Sentir bruscamente que uno sabe tanto como Dios de todas las cosas, y ver desaparecer, con igual brusquedad, esa sensación.
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Los pensadores de primera mano meditan sobre cosas; los otros, sobre problemas. Hay que vivir de cara al ser, no al espíritu.
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«¿Qué esperas para entregarte?». Cada enfermedad nos envía una intimación disfrazada de pregunta. Nos hacemos los sordos sin dejar de pensar que la farsa está demasiado vista y que la próxima vez habrá que tener por fin el valor de capitular.
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Mientras más avanzo, menos reacciono frente al delirio. Ya solo me gustan, entre los pensadores, los volcanes apagados.
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De joven me aburría desesperadamente, pero creía en mí. Si no tenía el presentimiento del personaje insustancial en que iba a convertirme, sabía, en cambio, que pasara lo que pasara, la Perplejidad no me abandonaría, que vigilaría mi vida con la exactitud y el celo de la Providencia.
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Si uno pudiera contemplarse con los ojos de los demás, desaparecería al instante.
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Le comentaba a un amigo italiano que los latinos no esconden ningún misterio, por ser demasiado abiertos, demasiado habladores; que prefiero a los pueblos asolados por la timidez; y que un escritor que no llega a conocerla no vale nada en sus escritos. «Es cierto —me respondió—. Cuando, en nuestros libros, relatamos nuestras experiencias, estas carecen de intensidad y de prolongación porque ya antes las hemos relatado cien veces». Y después hablamos de la literatura femenina, de su falta de misterio en los países donde han hecho estragos los salones y el confesionario.
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Alguien, no sé quién, dijo que no debería uno privarse del «placer de la piedad».
¿Se ha justificado alguna vez la religión de manera más delicada?
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Este afán de revisar los arrebatos, de cambiar de ídolos, de rezar en otra parte…
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Tumbarse en un campo, olfatear la tierra y decirse que ella constituye el término y la esperanza de nuestros abatimientos, que sería vano buscar algo mejor para descansar y disolverse.
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Cuando ocurre que estoy ocupado, ni por un instante pienso en el «sentido» de nada, y, mucho menos, evidentemente, en el de lo que estoy haciendo. Prueba de que el secreto de todo reside en el acto y no en la abstención, causa funesta de la conciencia.
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¿La fisonomía de la pintura, de la poesía, de la música dentro de un siglo? Nadie puede imaginarla. Como después de la caída de Atenas o de Roma, habrá una larga pausa debida al agotamiento de los medios expresivos, así como al de la conciencia misma. La Humanidad, para enlazarse al pasado, tendrá que inventar una segunda inocencia sin la cual nunca podrá reanudar las artes.
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En una de las capillas de esta horrible iglesia se ve a la Virgen con su Hijo elevarse por encima del globo terrestre. Una secta agresiva que minó y conquistó un imperio y heredó sus taras, empezando por el gigantismo.
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Dice el Zohar que «en cuanto apareció el hombre aparecieron las flores».
Más bien creo que estaban ahí desde mucho antes, y que su llegada las sumió en un estupor del cual todavía no se han recuperado.
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Es imposible leer una línea de Kleist sin pensar en que se mató. Es como si su suicidio hubiera precedido a su obra.
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En Oriente, los pensadores occidentales más curiosos, más extraños, nunca habrían sido tomados en serio a causa de sus contradicciones. Para nosotros es justamente en ellas donde reside la razón del interés que nos despiertan. Más que el pensamiento, nos gustan las peripecias, la biografía de un pensamiento, las incompatibilidades y aberraciones que en él se encuentran; nos gustan, en suma, los espíritus que no sabiendo cómo ponerse en regla con los demás y mucho menos consigo mismos, trampean tanto por capricho como por fatalidad. ¿Su marca distintiva? Una sospecha de fingimiento en lo trágico, una pizca de juego hasta en lo irremediable…
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Si, en sus Fundaciones, Teresa de Ávila se detiene ampliamente en la melancolía, es porque la encuentra incurable. Los médicos, dice, nada pueden hacer, y la superiora de un convento, en presencia de enfermos de ese género, solo tiene un recurso: inspirarles el temor a la autoridad, amenazarlos, asustarlos. El método que la santa preconiza sigue siendo el mejor: frente a un «depresivo», se percibe que únicamente serían eficaces las patadas, las bofetadas, una buena tunda. Y eso es, por otra parte, lo que ese «depresivo» hace cuando decide acabar con todo: emplea todos los medios disponibles.
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En relación a cualquier acto de la vida, el espíritu tiene el papel de aguafiestas.
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Se podría imaginar a los elementos cansados de repetir un tema trasnochado, asqueados de las mismas combinaciones de siempre, sin variación ni sorpresa, buscando alguna diversión: la vida solo sería una digresión, una anécdota…
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Todo lo que se emprende me parece pernicioso y, en el mejor de los casos, inútil. En última instancia, puedo alterarme, pero no puedo actuar. Entiendo muy bien, demasiado bien, las palabras de Wordsworth sobre Coleridge: «Eternal activity without action».
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Cada vez que algo me parece todavía posible, tengo la impresión de haber sido embrujado.
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La única confesión sincera es aquella que hacemos, indirectamente, al hablar de los otros.
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No adoptamos una creencia porque sea verdadera (todas lo son), sino porque una fuerza oscura nos empuja a ello. Si esa fuerza llega a abandonarnos, sobreviene la postración y la quiebra, el enfrentamiento con lo que queda de nosotros mismos.
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«Es propio de toda forma perfecta que el espíritu emane de ella de manera inmediata y directa, mientras que la forma enviciada lo retiene prisionero, como un mal espejo que solo se refleja a sí mismo».
Al hacer este elogio —tan poco alemán— de la limpidez, Kleist no pensó especialmente en la filosofía, al menos no se dirigía a ella; eso no impide que sea la mejor crítica que se haya hecho de la jerga filosófica, pseudolenguaje que, al querer ser reflejo de ideas, solo logra adquirir relieve y resaltar a sus expensas desnaturalizándolas y oscureciéndolas. Por una de las usurpaciones más desafortunadas, la palabra se convierte en diva en un terreno en que debería pasar desapercibida.
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«Oh Satán, mi Maestro, me entrego a ti para siempre». Cómo me pesa haber olvidado el nombre de la religiosa que, habiendo escrito esto con un clavo untado en su sangre, merecería figurar en una antología de la plegaria y el laconismo.
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La conciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne.
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Hay ferocidad en todos los estados de ánimo, salvo en el de la alegría. La palabra Schadenfreude, alegría maligna, es un contrasentido. Hacer el mal constituye un placer, no una alegría. La alegría, única victoria sobre el mundo, es pura en su esencia; es, por tanto, irreductible al placer, sospechoso siempre, en sí mismo y en sus manifestaciones.
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Una existencia constantemente transfigurada por el fracaso.
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El sabio es aquel que consiente en todo porque no se identifica con nada. Un oportunista sin deseo.
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Solo conozco una visión de la poesía que sea enteramente satisfactoria: es la de Emily Dickinson cuando dice que, en presencia de un verdadero poema, se siente sobrecogida por un frío tal que tiene la impresión de que no habrá fuego alguno que pueda reanimarla.
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El gran error de la naturaleza es el de no haber sabido limitarse a un solo reino. Al lado del vegetal, todo parece inoportuno. El sol tuvo que enfurruñarse cuando apareció el primer insecto, cambiar de domicilio cuando irrumpió el primer chimpancé.
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Si a medida que uno envejece hurga cada vez más en su propio pasado, a expensas de los «problemas», es sin duda porque es más fácil remover recuerdos que ideas.
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Los últimos a quienes perdonamos su infidelidad son aquellos a quienes hemos decepcionado.
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Siempre tenemos la impresión de que podríamos hacer mejor lo que los otros hacen. Desgraciadamente no tenemos el mismo sentimiento hacia lo que nosotros mismos hacemos.
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«Yo era Profeta —advierte Mahoma— cuando Adán estaba aún entre el agua y la arcilla».
Cuando no se ha tenido el orgullo de fundar una religión —o al menos de arruinar alguna—, ¿cómo osar mostrarse a la luz del día?
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El desapego no se aprende: está inscrito en una civilización. No se tiende hacia él, se descubre en uno mismo. Eso pensaba al leer que un misionero en el Japón, después de dieciocho años, solo contaba con un total de sesenta convertidos, ancianos además. Y todavía se le escaparon en el último momento, pues murieron a la manera nipona, sin remordimientos, sin tormentos, como dignos descendientes de sus antepasados, los cuales, para entrenarse en los tiempos de lucha contra los mongoles, se dejaban impregnar por el vacío de todas las cosas y del suyo propio.
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Solo acostados se puede pensar en la eternidad. Durante un periodo considerable esta fue la preocupación principal de los orientales: ¿y acaso no preferían la posición horizontal?
En cuanto uno se recuesta, el tiempo deja de fluir y de tener importancia. La historia es el producto de una especie en pie.
En tanto que animal vertical, el hombre tuvo que acostumbrarse a mirar hacia delante, no solo en el espacio sino también en el tiempo. ¡A qué mediocre origen se remonta el Porvenir!
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Cualquier misántropo, por muy sincero que sea, recuerda en ocasiones a ese viejo poeta postrado en su lecho y completamente olvidado que, furioso contra sus contemporáneos, había decretado que no deseaba ya recibir a ninguno. Su mujer, por caridad, iba de vez en cuando a llamar a la puerta…
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Una obra está terminada cuando ya no podemos mejorarla, aunque se la sepa insuficiente e incompleta. Cuando se está tan harto que no se tiene ya la fuerza de agregar una sola coma, aunque sea indispensable. Lo que decide el grado de consumación de una obra no es de ninguna manera una exigencia artística o de verdad, es el cansancio, y, más aún, el hartazgo.
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En tanto que la mínima frase que se escribe exige un simulacro de inventiva, basta, en cambio, un poco de atención para comprender un texto, aunque sea difícil. Garabatear una tarjeta postal se acerca más a una actividad creadora que leer la Fenomenología del espíritu.
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El budismo llama «mácula del espíritu» a la cólera; el maniqueísmo, «raíz del árbol de muerte».
Lo sé. ¿Y de qué me sirve saberlo?
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Ella me era totalmente indiferente. Pensando, de pronto, después de tantos años, que pasara lo que pasara no volvería a verla nunca más, estuve a punto de ponerme enfermo. No comprendemos lo que la muerte es sino cuando recordamos de repente el rostro de alguien que nunca nos importó.
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A medida que el arte se hunde en un callejón sin salida, los artistas se multiplican. Esto deja de ser una anomalía si se piensa que el arte en vías de agotamiento se ha tornado, a la vez, imposible y fácil.
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Nadie es responsable de lo que es, ni siquiera de lo que hace. Esto es evidente y todo el mundo está más o menos de acuerdo en ello. ¿Por qué entonces exaltar o denigrar? Porque existir equivale a evaluar, a emitir juicios, y la abstención, cuando no es producto de la apatía o de la cobardía, exige un esfuerzo que nadie quiere hacer.
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Cualquier forma de apresuramiento, incluso en dirección al bien, revela algún desajuste mental.
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Los pensamientos menos impuros son aquellos que surgen en medio de nuestras confusiones, en los intervalos entre nuestros problemas, en esos momentos de lujo que nuestra miseria se permite.
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Los dolores imaginarios son, con mucho, los más reales ya que se los necesita constantemente y se inventan porque no es posible prescindir de ellos.
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Si lo propio del sabio es no hacer nada inútil, nadie me ganará en sabiduría: ni siquiera me rebajo a hacer cosas útiles.
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Imposible imaginar un animal degradado, un sub–animal.
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¡Si hubiera sido posible nacer antes que el hombre!
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Por más que lo intento, no consigo despreciar todos esos siglos durante los cuales no se hizo otra cosa que afinar una definición de Dios.
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La manera más eficaz de sustraerse a un abatimiento, motivado o gratuito, es la de tomar un diccionario, de preferencia en una lengua que apenas se conoce, y buscar palabras y palabras, poniendo cuidado en que sean aquellas que nunca se utilizarán.
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Mientras se vive sin alcanzar lo terrible, se hallan palabras para expresarlo; en cuanto se lo conoce por dentro, ya no se encuentra ninguna.
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No hay aflicción límite.
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Los desconsuelos de cualquier género pasan, pero el fondo del que proceden subsiste y nada lo mitiga. Es inatacable e inalterable. Es nuestro fatum.
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Recordar, en la furia y en la desolación, que la naturaleza, como dice Bossuet, no consentirá dejarnos por mucho tiempo «ese poco de materia que nos presta».
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«Ese poco de materia»: a fuerza de pensar en ello, se llega a la calma, una calma que, ciertamente, más valdría no haber conocido.
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La paradoja no tiene sentido en los entierros, ni tampoco en las bodas o en los nacimientos. Los acontecimientos siniestros —o grotescos— exigen el lugar común, pues lo terrible, al igual que lo penoso, cae dentro del estereotipo.
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Por muy desengañados que estemos, es imposible vivir sin alguna esperanza. Siempre conservamos una, a pesar nuestro, y esa esperanza inconsciente compensa todas las demás, explícitas, que hemos rechazado o agotado.
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Cuanto más entrado en años está uno, más habla de su propia desaparición como de un acontecimiento lejano altamente improbable. Se ha adquirido de tal forma el hábito de la vida que se torna uno incapacitado para la muerte.
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Un ciego, por una vez verdadero, tendía la mano: en su actitud, en su rigidez, había algo conmovedor que cortaba la respiración. Transmitía su ceguera.
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Solo a los niños y a los locos les perdonamos su franqueza: los demás, si tienen la audacia de imitarlos, se arrepentirán tarde o temprano.
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Para ser «feliz» se tendría que tener siempre presente la imagen de las desgracias que no han ocurrido. Sería para la memoria una manera de redimirse, ya que, al no retener por lo general sino las desgracias ocurridas, se empeña en sabotear la felicidad con un éxito maravilloso.
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Después de una noche de insomnio, los transeúntes parecen autómatas; se diría que ninguno respira, ni camina. Todos parecen movidos por un resorte: ninguna espontaneidad; sonrisas mecánicas, gesticulaciones de espectros. Si tú mismo eres un espectro, ¿cómo ibas a ver en los demás a seres vivos?
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Ser estéril, ¡y con tantas sensaciones! Perpetua poesía sin palabras.
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La fatiga pura, sin causa, la fatiga que sobreviene como un don o un castigo: gracias a ella reintegro mi yo, me sé «yo». En cuanto desaparece ya no soy más que un objeto inanimado.
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Todo lo que aún permanece vivo dentro del folklore es anterior al cristianismo. Lo mismo ocurre con todo lo que está vivo todavía en nosotros.
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Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal; permanecerá por debajo de sus talentos y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.
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«En medio de vuestras más intensas actividades, deteneos un momento para “contemplar” vuestro espíritu». Esta recomendación no se dirige, por supuesto, a aquellos que «contemplan» su espíritu día y noche y que, por ello, no tienen que suspender ni un instante sus actividades, dado que no desarrollan ninguna.
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No permanece sino lo que ha sido concebido en la soledad, de cara a Dios, se sea o no creyente.
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La pasión por la música es en sí misma una confesión. Sabemos más de un desconocido que la cultiva que de alguien insensible a ella y que frecuentamos a diario.
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No hay meditación sin una inclinación hacia la machaconería.
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Mientras el hombre iba a remolque de Dios, avanzaba lentamente, tan lentamente que ni siquiera se daba cuenta. Desde que no vive a la sombra de nadie, se apresura, y le desconsuela, y daría cualquier cosa por encontrar su antigua cadencia.
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Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir. Todo.
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Saciedad: no bien acabo de pronunciar esa palabra y ya no sé a propósito de qué, de tal manera puede aplicarse a todo lo que siento y pienso, a todo lo que amo y detesto, a la misma saciedad.
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No he asesinado a nadie, he hecho algo mejor: he matado a lo Posible, y, al igual que Macbeth, lo que más necesito es rezar, pero, como él, no puedo decir Amén.