Distribuir golpes que no alcanzan a nadie, atacar a todo el mundo sin que nadie se dé cuenta, lanzar flechas cuyo veneno solo es recibido por uno mismo.
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Fulano, a quien siempre he tratado muy mal, no me guarda rencor porque no se lo guarda a nadie. Perdona todas las injurias, no recuerda ninguna. ¡Cómo lo envidio! Para igualarlo tendría que recorrer varias existencias y agotar todas mis posibilidades de trasmigración.
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En los tiempos en que durante meses viajaba en bicicleta a través de Francia, mi mayor placer era detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida.
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¿Cómo dominarse, cómo ser dueño de uno mismo cuando se viene de una comarca donde se aúlla en los entierros?
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Algunas mañanas, nada más poner el pie fuera, escucho voces que me llaman por mi nombre. ¿Soy verdaderamente yo? ¿Es ese mi nombre? Lo es, en efecto, llena el espacio, está en labios de los transeúntes. Todos lo articulan, incluso aquella mujer de la ventanilla de enfrente, en la oficina de correos.
Las vigilias devoran nuestros últimos restos de sentido común y de modestia, y nos harían perder la razón si el temor al ridículo no viniese a salvarnos.
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Mi curiosidad y mi repulsión, y también mi terror, ante su mirada de aceite y metal, ante su obsequiosidad, su astucia sin disfraz, su hipocresía curiosamente no velada, sus continuos y evidentes disimulos; ante esa mezcla de canalla y de loco. Impostura e infamia a plena luz. Su falta de sinceridad es perceptible en todos sus gestos, en todas sus palabras. El término no es exacto, pues falta de sinceridad es ocultar la verdad, es conocerla, y en él no existe la menor huella, la menor idea, el mínimo asomo de verdad, ni tampoco de mentira, nada sino una aspereza inmunda, una demencia interesada…
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Hacia la medianoche una mujer bañada en llanto me aborda en plena calle: «Se han cargado a mi marido, Francia es un asco, afortunadamente soy bretona, me han quitado a mis hijos, me han drogado durante seis meses…».
De inmediato no me di cuenta de que estaba loca, pues su dolor parecía real (y, en cierto sentido, lo era), y así la dejé monologar durante una media hora: hablar le sentaba bien. Luego la dejé diciéndome que la diferencia entre ella y yo sería bien poca si, a mi vez, me pusiera a soltar mis sermones al primero que se me pusiera delante.
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Un profesor de un país del este de Europa me cuenta que su madre, una campesina, se sorprendió mucho cuando supo que él padecía de insomnio. Ella, cuando no podía dormir, solo tenía que imaginarse un vasto campo de trigo ondulando por el viento y de inmediato se dormía.
No será la imagen de una ciudad la que produzca ese resultado. Es inexplicable, milagroso, que un hombre de ciudad llegue a pegar el ojo.
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El bar es frecuentado por los ancianos del asilo de las afueras del pueblo. Están ahí, con un vaso entre las manos y se miran sin hablar. Uno de ellos se pone a relatar algo que quiere ser gracioso. Nadie lo escucha, en todo caso nadie se ríe. Todos han trabajado durante años para llegar a esto. Antaño, en el campo, se les hubiera ahogado con una almohada. Sabia fórmula perfeccionada por cada familia e incomparablemente más humana que la de juntarlos, recluirlos, para librarlos del aburrimiento por medio de la atonía.
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Si hemos de creer a la Biblia, fue Caín quien fundó la primera ciudad para, según el comentario de Bossuet, tener donde aturdir sus remordimientos.
¡Qué opinión! Y cuántas veces no habré sentido yo mismo su exactitud durante mis vagabundeos nocturnos.
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Una noche, al subir las escaleras, en plena oscuridad, fui detenido por una fuerza invencible surgida de dentro y de fuera. Incapaz de dar un paso más, me quedé parado, petrificado. Imposibilidad, esta palabra tan común vino, más a punto que nunca, a darme luz sobre mí mismo y sobre ella; muchas veces me había ayudado, pero nunca como en ese momento. Comprendí de una vez por todas lo que quería decir…
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Una vieja criada, sin detenerse cuando le lanzo un «¿Cómo va?», me responde: «Vamos marchando». Esta respuesta banal me conmueve hasta las lágrimas.
Las frases que se refieren al devenir, al pasaje, a la marcha, cuanto más gastadas están suelen adquirir el cariz de una revelación. Sin embargo, la verdad es que no crean un estado excepcional, sino que uno ya se encontraba en él sin saberlo y era necesario una señal o un pretexto para que lo extraordinario ocurriera.
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Vivíamos en el campo, yo iba a la escuela y, detalle importante, dormía en la misma habitación que mis padres. Por la noche, mi padre acostumbraba a leerle en voz alta a mi madre. Aunque era sacerdote leía de todo, pensando, sin duda, que, dada mi edad, no estaba en situación de comprender. Por lo general yo no escuchaba y me dormía, salvo si se trataba de un relato apasionante. Una noche agucé el oído. Se trataba, en una biografía de Rasputín, de la escena en que el padre, en su lecho de muerte, llama a su hijo para decirle: «Ve a San Petersburgo, aduéñate de la ciudad, no te detengas ante nada y no le temas a nadie, pues Dios es un viejo cerdo».
Tamaña enormidad en boca de mi padre, para quien el sacerdocio no era una broma, me impresionó tanto como un incendio o un terremoto. Pero también recuerdo con claridad —y de ello hace ya cincuenta años— que a mi emoción siguió un extraño placer que no me atrevo a llamar perverso.
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Habiendo ahondado bastante a lo largo de los años, en dos o tres religiones, he retrocedido siempre, en el umbral de la «conversión», por miedo a mentirme a mí mismo. A mi juicio ninguna de ellas era lo bastante libre como para admitir que la venganza es una necesidad, la más intensa y la más profunda que existe, y que todos tienen que satisfacerla, aunque sea por medio de la palabra. Si uno la ahoga, se expone a graves trastornos. Más de un desequilibrio —si no todo desequilibrio— procede de una venganza que se ha diferido demasiado tiempo. ¡Sepamos estallar! Cualquier malestar es mucho más sano que aquel que suscita una furia acumulada.
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Filosofía en la morgue. «Mi sobrino, claro, no tuvo éxito; si lo hubiera tenido, su fin habría sido otro». «Usted sabe, señora —respondí a la gruesa matrona— que se tenga o no éxito da lo mismo». «Tiene usted razón», me respondió después de pensarlo algunos minutos. Esa conformidad tan inesperada por parte de tal mujer me conmovió casi tanto como la muerte de mi amigo.
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Los tarados… Me parece que su aventura, mejor que cualquiera otra, arroja luz sobre el futuro, que solo ellos permiten entreverlo y descifrarlo, y que hacer abstracción de sus logros es incapacitarse definitivamente para describir los días venideros.
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—Lástima, me decía usted, que N. no haya hecho nada.
—¡Qué importa! Existe. Si hubiera escrito libros, si hubiera tenido la desgracia de «realizarse», no estaríamos hablando de él desde hace una hora. La ventaja de ser alguien es menos común que la de producir. Producir es fácil; lo difícil es no querer hacer uso de las propias dotes.
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Están filmando: la misma escena se vuelve a empezar varias veces. Un transeúnte, claramente provinciano, no sale de su asombro: «Después de esto, nunca más iré al cine».
Se podría reaccionar de la misma manera frente a cualquier cosa cuyo secreto se haya penetrado. Sin embargo, por una obnubilación prodigiosa, los ginecólogos se encaprichan con sus clientes, los sepultureros engendran niños, los incurables hacen abundantes proyectos, los escépticos escriben…
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T., hijo de rabino, se queja de que esta época de persecuciones sin precedente no haya visto nacer ninguna plegaria original susceptible de ser adoptada por la comunidad y dicha en las sinagogas. Yo le aseguro que hace mal en afligirse o alarmarse: los grandes desastres no dan nada, ni en el terreno literario ni en el religioso. Solo las desgracias a medias son fecundas, porque pueden ser, porque son un punto de partida, mientras que un infierno demasiado perfecto es casi tan estéril como el paraíso.
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Tenía yo veinte años. Todo me abrumaba. Un día caí sobre un sillón diciendo: «No puedo más».
Mi madre, enloquecida ya por mis noches en blanco, me anunció que acababa de hacer decir una misa por mi «descanso». No una, sino treinta mil, me hubiera gustado gritar, pensando en la cifra, inscrita por Carlos V en su testamento, aunque, ciertamente, por un descanso mucho más largo.
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Lo vi por casualidad después de un cuarto de siglo. Estaba igual, intacto, más fresco que nunca, parecía incluso que hubiese vuelto a la adolescencia.
¿Dónde se agazapó y qué maquinó para sustraerse a la acción de los años, para esquivar las muecas y las arrugas? ¿Y cómo ha vivido, si es que ha vivido? Un fantasma, más bien. Seguramente ha hecho trampas, no ha cumplido con su deber de ser viviente, no ha jugado el juego. Sí, un fantasma, y un tramposo. No discierno ningún signo de destrucción en su rostro, ninguna de esas marcas que prueban que se trata de un ser real, de un individuo y no de una aparición. No sé qué decirle, me siento incómodo. Incluso tengo miedo. Así nos desconcierta quien escapa al tiempo, o simplemente lo escamotea.
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D. C., que en su pueblo, en Rumanía, escribía sus recuerdos de infancia, le dijo a su vecino, un campesino llamado Coman, que no lo olvidaría. Al día siguiente, muy temprano, vino a verlo el campesino: «Yo sé que no valgo nada, pero ¡caray!, no creí haber caído tan bajo como para que se hablara de mí en un libro».
¡Cuán superior era el mundo oral! Los seres (y debería decir los pueblos) se mantienen en la verdad mientras les dura el horror por lo escrito. En cuanto se contagian de su prejuicio, entran en lo falso, pierden sus antiguas supersticiones para adquirir una nueva, peor que todas las otras juntas.
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Incapaz de levantarme, anclado al lecho, me dejo llevar por los caprichos de la memoria y me veo vagabundeando, niño, en los Cárpatos. Un día me encontré con un perro cuyo dueño, sin duda para deshacerse de él, lo había amarrado a un árbol. Estaba transparente de delgadez y tan vacío de vida que apenas si tuvo fuerzas para mirarme sin moverse. Sin embargo, estaba de pie, él…
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Un desconocido me cuenta que ha matado a no sé quién. No lo busca la policía porque nadie sospecha de él. Solo yo sé que es el asesino. ¿Qué hacer? No tengo ni la audacia ni la deslealtad (pues me ha confiado un secreto, ¡y vaya secreto!) de ir a denunciarlo. Me siento su cómplice y me resigno a ser detenido y castigado como tal. Al mismo tiempo me digo que esa es una tontería. Quizá de todas formas lo denuncie. Y así hasta que despierto.
Lo interminable es la especialidad de los indecisos. No pueden resolver nada en la vida, y mucho menos en sus sueños, donde perpetúan sus vacilaciones, sus cobardías, sus escrúpulos. Son idealmente aptos para la pesadilla.
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Una película sobre los animales salvajes: crueldad sin descanso en todas las latitudes. La «naturaleza», torturadora genial, penetrada de sí misma y de su obra, se regocija no sin razón: todo lo que vive tiembla y provoca temblor. La piedad es un lujo extraño que solo el más pérfido y feroz de los seres podía inventar, por necesidad de castigarse y torturarse, por ferocidad, una vez más.
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Encima de un cartel que, a la entrada de una iglesia, anuncia El arte de la fuga, alguien ha trazado con grandes letras: «Dios está muerto». Y esto a propósito del músico que atestigua que Dios, en el supuesto de que esté difunto, puede resucitar durante el tiempo en que se escucha tal cantata o tal fuga, precisamente.
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Habíamos pasado poco más de una hora juntos. Aprovechó para pavonearse y, a fuerza de querer decir cosas interesantes sobre sí mismo, lo consiguió. Si solamente se hubiera dirigido elogios razonables, lo habría encontrado aburrido y dejado al cabo de algunos minutos. Al exagerar, al representar bien su papel de fanfarrón, casi se volvió ingenioso. El deseo de parecer sutil no menoscaba la sutilidad. Un débil mental, si pudiera sentir deseos de impresionar, lograría engañar y hasta se acercaría a la inteligencia.
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Fulano, que ya sobrepasó la edad de los patriarcas, después de haberse encarnizado contra todo el mundo durante una larga charla, me dijo: «La enorme debilidad de mi vida ha sido el no haber odiado jamás a nadie».
El odio no disminuye con los años: más bien aumenta. El de un hombre que chochea alcanza proporciones apenas imaginables: insensible ya a sus antiguos afectos, pone todas sus facultades al servicio de sus rencores que, milagrosamente revigorizados, sobrevivirán al agotamiento de su memoria y hasta de su razón.
… El peligro de frecuentar ancianos es que, al verlos tan alejados del desapego y tan incapaces de alcanzarlo, uno se arroga todas las ventajas que deberían tener y que no tienen. Y es inevitable que la superioridad que uno cree tener, real o ficticia, sobre ellos en materia de lasitud o de hastío incite a la presunción.
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Cada familia tiene su filosofía. Uno de mis primos, que murió joven, me escribía: «Todo es como siempre ha sido y como será sin duda hasta que no quede ya nada».
Por su parte, mi madre terminaba la última carta que me envió con esta frase testamento: «Haga lo que haga el hombre, le pesará tarde o temprano».
Ni siquiera puedo envanecerme de haber adquirido a mis expensas este vicio del lamento. Me precede, forma parte del patrimonio de mi tribu. ¡Vaya herencia, esta incapacidad para la ilusión!
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A algunos kilómetros de mi pueblo natal había, encaramado en las alturas, un poblado habitado únicamente por gitanos. En 1910 lo visitó un etnólogo aficionado acompañado por un fotógrafo. Consiguió reunir a los habitantes, que se dejaron fotografiar sin saber lo que significaba. En el momento en que se les pidió que no se movieran, una vieja gritó: «¡Cuidado! Nos están robando el alma». Todos se precipitaron sobre los visitantes, que a duras penas escaparon.
¿Acaso no era la India, país de origen de esos gitanos semisalvajes, la que, en esta circunstancia, hablaba a través de ellos?
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En continua rebeldía contra mi ascendencia, toda la vida he deseado ser otro: español, ruso, caníbal; todo excepto lo que soy. Es una aberración pretenderse diferente de lo que se es, abrazar en la teoría todas las condiciones salvo la propia.
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El día en que leí la lista de casi todas las palabras de que dispone el sánscrito para designar el absoluto, comprendí que me había equivocado de camino, de país y de idioma.
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Una amiga, después de no sé cuántos años de silencio, me escribe que ya no le queda mucho y que se apresta a «entrar en lo Desconocido»… Este tópico me hace poner mala cara. Después de la muerte discierno mal dónde puede uno entrar. En este caso cualquier afirmación me parece abusiva. La muerte no es un estado, a lo mejor ni siquiera es un tránsito. ¿Qué es pues? ¿Y con qué tópico voy a mi vez a responderle a esta amiga?
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Sobre el mismo tema, sobre el mismo acontecimiento, puedo cambiar de opinión diez, veinte, treinta veces en un día. ¡Y pensar que cada vez, como el último de los impostores, me atrevo a pronunciar la palabra «verdad»!
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La mujer, fuerte aún, arrastraba tras de sí a su marido, alto, encorvado, de ojos pasmados; lo arrastraba como si fuese un sobreviviente de otra época, un diplodocus apoplético y suplicante.
Una hora después, un segundo encuentro: una vieja muy bien vestida, encorvada al máximo, «avanzaba». Describiendo un perfecto semicírculo miraba, por la fuerza de las circunstancias, al suelo; y sin duda contaba sus pasos inimaginablemente lentos. Se hubiera dicho que aprendía a caminar, que tenía miedo de no saber adónde y cómo poner los pies para moverse.
… Todo lo que me aproxima a Buda es bueno.
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A pesar de su cabello blanco seguía haciendo la calle. La encontraba a menudo en el Barrio Latino hacia las tres de la mañana, y no me gustaba regresar a casa sin antes haberle oído relatar algunas hazañas o anécdotas. Tanto las hazañas como las anécdotas se me han olvidado. Pero no puedo olvidar la rapidez con que, una noche en que me puse a despotricar contra todos esos «piojosos» que dormían, ella comentó, levantando el índice hacia el cielo: «¿Y qué dice usted del piojoso de allá arriba?».
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«Todo carece de sustento y de sustancia», nunca me lo repito sin sentir algo parecido a la felicidad. Lo malo es que hay infinidad de momentos en los que no consigo repetírmelo…