PRIMERA PARTE:
AMIGOS Y ENEMIGOS
1) Vidas separadas
El padre de Daniel, José Eleodoro, era de Molina, ciudad sureña cercana a Talca. Según Rosalía, tuvo una vida muy azarosa desde el comienzo de su existencia. Campesino y, como era la usanza en esos años, parte de una familia con muchos hermanos. Su padre, un tipo rudo, lo había matriculado en el seminario. Quería que fuera sacerdote. Descontento con su futuro, José Eleodoro escapó más allá de la frontera, hasta Argentina, donde se instaló. Un par de años después, recordaba Rosalía, volvió a la casa familiar con un regalo entre las manos: una yunta de bueyes hermosamente labrada en madera. Era para su padre. El hombre lo recibió, al parecer de buen ánimo, pero rato después le habría dado de correazos por haber dejado el seminario. Ese habría sido el último día en que José Eleodoro tuvo contacto con su padre.
Según Rosalía, buscando trabajo, José Eleodoro llegó hasta Copiapó, en el norte, donde conoció a una joven de quince años llamada Leonor, hija de un fabricante de ruedas para carretas. Como sus padres no lo aceptaban, debido a que era solamente un “patipelado” y ellos gente de una posición social más elevada, José Eleodoro decidió “raptarla” e instalarse junto con ella en Antofagasta. Ahí, tiempo después, fueron detenidos: existía una denuncia interpuesta por la familia de Leonor acusando a José Eleodoro por el rapto de la menor. Como había conseguido trabajo en una mina, el juez de menores, al parecer, no quiso hacerse mala sangre y autorizó el matrimonio, que se llevó a cabo el 9 de enero de 1908. Según la libreta de matrimonio, sin embargo, ambos aparecen registrados con veinticinco años cumplidos al momento de la ceremonia.
En ese preciso momento, ciudades completas surgían de un día para otro en medio del desierto producto de la fiebre salitrera. Muchos, como José Eleodoro y Leonor, venían desde el sur o el centro del país hasta el lugar donde había trabajo y una posibilidad de subsistencia.
El registro de nacimiento de Daniel indica que fue inscrito en una oficina del Registro Civil ubicada en la Estación de Refresco, en pleno desierto de Atacama, en la comuna de Taltal, parte de la provincia y región de Antofagasta, el 13 de octubre de 1915. Pero su nacimiento en realidad había ocurrido unos días antes, al interior de una oficina salitrera cercana al lugar donde José Eleodoro trabajaba.
Daniel, contaba Rosalía, era el segundo de sus hermanos. Tiempo después llegó Marino, quien se convertiría en su mejor y más cercano amigo. Luego vinieron Teresa y Adán. Su madre habría centrado su labor en cuidar a los niños y hacer rendir el poco dinero que José Eleodoro traía cada vez que bajaba de las salitreras.
Debió ser una pobreza muy dura, pensé, pues Ricardo me había dicho que Daniel casi no pudo estudiar en el colegio. También recordaba que su padre le había contado que, en algún momento de su infancia, había vivido en un pueblito cercano al río Loa. Ahí habrían tenido gallinas sin gallinero, dormidas sobre las ramas de un árbol, y los hermanos, entre ellos el mismo Daniel, armados con una escopeta que José Eleodoro les habría entregado para que defendieran a las aves de los ataques de los zorros nortinos.
En una ocasión, me contó también Ricardo, Daniel le dijo que siendo muy niño acompañó a su padre a una pulpería. Como el pulpero no le prestaba mayor atención sacó el machete que cargaba tras su espalda y con él golpeó contra el mesón. A partir de ese momento lo escucharon.
Rosalía narraba en su biografía que José Eleodoro ingresó a la Federación Obrera de Chile, FOCH. Averiguando un poco encontré que en un comienzo esta había agrupado básicamente a socialistas y anarquistas. Fue creada en 1908 en respuesta a un descuento salarial de la Empresa de Ferrocarriles del Estado a sus empleados, para balancear su déficit contable. Originalmente funcionó como una mediadora entre los trabajadores y los patrones, pero, a partir de 1912, delegados del recién fundado Partido Obrero Socialista, POS, liderados por Luis Emilio Recabarren, la transformaron en una central sindical. Diez años más tarde, tanto los delegados de la FOCH como los integrantes del POS, pasaron a formar parte de la Internacional Comunista y a depender en varios aspectos, de la Unión Soviética. Nacía el Partido Comunista de Chile.
Según Rosalía, Daniel le dijo que su padre había conocido personalmente a Luis Emilio Recabarren, cabeza de los trabajadores nortinos, especialmente de aquellos que trabajaban en las minas del norte chileno. “José Eleodoro participó de estas luchas cuando trabajaba en las minas, pero dado su carácter aventurero a veces dejaba ese trabajo y se establecía por su cuenta. Es por eso que doña Leonor pasó por tantas peripecias; tuvo doce partos, pero de los niños solo cuatro llegaron a adultos.”, anotó Rosalía.
Relataba también que, debido a ello, Daniel empezó a trabajar desde los cinco años, recogiendo cachureos para comprar golosinas y revistas, aunque por esos días no sabía leer. En algún momento de su vida compartida, Daniel le habría dicho: “A veces nuestra situación se deterioraba tanto que mi madre se ponía a hacer dulces y yo me encargaba de comercializarlos. Otras veces ella me mandaba con una lonchera a llevarle almuerzo a los pirquineros que trabajaban rompiendo el caliche. Como ya tenía ocho años, consideraba que llevar una lonchera era un trabajo denigrante para un hombre, así que les pedía un combo a los pirquineros para ponerme yo también a partir el caliche. Cuando me pasaron uno intenté levantarlo, pero como era más grande que yo, no podía hacerlo. Viendo mis infructuosos esfuerzos y mi empeño, los mineros me hicieron un combo adecuado a mi porte. Me sentí muy feliz y orgulloso cuando yo también pude ponerme a partir el caliche”.
Era un grupo al que Daniel comenzó a amar, pensé, pues empatizaba con su dolor, que era también el propio: la explotación, la indolencia, el abuso y, finalmente, el fin de los sueños de unos para la concreción de los de otros.
Entre 1929 y 1930, durante el primer gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo, Rosalía señalaba que José Eleodoro fue detenido por la policía, sacado de su hogar y relegado a Aysén, en el extremo sur de Chile, a miles de kilómetros de su familia.
La historia de aquella época indicaba que si bien el descontento de la clase obrera era consecuencia de la Revolución Industrial, iniciada a mediados del siglo pasado en Inglaterra, los relegamientos respondían en gran parte a la Gran Depresión de 1929, debacle financiera que tuvo como centro a Estados Unidos y, como razón, la especulación financiera. Millones de afectados en el mundo por las hambrunas, el desprestigio consecuente de las llamadas “democracias liberales” y el fortalecimiento de sistemas totalitarios que salieron airosos de la crisis mundial, encontraron a Chile como uno de los países más afectados. El gran endeudamiento externo producto de la expansión del gasto público, durante el gobierno de Ibáñez, hizo que la situación económica se deteriorara paulatinamente.
Ibáñez, quien había llegado a la presidencia en 1927 luego de quitar a sus adversarios del camino6, junto a la crisis económica mundial inició una persecución en contra de sus opositores, la que incluyó a los comunistas. Ordenó el cierre de la imprenta del partido y encarceló a sus principales militantes, relegándolos a Isla de Pascua. La colectividad fue acusada de formar “células” desde las cuales organizaría intentos revolucionarios o golpistas, según el punto de vista. La persecución coincidió con la puesta en marcha de los lineamientos del VI Congreso Mundial de la Internacional Comunista, celebrado en 1928 y comandado por su gobernante, Josef Stalin. En la ocasión, la orientación general fue que sus partidos afiliados llevarían a cabo una política extrema, denominada “Clase Contra Clase” o “Tercer Periodo”. Se proclamaba la crisis económica del capitalismo y la necesidad de una política encargada de luchar en contra del liberalismo y el fascismo. A partir de ello, durante el periodo que duró esta política internacional, los comunistas chilenos no formaron alianzas con partidos fuera del proletariado, llevando a la colectividad, aún joven, a un periodo de franco aislamiento. Era la bolchevización7 del partido, alineada cien por ciento con las ideas emanadas desde la Unión Soviética. Esta política generó un quiebre en la dirección del partido en Chile, y se creó un grupo a favor de la bolchevización y otro adverso a ella. Finalmente, triunfó el primero y, a partir de ese momento, comenzaron las acusaciones de “trotskismo” en contra de los perdedores. Efectivamente, con el tiempo, el grupo derrotado adhirió a la Cuarta Internacional, organización de partidos comunistas seguidores de León Trotski, en pugna contra Stalin luego de la muerte de Lenin8. A partir de ello, una parte ingresaría al Partido Socialista de Chile y otra formaría el Partido Obrero Revolucionario, de orientación trotskista9.
Pero, a pesar de sus intentos de silenciar a la oposición, Ibáñez perdió apoyo político. En medio de la crisis mundial, miles de salitreros regresaban a Santiago sin trabajo ni comida. Las protestas, encabezadas por los estudiantes de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica, precipitaban su debacle, hasta que en 1931 debió dejar el cargo y partir al exilio. Un gobierno interino10 marcado por sublevaciones y levantamientos, traducidos también en numerosas víctimas, terminaba unos meses después con un golpe de Estado, iniciado desde la Fuerza Aérea de Chile, que dio origen a la República Socialista, gobierno que combinaba integrantes de las Fuerzas Armadas, socialistas, anarquistas y grupos progresistas, en torno a la idea de reestructurar la sociedad, asegurar el sustento de cada ciudadano y su realización personal. El Partido Comunista de Chile, entonces, incrédulo de la oferta, se opuso al gobierno y llamó a sus militantes a formar soviets, por considerar que se estaba engañando a las masas. Esto llevó a la prohibición de difundir el comunismo. Este periodo terminó en septiembre de 193211 con otro golpe de Estado.
Pero el fin de la persecución a los comunistas no trajo de vuelta a José Eleodoro. Según lo que Daniel le habría contado a Rosalía, en algún momento escapó de su relegamiento para volver a los campos de su natal Molina. Ahí, alguien lo mató en un momento y circunstancias totalmente desconocidas. Según el registro de defunción, José Eleodoro falleció cerca de ahí, en Curicó, el 4 de septiembre de 1933, a los cincuenta años de edad.
Desde la partida de su padre, Daniel se habría fraguado interiormente. Con quince años debió hacerse cargo de su familia ya que, tiempo atrás, su hermano mayor había muerto en un accidente sobre un caballo. Solo quedaban su madre, Marino, Teresa, Adán y él.
Daniel, según Rosalía, tuvo que conseguir dos trabajos. Uno en un criadero de pollos y otro en una imprenta, adonde llegaba todos los días cansado. Se desempeñaba como ayudante de los maestros que ahí laboraban, quienes al verlo siempre al borde de quedarse dormido, le armaban una cama de papeles blancos. “Ya, Palmita, acuéstese aquí, descanse, no se preocupe, nosotros estaremos pendientes y si vemos venir a algún jefe, le avisamos”, le contó Daniel a Rosalía, que le decían los trabajadores.
En aquel periodo su hermana se había unido a un hombre con el cual tuvo cuatro hijos. Cesante, partió a Bolivia en busca de trabajo, perdiéndose todo rastro de él a partir de ese momento. “Esta situación recae también sobre Daniel. Con el apoyo de doña Leonor y Teresa, los tres sacan adelante la numerosa familia”, escribió Rosalía.
Ricardo recordaba que probablemente aludiendo a esos mismos años, Marino le había contado que en una ocasión Daniel compró un lote de quesos a un tipo que se había quedado en pana en medio del desierto. Se le habían secado y Daniel le ofreció algo de dinero por ellos. Cuando llegó a su casa con la enorme cantidad de quesos, su madre se habría enojado mucho. Que si estaba loco acaso. Y él, que lo dejara. “Los fue metiendo dentro de un gran tambor con agua y magia, los quesos recuperaron su peso y aspecto. En esa ocasión, Daniel ganó mucho dinero. En general, era hábil, bueno con los números, inteligente”, me dijo Ricardo.
Probablemente iniciados los años 30, Daniel, de unos dieciocho años, partió a Chuquicamata, donde comenzó a laborar hasta llegar a ser un obrero especializado en fundición. Fue ahí donde decidió entrar a las Juventudes Comunistas de Chile y, en una fecha cercana, fue expulsado de su trabajo, probablemente debido a su militancia, cuando había llegado a jefe de cuadrilla, a cargo de uno de los hornos de fundición.
Más o menos coincidente en el tiempo, en 1935, la Unión Soviética celebraba el VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista. El fracaso de la política extremista “clase contra clase” establecida en el congreso anterior daba paso a la política de frentes populares. A partir de ese momento los comunistas del mundo, y también los chilenos, buscarían alianzas políticas con partidos de centro izquierda que representaban también a los sectores medios de la sociedad12.
Rosalía no mencionaba mayores antecedentes de este periodo, pero pensé que desde ese momento Daniel debió demostrar dotes de líder, pues algunos años después llegaría a Santiago como el nuevo secretario general de la Jota a nivel nacional para, desde ahí, comandar a la juventud de su partido.
***
Rosalía consignó en su biografía que era la menor de siete hermanos de una familia judía. Nacida en 1920 como Rujel, dicho en yidis, durante sus primeros años de vida la llamaron Rózsi, el equivalente de Rujel en húngaro. La razón era que su familia era de Tasnad, un pueblo rumano que entonces se encontraba bajo dominio húngaro, luego de la disolución del Imperio austrohúngaro, un año antes de su nacimiento.
Según Rosalía, su familia era profundamente religiosa. El viernes, al anochecer, por ejemplo, antes del Shabat, día sagrado dedicado a la oración con prohibición de trabajar, cuando aparecía la primera estrella nocturna, en su casa se servía una cena. Había comida abundante y todos se sentaban alrededor de la mesa. Su madre, con un velo blanco, rezaba frente a las velas recién encendidas y luego recorría las llamas con las manos muchas veces. Ofrecía una bendición.
Durante los Shabat ni su padre ni sus hermanos podían llevar siquiera un pañuelo en el bolsillo del pantalón, ya que cargar cualquier utensilio, aparte de la vestimenta podía ser considerado trabajo. “Recuerdo que esto lo solucionaban enrollando el pañuelo como si fuera una bufanda y lo ponían en el cuello, con lo que pasaba a ser parte de la vestimenta y no “el trabajo” de transportar algo”, escribió Rosalía en sus memorias.
En los Shabat su madre le pedía que la ayudara transportando el libro de rezos a la sinagoga. Rózsi lloraba porque le pedían a ella, una niña, trabajar y romper con la tradición. Su madre le explicaba que aquello era pecado solo para los adultos, pero ella escribió que no quedaba “demasiado convencida con la validez de sus argumentos”.
En la sinagoga las mujeres se instalaban al interior de una especie de galería, separadas de los hombres por un entramado de madera, todos ubicados abajo, junto al rabino y los cantores. La Torá, cubierta por unas gruesas cortinas de terciopelo, salía en manos del rabino, quien se paseaba alrededor de los hombres para que pudieran tocar las Sagradas Escrituras.
El padre de Rosalía era dueño de una gran ferretería en Tasnad, caída en desgracia luego de la Gran Depresión Mundial. Según escribió ella, muchos se suicidaron por esos años y otros, aventureros como su padre, buscaron oportunidades en países de Sudamérica. Primero partió él acompañado de uno de sus hijos. Después los demás; hasta que cuatro años después del primer éxodo, Rózsi, su hermana Elisa y su madre, se embarcaron vía Génova en un transatlántico hacia Chile, en una “tercera clase mejorada”. Con nueve años, pasaba las horas entre una habitación con seis literas y ventanas con vista al mar, y la cubierta amplia donde jugaba y observaba el panorama.
Después de treinta días en el barco llegaron a Iquique y se encontraron con su familia, ya asentada en Chile. Desde ahí se dirigieron a la pampa, donde trabajaban como “pequeños comerciantes”, vendiendo mercadería a los mineros. El cambio le pareció violento, desde la hermosa y acogedora casa con rosales y huertos en Tasnad, hasta otra sin ningún tipo de comodidades, en medio del desierto de Buenaventura, un poblado entre dos oficinas salitreras.
Por esos días, la pampa salitrera se empobrecía, la crisis económica mundial llegaba hasta ahí, y la familia debió emigrar a Santiago. Nuevamente Rózsi, junto a su hermana Elisa y su madre partieron, esta vez sobre un tren de trocha angosta, destartalado. Recorrieron desde Iquique a La Calera y luego a Santiago.
En un comienzo, todo el lote familiar se instaló en la casa de su hermana mayor, Ilu, quien llevaba un tiempo viviendo en la capital, casada y junto a su familia. Experta en alta costura, formada en Budapest, se había asociado en un taller de confecciones para señoras adineradas y le iba muy bien. Por eso vivía en Providencia, uno de los mejores barrios de la capital, en una casa que, según Rosalía, bastaba para albergarlos a todos cómodamente.
Rosalía entró a estudiar al Liceo Número 5 de Niñas, ubicado cerca de la casa. Ahí aprendió la lengua castellana y que su nombre, Rózsi, traducido, era Rosalía. Ahí también escuchó de sus profesores, por primera vez, la historia de Diego de Almagro llegando a Chile, nada que ver con lo fundamental aprendido en Europa: el Imperio romano y su historia ligada a un origen mítico “con la loba alimentando a Rómulo y Remo”. En el liceo conoció a Sylvia, su gran amiga e, inicialmente, compañera de banco en la sala de clases. También la literatura. Miguel de Cervantes, Calderón de la Barca, Bernard Shaw y a los rusos, pre y posrevolucionarios. “Quedo encantada con esos libros”, escribió.
Un día, según los recuerdos de Rosalía, estaba en la casa de uno de sus hermanos mayores, ya emancipado, y este le dijo que tomara el tranvía hasta su casa. Lo encontraba triste, ido. En ese momento ella no pensó en nada, pero por algún motivo, cuando bajó de la locomoción la embargó una congoja inexplicable y se vio corriendo hasta su casa gritando: “¡Papá, ¡papá!, ¡papá!”. Había sufrido un ataque al corazón producto de la hipertensión que arrastraba. Recuerdos dispersos, enmarañados, en medio de los sollozos de sus hermanos, los propios y los de su madre, destruida al punto que la mandaron por un tiempo a un sanatorio. De vuelta, silenciosa, Rosalía la llevaba al parque a pasear un rato, acompañada de Sylvia, con quien conversaban temas juveniles al lado de su madre sin “impedimento para hablar”, escribió, pues no entendía castellano. En ese momento no conocía su diagnóstico: depresión con manías de persecución.
Rosalía continuaba relatando que en una fecha cercana a las vacaciones de verano de uno de aquellos años se había sentido atraída por un tío de su amiga Sylvia, quien vivía en su misma casa: René, un arquitecto treintón, buenmozo y soltero, que había derivado en la cerámica y la pintura. Por esos días, Rosalía esperaba la llegada del amor con mayúsculas, aunque solo había escuchado hablar de él en historias de amigas o algunas novelas. Se enamoró perdidamente de René. Recordaba un viaje sobre un bote, juntos, en el estero Marga Marga, en el que René la besó.
El año siguiente, el último del colegio, la había cogido totalmente enamorada. Quería combatir el sentimiento por René que, ya entendía racionalmente, solo era un amor imposible. Así se acercó a la Federación de Estudiantes Secundarios y a militantes de las Juventudes Socialistas y Comunistas de su colegio. Ahí también conoció al primer chico con el que tuvo relaciones sexuales. Una vivencia que, de cualquier forma, dejó en ella una huella mucho más difusa que sus sentimientos hacia René.
En sus memorias Rosalía no hacía otra alusión a cómo concilió intelectualmente su cambio desde la religión hebrea al comunismo ateo. Graduada de la enseñanza media, dio el bachillerato y entró cómodamente a medicina en la Universidad de Chile. A continuación, explicaba, durante su primer año como universitaria, formó parte de la célula comunista de su facultad. Militante de la Jota, estudiante de medicina y reportera del recién estrenado diario de la organización, Mundo Nuevo, en 1938, estaba bien, pero entonces le encontraron varias lesiones pulmonares. Era tuberculosis. Debió suspender los estudios y partir a una pieza en El Melocotón13, un lugar de buen clima ubicado en el Cajón del Maipo. Pasaron varios meses antes del alta médica a mediados del 39. En marzo del año siguiente volvió a la universidad.
2) Juntos
Rosalía supo de la existencia de Daniel, escribió en sus memorias, durante el Primer Congreso Nacional de las Juventudes Comunistas de Chile, en agosto de 1940. La Comisión Política había señalado que, revisados los antecedentes de varios compañeros, por unanimidad llegaban a la conclusión de que el candidato más idóneo para dirigir a las Juventudes Comunistas venía de Chuquicamata, donde se encontraban las mejores juventudes del país: el elegido era Daniel Palma Robledo.
Rosalía recordaba en su libro que vio a un hombre de pantalones anchos, con un abrigo grueso sobre su espalda, a modo de capa, y tez morena, seguramente producto de su trabajo en el desierto nortino. Mientras todos observaban a Daniel avanzar hacia el proscenio, en medio de aplausos, Rosalía le dijo a un amigo que se encontraba a su lado “¿Y a ese pájaro raro de dónde lo sacaron?”.
Días después, los estudiantes universitarios comunistas acudieron a una reunión en el local del partido. Daniel Palma la había convocado para así conocer a sus integrantes y los problemas que pudieran existir. En una sala no demasiado grande, se había sentado algo apartado, silencioso, recordaba Rosalía. En medio de aquel vacío de poder, el diálogo entre los presentes había crecido hasta la discusión y desde ahí a expresiones más fuertes. Se armó una batahola. Entonces Daniel levantó la voz con calma y con lenguaje poco coloquial dijo:
—Compañeros y compañeras, ¿si entre vosotros que sois camaradas y estáis luchando juntos os tratáis así, qué trato dejáis para el enemigo?
A partir de ese instante, Daniel continuó “dándonos duro”, recordaba ella. Y toda la legión comunista quedó atónita ante el cambio del compañero Palma, primero arrinconado en una esquina y luego saliendo con aquella elegancia y lucidez.
Tiempo después, con el inicio de la primavera, los integrantes de la Jota organizaron un paseo-ejercicio al cerro Manquehue. En medio de un refrigerio, bajo los árboles, Rosalía observó a Daniel, un poco más allá, descansando solitario, muy concentrado, al punto que le pareció que reflejaba tristeza. Un amigo le confirmó que era así. Había dejado a su familia en el norte y también a una enamorada, para hacerse cargo de la Juventud Comunista. Rosalía se le acercó.
Escribió el siguiente diálogo entre ambos:
—Compañero Palma, ¿puedo sentarme a su lado?
—Siéntate. Aquí hay lugar de sobra —le respondió Daniel y luego le preguntó—: Dime ¿tú eres la compañera a la que llaman la Gringa?
—Supongo que sí, porque no soy nacida aquí —le respondió Rosalía—. Pero no hablo el rumano, sino el húngaro.
—Entonces, si hablas húngaro, también sabrás ver la suerte —le dijo Daniel.
—Claro que sí —le respondió Rosalía entre carcajadas, pensando cómo salir del paso—. Si le parece se la veo compañero, pero para eso tiene que pasarme su mano izquierda.
Daniel se la pasó, mientras ella partió por lo ya escuchado respecto de la quiromancia.
—Aquí veo muy claro, compañero, que usted está muy apenado por haber dejado a una muy querida persona en el norte, pero confórmese porque esa persona también piensa en usted y está esperando que la vaya a buscar.
En aquella parte, Rosalía daba un salto en la línea cronológica de sus memorias hasta los últimos días de vida de Daniel, quien hasta ese momento le repetía el mismo chiste.
—Gorda fresca, ¿crees que no me di cuenta de que inventaste esa historia de saber ver la suerte nada más que para tomarme la mano?
***
Rosalía relataba que durante ese verano de 1941 continuó con las actividades de la Jota en la Novena Comuna, donde vivía. Un fin de semana se había organizado un baile para juntar fondos. A ella aún le quedaban dos entradas por vender. Pasó al local de la Juventud y ahí encontró, solo, al compañero Daniel Palma. “Ni corta ni perezosa” se le acercó.
—Compañero Palma —le dijo—, ¿podría comprarme una entrada para el baile de mi comuna?
—¿Tú vas a ir? —le retrucó Daniel.
—Claro que sí —le respondió ella—. Tengo que ir obligada, debo dar cuenta de las entradas vendidas.
—¿Quieres que vayamos juntos? —le propuso Daniel—. Así te compro dos entradas en vez de una.
Luego Daniel le preguntó a Rosalía si antes de ir al baile necesitaba pasar a su casa para comer algo. Era imposible, había sido su respuesta, pues vivía en Providencia y la fiesta era en calle San Francisco con Franklin. La pensión donde vivía Daniel estaba, convenientemente, muy cerca del local donde se celebraba el baile, así que la invitó a comer. Tomaron el tranvía hasta el “antiquísimo e insalubre” cité.
En un pasillo de la casa, la dueña de la pensión les preparó una mesa para dos. Tenía lentejas. Rosalía aceptó feliz, pues le encantaban. El plato al frente, la primera cucharada y la arcada a flor de labios, apenas disimulada. Habían sido cocidas en grasa, el gusto era insoportable y el sebo había quedado pegado en su paladar. No sabía cómo salir de la situación, hasta que, finalmente se le ocurrió decirle a la mujer que ella no comía mucho de noche. Estaban muy ricas, pero en esta ocasión con un té estaba bien.
Rato después, partieron caminando rumbo al baile. Rosalía recordaba que iban lento, y una atmósfera especial se creó entre ambos. “Avanzábamos poco, las paradas eran frecuentes, la conversación fue profundizándose, acercándose más y más a temas personales”.
Cuando llegaron a la fiesta, Rosalía rindió las entradas vendidas y luego fueron a bailar. “Apenas alcanzamos a dar algunos pasos. Al tocar nuestras manos y acercar nuestros cuerpos, aquella atmósfera especial que sentimos cuando caminábamos, reapareció, pero con mucha más fuerza, mucho más intensa. Nos miramos y sin mediar palabra, casi al unísono solamente dijimos, ‘vámonos’”. Cuando llegaron a la casa de Rosalía, mientras se abrazaban, ninguno de los dos quería separarse. “Deseábamos prolongar la magia de aquel momento”.
Según su recuerdo, a partir de ese 25 de enero de 1941 no hubo noche en que dejaran de juntarse para caminar juntos por las callecitas cercanas a la casa de ella, mientras el sentimiento crecía. Él conoció a su familia y con una sensibilidad que a Rosalía le parecía increíble, tuvo el tacto para entrar en aquel núcleo. Un chico proletario en medio de una familia pequeñoburguesa europea.
Por esos días, viajaron a Laja, una pequeña localidad ubicada en el Cajón del Maipo, donde vivía un compañero del partido, quien los recibiría un par de días. Rosalía, en una habitación muy humilde de un humilde hogar, y él, sobre un colchón en el patio, instalado bajo un parrón. “Las estrellas fueron testigos de nuestra felicidad al poder estar juntos por ese maravilloso par de días y noches”. A partir de la felicidad de esos días, escribió Rosalía, quería que cuando muriera sus cenizas fueran dispersadas ahí, en recuerdo de aquellos momentos junto a Daniel.
A esas alturas, los enamorados habían decidido casarse. Sin oponerse directamente, su familia intentó disuadirla argumentando que sus estudios se verían gravemente afectados. Pero estaban decididos. Daniel le dijo que le había comunicado la noticia al presidente del partido, Elías Lafertte.
Este le habría señalado:
—Así que te vas a casar con la judía.
—No, compañero Lafertte, no me caso con la judía —Daniel lo habría parado en seco—, me caso con una militante de las Juventudes Comunistas.
Como Rosalía tenía aún veinte años, debió asistir al Registro Civil de Providencia acompañada de su hermano mayor, Tiberio, quien llevaba el poder notarial que la autorizaba a casarse. Algo íntimo, solo ellos dos junto a los testigos y el oficial a cargo, un tipo gordo que parecía llenar la pequeña oficina. Luego de entregarles la libreta matrimonial, este comenzó un discurso de “rebuscadas retóricas y grandilocuentes frases”, escribió Rosalía, que terminaron sacándole risas que pudo disimular solo “un poquito”.
—Claro que si no te pones a reír en un momento tan importante y solemne dejarías de llamarte Rosalía —le dijo su hermano Tiberio, bastante enojado, cuando la abrazaba por su nuevo estado civil.
El champañazo fue en casa de Rosalía. Recordaba que en esa ocasión estuvieron sus hermanos y su madre. Del lado de Daniel, Marino, llegado poco tiempo atrás desde el norte y, para su sorpresa, también el fotógrafo del diario El Siglo, órgano oficial del partido. Una hermana de Rosalía, Elisa, también comunista, había avisado que el secretario general de la Jota se casaba el 30 de agosto de 1941. El 2 de septiembre apareció el artículo que daba cuenta de la noticia y que Rosalía conservó durante toda su vida. En la foto, ambos aparecían tomados de la mano.
Dos días después, cada uno debió volver a sus labores. Esa mañana, en la Escuela de Medicina, mientras estaba en un pasillo conversando con un grupo de amigos, se dio cuenta de que varios compañeros, incluso de otros cursos, la observaban insistentemente. Hasta que uno de ellos se le acercó con las páginas de El Siglo ostensiblemente abiertas, mientras intentaba mirarle la mano.
—¡Sí! ¡La de la foto soy yo! —le dijo Rosalía—. No uso anillo a pesar de haberme casado el sábado.
A fines de esa misma semana, como era su costumbre, Rosalía pasó a buscar a Daniel al local de la Jota. Él estaba en una reunión, pero le faltaba poco para desocuparse, le dijeron. Cuando llegó, mientras se despedían de los compañeros, un integrante de la dirección, les dijo:
—No se vayan, porque vamos a ir a comer juntos a un restorán.
—Pero cómo se les ocurre que voy a ir a un restorán en esta facha —le respondió Rosalía—, si vengo de la escuela donde he estado desde la mañana, no he ido a la casa y ni siquiera me he pasado una peineta.
—Si a ustedes les gustan las sorpresas y se casan sin avisar —le dijo el compañero—, a nosotros también nos gustan, así que vamos andando.
Según Rosalía, nada sacó con protestar. Pensaba que comerían con un grupo reducido de la dirección, pero cuando llegaron al restorán, se encontraron con una sola mesa dispuesta para doscientas personas. Militantes de la Jota y de otras organizaciones amigas estaban ahí para celebrar su matrimonio. “Fue una hermosa velada, llena de cantos, alegría y mucha camaradería”, anotó de ese día en sus memorias.
***
Para las fiestas patrias de ese año 41, Daniel le ofreció acompañarlo a Concepción. Debía llevar el saludo de los comunistas a la ceremonia de clausura de la Juventud Radical, sus aliados políticos en el Frente Popular. Claro, ella quería acompañarlo. Aunque las finanzas estaban apretadas, por el exiguo sueldo que el partido le entregaba a Daniel, Rosalía aceptó debido a que recibía una mesada de parte de unos primos hermanos millonarios como regalo luego de su matrimonio.
Habían pasado nueve meses desde el baile donde se enamoraron, y sus tareas no les permitían estar mucho tiempo juntos, así que querían aprovechar el viaje al máximo.
En Concepción, llegaron a una humilde casa de unos compañeros de la Jota. Después de la intervención de Daniel en el congreso, recibida con aplausos, decidieron visitar Lota, la ciudad minera desde donde venían muchos integrantes del partido y también de la Juventud. Planificaron el viaje en dos partes: una, junto a los compañeros mineros del carbón y la otra, al parque de los Cousiño. “Un real deleite pasearse bajo sus frondosos árboles, sentarse en las hermosas pérgolas, encontrarse con las más exóticas aves y, desde sus miradores, contemplar la belleza del paisaje, donde la inmensidad del mar pone una nota descollante”, anotó Rosalía en sus memorias.
Aún impresionados, desde ahí partieron a visitar a los mineros del carbón en Lota. Más que impactada quedó Rosalía al observar su pobreza. Las palabras no le alcanzaban para describirlo. “¡Diga lo que diga, estaré lejos de la realidad!”, escribió sobre ese lugar tan parecido al que habitó Daniel desde niño.
Los Cousiño14, exhibían sus riquezas en Europa sabiendo “que estaban construidas sobre tantas vidas humanas. Porque aquellos que se salvaban de morir en algunos de los derrumbes, que se producían con bastante frecuencia, enfermaban por las permanentes emisiones del gas grisú y morían muy jóvenes. Entonces, eran reemplazados por los hijos, sin importar su corta edad”.
Por esos días, Daniel escribió un artículo en la revista comunista Principios15, donde contaba que luego de haber estado en la sesión plenaria del Comité Central con los jóvenes trabajadores de Chile, escuchó “su voz dolorida, de miseria y explotación, su voz de inigualable rebeldía, que jamás se apagará”. Sus condiciones de vida, explicaba, lejos de haber mejorado en el último tiempo, habían empeorado. Desmenuzaba el sueldo de un salitrero promedio de Tarapacá y concluía que apenas le alcanzaba para sobrevivir. ¿Podía un joven obrero con ese sueldo tener siquiera la esperanza de formar un hogar, de poder aprender una profesión? Los jóvenes mineros del norte y del sur, señalaba, vivían en condiciones de explotación similares. Desde los once y doce años debían comenzar a trabajar para no ser carga de sus padres. “Su anhelo es salir lo antes posible de la escuela, para ser uno de los tantos esclavos del trabajo en la mina”. Para los jóvenes campesinos, la vida, señalaba, era aún peor, cosechando junto a todos sus familiares por sueldos de miseria. “Se les da una galleta de harina con afrecho por desayuno y porotos mal cocinados por toda alimentación durante el día”. Cuando se habían intentado organizar, denunciaba, sus patrones, los latifundistas, los acusaron al gobierno, siempre de su lado, el cual prohibió las huelgas en los campos. Ninguno de los jóvenes tenía ni la más mínima opción de acceder a una educación de calidad, ni los protegía el Código del Trabajo. “Para los jóvenes chilenos, no hay perspectivas sino la de ser presa del analfabetismo, de la cesantía, de la delincuencia infantil, de la tuberculosis y de la muerte. Para las muchachas, no queda otro destino que el de servir en los cafés, que tienen por sueldo las propinas, el de ser sirvientes de los señoritos, o juguete de sus patrones y, por último, el terrible porvenir de la prostitución”. A todo ello, había que sumar la amenaza constante de un golpe de Estado, liderado por el fascismo y encarnado en los terratenientes nazis del sur, quienes solo respondían a las órdenes de Hitler. Los acusaba de enseñar esa ideología a sus hijos en las escuelas del sur y de controlar la prensa de esa región del país. Como salida, Daniel abogaba por seguir dentro del Frente Popular, compuesto por otros partidos en la lucha antifascista. “Estamos dispuestos a dejar de lado todo lo que nos separa, para buscar todo lo que nos une”, señalaba.
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Al poco tiempo, Rosalía quedaba embarazada. Sería el hijo, o la hija de un minero muy moreno y una chica blanca como la leche, europea, rumana, de clase acomodada. Los compañeros les hacían bromas. ¿Cómo saldría el niño? ¿Blanco o negro? “A rayas blancas y negras, igualito a las cebras”, recordaba Rosalía que respondía Daniel.
Fue un embarazo normal, pero llegó el noveno mes y no tenía contracciones. Preocupados, visitaron al médico. Hubo opiniones profesionales encontradas, hasta que en el décimo mes decidieron inducir el parto. El bebé podía perder vitalidad. Finalmente, en el Hospital San Borja, nació Pablo Daniel el 28 de julio de 1942. Sus nombres fueron elegidos en homenaje al poeta Pablo Neruda, al padre de Rosalía y a Daniel. “Era una hermosa guagua que no se veía como un recién nacido, sino como una guagua de un mes”, anotó Rosalía.
Los tres se asentaron en el departamento donde su hermano Tiberio vivía junto a su esposa. Gracias a la mesada que Rosalía recibía de sus parientes, luego de un tiempo arrendaron un pequeño departamento en Bellavista. Hasta ese momento una señora había cuidado a Pablo Daniel, mientras Rosalía continuaba con su segundo año de medicina, pero ahora, en el nuevo hogar, no podía asumir una labor de horario completo. Una empleada reemplazante llevó a cabo el trabajo durante algún tiempo, hasta que la madre de Daniel, doña Leonor, llegó desde el norte. Ella ayudaría a cuidar al pequeño.
Según Rosalía, obviamente, los métodos con que pretendía criar a su hijo, apegados a los textos de pediatría, no se parecían en nada al trabajo que “doña Leo” había desarrollado con Daniel y sus hermanos en la pampa salitrera. Pero la recordaba como una mujer “tan especial, que se esmeraba en seguir al pie de la letra todas mis indicaciones, por muy raras que a ella pudieran parecerle”.
El primer y más importante gasto de la familia sería privilegiar la alimentación de Pablo Daniel. Pero apenas se estabilizaban económicamente, se sumaron al departamento la hermana mayor de Daniel con sus tres hijos, de quince, doce y diez años, quienes venían desde el norte. Había que compartir la comida con ellos. Debido a eso, Rosalía no pudo cuidar su dieta especial de enferma broncopulmonar y recayó. El doctor le dijo que lo mejor en ese momento era que se internara en el sanatorio El Peral, ubicado en el deslinde suroriente de Santiago. El hogar se desarmó: Pablo Daniel y Daniel se quedaron, por separado, en casa de dos hermanos de Rosalía, y doña Leonor debió partir donde Marino, su otro hijo. Y sus exámenes de tercer año de medicina, en ascuas.
Varios meses permaneció así, conectada con su marido solamente a través de las dos llamadas telefónicas semanales que permitía el reglamento para los enfermos del pulmón. Tres horas el día domingo con Daniel y su pequeño, que pasaban volando, y luego toda la semana “soñando” con que llegara luego el otro domingo para verlos nuevamente. “La ausencia de seres queridos, sobre todo del hijo y de Daniel, se hacía insoportable”, escribió.
Diez meses después estaba sentada frente a los doctores para recibir el alta médica. Lo más sensato, le dijeron, sería que dejara la universidad. Era muy peligroso. “Una vez más mis propósitos se derrumbaban”.
Debían rehacer su vida de familia otra vez. Arrendaron una amplia pieza, parte de la casa de una señora italiana, para que Rosalía pudiera estar acompañada cuando Daniel debiera viajar por su labor política.
Tiempo después, ya en 1945, Daniel partió a Londres, acompañado de los secretarios generales de la Juventud Socialista y Radical. Se celebraba el Primer Congreso Mundial de las Juventudes Democráticas, recién terminada la Segunda Guerra Mundial. Luego del evento, partió a Los Pirineos16 para conocer a los legendarios comandantes del Quinto Regimiento de las brigadas internacionales que habían defendido a España durante su sangrienta guerra civil. Rosalía recordaba que en Chile eran héroes. Los jóvenes de la Jota y del mundo cantaban canciones que inmortalizaban su valor. Más de un mes permaneció afuera Daniel.
A su vuelta, Rosalía le contó que estaba embarazada otra vez. Pablo Daniel pasó a un internado particular y el 21 de junio de 1946, nació Leonor, también a través de un parto inducido.
Rosalía estuvo seis meses dedicada exclusivamente al cuidado de su hija, deprimida por el fin de sus estudios y sin un rumbo claro, lo que trajo consigo una crisis matrimonial que estuvo a punto de terminar con la vida juntos. Daniel recordó entonces que durante su periodo estudiantil Rosalía había trabajado como reportera en el diario de la Jota, Mundo Nuevo. Él podría plantear al partido la posibilidad de que trabajara en El Siglo.
Al día siguiente, Daniel le contó que le harían una prueba, sin ningún compromiso. Luego de quince días en observación, quedó seleccionada y, a partir de ese momento, reporteó y escribió, entre otros temas, sobre la dura vida en las poblaciones chilenas.
Aunque su biografía no se centraba en las vicisitudes políticas de aquellos años, a continuación Rosalía dedicaba un extenso espacio a la Ley Maldita, a la expulsión de Daniel durante aquellos años y a lo que también debió vivir ella. Se entendía claramente que esos acontecimientos marcaron su vida para siempre.
3) El reinosismo
Antes de seguir con la biografía de Rosalía, decidí buscar antecedentes sobre la Ley Maldita y el reinosismo. La historia de aquellos años señalaba que, desde mediados de los 30, la Unión Soviética difundió entre sus partidos asociados la idea de crear los ya mencionados “frentes populares”, alianzas políticas integradas por comunistas asociados con la “burguesía”, destinadas a gobernar y, de paso, evitar el avance del nazismo y el fascismo. En medio de la Segunda Guerra Mundial, el secretario general del partido en Estados Unidos, Earl Browder, al parecer profundamente imbuido del espíritu colaboracionista que se vivía en aquellos años de conflicto, vaticinó, incluso, que sería posible una revolución por la vía pacífica, dando así por finalizada la lucha de clases. La corriente que lideró fue conocida entre los comunistas como el “browderismo”.
En ese momento, varios dirigentes comunistas del mundo, incluso acá en Chile, lo creyeron posible, entre ellos, al parecer, el secretario general, Carlos Contreras Labarca. En 1941 encabezó el lineamiento partidario denominado Unión Nacional, cuyo “objetivo era unir a todas las fuerzas antinazis, incluso aquellas que no fueran demócratas consecuentes. Esto incluía a los terratenientes, de modo que se planteó posponer la lucha por la reforma agraria”17. En 1942, luego de la inesperada muerte del presidente Pedro Aguirre Cerda, también lideró el apoyo comunista a la candidatura que llevó a la presidencia de la república al radical Juan Antonio Ríos. Los comunistas formaron así una tensa alianza con uno de los integrantes del ala más conservadora y anticomunista de su partido, que se materializaría a través de la Alianza Democrática18 como parte de la lucha en contra del fascismo y el nazismo. En 1943 Chile le declaraba la guerra al Eje, compuesto por los nazis, japoneses e italianos. Todos contra el enemigo común.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, se acabó la amenaza común y la unión de los polos opuestos. El mundo se dividió en dos mitades irreconciliables, con las democracias liberales de un lado y las sociedades marxistas del otro, dando origen a la Guerra Fría.
El mismo 45, la historia señalaba que Earl Browder perdió la secretaría general de su partido en Estados Unidos y un año después fue expulsado, acusado de traición. Varias purgas comenzaron a hacerse efectivas, sobre todo en Latinoamérica, donde el browderismo había tenido buena acogida. Entre los militantes comunistas se comenzaba a hablar de su nefasta influencia y que había traspasado los límites del marxismo, creyendo cuestiones irreales, como que los empresarios mejorarían las condiciones de sus trabajadores de forma espontánea, sin oponer resistencia.
Entre los antecedentes recopilados encontré que, en junio de 1945, una delegación gubernamental chilena, integrada también por Carlos Contreras Labarca, viajó en representación del Partido Comunista de Chile a una conferencia celebrada en San Francisco, con la misión de ratificar la Carta de las Naciones Unidas. En ella, el ministro de Relaciones Exteriores chileno apoyó una moción presentada por Estados Unidos para admitir en sesión y en la ONU a Argentina que, en ese momento, se encontraba bajo una dictadura militar encabezada por el coronel Juan Domingo Perón. Contreras Labarca, presente en esa reunión, no protestó pública ni oficialmente por los dichos del canciller. Sumada su actitud durante la Segunda Guerra Mundial y su supuesto acercamiento con el browderismo, durante el XIII Congreso del Partido Comunista, celebrado en diciembre de 1945, fue duramente criticado por dos de los más fuertes integrantes del partido: Ricardo Fonseca y Luis Reinoso19. Terminado el conjunto de reuniones, Fonseca asumió como nuevo secretario general.
Su llegada al mando coincidió con el endurecimiento de la línea política del partido, ante el nuevo escenario de guerra fría, en lucha directa contra el enemigo. “Lucha de masas”, se llamó el nuevo lineamiento comunista, que incluía manifestaciones, protestas y huelgas sindicales, para materializar cambios profundos al sistema, dejadas de lado durante los años de los frentes populares. Los integrantes de las Juventudes Comunistas de Chile llevaron la voz campante en las calles, al lado de los movimientos sociales, motivados por la posibilidad de modificar el sistema. Huelgas en sectores mineros como Lota y Coronel, junto a los trabajadores portuarios y profesores, marcaban la estampa de Ricardo Fonseca, con Daniel Palma como secretario general de la Jota.
En ese contexto, los partidos chilenos pertenecientes al centro y a la derecha política se inclinaron hacia Estados Unidos, el principal enemigo de la Unión Soviética, aún liderada por Stalin, quien no miraba a Latinoamérica como un punto estratégico desde donde ejercer una influencia decisiva. La división natural del mundo suponía que Chile era parte del “patio trasero” de Estados Unidos, tal como de los rusos era la Europa del Este.
El 17 de enero de 1946 se produjo un evento que marcó la historia. El presidente Juan Antonio Ríos, quien se encontraba en sus últimos días, debió dejar el cargo20. Asumió como vicepresidente el ministro del Interior, Alfredo Duhalde, hombre de su confianza y anticomunista21 declarado. Ese mismo día, al parecer por coincidencia, estallaron dos huelgas. La Compañía Salitrera Antofagasta había subido los precios en las pulperías a los mineros, a pesar de que estos habían sido acordados con anterioridad. Los sindicatos de la Oficina Salitrera Mapocho y Humberstone, con predominancia comunista, iniciaron una huelga. Como respuesta inmediata, Duhalde mandó a Carabineros hasta Antofagasta para reprimir los movimientos y canceló la personalidad jurídica a las agrupaciones de trabajadores, dejándolos en la más completa indefensión. Los senadores comunistas, Elías Lafertte, entonces presidente del partido, y Pablo Neruda, viajaron al norte para visitar el sector, pero las fuerzas policiales no les permitieron el ingreso.
En su edición del 24 de enero, el diario El Siglo publicó en portada una foto de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique, en contra de trabajadores del salitre, ocurrida también en el norte, veintinueve años atrás, seguido del titular “Esto es lo que quiere repetir la reacción”22.
Ante la urgencia de la situación, la Confederación de Trabajadores de Chile, CTCH, con el cargo máximo en manos de un socialista, llamó a una manifestación el 28 de enero en la plaza Bulnes, frente a la estatua del ex presidente de la República y prócer de la Patria, Manuel Bulnes, sobre su caballo. Entre los cerca de veinte mil manifestantes concentrados que llegaron desde distintas arterias, se encontraban las trabajadoras del Laboratorio Recalcine. Al parecer, una discusión con un carabinero derivó en que la funcionaria del laboratorio y militante de las Juventudes Comunistas23, Ramona Parra, terminara con un balazo en la cabeza. Fue el inicio de la masacre. Con armamento de guerra, pelotones de carabineros se dispusieron a disparar. En total, hubo seis muertos y más de doscientos heridos. A partir de ese momento, Duhalde decretó estado de sitio y los comandantes en jefe de las tres ramas de las Fuerzas Armadas, asumieron como ministros.
Ramona Parra se convirtió en un ícono de la represión, una mártir y un símbolo del Partido Comunista. A pesar del estado de sitio, sus funerales fueron masivos y la CTCH convocó a un paro nacional, confirmado para el 4 de febrero. Al segundo día, sin embargo, la dirección, encabezada por el socialista Bernardo Ibáñez, llamó a terminar con el paro. Los comunistas se opusieron, la dirección se quebró y, en la práctica, empezó a funcionar un liderazgo paralelo, encabezado por el comunista Bernardo Araya Zuleta24.
El paro general se extendió hasta el 9 de febrero, fecha en que el gobierno de Duhalde cedió; se decretó el fin al estado de sitio y los sindicatos del norte recuperaron su personalidad jurídica. En su nuevo gabinete, Duhalde incluyó a la derecha, pero también a cuatro socialistas. La pelea por la propiedad de la CTCH y sus dependencias se impuso por la fuerza en favor de los socialistas, en guerra con los comunistas.
Durante el resto de su periodo a la cabeza del gobierno y hasta la elección presidencial de agosto de 1946, Duhalde no pudo quitarse de encima la masacre de enero en la plaza Bulnes.
Encontré una referencia donde Daniel Palma aparecía dictando los lineamientos a las Juventudes Comunistas de esos años. Luego de destacar algunos éxitos, como por ejemplo, que cientos de jóvenes trabajadores se estaban uniendo a las filas, profundizaba en la importancia de mantener el espíritu al tope. Pero lo que llamó mi atención fue una frase, que también podía ser leída como una amenaza, donde señalaba “la necesidad de extirpar a fondo la tendencia liquidacionista surgida en la propia dirección de la Juventud Comunista, y pasar a la ofensiva en la creación de una poderosa Juventud Comunista de masas”25.
Dentro del mismo Partido Radical, la candidatura de Duhalde generaba resistencias, y para las presidenciales de noviembre de 1946, el senador por el norte, Gabriel González Videla, le salía al camino. Los comunistas, alejados del gobierno a partir de la masacre de la plaza Bulnes, decidieron apoyarlo. A González Videla le resultaba necesario, debido a que carecía de vínculos políticos mayoritarios y los socialistas dejaban la Alianza Democrática26, base del apoyo que habían tenido los gobiernos anteriores, encabezados por radicales. La pelea final se libró, en todo caso, entre González Videla y el hombre que logró reunir a la derecha, el conservador Eduardo Cruz-Coke.
Con Gabriel González Videla en el poder, los comunistas experimentaron el mejor momento de su historia. Contaban con quince diputados y cinco senadores. En las elecciones municipales de 1947 crecieron un 110%, obteniendo dos alcaldes y ciento ochenta y siete regidores, lo que representaba el 16,5% de la torta general. Eran la tercera fuerza política del país, pisándole los talones a conservadores y radicales.
La excelente relación entre los comunistas y González Videla llevó al presidente de la República a incluir, de manera inédita, a tres militantes en ministerios de gobierno. Desde el origen de su mandato, sin embargo, Estados Unidos lo presionó para que rompiera con ellos, a través de sanciones económicas y mensajes diplomáticos. Pero, finalmente, habrían sido factores de la política nacional los que tuvieron mayor incidencia en el rompimiento27.
El 12 de junio de 1947, concretamente, las relaciones se quebraron de forma explícita. Un paro de choferes y cobradores de la locomoción colectiva terminó con cuatro muertos y veinte heridos en la vía pública. Por primera vez, González Videla acusaba públicamente a los comunistas de ser los instigadores de la violencia. El gobierno decretó zona de emergencia, con el apoyo de la derecha, el ala derechista del Partido Radical y también la CTCH.
La Acción Chilena Anticomunista, ACHA, organización política que contaba, entre otros, con intelectuales de derecha, también ayudó a ejercer presión en contra del comunismo. Los principales dardos provinieron de uno de sus integrantes, el grupo Estanquero, de corte fascista, que a través de su revista del mismo nombre, en 1947 insistió en la necesidad de ocupar métodos represivos para exterminar al partido, pues lo consideraban una plaga28.
Los principales medios de prensa, El Mercurio y El diario Ilustrado, también fueron parte de la campaña anticomunista que se vivió por esos días29.
González Videla los sacó del gobierno el 18 de junio de 1947. Ante la nueva situación, el partido se puso como objetivo presionar para que el presidente cumpliera cabalmente el programa de gobierno, que incluía consagrar el voto femenino, la reforma agraria y la sindicalización de los trabajadores pertenecientes al campo.
Un grupo de veinte diputados liberales, conservadores y radicales anticomunistas, todos integrantes de la ACHA, presentaron el primer proyecto de ley que pedía expresamente dejar al Partido Comunista fuera de la legalidad30.
Se sumaba otro factor interno: la extrema dependencia de Chile respecto de insumos importados como el trigo había generado una inflación desatada a partir de 1947, lo que llevó a la fijación de precios y al alza consecuente de productos de primera necesidad, como el pan. Panaderos resistentes a las medidas fueron los primeros detenidos y relegados. En tanto, la lucha de González Videla en contra de los comunistas se intensificó. “Fue evidente que influyó el descontento hacia las medidas que adoptaba un gobierno que recién se encontraba en su primer año, augurándole un futuro difícil. De ahí que la política anticomunista constituyó una efectiva cortina de humo para esconder estas dificultades y desplazar la atención de los dirigentes de los partidos y de la población hacia otros objetivos”31. A partir de agosto de 1947, González Videla designaba un gabinete cívico militar.
Luego de que el 17 de agosto se decretara una nueva alza en el precio del pan, esa misma noche los mineros de Lota, Curanilahue y Lirquén, con un fuerte componente sindical comunista, iniciaron una huelga ilegal. A ellos se sumaron los trabajadores de Schwager y Lolito Sur. Aunque tenía sentido de oportunidad, los mineros venían demandando mejoras en sus remuneraciones desde 1946.
En Antofagasta, los choferes y cobradores de la locomoción colectiva acordaron sumarse a la huelga. El 19 de agosto los mineros convocaron a una huelga nacional, lo que significaba paralizar la producción de carbón, fundamental en ese momento para la industria, los hogares y la movilización. Los sindicatos de Ferrocarriles del Estado, con predominancia comunista, también se sumaron. González Videla reaccionó de forma explosiva, atribuyendo a los comunistas un plan para desestabilizar al gobierno. Expulsó a todos los funcionarios comunistas que aún cumplían tareas en oficinas públicas y decretó estado de emergencia en Lota y Coronel.
El 22 de agosto, en medio de un ambiente tenso, González Videla lograba que la Cámara de Diputados y el Senado aprobaran una ley que le otorgaba facultades extraordinarias. Era el inicio de la persecución legal en contra de los comunistas.
Ante el nuevo escenario, los huelguistas volvieron al trabajo. Sin embargo, aún sin obtener una solución a sus demandas y, al parecer, con los comunistas bogando por tensionar las relaciones con el gobierno y así aumentar su influencia entre los trabajadores, el 3 de octubre de 1947 se inició una nueva huelga, encabezada por los mineros del carbón ubicados en Lota, Coronel, Curanilahue y Lirquén. Al día siguiente, González Videla decretó otra vez estado de emergencia en Lota y Coronel. La Secretaría General de Gobierno publicó el 6 de octubre: “Tropas del Ejército, Marina y Aviación, ocupan la zona carbonífera desde ayer (...). Se detendrá a todo aquel que, en obedecimiento a la consigna de producir asfixia, pretenda entorpecer o dificultar el trabajo de los obreros que, hastiados por la dictadura sindical mantenida en esa zona por el PC, deseen volver al trabajo en las condiciones de mejoramiento económico que patrocina el supremo gobierno”32. Se trataba de una acción sin precedentes.
El siguiente paso fue cortarles todos los suministros. Amenazados por las armas, el movimiento se quebró y la mayoría, a punta de fusil, fueron obligados a volver a las faenas. “Mil campesinos son reclutados en el sur y traídos a las minas. Más de dos mil mineros fueron expulsados de Lota, Coronel, Curanilahue y Lirquén. Cientos de ellos encerrados en la isla Quiriquina, otros cientos llevados con sus mujeres y niños a la estación de Chepe, en Concepción, y allí echados en carros ferroviarios de reja, usados para trasladar animales. Permanecieron en ellos hacinados, sin agua ni camas, debiendo hacer sus necesidades en los carros”33. Se iniciaban así los relegamientos masivos, muchos de ellos hasta Pisagua, un pequeño poblado nortino ubicado al borde del mar.
Durante ese tenso proceso, un grupo duro había permanecido atrincherado al interior de las minas34, liderado por la acción de Luis Reinoso, secretario de Organización del Partido Comunista. González Videla los acusó públicamente de promover acciones que dañaban la economía y la estabilidad. “Sostuvo que el mundo avanzaba hacia una confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética que conduciría a un tercer conflicto mundial. Advirtió que Chile no podía marginarse pues estaba en ‘guerra contra el comunismo’: la acción sindical del PC, según acostumbraba a argumentar entonces el presidente, formaba parte de la ofensiva de Moscú contra el mundo libre”35.
Varios políticos, ajenos al Partido Comunista, desaprobaron la politización del conflicto, afirmando que este se debía, sobre todo, a las condiciones laborales y de vida de los mineros. Los siete mil trabajadores que laboraban al interior de la mina de Lota cumplían jornadas de once horas diarias “bajo tierra”. Una hora a pie desde la boca de la mina hasta las profundidades donde se encontraba el lugar de extracción. Y a la vuelta, lo mismo. Alta temperatura, pésimas condiciones de seguridad, gases emanados y accidentes mortales constantes. Una encuesta sobre Lota y Coronel había evidenciado sus condiciones. “Casas minúsculas”, donde los mineros vivían con sus familias: 2,2 personas por cama y 5,1 por habitación. La principal hacía de sala de estar, cocina y dormitorio36.
Convencido de que estaba naciendo una conspiración en Chile que derivaría en una Tercera Guerra Mundial, por esos días González Videla acusó de espionaje a funcionarios yugoslavos en Chile y rompió relaciones con dicho país. Señaló que la Kominform estaba actuando en Chile. El 21 de octubre rompió con Checoslovaquia y la Unión Soviética.
Poco después, decretó zona de emergencia en la extensión de terreno donde se explotaba el salitre y el cobre antofagastino, debido a que más mineros de ese sector se habían sumado a la masa de descontentos. El capitán de Ejército Augusto Pinochet lideró la represión en contra de los trabajadores. Cientos de detenidos fueron relegados a Pisagua. El mismo Pinochet luego llegaría al sur como jefe de zona de estado de emergencia en la minera Schwager. En sus memorias reconoció que la experiencia de perseguir a los comunistas en aquellos tiempos había marcado su pensamiento y actitud para darles caza durante el gobierno que encabezó a partir de 197337.
Más allá de la persecución enconada estaba el hecho, escondido a la historia oficial, que mostraba los destinos de Daniel y Pinochet cruzándose en más de una ocasión. Daniel venía del norte, de las mineras donde el dictador, antes de serlo, se había fogueado. Y luego, durante el ahogo de las protestas en el sur, eventos de los que participó Pinochet, Daniel seguramente estuvo también ahí, desde la clandestinidad como secretario general de la Jota, pronto a ser nombrado máximo jefe del aparato militar, antecedente desconocido y que yo había obtenido preliminarmente.
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A comienzos de 1948, luego de que Pablo Neruda, entonces senador, denunciara públicamente el actuar de González Videla, este iniciaba una querella en su contra para desaforarlo. Neruda había ingresado al partido tres años antes, junto a un numeroso contingente de intelectuales, y había sido el encargado de propaganda de la campaña presidencial. Un día después del desafuero, Neruda pronunciaba su último discurso antes de dejar el cargo, denominado “Yo acuso”, donde criticaba de forma decidida el viraje de González Videla. Enfurecido, el presidente ordenó su detención. Neruda debió esconderse y luego, a comienzos de 1949, abandonar el país.
A través de las leyes de facultades extraordinarias emitidas por el gobierno, y autorizadas por el Parlamento, González Videla tuvo una herramienta efectiva para llevar a cabo su política represiva en contra del Partido Comunista, centrada en numerosas detenciones y relegamientos. Augusto Pinochet, aún capitán de Ejército, volvía a mezclarse en la historia: entre enero y febrero de 1948 estuvo militarmente a cargo de Pisagua, entonces colmada de comunistas relegados.
Utilizando nuevamente como pretexto las paralizaciones y huelgas de los sectores mineros del carbón, González Videla envió al Congreso un mensaje “Sobre Defensa Permanente del Régimen Democrático”38. Con el apoyo de los partidos Liberal, Conservador y una parte del radicalismo definido como anticomunista, el 3 de septiembre de 1948 fue aprobada la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que prohibió por completo la actividad del comunismo en cualquiera de sus formas39. Más de treinta mil militantes fueron borrados de todos los registros electorales, expulsados de las organizaciones sindicales y de la administración pública. La ley prohibió también el cese de las faenas en servicios y dependencias públicas y privadas que derivaran en utilidades públicas. Los comunistas la bautizaron como La Ley Maldita y comenzaron a llamar a González Videla el Traidor.
Aunque la ley contravenía lo dispuesto en la Constitución Política y parecía totalmente excesiva, el contexto mundial favoreció su puesta en marcha: Estados Unidos y la Unión Soviética agudizaban en ese momento las tensiones, luego de que los soviéticos iniciaran el bloqueo de Berlín Occidental como respuesta al Plan Marshall40. “La puesta en marcha de la Ley Maldita implicó constituir una verdadera red de espionaje policial para identificar a miles de militantes del partido a lo largo y ancho del país; verificar la posición política de miles de funcionarios públicos de un Estado dotado de decenas de municipalidades y organismos públicos, y hacer algo similar con las organizaciones sindicales”41. Los comunistas, con un fuerte apoyo social, se vieron obligados a pelear desde la clandestinidad.
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En medio de ese clima, miles de ellos —unidos a estudiantes e integrantes de sindicatos— fueron, por ejemplo, parte de La Revolución de la Chaucha, el 16 y 17 de agosto de 1949, como se conoció la respuesta popular al decreto del gobierno de González Videla para aumentar el valor del transporte público en veinte centavos, conocido en la época como “una chaucha”. Barricadas, pedradas a los autos y a las vitrinas en el centro de Santiago, junto al vuelco de micros, fueron parte de las manifestaciones durante el primer día. Al siguiente, marcharon hasta la Plaza de Armas, nuevamente dispersos por las calles del centro, sumando gente descontenta y volcando micros. Y González Videla, otra vez con facultades extraordinarias para actuar discrecionalmente, dirigía el ataque militar. El resultado fue una masacre: cerca de treinta muertos y cientos de heridos. Pero el gobierno resultaba derrotado. El precio de los boletos no se subió y la popularidad del presidente, como su peso político, otra vez bajó.
Para esa fecha, según varios artículos consultados, el partido había creado el Activo Militar, una especie de batallón destinado a combatir la Ley Maldita en las calles, como grupo de choque. Lo componían cientos de militantes comunistas y también de la Jota, todos comandados por Luis Reinoso desde Organización. Detrás de ellos, pensé yo, Daniel Palma asumía como encargado del aparato militar.
Uno de los textos que encontré señalaba que, durante ese periodo, Luis Reinoso parecía dictar la línea a seguir de todo el partido42. Incluso, se citaba un informe que había redactado para el Comité Central en 1949, publicado por este, que concentraba las exigencias del partido al gobierno de González Videla. No solo le pedía el fin de la clandestinidad, sino una reforma agraria profunda y una asamblea constituyente, llamando a la formación de frentes de resistencia, dando pelea directa para defender el porvenir de los militantes y sus hijos43. Este lineamiento fue conocido entre los comunistas como el Programa de Salvación Nacional44, parte de la línea oficial del partido.
Pero el 21 de julio de 1949 murió el secretario general, Ricardo Fonseca y, en su reemplazo, fue elegido Galo González. A partir de ese momento se declaraba abierto un conflicto que venía desde mucho tiempo atrás: cómo enfrentar la Ley Maldita y el rol de las acciones en las calles. Una de las primeras medidas de la nueva dirección fue quitar el Plan de Salvación Nacional y cambiarlo por el Plan de Emergencia, menos extremo en la lucha, para así negociar, desde la clandestinidad, con los partidos del centro e incluso de la derecha, quienes criticaban por igual la Ley Maldita. Este lineamiento incluía detener las acciones de protesta en las calles.
Una de las versiones en torno a la fractura interna señalaba que luego de la muerte de Fonseca, Luis Reinoso se había “acercado” al secretario general de las Juventudes Comunistas, Fernando Ortiz, convenciéndolo de que las exitosas protestas callejeras vividas en 1949 podían llevarse a un nivel más alto. Ortiz debía reunir a cuadros de la juventud en el más completo silencio para que recibieran entrenamiento. Así habían llegado varios de ellos hasta una parcela ubicada en Isla de Maipo donde les enseñaron vagamente la utilización de armas cortas. “Y para practicar, se asaltaron algunas panaderías de San Miguel, sin la intención de inferir daño a nadie. Solo para probarnos. Eso fue catastrófico. Entrábamos a un boliche chico, con clientes todos conocidos, que conocían al dueño, y te echaban a patadas realmente. La idea era apoderarse del pan y repartirlo gratis a toda la gente que estaba ahí”45, señalaba un exreinosista. Según él mismo, estas acciones se llevaron a cabo a espaldas de la dirección del partido.
Las actividades callejeras fueron totalmente paralizadas por la nueva dirección y, entre 1951 y 1953, muchos militantes comunistas fueron expulsados. Luis Reinoso, Benjamín Cares y Marcial Espinosa46 aparecían como los primeros y más notorios, cuyos casos se conocieron públicamente en abril de 1951. Todos acusados de actuar fraccionalmente, traidores del partido. Otra versión señalaba escuetamente que, en esa misma fecha, también habían expulsado a Daniel Palma, luego de una reunión ampliada de la comisión política del partido47. Tiempo después fue el turno de jóvenes militantes y dirigentes universitarios, entre ellos, Ernesto Benado y Jorin Pilowsky.
El secretario general de la Jota, Fernando Ortiz, quien originalmente había apoyado a los reinosistas, desistía de sus acciones. Como premio, seguía en el partido, pero era castigado con la pérdida de su cargo, relegado a funciones de militante de base durante años.
A esas alturas, una cuestión llamaba mi atención. Si el Activo se había formado en 1949 y había cumplido muchas labores para el partido, resultaba muy extraño que Reinoso hubiera sido expulsado, junto a sus camaradas, bajo el cargo de haber actuado fraccionalmente recién en abril de 1951. ¿Ninguna autoridad había reparado antes en su actuar? ¿O lo estaban quitando porque se había vuelto molesto para la nueva dirección?
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Los textos consultados coincidían en que Daniel Palma había sido expulsado del partido junto a los reinosistas, pero no otorgaban ningún antecedente de su caso en particular. Aparecía solo como uno más del lote, y se señalaba que, entonces, era el secretario general de la Jota, en circunstancias que, como se ha mencionado, a esa fecha habría sido reemplazado en el cargo48, asumiendo como jefe del aparato militar comunista.
A esas alturas, yo sabía bien en qué consistía aquel aparato. Se trataba de un grupo legendario y secreto que había acompañado al Partido Comunista en las sombras desde sus primeros años. Lo había comprobado en el reporteo de mi anterior libro, Camaleón. Doble vida de un agente comunista. Ardua labor, debido a que, aunque hubieran pasado décadas desde su extinción, su estructura e integrantes seguían siendo un secreto sagrado entre los comunistas.
A pesar de que la historia oficial no lo indicaba, pensé, el Activo, a cargo de Luis Reinoso, tenía que haber actuado con el apoyo del aparato militar, liderado por Daniel Palma. La razón era simple, los grupos de Autodefensa, principal estructura del aparato, muchas veces se transformaban en militantes encubiertos entre las multitudes, “cuidadores” y protectores de sus compañeros en marchas y manifestaciones, además de encargarse de la seguridad de sus dirigentes y locales. Siempre armados con pistolas y revólveres, eran fantasmas que oficialmente no militaban49.
Entonces, entre los textos que revisaba, encontré la frase de un exreinosista, quien recordaba las actividades del grupo fraccional, según él, a espaldas de la dirección. “Luego hubo algunas acciones callejeras en las que quedó en evidencia que las provocaciones partían de los grupos de Autodefensa nuestros”, señalaba. Ahí estaba, aunque tenue, la acción de Daniel Palma, a cargo de los grupos de Autodefensa, concluí. Seguramente, pensé luego, Daniel brillaba por su ausencia en cualquier registro explícito de aquella época por un motivo: la estructura que comandaba era tan secreta que revelar cualquier antecedente explícito de sus acciones en ese momento, como publicar su real labor, era “un balazo en los pies” para el mismo partido.
Los registros históricos, en cambio, coincidían en que la postura oficial de la dirección había sido catalogar a todos los reinosistas como “terroristas”. Del Activo se dijo que fue una invención personal de Reinoso, compuesta por “grupos de asalto, dispuestos a quemar panaderías y volcar micros para hacer ver el descontento de las masas por las alzas”50. Otros dirigentes comunistas, entrevistados con posterioridad, catalogaban a los reinosistas como formadores de grupos fraccionales, caracterizando a su líder como un hombre oscuro, perteneciente al aparato interno, alejado de la lucha de masas51. Cegado por el poder52.
Después del año 58, consignaba un texto, cuando el Partido Comunista volvió oficialmente a la vida política y se derogó la Ley Maldita de forma explícita, se publicaron las razones de las expulsiones de los reinosistas. Y ahí venía, entremedio, Daniel.
“Conjuntamente con Reinoso, o paralelamente a él, actuaron en esa época elementos tránsfugas, provocadores y soplones (...) Daniel Palma, elemento desclasado, por cuya culpa cayó la imprenta clandestina y toda la dirección regional del partido en Antofagasta, y que ha mantenido una vida licenciosa e inmoral (...)”53, se señalaba.
A esas alturas, Daniel me parecía un tipo importante, opacado por su misterio. ¿Qué tan grave había hecho como para que su partido pretendiera quitarlo de la historia?
4) La caída
En sus memorias, Rosalía recordaba bien a Gabriel González Videla, el candidato del ala izquierdista del Partido Radical, que los comunistas apoyaron en la elección de 1946. Según ella, durante la proclamación de su candidatura lo oyó decir que el evento no se iniciaría hasta que no subiera al proscenio la conocida dirigente comunista, Julieta Campusano54. “Yo les aseguro a ustedes que no habrá poder humano ni divino capaz de romper los lazos que me unen con el Partido Comunista y con el pueblo”, anotó Rosalía que González Videla dijo en otro discurso público. Recordaba también que luego de iniciar su gobierno, con tres comunistas encabezando ministerios, poco tiempo después González Videla los destituía. La razón era que el partido crecía en el sector sindical y que la derecha, apoyada por Estados Unidos, presionaba por sacarlos de carrera.
En 1947, como reportera del diario El Siglo fue una de las primeras en conocer las órdenes de detención en contra de la dirección del partido. Mientras recorría el palacio de La Moneda, producto de su labor periodística, vio el decreto y, de inmediato, llamó al diario. Poco rato después, ya en la oficina del periódico, Daniel llegó a visitarla. La dirección había dispuesto que pasara a la clandestinidad para evitar ser detenido. Sería la última vez que se verían en un buen tiempo. “Solo alcanzamos a darnos un beso de despedida, sin saber cuándo ni dónde íbamos a encontrarnos de nuevo”, escribió. Pronto la ciudad nortina de Pisagua comenzaría a funcionar como lugar de relegamiento, orden dispuesta por Gabriel González Videla.
Para entonces los Palma vivían en una casa ubicada a las afueras de Puente Alto. Hasta antes de la partida de Daniel, para llegar e irse, juntos recorrían cinco cuadras de un escampado solitario. Peligroso, con maleantes que asaltaban incluso a la policía. Si ya era difícil hacerlo con Daniel, ¿cómo lo haría sin él? Llevaba un revólver en su cartera, preocupada, haciendo el recorrido. Era una buena razón para buscar otra casa, ya no en las afueras de la capital.
El gobierno impuso un censor en El Siglo, encargado de aprobar todas las noticias antes de ser publicadas. Por ese motivo, sus propios compañeros le pidieron a Rosalía que dejara de trabajar ahí durante algún tiempo. Su condición de extranjera podía resultar sospechosa y perjudicial en medio de la ola persecutoria. Durante el periodo siguiente volvió esporádicamente a El Siglo, mientras trabajaba media jornada en el taller de confecciones finas de su hermana Ilu, labor que pasó a completa luego del 18 de julio de 1948, cuando el diario fue clausurado por el gobierno.
Rosalía anotó en sus memorias que, ante el nuevo escenario, Daniel había dejado su puesto como secretario general de la Jota para encargarse de la zona norte de Chile, luego de que el partido se dividiera en tres sectores. Sentó su base en Antofagasta, la tierra que conocía desde la infancia. Ahí, según Rosalía, donde los comunistas habían sido arrasados por las fuerzas de gobierno, la tarea de su marido fue reagrupar a los dispersos en la más estricta clandestinidad. También montó una imprenta para sacar un periódico y así mantener la comunicación con los militantes. “Daniel era intensamente buscado por la policía. En publicaciones de la prensa local se hablaba de apresar cuanto antes a ese ‘subversivo altamente peligroso’”. Probablemente, pensé, el puesto de encargado de la zona norte de Chile, que Rosalía le atribuía a Daniel a partir de la Ley Maldita, estaba errado. Pues, a esa fecha, según lo que yo había recabado preliminarmente, Daniel había sido nombrado jefe del aparato militar.
Según Rosalía, en ese momento los comunistas lo pasaban mal. Julieta Campusano, por ejemplo, la dirigente tan querida por el presidente Gabriel González Videla, y a quien necesitaba arriba del escenario junto a él durante los actos de su candidatura, fue detenida a pocas semanas de dar a luz. Vejámenes, maltrato y síntomas de pérdida. Luego, en el hospital, esposada a la cama con su hija recién nacida y un policía a su lado día y noche.
Por esos días veía muy poco a Daniel, y cuando se encontraban, no podían quedarse juntos. Pero en una ocasión llegó desde el norte con una virulenta sinusitis, contraída luego de padecer tifus. Un doctor de apellido Tello, de quien no daba mayores antecedentes, lo internó en la maternidad del hospital donde trabajaba, y ahí lo operó.
Empleada a tiempo completo en el taller, Rosalía le ayudaba a su hermana Ilu en la elección de las telas, en los modelos para las colecciones y en toda la contabilidad y administración. Tareas que nunca había ejercido como periodista y menos como estudiante de medicina. Le encantaba observar cuando su hermana probaba los vestidos a sus clientas ricas. Como el sueldo era bueno, la familia completa se trasladó a una casa en Ñuñoa, un barrio exclusivo. Pablo Daniel entró al liceo experimental Manuel de Salas, y Leonor permanecía en casa, pues aún era muy pequeña. Los encuentros furtivos con Daniel continuaban. “No quedaba mucho margen para evitar un posible embarazo, así que no es nada de raro que en los primeros días de junio de 1949 me constataran otro”, escribió en sus memorias.
Un mes después, el 21 de julio, moría el compañero y secretario general del Partido Comunista, Ricardo Fonseca, con quien Daniel compartía gran parte del ideario político. No tenían dudas de que su nuevo hijo se llamaría como él, Ricardo. “Los funerales de Fonseca se efectuaron en el peor momento de persecución de la clase obrera; sus restos se velaron en un local de la Central de Trabajadores y el desfile que lo acompañó hasta el cementerio fue impresionante, tanto por cantidad como por combatividad.”
Los trabajadores del diario El Siglo, clausurado recién, avanzaban con un lienzo que abarcaba todo el ancho de la calle, con el mensaje: “Compañero Fonseca, El Siglo presente”. El carro con sus restos fue tirado por mujeres del partido, entre ellas Rosalía y su hermana Elisa, también militante comunista.
El 22 de agosto de 1949 una camioneta con seis funcionarios de Investigaciones, acompañados por Elisa, llegaron a la casa de Ñuñoa, donde Rosalía se había mudado tiempo atrás junto a sus dos niños. A esa hora estaba con Leonor y la mujer que la cuidaba. Pablo Daniel, en el colegio. Venían a buscarla. Les pidió a los agentes que la dejaran despedirse de su hija. Sentada en su cama, mientras lo hacía con un beso, de su cartera sacó cinco carnés de comunistas que, como encargada de finanzas de su base, debía entregar a los militantes al día siguiente. Los puso debajo de la almohada y partió.
Desde ahí, recordaba, junto a su hermana las trasladaron al cuartel de la Policía de Investigaciones. Ambas quedaron en un pasillo contiguo a las oficinas de los detectives, a la espera de que las llamaran. En su cartera, recordó en ese momento, aún estaban las estampillas de los carnés que había escondido bajo la almohada. Le habló a su hermana en húngaro. Que pidiera permiso para ir al baño y que a su vuelta le contara qué pasaba. Para qué quería eso, le preguntó Elisa. Que por favor no le preguntara nada e hiciera lo que le pedía. A su vuelta, Elisa le contó que la habían dejado entrar sola. Rosalía pidió permiso para ir al baño. Al frente del wáter lanzó las estampillas, también una lista con los militantes de su base, y tiró la cadena.
Rato después, los detectives se dieron cuenta de que hablaban en un idioma que desconocían y les ordenaron guardar silencio. Uno de ellos se sentó a su lado y les preguntó con amabilidad por qué estaban ahí. Cuando le contaron el motivo, desengañado, pues creía que estaban por algo menos grave, les dijo que cómo era posible que anduvieran metidas en política. Mujeres subversivas.
Esa mañana se enteraron de que el gobierno estaba tramitando su decreto de expulsión. Las dejarían en la frontera con Bolivia, pero ese mismo día, enterados de la situación, el Círculo de Periodistas se reunió con el ministro del Interior para protestar por la detención de Rosalía. No procedía, iba en contra de la libertad de prensa y expresión. Varias organizaciones de empleados, especialmente las pertenecientes al Seguro Obrero, donde Elisa trabajaba, también comenzaron a presionar al gobierno. Después de un largo día, en vez de mandarlas a Bolivia las destinaron a un edificio del Instituto Geográfico Militar. Ahí se encontraban cerca de ciento cincuenta compañeros comunistas, detenidos en espera de ser relegados a algún lugar perdido. Como eran las únicas dos mujeres, el capitán a cargo, un tipo afable, las ubicó en la habitación de otro oficial. Les recomendó tener cuidado y que trancaran la puerta por dentro.
La casa de Ñuñoa fue cerrada y los muebles guardados. Pablo Daniel pasó a vivir con su tía Ilu. Leonor, a la casa de una amiga comunista que vivía junto a su marido. Ambos eran húngaros y no tenían hijos, así que aceptaron con gusto cuidar a la niña. Daniel seguía escondido en algún lugar.
Rosalía anotó que durante su detención en el Instituto Geográfico Militar entendió que los uniformados no compartían la persecución a los comunistas. Las trataban bien, sobre todo el capitán a cargo y un teniente, quienes en una ocasión le llevaron ostras y pollo para que pasara con menos dureza su embarazo, ya avanzado. Pero ese mismo día, un grupo de agentes de la Policía de Investigaciones había llegado con una orden de traslado. El teniente estaba indignado, pero no podía hacer nada. Al parecer se sentía atraído por Rosalía.
Desde ahí las trasladaron a las oficinas de la temida Policía Política. El jefe del equipo, en vez de anotarlas en el registro regular, decidió ponerlas en otro libro, donde escribió “S/A”, las siglas de “Sin Anotar”. Era el lugar donde registraban todas las cuestiones que los detectives hacían con los detenidos al margen de la legalidad. Les quitaron todo lo que traían, hasta los cordones de los zapatos, y las llevaron a un subterráneo donde un par de agentes de aspecto “patibulario” les entregaron trapos para que las usaran de frazadas y las metieron a una celda enrejada. Las dejaban juntas de “buenos” que eran. Adentro, había una tarima donde dormir y un wáter entero destruido. No podían acostarse, pues estaba fétido, con restos fecales, orina y vómito por todos lados. Aterradas, las dos hermanas decidieron tomarse de los barrotes de la celda y pasar la noche así.
No sabía si fueron horas o minutos, pues el tiempo ahí se distorsionó, pero, en algún momento, las llevaron de vuelta a las oficinas del cuartel. Ahí estaba su hermana Ilu acompañada del influyente senador radical Raúl Rettig55, quien le hizo ver al jefe de la policía que las detenciones eran ilegales, debido a que los decretos de relegación aún estaban en trámite. Del otro lado, el tipo, descubierto, según Rosalía, le respondió que lo había hecho para custodiar la seguridad de ambas.
Ese mismo día se tramitaron sus relegaciones y las dos hermanas partieron en un tren nocturno rumbo al sur. Rosalía a Rengo, relativamente cerca de Santiago, y Elisa a la caleta de Chanco, mucho más al sur.
Cuando Rosalía llegó a su destino, debió despedirse de su hermana. Ambas dejaban a sus hijos en Santiago. “Por mucho tiempo se me quedó grabada la mirada de incertidumbre y dolor de Elisa”, escribió. Todos sus propósitos se venían al piso. No podía aparentar seguridad. El miedo y la tristeza se le escapaban. “Con mucho trabajo podía contener los sollozos y desearle suerte a mi hermana, que llegaría a su destino dos horas más tarde. Así comenzó nuestra relegación”.
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Rosalía escribió que el detective custodio bajó junto a ella del tren y la llevó hasta la comisaría de Rengo, donde la entregó oficialmente a Carabineros. Luego de pasar la noche ahí, el comisario le explicó las condiciones. Aunque sentía su situación, debería firmar cada dos horas, pues había llegado calificada como una “subversiva extremadamente peligrosa, con indicaciones de ser vigilada con el máximo rigor posible”. Comenzó a dormir en la casa de unos compañeros que tenían un almacén en el pueblo, pero la periodicidad de las firmas se le hacía insoportable. La llevaron detenida por no cumplirlas y ahí le explicó al comisario que su intención no era escapar y vivir clandestina, como debía hacerlo su marido, sino volver con sus hijos y trabajar. El comisario disminuyó las firmas a dos por día.
Rosalía se preguntaba en su biografía si luego de haber vivido la dictadura de Augusto Pinochet, correspondía decir que aquellos uniformados con que se había relacionado de buena manera hasta ese momento, y que cumplían órdenes, podían haber llegado o no, a ser buena gente. Sobre todo sabiendo lo que le hicieron vivir a partir de 1973, ellos mismos u otros muy similares. La misma reflexión hacía en torno a Gabriel González Videla, de quien el poeta comunista Pablo Neruda había escrito su poema “Lo llamaban Gabriel”, una especie de apología a la imagen de un héroe que con el poder de una nación en sus manos, había pasado a ser un villano, un traidor y, según sus palabras, “un aprendiz de dictadorzuelo”.
Pasados los días, Rosalía decidió aprovechar la buena relación que había trabado durante su tiempo como reportera con el ministro de Hacienda, Jorge Alessandri. Un hombre severo, que casi no hablaba con la prensa, pero que a ella le había tomado cierto aprecio, al punto de señalarle que no permitiría que la relegaran a Pisagua. Recordaba que, sin hacerle una petición concreta, le escribió una carta donde le contaba que su relegamiento en Rengo era una injusticia. Eligió a una amiga llamada Cholita, hermosa, de personalidad exuberante y con un gran parecido a la actriz francesa Danielle Darrieux, para visitarlo en su despacho ministerial.
Según Cholita le habría contado a Rosalía, al leer la carta, el ministro Alessandri tomó el teléfono en el acto y llamó al ministro de Interior, almirante Immanuel Holger:
—Ministro, desde que somos colegas jamás le he pedido favor alguno, pero ha sido detenida equivocada o arbitrariamente, la señora Rosalía Keller. Ella es la mejor periodista del momento. Es necesario que cese esta situación y la traigan inmediatamente de vuelta —habría señalado Alessandri.
A partir de ese momento, Rosalía volvería a Santiago, primero con arresto domiciliario y, a finales de septiembre, un mes después de su relegación, era libre otra vez. Daniel, recién operado de sinusitis, se había mudado, escondido, a la casa quinta ubicada en La Reina de otro de los hermanos de Rosalía, Alejandro, quien vivía ahí junto a su esposa. Como pretendían instalar un criadero de patos, Daniel comenzó a ayudarles en esa labor.
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A esas alturas, en 1949, según sus recuerdos, la Ley Maldita era aplicada con todo el rigor, generando como respuesta las protestas y actos masivos del partido para combatirla. Los comunistas permanecían seis meses en Pisagua, periodo que la ley facultaba al gobierno para mantenerlos detenidos sin seguirles un proceso judicial. Pasado ese tiempo eran reemplazados por otros comunistas, que quedaban detenidos durante otros seis meses. “Cuando llegaban a Santiago, los relegados de Pisagua dejados en libertad eran recibidos con numerosas protestas callejeras”, escribió Rosalía. Ella misma, probablemente, antes de su relegación participó de las manifestaciones, recibiendo golpes y el agua de los “guanacos” de Carabineros. Luego de una protesta en el centro de Santiago “me dieron más de las diez de la noche cuando decidí retirarme, cansada pero muy contenta de esa magnífica demostración de combatividad. Sentíamos que el final de los días del “dictadorzuelo”, se estaba acercando”.
Mientras Daniel se recuperaba en Santiago de su operación, la imprenta clandestina que había montado en Antofagasta cayó en manos de la policía. No podía volver al norte, la zona que tenía a cargo, pues era sindicado como el cerebro responsable de la imprenta. En ese momento, Daniel solicitó reunirse con la dirección del partido “una y otra vez, sin recibir respuesta”.
A esas alturas, luego de la muerte de Ricardo Fonseca en julio del 49, Rosalía explicaba que en el seno del partido se dio una intensa discusión que separó dos posturas. Tal como yo había averiguado, la primera pretendía mantener la lucha en contra de la Ley Maldita, exigiendo su abolición y profundizando en la presión hacia el gobierno. Esta posición era defendida por el secretario de Organización, Luis Reinoso, el secretario regional de Concepción, Benjamín Cares, y el del centro, Marcial Espinoza. “Desde luego, Daniel también estaba por esa línea, pero seguía en una situación irregular al no habérsele asignado un nuevo frente de trabajo, y aprovechándose de esto, no lo citaban a las reuniones de la dirección”.
La segunda postura era liderada por el nuevo secretario general, Galo González, quien, según Rosalía, “aceptaba reducir las peticiones de los trabajadores y abandonar la línea revolucionaria porque las condiciones ‘no estaban dadas’ para plantearla”.
Tiempo después, Daniel recibió una citación de la Comisión de Control y Cuadros, encargados de mantener la línea del partido entre los militantes y sancionar las faltas. Lo acusaron de estar formando grupos, lo que era contrario a los estatutos del partido. Daniel les habría respondido que estaban equivocados. Si hubiera formado grupos, como le achacaban, estos habrían existido al alero de la dirección. Por el contrario, sus planteamientos los había conversado con el ex secretario general del partido, con su presidente y con la integrante de la comisión política, Julieta Campusano. Reconocía sus divergencias con la nueva dirección y también le parecía grave que no le designaran un frente de trabajo. La comisión acordó pedir su expulsión, junto a la de Reinoso, Cares y Espinoza. “Este fue uno de los golpes más duros que Daniel tuvo que enfrentar”, escribió Rosalía.
Ambos acordaron que mientras se solucionaba su situación, ella seguiría militando y cumpliendo las tareas partidarias que le asignaran. Así, llegó al nuevo diario comunista que reemplazó al recién clausurado El Siglo. Estando ahí se dio cuenta de que sus artículos no eran aceptados. No podían ser publicados en ese momento político, ese era el argumento a la luz de sus editores. “Sinceramente, si lo que acabo de contar no me hubiera pasado a mí, hubiera jurado que eso no era posible, que la persona oyó o entendió mal. Agrego que en aquellos días las expulsiones de las filas del partido de los que mantenían la línea combativa y revolucionaria, se sucedían una y otra vez, y eran a todo nivel, tanto en los organismos de base como en los intermedios y superiores, no solo en Santiago, sino a través de todo el país”.
Rosalía, los dos niños, un tercero en camino y Daniel se mudaron a una amplia casa ubicada en calle Javiera Carrera. Su condición era la de “alejado” del partido, en espera de que se resolviera si sería o no expulsado. Seis meses después, probablemente en marzo o abril de 1950, ella recibió una llamada del compañero Luis Corvalán56. Quería saber cuál era su posición respecto de la medida tomada en contra de su marido. Como no existía ningún documento formal de por medio, Rosalía le respondió que su posición era la de una militante comunista, es decir, conocer el decreto de expulsión para poder acatarlo y no tener ninguna relación con el expulsado. Seis meses después, a inicios de 1951, Julieta Campusano, alta dirigente y también su amiga, la visitó y le repitió la misma consulta hecha por Corvalán tiempo atrás. “Le dije a Julieta que, a mi parecer, si un militante vive con un enemigo de la clase obrera sin darse cuenta de esa condición, no merecía ser un militante y que mi decisión era absolutamente concordante con eso”. Julieta Campusano, de acuerdo con su postura, se habría retirado con la promesa de hacer ver su situación en la dirección. Seis meses después, ya a mediados de 1951, Luis Corvalán la citó a una reunión. Rosalía transcribió el siguiente diálogo:
—Rosalía —le dijo Corvalán—, la dirección quiere darte una nueva oportunidad para que tomes tu decisión definitiva.
—Lucho —le respondió ella—, me extraña que después de haber hablado contigo y con Julieta, aún se mantengan sin darme los motivos reales de la expulsión de Daniel. No les quepa duda de que, de acuerdo con eso y, tal como ya lo manifesté, sabré tomar la posición de una verdadera comunista.
—Bueno, aunque no se te den las razones de la expulsión, es un acuerdo del Comité Central y debes acatarla.
—Un momento, compañero —le respondió ella—, yo ingresé a la Juventud y luego al Partido Comunista por razones poderosas y bien meditadas, y no para aceptar dogmas. Entiendo que los católicos aceptan que la Virgen parió y siguió siendo virgen, y quienes lo ponen en duda dejan de ser católicos, porque es en ese dogma que se basa su fe. Yo no ingresé a una iglesia, sino a un partido, y no estoy dispuesta a aceptar dogmas. Acato los acuerdos del Comité Central, siempre que me den razones para hacerlo.
—Pero tú sabes que un militante no puede tener relaciones con un expulsado —insistió Corvalán.
—Sí, lo sé, y te aseguro que tengo relaciones con Daniel Palma, puedo asegurar que son relaciones bien íntimas y que las seguiré teniendo mientras no se me den las verdaderas razones de su expulsión.
A los pocos días, se encontró con un pequeño párrafo al interior del diario El Siglo que daba cuenta de su expulsión debido a que tenía “relaciones con expulsados” del partido. Como consuelo, señalaba que por lo menos, en esta ocasión, el partido se había atenido a la verdad, dejando de lado por un momento acostumbrados epítetos como “enemiga de la clase obrera”, “traidora a los principios comunistas”, entre otros.
Según su recuerdo, finalmente la expulsión de Daniel había sido ratificada por la Comisión Política del Partido, pero no menciona la fecha exacta. “Nuestro entorno cambia totalmente. Muchos de los amigos, o a los que considerábamos como tales, dejan de vernos o de hablar con nosotros, llegando algunos a la vergonzosa actitud de cambiarse de vereda con tal de no cruzarse con nosotros. Aquellos que hasta esa fecha frecuentaban nuestra casa y se sentaban a nuestra mesa compartiendo nuestro pan, hacen como que fuéramos totales desconocidos”.
A pesar del duro momento, Rosalía explicaba que ese tipo de actitudes no hicieron variar “un ápice nuestra posición ideológica”, refiriéndose a su decisión firme de luchar hacia un cambio que, finalmente, derivara en el socialismo.
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Ricardo, tercero de los hijos del matrimonio, había nacido el 3 de marzo de 1950 en medio del tenso proceso de expulsión de sus padres del Partido Comunista. Por esos días, Rosalía debió hacerse cargo del taller de alta costura de su hermana Ilu, al parecer comunista, ya que habría vuelto a la Hungría natal junto a su familia, luego de que en ese país asumiera un gobierno comunista. Para Rosalía fue difícil, pues tenía deudas y debía lidiar con demasiados aspectos financieros que desconocía.
A ello se sumaron los problemas económicos que enfrentó luego de prestarle un talonario de cheques de la tienda a su hermano Tiberio para que pagara deudas que había contraído. Al poco tiempo, recordaba, este le mandó un sobre con el talonario incompleto. Había girado tres cheques sin el nombre del destinatario por una suma que, en dinero de hoy, superaba las varias decenas de millones de pesos. En el sobre, además, venía una carta donde le señalaba que no tenía dinero para pagar las deudas y que, a partir de ese momento, desaparecía.
Daniel le había advertido el peligro y luego fue fundamental para intentar salir de la tensa situación. Investigando a la gente con que Tiberio trabajaba, dio con el depositario de los cheques, un prestamista del Hipódromo Chile que financiaba su vicio a través de intereses usureros. Rosalía y Daniel llegaron al centro de carreras y apuestas, espacio desconocido para ambos y, preguntando, encontraron al prestamista. Según Rosalía, Daniel tomó de las solapas de la chaqueta al hombre, que no pasaba el metro y cincuenta centímetros, quien lo observaba extrañado.
En ese momento Daniel le habría dicho lo siguiente:
—Lo que tienes en las costillas es mi pistola. Estoy decidido a usarla, porque tú tienes tres cheques de mi esposa. Te fueron entregados por mi cuñado, Tiberio Keller, en pago de préstamos usureros que tú le hiciste. Jamás dejaré que ella vaya a la cárcel por ilícitos cometidos por otro. Estamos dispuestos a arreglar la situación, pero contando con algunos plazos para hacerlo.
El prestamista accedió y en la siguiente reunión llegó acompañado de dos guardaespaldas enormes. Juntos, partieron hasta una notaría donde ella debió firmar letras de pago a uno, dos y tres meses.
Durante ese periodo, entre marzo y abril de 1952, se jugaba en Chile un campeonato de fútbol panamericano en el que participaba la selección nacional. Daniel compró un abono y juntos asistieron al evento, ella con un nuevo embarazo avanzado, cuyo parto debía ocurrir después de la final entre Chile y Brasil, a jugarse el domingo 19 de abril. Pero las contracciones se precipitaron y el sábado 18 Rosalía fue internada para dar a luz a Patricia, la cuarta del clan y la única que nació sin parto asistido.
El año y medio que vino luego del nacimiento de Patricia se desarrolló sin mayores sobresaltos. Batallando siempre por mantener y sacar adelante el taller de modas, luego del desfalco producido por la acción de su hermano. “No era con demasiada holgura que cubríamos los gastos que demanda un hogar con cuatro niños pequeños, asegurándoles una casa cómoda sin ningún lujo, pero ubicada en un sector saludable y comenzar a cubrir los gastos de una educación de buen nivel”.
Aunque no recordaba los términos exactos, Rosalía creía que sus amigos les podrían haber dicho que eran “osados”, “atrevidos” e incluso “locos” por tener un quinto hijo en esas circunstancias, pero ellos, apenas supieron que estaba otra vez embarazada, decidieron esperarlo con mucha alegría. El último de sus hijos se llamaría José Eleodoro, en honor al padre de Daniel, y nació el 24 de septiembre de 1953.
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En cuanto al trabajo político que Daniel llevó a cabo luego de su expulsión, Rosalía señalaba tangencialmente en su biografía que fue secretario de la Vanguardia Revolucionaria Marxista, VRM, “desarrollando una bastante intensa actividad política. Yo lo acompañaba en todo lo que podía, pero muy restringida por las responsabilidades familiares”.
A pesar de que el acuerdo indica que Rosalía mantenía la casa y él se dedicaba a la política, Daniel retomó la crianza de los patos y arrendó una parcela en Maipú. Rosalía cambió de lugar el taller a uno donde el arriendo era menos costoso, pero el negocio estaba en franca decadencia, así que comenzó a hacer trabajos para una imprenta propiedad del marido de una amiga. Cada vez que Daniel la veía deprimida por algún avatar de la vida, le decía: “Compañera, usted puede eso y mucho más”.
Como otro reflejo de su personalidad, Rosalía contaba que en una ocasión Daniel llegó con una rama seca para plantar. Ella no le vio ninguna utilidad, pero al cabo de un año, se le acercó con un plato y en su interior, dos higos: “Vieja, aquí te traigo los primeros higos que dio aquella ramita seca que planté a pesar de tus protestas”.
Aunque no le gustaba vender en la imprenta, lo hacía bien. Y como necesitaba seguridad laboral, le pidió al dueño ocupar una vacante que se abrió en ese momento para ejercer como su ayudante. En la práctica, en poco tiempo tenía toda la contabilidad bajo su mando, aprendiendo y aprendiendo, hasta convertirse en la gerente de la imprenta.
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Rosalía mencionaba brevemente que Daniel integró la VRM hasta 1965, organización política que se extinguió por esa fecha. Uno de los caminos que eligió para continuar en la política fue su apoyo a la Reforma Universitaria57, proceso que en ese momento se encontraba en pleno apogeo. “Este trabajo se desarrolló con mayor fuerza en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile, donde se formó un amplio grupo, en cuya organización tuvieron parte activa nuestro hijo mayor y un yerno58, ambos estudiantes de aquel plantel”.
Por esos días, Daniel habría expresado la imperiosa necesidad de divulgar “las ideas y los fundamentos teóricos de los agrupados”. Aquello habría dado origen a una revista repartida en la Universidad de Chile que decidieron llamar Ranquil, en referencia a la matanza de Ranquil, ocurrida en julio de 1934. Como el grupo de jóvenes no tenía nombre, al parecer los estudiantes de otras carreras habían decidido llamarlos “los ranquiles”.
Aparte de la existencia de la revista, Rosalía no explicaba cuáles eran los fundamentos detrás de la “imperiosa necesidad” de divulgarlos, solo mencionaba que pronto las ideas del lote de estudiantes prendieron en otras escuelas universitarias de regiones, como también en empresas y fundos. Comenzaban a aparecer grupos similares a los ranquiles de la Universidad de Chile, integrados por estudiantes, trabajadores y campesinos. Según Rosalía, los ranquiles no tenían carné partidario ni eran considerados afiliados a la organización que componían. Bastaba que “sintieran que compartían los principios planteados y aplicarlos en sus actividades”.
Pero no explicaba a qué se refería concretamente con “sus principios”, ni “sus actividades”. Señalaba que existía una dirección de entre cinco y siete compañeros, encabezados por Daniel, “por ser él quien tenía la mayor claridad sobre los objetivos concretos y cómo llegar a ellos”. Rosalía tampoco mencionaba cuáles eran los objetivos ni la forma de alcanzarlos. En cambio, sí decía que uno de los trabajos más destacados de Daniel y los ranquiles lo habían desarrollado en la cooperativa de trabajadores Cotra-
laco, que surgió, en 1968, para que ellos mismos administraran e hicieran suya una alicaída empresa privada, especializada en la fabricación de postes, bombas de agua y sistemas de
riego59. Según ella, los trabajadores se habían adueñado de la empresa para evitar quedar sin trabajo. “Cotralaco contó con la eficaz ayuda de Daniel y con la participación en la directiva de su hermano Marino”.
Según Rosalía, si bien el trabajo en Cotralaco fue el más notorio de Daniel y sus seguidores, estos extendieron su labor a numerosas empresas60 dentro y fuera de Santiago; también a los campos, sacando un periódico en cada lugar, para mostrar, desde ahí, los problemas y proponer soluciones a los trabajadores.
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Decidí hacer un paréntesis en la historia de los Palma, narrada por Rosalía, y contactar a Eliana Vidal, una amiga de Valparaíso a la que conocí años atrás a propósito de mis publicaciones. Mucho antes de siquiera pensar en la idea de escribir algo sobre Daniel Palma, ella me había contado que lo conoció, probablemente en el año 68. Había sido parte de los numerosos jóvenes idealistas que siguieron su pensamiento durante la Reforma Universitaria. Un líder carismático, me había dicho, que le enseñó a ella y a un grupo de trabajadores y estudiantes una nueva forma de organizarse, en la base, al lado de las necesidades de la gente, sin despegarse de ella, para ser voceros fieles y cumplir el sueño de una sociedad mejor.
Como tenía una confusión horrible de nombres en torno a la organización política que Daniel había formado, con Eliana decidí partir por ahí. Le expliqué que Ricardo, su hijo, en algún momento me había hablado superficialmente del grupo Ranquil y también de “La O”, formados por su padre y a los que él y varios de sus hermanos habían pertenecido. Rosalía también mencionaba a los ranquiles, agrupaciones de jóvenes nacidas a partir de la influencia de Daniel en la Universidad de Chile, gracias a que su hijo mayor, Pablo, estudiaba ingeniería civil ahí. Pero no tenía más antecedentes.
Eliana me explicó que, probablemente, en 1968 trabajaba en la Universidad Católica de Valparaíso, pleno periodo de la Reforma Universitaria, cuando los estudiantes demandaban mayor democracia al interior de la institución. En ese momento, militaba en las Juventudes Comunistas y estaba en una búsqueda social y política para encontrar lo que ella llamaba “los valores proletarios”. Sentía la ansiedad de ayudar en un periodo caracterizado por la efervescencia y la creencia de que se podría hacer un cambio radical de una buena vez en Chile. Mayo del 68, la Revolución China, el Che Guevara y el ejemplo de Cuba, estaban ahí, a su alcance. Era posible.
—En una ocasión, un grupo de estudiantes de la Universidad Federico Santa María había invitado a Daniel para que diera una charla sobre el Movimiento Obrero y un amigo me invitó —me dijo—. Era una sala llena de estudiantes y mientras Daniel habló no volaba una mosca. Me di cuenta de que era un educador nato y que, cuando hablaba, siempre lo hacía “educando”. Quedé súper impresionada. Recuerdo que, luego de la charla, alcancé a intercambiar un par de frases con él, pero lo envolvió el resto de los estudiantes.
Eliana pertenecía entonces al Departamento Sindical de la Federación de Estudiantes de su universidad y, por ese motivo, poco tiempo después de aquella charla, fue a la empresa textil viñamarina Sedamar, donde los trabajadores se encontraban en huelga. Llevaban nueve meses con la empresa tomada. Ahí conoció personalmente al Viejo, como todos llamaban a Daniel.
Aunque estaba en la Jota, Eliana se había visto seducida por él, quien comenzó a llegar a su universidad. En el patio o en el casino, recordaba, se instalaba a hablar con los estudiantes, siempre con ejemplos simples, respecto de la organización. Muchos quedaron impresionados con el “proletario” de ideas claras y gran carisma. Así se enteró, por ejemplo, de que Daniel había sido el máximo dirigente de las Juventudes Comunistas de Chile, expulsado en 1949, y que luego había formado la VRM, otro grupo revolucionario liderado por él y disuelto en 1965.
—Él decía que había que integrarse a un trabajo de base, discutir con los trabajadores, decidir con ellos y actuar desde ahí, pero no picoteando de una base en otra, sino metiéndose en una, trabajar y quedarse.
Eliana y muchos más se habían lanzado a la tarea, por ejemplo, de alfabetizar a los mineros y campesinos. En esa labor conoció también a Evaristo, un minero del norte y antiguo seguidor de Daniel, con quien terminó haciendo familia. Daniel lo había llamado para que se integrara al trabajo del Sindicato de Obreros Pirquineros de Aconcagua, que reunía a pequeños grupos mineros cercanos a Cabildo.
Evaristo había seguido a Daniel desde la VRM. En ese periodo, le contó a Eliana que había viajado a China para recibir formación política. Daniel también había estado allá y les contaba que conversó nada menos que con el máximo líder Mao Tse Tung, quien le confirmó que su forma de trabajar era la más idónea para hacer la revolución. Mao también le habría aconsejado que en cada empresa, minera o universidad donde se encontraran sus seguidores, sacaran un pequeño diario, en realidad solo una hoja escrita por lado y lado, porque más papeles se podían perder y así el mensaje quedaba inconcluso. Así lo había hecho Eliana junto al grupo de jóvenes y trabajadores en torno a Daniel. En cada plantel donde llegaban, sacaban una hoja con noticias y peticiones, acompañadas de dibujos. Daniel no pretendía, recordaba Eliana, que sus seguidores desarmaran los partidos, sino que actuaran desde su interior, sin acatar necesariamente sus decisiones, algo que a ella le hacía sentido, pero que estaba en contra de cualquier norma partidaria. Bastaba, les decía Daniel, que un estudiante o un trabajador de una empresa sumara a un par de compañeros para que repartieran dos mil diarios o folletos y así masificar sus ideas.
—La gente del MAPU61 en la universidad alegaba que Daniel los estaba infiltrando, pues sus ideas incitaban la desobediencia.
Todo aquello no tenía un nombre, pero eran una organización. La Organización, abreviado como “La O”, fue la forma en que comenzaron a llamarse ellos mismos para tener un nombre, deliberadamente sin carné ni militancia abierta, organizados solo en torno a lo que ellos creían y que Daniel lideraba.
—Cuando otros jóvenes, muchas veces impresionados por el trabajo que hacíamos, nos preguntaban de dónde veníamos, decíamos que pertenecíamos a la O, para explicar que éramos parte de algo. Medio desconcertados, comenzaron a llamarnos “los de Ranquil” y luego “los Ranquil”, debido a que el primer diario que los integrantes de la O habían sacado en la Universidad de Chile se había llamado así.
La revolución violenta, me explicó, por supuesto que estaba presente, como en todo el marxismo de aquellos años, y también la dictadura del proletariado. Aunque eso para ella no era lo fundamental, sino el trabajo de educación que desarrollaron con los trabajadores haciendo cursos sindicales, entrando a las empresas y generando periódicos que dieran cuenta de las injusticias.
Según Eliana, los ranquiles o integrantes de la O trabajaron organizadamente hasta 1970, cuando Salvador Allende llegó al poder. Muchos pensaron que en ese momento era mejor la unidad, entrar al gobierno de lleno para lograr un país socialista. Daniel no lo creyó así.
—Como teníamos mucha experiencia trabajando desde la base, nos recibían con las manos abiertas en el Partido Socialista o en el MIR —me dijo—. Y también en el Partido Comunista, a excepción del Viejo. A él no lo aceptaban por ningún motivo.
Con el tiempo, muchos de los seguidores de Daniel Palma siguieron distintos caminos. Algunos estaban dentro de los partidos de la Nueva Mayoría, otros fuera. Ninguno en la derecha. Según Eliana, los ranquiles se reconocían entre ellos, donde estuvieran. Más allá de las críticas que pudiera hacer al Viejo, entre las que estaban, por cierto, su carácter testarudo, visto en el tiempo, todos los que estuvieron cerca de él fueron marcados por su personalidad.
Volvería sobre la O y las agrupaciones en torno a Daniel, como sus alcances, más adelante.
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“Todos cantábamos y saltábamos, dando expresión a nuestra alegría, sintiendo que se aproximaban grandes cambios, que el pueblo, siempre explotado y marginado, iba a recorrer caminos liberadores”, escribió a continuación Rosalía sobre el 3 de noviembre de 1970, cuando fue elegido presidente de la República Salvador Allende.
Los ranquiles habían participado con fuerza en la campaña electoral y luego de que buena parte de ellos decidiera partir a los principales partidos que conducirían la Unidad Popular, Daniel y Marino mantuvieron vivo el grupo. Como no tenía una estructura vertical, aquello “permitía una mayor participación de las bases y lograr así un mejor camino y defensa de la democracia”.
Rosalía justificaba la decisión de Daniel en la virulencia con que empresarios y latifundistas combatieron el gobierno de Allende. Junto a ellos, el trabajo del ministro de Relaciones Exteriores estadounidense, Henry Kissinger, financiando, por ejemplo, el paro de los camioneros en 1972, que provocó sobre todo “en los sectores populares, una total carencia de los alimentos más esenciales”.
Desde ahí, Rosalía saltaba a septiembre de 1973, cuando el ministro de Economía, Pedro Vuskovic, visitó a Daniel preocupado por la posibilidad de un golpe de Estado. Los unía una fuerte amistad, extendida desde los tiempos en que Daniel había sido el glorioso secretario general de la Jota con Vuskovic bajo su mando.
Rosalía anotó que Daniel le respondió:
—Pedro, el compañero Allende cometió un grave error, no tuvo confianza en el pueblo y no le entregó las armas a los obreros y a los campesinos, que es la única forma de defender una revolución. Si las armas no están en manos de los trabajadores, no es posible llegar al socialismo. Temo que ya es demasiado tarde, pero déjame hablar con mis compañeros para saber cuál es su pensamiento.
Se entendía, aunque Rosalía no lo mencionaba, que el ministro Pedro Vuskovic visitó a Daniel para pedirle ayuda concreta, quizás con hombres armados capaces de defender el gobierno popular, previendo el golpe de Estado que se avecinaba.
A continuación, señalaba: “Tan tarde era, que a los pocos días nos tocó ver el bombardeo de La Moneda y conocer la valiente y digna actitud del compañero Allende al suicidarse. Lo hizo con el fusil que le regaló Fidel Castro cuando estuvo en Chile”.
A partir de ese momento Augusto Pinochet había iniciado una sangrienta represión, donde asesinó no solo a los opositores, sino también “a mujeres embarazadas, como a jóvenes y hasta niños de no más de doce años, como también a ancianos mayores de sesenta”.
A los ojos de Daniel y Rosalía, pensé, Allende había errado al no creer en la lucha armada para llegar a la revolución, y su perdón estaba en haberse suicidado por el ideal. Además, tanto ella como su marido validaban la violencia, pero existía una línea ética que el dictador había traspasado.
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Luego del golpe militar Daniel estableció nuevas formas de organización que permitieran a sus seguidores mantenerse “vivos y unidos”. Aunque Rosalía no especificaba a quiénes se refería, pensé, era probable que estuviera hablando de los integrantes de la O, o como ella los llamaba, los ranquiles.
Así, Daniel había ideado la creación de una empresa para darle la “apariencia de sociedad comercial”, destinada, en realidad, a otorgar “seguridad a sus participantes”. Era una buena fachada, según ella, debido a que, en ese momento, el gobierno privilegiaba y daba su aprobación a todo lo vinculado con actividades comerciales.
A pesar de constituir una fachada para eludir a la dictadura, E TRES —Estudio, Elaboración y Ejecución de Proyectos Sociedad Limitada—, resumía en muchos aspectos lo que Daniel pensaba. Así lo reseñaban los trípticos62 de la empresa, impresos en esa época y que ella reprodujo en su biografía. Al frente aparecía el Quijote de La Mancha y, a su lado, Sancho Panza. A continuación, varias citas, entre ellas, una de Macbeth: “Si puedes mirar en las semillas del tiempo y decir cuál grano crecerá y cuál no, entonces háblame”. También una de Sancho Panza: “Vístanme, dijo Sancho, como quisieren, que de cualquiera manera que vaya vestido, siempre seré Sancho Panza”. Hurgueteando en las páginas de Macbeth, concluí que la primera frase aludía a la complejidad de la vida y a la capacidad humana de interpretarla, sobrepasada por la incertidumbre existencial y la imposibilidad de planificar o saber qué puede y qué no dar resultados en un determinado contexto. La segunda, más clara, me pareció una provocación críptica y una declaración de intereses de Daniel destinada a los celadores de la dictadura.
En la práctica, E TRES había desarrollado proyectos con financiamiento del Estado en varias ciudades63. Una planta de áridos, hornos metálicos transportables para asegurar una producción que se pudiera llevar a cabo en los bosques y también la producción de energía eólica, a través de molinos de viento.
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A comienzos de 1976, Rosalía se jubiló luego de que el Viejo le insistiera varias veces que ya dejara el trabajo. Tenía entonces cincuenta y seis años y la idea era que se dedicara por completo a E TRES. Así lo hizo y se instalaron en una oficina ubicada en el centro de Santiago como base de operaciones.
Rosalía no daba ningún antecedente del trabajo político que Daniel desarrolló a partir de ese momento. Solo señalaba: “En las mañanas salíamos juntos, yo me quedaba en la oficinita y, generalmente, el Viejo salía para realizar varias diligencias, entre ellas, hacer algunas compras indispensables para nuestro hogar y también pasar al correo y revisar la casilla, por si había alguna correspondencia”.
La mañana del 4 de agosto de 1976 salieron juntos de la casa como lo hacían cada día de la semana laboral. Daniel dejó a Rosalía en E TRES, pero recordó que se les habían quedado unos papeles, así que volvió para buscarlos. Daniel almorzaría en la casa y luego llevaría los papeles hasta E TRES, para entregárselos al contador. Pasadas las dos de la tarde, Rosalía lo llamó por teléfono. Le contestó la empleada doméstica. En broma, Rosalía le dijo que quizás Daniel había comido un pescado con demasiadas espinas y que por eso aún no salía. Pero la empleada le respondió que Daniel no había llegado a almorzar.
—¿Le avisó por teléfono que no iría? —le preguntó Rosalía.
—No, el teléfono no ha sonado en todo el día.
La inquietud se tornó viva. Ante cualquier cambio de planes, la norma entre ambos señalaba que debían comunicarse antes. A continuación, Rosalía se excusaba de narrar lo que vivió ese día y los que vinieron. No era capaz de ordenar sus recuerdos ni escribirlos.
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Diez años después, en 1987, y con sesenta y siete años, Rosalía entró a estudiar Orientación Familiar en un instituto profesional. Entre sus hijos le ayudaron para que pudiera dedicarse a tiempo completo. Luego de cuatro años, se graduó. Tiempo después, partió a La Habana para ayudar a su población a superar el bloqueo establecido por los Estados Unidos. Las condiciones de vivienda y sanitarias, según ella, eran paupérrimas. Ahí vivió nueve años y medio hasta que decidió volver, ya octogenaria, para estar cerca de su familia, y también para cumplir su deseo de morir en Chile. Quería que la incineraran y que sus restos fueran lanzados en el Cajón del Maipo, el lugar donde había pasado sus primeras noches junto a Daniel. “Creo poder afirmar que fue entonces cuando nos dimos cuenta de que nuestro deseo era seguir juntos para siempre”, escribió.
Rosalía se disculpaba por haber quedado a “años luz” de contar realmente cómo había sido Daniel, su principal objetivo al momento de sentarse a escribir sobre el pasado. “Pudiera ser que alguno de los hijos, a quienes ya les pedí escribieran sobre cómo fue la relación que tuvieron con su padre y cómo vivieron la desaparición, logren acercarse a dar a conocer en profundidad la personalidad de Daniel”.
Cuando leí ese párrafo, recordé que Ricardo se había acercado a mí luego de una reunión con sus hermanos, Pablo, Leonor, Patricia, José y un grupo de amigos cercanos a Daniel. De ahí, entre los recuerdos y conversaciones, había nacido la idea de contactarme y de que hiciera este libro.
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Si bien Rosalía se excusaba de hablar más respecto de sus sentimientos luego de la desaparición de Daniel, quiso dejar registrado explícitamente en sus memorias un episodio negro ocurrido poco después de que este desapareciera. Durante esos días, recordaba, no era capaz de ver la belleza de la primavera sin sentir odio. ¿Por qué los árboles estaban tan llenos de flores, por qué todo florecía si ella nada sabía de su viejo ni qué le estaba sucediendo? ¿Por qué no se paralizaba todo y ese todo la acompañaba con un grito único, con una pregunta única: dónde estás?
Durante ese periodo ella vivía sola con José, su hijo menor. Muchos amigos, la mayoría de ellos empleados de E TRES, la visitaron para saber de Daniel, pero no había noticias. Dos de ellos, a quienes solo identificaba como el Peluca y Román, fueron un día para contarle que habían dado con el paradero del Viejo. Estaba detenido. Un capitán se los había dicho. Lo podían dejar libre en los próximos días, pero sería necesario “gratificarlo”. No decía qué suma de dinero les entregó, solo que las palabras de los supuestos amigos de Daniel para ella fueron magia. A partir de ese momento, le dijeron, debería permanecer en su casa día y noche, siempre atenta a cualquier ruido, sobre todo en las noches, porque podían liberar a su marido durante los toques de queda. Los días siguientes fueron de “indescriptible angustia”. Siempre en la casa y, durante las noches, sentada sobre la cama, para evitar quedarse dormida.
Luego de dos semanas concluyó que debía salir. Pensaba que si seguía así, se volvería loca. Enterados los dos “amigos” de Daniel, la habían increpado duramente por haber dejado su hogar, pero claro, se dio cuenta de que eran colaboradores de la
DINA.
De esos días, se recordaba en su cama, de noche, insomne, observando las hermosas vigas del techo. Y de pronto, los troncos juntándose y atacándola, queriendo ahogarla. A partir de esa experiencia decidió cambiarse de casa.
Rosalía se excusaba otra vez de transformar en palabras el dolor y la angustiante desesperación que vivió durante la década siguiente. “Solo diré que los días se convertían en semanas, las semanas en meses y los meses en años… ¿Cuántos? Muchísimos, desesperadamente muchos”.
Era muy posible, pensé, que la caída de Daniel se debiera a que E TRES fue infiltrada. Si el Peluca y Román integraban la O, entonces ella también había sido infiltrada. Era algo que, más adelante, debería averiguar.