Cine mudo
—En un rato llega gente. No entres en el living más que para dejar las bebidas y los canapés, al principio. Después, desaparecé. Cualquier cosa, te llamo.
—¿Me puedo ir a dormir?
—Ni se te ocurra. Esperá en la cocina. Nos aguarda una velada agotadora.
—Te estaré mirando.
—Vos no ves nada.
La noche se estira, los envuelve. El tipo, Vilma y Louise fuman hierba sobre la alfombra en actitud juvenil. A pesar del persistente dolor en la cadera, Vilma se ha sentado como un loto maduro. Aspira y respira poco, enceguecida por el horario y la posición.
El repugnante bebe un whisky casi transparente, disuelto en varios hielos. Le gusta mojar el bigote en el extremo del vaso y sentir esa humedad liviana. Louise, descalza, viste un enterito negro de capas irregulares y transparentes. Parece una antigua bailarina rusa, con el pelo tirante, los ojos hundidos, las ojeras verdes.
Las luces intermitentes de la única obra encendida, una especie de araña sostenida en el aire, le dan al cuadro una sensación de fiesta amenazante. Las arrugas de los tres aparecen y desaparecen. Las sombras de la araña se proyectan sobre la alfombra en actitud hambrienta y discontinua.
Lucrecia se ha instalado más allá, en una mesita junto al teléfono, a la espera de ser útil. Parece un soldado en su trinchera esperando el parte. Una lamparita de mármol con forma de clítoris ilumina en tonos cálidos su cuerpo.
Vilma se queda dormida. La araña ha dejado de titilar y parece dispuesta a devorarla. Ha quedado justo sobre su cabeza.
Louise pone música, el otro le palmea el trasero. Le saca el enterito. La recuesta boca abajo, con la panza hundida en el sillón. El tipo se hace una raya sobre la raya del culo de ella.
Lucrecia no se mueve. Mira hacia abajo, pero siento su ira. Palpita. Vilma se despierta y baila o tiene párkinson, no sé qué pensar de ese esqueleto baboso que abraza al resto en un baile atolondrado, eléctrico. Extenuada o perdida, la anciana deja caer su cuello hacia atrás y se desploma. Louise y su amante la miran con desprecio. Es Lucrecia la encargada de arrastrarla hasta la alfombra y taparla con su propio abrigo. La tragedia es una deformación del absurdo.