El cuerpo es un templo. Un templo en el que rezo porque no hay nada más sagrado que la propia vida. Un templo en el que me retuerzo porque no hay nada más físico que el dolor. Un templo en el que puedo refugiarme del tormento, esconder la cabeza y fingir que no soy más que cemento, inmune en apariencia al tiempo. Un templo cuyo ajuar se renueva con el aprendizaje, con los sentimientos. Un templo en el que puedo reír hasta que el eco eleva al cuadrado mi aislamiento. Un templo en el que medito cuando necesito tomar un camino en concreto, en el que puedo celebrar el fracaso o despreciar, a veces, el éxito. Un templo que me abraza con sus paredes únicas, las mismas en las que decoro con ahínco mis vivencias. Paredes que recogen las grietas que filtran la luz de mis nalgas o el gotelé que pinta mis piernas. Paredes donde dibujo, con tinta y sangre, aquellos recuerdos que quiero guardar, perennes. Paredes que se desconchan, que se arrugan, que envejecen como las tejas que se tiñen de gris cuando sumo un año al recuento.
—Alicia, ¿estás bien? —me preguntan.
—Sí, sí —respondo sin levantar la vista del móvil. Sigo escribiendo.
El cuerpo es un templo. El mío, el tuyo. Templos con estructuras más anchas o más estrechas, más altos o más pequeños. Templos a medio construir, templos deshechos. Templos que a pesar de los siglos siguen presentes, embalsamados por la historia. Templos que tienen agujeros que tapan con una capa de esmalte. Templos minimalistas. Otros que abrazan lo excéntrico, lo estrambótico, lo barroco; que sufren Diógenes de ideas, de recuerdos, de templonalidades. Que no encuentran un hueco para la reforma, para el renacimiento.
Templos que se creen más templos solo por el material del que se abastecen sus cimientos. Templos que desprecian a otros por el color de su fachada, por la redondez de su portada, por la desigualdad de sus ventanas, por los diseños que guardan. Templos que dirigen la templonidad desde las montañas más altas. Templos que corrigen los cánticos que suenan en su interior. Templos que se enfrentan entre ellos encabezados por constructores que jamás los salvan. Constructores que destruyen sus peanas.
Templos que sirven como modelos por sus estructuras, sus paredes lisas y sus altos techos. Templos que lloran porque nunca serán como esos portentos que posan en los catálogos. Templos que se olvidan de que su belleza reside en habitar un templo. Templos que se centran más en su exterior que en lo acogedor que es su centro. Templos que se fusionan con otros en un acto que algunos califican como profano, pero que, en realidad, es nuestro sustento. Templos que se reforman. Templos que se pierden entre sus lamentos. Templos que conocen todas las distancias de su apartamento. Templos que todavía no saben que son templos. Templos que envidian la superficie de otros sin atisbar cuánto ocupan en el espacio-tiempo.
El cuerpo es un templo. El tuyo, el mío. Un lugar al que invitar al universo. «Pasa, pasa, que te enseño dónde me encuentro.» Un lugar en el que poder comer tranquila mientras la tormenta se cierne sobre el terreno. En el que regar el huerto que cultivaste con cada «y si» que resonó en tus adentros. En el que enterraste a los fantasmas del arrepentimiento, bien escondidos bajo el suelo. En el que los espíritus de vidas pasadas y de almas atrapadas se pasean a veces sin control. En el que barres la mierda que entra cada día y limpias los platos de la alevosía. En el que arreglas las fugas de gasiedad que en ocasiones avivan el destrozo del ornamento. Un lugar en el que abres las ventanas y ventilas los pensamientos. Que corra el aire, que del viento también aprendo.
El cuerpo es un templo destinado al culto de la vida, a la divinidad del momento. Y en él me templo.