Mink

Para Alberto Fuguet

 

 

 

Por alguna razón desconocida, en casa de mis padres ciertas palabras se decían en inglés o en francés, nunca en español. Para hablar de una tenida, decíamos toilette, para el lápiz labial, rouge, para la clase media, middle class, para lo turbio, louche, para el visón, mink.

Entrando en la adolescencia y al atisbo de las vanidades del mundo, mi madre hizo un viaje a Nueva York. Nos escribió desde allá contándonos de la gran locura que había cometido: se había comprado un abrigo de mink. Algún conocimiento debo haber tenido de los privilegios porque supe de inmediato que esto era un hito en el vestuario de una mujer distinguida, que la cantidad de dólares que había gastado era espectacular para un país cuyas divisas se controlaban férreamente y que en aquellos tiempos se contaban con los dedos de la mano las mujeres llamadas a poseer tal prenda. Mi madre, de hecho, tenía los atributos para ser una de ellas. Preciosa, sensual y elegante, llegó a Santiago cubierta de esta piel, clara como el té con leche, suntuosa como un abrigo de las mil y una noches, incluso más suave al tacto que los gatitos recién nacidos que acariciábamos en el campo. Ninguna sombra la rodeaba. Prolongué el abrazo al saludarla porque no lograba desprenderme del hechizo del visón y seguí manoseando su textura por un buen rato.

A veces, cuando mi mamá no estaba en casa, solía partir a su clóset, robaba con sigilo el abrigo de mink y, así arropada, posaba frente al espejo, me observaba con enorme complacencia, soñando con la que algún día sería, fantaseando sobre los lujos que me aguardaban, segura de que seguiría los pasos de mi madre.

Un día me presenté a la hora de comida envuelta en el abrigo de mink para ver las reacciones, tendría unos trece años, la entrada de langostinos con palta esperaba en una mesa bien puesta donde destellaba la porcelana inglesa de platos azules. Mi madre, sentada a la cabecera, se largó a reír.

Te ves preciosa, me dijo, aún riendo, con un tenedor lleno de langostinos a medio camino, te prometo que te lo prestaré cuando seas grande.

Mi papá la miró a ella, luego a mí.

Sácate ese abrigo, dijo con cierta impaciencia, lo puedes ensuciar.

Déjala, Eugenio, se ve divertidísima.

Ella y yo lo ignoramos.

¿Es una promesa?, le clavé los ojos en la cara y la obligué a reiterarlo.

Sí, mi amor, es una promesa.

Entonces, ya mayor, a veces se lo pedía prestado. Déjame ser reina por un rato, le decía y luego de escuchar sus recomendaciones de cuidado, salía con él a la calle y miraba al mundo desde el pedestal que la piel me allanaba. Es que una vez adentro de él, algo especial sucedía, era imposible sustraerse a la máscara, al embeleso del disfraz, a la sustitución del yo cotidiano por uno sofisticado, distante y espléndido. Sólo por cubrirme con él, yo me transformaba en otro ser humano. Me preguntaba por los poderes del visón.

 

 

Crecí, estudié, me casé, con el tiempo me convertí en una buena profesional y viví en el extranjero por muchos años. Cuando volví, mi madre ya era otra. Viuda e inválida, había abandonado la ciudad buscando refugio en su casa de campo, lejos del torbellino anterior, de las luces, de los devaneos.

Mi vida era rápida, voraz y vertiginosa, calcada a la vida de tantas mujeres santiaguinas, todas exhaustas, tratando de cubrir cada uno de los frentes y hacerlo lo mejor posible. El tiempo se me convirtió en la gran fortuna, el más importante de los bienes, dejando al dinero definitivamente en un lugar de segunda categoría. Los hijos, el marido y mi trabajo en la gerencia de una gran empresa de alimentos me dejaban poquísimo tiempo libre pero, aun así, pasara lo que pasara, cada domingo tomaba mi camioneta a las diez de la mañana y enfilaba por la norte-sur hacia el mar, doblaba antes de llegar a él, tomaba el camino de la cuesta y aterrizaba en el predio de mi madre. Pasaba el día con ella, almorzábamos juntas, la llevaba de compras por el camino de tierra donde se instalaban los campesinos con sus quesillos y cosechas y muchas veces terminábamos en un galpón al fondo del camino llamado El Mol —tal cual, nada de mall— donde vendían ropa usada. Ella, mi madre, una de las mujeres más elegantes de su época, comprando ropas que habían cubierto otros cuerpos. No le gustaba gastar plata y los trapos seguían fascinándola, sin embargo, su hija —profesional respetada— en su fuero interno se decía que tendría que nacer de nuevo antes de llegar un lunes en la mañana a la oficina vestida con una tenida del Mol. En estas correrías nos acompañaba invariablemente Mildred, cuidadora, experta en sillas de ruedas, interpretadora de estados de ánimo, álter ego de mi mamá.

A la hora del café, durante una de las miles de jornadas dominicales pasadas en el campo a su lado, le pregunté por el abrigo de mink. Fue Mildred quien respondió por ella: está colgado en el clóset, la señora ya no lo usa. Lo fui a buscar y me lo puse, divertida, reviviendo por un momento las locas ensoñaciones de antaño. La piel estaba un poco sucia y el forro ajado. Era éste de un material sedoso repleto de bordados color crema de chantilly que siempre me había fascinado —el que un lugar escondido conllevara ese nivel de trabajo y de artesanía nunca dejaba de asombrarme— y pensé una vez más en lo fina que debe ser una prenda para que incluso su interior ostente tal confección. El forro de una manga colgaba, agonizante, enteramente descosido. Me pareció simbólico. La decadencia ya había llegado y la decrepitud se avecinaba. Mi madre, como si tal cosa, me dijo: te lo regalo. Ante mi cara de asombro, insistió: sí, quédate con él.

Pero, mamá, es tu mink, lo quieres tanto...

Ya no lo uso, me dijo con un dejo de dramatismo. No tengo dónde lucirlo.

Algo en su tono sugería que era mi culpa que ella no tuviera dónde lucir su abrigo. Ignoré la sensación y, sorprendida ante este arranque de generosidad, partí con el abrigo en la camioneta y el mismo lunes, al día siguiente, le pedí a mi asistente que averiguara cuál era el mejor lugar de la ciudad donde limpiar y componer un abrigo de visón.

Pagué mucho dinero por el arreglo y me hice del abrigo de mink de mi madre.

Han trascurrido tres años.

 

 

Cada vez que debo viajar se me hace un nudo en el estómago pensando en que algo puede pasarle a mi madre y la culpa me invade ya casi por hábito (debo reconocer que a veces, cuando viajo por placer, cruzo los dedos para que nada suceda, no por ella sino por mí). Hace dos semanas, por razones laborales, me ausenté durante seis días. A punto de llegar me avisaron que había varios recados de Mildred para mí. Partí corriendo al teléfono, con el corazón apretado, Dios mío, que no sea nada grave.

Es que desde que usted partió la señora no ha parado de preguntar por su abrigo. Todos los días, a toda hora.

¿El de mink?, pregunté con algo de incredulidad.

Sí, ése. Me hace llamarla todos los días, aunque le expliqué que usted estaba de viaje.

Ya, Mildred, el domingo se lo llevo.

Corté la comunicación un poco perpleja y me pregunté si no habría empezado mi madre a perder la cabeza. Dos días más tarde, el miércoles, me telefoneó ella en persona, cosa que no suele hacer. Le pregunté cómo estaba. Su respuesta fue que quería su abrigo.

Pero si me lo regalaste, mamá, hace un buen tiempo, y lo arreglé y me salió carísimo.

Ignoró mi reclamo, como si no hubiese escuchado, y me repitió que quería su abrigo, que por favor se lo fuera a dejar. Le expliqué que venía llegando a Santiago, que tenía una enorme cantidad de trabajo y que no iría hasta el domingo. Noté que se molestaba pero no le di importancia. En mi lista de preocupaciones el abrigo ocupaba el último lugar.

El viernes en la mañana me despertó Mildred. Que mi madre sufría ataques de angustia, que no había dormido en toda la noche, que no hablaba más que de su abrigo.

Ya, Mildred, si sé, el domingo se lo llevo.

Yo creo, señora, me respondió con un tono de lo más remilgado, que no puede esperar hasta el domingo. Pienso, señora, si usted me lo permite, que debiera venir hoy.

Mildred nunca se quejaba de los malos genios de mi madre ni de sus supuestos ataques de angustia por lo que supuse que la situación era grave. Llamé a la oficina, deshice dos reuniones, expliqué que tenía una emergencia, tomé la camioneta y manejé la hora y cuarto que me separaba de la casa del campo. Me asombraba sobremanera que en plena jornada laboral yo absorbiera kilómetros y kilómetros de vacas y pasto, que me rodeara un paisaje tan bucólico en vez de estar contaminándome en pleno ajetreo. El abrigo de mink en el asiento del pasajero, mudo, bello, tonto.

Entré casi corriendo a su casa, culposa por mi ausencia en la oficina, y ni siquiera acepté el café que me ofrecieron.

Toma tu abrigo, le dije, tratando de disimular la confusión y el cansancio que todo el tema me provocaba. Ella intentó darme alguna explicación pero la verdad es que no la oí. Estoy apuradísima, le dije y partí.

Saliendo al camino público recién pavimentado, miré hacia la derecha, donde debía tomar la carretera hacia Santiago. Y miré también a la izquierda, donde estaban los puestos de fruta de los campesinos y el galpón de ropa usada. Pensé en el teléfono de mi oficina, en cómo estaría sonando, en mi pobre asistente cubriéndome las espaldas, pensé también en los labios fruncidos de Mildred y en la expresión de forzada inocencia de mi madre al recibir el abrigo de mis manos.

Doblé hacia la izquierda, camino al Mol.