II

Volar

Pensé que estaba preparada para este momento. Que había recuperado la fuerza tras esa discusión en una playa ibicenca. Que conectar con el poder de mi orgasmo era suficiente para plantarle cara al miedo. Que construir ese mensaje que aboga por la libertad y el amor iba a curar cualquier herida. Pero no.

En un segundo se rompe el cristal que sostenía mi esperanza. Mil pedazos hieren mi alma. Cómo he podido ser tan gilipollas. Cómo. Trago saliva. Se atasca en mi tráquea. Toso fuerte. Las lágrimas perfilan un nuevo —y húmedo— camino por la redondez de mis mejillas. El tictac de un reloj se escucha a lo lejos. Todavía no sé dónde se esconde el tiempo en este piso tan pequeño. Sufro el calor de un 9 de agosto en Madrid. Cuarenta grados a la sombra. Sesenta grados en mi interior. El sudor que humedece mi frente. Mis axilas que huelen. Mi pulso que tiembla. Mis mocos que se disuelven. El pelo que me cae por la cara. Un silencio virtual que no ayuda nada. La pantalla de mi móvil esperando una respuesta. Y yo que he perdido mi capacidad léxica. Qué decir cuando no tienes voz. Arqueo la espalda, noto mis alas rotas. Es cierto, tiene razón: ya no sé volar. ¿Alguna vez lo hice? Me repito esa historia que parece ajena, pero que es mía. Aquel relato donde las noches eran eternas, el vino resbalaba por el cristal de las copas, las manecillas no marcaban las horas y las faldas siempre eran cortas.

El llanto se apiada de mi delirio. Y lloro tan fuerte que resuena en mi pecho. De repente, el móvil vibra. Un mensaje. Otro más.

«Alicia, ¿estás?», pregunta Emily.

Vuelvo a la realidad, al presente. Veo las letras borrosas. Apoyo el móvil en las piernas. La dureza del suelo me obliga a mover las nalgas. Las lumbares se resienten. Me retiro el pelo de la cara. Respiro. Sorbo los mocos que se escapan sigilosos. Me preparo para la verdad. Es difícil. ¿Alguna vez ha sido fácil? ¿En qué mundo vives? Deslizo mi dedo. Vuelvo a esa primera frase, la de las alas rotas, la que ha generado este caos interno. Y otra vez siento la espada clavada. Sigue leyendo, Alicia. Serpenteo por la conversación. Saben que estoy en Madrid, Rita se lo ha dicho. Lógico. «Lo que dijiste, Alicia, fue muy doloroso», añade Diana. Siento el dolor en la espalda. Lleno el suelo de plumas blancas. Emily interviene en la conversación. «Lo cierto es que, a pesar de todo, os echo de menos.»

El primer aliento de un recién nacido. El último suspiro antes de sumergirnos en la eterna oscuridad. El rayo de sol que se cuela por la ventana y te da los «buenos días, princesa». La felicidad al correr por la orilla de la playa. La liberación al tirar los tacones tan lejos como alcanza tu fuerza cuando vuelves de una fiesta. El grito que retumba desde lo alto de una colina. La caricia después de un buen polvo. Los ojos de un «te quiero». El abrazo de las chicas. El olor de Diana. La locura de Emily. La fuerza que nace de mis entrañas.

«Y yo», responde Diana.

Pistoletazo de salida. Las lágrimas se adelantan sin piedad, saltan al vacío y se estampan contra la piel de mis muslos sudorosos. Mis manos pierden el control. El móvil deja de vibrar. Diana y Emily siguen en línea esperando mi respuesta. Y yo me muero por volver a abrazarlas. Tengo tantas formas de pronunciar «lo siento», tantas maneras de decir «os quiero» y tantas aventuras en mi cabeza que no se pueden sintetizar en un texto. No creo ni que cupieran en un multiverso. La infinidad de mis pajas mentales, la cantidad de realidades que he dibujado y he borrado de inmediato, las veces que me he torturado por mi orgullo y mi estupidez... ¿Llegarán a su fin?

«Quiero hablar con vosotras, pero en persona. ¿Nos tomamos un café esta tarde?», escribo.

El latido sigue disparado, parece que el corazón vaya a salir rodando. No sé si las costillas podrán soportar tanto misterio.

Diana está escribiendo...

Emily está escribiendo...

«Por mí bien. ¿Quedamos a las seis en Sol?», dice Emily.

«OK», concluye Diana.

Miro el suelo. Floto cinco centímetros sobre el pavimento. Mis alas, poco a poco, recuerdan el significado del vuelo.