adorno

IX

 

 

 

Todo lo que perseguimos es por una necesidad de tormento. La búsqueda de salvación es en sí misma un tormento, el más sutil y el mejor disfrazado de todos.

 

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Si es cierto que al morir uno retorna a lo que era antes de ser, ¿no hubiera sido mejor mantenerse en la pura posibilidad y no moverse de ahí? ¿Para qué ese paréntesis cuando se hubiera podido permanecer siempre en una plenitud irrealizada?

 

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Cuando mi cuerpo me falla me pregunto cómo luchar, con semejante carroña, contra la dimisión de los órganos.

 

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Los dioses antiguos se burlaban de los humanos, los envidiaban, los acosaban y, llegado el caso, los mataban. Al Dios de los Evangelios, menos burlón y menos celoso, los mortales, en sus infortunios, ni siquiera tienen el consuelo de poder acusarlo. Ahí es donde habría que buscar la razón de la ausencia o de la imposibilidad de un Esquilo cristiano. El Dios bueno ha matado la tragedia. La literatura le debe mucho más a Zeus.

 

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Obsesión, locura de la abdicación, desde siempre. Pero ¿abdicar de qué?

Si antaño deseé tanto ser alguien no fue más que por la satisfacción de poder decir un día, como Carlos V en Yuste: «Ya no soy nada».

 

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Algunas Provinciales fueron reescritas hasta diecisiete veces. Sorprende que Pascal haya podido gastar tanta palabra y tanto tiempo en una obra cuyo interés nos parece mínimo hoy en día. Cualquier polémica envejece, cualquier polémica sobre los hombres. En las Pensées el debate era con Dios. Eso todavía nos interesa un poco.

 

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Durante los quince años que pasó en reclusión completa, san Serafín de Sarov no abría la puerta de su celda a nadie, ni siquiera al obispo que a veces visitaba la ermita. «El silencio —decía— acerca al hombre a Dios y lo hace en la Tierra semejante a los ángeles».

Lo que el santo debió agregar es que el silencio nunca es tan profundo como en la imposibilidad de rezar…

 

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Los modernos han perdido el sentido del destino y, con ello, el gusto por la lamentación. Debería resucitarse de inmediato el coro en el teatro, y en los entierros, a las plañideras.

 

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El ansioso se aferra a todo lo que puede reforzar, estimular su malestar providencial; querer curarlo es romper su equilibrio, pues la ansiedad es la base de su existencia y de su prosperidad. El confesor astuto sabe lo necesaria que es, la imposibilidad de prescindir de ella una vez que se la ha conocido. Como no se atreve a proclamar sus beneficios, se sirve de un subterfugio: alaba los remordimientos: ansiedad admitida, ansiedad honorable. Sus clientes se lo agradecen. Así es como logra conservarlos sin esfuerzo, mientras que sus colegas laicos se pelean y humillan para conservar a los suyos.

 

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Me decía usted que la muerte no existe. Estoy de acuerdo a condición de precisar en el acto que nada existe. Conceder realidad a cualquier cosa y negársela a lo que parece tan manifiestamente real es pura extravagancia.

 

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Cuando se ha cometido la locura de confiarle a alguien un secreto, la única forma de saber que lo guardará es matarlo de inmediato.

 

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«Las enfermedades visitan a los hombres a su antojo, unas de día, otras durante la noche, trayéndoles el sufrimiento, en silencio, pues el sabio Zeus les ha negado la palabra» (Hesíodo).

Felizmente, pues si siendo mudas ya son atroces, ¿qué serían parlanchinas? ¿Puede uno imaginárselas anunciándose? ¿En vez de síntomas, proclamas? Por una vez Zeus se comportó con delicadeza.

 

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En las épocas de esterilidad se debería invernar día y noche para conservar las fuerzas, en lugar de malgastarlas en mortificaciones y en rabietas.

 

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Solo se puede admirar a alguien si es en sus tres cuartas partes un irresponsable. La admiración no tiene nada que ver con el respeto.

 

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La ventaja no desdeñable de haber odiado mucho a los hombres es la de llegar finalmente a soportarlos por agotamiento de ese mismo odio.

 

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Una vez cerradas las persianas, me recuesto en la oscuridad. El mundo exterior, un rumor cada vez menos claro, se volatiliza. No quedamos más que yo y… he ahí el quid. Los eremitas pasaron su vida dialogando con lo que había en ellos de más recóndito. ¡Ojalá pudiera yo, como ellos, entregarme a ese ejercicio extremo en el que se alcanza la intimidad del propio ser! Es ese diálogo entre el yo y el sí mismo, es ese paso del uno al otro lo que importa, y cuyo valor solo estriba en renovarlo sin cesar, de modo que el yo termine por ser reabsorbido en el otro, en su versión esencial.

 

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Incluso en las cercanías de Dios resonaba el descontento, según testimonia la rebelión de los ángeles, la primera en el tiempo. Es para creer que a todos los niveles de la creación la superioridad es imperdonable. Se podría incluso imaginar una flor envidiosa.

 

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Las virtudes no tienen rostro. Impersonales, abstractas, convencionales, se desgastan más rápidamente que los vicios, que, cargados de vitalidad, se definen y se agravan con la edad.

 

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«Todo está lleno de dioses», decía Tales en los albores de la filosofía; hoy, en su crepúsculo, podemos proclamar, y no únicamente por necesidad de simetría, sino por respeto a la evidencia, que «todo está vacío de dioses».

 

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Me encontraba solo en ese cementerio que dominaba al pueblo cuando una mujer encinta entró. Salí de inmediato para no tener que ver de cerca a esa portadora de cadáver y rumiar el contraste entre un vientre agresivo y unas tumbas borrosas, entre una falsa promesa y el fin de toda promesa.

 

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El deseo de orar no tiene nada que ver con la fe. Surge de un agobio particular y durará tanto como él, incluso si los dioses y su recuerdo desaparecieran para siempre.

 

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«Ninguna palabra puede esperar otra cosa que no sea su propia derrota» (Gregorio Palamas).

Una condenación tan radical de toda literatura solo podía provenir de un místico, de un profesional de lo inexpresable.

 

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Entre los filósofos de la Antigüedad se recurría voluntariamente a la asfixia por retención del aliento, hasta que sobrevenía la muerte. Esta forma tan elegante, y tan práctica, de terminar ha desaparecido por completo y no es nada probable que pueda resurgir algún día.

 

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Se ha dicho y repetido: la idea de destino, que supone cambio, historia, no se aplica a un ser inamovible. Así, no se podría hablar del «destino» de Dios.

En teoría no, sin duda, pero en la práctica solo eso se hace, sobre todo en las épocas en que las creencias se disuelven, en que la fe se tambalea, en que nada parece capaz de desafiar al tiempo, en que Dios mismo es arrastrado hacia la delicuescencia general.

 

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En cuanto uno empieza a desear, cae bajo la jurisdicción del Demonio.

 

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La vida no es nada; la muerte es todo. Sin embargo, no existe algo que sea la muerte independientemente de la vida. Y es justamente esa ausencia de realidad distinta, autónoma, lo que hace a la muerte universal; no tiene un dominio propio, es omnipresente como todo lo que carece de identidad, de límite y de decoro: una infinidad indecente.

 

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Euforia. Incapaz de concentrarme en mis humores habituales y en las reflexiones que engendran; empujado por no sé qué fuerza, estaba eufórico sin motivo y me decía que ese gozo de origen desconocido es el que deben sentir los que se ocupan en algo y bregan, los que producen. Ni quieren ni pueden pensar en lo que los niega. Y aunque lo hicieran no sacarían ninguna consecuencia, tal como me sucedió a mí durante esa jornada memorable.

 

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¿Para qué insistir en lo que excluye los comentarios? Un texto explicado no es ya un texto. Se vive con una idea, no se la desarticula; se lucha con ella, no se describen sus etapas. La historia de la filosofía es la negación de la filosofía.

 

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Queriendo saber, por un escrúpulo bastante dudoso, de qué cosas exactamente estaba cansado, hice una lista: aunque incompleta, me pareció tan larga y tan deprimente que creí preferible plegarme a la fatiga en sí, fórmula halagadora que, gracias a su ingrediente filosófico, le devolvería el ánimo a un apestado.

 

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Destrucción y estallido de la sintaxis, victoria de la ambigüedad y del más o menos. Muy bien. Pero intentad redactar vuestro testamento y veréis si el difunto rigor era tan despreciable.

 

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¿El aforismo? Fuego sin llama. Se entiende que nadie quiera calentarse en él.

 

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No podría alcanzar la «plegaria ininterrumpida», tal y como la preconizan los hesequiastas, ni aunque perdiera la razón. De la piedad solo comprendo sus desbordamientos, sus excesos sospechosos, y el ascetismo no me retendría un solo instante si no se encontraran en él todas las cosas que le son propias al mal monje: indolencia, glotonería, gusto por la desolación, avidez y aversión del mundo, conflicto entre tragedia y equívoco, esperanza de un hundimiento interior…

 

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Contra el desaliento monástico no recuerdo qué Padre recomendaba el trabajo manual.

Admirable consejo que siempre he practicado espontáneamente: no hay tedio, ese desaliento secular, que resista al esfuerzo físico.

 

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Desde hace años sin café, sin alcohol, sin tabaco. Por fortuna ahí está la ansiedad, que reemplaza con provecho a los más fuertes excitantes.

 

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El más grave reproche que se puede hacer a los regímenes policiales es que obligan a destruir, por medida de prudencia, cartas y diarios, es decir, lo que hay de menos falso en la literatura.

 

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Para mantener la mente despierta, la calumnia se revela tan eficaz como la enfermedad: la misma inquietud, la misma atención crispada, la misma inseguridad, el mismo enloquecimiento que fustiga, el mismo enriquecimiento funesto.

 

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No soy nada, es evidente, pero como durante mucho tiempo he querido ser algo, no acabo de ahogar esa voluntad: existe porque ha existido, me atormenta y me domina aunque la rechace. De nada me vale relegarla al pasado, se resiste y me aguijonea: no habiendo sido nunca satisfecha, se mantiene intacta, y no acepta plegarse a mis órdenes. Copado entre mi voluntad y yo, ¿qué puedo hacer?

 

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En su Escala del Paraíso, san Juan Clímaco observa que un monje orgulloso no tiene necesidad de ser perseguido por el demonio: él es su propio demonio.

Pienso en Fulano, que echó a perder su vida en el convento. Nadie como él estaba tan bien dispuesto para distinguirse en el mundo y brillar. Incapaz de humildad, de obediencia, escogió la soledad y se hundió en ella. No había nada en él para convertirlo, según la expresión del mismo Juan Clímaco, en «el amante de Dios». Con sarcasmo no se puede alcanzar la salvación, ni ayudar a los otros a alcanzar la suya. Con sarcasmo solo es posible esconder las heridas, si no las decepciones.

 

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Es de una enorme fortaleza, y una gran suerte, poder vivir sin ninguna ambición. Me constriño a ello. Pero este hecho tiene ya que ver con la ambición.

 

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El tiempo vacío de la meditación es, en realidad, el único tiempo lleno. No deberíamos avergonzarnos nunca de acumular instantes vacíos. Vacíos en apariencia, llenos de hecho. Meditar es un ocio supremo cuyo secreto se ha perdido.

 

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Los gestos nobles son siempre sospechosos. Siempre se arrepiente uno de haberlos hecho. Son falsedad, teatro, pose. Es verdad que uno se arrepiente casi igual de los gestos innobles.

 

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Si vuelvo a pensar en cualquier momento de mi vida, en el más febril o en el más neutro, ¿qué ha quedado de ellos?, ¿cuál es ahora la diferencia entre ambos? Todo se parece, sin relieve ni realidad, y me encontraba más cerca de la verdad cuando no sentía nada. ¿Qué sentido tiene haber experimentado lo que sea? No hay ya ningún «éxtasis» que la memoria o la imaginación puedan resucitar.

 

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Nadie consigue, antes de su último momento, desgastar totalmente su muerte: incluso para el agonizante nato ella conserva un algo de novedad.

 

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Según la Cábala, Dios creó las almas desde el comienzo y todas se encontraban frente a él bajo la forma que habrían de tomar más tarde al encarnarse. Cada cual, cuando su tiempo llega, recibe la orden de ir a unirse con el cuerpo que le está destinado, pero cada cual, también, implora inútilmente a su Creador que le ahorre esa esclavitud y esa mancilla.

Mientras más pienso en lo que ocurrió cuando le llegó su turno a la mía, más me digo que si alguna hubo que con mayor intensidad refunfuñara, esa fue ella.

 

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Se abruma al escéptico, se habla del «automatismo de la duda», mientras que de un creyente no se dice nunca que ha caído en el «automatismo de la fe». Sin embargo, la fe lleva consigo un carácter maquinal diferente al de la duda, que tiene la ventaja de pasar de sorpresa en sorpresa —dentro del desconsuelo, es cierto—.

 

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Si queremos volver a unirnos con esa claridad lejana de la que nunca sabremos por qué fuimos separados, es importante salvaguardar ese poco de luz que existe en cada uno de nosotros desde antes de nuestro nacimiento, de todos los nacimientos.

 

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No he conocido una sola sensación de plenitud, de dicha verdadera, sin pensar que ese era el momento justo de retirarme para siempre.

 

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Un momento llega en el que nos parece ocioso tener que escoger entre la metafísica y el amateurismo; entre lo insondable y la anécdota.

 

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Para medir bien el retroceso que representa el cristianismo en relación al paganismo, basta comparar las mezquindades que propalan los padres de la Iglesia sobre el suicidio con las opiniones emitidas al respecto por Plinio, Séneca y Cicerón inclusive.

 

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¿A qué viene lo que se dice? Esa secuencia de proposiciones que forman un discurso ¿tiene sentido? Y cada una de esas proposiciones por separado ¿tiene un objetivo?

Solo se puede hablar haciendo abstracción de esas preguntas, o haciéndolas lo menos a menudo posible.

 

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«Todo me tiene sin cuidado». Si esas palabras han sido pronunciadas fríamente, aunque fuera una sola vez, con perfecto conocimiento de lo que significan, la historia estaría justificada y, con ella, todos nosotros.

 

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«¡Ay de vosotros cuando todo el mundo os alabe!».

Cristo profetizaba su propio final. Hoy todos lo alaban, incluso los no creyentes más reacios, sobre todo ellos. Él sabía que un día sucumbiría ante la aprobación universal.

Si no sufre persecuciones tan implacables como las que sufrió en sus inicios, el cristianismo está perdido. Debería suscitarse enemigos, a cualquier precio, prepararse a sí mismo grandes calamidades. Quizá solo un nuevo Nerón podría aún salvarlo…

 

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Creo que la palabra es reciente, me imagino mal un diálogo que se remonte a más de diez mil años. Menos me imagino que vaya a haber uno, no dentro de diez mil, sino solo dentro de mil años.

 

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En una obra de psiquiatría solo me interesa lo que dicen los enfermos; en un libro de crítica, las citas.

 

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Nadie puede hacer nada por esa polaca que está más allá de la salud y de la enfermedad, más allá de la vida y de la muerte. No se sana a un fantasma, y mucho menos a un liberado viviente. Solo se sana a aquellos que pertenecen a la tierra y todavía tienen raíces en ella, por muy superficiales que sean.

 

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Los periodos de esterilidad por los que atravesamos coinciden con una exacerbación de nuestro discernimiento, con el eclipse del loco que llevamos dentro.

 

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Ir hasta los extremos de su arte, y más aún de su ser, es la ley de todo aquel que se cree, aunque solo sea un poco, elegido.

 

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A causa de la palabra, los hombres producen la ilusión de ser libres. Si hiciesen lo que hacen sin decir una sola palabra, se les tomaría por autómatas. Al hablar se engañan a sí mismos igual que engañan a los demás: si anuncian lo que van a llevar a cabo, ¿cómo pensar que no son dueños de sus actos?

 

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En el fondo, cada cual se cree y se siente inmortal, aunque sepa que va a expirar dentro de un instante. Se puede comprender todo, admitir todo, imaginar todo, salvo la propia muerte, aunque se piense en ella sin descanso y se esté resignado.

 

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Aquella mañana en el matadero miraba a las bestias que encaminaban a la matanza. Casi todas, en el último momento, se negaban a avanzar. Para decidirlas, les golpeaban las patas traseras.

Esta escena se me representa a menudo cuando, rechazado por el sueño, no tengo fuerzas para afrontar el suplicio cotidiano del tiempo.

 

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Me jacto de percibir el carácter transitorio de todo. Curiosa percepción que me ha echado a perder todas mis alegrías; mejor dicho, todas mis sensaciones.

 

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Cada cual expía su primer instante.

 

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Durante un momento he creído sentir lo que la absorción en el Brahman puede significar para un ferviente del Vedanta. Me habría gustado tanto que ese segundo fuese extensible, indefinidamente.

 

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He buscado en la duda un remedio contra la ansiedad. El remedio ha terminado por hacer causa común con el mal.

 

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«Si una doctrina se expande es porque así lo ha querido el cielo» (Confucio).

… De eso me gustaría convencerme cada vez que ante tal o cual aberración victoriosa mi furor se acerca a la apoplejía.

 

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¡Qué cantidad de exaltados, trastornados y degenerados he podido admirar! Sentir un alivio parecido a un orgasmo al pensar que nunca más se abrazará una causa, sea cual sea.

 

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¿Es un acróbata? ¿Es un director de orquesta subyugado por la Idea? Se entusiasma, luego se modera, alterna el alegro y el andante, es dueño de sí como lo son los faquires o los estafadores. Mientras está hablando, da la impresión de buscar, pero nunca sabremos qué: un experto en el arte de imitar al pensador. Si dijera una sola cosa perfectamente clara, estaría perdido. Como ignora, al igual que sus oyentes, adónde va a parar, puede continuar durante horas sin agotar el asombro de los fantoches que lo escuchan.

 

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Es un privilegio vivir en conflicto con la propia época. En todo momento uno es consciente de no ser como los demás. Ese agudo estado de desemejanza, por muy indigente y estéril que parezca, posee, no obstante, un rango filosófico que inútilmente se buscaría en las lucubraciones que otorgamos a los acontecimientos.

 

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«No hay nada que hacer», respondía la nonagenaria a todo lo que yo le decía, a todo lo que vociferaba a sus oídos sobre el presente, el futuro, el cauce de los acontecimientos…

Con la esperanza de arrancarle alguna otra respuesta, continuaba yo con mis temores, mis agravios y mis quejas. Al no obtener de ella más que el sempiterno «no hay nada que hacer», terminé por hartarme y me fui irritado contra mí y contra ella. ¡Vaya idea la de abrirse a una imbécil!

Pero ya en la calle, cambio total. «La vieja tiene razón. ¿Cómo no me di cuenta de inmediato de que su estribillo encerraba una verdad, la más importante sin duda, puesto que todo lo que sucede la proclama y todo en nosotros la rechaza?».