Capítulo 7


—ME ENCANTA ESTE coche —dijo Theo.

Jack puso mala cara desde el asiento del copiloto.

—Es mío, y no está en venta.

Theo encendió el motor de golpe y el coche casi saltó del asfalto.

Desde Miami a Key West había unas buenas cuatro horas de distancia, tres si Theo era quien conducía, e insistió en hacerlo. Tener un Mustang descapotable de hacía treinta años tenía sus inconvenientes, pero un paseo por los cayos era algo por lo que un amante de los coches viviría. Kilómetro tras kilómetro, la autopista US-1 era una larga cinta de asfalto que conectaba un cayo de Florida con el siguiente, que cortaba las aguas turquesas y las poblaciones de un solo semáforo que parecían brotar de los manglares. Mucho sol caliente en la cara, impresionantes cielos azules y una brisa marina que era como de terciopelo. El trato era que Theo conduciría a la ida y Jack a la vuelta. Un pacto justo, según Jack, solo por el valor del puro entretenimiento de que Theo lo acompañara.

—¿Cómo has dicho? —preguntó Jack.

La boca de Theo se estaba moviendo, pero sus palabras las ahogaban el rugido del motor y el silbido del viento.

Theo gritó:

—Que si no lo vas a vender, por lo menos déjamelo.

—¿A qué te refieres con «dejar»?

—En tu testamento, tío.

—Ni siquiera tengo testamento.

—¿Un abogado sin testamento? Eso es como una puta sin condones.

—¿Para qué necesito un testamento? Soy un tipo soltero y sin hijos.

Intercambiaron miradas, como si la mención de Jack sobre lo de no tener hijos de pronto tuviera una nota al pie junto a ella.

—Que le den al testamento —dijo Theo—. Llévatelo. A Dios le encantará este coche.

Jack volvió a su lectura. Antes de salir de Miami, se había conectado a internet y había impreso algo de información sobre la base naval estadounidense en la bahía de Guantánamo, lo suficiente para saber de qué estaba hablando cuando se entrevistara con el suegro de Lindsey. Theo lo dejó leer hasta que llegaron a Stockton Bridge, a más o menos un kilómetro y medio del Aeropuerto Internacional de Key West.

—Entonces, ¿vas a tener que ir a Camp Geronimo?

—Guantánamo, no Geronimo. Es una base naval, no un cementerio indio.

—De todas formas, ¿cómo es que tenemos una base naval en Cuba?

Jack comprobó una de las páginas web que había impreso.

—Aquí dice que la tenemos alquilada.

—¿Castro es nuestro casero?

—Técnicamente, sí.

—Mierda, ¿y qué hace un tipo como Castro si te retrasas con el alquiler? ¿Matar a toda tu familia?

—En realidad, él nunca se ha cobrado ninguno de nuestros recibos de alquiler. El contrato de arrendamiento se firmó mucho antes de que Castro tomara el poder, y se niega a reconocer que es válido.

—Supongo que él no estará dispuesto a intentar echarnos.

—No, a menos que quiera que una enorme bota hecha en América le patee su culo comunista.

—Entonces estamos allí gratis. ¿Pero cuánto tiempo?

—El contrato dice que podemos quedarnos el tiempo que queramos.

—Caramba, quien fuera el que redactó ese documento debe de estar en el salón de la fama de los abogados.

Entraron en el aeropuerto por Roosevelt Road y se dirigieron a los hangares de aviación general, según las instrucciones que Jack había obtenido por teléfono. Un vigilante de seguridad los condujo a una zona de aparcamiento vallada. La oficina de los Hermanos por la Libertad era un pequeño compartimento situado dentro de uno de los últimos hangares, y en ella apenas había espacio para una mesa y un par de sillas. El hombre que estaba dentro los acompañó hasta la pista de despegue. Un grupo de gaviotas hambrientas los siguió. A menos de un metro por encima del nivel del mar, el aeropuerto de Key West destacaba por sus aves, muchas de las cuales chocaban contra la versión aeronáutica de una picadora de cocina debido a las constantes llegadas y salidas de aviones de hélices. Jack y Theo pasaron varias hileras de aviones privados, desde hidroaviones hasta jets particulares. Por fin vieron a Alejandro Pintado apoyado en su viejo y seguro Cessna. Probablemente Jack habría encontrado el avión sin ningún tipo de ayuda, ya que parecía estar unido con pegatinas que proclamaban mensajes contundentes como LIBERTAD PARA CUBA, FIN DE CASTRO, FIN DEL PROBLEMA y YO NO CREO EN EL MIAMI TRIBUNE, este último como duro golpe a los «medios de comunicación liberales», que a veces habían criticado las tácticas de los exiliados a la hora de luchar contra Castro.

—¿Señor Pintado? —preguntó Jack.

Un hombre corpulento y con el pelo canoso dejó el trapo con el que estaba limpiando en el cubo y salió de debajo de un ala.

—Usted debe de ser Jack Swyteck.

—Así es.

—¿Quién es su amigo? ¿Barry Bonds después de haber tomado esteroides?

—Este es . . .

—Mikhail Baryshnikov —dijo Theo al estrecharle la mano.

—Theo Knight, mi investigador.

Alejandro hizo lo que pudo por sacar pecho, pero pese a todo su barriga seguía siendo más prominente.

—Tengo entendido que quiere defender a mi nuera.

—Lo estoy pensando —respondió Jack—. ¿Podemos sentarnos a hablar?

—No creo que sea necesario. Esto no nos llevará mucho tiempo.

Jack se balanceó sobre los talones. Era más hostil de lo que esperaba.

—Antes de nada, quisiera decirle que lamento mucho lo que le sucedió a su hijo.

—¿Entonces por qué quiere representar a la mujer que lo mató?

—Principalmente porque no he llegado a la conclusión de que haya sido ella quien lo hizo.

—Pues debe de ser usted la única persona que piensa así.

—¿Hay algo que pueda usted decirme, tal vez para ilustrarme un poco?

Pintado miró a Theo con desconfianza, y luego a Jack.

—No voy a decirles nada a ustedes, que son unos desconocidos y no están aquí para ayudarme. Lo único que quieren es que ella sea libre.

—Señor Pintado, no voy a mentirle. He representado a algunas personas que han sido culpables. Pero este caso para mí es poco común. Estoy siendo del todo sincero con usted cuando le digo que no tengo ningún interés en representar a Lindsey Hart si es culpable.

—Está bien. Entonces debería usted recoger su tienda ahora mismo e irse a su casa.

—No puedo hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque ya me he reunido con Lindsey. Ella ha hecho que me plantee preguntas muy serias. Lindsey dice que está siendo incriminada. Cree que el informe de los SICN es un encubrimiento.

—Hace semanas que dice lo mismo, ¿qué más puede alegar?

—Entonces, ¿usted no se cree la teoría de que su hijo ha sido asesinado por alguien con un plan oculto?

—¿Qué está sugiriendo?

—Nada. Solo le estoy haciendo una pregunta.

—Estoy cansado de la gente que insinúa que mi hijo ha sido asesinado por la resistencia que yo he liderado. No es culpa mía que hayan matado a mi hijo.

Jack se quedó desconcertado por la actitud defensiva.

—Mire, no he venido hasta aquí para culpar a nadie.

—Pues pensaba que sí. Entonces déjeme que le aclare una cosa ahora mismo: sé por qué Lindsey mató a mi hijo.

Un avión comercial pasó por encima de ellos y el chirrido de los motores pareció acentuar las palabras del hombre. Finalmente, el ruido cesó y pudieron volver a hablar.

—¿Quiere contarme por qué lo hizo? —le pidió Jack.

—Es bastante obvio, si sabe usted algo de mí, de mi familia. Yo llegué a este país en un bote de remos, sin un centavo encima. Mi primer trabajo fue como lavaplatos en la cafetería Biscayne. Veinte años después ya era millonario, propietario de treinta y siete restaurantes. Habrá oído hablar usted de ellos, ¿verdad? Los Platos de Pintado.

—He comido allí, sí —respondió Jack.

Y también conocía el éxito de Pintado. Estaba escrito en la parte trasera del menú, incluso la explicación pintoresca de cómo la cadena había adoptado el nombre irónico que recordaba los humildes comienzos fregando platos: Los Platos de Pintado.

Theo dijo:

—Sus restaurante son geniales, amigo. ¿Pero qué tiene eso que ver con la muerte de su hijo?

—No son los restaurantes. Es el dinero. Quizá no lo mostremos, pero hemos hecho mucho dinero. Cada uno de mis hijos tiene un fondo fiduciario. No quiero entrar en detalles, pero el capital tiene siete cifras.

—Eso es mucho dinero —dijo Jack.

—Más del que mucha gente tocará jamás, si es que me lo pregunta. Así que mis hijos solo empezaron a ganar intereses cuando cumplieron veintiún años. El capital será suyo cuando hayan cumplido treinta y cinco.

—¿Entonces su hijo era millonario? —preguntó Jack.

—Sí. Durante por lo menos tres años lo fue. —Pintado bajó la mirada y dijo—: Habría cumplido treinta y ocho el mes próximo.

—Así, usted cree que Lindsey lo mató porque . . .

—Porque ellos no vivían como millonarios. Óscar era muy parecido a mí. Para él el dinero no era tan importante. Quería servir a su país. Hace seis meses, firmó un contrato para estar otra temporada en Guantánamo.

—Interesante —dijo Jack—. Lindsey estaba casada con un millonario que llevaba una vida sencilla como soldado en una base militar.

—Correcto. Mientras estuviera vivo.

—¿Y muerto?

—Ella podría vivir donde quisiera, con dinero suficiente en el banco como para vivir de cualquier forma que quisiera vivir.

Jack se quedó callado un momento mientras cavilaba.

Pintado entrecerró los ojos y dijo:

—Y supongo que puede permitirse contratar a un abogado bastante elegante, también.

Jack dijo:

—No estoy en este caso por el dinero.

—Ya, claro.

Jack oyó la manivela de un motor. Otro avión privado salió lentamente del hangar, con las hélices girando y prácticamente invisibles.

Pintado cogió su bolsa de viaje y se la echó al hombro.

—Ahora, si me disculpan, tengo otro plan de vuelo que trazar.

—Una cosa más —dijo Jack.

—Ya es suficiente —replicó Pintado, haciéndole una seña para que se fuera—, ya les he contado más de lo que debería.

—Solo estaba pensando en su nieto.

Aquello captó su atención.

—¿Qué pasa con él?

—Ya que está usted convencido de la culpabilidad de Lindsey, ¿qué le parece que Brian vaya a quedarse con ella?

Pintado cerró los ojos y los abrió, como si necesitara parpadear para controlar su ira.

—Usted no puede imaginarse cómo me hace sentir eso.

Jack estudió la expresión de dolor del viejo y luego desvió la mirada hacia la pista.

—Se sorprendería —dijo en voz baja—. Gracias una vez más por su tiempo, señor.