Si el hastío del mundo confiriera por sí solo la santidad, no veo cómo podría yo evitar ser canonizado.
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Nadie ha vivido tan pegado a su esqueleto como yo al mío: de ello ha resultado un diálogo sin fin y algunas verdades que no consigo aceptar ni rechazar.
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Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes. Los vicios, acomodaticios por naturaleza, se ayudan, son indulgentes unos con otros; en cambio las virtudes, celosas, se combaten y se anulan, y muestran en todo su incompatibilidad y su intolerancia.
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El creer en lo que uno hace o en lo que hacen los otros es entusiasmarse con tonterías. Se debería abandonar sin más los simulacros e incluso las «realidades», situarse fuera de todo y de todos, apartar o aplastar los apetitos, vivir, como dice un proverbio hindú, con tan pocos deseos como un «elefante solitario».
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Todo se lo perdono a Fulano a causa de su sonrisa pasada de moda.
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No es humilde aquel que se odia.
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En algunos, todo, absolutamente todo, depende de la fisiología: su cuerpo es su pensamiento, su pensamiento es su cuerpo.
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El Tiempo, fecundo en recursos, mucho más imaginativo y caritativo de lo que se piensa, posee una extraordinaria capacidad de ayuda al procurarnos, en cualquier momento, alguna nueva humillación.
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Siempre he buscado el panorama anterior a Dios. De ahí mi debilidad por el Caos.
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He decidido no emprenderla con nadie desde que he observado que siempre termino pareciéndome a mi último enemigo.
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Durante bastante tiempo viví con la idea de ser el hombre más normal del mundo. Esta idea me proporcionaba la afición, o mejor, la pasión por la improductividad: ¿qué sentido tiene sobresalir en un mundo de locos, hundido en la estupidez o el delirio? ¿Para quién prodigarse y con qué fin? Queda por saber si me he liberado enteramente de esta certeza, salvadora en lo absoluto, ruinosa en lo inmediato.
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Los violentos son por lo general unos enclenques, unos «reventados». Viven en perpetua combustión, a expensas de su cuerpo, exactamente como los ascetas, quienes, al ejercitarse en la quietud, en la paz, se desgastan y se agotan lo mismo que los furiosos.
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Solo se deberían escribir libros para decir cosas que uno no se atrevería a confiar a nadie.
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Cuando Mara, el Tentador, intenta suplantar a Buda, este le dice: «¿Con qué derecho pretendes reinar sobre los hombres y sobre el universo? ¿Acaso has sufrido por el conocimiento?».
He ahí la pregunta capital, quizá la única que debería uno hacerse al indagar sobre alguien, principalmente sobre un pensador. Habría que establecer la diferencia entre aquellos que han pagado por el menor paso hacia el conocimiento y aquellos, mucho más numerosos, a quienes les fue otorgado un saber cómodo, indiferente, un saber sin adversidades.
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Se dice: fulano no tiene talento, solo tiene un estilo. Pero justamente es ese estilo particular lo que no se puede inventar, es con lo que se nace. Es una gracia heredada, el privilegio que tienen algunos de hacer sentir su pulsación orgánica: el tono es algo más que el talento, es su esencia.
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El mismo sentimiento de no pertenencia, de juego inútil, adondequiera que vaya: simulo interesarme por lo que no me importa, me afano por automatismo o por caridad, sin involucrarme jamás, sin estar nunca en ninguna parte. Lo que me atrae está en otro lado, y ese otro lado no sé qué es.
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Mientras más se alejan los hombres de Dios, más avanzan en el conocimiento de las religiones.
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«… Pero Elohim sabe que el día en que comiereis de ello vuestros ojos se abrirán».
Apenas abiertos, el drama dio comienzo. Mirar sin comprender: eso es el paraíso. El infierno será, pues, el lugar donde se comprende, donde se comprende demasiado…
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Solo me entiendo perfectamente con alguien cuando se encuentra en lo más bajo de sí mismo, sin el deseo ni la fuerza de recuperar sus ilusiones habituales.
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Juzgando sin piedad a nuestros contemporáneos se tiene la oportunidad de presentarse a los ojos de la posteridad como un espíritu clarividente. Al mismo tiempo se renuncia al aspecto azaroso de la admiración y los riesgos maravillosos que supone. Porque la admiración es una aventura, la más imprevisible: puede ocurrir que acabe bien.
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Las ideas vienen caminando, decía Nietzsche. El andar disipa el pensamiento, enseñaba Sankara.
Las dos tesis están igualmente fundamentadas, y son igualmente verdaderas, y cualquiera puede probarlo en el lapso de una hora, y a veces de un minuto.
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Ninguna originalidad literaria es posible si no se tortura, si no se machaca el lenguaje. Otra cosa sucede si uno se atiene a la expresión de la idea como tal. Es este un sector donde las exigencias no han variado desde los presocráticos.
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¡Que no sea posible remontarse antes del concepto, escribir a ras del sentir, registrar las variaciones ínfimas de lo que se toca, hacer lo que haría un reptil si se pusiera manos a la obra!
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Todo lo bueno que podamos tener viene de nuestra indolencia, de nuestra incapacidad de pasar a la acción, de llevar a cabo nuestros proyectos y designios. Es la imposibilidad o el rechazo a realizarnos lo que mantiene nuestras «virtudes», y es la voluntad de dar nuestro máximo lo que nos lleva a los excesos y a los desajustes.
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Ese «glorioso delirio» del que habla Teresa de Ávila para marcar una de las fases de unión con Dios es lo que un espíritu endurecido, y por fuerza envidioso, no le perdonará jamás a un místico.
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No existe un solo instante en el que no haya sido consciente de encontrarme fuera del paraíso.
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Solo es profundo y es verdadero lo que se esconde. De ahí la fuerza de los sentimientos viles.
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«Ama nesciri», dice la Imitación. Ama ser ignorado. Solo se está contento del mundo y de uno mismo conformándose con este precepto.
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El valor intrínseco de un libro no depende de la importancia del tema (si no, los teólogos serían los más importantes), sino de la forma de abordar lo accidental y lo insignificante, de dominar lo ínfimo. Lo esencial no ha necesitado nunca del menor talento.
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El sentimiento de tener diez mil años de retraso, o de adelanto, sobre los demás, de pertenecer a los inicios o al fin de la humanidad…
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La negación no parte nunca de un razonamiento, sino de un no se sabe qué de oscuro y antiguo. Los argumentos vienen después, para justificarla y apuntalarla. Todo no surge de la sangre.
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A favor de la erosión de la memoria: recordar las primeras iniciativas de la materia y el peligro de vivir que de ello ha resultado…
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Siempre que no pienso en la muerte tengo la impresión de trampear, de engañar a alguien dentro de mí.
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Hay noches que ni el más ingenioso torturador podría haber inventado. Sale uno deshecho, estupidizado, perdido, sin recuerdos ni presentimientos, y sin saber siquiera quién se es. Y entonces es cuando el día parece inútil, y la luz perniciosa y más opresora aún que las tinieblas.
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Un pulgón consciente tendría que desafiar exactamente las mismas dificultades, el mismo género de insolubles que el hombre.
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Vale más ser animal que hombre, insecto que animal, planta que insecto, y así sucesivamente.
¿La salvación? Es todo lo que disminuye el reino de la conciencia y compromete su supremacía.
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Tengo todos los defectos de los demás, y, sin embargo, todo lo que hacen me parece inconcebible.
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Mirando las cosas desde el punto de vista de la naturaleza, el hombre fue hecho para vivir hacia el exterior. Si quiere ver dentro de sí mismo, debe cerrar los ojos, renunciar a la acción, salir de la corriente. Lo que se llama «vida interior» es un fenómeno tardío solo posible por una desaceleración de nuestras actividades vitales: el «alma» surgió y se desarrolló a expensas del buen funcionamiento de los órganos.
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La mínima variación atmosférica pone en entredicho mis proyectos, por no decir mis convicciones. Esta forma de dependencia, la más humillante que existe, no deja de deprimirme disipando al mismo tiempo las pocas ilusiones que me quedaban sobre mis posibilidades de ser libre, o, sencillamente, sobre la libertad. ¿De qué sirve pavonearse si se está a merced de lo Húmedo y de lo Seco? Se desearía una esclavitud menos lamentable y dioses de otra ralea.
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No merece la pena matarse: siempre se mata uno demasiado tarde.
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Cuando se sabe de manera absoluta que todo es irreal, no tiene ningún sentido fatigarse para demostrarlo.
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La luz se prostituye a medida que se aleja del alba y avanza en el día, y solo se redime —ética del crepúsculo— en el momento de desaparecer.
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En los escritos budistas a menudo se considera el «abismo del nacimiento». Es, en efecto, un abismo, una sima donde no se cae sino, por el contrario, de donde se emerge para mayor desgracia de cada cual.
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A intervalos cada vez más aislados, accesos de gratitud hacia Job y Chamfort, hacia la vociferación y la corrosión…
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Toda opinión, todo punto de vista es necesariamente parcial, trunco, insuficiente. En filosofía, como en cualquier cosa, la originalidad se reduce a definiciones incompletas.
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Considerando detenidamente nuestros actos llamados generosos, no hay ninguno que, en cierta forma, no sea condenable e incluso dañino, capaz de inspirarnos el arrepentimiento por haberlo ejecutado, de tal forma que no nos queda más que optar por la abstención o por el remordimiento.
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La fuerza explosiva de la menor mortificación. Todo deseo vencido da fuerza. Mientras más se aleja uno de este mundo sin adherirse a él, mejor se lo domina. La renuncia confiere un poder infinito.
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En lugar de que mis decepciones converjan hacia un centro y se constituyan, si no en sistema, al menos en un conjunto, se han desperdigado, creyéndose cada cual única y perdiéndose por falta de organización.
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Solo tienen éxito las filosofías y las religiones que nos estimulan, ya sea en nombre del progreso o del infierno. Condenado o no, el hombre experimenta una necesidad absoluta de estar en el centro de todo. Incluso por esta única razón es hombre, se hizo hombre. Y si un día no sintiera ya esa necesidad, tendría que eclipsarse en favor de otro animal más orgulloso y más loco.
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Le repugnaban las verdades objetivas, el trabajo de la argumentación, los razonamientos sostenidos. No le gustaba demostrar, no le importaba convencer a nadie. El Otro es una invención de dialéctico.
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Mientras más le perjudica a uno el tiempo, más se quiere huir de él. Escribir una página sin defectos, una frase solamente, le eleva a uno por encima del devenir y de sus corrupciones. Se trasciende la muerte por la búsqueda de lo indestructible a través del verbo, a través del símbolo mismo de la caducidad.
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En el punto crucial de un fracaso, en el momento en que la vergüenza amenaza con aniquilarnos, de pronto nos invade un frenesí de orgullo que solo dura lo suficiente para vaciarnos, para dejarnos sin energía, para hacer descender, con nuestras fuerzas, la intensidad de la vergüenza.
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Si la muerte es tan horrible como se pretende, ¿cómo es posible que al cabo de cierto tiempo estimemos feliz a quienquiera que, amigo o enemigo, haya dejado de vivir?
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Más de una vez me ha ocurrido salir de casa porque, de haberme quedado, no estaba seguro de poder resistir a alguna resolución súbita. La calle es más tranquilizadora porque se piensa menos en uno mismo, y porque en ella todo se debilita y se deteriora, empezando por el desasosiego.
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Lo propio de la enfermedad es velar cuando todo duerme, cuando todo descansa, incluso el enfermo.
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Siendo joven se tiene cierto gusto por los padecimientos. ¡Parecen tan nuevos, tan magníficos! Con la edad ya no sorprenden, pues se los conoce demasiado. Ahora bien, si no fuera por su punto de imprevisibilidad, no valdría la pena soportarlos.
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En cuanto uno apela a lo más íntimo de sí mismo y empieza a actuar y a manifestarse, se atribuye dones y se insensibiliza hacia las propias lagunas. Nadie está en condiciones de admitir que lo que surge de su interior podría no valer nada. ¿El «conocimiento de sí»? Una contradicción en los términos.
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Todos esos poemas donde solo es cuestión del Poema, toda esa poesía que no tiene otra materia que sí misma. ¿Qué se diría de una plegaria cuyo objeto fuera la religión?
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El espíritu que duda de todo llega, al cabo de mil interrogaciones, a una apatía casi total, a una situación que justamente el apático conoce ya de entrada, por instinto. Pues ¿qué es la abulia sino una perplejidad congénita?
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¡Qué decepción que Epicuro, el sabio que más necesito, haya escrito más de trescientos tratados! Y qué alivio que se hayan perdido.
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—¿Qué hace usted todo el día?
—Me soporto.
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Frases de mi hermano a propósito de los trastornos y las enfermedades que padeció nuestra madre: «La vejez es la autocrítica de la naturaleza».
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«Hay que estar ebrio o loco —decía Sieyès— para hablar bien las lenguas conocidas».
Hay que estar ebrio o loco, agregaría yo, para atreverse a utilizar las palabras, cualquier palabra.
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El fanático del hastío elíptico está llamado a sobresalir en cualquier carrera, salvo en la de escritor.
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Habiendo vivido siempre con el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera.
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No se envidia a aquellos que tienen la facultad de rezar, pero sí a los poseedores de bienes, a los que tienen riquezas y fama. Es extraño que uno se resigne a la salvación de otro y no a que pueda gozar de unos cuantos privilegios fugaces.
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No he encontrado ni un solo espíritu interesante que no esté ampliamente dotado de deficiencias inconfesables.
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No hay arte verdadero sin una fuerte dosis de banalidad. Aquel que emplea lo insólito de una manera constante cansa pronto, pues nada es tan insoportable como la uniformidad de lo excepcional.
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El inconveniente de adoptar una lengua ajena es no tener derecho a cometer demasiados errores. Ahora bien, buscando la incorrección sin abusar de ella, rozando a cada momento el solecismo, es como se le da una apariencia de vida a la escritura.
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Cada cual cree, de manera inconsciente, que es el único que persigue la verdad, que los demás son incapaces de buscarla e indignos de alcanzarla. Esta locura está tan arraigada y es tan útil que es imposible imaginar lo que ocurriría con cada uno de nosotros si un día desapareciera.
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El primer pensador fue sin duda alguna el primer maniático del porqué. Manía poco habitual y de ninguna manera contagiosa. Raros, en efecto, son los que la padecen, los que están roídos por la pregunta y sin poder aceptar ninguna certeza, pues nacieron en la consternación.
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Ser objetivo es tratar al prójimo como se trata a un objeto, a un muerto, es comportarse con él como un sepulturero.
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Este segundo ha desaparecido para siempre, se ha perdido en la masa anónima de lo irrevocable. No volverá nunca. Sufro por ello, y no sufro. Todo es único, e insignificante.
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Emily Brontë. Todo lo que emana de Ella tiene la particularidad de conmoverme. Haworth es mi lugar de peregrinación.
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Bordear un río, pasar, fluir con el agua, sin esfuerzo, sin precipitación, mientras que la muerte continúa en nosotros su rumiar, su soliloquio ininterrumpido.
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Solo Dios tiene el privilegio de abandonarnos. Los hombres únicamente pueden fallarnos.
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Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente que no soportaríamos abordar un solo instante más, y mucho menos entrar en él. La vida solo le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan.
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Cuenta Porfirio que Plotino tenía el don de leer en las almas. Un día, sin más preámbulo, le dijo a su discípulo, muy sorprendido, que no intentara matarse y que emprendiera mejor un viaje. Porfirio partió para Sicilia: allí se curó de su melancolía, pero, agrega lleno de pesar, no asistió a la muerte de su maestro ocurrida durante su ausencia.
Hace tiempo que los filósofos no leen en las almas. No es su oficio, se dirá. Es posible. Pero entonces no debe sorprendernos que ya no nos interesen.
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Una obra solo existe si se ha preparado en la sombra con la atención, con el cuidado con que el asesino medita su golpe. En ambos casos lo principal es la voluntad de golpear.
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El conocimiento de sí mismo, el más amargo de todos, es el que menos se cultiva: ¿qué sentido tiene entonces sorprenderse a cada instante en flagrante delito de ilusión, remontar sin piedad hasta la raíz de cada acto y perder causa tras causa ante el propio tribunal?
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Cada vez que me falla la memoria, pienso en la angustia que deben de experimentar los que saben que ya no se acuerdan de nada. Pero algo me dice que al cabo de cierto tiempo se ven poseídos por una secreta alegría que no aceptarían cambiar por ninguno de sus recuerdos, incluso por los más excitantes.
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Pretenderse más desapegado, más ajeno a todo que cualquiera, y no ser más que un entusiasta de la indiferencia.
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Mientras más nos encontramos a merced de impulsos contradictorios, menos sabemos ante cuál ceder. No tener carácter es eso y nada más.
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El tiempo puro, el tiempo decantado, liberado de acontecimientos, de seres y de cosas, no se manifiesta sino en ciertos momentos de la noche, cuando se le siente avanzar con el único propósito de arrastrarlo a uno hacia una catástrofe ejemplar.