empieza a sonar.

«Ya.»