En fantástica visión

Lana se pinta una boca tentadora y excesiva. Parece un brote de carne. No es fea pero algo extraño tiene. Las paletas —demasiado ajenas una de otra— forman un túnel de oscuridad en el medio. Eso y las ojeras le dan un aire caníbal estremecedor.

Se saca y se pone una peluca albina. El pelo suyo es negro y duro.

Siento su corazón golpeando muy adentro, escondido detrás de las mamas tersas.

Yedra golpea el ropero y es liberada por el Coronel que regresa de la calle.

—¿Qué hacés acá?

—Me encerró la Carne.

—¿Qué le hiciste?

—¿Yo? Ella o yo —suplica—. Tenés que elegir.

—No te pongas en riesgo —responde Domingo con los ojos del que ha caído en desgracia.

Yedra se retira sin responder, calculando. Al llegar al descanso de la escalera, me dice como si me viera:

—Ocupate vos. Es tu tema. Yo me resigno por hoy.

La gente es cobarde. No sé cómo avanzar sin cuerpo. Necesito alguien que se mueva en mi lugar.