Dicen que cuando estás a punto de morir, tu vida te pasa por delante en un segundo, no es cierto, cuando estás a punto de morir piensas en todo lo que quieres hacer, todo lo que te falta por vivir.
Intenté abrir mis ojos pero no podía, sabía que no estaba sola, escuchaba a mi ángel alrededor de mi cama. También escuchaba una voz de mujer que discutía con mi ángel por haberme llevado a aquel lugar. No entendía nada pero estaba tranquila, su voz y sus manos sujetando las mías me mantenían viva.
Esta vez desperté en la habitación del hotel donde me quedaba con mis padres, escuché risas y me asomé al baño de la habitación, encontré a mamá y papá con Dani revoloteándole en pelo.
- Cariño, ¿qué haces aquí? - me dijo sorprendida de verme.
- He venido para quedarme con vosotros.
- No, eso no es posible cariño, no deberías estar aquí.
- Pero yo os echo de menos y no puedo seguir sin vosotros.
- Sí que puedes, has sido muy valiente y tienes que seguir adelante. Hay personas que te necesitan y de ti depende su felicidad.
- Mi ángel - dije instintivamente
Mamá se acercó y me besó, en ese momento comencé a recordar a Andrea montada en el taxi, a Esquirla en aquel callejón, la sangre de mi pecho y a mi ángel sujetándome.
Un soplo de aire llenó mis pulmones y mis ojos se abrieron de par en par, no conseguía ver más allá de unos focos que me deslumbraban, poco después una sombra se acercó a mí, el rostro de una mujer con cara de pocos amigos me examinaba.
- ¿Cómo te encuentras? ¿Sabes cómo te llamas?
- ¿Dónde estoy? ¿y mi ángel? - dije entre susurros.
- Has estado entubada hasta esta mañana supongo que por eso no puedes hablar bien. Te encuentras en la sede Ángeles Negros, soy Sofía, la médica de esta unidad, estás aquí por un error, nunca debiste entrar aquí, Uriel se equivocó.
- ¿Qué? No sé de qué me habla.
- Has estado una semana en coma, después del tiroteo. Descansa porque a partir de ahora estás dentro y no podrás salir.
- ¿Quién es Uriel?
- Supongo que ese que dices que es tu ángel. Descansa, es una orden.
Inyectó algo en mi vía y mis ojos comenzaron a pesar, volví a tener la misma pesadilla, todo aquel terrible año volvía a pasar por mi mente, todas las torturas, cada violación, todo lo pasado hasta conseguir escapar de aquel maldito lugar. En ese momento unas manos sujetaron las mías y desperté asustada.
- Perdona, no quería asustarte - dijo con su preciosa voz.
- No, no te preocupes, estaba teniendo una pesadilla.
- ¿Cómo estás? Me dijo Sofía que habías despertado y que te encontrabas bien.
- Sí, estoy bien, aunque algo confundida, no sé donde estoy y no entiendo porque Sofía me ha dicho que no puedo salir de aquí.
- Por eso he venido, quiero ser yo quien te explique esto. Quizás no debería haberte traído aquí pero no supe donde llevarte cuando te vi herida. Lo siento.
- ¿Lo sientes? Me has salvado la vida, no tienes que sentir nada.
- Esto no es un hospital del que puedas salir como si no hubieras visto nada, es un centro de reclutamiento. La gente que trabajamos aquí somos especialistas en armamento, delincuencia y especialistas en eliminar todo aquello que hace que la sociedad no esté segura.
- ¿Un ejército?
- No, nosotros trabajamos solos, no dependemos de ningún gobierno o al menos oficialmente, nos ocupamos de acabar con aquello que el gobierno por motivos de ética no puede acabar. Nos hacemos llamar “Ángeles Negros” y una vez que se está dentro no se puede salir.
- No se puede salir vivo - dijo Sofía desde la puerta - Uriel ha cometido un error al traerte, nosotros somos quienes elegimos quién entra. Aunque en este caso yo apoyaré tu candidatura porque no se busque más problemas de los que ya tiene debido a tu entrada aquí.
- ¿Y qué pasa ahora? - pregunté sin entender muy bien que estaba ocurriendo.
- Pues pasa que tendrás que internarte en una de las tres categorías que existen dentro del centro, tendrás que prepararte durante unos meses hasta que el grupo de expertos considere que estás preparada para comenzar.
- ¿Y cuáles son las opciones?
- Te veo muy animada a comenzar.
- Estoy segura que no va a ser tan duro como de donde vengo, no creo que exista nada peor que eso.
- Te puedo asegurar que vengas de donde vengas nunca habrás tenido que pasar por algo peor que esto, no todo el mundo aguanta.
- Aguantaré.
- En ese caso te explicaremos las opciones - dijo Uriel animándome a seguir - puedes trabajar de interna, recopilando información de los casos que seguimos, planificando las salidas y preparando el armamento, creo que es una buena opción para ti. La otra opción es estar fuera del centro, sirviéndonos de gancho, informándonos de sucesos violentos o situaciones complicadas en las cuales tengamos que implicarnos. Cualquiera de las dos opciones será buena - dijo convencido.
- ¿Y la tercera? Sofía ha dicho que eran tres.
- La tercera opción está cerrada.
- No Uriel, la tercera está abierta, tú la has traído pero tendrá la opción de escoger dónde quiere estar - dijo con tono enfadado- la tercera opción es la de Ángeles Negros, se llaman así porque son los que hacen el trabajo sucio, son los que limpian la ciudad de delincuentes, para ello hay que prepararse física y mentalmente, es muy duro y pocos aguantan la presión pero gracias a ellos la sociedad puede estar un poco más tranquila.
- Dios mío - dije sorprendida - no puedo creer lo que está pasando.
- Pues espabila niña, aquí hay que aprender a hacer las cosas con rapidez, en ello te va la vida.
- ¿No hay otra opción? Yo solo quiero poder vivir tranquila.
- Sí - dijo mientras ponía sobre mi cama una cajita de madera.
- ¿Qué haces Sofía?
- Tiene que saber todas las opciones.
Abrí la cajita mientras Uriel discutía con Sofía por haberme entregado la caja, contenía una jeringuilla de plata con un botecito de cristal insertado, el cual contenía un líquido transparente y algo denso.
- Es ácido sulfúrico, inyectado en vena es rápido y mortal, sin posibilidad de fallo.
Asustada separé la caja de mi lado sin pensarlo dos veces y dije: “Aguantaré”.
- Está bien ahora solo tienes que decidir dónde te quedas - dijo Sofía.
- A su lado, él es quién me ha traído y con quien quiero estar.
- No, no puedes entrar, estás débil y no nos sirves. En Ángeles Negros solo están aquellos que no tienen nada que perder, nada por que luchar, no nos importa morir.
- Uriel, ella decide.
- Pero no va a servir.
- Está bien, si no pasa el examen de entrada la pasaremos a internos.
Salió enfadado de la habitación dando un fuerte golpe en la puerta.
- No te preocupes, se le pasará.
- No entiendo porque se ha puesto así - dije esperando una respuesta - yo no tengo nada que perder y es la opción que más me interesa.
- Supongo que no quiere cargas.
- Hace tiempo que dejé de ser una carga para nadie, sé cuidar de mí misma.
- Si fuera así, no estarías aquí. Si de verdad quieres estar en su grupo prepárate a conciencia, no va a ser fácil. El examen es dentro de un mes y tus compañeros te llevan meses de ventaja.
Sus palabras me hicieron pensar, supongo que el motivo de querer pertenecer a ese grupo tenía nombre. Pero llegados a este punto, ya que la vida me había dado una nueva oportunidad, no iba a desperdiciarla, iba a hacer lo que estuviera en mis manos para ser feliz.
La única forma de seguir adelante era trabajar para ellos, obedecer y prepararme. Quería estar a su lado, desde el primer día que sus manos rozaron mi cuerpo, en la armería, mi corazón comenzó a latir por él. Su olor, el roce de su piel, sus labios, el latido de su corazón, esa media sonrisa que me hizo enloquecer. Todo me indicaba que era él.
Después de intentar descansar, la mañana siguiente desperté con ganas de comenzar a trabajar, no podía permitirme perder más tiempo, mis compañeros estaban aventajados y no podía dejar correr más el tiempo. Intenté abrir la puerta de la habitación pero se encontraba cerrada, miré por los cristales intentando ver si había alguien al otro lado, pero no tuve éxito. Di varias vueltas hasta que la puerta se abrió.
- ¿Qué te ocurre? - dijo Sofía preocupada.
- Buenos días, me llamo Estela y soy la nueva recluta de Ángeles Negros. Quiero comenzar a trabajar ya.
- Bienvenida - dijo sonriente.
- Quiero saber que tengo que hacer.
- Bueno para empezar necesitarás ropa, esa bata no acompaña. El entrenamiento comienza a las ocho, aún es temprano pero me dará tiempo a enseñarte todo el centro y a instalarte en tu habitación. ¿Me sigues?
- Por supuesto.
Sin más dilaciones, la seguí hasta un vestuario donde me ofreció varias mudas de ropa de trabajo, toda negra. Me enseñó la sala de tiro, las aulas de práctica, el comedor, el centro interno de información, la armería y por último la zona de las habitaciones. Éstas eran mixtas, con varias literas y unas taquillas al lado de éstas para colocar la poca ropa que teníamos.
- Bueno Estela, aquí te dejo, comienzas este reto, te deseo suerte.
- Gracias, estoy segura que todo va ir bien.
- No te confíes, esto no va a ser un camino de rosas.
- No lo haré, trabajaré duro.
- Tu cama es la última a la derecha, en la taquilla del lado puedes colocar tus cosas.
- De acuerdo.
- Ahora cámbiate y baja a desayunar, el entrenamiento comienza en media hora.
Intenté cambiarme lo más rápido que pude para poder desayunar y no llegar tarde a las clases. Aún me molestaban las heridas de bala pero no estaba dispuesta a perder más tiempo, me miré en el pequeño espejo de la taquilla y mayor fue el dolor al ver el cinturón de rosas que Javier había ido haciendo en mi cintura en este año infernal.
- Aún no estás bien - dijo su voz dulce sobresaltándome.
- Me has asustado, no te he escuchado entrar.
- He venido para intentar convencerte de que cambies de opinión, no estás preparada para esto.
- Tú no lo sabes, y estoy decidida a hacerlo.
- No lo entiendes, esto no es el colegio que puedes cambiar de especialidad si no te conviene. Aquí solo se elige una vez, si sirves bien, sino se acabaron las oportunidades.
- Sofía dijo que si no superaba el examen me pasarían a internos.
- Sofía no es quien manda, y temo que Gonzalo no piense igual. Aquí no dan muchas oportunidades.
- Lo voy a hacer bien, confía en mí.
- Por Dios, ¿no te das cuenta?, no vas a aguantar.
- Si lo haré, estoy segura.
- No te quiero a mi lado - dijo mirándome fríamente a los ojos.
- ¿Qué? - dije asombrada - ¿por qué me recogiste de aquel callejón entonces? - su silencio me hizo reaccionar rápido - No te preocupes, no quiero ser una carga para nadie, no tendrás que verme más allá de las clases.
- Eso espero - contestó furioso mientras abandonaba la habitación.
Esto no pintaba bien, pero bueno, nadie dijo que conseguir metas fuera fácil, terminé de vestirme lo más rápido que pude y me dirigí a buscar la primera clase que indicaba el horario que Sofía me había entregado. Me costó averiguar en qué día nos encontrábamos y el aula en la que tenía la clase. Cuando llegué la puerta estaba entreabierta y los mis compañeros sentados, y al abrir la puerta lo volví a encontrar.
- Llegas tarde.
- Perdona pero no encontraba el aula - continué mi camino hacia una de las sillas libres.
- ¿No me has oído? Has llegado tarde, esto no es el colegio, fuera.
- ¿Qué? Es mi primer día y no sabía donde era la clase.
Sin más dilación me cogió por el cuello y me empotró contra la pared, mis pies no conseguían llegar al suelo.
- ¡Fuera! No consiento retrasos en mi clase y mucho menos contestaciones ni quejas.
Sus ojos estaban enfurecidos hasta que mi boca soltó un leve quejido cuando apretó mi abdomen contra la pared, en ese momento me dejó caer.
- No vuelvas a llegar tarde o estás fuera. Ahora márchate, no quiero verte.
Sin más me levanté del suelo y salí como pude de la clase, cerré la puerta de un golpe e intenté seguir caminando pero me sentí mareada y caí en el suelo, intenté respirar para reponerme, hasta que el dolor remitió. Cuando decidí levantarme comencé a escuchar su voz, sus explicaciones eran de armamento y la verdad es que después de trabajar en la armería todo aquello me sonaba y allí sentada tomé los apuntes que pude.
- ¿Qué haces aquí? La clase es dentro - dijo Sofía sorprendida.
- Shhhh, lo sé. He llegado tarde. Si hablas no puedo tomar apuntes.
- Está bien, ahí te dejo.
Mientras miraba como Sofía se marchaba la puerta se abrió.
- ¿Se puede saber que estás haciendo?
- Pues tomar apuntes. Me has echado de clase pero no dijiste nada del pasillo.
- Dije que no te quería ver.
- Pues no haber abierto la puerta.
- ¿Qué está pasando aquí?
- Nada Sofía, la he echado de clase por llegar tarde pero sigue aquí.
- Estoy en el pasillo, he obedecido y he permanecido aquí sin molestar.
- Ya basta, Gonzalo está por el centro, si queréis evitaros problemas solucionar esto ya.
Nos miramos fijamente y me hizo un gesto para que entrara en clase. Pasé sin discutir más y me senté. Después de cinco minutos de clase, comencé a notar de nuevo ese molesto dolor. Apreté la herida con intención de que el dolor pasara pero al hacerlo me di cuenta que mi camiseta estaba empapada en sangre. Me levanté de inmediato y me dirigí a la puerta.
- ¿Se puede saber dónde vas ahora?
- Tengo que marcharme - comencé a marearme de nuevo - tengo que salir.
- Pero qué crees que es esto.
En su intento de sujetarme para que no me marchara sujetó mi brazo y mis rodillas se tambalearon.
- ¿Qué te ocurre? - esta vez su voz sonó preocupada.
- Nada, tengo que salir.
Salí como pude escondiendo la debilidad de la que mi ángel hablaba, llegué a enfermería casi arrastrándome. El golpe contra la pared hizo que unos puntos se soltaran, nada grave, nada que me haga desistir de mi objetivo.
Al día siguiente madrugué y llegué la primera a clase. Cuando llegó Uriel ya estaba sentada en mi asiento, me miró y se notó una leve sonrisa en sus labios.
Las clases transcurrieron normalmente, primero la clase con Uriel, luego Blanca, Gonzalo y Raúl. Las clases se basaban en armamento y estrategias, también se daba un poco de psicología e interpretación. En cada clase nos contaban actuaciones del grupo, nos preguntaban qué haríamos en la situación y aunque la mayoría de las veces no acertábamos, íbamos aprendiendo rápidamente.
El tiempo que no pasaba en clase lo dedicaba a estudiar y prepararme en el gimnasio. En clase eran solamente diez y conmigo hacíamos once, las actividades de prácticas las hacíamos en grupo, en mi grupo éramos tres, el grupo más pequeño, aunque estaba segura que juntos lo conseguiríamos. Me llevaba bastante bien con los chicos de mi grupo, Abel y Marcos, me trataban con igualdad, de tú a tú y para mí, después de sentirme despreciada tanto tiempo, era primordial.
Gema era mi compañera de litera y aunque no estaba en mi grupo congeniamos desde el primer momento, terminé sentándome con ella en clase y preparándonos juntas para el examen.
El gimnasio de la sede lo compartíamos con los profesores aunque no solíamos cruzar palabra con ellos, no eran de lo más agradable en clase con nosotros. Supongo que ese es su trabajo, ya que entre ellos sí que se llevaban bastante bien, sobre todo Blanca y Uriel, solían entrenar juntos y entre ellos todo eran sonrisas. Procuraba no mirar mucho para que no notase mi malestar cuando los veía tan bien juntos.
Como cada día después de la comida quedé con Gema para ir al gimnasio pero no se encontraba muy bien y decidió ir a dormir un rato. Yo seguí con mis planes, supuse que no habría nadie allí como siempre. Cuando llegué a la puerta del gimnasio me sorprendí de que la música estuviera sonando, poca gente iba al gimnasio a esas horas, entré sonriendo esperando encontrar a Marcos o Abel pero me quedé parada delante de la puerta cuando me encontré a Uriel de frente.
- ¿No entras? - dijo Uriel cuando me vio parada en la puerta.
- Sí, claro, es solo que pensé que no había nadie.
Ignoró mis palabras y continuó golpeando el saco. Intenté hacer lo mismo, pasé por su lado y me dirigí a la cinta. Después de media hora bajé de la cinta y por fin vi entrar a Marcos por la puerta. Sentí un gran alivio, cuando lo vi, me dirigí hacia él, al menos así no habría tanta tensión.
- Pequeña mía, ven aquí - dijo mientras me levantaba en peso - Estás preciosa incluso sudada.
- Que tonto eres.
Marcos estaba siempre igual, nos mimaba demasiado aunque la verdad es que se agradecía. Sujetó mi cintura y comenzó a bailar conmigo, al final terminamos riendo y olvidando que Uriel estaba allí.
- Tenéis que tener el examen muy bien preparado para estar de tan buen humor, ¿no? Porque solo quedan dos semanas…
- Por supuesto jefe, somos los mejores - dijo Marcos sin vacilar - Vamos a aprobar.
Se dio media vuelta hasta llegar a unos guantes de boxeo que se encontraban colgados y se los lanzó.
- Demuéstralo.
- ¿Qué? - dije sorprendida- Marcos no lo hagas, aún no, vas a terminar herido.
- ¿No decías que eráis los mejores? Sois todos iguales, sois unos mierdas.
Enfadada le quité los guantes de un tirón y me los coloqué, no estaba dispuesta a que hiciera daño a Marcos y por supuesto a aguantar más desprecios.
- ¡Vamos! - le grité mientras subía al ring - ¡Vamos!
Me ignoró y tiró sus guantes mientras se marchaba a las duchas. Me sentí furiosa por su desprecio y sin pensarlo bajé del ring y después de recoger sus guantes del suelo me dirigí a las duchas.
- ¿Qué haces? ¿Estás loca?
- Suéltame Marcos, esto no va a quedar así.
- Te van a echar.
- Pues que me echen - dije mientras me desenvolvía.
- Marcos déjala - sonó la voz de Blanca desde la puerta.
La miré y continué mi camino a las duchas, estaba furiosa y nadie me pararía. Cuando entré estaba desnudo en las duchas, continué caminando hasta estar detrás de él. Continuó duchándose ignorándome, tiré los guantes a su lado y le grité:
- ¡Vamos!
- ¿Qué haces? - dijo dándose la vuelta.
- Tendrás que demostrar que soy una mierda, no voy a tolerar más desprecios.
- Estás loca, te van a echar por esto.
- No tengo nada que perder.
De repente sujetó mi brazo y me llevó dentro de la ducha con él, me sujetó bajo la ducha y todo intento por soltarme fue en vano.
- Baja esos humos, ambos sabemos de dónde vienes, deja de dártela de tan digna - dijo mientras intentaba besarme.
Estas palabras fueron balas que volvieron a atravesarme pero esta vez en el corazón, sin pensarlo lancé con todas mis fuerzas un puñetazo sobre su rostro. El golpe hizo que me soltara.
- ¡Jamás, jamás! - dije entre lágrimas - No vuelvas a hacerlo, aunque me cueste la vida no voy a tolerar esto. Prefiero morir.
Salí de las duchas como alma que lleva el diablo, no crucé palabra con Blanca ni Marcos.
- ¡Estela para!, ¿qué ha pasado?
- Marcos déjame, ahora no.
No sabía dónde ir, pasé por la habitación de enfermería donde empezó todo y sin dudarlo entré, era uno de los pocos lugares que estaban vacíos. Lloré hasta que mis ojos se quedaron secos, lo único por lo que seguía luchando me odiaba y no conseguía saber por qué.
Cuando vi que las luces bajaron su intensidad salí de la habitación de enfermería y me dirigí a la de los alumnos, allí se encontraban esperándome y no pude retener de nuevo mis lágrimas.
- No llores mi pequeña - dijo Marcos mientras me abrazaba - todo va a salir bien, no voy a dejar que te ocurra nada malo.
Gema y Abel también se abrazaron a nosotros y terminamos todos llorando.
- Estoy bien chicos, no os preocupéis vale, necesito descansar. Solo estoy cansada.
- Venga chicos dejarla, vamos a dormir.
Gema me conocía bastante bien y sabía que no era muy dada a ciertas escenitas. Me fui al baño a darme una ducha y colocarme el pijama, era tarde y mañana sería un día complicado.
Cuando salí estaban todos en sus camas, menos Marcos que estaba en la mía.
- ¿Qué haces?
- No te voy a dejar sola. Ven que te hago un hueco.
- No hace falta que le hagas hueco - sonó su voz en la oscuridad - Cámbiate, nos vamos.
- Si te la llevas a ella tendrás que llevarme a mí, yo fui quien origino todo esto.
- No me tientes niño.
- ¡Marcos para! No hagas esto más complicado - cogí ropa de mi taquilla y me marché – Vamos, me cambio fuera.
- Estela no te vayas.
- Despídeme de Abel y Gema. Os quiero.
Cuando salí me dirigí directamente a los vestuarios a cambiarme. Cuando estaba colocándome el pantalón, entró Uriel a darme un chándal, no quería que tuviese ropa de trabajo, supuse que estaba fuera y no era conveniente que un cadáver vistiese sus uniformes. Cuando terminé él entraba.
- Bonito chándal para morir, ¿no? - dije intentando hacerme la fuerte.
- ¿Eso piensas de mí? ¿Crees que sería capaz de terminar contigo?
- Dímelo tú, para qué me has sacado de mi habitación entonces.
-Tenemos que hablar y no puede ser aquí - dijo mientras me sujetaba e inyectaba algo en mi brazo - Shhhh.