adorno

VIII

 

 

 

Sin la idea de un universo fracasado, el espectáculo de la injusticia bajo todos los regímenes llevaría, incluso a un abúlico, a la camisa de fuerza.

 

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Aniquilar da un sentimiento de poder y anima algo oscuro, original, en nosotros. No es construyendo sino pulverizando como podemos adivinar las satisfacciones secretas de un dios. De ahí el atractivo por la destrucción y las ilusiones que suscita en los frenéticos de cualquier edad.

 

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Cada generación vive en el absoluto: se comporta como si hubiese llegado a la cima, incluso al fin de la historia.

 

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Cualquier pueblo, en determinado momento de su carrera, se cree elegido. Entonces es cuando da lo mejor y lo peor de sí mismo.

 

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No es fruto del azar que la Trapa haya nacido en Francia, y no en Italia o en España. Los españoles y los italianos hablan sin parar, ya se sabe, pero no se escuchan hablar, mientras que el francés saborea su elocuencia, nunca olvida que está hablando, no se puede ser más consciente de ello. Solo él podía considerar el silencio como una prueba y una ascesis.

 

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Lo que me disgusta de la Revolución Francesa es que todo ocurre sobre un escenario, que sus promotores son actores natos, que la guillotina no es más que un decorado. En su conjunto, que la historia de Francia parece una historia por encargo, una historia escenificada: todo en ella es perfecto desde el punto de vista teatral. Es una representación, un conjunto de gestos, de acontecimientos que, más que experimentarse, se miran: un espectáculo de diez siglos. De ahí la impresión de frivolidad que, visto de lejos, da también el período del Terror.

 

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Las sociedades prósperas son mucho más frágiles que las otras ya que no les queda sino esperar su propia ruina, pues el bienestar no es un ideal cuando se posee, y mucho menos cuando está ahí desde generaciones atrás. Sin olvidar que la naturaleza no lo ha incluido en sus cálculos, y que no podría hacerlo sin perecer.

 

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Si las naciones se tornaran apáticas al mismo tiempo, no habría más conflictos, más guerras, más imperios. Pero la desgracia quiere que haya pueblos jóvenes, y gente joven; obstáculo mayor a los sueños de los filántropos: hacer que todos los hombres alcancen el mismo grado de lasitud y de aborregamiento…

 

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Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores.

 

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Lo propio de los regímenes en agonía es permitir una mezcla confusa de creencias y de doctrinas, y crear, al mismo tiempo, la ilusión de que se podrá retrasar indefinidamente la hora de la elección…

De ahí, y únicamente de ahí, deriva el encanto de los períodos prerrevolucionarios.

 

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Solo los falsos valores están en curso, pues todo el mundo puede asimilarlos, deformarlos (lo falso en segundo grado). Una idea que tiene éxito es necesariamente una pseudoidea.

 

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Las revoluciones son lo sublime de la mala literatura.

 

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Lo molesto en las desgracias públicas es que cualquiera se estima competente para hablar de ellas.

 

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El derecho de suprimir a todos los que nos fastidian debería figurar en primer término de la Constitución de la Ciudad Ideal.

 

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Lo único que debería enseñárse a los jóvenes es que no hay nada, o casi nada, que esperar de la vida. Pienso en un Cuadro de los desengaños colocado en las escuelas y en el que estarían representadas todas las decepciones reservadas a cada cual.

 

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Según la princesa palatina, Madame de Maintenon tenía costumbre de repetir durante los años en que, muerto el rey, ya no tenía ningún papel: «Desde hace tiempo reina un espíritu de vértigo que se extiende por todas partes».

Ese «espíritu de vértigo» es lo que siempre han sentido los perdedores, con toda razón, y se podría reconsiderar toda la historia a partir de esta fórmula.

 

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El progreso es la injusticia que cada generación comete con respecto a la que la precede.

 

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Los saciados se odian a sí mismos, y no secretamente sino en público, y desean ser barridos de una u otra forma. En todo caso, prefieren que sea con su propia colaboración. Ese es el aspecto más curioso, más original de una situación revolucionaria.

 

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Un pueblo solo hace una revolución. Los alemanes nunca han repetido la hazaña de la Reforma, o, mejor dicho, la han repetido sin igualarla. Francia ha permanecido siempre tributaria del año 1789. Válida también para Rusia y para todos los países, esta tendencia a plagiarse a sí mismos en materia de revoluciones reconforta y aflige al mismo tiempo.

 

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Los romanos de la decadencia solo apreciaban lo que más habían despreciado en tiempos de su vigor: el ocio griego (otium graecum).

La analogía con las naciones civilizadas de hoy es tan flagrante que sería indecente insistir.

 

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Alarico decía que un «demonio» lo empujaba contra Roma.

Toda civilización extenuada espera a su bárbaro, y todo bárbaro espera a su demonio.

 

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El Occidente: una podredumbre que huele bien, un cadáver perfumado.

 

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Todos esos pueblos eran grandes porque tenían grandes prejuicios. Ya no los tienen. ¿Son todavía naciones? Todo lo más, multitudes disgregadas.

 

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Los blancos merecen cada vez más el nombre de pálidos que les daban los indios en América.

 

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En Europa la felicidad termina en Viena. Más allá, desde siempre, maldición tras maldición.

 

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Los romanos, los turcos, los ingleses pudieron formar imperios duraderos porque, reacios a cualquier doctrina, no les impusieron ninguna a las naciones sojuzgadas. Nunca hubiesen logrado ejercer una hegemonía tan larga si hubiesen estado afectados por algún vicio mesiánico. Opresores inesperados, administradores y parásitos, señores sin convicciones, tenían el arte de combinar autoridad e indiferencia, rigor y descuido. Ese arte, el secreto del verdadero señor, es el que les faltó a los españoles de antaño, tal como les falta a los conquistadores de nuestro tiempo.

 

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Mientras una nación conserva la conciencia de su superioridad, es feroz y respetada; en cuanto la pierde, se humaniza, y deja de ser tomada en cuenta.

 

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Cuando echo pestes contra nuestra época, me basta, para volverme a serenar, pensar en lo que ocurrirá, en la envidia retrospectiva de los que nos sigan. Por un lado pertenecemos a la vieja humanidad, la que aún podría añorar el paraíso. Pero los que vengan después de nosotros ni siquiera tendrán el recurso de esta añoranza, pues ignorarán el concepto de paraíso, incluso la palabra misma.

 

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Mi visión del futuro es tan precisa que, si tuviera hijos, los estrangularía en el acto.

 

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Cuando uno piensa en los salones berlineses de la época romántica, en el papel que tuvieron una Henriette Hertz o una Rahel Levin, en la amistad que unía a esta última con el príncipe heredero Luis Fernando, y se dice uno que, de haber vivido en este siglo, habrían perecido en alguna cámara de gas, no es posible dejar de considerar la creencia en el progreso como la más falsa y la más tonta de las supersticiones.

 

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Hesíodo fue el primero en elaborar una filosofía de la historia. También él lanzó la idea de decadencia. ¡Qué luz hizo sobre el devenir histórico! Si, en el corazón de los orígenes, en pleno mundo poshomérico, estimaba que la Humanidad estaba en la Edad de Hierro, ¿qué hubiera dicho algunos siglos más tarde?, ¿qué diría hoy?

Salvo en las épocas obnubiladas por la frivolidad o la utopía, el hombre siempre ha pensado que se encontraba en la antesala de lo peor. Sabiendo lo que sabía, ¿por qué milagro ha podido variar continuamente sus deseos y sus terrores?

 

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Cuando se introdujo la electricidad en mi pueblo natal, después de la guerra del catorce, primero se produjo un murmullo general, y después una desolación muda. Pero cuando la instalaron en las iglesias (había tres) todos se persuadieron de la llegada del Anticristo y del fin de los tiempos.

Esos campesinos de los Cárpatos habían visto claramente, habían visto lejos. Ellos, que salían de la prehistoria, sabían ya entonces lo que los civilizados empiezan a saber hoy.

 

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A causa de mi prejuicio en contra de todo lo que termina bien, me vino el gusto por las lecturas históricas.

Las ideas no saben agonizar; mueren, claro está, pero sin saber morir, en tanto que un acontecimiento solo existe en relación a su fin. Razón suficiente para preferir la compañía de historiadores a la de filósofos.

 

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Durante su célebre embajada en Roma, en el segundo siglo antes de nuestra era, Carnéades aprovechó para hablar el primer día a favor de la idea de justicia, y, el segundo, contra ella. A partir de ese momento la filosofía, hasta entonces inexistente en este país de sanas costumbres, empezó a hacer sus estragos. ¿Qué es, pues, la filosofía? El gusano en el fruto…

Catón el Censor, que había asistido a las hazañas dialécticas del griego, se asustó y pidió al Senado que se reparara la ofensa de a los delegados de Atenas lo antes posible, tan peligrosa y dañina consideraba su presencia. La juventud romana no debía frecuentar espíritus tan disolventes.

En el plano moral, Carnéades y sus compañeros eran tan temibles como los cartagineses en el militar. Las naciones en ascenso temen, sobre todo, la ausencia de prejuicios y de prohibiciones, el mismo impudor intelectual que constituye el atractivo de las civilizaciones agonizantes.

 

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Por haber salido victorioso en todas sus empresas, Hércules fue castigado. También Troya, demasiado afortunada, hubo de perecer.

Pensando en esta visión común a los trágicos, uno termina por considerar, aunque no quiera, que el mundo llamado libre, colmado con todas las bendiciones, conocerá inevitablemente el destino de Ilión, pues la envidia de los dioses sobrevive a su desaparición.

 

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«Los franceses ya no quieren trabajar, todos quieren escribir», me decía mi portera sin saber que estaba haciendo el proceso a las viejas civilizaciones.

 

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Una sociedad está condenada cuando ya no tiene fuerzas para ser obtusa. Con un espíritu abierto, demasiado abierto, ¿cómo podría protegerse de los excesos, de los riesgos mortales de la libertad?

 

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Las disputas ideológicas alcanzan su paroxismo en los países donde se ha luchado a causa de las palabras, donde se muere por ellas…, en los países, en suma, donde se han conocido guerras de religión.

 

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El pueblo que ha agotado su misión es como un autor que se repite, o mejor, que ya no tiene nada que decir. Pues repetirse es demostrar que uno cree aún en sí mismo, en lo que ha sostenido. Pero una nación acabada ni siquiera tiene ya la fuerza de remachar sus lemas de antaño, los mismos que afirmaron su preeminencia y su esplendor.

 

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El francés se ha convertido en una lengua provinciana. Los autóctonos se adaptan a ello. Solo el advenedizo se encuentra inconsolable. Solo él viste luto por el Matiz…

 

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Al intérprete de los embajadores enviados por Jerjes para pedir a los atenienses la tierra y el agua, Temístocles lo hizo condenar a muerte mediante un decreto aprobado por todos «por haber osado emplear la lengua griega para expresar las órdenes de un bárbaro».

Solo en la cima de su carrera puede un pueblo cometer una acción semejante. En cuanto deja de creer en su idioma y deja de pensar que es la forma suprema de expresión, la lengua por excelencia, ese pueblo decae, se encuentra fuera de circulación.

 

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Un filósofo del siglo pasado sostuvo, en su candor, que La Rochefoucauld tenía razón en cuanto al pasado, pero que sería invalidado por el futuro. La idea de progreso deshonra el intelecto.

 

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Mientras más avanza el hombre, menos capacidad tiene para resolver problemas, y, cuando, en el colmo de la ceguera, esté persuadido de que se encuentra a punto de lograrlo, sobrevendrá lo inimaginable.

 

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En última instancia, me tomaría una molestia por el Apocalipsis, pero no por una revolución… Colaborar con un final o con una génesis, con una calamidad última o inicial, sí; pero no con un cambio hacia un algo mejor o peor.

 

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Solo tiene convicciones quien no ha profundizado en nada.

 

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A la larga, la tolerancia engendra más males que la intolerancia. Si este hecho es exacto, constituye la acusación más grave que se le pueda hacer al hombre.

 

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En cuanto los animales dejan de sentir mutuo temor, caen en la estupidez y adquieren ese aspecto agobiado que presentan en los parques zoológicos. Los individuos y los pueblos ofrecerían el mismo espectáculo si un día llegaran a vivir en armonía, a no temblar más, ni abiertamente ni a escondidas.

 

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Con el tiempo, nada es ya bueno ni malo. El historiador que se pone a juzgar el pasado, hace periodismo en otro siglo.

 

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De aquí a doscientos años (ya que se trata de ser precisos) los sobrevivientes de los pueblos demasiado afortunados estarán dentro de reservas, y serán vistos, contemplados, con asco, conmiseración o estupor, y también con una maligna admiración.

 

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Según parece, los monos que viven en grupo rechazan a aquellos que han tenido de alguna manera contacto con los humanos. Lástima que Swift no haya conocido un detalle semejante.

 

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¿Hay que abominar del siglo presente o de todos?

¿Se puede imaginar a Buda abandonando el mundo a causa de sus contemporáneos?

 

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Si la humanidad gusta tanto de esos salvadores arrebatados que creen desvergonzadamente en sí mismos, es porque piensa que es en ella en quien creen.

 

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La fuerza de ese jefe de Estado es la de ser quimérico y cínico. Un soñador sin escrúpulos.

 

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Los peores delitos se cometen por entusiasmo, estado mórbido responsable de casi todas las desgracias públicas y privadas.

 

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¿El futuro? Para vosotros, si os gusta. Prefiero atenerme al increíble presente y al increíble pasado. Os dejo a vosotros la tarea de afrontar lo increíble en sí.

 

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—Usted está contra todo lo que se ha hecho desde la última guerra —me decía aquella señora muy al día.

—Se equivoca usted de fecha. Estoy contra todo lo que se ha hecho desde Adán.

 

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Hitler es, sin duda alguna, el personaje más siniestro de la Historia. Y el más patético. Consiguió hacer exactamente lo contrario de lo que quería, destruyó punto por punto su ideal. Por eso se trata de un monstruo aparte, es decir, dos veces monstruo, pues incluso su parte patética es monstruosa.

 

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Todos los grandes acontecimientos fueron desencadenados por locos, por locos… mediocres. Lo mismo ocurrirá, podemos asegurarlo, con el «fin del mundo».

 

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El Zohar enseña que todos aquellos que hacen el mal en la tierra no eran diferentes en el cielo, que estaban impacientes por irse y que, al precipitarse a la entrada del abismo, «se adelantaron al tiempo en que deberían bajar al mundo».

Se discierne con facilidad la profundidad de esta visión de la preexistencia de las almas, y cuál es su utilidad cuando se trata de explicar la seguridad y el triunfo de los «malos», su solidez y competencia. Habiéndose preparado con anterioridad, no es sorprendente que se repartan la Tierra: la conquistaron antes de encontrarse en ella…, de hecho, desde la eternidad.

 

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Lo que distingue al verdadero profeta de los otros es que se encuentra en el origen de movimientos y de doctrinas que se excluyen y se combaten.

 

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En una metrópoli, como en un poblado, lo que más gusta es asistir a la caída de un semejante.

 

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El apetito de destrucción está tan arraigado en nosotros que nadie logra extirparlo. Forma parte de la constitución de cada ser, siendo el fondo mismo del ser seguramente demoníaco.

El sabio es un destructor apaciguado, retirado. Los otros son destructores en ejercicio.

 

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La desdicha es un estado pasivo, padecido, mientras que la maldición supone una elección en sentido contrario, es decir, una idea de misión, de fuerza interior que no va implícita en la desdicha. Un individuo —o un pueblo— maldito tiene necesariamente una categoría diferente a la de un individuo —o un pueblo— desdichado.

 

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La Historia, propiamente hablando, no se repite, pero como las ilusiones de que es capaz el hombre son muy limitadas, regresan siempre bajo otro aspecto, dando así a una mamarrachada archidecrépita un aspecto de novedad y un barniz trágico.

 

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Leo páginas sobre Joviniano, san Basilio y otros. El conflicto entre la ortodoxia y la herejía en los primeros siglos no parece mucho más insensato que aquel al que nos han acostumbrado los ideólogos modernos. Las modalidades de la controversia, las pasiones en juego, las locuras y los ridículos son casi idénticos. En los dos casos, todo gira alrededor de lo irreal y lo no comprobable que forman las bases de los dogmas tanto religiosos como políticos. La historia no sería tolerable más que escapando a unos y a otros. Es cierto que entonces cesaría, para mayor bien de todos, tanto de los que la padecen como de los que la hacen.

 

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Lo que hace sospechosa la destrucción es su facilidad. Cualquiera puede sobresalir en ella. Pero si destruir es fácil, destruirse no lo es tanto. Superioridad del caído sobre el agitador o el anarquista.

 

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Si hubiese vivido en los comienzos del cristianismo, me temo que habría sufrido su seducción. Y detesto a ese simpatizante, a ese fanático hipotético, y no me perdono esa adhesión de hace dos mil años.

 

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Atrapado entre la violencia y el desengaño, me asemejo a un terrorista que, habiendo salido con la idea de perpetrar algún atentado, se hubiese detenido en el camino para consultar el Eclesiastés o a Epicteto.

 

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Según Hegel, el hombre no será del todo libre «si no se rodea de un mundo enteramente creado por él».

Pero eso es precisamente lo que ha hecho, y nunca ha estado tan encadenado ni tan esclavizado como ahora.

 

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La vida no se tornará soportable más que en el seno de una humanidad a la que no le quede ya ninguna ilusión, una humanidad completamente desengañada y feliz de estarlo.

 

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Todo lo que he podido sentir y pensar se confunde con un ejercicio de anti–utopía.

 

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El hombre no durará. Acosado por el cansancio, tendrá que pagar por su carrera demasiado original. Sería inconcebible y antinatural que resistiera por mucho tiempo y que acabara bien. Esta perspectiva es deprimente y, por lo tanto, verosímil.

 

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El «despotismo ilustrado»: único régimen que puede seducir a un espíritu que está de vuelta de todo, que es incapaz de ser cómplice de revoluciones, puesto que ni siquiera lo es de la Historia.

 

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Nada más lamentable que dos profetas contemporáneos. Uno de ellos debe eclipsarse y desaparecer si no quiere exponerse al ridículo. A menos que caigan los dos, lo que sería la solución más justa.

 

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Me conmueve, me trastorna incluso, encontrarme con un inocente. ¿De dónde viene? ¿Qué busca? ¿Su aparición no anuncia algún acontecimiento enojoso? Es una sensación muy particular la de encontrarse con alguien a quien no sabríamos llamar nuestro semejante.

 

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Allí donde los civilizados hicieron su aparición por primera vez, los indígenas los consideraron seres maléficos, fantasmas, espectros. ¡Nunca seres vivos!

Intuición sin paralelo, atisbo profético, si lo hubo.

 

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Si todos hubiésemos «comprendido», la Historia habría cesado hace tiempo. Pero estamos fundamentalmente, biológicamente incapacitados para «comprender». E incluso si todos comprendieran, salvo uno, la Historia se perpetuaría por su culpa, por culpa de su ceguera. A causa de una sola ilusión.

 

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Fulano sostiene que nos encontramos al cabo de un «ciclo cósmico» y que todo estallará pronto. No le cabe la menor duda.

Al mismo tiempo es padre de familia, y de una familia numerosa. Con certezas como las suyas, ¿qué aberración le empujó a echar hijo tras hijo, en un mundo perdido? Si se prevé el fin, si se está seguro de que no tardará, si se da por descontado, da lo mismo esperarlo solo. No se procrea en Patmos.

 

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Montaigne, un sabio, no tuvo seguidores; Rousseau, un histérico, alborota aún a las naciones.

Solo me gustan los pensadores que no han inspirado ningún tribuno.

 

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En 1441, en el concilio de Florencia, se decretó que los paganos, los judíos, los heréticos y los cismáticos no tendrían acceso a la «vida eterna» y que todos, a menos de convertirse a la verdadera religión antes de morir, irían al infierno.

En el tiempo en que la Iglesia enseñaba tamañas enormidades, era verdaderamente la Iglesia. Una institución solo está viva y es fuerte si rechaza todo lo que no es ella. Lo mismo ocurre, por desgracia, con una nación o con un régimen.

 

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Un espíritu serio, honesto, no entiende nada, no puede entender nada de la Historia. Pero esta es maravillosamente capaz de hacer las delicias de un erudito sardónico.

 

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Extraordinaria placidez al pensar que, siendo hombre, se ha nacido bajo una estrella aciaga, y que todo lo que se ha hecho o se vaya a hacer estará mimado por la mala suerte.

 

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Plotino trabó amistad con un senador romano que había liberado a sus esclavos, renunciado a sus bienes y que comía y dormía con sus amigos porque no poseía nada. Este senador, desde el punto de vista «oficial», era un perdido, su caso parecía inquietante y lo era: un santo en el Senado… ¡Qué señal su presencia, su posibilidad! Las hordas no estaban lejos…

 

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En una escuela vedantina moderna se enseña que el hombre que ha vencido completamente al egoísmo, que ya no conserva ninguna huella de él, no puede durar más de veintiún días.

Ningún moralista occidental, ni siquiera el más perverso, hubiera osado precisar algo tan temible, tan revelador sobre la naturaleza humana.

 

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Cada vez se invoca menos el «progreso» y más la «mutación», y todo lo que se alega para ilustrar sus ventajas es solo síntoma tras síntoma de una catástrofe fuera de serie.

 

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No se puede respirar y dar voces más que en un régimen podrido. Pero uno solo se da cuenta de ello después de haber contribuido a su destrucción, y cuando ya solo se puede lamentarlo.

 

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Eso que se llama instinto creador no es más que una desviación, una perversión de nuestra naturaleza: no vinimos al mundo para innovar, para trastornar, sino para gozar con nuestra apariencia de ser, para liquidarla dulcemente y desaparecer después sin ruido.

 

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Los aztecas tenían razón en creer que había que apaciguar a los dioses, ofrecerles a diario sangre humana para impedir que el universo se viniera abajo, que regresara al caos.

Desde hace tiempo ya no creemos en los dioses ni les ofrecemos sacrificios. Y no obstante, el mundo sigue ahí. Sin duda. Solo que ya no tenemos la suerte de saber por qué no se desbarata en el acto.