Capítulo 5. Desesperación

 

Después del aniversario de la muerte de mi familia, otro problema invadió en mi mente, nos esperaban días de tormento y desesperación, meses para que Carlos se curase de esta adicción.

Los primeros días fueron duros pero pasamos las noches hablando e intentando mantener nuestras mentes ocupadas. Es muy duro ver a la persona que quieres empapado en sudor y temblando, agresivo y desesperado por no darle a su cuerpo lo que le está pidiendo. La situación estaba llegando al límite, Carlos ponía todo de su parte pero su cuerpo y su cabeza iban separados. Pasamos casi una semana sin dormir, con la puerta del piso cerrada con llave para evitar tentaciones, uno al lado del otro apoyándonos, siempre a su lado.

Después de una noche casi tranquila, me vi obligada a salir de casa, la nevera estaba casi vacía y las reservas se agotaban. Carlos estaba dormido en la habitación, después de tantas noches sin dormir por fin había sido capaz de conciliar el sueño. Besé su frente y decidí dejarlo descansando, salí a comprar lo preciso y para volver enseguida.

Bajé las escaleras y fui al supermercado que estaba al lado de la armería, donde tendría que pasarme para darle alguna explicación al Señor Vicente.

- Buenos días Señor Vicente.

- Hombre Estela, ¿qué te ha ocurrido?

- Lo siento, sé que dije que no iba a tomarme las vacaciones pero me ha surgido un problema y no puedo venir por ahora.

- ¿Es Carlos?

- Sí - sollocé - él no está bien y me necesita.

- No te preocupes mi niña, cuando quieras puedes volver, ahora atiende tus problemas que yo podré con esto.

- Gracias, muchas gracias.

Me di la vuelta y sin querer volví la vista hacia la vitrina, hacia el arma con el que tan egoístamente pensé quitarme la vida pero la pistola no estaba allí, había desaparecido.

- Señor Vicente, falta una pistola de esa vitrina - dije asustada.

- Ah sí, no te preocupes. La vendí hace días.

- ¿Hace días?

- Sí, vino un joven. No sé, fue algo extraño, dijo que se la llevaba para que manos inocentes no la tocasen.

- Dios mío - dije asombrada.

- ¿Ocurre algo con esa pistola?

- No, no. Era solo curiosidad, tengo que marcharme.

- Está bien, hasta otro día.

- Hasta otro día.

Su rostro volvió a mi mente como si lo estuviera viendo en ese momento, ¿habría sido él? ¿habría sido mi ángel? Aún dudaba si lo ocurrido fue real o solo un sueño, pero quién si no iba a querer esa pistola, quién si no. Todo mi cuerpo se estremeció al recordar su voz, su olor, sus brazos, mi corazón se desbocaba cada vez que pensaba en él.

Volví a casa lo más rápido que pude, al llegar a la puerta de casa escuché voces más altas de lo normal, me apresuré a abrir la puerta para ver que ocurría.

- ¿Qué haces tu aquí? - dije sin mediar más palabras.

- Soy su amiga y he venido a verle.

- Quiero que te largues de aquí inmediatamente.

- Ésta no es tu casa, solo estás aquí recogida.

- ¡Julia, vete! - intervino enfadado Carlos - no quiero volver a verte.

- ¡¿Qué?! La prefieres a ella, solo la conoces hace un año, no ves que en cuanto no le convengas te va a dejar tirado, ¡no lo ves!

- ¡Te he dicho que te marches!

Sin más dilación dio media vuelta y con un fuerte golpe cerró la puerta. Dejé las bolsas en el suelo y me eché en los brazos de Carlos.

- Lo siento Este.

- No te preocupes, no pasa nada. Solo quiero que tú estés bien.

- Ella acaba de llegar, hemos estado discutiendo y no quiero volverla a ver, no quiero a nadie ni nada que se interponga entre nosotros.

- Nada ni nadie lo hará, ¿vale? Solo tenemos que permanecer unidos, siempre unidos.

Coloqué la compra en la cocina sin dejar de darle vueltas a lo ocurrido, ¿a qué vino Julia? ¿qué quería? Carlos había demostrado una y mil veces su amor hacia mí y yo tenía que confiar en él, me confesó su error, por mí y por él debía darle una oportunidad.

Pasamos la tarde paseando por el parque que está debajo de casa, todo era tranquilo, relajado, todo era perfecto. Nada atormentaba nuestras mentes, abrazados permanecíamos sentados en uno de los bancos, no hacía falta nada más para ser felices, él y yo, los dos solos sin problemas, queriéndonos.

Subimos al piso cuando comenzó a anochecer, mientras yo preparaba la cena Carlos entró en el baño a darse una ducha. Hacía días que la tarde no era tan tranquila, hacia meses que no disfrutábamos de nuestro amor. Mientras preparaba la cena recordé a mis padres, ellos siempre estaban juntos, siempre disfrutando de su amor sin embargo yo no sabía como hacerlo, no sabía como permanecer a su lado, no sabía como ayudarle.

Después de cenar nos tumbamos en el sofá, su mirada, sus caricias, sus besos, el sentirme querida es lo único que necesitaba para seguir luchando, para seguir a su lado.

Desde que vine a vivir con Carlos nuestra relación había sido casi de familiares, pocas veces nos comportábamos como pareja. Muchas veces pensé que él no lograba verme como mujer, que intentaba mantenerse alejado y cuando estábamos juntos ponía distancia si pensaba que iba a perder el control. Quizás este era uno de los motivos de su relación con Julia y esto me dolía, me dolía mucho.

Carlos se fue a la cama mientras yo me daba una ducha, la cabeza no me paraba de dar vueltas, yo quería a Carlos y lo necesitaba, lo cierto es que no sabía como iba a reaccionar ante mi actitud pero debía intentarlo, debía romper ese muro entre nosotros.

A la mañana siguiente salí de casa decidida a buscar algo más que mis pijamitas de dibujitos, algo que impresionara a Carlos, algo que hiciera que me viese como una mujer, que me deseara. Entré en varias tiendas de lencería y al final me decidí por un camisón de seda negra, corto y sensual, perfecto para impresionarlo.

Pasé todo el día nerviosa sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, pensando mil veces cómo hacer para que todo surgiera sin más. Carlos más de una vez me preguntó que me ocurría pero yo solo sonreía. Llegó la hora de la cena y Carlos me miró extrañado.

- ¿Qué te ocurre cariño? Llevas todo el día un poco extraña.

- Nada, estoy bien, no te preocupes. Vamos a cenar, estoy un poco cansada y me apetece irme pronto a la cama.

- Está bien, yo también ando algo cansado.

Me marché al baño dispuesta a cambiar por completo mi imagen de niña, coloqué el camisón sobre mi cuerpo y recogí mi cabello. Respiré hondo varias veces, intentando calmar los nervios que recorrían mi estómago. Entré en la habitación con la luz apagada, Carlos ya estaba en la cama y yo temía su mirada, me acerqué a él en silencio, hasta llegar al extremo de la cama. Acaricié su pierna, deslizando mi mano hasta llegar a su pecho, su mano se posó en mi cintura guiándome hasta su lado, él se recostó en el cabecero de la cama, quedando sus labios a la altura de los míos. Acarició mi rostro con sus dos manos uniendo nuestros labios, sus manos bajaron por mi espalda deslizándose sobre la suave seda.

- Te quiero - dije mientras sus labios bajaban por mi cuello.

- Yo también te quiero, eres mi vida - dijo mientras se inclinaba para encender la luz - Dios mío, estás preciosa.

Sus ojos recorrieron sorprendidos todo mi cuerpo, sus manos acariciaban mis brazos hasta dejar todo mi vello de punta, clavó sus ojos en los míos y sonrió.

- Hacía tiempo que no veía ese rosado en tus mejillas.

- Shhhh - dije mientras tapaba sus labios con los míos.

Me tomó en sus brazos hasta hacerme quedar bajo él, sus labios recorrieron mi cuello, bajando por mis pechos hasta llegar a mi cintura, sus suaves labios y su respiración entrecortada me hacían arder. La seda negra se deslizó sobre mi cuerpo hasta caer en el suelo, su torso desnudo se apoyó sobre mi fundiéndonos en uno solo. Sus besos y caricias hacían estremecer mi cuerpo, cada centímetro de mi piel estaba cubierta por él, su olor se impregnaba en todo mi ser.

Como si de un solo ser se tratase nuestros cuerpos estaban unidos por nuestro amor, estaban fundidos por el calor de la noche, estaban brillando con la luz de la luna, estaban llegando a la locura. Sus besos y caricias no cesaron hasta devolverme a la lucidez.

Pasamos la noche abrazados el uno al otro, sobre las tres de la madrugada el sonido estridente del móvil nos despertó sobresaltándonos. Carlos cogió su móvil y fue hacia el baño, esperé en la cama algo asustada, era tarde y no imaginaba qué podía pasar.

- ¿Ha pasado algo, Carlos?

- No, no te preocupes. Llaman del pub, me necesitan, les ha fallado otro camarero y tengo que ir.

- ¿Ahora?

- Sí, Estela. Llevo sin aparecer por allí varias semanas y tengo que dar la cara. Voy a estar bien, no te preocupes.

- No me gusta ese trabajo, no me gusta estar sin ti.

- Cuando todo vaya mejor lo dejaré y buscaré algo mejor pero ahora lo necesitamos.

- Yo te necesito a ti, no quiero perderte.

- No me vas a perder, te prometo que todo va a ir bien.

- Por favor Carlos, no volvamos atrás, no…

- No te preocupes - dijo tapando mi boca - no tomaré nada, me controlaré, yo tampoco te quiero perder. Ya te he hecho demasiado daño.

Sus palabras sonaron sinceras pero no pude conciliar el sueño, solamente la idea de que pudiese pasarle algo me volvía loca. El reloj movía vagamente sus agujas, parecía estar sin fuerzas para continuar.

Respiré profundamente cuando escuché el sonido de la puerta, era Carlos, me levanté rápidamente para ir en su busca, para ir a abrazarlo.

- ¿Todavía despierta, cariño? - dijo recibiéndome en sus brazos con una sonrisa.

- No he podido dormir, te he echado de menos.

- Todo ha ido bien, no quiero que te preocupes por mí.

- ¿Cómo no me voy a preocupar?

- Todo va a ir bien, de verdad. Ahora vamos a descansar algo.

Nos marchamos al dormitorio a intentar descansar algo después de la larga noche. Pasó una semana y aún con el miedo de que pudiésemos retroceder, Carlos estaba haciendo honores para que yo me tranquilizase. Llegaba tarde a casa pero en perfectas condiciones, siempre sonriendo y durmiendo a mi lado. Todo estaba volviendo a su lugar y yo debía comenzar a trabajar, por una vez Carlos estuvo de acuerdo con que volviese al trabajo, debía salir de casa, despejarme un poco.

Sabía que una adicción no desaparecería en quince días pero tenía que darle un voto de confianza a Carlos, él estaba poniendo todo su empeño, la idea de que pudiera irme era tan dura que le daba fuerzas para dejar toda esa mierda a un lado.

Después de pasar el fin de semana al lado de Carlos, llegó el día de la vuelta al trabajo, me marché un poco antes para ayudar al señor Vicente a colocar la mercancía llegada. Se alegró mucho de verme, decía que esos días sin mí habían sido una tortura y necesitaba descansar. Le animé a que se marchara a descansar, yo no pasaría mi mejor día y tampoco quería tener que contestar a muchas preguntas, él aceptó sin pensarlo demasiado. Pasé el día colocando mercancía y atendiendo a los pocos clientes que entraron.

Los meses pasaban y ambos nos íbamos habituando de nuevo a nuestro rutinario trabajo. Por las mañanas la armería y por la tarde las tareas del hogar aunque alguna que otra tarde me había animado a dar un paseo para despejar mi mente, necesitaba salir de casa para dejar de pensar y de preocuparme.

Carlos no había vuelto a colocarse, por ahora todo parecía normal aunque seguía en ese pub, trabajando toda la noche. Me había prometido que cuando todo fuese mejor lo dejaría y esa esperanza es la que me hacía tener paciencia. Estos meses habían sido muy duros para los dos, para Carlos por mantenerse lejos de todo aquello que nos separaba y para mí por el miedo a que todo volviese atrás, todo esto hacía que me costase mucho conciliar el sueño, sobre todo cuando Carlos se retrasaba algo más de lo normal.

- Esta noche llegas tarde - dije intentando que mi voz sonara tranquila.

- Y tú como siempre despierta, ¿no?

- Estaba esperándote.

- ¿Cuándo vas a dejar de preocuparte por mí?

- ¿Cuando cambies de trabajo?

- Ya queda menos aunque deberías acostumbrarte a que llegue tarde y poder descansar sin mí a tu lado.

- ¿Por qué dices eso?

- Es solo que no quiero que pases todo el día cansada por esperarme despierta.

- Ya lo sé pero no duermo bien si no estás a mi lado.

- Has de intentarlo, ¿vale? - dijo mientras besaba mi frente.

- Está bien pero prométeme que esto no va a durar mucho más, que vas a buscar otra cosa.

- Eso no es tan fácil como parece pero lo intentaré.

- Estás preocupado por algo, ¿qué te ocurre?

- Nada, ¿qué me va a ocurrir? No te preocupes más.

Me sonrió como si no ocurriese nada pero su mirada no me decía lo mismo, sus ojos reflejaban una preocupación que no lograba entender. Intenté confiar en él, quizás solo fue un mal día y no ocurría nada, quizás solo era mi desconfianza hacia ese trabajo.

Carlos estaba muy cansado y decidimos dejar la conversación para otro día, nos tumbamos en la cama y abrazados nos quedamos dormidos uno al lado del otro.

Mis ojos se abrieron en frente de la vitrina, mi cuerpo temblaba mientras sus manos acariciaban mi cintura, sus labios rozaban mi cuello y su olor impregnaba mi piel. Su rostro se reflejaba en el cristal, me miró y sonrió, sin querer mis labios se curvaron respondiendo a su sonrisa y él respondió con un beso. Mi cuerpo se estremeció cuando él hizo girar mi cuerpo para quedar atrapado entre sus brazos, sus ojos oscuros me hipnotizaron, no podía apartar la mirada, cerré mis ojos cuando sus labios se posaron en los míos, cuando su lengua buscaba la mía, se separó lentamente y apoyando su mejilla en la mía me susurró al oído: “te quiero”.

Estas palabras me sobresaltaron, esa voz no correspondía con mi ángel, y me desperté. Carlos estaba a mi lado con cara de asustado.

- Lo siento, te he despertado.

- No, no te preocupes - dije adormilada - es solo que me he asustado.

- ¿Con qué soñabas?

- Con nada, ¿por qué?

- No sé, estabas susurrando algo.

- ¿Algo?

- Sí, decías algo así como “mi ángel”.

- No sé, no recuerdo nada.

- Bueno al menos estabas dormida.

- ¿Y tú qué hacías despierto?

- No tengo mucho sueño.

- ¿De verdad que no te preocupa nada?

- De verdad, solo me preocupas tú y que estés bien.

- Yo estoy bien siempre que tú lo estés. Así es que vamos a dormir que también tú tienes que descansar.

- Está bien, vamos a dormir, ¿no? - dijo con resignación.

- ¿¡Qué!?, ¿tienes algún plan mejor?

- Lo cierto es que sí.

- ¿Sí?, ¿en qué estás pensando?

No respondió con palabras pero sus labios atraparon el lóbulo de mi oreja para dejar escapar un “te quiero”, su lengua resbaló hacia mi cuello, sus manos acariciaban mi rostro con dulzura y su cuerpo atrapaba al mío en la oscuridad de la noche.

- No sé que haría sin ti - dijo mientras jugueteaba con un mechón de mi pelo.

- Yo tampoco sé que haría sin ti, aunque creo que no debes preocuparte por eso, no tengo intenciones de que pases ni un día sin mí, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

Le abracé fuertemente y me levanté pues se había hecho tarde y tenía que ir a trabajar. Entré en la ducha mientras Carlos seguía hablando conmigo, me estaba contando que tenía ganas de salir de allí, de pasar una temporada fuera de Leganés. Yo pensé que quería tener unas vacaciones, ya que este año por motivos de economía no habíamos viajado, él estaba acostumbrado a pasar los meses de verano en Zambujeira y pensé que era normal. Cuando salí de la ducha me preguntó qué pensaba de la idea de cambiar de ciudad, esto me sorprendió ya que no me lo había planteado aunque yo iría donde estuviera él. Lo cierto es que se dio cuenta de mi sorpresa y aparcó el tema.

Me marché al trabajo pensando en la idea, y no entendía muy bien el motivo pero lo cierto es que el lugar donde vivir no era muy importante, si él estaba a mi lado.

Cuando entré en la armería, había una nota en el mostrador, donde el señor Vicente me informaba de que llegaría tarde. Aún era pronto para abrir, decidí limpiar un poco las vitrinas y él volvió a mi cabeza, seguía sin saber si todo aquello había sido real pero se había convertido en un sueño que muy frecuentemente que me hacía estremecer. El pensar en él, me producía una sensación de relajación y seguridad que hacía mucho tiempo que no sentía, el sueño de esta noche era una nueva señal de que él se había convertido en alguien muy especial para mí aún sin ni siquiera saber si era real.

Pasé el resto de la mañana limpiado toda la trastienda y atendiendo a los clientes que llegaban. La mañana pasó rápido y pasé por el supermercado a comprar algunas cosillas para cocinar, tenía pensado cocinar algo especial para Carlos, me sentía algo mal por estar pensando en otro.

Cuando llegué a casa, Carlos estaba en la habitación como loco, sacando toda la ropa de los armarios y entrándola a montones en una vieja maleta.

- ¿Qué ocurre? - dije asustada al ver su rostro - ¡Dios mío! ¿Qué te ha pasado?

- Tenemos que irnos, tenemos que irnos.

- Pero ¿qué te ha pasado?, ¡estás sangrando!

- Estoy bien, ahora no puedo explicarte pero tenemos que marcharnos, por el camino te contaré.

Sin mediar más palabras y muy asustada, accedí a ayudarle y guardar el resto de ropa en otra maleta. Tomó el dinero que guardaba en un cajón de la mesita de noche y me aconsejó que guardase mi documentación dentro de las botas que llevaba puestas. Bajamos las escaleras a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos, al llegar a la puerta Carlos me dijo que esperara dentro, salió con las maletas mirando hacia todos los sitios, fue hacia el coche y entró las maletas en el asiento trasero del coche. Nerviosa corrí hacia el asiento del coche y cerré con un golpe seco la puerta.

Puso el coche en marcha y a toda velocidad nos dirigimos a las afueras de Leganés. Estaba tan nerviosa que no me salían las palabras, todo mi cuerpo estaba temblando, Carlos sujetó mi mano mientras yo la miraba asombrada intentando que no temblase.

- Lo siento, lo siento mucho.

- ¿Qué ha pasado? - dije con voz temblorosa.

- Ya no me dan más tiempo, quieren su dinero y harán lo que sea - contestó entre lágrimas, me miró y supo que no entendía nada - lo siento, no pensé que esto ocurriría, pensé poder solucionarlo.

- ¡¿Qué sucede?!

- Debo dinero, mucho dinero.

- ¡¿Cómo?!

- Es una deuda que fui acumulando cuando…, cuando consumía con Julia. Estábamos muy enganchados y no le dimos importancia, y ahora…, ahora es tarde.

- Habla con ellos, conseguiremos el dinero para pagar la deuda.

- Ellos no escuchan, ya me han dado demasiado tiempo.

- ¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

- Tenemos que desaparecer, salir de aquí…

La rapidez en su conducción hizo que pronto no supiese por donde estábamos, miré hacia ambos lados pero no lo reconocía, terminamos en un camino sin asfaltar. Un fuerte golpe trasero cortó la conversación, ambos gritamos asustados, Carlos miró hacia atrás reconociendo los rostros que nos seguían y gritando: “Son ellos”.

Mi cuerpo temblaba con más fuerza, sin saber qué hacer, mis lágrimas comenzaron a brotar a borbotones, mis manos se quedaron enganchadas fuertemente al asiento del coche. Miré muy asustada hacia atrás cuando vi que el coche intentaba adelantarnos, cuando se encontraban a nuestra altura un hombre nos miró con una malvada sonrisa en sus labios que dejaba entrever sus amarillentos dientes. Mis ojos se cerraron cuando vi venir el coche hacia nosotros, el golpe produjo que el coche se dirigiera hacia uno de los árboles que se encontraba en el borde del camino.

El golpe nos dejó conmocionados, volví en sí cuando noté unos brazos sacándome del coche, su tacto era áspero y estaba apretándome demasiado, intenté soltarme y eso empeoró la situación, sus fuertes manos apretaron con más fuerza mis brazos hasta sacarme del coche.

Miré hacia todos lados hasta ver a Carlos, estaba sentado y maniatado a un árbol, su rostro estaba ensangrentado y uno de esos tipos lo sujetaba por el cuello, no lograba escuchar su conversación, aún estaba algo conmocionada pero aún así comencé a gritar.

- ¡Carlos, Carlos! - intenté por todos los medios soltarme pero aquellas manos eran implacables - ¡Suéltame!

- ¡Suéltala! - gritó Carlos mientras intentaba ponerse en pie - ¡No la toques!

Me removí entre las manos de aquel tipo y logré soltarme, corrí hacia Carlos cayendo a sus pies y me arrastré hasta conseguir abrazarlo.

- ¡Carlos!, ¡Dios mío!, ¿qué te han hecho?

- Estoy bien Estela - dijo suavemente cerca de mi oído - Siento mucho todo esto, no sé como pero tienes que salir de aquí, tienes que escapar.

- No me voy a ir sin ti.

- Por favor escúchame.

- Ya está bien de tanta cháchara - dijo una voz ruda mientras unas manos me separaban de Carlos - ¡Vamos!

- ¡No me toques! - dije mientras lo empujaba para soltarme, me giré mirando fijamente al tipo que esta vez me agarraba, era muy alto y fuerte, de piel y pelo muy oscuro. Por sus ropas y forma de hablar supe que era él quien dirigía todo aquello - ¡No me toques!

- Qué genio tienes, ¿no? Yo sé como tratar a las niñas con tanto genio como tú - dijo riendo a carcajadas - En una semana vas a estar más suave que un guante.

- Déjala, ella no tiene nada que ver, déjala.

- Ella tiene todo que ver, ella va a ser quién pague tu deuda. Tú solo vas a dar tu vida, ella dará el dinero.

- ¡Te he dicho que la sueltes!

Al escuchar el grito de Carlos se giró propinándole un puñetazo en su cara, yo intenté acercarme a Carlos pero solo logré recibir otro golpe que hizo que cayera hacia atrás. Dos de sus hombres me sujetaron mientras el otro sacó una pistola y la empuñó dirigiéndola a Carlos.

- ¡No! - grité mientras miraba el rostro de Carlos, él estaba mirándome, su rostro era de total arrepentimiento - ¡No lo hagas!

- Lo siento mucho Estela, lo siento - me dijo Carlos mientras yo intentaba soltarme.

Un terrible estruendo cortó de golpe nuestra conversación, Carlos seguía mirándome mientras una pequeña lágrima recorría su rostro, logré leer en sus labios un te quiero antes de que desfalleciera.

- ¡No! - grité desolada mientras el asesino de Carlos se acercaba a mí - ¡Carlos!

- ¡Cállate! - dijo mientras me golpeaba - Te alegrarás de que haya muerto cuando descubras que es lo que te espera a ti.

Sus palabras hicieron que mis rodillas cedieran, no por miedo a lo que me pudiera pasar sino por Carlos, no era posible, no podía ser. ¿Carlos muerto? No, no, eso no podía ser cierto. Todo había pasado muy rápido pero esto no podía ser, lo miré mil y una vez, pronuncié su nombre entre sollozos esperando su respuesta pero nada, solo escuchaba unas risas de fondo.

Conseguí arrastrarme hasta llegar a su lado, todo su cuerpo estaba empapado en sangre y su rostro hundido en su pecho. Lo tomé entre mis manos intentando hacerlo reaccionar pero no lo conseguí. En un último intento de desesperación grité su nombre mientras lo abrazaba.

Este abrazo fue lo último que me llevaría de él, lo sujeté con fuerza hasta que uno de los hombres me arrastró hacia el coche, mientras me llevaba hacia una muerte en vida.