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9.59 h (47 minutos retenida)

1 mechero, 3 botellines de vodka, 1 tijeras

Plan: al caer

 

 

—Eh, vosotros dos. —Iris hace chasquear los dedos a nuestra espalda y los dos nos giramos. Nos está mirando atentamente con los brazos en jarras y la falda meciéndose con un movimiento irritado, porque está golpeteando el suelo con el pie—. ¿Por qué discutís?

—No discutimos —replica Wes de inmediato.

—Estás enfadado con nosotras —dice Iris—. ¿En serio tenemos que sacar ese tema ahora?

—Intento que no —replica Wes entre dientes.

Pero Iris se acerca para que Casey no pueda oírla.

—¿De qué vas? —cuchichea en tono enfadado—. Me dijiste que habías superado lo de Nora. Nunca habría intentado nada si... ¡Le ibas a pedir para salir a Amanda! Tenía pensado tu modelito para la primera cita. Así pues, o bien has cambiado de idea, o bien se te ha ido la olla y te has puesto en plan intolerante conmigo y, te lo juro por Dios, Wes...

Él palidece.

—Joder, no. No es... He superado lo de Nora. —Me mira—. Lo tengo superadísimo —insiste, y no lo dice con rabia ni hay resentimiento soterrado. Solo es... una constatación. Un hecho. Algo que los dos sabemos.

Todavía me produce un sentimiento vago de tristeza, de un modo desvaído, como cuando aprietas una cicatriz con demasiada fuerza y el tejido dañado recuerda el dolor de la herida, pero solo un instante y luego desaparece.

—Y si por casualidad salimos vivos de aquí, le voy a pedir para salir a Amanda —declara Wes—. No estoy enfadado por eso.

—Si solo estás cabreado porque te lo ocultamos, que sepas que no estoy obligada a informarte segundo a segundo de mi vida amorosa —dice Iris—. Ya sabes que a mi madre todavía no le he contado lo mío. Tengo mis razones para ser discreta con mis cosas.

—No estoy enfadado contigo, Iris —responde Wes—. Tienes razón: lo que hagas es cosa tuya. Siento haberme portado como un idiota. No debería haberlo hecho. No te lo mereces. —Respira hondo y se le hincha el pecho—. Pero no tengo más remedio que enfadarme con ella —prosigue—. Por mí y por ti. No solo porque me mintió a la cara cuando le dije que pensaba que ella te gustaba. —Me fulmina con la mirada y yo me pongo como un tomate, porque reaccioné como una imbécil integral cuando lo sugirió—. No tengo más remedio que enfadarme porque te ha colocado en la misma situación en la que yo estuve en su día.

Se le quiebra la voz y me mira fijamente, casi perforándome la cabeza con los ojos.

Iris frunce el ceño.

—¿De qué hablas?

—¿Qué le has contado? —me pregunta Wes—. Dijiste que nunca...

—Dije que la próxima vez procedería con más calma —le suelto de mala manera, porque una rabia al rojo vivo me quema el pecho, en parte ira y en parte sentimiento de culpa—. Perdona si no me di cuenta de que estaba obligada a poner sobre el tapete todos mis secretos a los tres meses de relación. No te debo nada, Wes.

La clase de dolor más hondo destella en sus ojos.

—Me debías no mentirme descaradamente.

—Pero... —Cierro la boca, porque no puedo defenderme.

El mes pasado me dijo: «Me parece que está colada por ti», y me propinó un codazo de un modo totalmente nuevo, casi como si me tomara el pelo. Wes haciendo de casamentero cuando la pareja ya estaba formada casi entraba en el terreno de la comedia romántica, y yo llevaba un tiempo liándome con Iris a esas alturas. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no ponerme como un tomate antes de negar con la cabeza y decir: «Solo porque las dos seamos chicas no significa que tengamos que gustarnos», en un tono tan aburrido que fue él quien se sonrojó y se disculpó.

Llevo semanas sintiéndome una sabandija por eso.

—Y se lo debes a Iris —prosigue, porque se va a poner del lado de mi novia y no del mío, desde luego.

Él estuvo en la misma posición que ocupa ella ahora mismo: al precario borde de averiguar la verdad.

—Vale, uno de los dos tendrá que dejar de ponerse dramático y evasivo o me voy a asustar más de lo que estoy. Y ya somos rehenes en un atraco a un banco mientras estoy con la regla, así que la ansiedad y el deseo de chocolate y de venganza que siento están por las nubes —declara Iris, con un golpeteo del pie mucho más apresurado.

Tanto Wes como yo nos concentramos en ella como una sola persona.

—¿Necesitas sentarte? —le pregunta Wes al mismo tiempo que yo digo:

—¿Has tomado la pastilla? Les puedo obligar a que te devuelvan el bolso para que puedas tomarlas.

—Las medicinas me marean. Estoy bien. Tengo unos calambres tan fuertes que podría espachurrar una lata de Coca-Cola con el útero y mi copa menstrual está a punto de desbordarse, pero lo puedo soportar. Siempre y cuando vosotros dos empecéis a hablar como personas normales en vez de expresaros con acertijos que nadie más entiende.

Respira hondo y, sobresaltada, caigo en la cuenta de lo pálida que está. Debería sentarse, en serio. Ayer ya se esforzó demasiado con la recaudación, y ahora aquí estamos, atrapados, cuando debería estar descansando.

Debería haberle dicho que se quedara en casa, que yo me encargaba. Pero me hizo prometer que no me preocuparía más de la cuenta por su endometriosis y el hecho de que de vez en cuando el dolor cambie nuestros planes, así que intento no ponerme pesada cuando insiste en que está bien. Solo me aseguro de llevar una bolsa para el vómito, galletas saladas y una lata de ese refresco de jengibre superfuerte y superasqueroso que le gusta. Y no quería privarnos a ninguno de la satisfacción de ingresar el dinero que habíamos recaudado. Montar un fotomatón en el festival con los animales más cucos del refugio fue idea suya y de Wes. Fueron ellos los que se ofrecieron voluntarios. Yo solo me apunté porque con ellos es donde más me gusta estar. Fue divertido. Me sentí orgullosa de la cantidad de dinero que recogimos.

Ahora es un recuerdo lejano. El orgullo ha sido reemplazado por la ansiedad, la preocupación y miedo para dar y tomar.

—¿Todo esto tiene que ver con tu madre? —pregunta Iris—. Ya sé lo de su madre —le dice a Wes.

Él me mira con las cejas enarcadas.

Le he hablado a Iris de mi madre. Más o menos. Le he dicho que está en la cárcel y que mi hermana mintió cuando me trasladé al pueblo para que no fuera la niña nueva que además es hija de una delincuente. Pero no le he contado quién la encerró. Cómo. Por qué.

No sabe lo que es mi madre. No sabe nada de las otras chicas. Piensa que yo soy Nora. Solo Nora, y yo nunca he sido solo Nora ni solo nadie. Siempre he sido más. Alguien que intriga y que ya ha vuelto cuando el otro va, porque no sé ser de otro modo. No sé hacer otra cosa, salvo buscar las salidas y luego inventar algo para conseguir que el objetivo me ayude a cruzarlas.

Iris nos mira a Wes y a mí alternativamente y veo el momento en el que se enciende la bombilla en ese cerebro brillante y amante de los acertijos que tiene.

—¿No sé lo de tu madre? —y el hecho de que lo formule en tono de pregunta me mata.

—Todo no —respondo con voz queda.

—Lo que significa que no sabe nada —suelta Wes—. Mierda, Nora, no me puedo creer que...

—Nunca intentaste mangonearme cuando estábamos juntos y te aseguro que no vas a empezar ahora —gruño—. Si vas a pasar por alto los riesgos que estoy corriendo...

—¿Qué riesgos? —quiere saber Iris.

Yo suspiro con cansancio y deslizo la mirada hacia Casey, que se esfuerza mucho en fingir que no está escuchando. Ahora no hay tiempo para esto. Tenemos que mover ficha pronto o todos acabaremos muriendo en esta oficina bancaria.

—Mi madre está en la cárcel, como te dije. —Ni siquiera puedo mirarla a la cara. No estoy avergonzada, pero sí furiosa. No quería decírselo así—. Lo que no te conté es que fui yo quien la encerró. Metí a mi padrastro entre rejas, que es el amor de su vida, y mi madre haría cualquier cosa por él, incluido escogerlo antes que a mí, que fue lo que hizo y por eso está en la cárcel, porque no quiso aceptar un acuerdo que lo perjudicase. Ahora, si hemos acabado de esparcir sobre la mesa toda mi mierda privada, ¿podéis por favor auparme al respiradero para que, con un poco de suerte, podamos salir de aquí vivos?

—¿Al respiradero? —repite Iris perpleja.

—Quiere meterse en el conducto de ventilación y abrirles el despacho del director a los atracadores desde dentro —explica Wes.

Cualquier sentimiento que mi revelación hubiera provocado en Iris parece esfumarse al instante ante la nueva información.

—¿Qué? ¡No! ¡Esto no es una película de James Bond!

—Iris, piénsalo —le digo—. Necesitan algo que está en el despacho del director. Solo han hablado de entrar allí y en el sótano. Así que cabe suponer que necesitan coger algo del despacho. Y teniendo en cuenta que las cajas de seguridad están abajo, ¿qué crees que será?

Parpadea al tiempo que coge aire. Todavía se está recuperando de la información que acabo de darle y detesto habérsela soltado. Pero ahora ya está hecho. Y apenas he empezado a arañar la superficie de lo que le tengo que contar.

«Rebecca. Samantha. Haley. Katie. Ashley.» Cada una posee su propia historia. Y todas acarrearon consecuencias.

—Los atracadores necesitan las llaves de las cajas que quieren abrir —deduce—. Y deben de estar en el despacho.

—Y si consiguen las llaves, ¿crees que el cabecilla dejará que el de la gorra roja baje a solas al sótano a coger lo que han venido a buscar?

Una sonrisa asoma despacio en su cara.

—No confían el uno en el otro.

—Les abrimos el despacho, encuentran lo que están buscando y entonces tendrán que bajar juntos al sótano. Y no nos vigilarán. Al menos tendremos una oportunidad de escapar.

Ahora ella está observando el respiradero.

—Podemos hacer palanca para levantar esta rejilla, pero tendrás que abrirte paso a patadas por la del despacho. Podrían oírla caer. Dame las tijeras.

Se las tiendo y ella se levanta la falda para dejar el miriñaque a la vista, corta una larga tira y me la tiende.

—Ata esto a la rejilla antes de empujar. Si salta, se quedará colgando en lugar de caer.

Me la envuelvo a la muñeca como si fuera una pulsera.

—Iris...

Niega con la cabeza para interrumpirme.

—No es un plan alucinante, pero tienes razón. Algo tenemos que intentar.

Quiero decir algo más, pero cualquier explicación que le diera requeriría una eternidad, y no tenemos tiempo.

—Daos media vuelta, los dos.

Wes frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Porque habrá mucho polvo y si no vuelvo mi ropa del revés deducirán al momento quién ha abierto la puerta del despacho. Queremos dejarlos a cuadros.

Ambos se dan media vuelta, al igual que Casey en el rincón, y yo tardo solamente un minuto en despojarme de las botas y ponerme del revés la camiseta y los pantalones. Le dejo a Iris la camisa de franela.

—Vale. Ya estoy.

—¿Cuál es el plan? —pregunta Wes.

—Supongo que tardaré cinco minutos como poco en reptar hasta el despacho. Controlad la hora. Si no he vuelto en quince minutos, es probable que algo haya salido mal.

Wes asiente.

—No hagáis nada que pueda atraerlos aquí antes de mi regreso. Si descubren que me he largado, empezarán a disparar al techo.

—Ten cuidado —dice Wes.

Me vuelvo para mirar a Iris. Ella sonríe, pero está temblando, y me entran ganas de acercarme a ella para besarla porque ¿y si esto es el fin? ¿Y si me pillan?

Pero si lo hago, estaré reconociendo que quizá sea un adiós.

—Volveré —le prometo—. Y te lo explicaré, ¿vale? Todo.

Ella asiente con un gesto tenso y yo extraigo las tijeras de la cintura de mis pantalones. Wes dobla el cuerpo con los dedos unidos para formar un estribo y yo lo piso. Me aúpa y, usando el extremo plano de las tijeras, hago palanca para levantar la rejilla, dejo las tijeras dentro del hueco y les tiendo la tapa. A continuación, Wes me empuja más arriba. Aferrada al conducto, me doy un último impulso y entro.