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A Julia le habían quedado dos asignaturas para septiembre y sus padres —los dos, por separado— me habían sugerido la posibilidad de que le diera alguna clase de repaso durante el verano.

—Aunque solo sea un rato por las tardes, o antes de cenar —había sugerido Faustina.

—Los fines de semana, por ejemplo, que tendrás más tiempo, si es que te vas a poner a trabajar —aventuró Tranquilino.

Julia no protestó, y estaba revisando con ella en el salón los libros de texto de las dos materias suspendidas —Lengua y Sociales— cuando irrumpió Faustina:

—¿De dónde has sacado esto? —y blandió en el aire las dos piezas de un bikini de color rojo.

—¡Es de una amiga! —bramó Julia, que saltó de la silla y se abalanzó sobre su madre con el firme propósito de arrebatarle la pieza—. ¡Cómo te atreves! ¡Te he dicho mil veces que no quiero que rebusques en mis cosas!

—Te dije que te compraría un bañador en las rebajas —replicó Faustina con aparente calma.

—¡Sí, ya, un bañador! —Julia dejó de forcejear y pataleaba con furia—. ¡Que te crees que me voy a poner yo un bañador! ¡Si son de la posguerra!

—¿Qué sabrás tú lo que es la posguerra? —dijo Tranquilino, interponiéndose entre las dos.

—¡Mejor que tú! —le espetó Julia.

Tranquilino extendió los brazos con las palmas de la mano abiertas en ademán de apaciguamiento y movió la cabeza para indicarle a su mujer la conveniencia de retirarse. Faustina se escabulló y Julia, milagrosamente calmada de repente, volvió a sentarse a la mesa.

—¡Para que te enteres, estás equivocado! —exclamó, con el dedo índice y la barbilla apuntando hacia su padre.

Tranquilino esbozó un gesto de sorpresa y se encogió de hombros.

—¡La guerra, que no fue contra los rojos, como tú has dicho siempre! —prosiguió Julia en tono de recriminación.

—¿Ah, no? ¿Contra quién fue entonces? ¡Anda, dímelo tú, sabihonda!

—¡Contra los republicanos!

—¿Y quién te lo ha dicho?

—¡Y eso qué más da, alguien que lo sabe bien, el profesor de Sociales! ¡Y los del otro bando no fueron los nacionales como tú los llamas, sino los militares! ¡Los militares sublevados, eso dijo!

A Tranquilino, que empezaba a dar muestras de impaciencia, le requirió a gritos su mujer desde la cocina y se fue, dirigiéndole a Julia una mirada de prolongado reproche al tiempo que se llevaba el dedo índice a la sien y lo movía a un lado y a otro como si fuera a enroscarlo.

—¡Vete y pregúntaselo si no me crees al profesor!

Julia descargó un manotazo contra los libros, cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó en ellos la punta de la barbilla.

—¡Estoy harta! —murmuró, cerrando los ojos.

Esperé a que se tranquilizara.

—¿De qué guerra hablabas, Julia? Te lo pregunto solo por ver lo que sabes del tema —me disculpé, pero lo hacía más que nada por curiosidad, y porque de pronto me intrigaba conocer su opinión: nunca hasta entonces había hablado de la guerra con alguien que, empezaba a sospecharlo, pertenecía ya a otra generación.

Julia se irguió con desgana.

—¡De cuál va a ser! —me miró desconcertada, casi ofendida—. ¡De la guerra esa que hubo cuando mi padre era niño! Él no estuvo, pero sí mi abuelo, en la batalla de Teruel; de pequeña, antes de que se muriera, siempre me hablaba de esa batalla. Pero lo hacía de otra manera, contaba cosas que él había visto, el hambre y las calamidades que había pasado, no como mi padre. O como Paciano, ese que es del búnker…

—¿Del búnker? ¿Qué sabes tú del búnker?

—Yo nada, pero eso es lo que dice Amador.