Si en vez de expandiros y de provocaros un estado de euforia enérgica, vuestros infortunios os deprimen y os amargan, sabed que no tenéis vocación espiritual.
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Estamos tan habituados a vivir a la expectativa, a apostar por el futuro, o por un simulacro de futuro, que solo hemos concebido la idea de inmortalidad por necesidad de esperar durante la eternidad.
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Toda amistad es un drama oculto, una serie de heridas sutiles.
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Lutero muerto, cuadro de Lucas Fortnagel. Expresión aterradora, agresiva, plebeya, de una sublimidad porcina… Traduce bien los rasgos de aquel a quien no sabríamos alabar bastante por haber dicho: «Los sueños son engañosos; cagarse en la cama, eso es lo verdadero».
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Cuanto más se vive, menos útil parece el haber vivido.
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Esas noches de mis veinte años en que pasaba horas con la frente pegada a los cristales mirando la oscuridad…
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Ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse.
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Aprender a no dejar huellas es una guerra de cada instante que libramos contra nosotros mismos con el único fin de demostrarnos que, si nos empeñásemos, podríamos llegar a sabios…
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Existir es un estado tan inconcebible como su contrario, ¿qué digo?, más inconcebible aún.
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En la Antigüedad, los «libros» eran tan costosos que no se podían acumular a menos de ser rey, tirano o… Aristóteles, el primero en poseer una biblioteca digna de ese nombre.
Un cargo más en el expediente de ese filósofo tan funesto ya en tantos sentidos.
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Si me apegara a mis convicciones más íntimas, dejaría de manifestarme, de reaccionar de cualquier manera. Ahora bien, todavía soy capaz de sensaciones…
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Por muy horrible que sea un monstruo, nos atrae secretamente, nos persigue, nos obsesiona. Representa, aumentadas, nuestra superioridad y nuestras miserias, nos proclama, es nuestro portaestandarte.
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En el transcurso de los siglos, el hombre se ha esforzado en creer, ha pasado de dogma en dogma, de ilusión en ilusión, y ha consagrado muy poco tiempo a las dudas, breves intervalos entre sus periodos de ceguera. A decir verdad, no eran dudas, sino pausas, momentos de descanso consecutivos a las fatigas de la fe, de cualquier fe.
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Es incomprensible que aquel que goza de la inocencia, estado perfecto, quizá el único perfecto, quiera salir de él. Sin embargo, la historia, desde sus inicios hasta nuestros días, no es más que eso.
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Cierro las cortinas y espero. De hecho no espero nada, solamente me torno ausente. Limpio, aunque solo sea por unos segundos, de las impurezas que opacan y obstruyen el espíritu, accedo a una conciencia vacía del yo, y me siento tan calmado como si reposara fuera del universo.
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En un exorcismo de la Edad Media, se enumeran todas las partes del cuerpo, incluso las mínimas, que el demonio debe abandonar: se diría un tratado de anatomía loco que seduce por el exceso de precisión, por la profusión de detalles y lo inesperado. Un encantamiento minucioso. ¡Fuera de las uñas! Es insensato pero no exento de efecto poético. Pues la verdadera poesía no tiene nada en común con la «poesía».
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En todos nuestros sueños sin excepción, incluso si se remontan al Diluvio, está presente, aunque solo sea durante una fracción de segundo, algún incidente mínimo que hemos presenciado la víspera. Esta regularidad que no he dejado de comprobar durante años es la única constante, la única ley o apariencia de ley que me ha sido dado comprobar en el increíble embrollo nocturno.
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La fuerza disolvente de la conversación. Se comprende por qué tanto la meditación como la acción precisan del silencio.
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La certeza de no ser más que un accidente me ha acompañado en todas las circunstancias, propicias o contrarias, y aunque me ha preservado de la tentación de creerme necesario, no me ha curado, sin embargo, de un cierto engreimiento inherente a la pérdida de las ilusiones.
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Es raro encontrar un espíritu libre y, cuando se encuentra, se percibe que lo mejor de él mismo no se revela en sus obras (cuando se escribe, se llevan misteriosamente cadenas), sino en sus confidencias, donde, liberado de sus convicciones o de sus posturas, así como de cualquier preocupación por el rigor o la honorabilidad, despliega sus debilidades. Y donde ejerce el papel de hereje frente a sí mismo.
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Si el forastero no es creador en materia de lenguaje es porque quiere hacerlo tan bien como los autóctonos: lo logre o no, esa ambición es su pérdida.
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Empiezo y vuelvo a empezar una carta, no avanzo, me atasco, ¿qué decir y cómo? Ni siquiera sé ya a quién estaba dirigida. Solo la pasión o el interés encuentran de inmediato el tono necesario. Por desgracia, el desapego es indiferencia para el lenguaje, insensibilidad frente a las palabras. Ahora bien, al perder el contacto con las palabras, se pierde el contacto con los seres.
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En un momento dado, todos hemos tenido una experiencia extraordinaria que será, a causa de su recuerdo, el obstáculo capital para la metamorfosis interior.
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Solo conozco la paz cuando mis ambiciones se adormecen. En cuanto se despiertan, la inquietud regresa. La vida es un estado de ambición. El topo que horada sus túneles es ambicioso. En efecto, la ambición se encuentra en todo, se ven sus huellas incluso en los rostros de los muertos.
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Ir a la India en busca del Vedanta o del budismo es tanto como ir a Francia en pos del jansenismo. Y todavía este es más reciente, puesto que apenas hace tres siglos que desapareció.
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No hay pizca de realidad en ninguna parte, salvo en mis sensaciones de no–realidad.
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Existir sería una empresa absolutamente impracticable si dejáramos de darle importancia a lo que no la tiene.
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¿Por qué la Guitá sitúa tan alto «la renuncia al fruto de los actos»?
Porque esa renuncia es rara, irrealizable, contraria a nuestra naturaleza, y porque alcanzarla es destruir al hombre que se ha sido y que se es, matar en uno mismo todo el pasado, la labor de milenios, liberarse, en una palabra, de la Especie, de esa odiosa e inmemorial chusma.
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Habría que haberse conservado en estado de larva, eximirse de evolucionar, permanecer inacabado, complacerse en la siesta de los elementos y consumirse tranquilamente en un éxtasis embrionario.
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La verdad reside en el drama individual. Si realmente sufro, sufro más que un individuo, sobrepaso la esfera de mi yo y me uno a la esencia de los otros. La única manera de encaminarnos hacia lo universal es ocuparnos únicamente de lo que nos atañe.
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Cuando uno está firme en la duda, se experimenta más voluptuosidad haciendo consideraciones sobre ella que poniéndola en práctica.
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Si se quiere conocer un país, deben leerse sus escritores de segunda fila, pues son los únicos que reflejan su verdadera naturaleza. Los otros denuncian o transfiguran la nulidad de sus compatriotas: no quieren ni pueden situarse al mismo nivel que ellos. Son testigos sospechosos.
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En mi juventud me ocurría no pegar ojo durante semanas. Vivía en lo nunca vivido, tenía el sentimiento de que el tiempo de siempre, con el conjunto de sus instantes, se había recogido y concentrado en mí, donde culminaba y triunfaba. Claro que lo hacía avanzar, yo era su promotor y mandadero, la causa y la sustancia, y participaba en sus apoteosis como agente y como cómplice. En cuanto el sueño se va, lo increíble se torna cotidiano, fácil: entramos en él sin preparativos, nos instalamos, nos revolcamos en él.
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El número prodigioso de horas que he gastado preguntándome sobre el «sentido» de todo lo que es, de todo lo que sucede… Pero los espíritus serios saben que ese todo no tiene ningún sentido. Así que utilizan su tiempo y su energía en tareas más útiles.
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Mis afinidades con el byronismo ruso, de Pechorin a Stavroguin, mi hastío y mi pasión por el hastío.
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Fulano, a quien no estimo especialmente, estaba relatándome una historia tan estúpida que me desperté sobresaltado. Aquellos a quienes no amamos difícilmente brillan en nuestros sueños.
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Faltos de ocupación, los viejos parecen querer resolver algo muy complicado y dedicar a ello todas las facultades de que aún disponen. Esa es quizá la razón por la cual no se suicidan en masa como deberían hacerlo si estuviesen un poquitín menos absortos.
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El amor más apasionado no acerca tanto a dos seres como la calumnia. Inseparables, el calumniador y el calumniado constituyen una unidad «trascendente», están soldados para siempre el uno al otro. Nada podrá separarlos. Uno hace el mal, el otro lo sufre, pero si lo sufre es porque se ha acostumbrado a él, porque no puede prescindir de él, e incluso lo desea. Sabe que sus deseos se verán satisfechos, que no será olvidado nunca, que estará, pase lo que pase, eternamente presente en el espíritu de su infatigable benefactor.
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El monje errante es lo mejor que hemos hecho hasta ahora. Llegar a no tener a qué renunciar. Ese debería ser el sueño de todo espíritu desengañado.
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La negación sollozante: única forma tolerable de negación.
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¡Feliz Job, que no estaba obligado a comentar sus lamentos!
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Altas horas de la noche. Me gustaría desencadenarme y fulminar, emprender una acción sin precedente para relajarme, pero no veo ni contra quién ni contra qué…
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Madame d´Heudicourt, dice Saint-Simon, nunca había hablado bien de nadie sino era con «algunos peros abrumadores».
Maravillosa definición, no de la maledicencia, sino de la conversación en general.
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Todo lo que está vivo hace ruido. ¡Qué alegato para el mineral!
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Bach era pendenciero, marrullero, cicatero ávido de títulos, de honores, etcétera. Y eso ¿qué importa? Un musicólogo, enumerando las cantatas que tienen por tema la muerte, ha llegado a decir que nunca hubo mortal que sintiera por ella tal nostalgia. Solo eso importa. Lo demás atañe a la biografía.
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La desgracia de ser incapaz de alcanzar estados neutros no siendo mediante la reflexión y un gran esfuerzo. Lo que un idiota alcanza de entrada, a uno le cuesta luchar día y noche para conseguirlo, y aun así, por ráfagas.
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Siempre he vivido con la visión de una inmensidad de instantes marchando contra mí. El tiempo ha sido mi bosque de Dunsinane.
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Las preguntas penosas o lacerantes que nos hacen los malcriados nos irritan, nos turban y pueden tener sobre nosotros el mismo efecto que algunos procedimientos utilizados por cierta técnica oriental. Una estupidez espesa, agresiva, ¿por qué no habría de producir la iluminación? Tiene el mismo valor que un bastonazo en la cabeza.
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El conocimiento no es posible, y, si a pesar de todo lo fuera, no resolvería nada. Esa es la posición del que duda. ¿Qué quiere pues, qué busca? Ni él ni nadie lo sabrán jamás.
El escepticismo es la embriaguez del atolladero.
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Asediado por los demás, intento desprenderme de ellos, sin mucho éxito, debo reconocerlo. No obstante, cada día logro encontrar algunos segundos para conversar con aquel que hubiera querido ser.
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Llegados a cierta edad, se debería cambiar de nombre y refugiarse en un rincón perdido donde nadie conociera a nadie, donde no recibiera uno a amigos ni a enemigos, donde fuera posible llevar la vida de un malhechor exhausto.
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No se puede reflexionar y ser modesto. En cuanto el espíritu se pone en movimiento, ocupa el lugar de Dios o de cualquier otra cosa. Se transforma en indiscreción, en usurpación, en profanación. No «trabaja», disloca. Las tensiones que su actividad trasluce revelan su carácter brutal, implacable. Sin una buena dosis de ferocidad no se podría llevar un pensamiento hasta el fin.
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La mayor parte de los alborotadores, de los visionarios y de los salvadores han sido epilépticos o dispépticos. Sobre las virtudes de la epilepsia, hay unanimidad; a los trastornos gástricos se los reconoce menos mérito. No obstante, nada incita mejor a trastornarlo todo que una mala digestión.
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Mi misión es sufrir por todos aquellos que sufren sin saberlo. Tengo que pagar por ellos, expiar su inconsciencia, la suerte de ignorar hasta qué punto son desgraciados.
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Cada vez que el Tiempo me martiriza, me digo que uno de los dos va a estallar, que no es posible continuar indefinidamente en ese cruel enfrentamiento…
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Cuando estamos en los límites del tedio, todo lo que viene a alimentarlo, a ofrecerle una sobredosis de materia, lo eleva a un nivel tan desmesurado que ya no podemos seguirlo, ¿por qué extrañarse entonces que dejemos de considerarlo propio?
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Una desgracia predicha, cuando por fin ocurre, es diez, cien veces más difícil de soportar que una desgracia que no esperábamos. A lo largo de nuestras aprehensiones, la habíamos vivido por adelantado, y, cuando surge, los tormentos pasados se agregan a los presentes para formar, juntos, una masa de peso intolerable.
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Es obvio que Dios era una solución y que nunca se encontrará otra tan satisfactoria.
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El hombre del Rubicón había perdonado a demasiada gente, después de Farsalia. Una magnanimidad tal pareció ofensiva a aquellos de sus amigos que lo habían traicionado y a los que había humillado tratándolos sin rencor. Se sentían disminuidos, burlados, y lo castigaron por su clemencia y por su desprecio: ¡Así que se negaba a rebajarse al resentimiento! Lo hubiesen perdonado si se hubiera comportado como un tirano. Pero le reprochaban el que no se hubiese dignado a inspirarles suficiente miedo.
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Todo lo que es engendra, tarde o temprano, la pesadilla. Intentemos, pues, inventar algo mejor que el ser.
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La filosofía, que se había impuesto como tarea minar las creencias, en cuanto vio que el cristianismo se extendía y que estaba a punto de triunfar, hizo causa común con el paganismo cuyas supersticiones le parecieron preferibles a las necedades triunfantes. Atacando y demoliendo a los dioses creyó liberar los espíritus: en realidad, los entregaba a una nueva esclavitud, peor que la antigua, pues el dios que iba a sustituir a los dioses no tenía ninguna inclinación especial por la tolerancia ni por la ironía.
Se objetará que la filosofía no es responsable del advenimiento de ese dios y que no era él lo que recomendaba. Sin duda, pero debió de haber sospechado que no se derriba impunemente a los dioses, que otros vendrían a ocupar su lugar y que nada iba a ganar ella con el cambio.
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El fanatismo es la muerte de la conversación. No se charla con un candidato al martirio. ¿Qué decirle a alguien que se niega a entender vuestras razones y que, desde el momento en que uno no acepta las suyas, prefiere morir a ceder? Al menos los diletantes y los sofistas aceptan todas las razones…
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Decirle a alguien lo que uno piensa de él y de lo que hace es investirse de una superioridad abusiva. La franqueza no es compatible con un sentimiento delicado, ni siquiera con una exigencia ética.
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Son nuestros allegados los que con mayor gusto ponen nuestros méritos en duda. La regla es universal: ni Buda se salvó. Fue uno de sus primos el que más se encarnizó contra él, y solo después, Mara, el diablo.
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Para el ansioso no hay diferencia entre éxito y fracaso. Su reacción frente a ambos es la misma. Los dos le molestan igualmente.
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Cuando me preocupa un poco más de la cuenta el no poder trabajar, me digo que bien podría estar muerto y que entonces trabajaría aún menos…
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Antes en una alcantarilla que en un pedestal.
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Las ventajas de un estado de eterna virtualidad me parecen tan considerables que, cuando las enumero, no deja de asombrarme que el paso al ser haya podido producirse.
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Existencia igual a Tormento. La ecuación me parece evidente. No lo es para uno de mis amigos. ¿Cómo convencerlo? No puedo prestarle mis emociones; ahora bien, solo ellas tendrían el poder de persuadirlo, de aportarle ese suplemento de malestar que reclama con insistencia desde hace tanto tiempo.
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Si se ven negras las cosas es porque uno las sopesa en la oscuridad, porque en general los pensamientos son fruto de vigilias, es decir, de oscuridad. No pueden adaptarse a la vida porque no han sido pensadas con miras a la vida. La idea de las consecuencias que podrían tener ni siquiera roza la mente. Estamos fuera de cualquier cálculo humano, de cualquier idea de salvación o de condenación, de ser o de no–ser, en un silencio aparte, modalidad superior de vacío.
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No haber digerido todavía la afrenta de nacer.
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Prodigarse en conversaciones como un epiléptico en sus crisis.
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Para vencer la perturbación o una inquietud tenaz, no hay nada como imaginar el propio entierro. Método eficaz y al alcance de todos. Para no tener que recurrir muy a menudo a él durante el día, lo mejor es probar sus beneficios desde el despertar. O no utilizarlo más que en momentos excepcionales, como el papa Inocencio IX, quien, habiendo encargado un cuadro en el que se representaba en su lecho de muerte, lo miraba cada vez que tenía que tomar una decisión importante.
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No hay negador que no esté sediento de algún catastrófico sí.
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Se puede asegurar que el hombre nunca alcanzará profundidades comparables a las que conoció durante siglos de diálogo egoísta con su Dios.
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¡No hay un solo instante en que no sea exterior al universo!
… Me acababa de compadecer de mí mismo, de mi condición de desgraciado, cuando me di cuenta de que los términos con que calificaba mi desgracia eran los mismos que definen la primera particularidad del «ser supremo».
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Aristóteles, Tomás de Aquino, Hegel: tres avasalladores del espíritu. La peor forma de despotismo es el sistema, en filosofía y en todo.
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Dios es lo que sobrevive a la evidencia de que nada merece ser pensado.
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De joven, ningún placer igualaba al de crearme enemigos. Hoy, en cuanto tengo uno, mi primer impulso es el de reconciliarme con él para no tener que preocuparme más. Tener enemigos es una gran responsabilidad. Mi carga me basta, ya no puedo llevar la de los demás.
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La alegría es una luz que se devora a sí misma, inagotable; es el sol de sus principios.
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Unos días antes de su muerte, Claudel observaba que no se debería llamar a Dios infinito sino inagotable. ¡Como si no fuera lo mismo, o casi! No quita que esta preocupación por la exactitud, ese escrúpulo verbal en el momento en que percibía que su «contrato» estaba a punto de expirar, sea más exaltante que una palabra o un gesto «sublime».
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Lo insólito no constituye un criterio. Paganini es más sorprendente y más imprevisible que Bach.
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Habría que repetirse cada día: soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la Tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta o acto: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza o rebeldía.
… De lo que se concluye que cada cual tiene razón en hacer lo que hace.
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Tzimtzum. Esta palabra divertida designa uno de los conceptos mayores de la Cábala. Para que el mundo existiera, Dios, que era todo y estaba en todas partes, consintió en encogerse, en dejar un espacio vacío, que no estuviera habitado por él: fue en ese «agujero» donde se creó el mundo.
Así que ocupamos ese terreno baldío que nos concedió por misericordia o por capricho. Para que nosotros estuviéramos se contrajo, limitó su soberanía. Somos el producto de su disminución voluntaria, de su desaparición, de su ausencia parcial. En su locura se amputó por nosotros. ¡Cómo no tuvo el sentido común y el buen gusto de permanecer entero!
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En el «Evangelio según los egipcios», Jesús proclama: «Los hombres serán víctimas de la muerte mientras sean engendrados por mujeres». Y precisa: «He venido a destruir las obras de la mujer».
Conociendo las verdades extremas de los gnósticos, uno quisiera ir más lejos aún, decir algo nunca dicho que petrifique o pulverice a la historia, algo que haga pensar en un neronismo cósmico, en una demencia a escala de la materia.
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Traducir una obsesión es proyectarla fuera de uno, es expulsarla, exorcizarla. Las obsesiones son los demonios de un mundo sin fe.
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El hombre acepta la muerte pero no la hora de su muerte. Morir cuando sea, salvo cuando haya que morir.
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En cuanto entramos en un cementerio, un sentimiento completamente irrisorio barre cualquier preocupación metafísica. Aquellos que buscan «misterio» por todas partes no van necesariamente al fondo de las cosas. Muy a menudo el «misterio», como lo «absoluto», solo corresponde a un tic del espíritu. Es una palabra que solo debería utilizarse cuando no queda otro remedio, en casos verdaderamente desesperados.
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Si reviso aquellos de mis proyectos que han quedado en eso y los que se han realizado, no puedo menos de lamentar el que estos últimos no hayan tenido la suerte de los primeros.
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«Aquel que tiene inclinaciones hacia la lujuria es compasivo y misericordioso; los que tienen inclinación hacia la pureza no lo son» (San Juan Clímaco).
Para denunciar con tal claridad y vigor no las mentiras, sino la esencia misma de la moral cristiana, y de cualquier moral, era menester un santo, ni más ni menos.
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Aceptamos sin temor la idea de un sueño ininterrumpido; en cambio, un despertar eterno (la inmortalidad, si fuera concebible, sería eso) nos hunde en el terror.
La inconsciencia es una patria; la conciencia, un exilio.
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Cualquier impresión profunda es voluptuosa o fúnebre, o ambas a la vez.
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Nadie como yo ha estado persuadido de la futilidad de todo, nadie tampoco ha tomado tan a lo trágico tal cantidad de cosas fútiles.
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Ishi, indio americano, el último de su clan, después de permanecer escondido durante años por temor a los blancos, acorralado, se entregó un día voluntariamente a los exterminadores de los suyos. Creyó que le reservarían la misma suerte. Se le festejó. No tenía posteridad, era en verdad el último.
Una vez destruida la humanidad, o simplemente extinguida, es posible imaginar un sobreviviente, el único, errando por la Tierra sin siquiera tener a quién entregarse…
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En lo más íntimo de sí mismo el hombre aspira a alcanzar la condición que tenía antes de la conciencia. La historia es solo el rodeo que da para conseguirlo.
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Una sola cosa importa: aprender a ser perdedor.
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Todo fenómeno es una versión degradada de otro fenómeno más vasto: el tiempo, una tara de la eternidad; la historia, una tara del tiempo; la vida, otra tara, de la materia.
¿Qué sería entonces lo normal, lo sano? ¿Acaso la eternidad? Ella misma no es más que una tara de Dios.