- Bueno, ¿qué vamos a hacer hoy? – dije a mamá después de desayunar.
- ¿No has quedado con Carlos?
- Hoy nos veremos por la noche, quiero pasar el día con vosotros, ¿os parece bien?
- Muy bien, aunque supongo que esto viene por la conversación de ayer, ¿no?
- Un poco, pero también porque me apetece.
- Está bien, bajaremos a la playa y después de comer pasearemos por los puestos artesanales, papá quiere llevarse un recuerdo a casa y aún no hemos comprado nada.
- Me parece buena idea pues pronto nos marcharemos.
- Sí cariño, la despedida está cerca – su voz sonó nostálgica, ¿sería eso lo que le ocurría? ¿Que pronto dejaríamos Zambujeira para volver a casa?
- Bueno pero el año que viene más, no te preocupes, además aún nos queda para irnos.
Sonrió y se llevó Dani a fuera. Yo terminé de arreglarme mientras ellos seguían con sus bromas en la habitación. Cuando terminé bajamos a desayunar, nos sentamos en la mesa de siempre y cada uno tomó su desayuno. Yo tomé mi zumo de naranja con tostadas de paté. Mi padre siempre se quejaba de lo cortas que se hacían las vacaciones y la verdad es que este año también a mi se me estaban haciendo cortas.
Terminamos el desayuno y después de pasar por la habitación a cepillar nuestros dientes bajamos a la playa. Como siempre estaba llenísima, aunque entre sus calas la densidad de personal era menor. Me quité mis pantalones y cogí al pequeño para irnos al agua, él se deshizo de mis brazos y echó a correr y yo detrás de él. Nos quedamos en la orilla jugando a chapotear con el agua y llenar los cubos con arena. Otros años este había sido el único juego pero éste aún no había disfrutado con Dani de la playa y la verdad es que lo estaba extrañando.
Después de un rato con los cubos una sombra me cubrió:
- Hola Estela – sin duda esa voz era muy conocida para mí, estas vacaciones, la más escuchada por mis oídos - ¿Has descansado?
- Hola Carlos, sí, algo he logrado descansar – cuando me giré noté su rostro muy serio – Siento lo de esta mañana.
- No, no te preocupes, estuve con Filipe y Bartolomeo, toda la noche y el amanecer lo vi desde la terraza.
- Lo siento de veras, pero la noche fue muy larga y esta mañana no tenía fuerzas para levantarme.
- No te disculpes, en serio no pasa nada.
Se sentó a mi lado y revolvió el pelo de Dani.
- ¿Puedo jugar con vosotros?
- Sí, vamos a hacer un castillo – dijo con voz sonriente el pequeño – Hay que coger arena.
- Bien pues vamos, no perdamos tiempo – comenzó a coger arena, me sonrió y guiñó su ojo para mí.
Miré hacia mis padres y ellos me sonrieron, esto me relajó bastante, supongo que me sentía muy cómoda con Carlos pero también con mi familia.
Pasamos toda la mañana jugueteando con la arena, Carlos formó un enorme castillo, con el que se metió a Dani en el bolsillo, lo más que yo había hecho para él era una casita de campo al lado del castillo de Carlos. Después de esto tomé a Dani en mis brazos y lo llevé al agua para quitarnos la arena y de paso refrescarnos un poco, Carlos nos siguió después de coger el flotador de Dani. Corrió tras nosotros y jugueteó con el agua hasta empaparnos, después nos tiró el flotador de Dani y nos adentramos un poco más, llegamos hasta que el agua cubrió mi pecho.
Al llegar allí sumergimos la cabeza a la vez, en ese momento noté los brazos de Carlos rodeándome la cintura, nos elevamos hasta salir del agua quedando su cuerpo pegado al mío, rápidamente me giré para ver a mis padres, pero no estaban.
- Iban al bar – dijo cuando se percató hacia donde miraba – me dijeron que cuidásemos a Dani.
- Ah, está bien – respondí sonriendo, él me miró y miró a Dani.
- Estaría mal que te besase estando él, así es que no me mires así o mis fuerzas flaquearan.
- Está bien, tendremos que dejarlo para más tarde.
- ¿Dónde quieres que te lleve esta noche?
- Donde quieras, tenemos pensado cenar en el restaurante donde trabajas, después estoy libre.
- Bueno, si estás cansada – dijo dudando – podemos ver una película en casa, Filipe y Bartolomeo estarán en la playa hasta tarde con Isaura y Valeria, si quieres podemos quedarnos allí.
- Sí – contesté algo cortada, ir a su casa era algo que intimidaba mucho – me apetece estar contigo en plan tranquilo.
Me sonrió acariciando mis mejillas, después se giró para seguir jugueteando con Dani. Cuando vimos regresar a mis padres salimos del agua.
- ¿Qué tal el baño? – dijo papá sonriendo.
- El agua está muy fría – contestó el pequeño estirando sus bracitos hacia él.
- Pues sí, está fría. Bueno chicos, vamos al hotel a cambiarnos y después a comer. ¿Nos acompañas? – miró a Carlos dirigiéndose a él.
- Gracias pero no puedo, entro a trabajar a las dos y voy un poco tarde – Carlos se había quedado tan sorprendido como yo, hasta hace un rato pensaba que a papá no le caía muy bien – Tendrá que ser otro día.
- Mañana nos marchamos pero quizás otro año, ¿no? – papá me miró confuso, no entendía porque Carlos no lo sabía.
- ¡Mañana! – dijimos al unísono Carlos y yo.
- Es veintiséis Estela, en cuatro días entro a trabajar de nuevo y tenemos que llegar antes.
- ¡Dios mío! Se me han pasado volando los días, no sabía que estuviésemos a veintiséis – la verdad no presté atención a los días que llevábamos allí. Giré mi cabeza hacia Carlos y vi su rostro, era una mezcla de desconcierto y desolación - ¡Lo siento! Pero no pensé que fuese tan pronto.
Mis padres al darse cuenta de la situación, cogieron a Dani y se despidieron siguiendo hacia el paseo.
- No te disculpes, es solo que me ha pillado por sorpresa – bajó su rostro y no supe que decir - Bueno al menos nos queda esta noche, ¿no?
- Por supuesto, además espero volverte a ver el año que viene. Nosotros venimos aquí todos los años – sonreí para suavizar la situación – y se donde trabajas.
- Eso suena muy bien, aunque te voy a echar de menos.
- Yo también – sentí una presión en mi pecho y no pude evitar besarle.
Él me abrazo muy fuerte, como si no nos quedase tiempo, cuando nos despedimos me besó de nuevo y me dijo que pasaría a buscarme por el restaurante sobre las nueve.
Aceleré mi paso para llegar a mis padres que me esperaban arriba en el paseo. Nos fuimos hacia el hotel y mi madre me agarró entre sus brazos para consolarme, me conocía mejor que nadie y sabía que la despedida sería dura.
Cuando llegamos al hotel, mamá pasó por mi habitación para charlar un rato:
- ¿Cómo estás hija?
- Bien mamá - ¿a quién iba a engañar? – Bueno no, no estoy bien.
- ¿Es por Carlos?
- Sí y no, no se siento una pequeña angustia, estoy nerviosa y creo que algo no va bien – mi madre cruzó la habitación para sentarse a mi lado y besar mi frente – No se mamá, no me siento bien.
- No tienes de que preocuparte, te prometo que todo va ir bien, en la vida siempre hay montañas que superar para llegar a la felicidad. Hay pruebas muy duras que hay que superar, tienes que ser fuerte, muy fuerte. Siempre hay que seguir luchando por muy duro que sea el golpe.
- Lo sé mamá – ella me lo había dicho más de una vez aunque nunca con tanto empeño, supongo que habría llegado el momento de ponerlo en práctica – seré fuerte, prometido.
- Confío en ti y se que por mal que te trate la vida, serás fuerte y encontrarás la felicidad – volvió a besarme y sentí una gran presión en mi pecho – por eso no hay que preocuparse.
- Te quiero mucho – la abracé lo más fuerte que pude.
- Bueno cariño, vamos a dejarnos de cháchara, vamos a arreglarnos para salir – no me había dado cuenta hasta este momento de sus ojos, había vuelto a ellos esa tristeza de ayer pero hoy, tenían cierto brillo – y a quitarnos toda esta arena.
- Está bien, nos vemos en un ratito.
Mi madre se llevó a Dani a la habitación de al lado donde se alojaba con mi padre, desde hace dos años, había decido que necesitaba una habitación individual para mí, aunque ahora la compartía con Dani. Se marcharon dejando en silencio mi habitación, aproveché para poner un poco de música mientras quitaba toda esa arena de mi cuerpo.
Cuando ya no quedaba arena en mi cuerpo coloqué el tapón del desagüe y dejé que la bañera se llenase de agua, vertí gran cantidad del gel de baño que le había quitado a mamá. Era de lirios, la flor favorita de las dos, su olor conseguía relajarme hasta el infinito.
Me tumbé en la bañera dejando que el agua y la espuma cubriesen mi cuerpo, tenía tiempo ya que ellos eran tres para arreglarse, aumenté el volumen del reproductor de CDs y me sumergí en la música…
<<…si este es el camino que tracé contigo… y tantas veces me he caído con tu mano yo me vuelvo a levantar…>> Presuntos Implicados.
Esta canción es la que siempre escuchaba mi madre cuando estaba de bajón, le hacía recordar que hay que seguir levantándose. Era un buen resumen de la charla que acabábamos de tener mamá y yo, levantarse y superar todo hasta llegar a los sueños, hasta llegar a la felicidad.
Después de mi relajante baño musical me puse un vestidito cómodo para bajar a comer. Salí de mi habitación y fui a la de mis padres donde estaban terminando de arreglarse.
Tardamos poco en salir a comer y volver, no nos entretuvimos mucho porque Dani se quedó dormido en los brazos de mamá y estaba algo pesado. Esa tarde no tenía sueño y mamá y yo aprovechamos para recordar algunas de nuestras historias, papá, de vez en cuando, se reía al escucharnos y le hacía carantoñas a mamá.
Me encantaba verlos tan felices, era como una pareja de recién casados aunque llevasen casi toda la vida juntos. Después de todo había merecido la pena todo lo que habían pasado, todo lo vivido porque sus vidas se habían unido para ser felices para siempre.
La tarde pasó de lo más entretenida, recordamos muchas historias y papá se unió a nosotras para aportar alguna que otra. Dani despertó y nos marchamos a los puestos artesanales, para comprar algún recuerdo. Papá y mamá se compraron unos marcos realizados con pequeñas conchas, con pequeños detalles de madera y a Dani le compraron un pequeño coche. Yo tardé algo más en decidir qué quería, después de varios puestos vi unos colgantes de cuero negro de donde pendía una estrella de cristal que tenía pegada otra estrella en su extremo izquierdo, estaba claro que éste era el recuerdo perfecto y el regalo perfecto para que él me recordase. Le pedí a la dependienta dos colgantes iguales, también le pedí que grabase con su rotulador el nombre de Carlos en uno y el mío en el otro. Mamá me sonrió y me dijo que era un regalo precioso.
Estuvimos hasta tarde dando vueltas por los puestos y a las ocho recordé a mis padres que había quedado con Carlos a las nueve.
Cuando llegué al hotel busqué entre mi ropa algo cómodo pero que me sentara bien, ya que no quería ir muy arreglada pero si guapa. Después de vaciar medio armario me decidí por unas faldas beige largas y un top marrón. Peiné mi pelo y me maquillé un poco, mamá me ayudó ya que tenía más experiencia que yo en esto del maquillaje.
Cuando terminamos bajamos a la cafetería donde nos esperaban papá y Dani. Mamá se había puesto un vestido blanco y también se había maquillado, cuando llegamos a la altura de papá, este se quedó boquiabierto.
- ¡Dios mío! Estáis preciosas – miró a mamá y luego a mi - ¡Qué suerte tengo! Voy a cenar con las chicas más guapas de todo el mundo.
- Ya será para menos, papá.
- ¿Menos? ¿Os habéis mirado al espejo? Estáis preciosas – tanta insistencia hizo que mamá le besara, supongo que como premio.
Mamá y yo nos echamos a reír y papá se puso en medio de las dos para ir al restaurante, también Dani estaba de acuerdo en que estábamos muy guapas. Después de tanto halago, caminamos hasta el restaurante donde trabajaba Carlos, aunque esta noche no estaría, pidió la noche libre para pasarla conmigo. Filipe ocupaba su lugar en la barra, cuando nos vio entrar me sonrió.
- Buenas noches, ¿cómo están?
- Bien Filipe, estos son mis padres, Jorge y Alba, y el pequeño es Dani.
- Hola – saludó a mis padres amablemente – encantado de conocerles.
- Igualmente – contestaron mis padres.
- Bueno ¿dónde quieren sentarse? Hoy hemos colocado una pequeña terraza fuera.
- Fuera está bien – contestó papá – así tendremos de fondo la playa, además la noche es estupenda.
- No sé, es que fuera... – dijo mamá algo disconforme – Bueno lo que queráis.
- Dentro no queda sitio pero si quieren pueden esperar.
-No, da igual fuera está bien – concluyó papá.
Nos sentamos fuera, en una mesa al lado de las cristaleras del restaurante, papá pidió la comida mientras mamá intentaba colocar parte de mi cabello que se negaba a quedarse quieto. En ese mismo momento sonó mi móvil, era Carlos que salía de su casa y me avisó de que llegaría algo tarde, a mi me venía genial pues aún no había cenado, por ello al final terminamos quedando a las diez para que pudiera cenar tranquilamente.
Después de cenar, papá y Dani fueron al baño y a pagar a la barra, mamá y yo nos quedamos hablando de la vuelta a casa, mañana por la mañana haríamos las maletas y volveríamos a la rutina, volveríamos a Carennac.
De pronto vi a Carlos que me saludaba desde la acera de enfrente, mamá también lo vio.
- Vamos no lo hagas esperar – dijo mamá mientras me daba un beso - Estás preciosa.
- Gracias, mamá.
Me levanté de mi silla y crucé la calle hasta donde me esperaba él. Vestía un pantalón y una camisa de lino blanco.
- Hola – dije con entusiasmo.
- Hola Estela, estás preciosa – su mirada recorrió todo mi cuerpo hasta parar en mis ojos – perdona por haberte hecho esperar.
- No te preocupes, yo he terminado ahora. Por cierto tú también estás muy guapo.
- Muchas gracias. Bueno, ¿qué tal la tarde?
- Pues bien, hemos estado dando un paseo por los puestos – comencé a buscar en mi bolsito el colgante que le había comprado – Toma, espero que te guste, lo vi y me acordé de ti.
- Estela, es precioso – dijo sorprendido – Es precioso, no sé que decir, muchas gracias.
- Bueno es para que no te olvides de mí – sonreí tímidamente y él me abrazó entre sus brazos.
- Jamás te podría olvidar – susurro en mi oído mientras besaba mi mejilla.
- Yo llevaré otro pero con tu nombre, así tampoco me olvidaré de ti, aunque también es imposible que lo haga – me abrazó más fuerte y volvió a besarme.
- ¿Te apetece que vayamos a casa?
- Sí, mucho.
- ¿Nos vamos?
- Sí, aunque primero vamos a despedirnos de mis padres, ¿vale?
- Sí, por supuesto.
Al momento de girarnos se escuchó un fuerte sonido que provenía de un automóvil, se acercaba rápidamente después de haber doblado la esquina, sus frenos comenzaron a chirriar cuando invadió el carril contrario por donde se acercaba otro vehículo.
Todo ocurrió en escasos segundos, Carlos y yo nos quedamos inmóviles viendo como los dos automóviles iban a chocar, en ese momento el coche que subía giró su volante hasta empotrarse contra la puerta del restaurante donde habíamos estado cenando, el otro vehículo perdió el control y se fue directamente hacia mamá.
- ¡No! ¡No, mamá! ¡No! – grité desesperadamente, pero el coche no paró - ¡No!
- ¡Estela! – gritó Carlos mientras me desenvolvía de sus brazos para correr hacia mamá.
Cuando llegué a la otra acera, corrí alrededor del coche, la gente gritaba y gritaba, aunque en mi interior no se escuchaba nada, era como si estuviera hueco. Se me hizo eterno el momento hasta que encontré a mamá, estaba tumbada sobre una alfombra de cristales rotos, su blanco vestido se había convertido en un empapado vestido rojo y de su abdomen sobresalía un afilado trozo de cristal. Su rostro era de una extraña paz, como si esto fuese lo que estaba esperando, era muy extraño.
- ¡Mamá! ¡Mamá! – mi llanto no me dejaba apenas respirar, ésta era la peor de mis pesadillas, y no acababa.
- Ya está hija, no te preocupes por mí, ya está.
- ¡Por Dios, llamen a una ambulancia! – grité desesperada, no sabía que hacer, no podía pensar.
- Por favor Carlos, cuida de ella. No la dejes nunca sola, por favor – dijo mamá con voz ahogada – Te quiero mi vida, sé fuerte.
- ¡No! ¡No, mamá! – la tenía sujeta con mis brazos y en ese momento su cuerpo se estremeció, no reaccionaba - ¡Mamá! ¡Mamá!
Carlos se arrodilló a mi lado y me abrazó fuertemente, no podía creerlo, ¿por qué nadie hacía nada? Mamá no me respondía, no respiraba, necesitaba ayuda y nadie hacía nada.
La ambulancia tardo más de quince minutos, aunque para mí fue como una hora, me apartaron del lado de mamá y la cubrieron con una sábana blanca. Mi mirada estaba sobre esa sábana, no podía reaccionar, no entendía nada pero de pronto una voz de fondo despertó de nuevo mi ansiedad.
- Dentro hay seis heridos y dos muertos, un varón moreno de unos cuarenta años y su hijo de unos tres. El coche los arrolló cuando se disponían a salir.
- ¡No! ¡No! – intenté soltarme de los brazos de Carlos pero no me quedaban fuerzas.
- Espera cariño no sabemos si son ellos – intentó calmarme pero yo sentía un vacío muy grande en mí – Por favor señores, su padre y su hermano estaban dentro necesitamos saber si están bien.
De pronto vimos a Filipe que se acercaba con un camillero, ayudando a sacar a los heridos. Él me miró y su rostro se hundió en la tristeza.
- Lo siento mucho, Estela. Tu padre y el pequeño …
No pude escuchar más, mis fuerzas me abandonaron y mi cuerpo cayó al compás de mis párpados.
Me encontré en una habitación completamente vacía, estaba oscura y no podía ver nada. Llame a mamá mil veces, también a papá pero nadie me respondía. De pronto una luz me deslumbró, estaba en la playa y a lo lejos vi a papá, mamá y a Dani, ellos se alejaban y les pedí que me esperaran, pero continuaron caminando. Los seguí hasta el restaurante, estaban sonriendo sentados en la terraza, un fuerte sonido dañó mis oídos y de pronto un coche rojo se estrelló contra ellos. Eché a correr hacia ellos y de pronto me vi entrando en mi habitación del hotel, mamá estaba sobre mi cama esperándome, la tristeza de sus ojos había desaparecido y tenía una gran sonrisa para mí. Me recordó que en la vida hay muchas montañas que subir, hay momentos buenos y momentos peores, de los cuales hay que salir para encontrar la felicidad, y volví a prometerle que sería fuerte y que saldría adelante fuese cual fuese el golpe. Mamá besó mi frente y sentí su beso muy lejano pero pude sentir todo su cariño, se levantó de mi cama y se fue a la puerta donde papá y Dani la esperaban, los tres me sonrieron y se despidieron con un te quiero. La puerta se cerró y un flash de todo lo ocurrido esa noche volvió a azotar mi cabeza, mi madre ensangrentada, la sábana que la cubría y la cara de Filipe. Sentí como caía a un pozo profundo, hasta que empecé a escuchar voces.
- Estela, despierta por favor. Sé fuerte, vamos – la voz sonaba desgarrada, pero ella me hizo despertar, sus manos sujetaban las mías y no me dejaron marchar, me traían de vuelta a la realidad – Cariño, menos mal que reaccionas, por fin despiertas.
- Dime que no es verdad, dime que solo ha sido un mal sueño – la desolación volvió a mi ser, el profundo vacío de mi pecho se hizo más intenso y un fuerte dolor se apoderó de mi – dime que no es cierto.
- Lo siento, Estela, lo siento mucho.
- ¡No, no! – rompí a llorar y Carlos me abrazó, intentaba consolarme aunque para mí ya no existía consuelo alguno, en una fracción de segundo había perdido todo, había perdido mi vida.
- No te preocupes por nada Estela, saldremos de esto, no estarás sola, yo estoy aquí.
¿Cómo podía decir eso? ¿cómo quería que no me preocupase? Había perdido a toda mi familia, no me quedaba nada, nada.
Comencé a respirar con dificultad, enseguida vino una enfermera para inyectarme algo que me dejó grogui, aunque no calmó el dolor que sentía.
- Sé que esto es muy doloroso pero tienes que decirme si tienes algún familiar al que podamos avisar, cariño – dijo amablemente la enfermera.
- No, no tengo familia – al decir la última palabra mi corazón se volvió a rasgar, volvió otro intenso dolor.
- Yo soy su familia, yo me haré cargo de todo – Carlos no dudó ni un segundo, no pensaba dejarme sola y eso era una esperanza en mi situación.
- Pues debe acompañarme, tiene que tomar varias decisiones.
- Está bien, en un momento voy.
Besó mi frente y acarició mis mejillas retirando las lágrimas de mi rostro.
- No quiero que te preocupes por nada, yo me haré cargo de todo.
- Carlos, yo no quiero que tu vida se complique – mi voz se rompió al terminar la frase – yo seguiré con esto como pueda.
- No te voy a abandonar, estaré contigo.
No era una decisión fácil, yo estaba completamente sola y me agarraría a un clavo ardiendo. Él estaba decidido a estar a mi lado y aunque yo no quería complicar la vida de nadie tampoco tenía fuerzas para quedarme sola.
En dos días salí del hospital donde me habían ingresado con un ataque de ansiedad, la primera decisión que me esperaba era qué hacer con los restos de mi familia. Mi madre siempre había hablado de incineración y eso era lo que iba a hacer con ellos, sus cenizas las dejaría en varios lugares de España de donde eran. Ellos siempre decían que querían acabar sus vidas donde habían nacido, volver a sus raíces, y aunque sus vidas acabaron en Portugal, yo haría que ellos permaneciesen en España, su país.
Carlos se hizo cargo de todo el papeleo que conllevaba hacerse cargo de mi tutela, aún era menor de edad y hubo que mover muchos papeles para que pudiese ser mi tutor. Fue algo complicado por su juventud pero al tener dieciséis años y estar a favor de ser tutelada por él tuvieron que ceder.
Escuché a Carlos discutir varias veces con sus amigos, ellos le decían que no se atase, que no era coherente hacerse cargo de mí cuando solo me conocía de unas semanas. No los culpo, Carlos era su amigo y buscaban lo mejor para él, yo era una complicación en su vida pero él no desistió de la idea.
Entre Carlos y yo decidimos qué hacer, estaba claro que lo primero era depositar las cenizas de mi familia en los lugares que más les gustaban, los lugares que siempre visitábamos, en los lugares donde los había visto sonreír. Después iríamos a casa para recoger mis pertenencias e irnos a vivir a Madrid, donde se encontraba su hogar. Después de todo él tenía su vida allí, y a mi no me quedaba vida.
El viaje fue muy duro, en cada uno de los lugares que iba dejando las cenizas de mi familia dejaba parte de mi corazón, dejaba parte de mi vida. No sabía cómo iba a lograr seguir adelante si cada paso que daba me hacía sentir más muerta.
La llegada a Carennac se me hizo insoportable, allí había pasado toda mi vida, en cada calle, en cada esquina había un recuerdo. El lugar donde iba con mamá a comprar el pan, el parque donde papá nos llevaba a jugar a Dani y a mí. Y cuando al fin nos encontramos frente a mi casa no pude soportarlo y me derrumbé en los brazos de Carlos.
- Sé fuerte, saldremos adelante, sabes que estoy contigo.
- No puedo, no puedo con esto.
- Sí que puedes, vamos estoy contigo, sé fuerte - Carlos estaba siendo un gran apoyo, me ayudaba a levantarme cada día, me ayudaba a mantener la promesa que le hice a mamá, me ayudaba a ser fuerte.
Tomé aire e intenté mantener la compostura, tomé la llave de casa de la mano de Carlos y abrí la puerta. Me quedé inmóvil en la puerta, aún podía ver a mamá subiendo las escaleras, a Dani correteando de un lado para otro, a papá en el sofá leyendo un libro, aún se respiraba el aroma de nuestra felicidad. Nada había cambiado aunque ahora estaba vacía, había perdido toda chispa de vida, estaba triste y desolada, tanto como yo.
Saqué fuerzas de donde pude y crucé el umbral de la puerta, miré de un sitio a otro guardando en mi corazón cada rincón de nuestra casa, cada olor que me recordase a mi familia y cada recuerdo que pudiera darme una gota de vida.
- ¿Qué quieres que recojamos?
- De aquí nada, no quiero tocar nada, solo mi habitación – siempre se mantendría todo igual que mamá lo dejó, todo igual para seguir manteniendo vivo su recuerdo en mí – solo cogeremos mis cosas de arriba, solo quiero llevarme eso.
- Está bien, como tu quieras.
Nos llevó más de tres horas empaquetar toda mi ropa, fue lo único que quise llevarme, no me sentía capaz de vaciar la casa o llevarme lo que pertenecía a este sitio. Sentía que si lo hacía todo terminaría, y no podía permitirlo.
Después de llevar las cosas al coche, pedí a Carlos que me dejara sola unos minutos, necesitaba despedirme de todo. Caminé lentamente por toda la casa, la habitación de mis padres donde siempre me sentaba en la cama para ver cómo mamá se terminaba de arreglar, la habitación de Dani toda llena de peluches y cochecitos, la cocina donde papá me preparaba el desayuno y me enfadaba llamándome princesita, y el salón donde todos compartíamos momentos felices. Intenté guardar todos mis recuerdos, llenando con ellos todo mi corazón, intentando llenar ese vacío que había creado su ausencia.
Salí de casa y me monté en el coche, aún quedaban asuntos pendientes, aunque Carlos los dejó todos casi solucionados desde Portugal para que la estancia aquí no fuese muy larga. Teníamos que recoger varios documentos, como partida de nacimiento, historiales médicos, etc. También teníamos que pasar por el banco a retirar los ahorros de mis padres, los traspasamos a la cuenta de Carlos en Madrid para posteriormente abrir una cuenta a mi nombre.
Carlos y yo aún no habíamos decidido mucho sobre nuestras vidas, o más bien sobre mi vida, había pasado una semana de la tragedia y no habíamos tenido tiempo para hablar, lo único que Carlos tenía claro, es que él y yo estaríamos juntos.
Después de arreglar todos los documentos pendientes, salimos de Carennac ya que la estancia allí era insoportable para mí. Paramos algunas veces para beber y comer algo pero seguimos nuestro camino hasta estar en España.
Nuestra parada definitiva fue en un pueblecito de Huesca, se llamaba Biesca, Carlos estaba muy cansado, llevábamos unas cinco horas y media de conducción, aún nos quedaba la mitad del camino por recorrer, necesitábamos dormir.
Paramos en una pequeña pensión, su aspecto no era muy esplendoroso pero no sabíamos cuando encontraríamos otra.
- Descansaremos aquí y mañana continuaremos el viaje.
- De acuerdo.
- Bajaremos las dos maletas por no entretenernos más.
- Está bien – Carlos estaba muy cansado pero parecía que algo le preocupaba - ¿Qué ocurre?
- Nada, es solo que no se si prefieres una habitación para ti.
- No quiero estar sola – el hecho de estar sola me producía pánico, no podría dormir pero al menos estaría con él – Preferiría estar contigo.
- Vale, no te preocupes, estaremos juntos.
Cuando entramos en el hotel, Carlos me pidió que lo esperase en unos sofás que estaban situados al lado de las ventanas mientras él fue a hablar con el recepcionista. En un principio la cara del señor fue algo desconcertante, Carlos comenzó a hablar con él y a medida que hablaba la cara del señor pasaba a ser más serena, imaginé que le estaba mostrando el documento donde indicaba que era mi tutor y explicándole un poco la historia. Supongo que no veía muy bien que una menor pasara la noche en una habitación doble, acompañada por un chico mayor que ella.
Cuando el señor le entregó la llave de la habitación, Carlos vino a buscarme. El señor amablemente tomó mi maleta y nos indicó el camino hasta nuestra habitación. Ésta tenía dos camas separadas por una mesita, sus colchas eran marrón oscuro y sus almohadas bajas. Al entrar a la izquierda se encontraba un pequeño aseo, con ducha y lavabo.
Después de dejar mi maleta dentro el señor se despidió con un “descansen”.
- Bueno no es tan bonita como mi casa pero es acogedora – estaba tan nervioso como yo e intentaba quitar hierro al asunto - ¿qué te parece?
- Está bien. – dije mientras miraba a mi alrededor - Necesito una ducha, te importa si …
- No, por supuesto. Entra tu primero, mientras voy a bajar a ver si consigo algo caliente para comer – llevábamos todo el día comiendo bocadillos.
Me fui a la ducha mientras Carlos bajaba a por algo de comer. Abrí el grifo del agua caliente y dejé que saliera el agua mientras me quitaba mi ropa lentamente. Después de doblar toda mi ropa, me coloqué debajo de la ducha, el agua caía sobre mi cabello empapándolo y resbalando por mi espalda. Cada gota que caía se mezclaban con mis lágrimas, este día había sido muy duro. El hecho de ver mi casa vacía, de sentirla sin vida, de saber que nunca sería igual, me hizo caer de la nube que protegía mi mente en un estado de shock, caí de bruces contra la dura realidad que cada vez se me hacía más dolorosa.
Carlos no tardó en llegar, desde aquel trágico día no me había dejado sola en ningún momento, ni aún cuando sus amigos le habían aconsejado no hacerse cargo de mi. He de reconocer que fui muy egoísta al dejarle hacerlo pero la soledad me dio tanto pánico que mi miedo y egoísmo me pudo.
Envolví mi cabello en una pequeña toalla y sequé mi cuerpo con el albornoz. Después de colocarme mi pijama, peinar y secar mi cabello, respiré hondo para salir del baño, deseé que mis ojos no me delataran, para Carlos todo esto también estaba siendo muy duro porque no sabía como hacerme sentir mejor y yo no quería complicárselo más de lo que ya lo estaba.
Carlos me esperaba sentado en la cama, la comida estaba encima de la mesita de noche que había colocado a los pies de una de las camas.
- No había mucho donde elegir, espero que te guste y tengas apetito – su sonrisa era como un pequeño haz de luz que me invitaba a seguir adelante.
- Bueno tengo apetito y huele bien.
- ¿Estás bien? – su preocupación al ver mi rostro hizo que su rostro cambiase de aspecto.
- Sí, no te preocupes – mi rostro se hundió sobre su pecho cuando él se levantó de la cama, y mis lágrimas volvieron a brotar – Lo siento, el día ha sido muy duro. Estoy muy cansada.
- Ya, no quiero verte así. Esto es muy duro, lo sé, sé por lo que estás pasando pero no puedes abandonar, tienes que seguir, tienes que luchar.
- Lo sé, pero es que se está haciendo insoportable, cada día que pasa los extraño más, no puedo seguir sin ellos.
- Sí que puedes, solo tienes que luchar y dejarme que te ayude en esto.
- ¿Más? Si no fuese por ti no habría pasado ni la primera noche. Has renunciado a una vida de libertad por ayudarme, ni siquiera sé si te debería haber dejado hacerlo, me parece muy egoísta por mi parte.
- Ésta ha sido mi elección.
- Sí, pero quizás tus amigos tenían razón y te estás complicando la vida.
- No lo creo, además ya está tomada la decisión.
- Yo no sé como agradecerte todo esto – me retiré de su lado para mirar sus ojos pero no pude sostener la mirada – no sé si algún día podré devolverte todo lo que me estás dando, yo …
- Ya vale, lo único que quiero que hagas es seguir luchando y sonreír – tomó mi mentón y elevó mi cabeza hasta que mis ojos se clavaron en los suyos - ¿de acuerdo?, al menos inténtalo.
- Lo intentaré.
- Con eso me vale, y ahora vamos a comer – zanjó la conversación besando mi frente.
Comimos sin mucho entusiasmo ni conversación, cuando terminamos recogimos los platos y Carlos entró en la ducha. Yo abrí la cama y me coloqué dentro, la almohada era algo dura pero estaba muy cansada y los párpados me pesaban muchísimo.
Mis sueños desde aquel trágico día se habían convertido en una sucesión imparable de pesadillas, en ellas intentaba una y mil veces evitar el accidente pero nunca lo conseguía, siempre llegaba tarde, siempre terminaba llorando y sola. El médico me había recetado unas pastillas para que las noches se hicieran más llevaderas pero intentaba evitar tomármelas, hacían que estuviese zombi todo el día.
Me costó conciliar el sueño pero al final el cansancio pudo conmigo. Como cada noche sobre las tres y media me desperté gritando y con la respiración agitada. Miré a mi lado deseando no haber despertado a Carlos, miré su cama pero él no se movía. Me levanté al baño y aproveché para tomarme la pastilla para dormir, no me apetecía tener más pesadillas esa noche. Cuando salí del baño Carlos esperaba despierto.
- ¿Estás bien? – dijo algo adormecido.
- Sí, solo me levanté a tomar la pastilla.
- ¿No puedes dormir?
- He vuelto a tener pesadillas.
- Ven aquí – dijo mientras retiraba la colcha de su cama, yo dudé pero al final me acerqué a su cama – ven.
Entré en su cama y él me rodeó con sus fuertes brazos mientras yo me acurrucaba en su pecho. Cuando me abrazaba me hacía sentir segura, nada malo me podía pasar a su lado. En sus brazos conseguí dormir lo que quedaba de noche de un tirón.
Amanecí empapada en sudor sobre las nueve de la mañana, busqué a Carlos al lado de la cama pero ya no estaba, me levanté algo asustada cuando escuché la puerta.
- Buenos días – dije mirando hacia la puerta de la habitación.
- Buenos días, ¿te he despertado?
- No, acabo de despertarme y escuché la puerta.
- ¿Cómo has dormido?
- Bueno algo mejor la segunda parte de la noche – dije intentando sonreír.
- Bueno pues si tengo que abrazarme a ti para que duermas bien ya sabes que por mí encantado – me respondió con su enorme sonrisa.
- Lo tendré en cuenta.
- He traído algo de desayunar, hay que coger fuerzas que aún nos queda la mitad del camino. Y debemos irnos cuanto antes para que no nos coja la tarde con este tremendo calor.
- Está bien, aunque antes de irnos me daré otro baño porque estoy empapada en sudor – le expliqué mientras separaba mi pelo húmedo del cuello.
- Sí, te vendrá bien.
Nos pusimos a desayunar mientras me explicaba por donde iba a ser nuestro viaje, intentó buscar el camino más corto para llegar a Leganés, una localidad de Madrid donde estaba su piso, el piso que heredó de su abuela, el piso que iba a ser mi nuevo hogar.
Me contó muchos de los detalles del lugar, un pisito acogedor en un barrio tranquilo y con un pequeño parque al lado. Todo parecía perfecto, aunque aún dudaba estar preparada para volver a vivir o al menos para intentarlo, pero Carlos había puesto tanta confianza en mí que no podía defraudarle, intentaría vivir lo que me quedaba de vida por él y por la promesa que le hice a mamá. Ahora este era mi clavo ardiendo, al que me agarraré hasta que mis manos ardan.