15.00 h (183 minutos libre)
2 llaves de una caja de seguridad (escondidas en el bolsillo de los vaqueros)
Cuando terminan de limpiarme todo el pringue del hombro y el costado y están seguros de que no voy a entrar en coma, por fin me dejan ver a Iris. Luego me dan el alta y el médico me ofrece el número de una dentista; tengo una cita de urgencia con ella mañana por la mañana para que me arregle la muela.
Lee accede a bajar a comprarme los antibióticos en la farmacia mientras yo paso un ratito con Iris, y Wes tiene que ir a tranquilizar a sus padres, así que estoy yo sola cuando me asomo a su habitación.
Ha transformado el camisón de hospital en una bata sobre su combinación rosa. Conozco muy bien las florecillas bordadas a lo largo del escote... o más bien los que las conocen son mis dedos. Extraer todas las capas de Iris —metafóricas y decorativas— es un ejercicio lento y cuidadoso.
Al principio pienso que está durmiendo, pero en cuanto pongo un pie en su habitación, sus ojos se abren al vuelo.
—Nora —susurra.
—Eh.
Me acerco arrastrando los pies. Me palpita la costilla y no creo que eso vaya a mejorar pronto, así que procuro desentenderme del dolor.
—¿Te encuentras bien? He visto a Wes...
—Yo también. Estoy perfectamente. Lee ha ido a buscar mis medicamentos. ¿Tú cómo estás?
Por lo visto el hospital tiene algo que hace llorar, porque las lágrimas inundan sus ojos.
—Por favor, sácame de este hospital —dice, y sus ojos castaños se tornan tan grandes, líquidos y desgraciados que empiezan a bordear el territorio «Bambi después de que disparen a su madre»—. Por favor. Odio los hospitales. Han dicho que mi cabeza está bien. Me han dado calmantes. No me dejan marchar porque mi madre sigue en Nueva York.
—¿Te has puesto en contacto con ella?
Ella asiente y arruga el rostro con dolor a la vez que su mano vuela para tocar el enorme chichón de su frente. Ahora exhibe un morado más oscuro que antes. Está horrible, pálida, magullada y sucia de hollín. Está preciosa, viva, respirando y tan mía como yo soy suya. Quiero meterme en esa cama, enroscarme a ella y llevarme hasta la última gota de su sufrimiento.
—Cogerá el primer avión. Pero no llegará hasta mañana por la mañana. No quiero quedarme aquí. Por favor. Quiero largarme, una almohadilla de calor y una película tonta para desconectar. Nora. Por favor.
Me toma la mano y me la aprieta con más fuerza todavía que antes, en el banco.
—Vale —digo, porque su expresión al mirarme transmite un tipo de mal rollo que me agría la garganta—. Le diré a Lee que lo arregle.
—¿Lo harás?
—Prometido.
Hacen falta dos llamadas telefónicas, una discusión con la enfermera jefe y una conversación susurrada a tres bandas con la doctora de Iris y su madre al teléfono antes de que le den el alta bajo la custodia de Lee. Cuando por fin entran a retirarle la vía y dejar que se vista, la sonrisa que asoma a su rostro parece el sol sobre kilómetros de nieve.
La obligan a sentarse en una silla de ruedas, pero no protesta.
—¿Dónde está Wes? —pregunta—. Ha dicho que volvería.
—Lo he visto abajo —dice Lee.
—Lo recogeremos de camino —le digo a Iris, pero Lee me advierte con la mirada y niega con la cabeza una pizca.
—Está con sus padres, Nora —me avisa, como si eso fuera a importarme.
—Lo recogeremos —repito, y no debería rebelarme cuando mi hermana está tan destrozada como ahora, pero no pienso separarme de él después de un día tan horrible que en teoría debía empezar con dónuts y sentimientos heridos y terminar, no sé, con patatas fritas, perdón y nuestra amistad intacta.
Pero aquí estoy una vez más, cambiando en el lapso de unos pocos minutos y de unas decisiones que tal vez fueran malas, tal vez fueran buenas y quizá de las que no se sobreviven.
Está en el vestíbulo, tal como ha dicho Lee. Sus padres lo flanquean, como si necesitara protección del mundo y no de su padre.
—Tranqui —me dice Lee entre dientes cuando abandonamos el descansillo de los ascensores y nos internamos en el vestíbulo.
—Nora. —La señora Prentiss se acerca y me abraza. Es un gesto breve y penosamente suave, fruto de la buena intención. Ella siempre tiene buenas intenciones, me recuerdo cuando aprieto los dientes y dejo que suceda—. Hola, Iris, cielo, ¿estáis bien las dos?
—Estamos bien —contesto—. Nos vamos a casa.
Miro a Wes por encima de su hombro.
—Ya voy —dice de inmediato.
La señora Prentiss está delante de mí, a pocos centímetros; la veo ponerse tensa.
—Wes.
Es la primera palabra que pronuncia el alcalde y lo miro entornando los ojos.
—Cielo, quiero que vengas a casa conmigo, en serio —protesta la señora Prentiss, y el tono de súplica es real, porque Wes cumplirá los dieciocho dentro de nada y no hay gran cosa que ella pueda hacer respecto al hecho de que lleva meses evitando pasar tiempo bajo su techo—. Lee Ann, por favor. —La señora Prentiss ha bajado la voz y tiene las mejillas teñidas con la clase de humillación que una madre no quiere experimentar nunca.
Wes se inclina y le planta a su madre un beso en la mejilla.
—Te quiero —dice—. Volveré a la hora de desayunar e iremos juntos a la comisaría para que preste declaración.
Ella le acaricia el brazo con una mano temblorosa.
—Vale —dice tratando de mantener las apariencias, aunque ha perdido la partida.
Tras ella, el alcalde guarda silencio absoluto, aunque irradia decepción por los cuatro costados. Seguramente le gustaría que me hubieran pegado un tiro o que hubiese ardido en llamas. De haber sucedido así, las cosas serían mucho más fáciles para él.
Lee empuja la silla de ruedas de Iris al exterior del hospital con Wes y conmigo guardándole las espaldas, como si todavía tuviéramos que protegernos unos a otros.
El sol brilla cuando cruzamos el aparcamiento y nos encaminamos hacia la camioneta de Lee. Parece raro que el sol siga siendo tan radiante, que no haya pasado ni un día entero, cuando todo ha cambiado.
Lee nos sienta a todos con cuidado en la parte trasera de la camioneta, magullados y heridos en más de un sentido. Tarda un rato, porque los calmantes que los médicos me han dado empiezan a hacerme efecto y el cinturón no funciona como debería.
—Por Dios —dice Lee a la vez que me aparta las manos con suaves manotazos para abrocharme—. Estás drogada hasta las cejas. ¿Vosotros dos cómo vais?
—A mí no me han dado nada salvo oxígeno y pomada para las quemaduras —dice Wes, e Iris se limita a agitar la mano sin fuerzas, algo que Lee toma por un sí, creo.
—Entonces te nombro amigo responsable —le dice a Wes—. No dejes que se caigan en la piscina ni nada por el estilo cuando lleguemos a casa.
—Estoy bien —protesto.
—Yo no. —Iris se apoya en la ventanilla—. Quiero tumbarme.
—Enseguida —promete Lee mientras se acomoda en el asiento del conductor. Dobla los dedos en torno al volante—. Una cosa tengo que reconocer, chicos —musita según arranca la camioneta—. Con vosotros mi vida nunca es aburrida.
—Nos quieres —dice Wes tranquilamente, como si fuera fácil, aunque nunca lo ha sido para mí ni para Lee, y puede que por eso las dos lo hayamos incorporado a nuestra familia como el ingrediente que faltaba.
—Sí —asiente Lee—. Ya lo creo que sí.