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9.34 h (22 minutos retenida)

1 mechero, ningún plan

 

 

—Que se levanten —ordena Gorra Gris tan pronto como cuelga.

Se está comportando como un histérico, en lugar de hablar de verdad con Lee. Ha dicho que conoce el protocolo, pero no actúa como si lo conociera. Le ha mostrado todas sus cartas a mi hermana sin guardarse nada.

—¡Arriba! Tú, chico..., coge al guardia.

Gorra Roja blande la pistola ante nosotros, y como ya sabemos lo poco que le cuesta disparar, nos apresuramos a obedecer. Me acerco para ayudar a Wes con el guardia y juntos lo arrastramos por la oficina mientras Gorra Roja nos empuja hacia la parte trasera de la sucursal, donde están los despachos.

—Los niños en este —ordena Gorra Gris señalando la sala de la izquierda—. Los adultos en ese. —Señala el despacho que tenemos enfrente.

—Los niños... —empieza a decir Olivia, la cajera, cuyos ojos se agrandan cuando nos mira.

—Sin rechistar. Metedlo en el despacho —nos ordena a Wes y a mí.

Tendemos al guardia sobre la moqueta del despacho y luego Wes me coge la mano y me arrastra hacia la sala que hay al otro lado del pasillo.

—¡Niños, todo irá bien! —nos grita Olivia a los cuatro, pero su canguelo es tal que más parece una trémula pregunta que un intento de tranquilizarnos.

Entonces Gorra Gris cierra la puerta tras él, se queda a solas con los adultos y no podemos hacer nada salvo dejar que Gorra Roja nos empuje a nuestro despacho. Arranca el teléfono que hay en el escritorio y se lo embute debajo del brazo.

Iris se desplaza cada vez que el hombre se mueve, para proteger a la niña con su cuerpo.

—No hagáis ruido —ordena Gorra Roja.

Abandona la estancia cerrando la puerta al salir y al momento oímos un fuerte roce: está arrastrando algo para bloquearla.

No hay cerradura y yo no intento empujarla. Todavía no. Es posible que Gorra Roja aún esté al otro lado. Aplico la oreja a la puerta y me parece oír un chasquido, como si hubieran abierto la del otro lado del pasillo, pero no estoy segura. Puede que los dos atracadores sigan ahí, y si ven girarse el pomo...

Iris suelta un suspiro tembloroso. La niña contiene un sollozo. Los ojos de Wes exhiben el tono más oscuro que he visto en mi vida.

—Tenemos que concentrarnos —digo, y mis palabras parecen partir en dos el silencio aterrado que se ha apoderado de nosotros—. No podemos desmoronarnos.

No se lo digo a ellos, sino a mí, pero parece ejercer el mismo efecto en los tres, porque respiramos a la vez. Somos mayores y tenemos que conservar la calma, porque la niña es pequeña y está asustada. ¿Era yo tan pequeña cuando estaba así de asustada?

—Tienes razón —asiente Iris con brío y yergue los hombros como si llevara encima una armadura en lugar de algodón sobre tul con salpicaduras de acuarela.

Me doy media vuelta para inspeccionar la habitación con la mirada. No hay ventanas. No hay puertas. Hay un escritorio.

—Yo distraeré a la niña —murmura Wes.

—Nosotras nos ocupamos del escritorio —responde Iris.

Wes se acerca a la pequeña para agacharse a su lado y empieza a hablarle en un tono quedo mientras Iris y yo nos volvemos hacia la mesa. No disponemos de teléfono, claro, pero puede que haya algo dentro que pueda servirnos.

—Buscaré armas.

Corro hacia el mueble e Iris me imita para encargarse de los cajones de la izquierda mientras yo reviso los de la derecha.

—Han inutilizado las cámaras —me dice en voz baja—. Y ya han disparado a los que representan una mayor amenaza.

Me detengo a medio tirón. Veo notas adhesivas y bolígrafos en el primer cajón, una grapadora que podría usar como porra, supongo, en caso de apuro. Pero durante un instante solo puedo oír sus palabras.

—Ya lo sé —contesto en un tono igual de bajo.

Alarga la mano y sus dedos se cierran sobre mi muñeca lo justo para estrecharla. No es un gesto de «Todo irá bien», porque las palabras que acaba de pronunciar sugieren que no lo cree. Es un gesto de «Estoy aquí» y con eso basta. Tiene que bastar. Porque es cuanto tenemos.

Se aparta para volver a su lado del escritorio y sigue hurgando en el cajón.

—Priva —informa Iris a la vez que me muestra tres botellines de vodka barato de los que sirven en los aviones.

—¿Para encender fuego?

—Tal vez.

Se las guarda en el bolsillo del vestido.

 

 

Recurso n.o 2: 3 botellines de vodka

 

 

Vuelvo a agacharme y abro el segundo cajón. Solo hay carpetas, pero las reviso por si hubiera algo escondido entre los papeles. No encuentro nada.

—¡Tijeras!

Las saco del tercer cajón, pero son de las grandes y ni en sueños cabrán en el bolsillo de Iris. Su vestido no es el bolso de Mary Poppins, por desgracia.

—A lo mejor puedo...

Me las arrebata e intenta introducírselas por el cuello del vestido, bajo el cual lleva una ropa interior, bueno, digamos que deliciosamente complicada. La lencería vintage es inmensa y a Iris le gusta la autenticidad. Pero no encuentra la manera de colocarlas planas, ni siquiera ayudándose con el anticuado chirimbolo que se haya puesto hoy, a saber cuál.

—Déjamelas. —Las cojo cuando me las tiende, me las introduzco en la cintura de los vaqueros anchos que llevo y dejo que la camisa de franela cubra los dedales, que asoman del cinturón. Me vuelvo hacia aquí y hacia allá un momento delante de Iris—. ¿Se ve?

Niega con la cabeza.

—Vale. Bien.

 

 

Recurso n.o 3: tijeras

 

 

—¿Algo más?

Abro el último cajón, pero está vacío.

—Nada.

Nuestros ojos se encuentran, un choque de su marrón con mi azul, y en ese instante las dos dejamos que el terror penetre. No es suficiente. Con eso no basta, ni por asomo.

Entonces se humedece los labios, yo enderezo la espalda y nos espabilamos.

—Necesitamos información —dice Iris.

—Ya lo sé —respondo, pero estoy mirando a la niña—. ¿Dónde está su adulto? —pregunto de sopetón.

—¿Qué?

—No se ha acercado a ninguno de los adultos cuando nos han reunido en la zona de espera —me explico haciendo memoria—. Y ninguno de ellos se ha puesto de los nervios cuando la han encerrado aquí con nosotros. ¿Tú no te pondrías frenética si te separaran de tu hija?

Iris tuerce la cabeza y frunce el ceño. Entonces, sin pronunciar otra palabra, se acerca a Wes y a la niña con una sonrisa afable en el rostro mientras se agacha.

—Hola, cariño —le dice—. Soy Iris. ¿Cómo te llamas?

—Casey —contesta la pequeña—. Casey Frayn.

Se me cae el alma a los pies. Es el apellido del director del banco.

—Estabas esperando a tu papá, ¿verdad? —me tiembla la voz, porque ya conozco la respuesta antes incluso de que asienta.

—¿Es el director?

Vuelve a asentir.

Miro a Iris y a Wes, y mi semblante debe de ser un reflejo de los suyos ahora mismo. En plan «Ay, mierda, estamos todavía más jodidos».

 

 

Problema n.o 1: El atraco al banco se ha torcido porque el director no está.

 

 

Problema n.o 2: Los atracadores tienen la sartén por el mango... solo que no lo saben.

 

 

Le dedico mi sonrisa más falsa.

—Casey, ¿me haces el favor de mirar en el segundo cajón del escritorio, el que está lleno de carpetas? Me preocupa haber pasado algo por alto.

—Vale.

Se acerca al escritorio y Wes dice, en cuanto ella está demasiado lejos para oírnos:

—Han preguntado por el director del banco.

—Y no han intentado obligar a la cajera a que les diera dinero. Ni siquiera han mencionado la caja fuerte. Solo el sótano y al director —añade Iris—. Aquí pasa algo raro. Este no es el típico atraco de «toma el dinero y corre».

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Wes.

Miro a Casey por encima del hombro. Está inclinada sobre el escritorio mientras hurga entre los archivos.

—Tenemos que averiguar más. Necesitan al director para algo más que para abrir la caja fuerte, si siguen preguntando por él.

—Dudo que los atracadores nos vayan a contar sus planes, Nora —me suelta Wes, y el despecho que le hierve dentro desde que nos hemos encontrado en el aparcamiento inunda su voz con tal rapidez que me arden las mejillas.

Muy bien. Todavía está cabreado conmigo. En plan, muy muy muy cabreado.

Y tiene razones para estarlo. Sorprender a tu exnovia enrollándose con una amiga común equivale a un zasca en toda regla. Y lo que es aún peor: rompí la promesa de no volver a mentirle. Wes y yo no rompemos las promesas que nos hacemos; esa fue la norma que establecimos después de conseguir arreglar a duras penas nuestra amistad después de que yo reventara nuestra relación amorosa en pedazos. Somos frankenfriends, bromea él, y eso siempre me hace reír, porque es verdad... y aporta ese toque de humor negro que la nueva versión de nosotros —los frankenfriends— necesitamos para existir.

Pero él no se está riendo, y si la adrenalina no corriera por mis venas a la velocidad de la luz, eso me asustaría. Sin embargo, teniendo en cuenta que no sé si vamos a seguir vivos dentro de cinco minutos, tengo que dejarlo estar. Concentrarme.

¿Cómo esconder a una niña a plena vista?

Antes o después nos preguntarán nuestros nombres, si no los han mirado ya en nuestros DNI. Mierda. Su DNI.

—Casey, ¿llevabas el DNI encima?

Despega la vista del escritorio y niega con la cabeza.

—Me he dejado la mochila en casa de mi madre. Se ha enfadado porque no había tiempo para volver a buscarla; tenía una reunión. No llevaba encima ni la cartera ni el móvil.

—Bien —digo, y ella frunce el ceño.

—Mira, si alguno de esos dos te pregunta, no les digas tu verdadero nombre —la instruyo—. No menciones quién es tu padre. Diles que te apellidas Moulton. Eres la prima de Iris, ¿vale?

Su ceño se acentúa. No lo entiende y no hay tiempo para explicárselo, porque oigo un roce al otro lado de la puerta. Uno de los atracadores va a entrar.

—Casey, dime que podemos contar contigo.

La estoy metiendo de cabeza en este marrón y ella me mira con unos ojos como platos: no lo pilla, porque el engaño no le fue incrustado en la sangre y en el cerebro como lo fueron en los míos.

—Yo...

—Casey Moulton. Dilo.

El pomo empieza a girar.

—Casey Moulton —susurra.

La puerta se abre de golpe.