Lo leo por la sensación de naufragio que me produce todo lo que escribe. Al principio se comprende, después se empieza a dar vueltas en círculo, luego es un torbellino insulso, sin pavor, y uno piensa que va a hundirse y, efectivamente, se hunde. No es, sin embargo, un verdadero ahogo, ¡sería demasiado hermoso! Volvemos a la superficie, respiramos, comprendemos de nuevo, nos sorprende ver que parece decir algo y entender lo que está diciendo; después empiezan otra vez las vueltas en círculo y sobreviene el hundimiento total… Pretende ser profundo y lo parece. Pero en cuanto uno se recupera, se da cuenta de que solo es oscuro, y que el salto que hay entre la verdadera profundidad y la profundidad estipulada es tan importante como la que existe entre una revelación y una manía.
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Todo aquel que se aboca a una obra cree —sin ser consciente de ello— que sobrevivirá a los años, a los siglos, al tiempo mismo… Si mientras está dedicado a ella sintiera que es perecedera, la abandonaría en el transcurso, no podría terminarla. Actividad y engaño son términos correlativos.
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«Desapareció la risa, después desapareció la sonrisa».
Esta acotación aparentemente ingenua de un biógrafo de Alexander Blok define bien el esquema de toda decadencia.
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No es fácil hablar de Dios cuando no se es ni creyente ni ateo: ese es sin duda el drama de todos nosotros, incluyendo a los teólogos, el de no poder ser ni lo uno ni lo otro.
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El progreso hacia el desapego y la liberación constituye para un escritor un desastre sin precedente. Más que nadie, él tiene necesidad de sus defectos: si los domina, está perdido. Que se guarde de querer ser mejor, pues si lo logra, lo lamentará amargamente.
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Debemos desconfiar de la lucidez que poseamos sobre nosotros mismos. Ese conocimiento indispone y paraliza a nuestro genio. Ahí es donde hay que buscar la razón por la cual Sócrates no escribió nada.
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Lo que hace a los malos poetas peores aún es que solo leen a poetas (así como los malos filósofos solo leen a filósofos), cuando sacarían gran provecho de un libro de botánica o de geología. Solo hay enriquecimiento cuando se frecuentan disciplinas alejadas de la propia. Es claro que esto únicamente es válido en los dominios donde el yo hace estragos.
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Tertuliano nos enseña que, para curarse, los epilépticos iban a «chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena».
Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma de terapia que adoptaría para cualquier enfermedad.
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¿Tenemos derecho de enfadarnos contra quien nos considera un monstruo? El monstruo por definición está solo, y la soledad, incluso la de la infamia, supone algo de positivo, una elección un tanto especial, pero elección, indudablemente.
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Dos enemigos son un mismo hombre dividido.
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«No juzgues a nadie sin antes haberte puesto en su lugar».
Este viejo proverbio invalida cualquier juicio, pues solo juzgamos a alguien porque, justamente, no podemos ponernos en su lugar.
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Quien ama su independencia debe estar dispuesto, para salvaguardarla, a cualquier infamia, arriesgarse incluso, si hiciera falta, a la ignominia.
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Nada tan abominable como el crítico y, con mayor razón, el filósofo que todos llevamos dentro: si yo fuera poeta reaccionaría como Dylan Thomas, quien, cuando comentaban en su presencia sus poemas, se dejaba caer al suelo en medio de convulsiones.
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Todos los que se afanan cometen injusticia tras injusticia, sin sentir el menor remordimiento. Solo mal humor. El remordimiento está reservado a quienes no actúan ni pueden actuar. Es su sustituto a la acción, los consuela de su ineficacia.
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La mayor parte de nuestras decepciones viene de nuestros primeros movimientos. El menor impulso se paga más caro que un crimen.
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Como solo recordamos con precisión los malos ratos, los enfermos, los perseguidos, las víctimas de todo género han vivido a fin de cuentas con el máximo provecho. Los otros, los afortunados, tienen una vida, es cierto, pero no el recuerdo de una vida.
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Es fastidioso quien no está dispuesto a impresionar. El vanidoso es casi siempre irritante, pero se gasta, hace un esfuerzo: es un pesado que no querría serlo, y se le agradece: termina por ser soportable y hasta por ser solicitado. En cambio, uno palidece de rabia ante aquel que no intenta causar ningún efecto. ¿Qué decirle y qué esperar de él? Hay que conservar alguno de los rasgos del mono o, si no, quedarse en casa.
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No es el temor de emprender algo, sino el temor de conseguirlo lo que explica más de un fracaso.
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Me gustaría una plegaria con palabras–puñal. Por desgracia, en cuanto se pone uno a rezar hay que hacerlo como todo el mundo. Ahí reside una de las mayores dificultades de la fe.
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Solo se teme el futuro cuando uno no está seguro de poder matarse en el momento debido.
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Ni Bossuet, ni Malebranche, ni Fénelon se dignaron a hablar de las Pensées. Por lo visto, Pascal no les parecía lo suficientemente serio.
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El antídoto del aburrimiento es el miedo. Es menester que el remedio sea más fuerte que el mal.
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¡Si pudiera elevarme al nivel de lo que hubiera querido ser! Pero no sé qué fuerza, que crece con los años, me empuja hacia abajo. Incluso para remontarme a mi superficie tengo que utilizar estratagemas en las que no puedo pensar sin ruborizarme.
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Hubo un tiempo en que cada vez que sufría una afrenta, para alejar de mí cualquier asomo de venganza, me imaginaba bien tranquilo en mi tumba. Y enseguida me ablandaba. No desdeñemos demasiado nuestro cadáver: puede sernos útil si llega el caso.
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Todo pensamiento deriva de una sensación contrariada.
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La única manera de alcanzar al prójimo en profundidad es ir hacia lo que hay de más profundo en nosotros mismos. En otros términos, es seguir el camino contrario al que toman los espíritus llamados «generosos».
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Ojalá pudiese decir como ese rabino hasideo: «La bendición de mi vida es que nunca he tenido necesidad de nada hasta haberlo poseído».
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Al permitir que el hombre sea, la naturaleza cometió algo más que un error de cálculo: cometió un atentado contra sí misma.
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El temor le vuelve a uno consciente: el temor mórbido, no el natural. De otra forma, los animales habrían alcanzado un grado de conciencia superior al nuestro.
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Como orangután propiamente dicho, el hombre es viejo; como orangután histórico, es relativamente reciente: un advenedizo que no tuvo tiempo de aprender cómo comportarse en la vida.
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Después de ciertas experiencias deberíamos cambiar de nombre, puesto que ya no somos el mismo. Todo adquiere un aspecto distinto, empezando por la muerte. Parece próxima y deseable, nos reconciliamos con ella y llegamos a considerarla «la mejor amiga del hombre», como la llama Mozart en una carta a su padre moribundo.
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Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento en que se deja de creer en el sufrimiento.
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«La verdad permanece oculta para aquel que está lleno de deseo y de odio» (Buda).
… Es decir, para todo ser viviente.
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Atraído por la soledad permanece, no obstante, en el mundo: un estilita sin columna.
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«Comete usted un error al creer en mí».
¿Quién podría hablar así? Dios y el Fracasado.
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Todo lo que llevamos a cabo, todo lo que sale de nosotros, aspira a olvidar sus orígenes, y solo lo consigue poniéndose en contra nuestra. De ahí el signo negativo que marca todos nuestros éxitos.
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No es posible decir nada de nada. Por ello es ilimitada la cantidad de libros.
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El fracaso, incluso reiterado, parece siempre nuevo; mientras que el éxito, al multiplicarse, pierde todo interés, todo atractivo. No es la desgracia, sino la felicidad, la felicidad insolente la que conduce a la acritud y al sarcasmo.
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«Un enemigo es tan útil como un Buda». Es cierto. Porque nuestro enemigo nos vigila, impide que nos abandonemos. Al señalar, al divulgar el menor de nuestros desfallecimientos, nos conduce en línea recta hacia nuestra salvación, pone en juego todo para que no seamos indignos de la idea que se ha hecho de nosotros. Así, nuestra gratitud hacia él no debería tener límites.
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Nos recuperamos y nos apegamos más al ser si hemos reaccionado contra los libros negativos y disolventes, contra su fuerza nociva. Libros reconfortantes, en suma, puesto que suscitan la energía que los niega. Cuanto más veneno contienen, más saludable es el efecto que producen, a condición de que se los lea a contracorriente, tal como debería leerse cualquier libro, empezando por el catecismo.
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El mayor servicio que se le puede brindar a un escritor es prohibirle trabajar durante un cierto tiempo. Serían necesarias tiranías de corta duración que se dedicaran a suspender cualquier actividad intelectual. La libertad de expresión sin ninguna interrupción expone el talento a un peligro mortal, lo obliga a gastarse más allá de sus recursos y le impide acumular sensaciones y experiencias. La libertad sin límites es un atentado contra el espíritu.
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La autocompasión es menos estéril de lo que se piensa. En cuanto alguien tiene el más leve ataque de autocompasión, adopta la actitud de pensador y, maravilla de maravillas, llega a pensar.
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La máxima estoica según la cual debemos plegarnos sin chistar a las cosas que no dependen de nosotros solo toma en cuenta las desgracias exteriores, que escapan a nuestra voluntad. Pero ¿cómo conformarnos con aquellas que vienen de nosotros mismos? Si somos la fuente de nuestros males, ¿a quién culpar?, ¿a nosotros mismos? Felizmente nos las arreglamos para olvidar que somos los verdaderos culpables, y, por otra parte, la existencia solo es tolerable si renovamos cada día esa mentira y ese olvido.
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Habré vivido mi vida entera con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero sitio. Si la expresión «exilio metafísico» no tuviera ningún sentido, mi propia existencia se lo daría.
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Mientras más colmado de dones está alguien, menos avanza en el plano espiritual. El talento es un obstáculo para la vida interior.
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Para salvar de la vulgaridad y la grandilocuencia a la palabra «grandeza», habría que aplicarla solamente al insomnio y a la herejía.
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En la India clásica, el sabio y el santo se reunían en una misma persona. Para darse una idea de tal logro hay que pensar, si se puede, en una fusión entre la resignación y el éxtasis, entre un estoico frío y un místico descabellado.
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El ser es sospechoso. ¿Qué decir entonces de la «vida», que constituye su desviación y su deshonra?
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Cuando nos comunican un juicio desfavorable sobre nuestra persona, en lugar de enfadarnos deberíamos pensar en todo lo malo que hemos dicho de los demás, y decirnos que es justo que también se hable así de nosotros. La ironía quiere que no exista persona más vulnerable, más susceptible, menos dispuesta a reconocer sus defectos que el maldiciente. Basta citarle la mínima parte de lo que se dice sobre él para que pierda el control, se desate y se ahogue en su bilis.
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Desde fuera, en cualquier clan, secta o partido, reina la armonía; dentro, la discordia. Los conflictos en un monasterio son tan frecuentes y están tan envenenados como en cualquier sociedad. Incluso cuando huyen del infierno, los hombres no lo abandonan sino para reconstruirlo en otra parte.
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La menor conversión es vivida como un avance. Afortunadamente existen excepciones.
Me gusta esa secta judía del siglo XVIII en la que se adherían al cristianismo por voluntad de perderse, y también me gusta aquel indio de Sudamérica que, habiéndose convertido también, se lamentaba de tener que ser pasto de los gusanos en vez de ser devorado por sus hijos, honor que le hubiera sido rendido si no hubiese abjurado de las creencias de su tribu.
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Es normal que el hombre ya no se interese por la religión sino por las religiones, pues solo a través de ellas podrá comprender las múltiples versiones de su hundimiento espiritual.
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Al recapitular las etapas de nuestra carrera, es humillante comprobar que no tuvimos los reveses que merecíamos y que teníamos derecho a esperar.
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La perspectiva de un fin más o menos próximo excita en algunos su energía, buena o mala, y los sumerge en una furia de actividad. Suficientemente cándidos como para querer perpetuarse por su empeño o su obra, se afanan por terminarla, por rematarla: no pierden ni un momento…
La misma perspectiva invita a otros a hundirse en el qué–más–da, en una clarividencia estancada, en las irrecusables verdades del marasmo.
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«¡Maldito sea quien en las futuras reimpresiones de mis obras cambie a sabiendas cualquier cosa, ya sea una frase o una sola palabra, una sílaba, una letra, un signo de puntuación!».
¿Fue el filósofo o fue el escritor quien hizo hablar así a Schopenhauer? Los dos al mismo tiempo, y esta conjunción (si se piensa en el pésimo estilo de cualquier obra filosófica) es poco frecuente. No es Hegel quien hubiera proferido semejante maldición. Ni ningún otro filósofo de primera magnitud, excepto Platón.
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Nada más exasperante que la ironía sin falla, sin descanso, que no le deja a uno tiempo para respirar, y menos para reflexionar; la ironía que, en vez de pasar desapercibida, de ser ocasional, es masiva, es automática, y está en las antípodas de su naturaleza esencialmente delicada. Tal es, en todo caso, el uso que de ella hace el alemán, el ser que, por haber meditado tanto sobre ella, es el menos capaz de practicarla.
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La ansiedad no es provocada por nada; busca una justificación y, para conseguirlo, emplea cualquier cosa, los pretextos más miserables, a los que se aferra después de haberlos inventado. Realidad en sí misma que precede a sus expresiones particulares, a sus variedades, la ansiedad se suscita, se engendra a sí misma, es «creación infinita», mucho más apta, como tal, para recordar las maniobras de la divinidad que las de la psique.
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Tristeza automática: un robot elegiaco.
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Ante una tumba se imponen las palabras juego, impostura, broma, sueño. Imposible pensar que la existencia sea un fenómeno serio. Certeza de un engaño desde el principio, en la base. Se debería escribir en el dintel de los cementerios: «Nada es trágico. Todo es irreal».
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No olvidaré fácilmente la expresión de horror sobre ese que fue su rostro, el rictus, el espanto, el extremo desconsuelo y la agresividad. No estaba contento, no. Jamás he visto a alguien tan a disgusto en su ataúd.
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No mires hacia atrás ni hacia delante, mira en ti sin temor ni nostalgia. Nadie profundiza en sí mismo mientras permanezca esclavo del pasado o del futuro.
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Es poco elegante reprocharle a alguien su esterilidad cuando está postulada, cuando es su forma de realización, su sueño…
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Las noches en que hemos dormido son como si no existieran. Solo permanecen en nuestra memoria aquellas en que no hemos pegado un ojo: noche quiere decir noche en blanco.
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Para no tener que resolverlas, he transformado todas mis dificultades prácticas en dificultades teóricas. Frente a lo Insoluble, por fin respiro.
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A un estudiante que quería saber qué pensaba del autor de Zaratustra, le dije que había dejado de leerlo desde hacía tiempo. ¿Por qué?, me preguntó. Porque lo encuentro demasiado ingenuo…
Le reprocho sus arrebatos y hasta sus fervores. Demolió ídolos solo para reemplazarlos por otros. Un falso iconoclasta con visos de adolescente, y no sé qué virginidad, qué inocencia inherentes a su carrera de solitario. Solo observó a los hombres desde lejos. Si los hubiese visto de cerca, nunca habría podido concebir ni preconizar al superhombre, visión extravagante, risible, si no grotesca, quimera o antojo que solo podía surgir en la mente de quien no tuvo tiempo de envejecer, de conocer el desapego, el largo hastío sereno.
Mucho más cercano encuentro a un Marco Aurelio. No vacilo entre el lirismo del frenesí y la prosa de la aceptación: encuentro mucho más consuelo, e incluso más esperanza, en un emperador fatigado que en un profeta fulgurante.