Capítulo 12

 

 

 

 

 

El reverendo Thompson había esperado que Colie regresara a casa tras la muerte de su marido. Pero ella le aseguró que le gustaba vivir y trabajar en Jacobsville, que allí tenía familia y amigos. Él sabía muy bien por qué no quería volver a casa. No se fiaba de sí misma estando J.C. tan cerca, y no quería empeorar las cosas para su padre. Sin embargo, se sentía sola, aunque Ludie la compensaba en gran parte y daba color a su vida. Vivía para su hija.

De vez en cuando J.C. preguntaba por Colie. El reverendo le mostraba vídeos que había enviado de la evolución de Ludie. Era de las pocas cosas que hacían reír a J.C.: verle dar sus primeros pasos, oír sus primeras palabras. Sin embargo, bajo la superficie residía una tremenda tristeza. J.C. jamás conocería a la niña.

El reverendo no le había mencionado a Colie las veladas de ajedrez de los viernes. Empezaba a tomarle cariño a J.C., pero ella nunca le hablaba de él. Trabajaba y parecía muy feliz donde estaba. Un día, pensó, quizás ella regresara y arreglara las cosas con J.C. Ese hombre, al que empezaba a conocer, escondía unas magníficas cualidades debajo de esa máscara que llevaba puesta.

Sin embargo, ya habían pasado dos años desde la muerte de su marido y era siempre el reverendo el que viajaba a Texas para ver a su hija y a su nieta. Colie se mostraba reacia a regresar a Wyoming, sobre todo con Ludie, porque todo el mundo se acordaba de cómo había sido todo entre Colie y J.C. A medida que la niña se hacía mayor, su pelo se convertía en una maraña de rizos rojos dorados, y sus ojos gris claros eran idénticos a los de su padre. Sin duda desataría toda clase de habladurías de nuevo, y eso alteraría al reverendo. Además, Rod seguía por ahí con su supuesto amigo, que pensaría que ella había regresado para contar todo lo que sabía. No podía arriesgarse. Su padre era muy valioso para ella y no iba a ponerle en peligro, ni a su hija tampoco. J.C. le había dicho que lamentaba lo sucedido, pero nunca había mencionado la posibilidad de llegar a casarse. Aunque no tuviera todas esas complicaciones, de todos modos para Colie resultaría doloroso regresar, sabiendo que se moriría cada vez que lo viera. Lo mejor era quedarse en Jacobsville, donde tenía un buen trabajo, parientes y amigos.

 

 

—Jadea como una locomotora sin combustible —observó J.C. durante una de las partidas de ajedrez de los viernes—. Debería ir al médico.

—Es el polen —el reverendo hizo una mueca de desagrado—. Estamos en otoño y siempre me cuesta respirar cuando salen las flores de otoño.

J.C. no le creyó. Llevaba dos años frecuentando al reverendo. Había visto crecer a Ludie en los vídeos que Colie le enviaba a su padre. Había supuesto toda una revelación comprobar hasta qué punto disfrutaba de esos puntuales y sencillos momentos de esa niña que se suponía no sabía que era suya.

Le hubiera gustado ir a ver a Colie, pero tenía miedo. Le había causado mucho dolor y no estaba seguro de que ella pudiera perdonarlo. Además, cada vez que consideraba la posibilidad de rebajarse y pedirle una segunda oportunidad, su orgullo se rebelaba. J.C. no había suplicado nada en su vida.

Sabía por qué Colie no quería regresar a su casa. Era por Ludie, porque la gente la vería y hablaría, sabiendo que Colie había vivido con J.C. durante varias semanas. Y quizás ella pensara también que J.C. seguía siendo el mismo testarudo de siempre, que nunca se comprometería con ella. Y no podía culparla por ello, pues nunca le había dado motivo para pensar que había cambiado, aunque lo había hecho.

Era el orgullo lo que le impedía ir a Texas y suplicarle que regresara a casa. Colie permanecía lejos por elección propia y solo podía suponer que él era la causa. Colie adoraba a su padre y el despacho de abogados local le habría proporcionado un puesto, pero ella no quería regresar a casa. Quizás se lo impidiera el riesgo de habladurías, aunque lo más probable era el hecho de que J.C. había conseguido matar el amor que había sentido por él. Ya no le importaba lo suficiente como para volver.

Aun así, las fotos y los vídeos ocasionales eran mejor que nada. J.C. rio mientras contemplaban un vídeo grabado cuatro meses atrás en el que se veía a Ludie llenando una cuchara con helado, en la fiesta de su segundo cumpleaños, y arrojarlo al otro extremo de la mesa, a un niño que acababa de insultarla. Lo habían visto varias veces desde que Colie se lo había enviado a su padre.

—Menudo carácter tiene —el reverendo rio mientras contemplaba el vídeo con J.C.

—En este caso está justificado —contestó J.C. mientras su expresión se endurecía—. No me ha gustado nada que la llamara bruja. Colie también era así, veía cosas que nadie más veía…

—Sí, como la esposa de Tank Kirk —lo interrumpió el reverendo—. En todas las comunidades hay personas con dones que los apartan del resto de la gente.

—¿No deberían inquietarle las cuestiones paranormales? —J.C. contempló al reverendo con curiosidad.

—La mayoría de los dones, hijo mío, vienen de Dios —el reverendo sonrió, fijándose en el efecto que había producido en el hombre más joven el apelativo, teniendo en cuenta que había crecido sin apenas conocer a su padre, con el que no había mantenido una buena relación. J.C. y él se habían vuelto íntimos—. Mira los frutos. Si dan lugar a cosas buenas, ¿cómo pueden ser malos?

—Supongo —J.C. respiró hondo y sonrió al recordar—. Mi abuela paterna era clarividente. El padre de mi padre era el chamán del pueblo de los pies negros. Supongo que dones como esos se consideran normales entre los nativos.

Estaba insinuando que el don de Ludie venía de él. Sabía que Ludie era suya. El reverendo hacía tiempo que se había dado cuenta de ello, pero no hizo ningún comentario al respecto.

—¿Cree que alguna vez regresará Colie a casa? —preguntó J.C. después de un rato, mientras se concentraba en una jugada de ajedrez.

—No lo sé, J.C. —fue la triste respuesta—. La gente habla. Aunque se casó, mucha gente de Catelow sabe que pasaba casi todo el tiempo contigo… —su voz se apagó.

—Ludie sufriría por ello —J.C. concluyó la frase del reverendo con un profundo suspiro y dibujó una mueca con los labios—. Es una cría preciosa —levantó la mirada—. No se imagina lo que ha significado para mí poder verla en las fotos y los vídeos. Es… —buscó una palabra que atravesara el nudo que se le había formado en la garganta—. Es excepcional.

—Sí que lo es —el padre de Colie se reclinó en el asiento—. ¿Nunca has pensado en ir a Texas y contarle a mi hija que sabes la verdad sobre Ludie? —preguntó tras una pausa, revelando que estaba al corriente de que J.C. se había dado cuenta.

—Sí. He pensado mucho en ello —contestó él—. Pero ya le he hecho demasiado daño, y parece muy feliz donde está —levantó la vista y en sus ojos grises se reflejó preocupación—. Soy una mala apuesta —señaló de repente—. No sé lo que es una vida hogareña. Vengo de un hogar gravemente desestructurado. Tengo problemas con la confianza —bajó la mirada—. Me ha ayudado hablar con usted —admitió—. Pero las heridas son profundas, y no estoy… seguro —concluyó— de no volver a hacerle daño de nuevo. No soportaría hacerlo, no cuando tiene a Ludie de quien ocuparse.

—Ludie se está criando sin ti —observó el reverendo con delicadeza.

J.C. dio un respingo. Era cierto, y eso le dolía. Su hija llevaba el apellido de otro hombre y no conocía a su verdadero padre, quizás nunca llegara a conocerlo.

—Colie no quiere que yo sepa nada de Ludie —levantó la mirada a tiempo para ver la expresión fugaz de dolor en el rostro del reverendo—. Y usted lo sabe.

El padre de Colie se inclinó hacia delante. Tenía el rostro congestionado, extraño dado que en la habitación la temperatura era fresca.

—Hay un motivo por el que Colie no ha vuelto a casa, y no tiene nada que ver contigo —confesó el reverendo.

J.C. enarcó ambas cejas como muestra de interés.

El reverendo Thompson respiraba con dificultad. Qué raro que le costara tanto respirar. Tenía la sensación de que alguien se había sentado sobre su pecho, y también sentía náuseas. Sin duda, razonó, era por culpa del chili que había cenado.

—¿Has visto a mi hijo últimamente? —preguntó.

—Rod me evita —fue la seca respuesta—. Ya se imaginará por qué.

—Porque eres policía —señaló Jared—. Aún mantienes, a pesar de tus problemas, esos profundos ideales sobre la ley. Es una de las cosas que admiro de ti.

—Gracias —J.C. se sintió conmovido.

—Mi hijo ha aprendido a vivir sin… escrúpulos —continuó el reverendo con dificultad—. Sé que está metido en algo ilegal, J.C. Apenas pasa por casa, solo llama para las fiestas, y solo para saludar secamente, nada más —la mirada era distante—. Siempre está con ese amigo suyo de Jackson Hole. Hace mucho que no trabaja en la ferretería, pero la gente habla de que conduce un Jaguar nuevo y lleva ropa hecha a medida. Los dos sabemos que no se gana tanto dinero vendiendo herramientas.

J.C. asintió.

—Si algo me sucediera —el reverendo se llevó una mano al pecho—, tienes que prometerme que… que Colie estará a salvo —añadió con urgencia, la mirada cargada de preocupación—. Y que Ludie también lo estará.

—¿Qué es lo que sabe, señor? —preguntó J.C. con delicadeza mientras fruncía el ceño.

El reverendo luchaba por respirar.

—Colie me habló de un caso en el que trabajan los abogados de su oficina. Está relacionado con un conocido narcotraficante de Jackson Hole. Están defendiendo al miembro de una banda que está relacionada con ellos y… al parecer, lo que han averiguado puede delatar a ese hombre. Su cliente tiene un amigo que va a dar los nombres de los traficantes y camellos, a cambio de una reducción de condena, para defender al cliente de los jefes de Colie. Ya han recibido amenazas.

—Y Rod está implicado —no fue una pregunta sino una afirmación.

—Eso creo. Por favor, haz todo lo que puedas para proteger a mi hija y a mi nieta.

—Jamás permitiré que le hagan daño a Colie, o a la niña —le prometió J.C.—. Lo juro.

—Gracias —el reverendo estaba ahora muy pálido—. Eres como un hijo para mí, J.C. —anunció inesperadamente—. Ojalá… ¿Por qué duele tanto? —jadeó sin aliento.

J.C. había estado tan absorto en las palabras del anciano que se le habían escapado los síntomas del infarto.

—Por Dios santo —susurró mientras se levantaba para acomodar al reverendo sobre el suelo, y llamaba al 911.

—Cuida de… Colie. Dile, dile que la quiero —consiguió decir el hombre antes de perder el conocimiento.

 

 

Colie cenaba con sus primos, Annie y Ty Mosby. Ludie, sentada en la trona, había comido su potito y jugaba con un anillo de dentición cuando, de repente, dejó caer el juguete de plástico y miró a su madre con los ojos grises muy abiertos.

—Abelo —anunció—. ¡Abelo malito!

Colie perdió todo el color del rostro. Tenía la sensación de que algo malo iba a suceder, pero no tenía ni idea de qué podía ser. Agarró el teléfono y marcó el número de su padre. El teléfono sonó y sonó.

Era sábado por la noche. Su padre casi nunca estaba fuera de casa a esas horas, pero a lo mejor se había puesto enfermo algún miembro de su parroquia. O estaba trabajando en su sermón sin darse cuenta siquiera de que el teléfono sonaba…

De repente se oyó un clic.

—¿Colie?

Era la voz de J.C. ¿O no? ¿Qué hacía J.C. en casa de su padre?

—He llamado a papá…

—Acaba de llegar la ambulancia. Lo voy a acompañar al hospital. Cielo, tienes que venir lo antes posible. Lo siento. Creo que es un infarto.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella ahogándose.

—Él te diría que siempre hay un motivo para todo —dijo J.C., que también se estaba ahogando. Quería al padre de Colie—. Me pidió que te dijera que te quiere —hizo una pausa—. Ven lo antes que puedas, ¿de acuerdo? Llámame cuando sepas la hora de tu vuelo. Te recogeré en el aeropuerto.

—Lo haré —Colie se mordió el labio. Se ahogaba—. Gracias, J.C.

—Date prisa —se despidió él y colgó.

—Es papá —Colie se volvió hacia sus primos, el rostro muy pálido—. J.C. está con él. Cree que ha sido un infarto… ¡tengo que ir a Catelow!

—Haré que preparen el avión ahora mismo —Ty se levantó de un salto.

—Te ayudaré a hacer la maleta —se ofreció Annie.

—Tengo que llamar a la oficina —dijo Colie antes de darse cuenta de que era sábado—. Llamaré al señor Donnally a su casa. Tengo algunos días libres que no he utilizado, podrán contratar a alguien temporalmente —hablaba sin parar mientras seguía a su prima hasta el dormitorio, con Ludie en sus brazos.

Ludie levantó una manita y tocó el rostro húmedo de su madre.

—Se ha ido —anunció con su vocecilla dulce y clara—. Abelo ido, mami.

Colie sintió el dolor hasta el alma. Quizás su hija se equivocaba. Recordó todas las veces que se había equivocado ella en su juventud.

—Iremos a verlo —le aseguró a la niña—. Se pondrá bien. ¡Claro que sí!

—Ido —repitió Ludie antes de echarse a llorar.

Su prima dio un respingo. Ella sabía, igual que Colie, que esa niña tenía la habilidad de predecir el futuro.

—Estarás enseguida en ese avión. Si me necesitas, puedo acompañarte.

—J.C. va a ir a buscarme al aeropuerto —contestó Colie con voz ronca.

—Estaba con tu padre —Annie enarcó una ceja—. No sabía que fueran amigos.

—Yo tampoco. Quizás Ren lo envió a casa de papá con sopa o algo así. Cuando no se encuentra bien, Merrie le prepara sopa —las lágrimas rodaban por las mejillas de Colie—. Mi abrigo. Necesito mi abrigo. En Wyoming hace frío en otoño. Ludie también necesita el suyo.

—Juntaremos nuestras fuerzas —su prima la abrazó—. Intenta no preocuparte.

A Colie le habría gustado poder hacerlo, pero su hija lloraba a mares…

 

 

J.C. las esperaba en el vestíbulo. Parecía envejecido, agotado. Su rostro se tensó de emoción al ver a Colie por primera vez desde que su padre había sido intervenido del apéndice, más de dos años atrás.

Su mirada fue de Colie a la niña que llevaba en sus brazos. Al mirarla dio un respingo. Los rizos rojizos y dorados saltaban al paso de su madre, y sus ojos gris pálido buscaron los de él, sosteniéndole la mirada, como si lo conociera.

—¿Cómo está papá? —fue lo primero que soltó Colie.

—Lo siento mucho —J.C. intentó encontrar las palabras, pero no consiguió decir nada más.

—Abelo ido —anunció Ludie mientras el labio inferior le temblaba.

J.C. se sobresaltó, sin apartar la mirada de la niña.

—Sabía que algo le había sucedido antes de que intentara hablar por teléfono con él —le explicó Colie, tragando con dificultad mientras las lágrimas rodaban por sus pálidas mejillas.

No iba a volver a ver a su padre nunca más. ¡Había sido muy repentino!

J.C. alargó una mano y acarició el rostro de Colie, enjugándole las lágrimas. La niña le agarró los grandes dedos y lo miró fijamente, con los ojos idénticos a los suyos.

—Tú juegas con abelo —anunció con su dulce y clara vocecilla infantil.

—Sí —J.C. estaba en shock.

—¿Juegas? —preguntó Colie.

—Al ajedrez —le aclaró él mientras tomaba la maleta con ruedas y el bolso que contenía todo lo necesario para Ludie—. Deberíamos irnos.

—Mi hermano —balbuceó ella.

—No lo he visto —respondió J.C. secamente—. Intenté localizarlo, pero ha cambiado de número. He llamado al jefe de la policía de Jackson Hole, él lo encontrará y le comunicará la noticia.

—¿Todavía está en el hospital? —preguntó Colie mientras recorrían el vestíbulo hacia la salida.

—No —J.C. rechinó los dientes—. Se lo han llevado a…

—Comprendo —interrumpió Colie. No quería oírle decir: «a la funeraria», aunque sabía que era eso.

—Hay un hombre malo, mami —dijo Ludie mientras salían al aparcamiento—. Un hombre malo, malo. Viene a vernos.

J.C. intercambió con Colie una mirada cargada de perplejidad.

—¿Qué hombre malo, cariño? —preguntó Colie a su hija.

—Hombre malo. Tiene pistola.

Colie se mordió el labio inferior con fuerza.

—¿Hace esto a menudo? —preguntó J.C. bruscamente.

—Continuamente —ella sujetó a Ludie con fuerza—. Está bien, cielo —la tranquilizó con dulzura, besándole la mejilla mojada—. Está bien.

—¡Mami! —sollozó la niña mientras se aferraba a su madre.

A J.C. le inquietaba el don de la niña. No tenía ni idea de que lo tuviera tan desarrollado. Tenía, ¿qué?, poco más de dos años. Se preguntó si su abuela había sido capaz de hacer eso a su edad.

El familiar SUV negro estaba aparcado cerca de la entrada, salvo que era un modelo nuevo.

—Nada ha cambiado —Colie consiguió sonreír.

—Me gusta el negro —él rio por lo bajo.

—¡Cielos, me olvidé de la sillita de bebé! —se lamentó Colie—. Iba a traerla, pero estaba tan alterada… —su voz se apagó cuando J.C. abrió la puerta y vio una sillita de bebé, un modelo muy caro, ya fijada al asiento trasero.

—Lo tenía previsto —observó él.

Colie estaba demasiado impresionada para poder hablar.

—Eres simpático —anunció Ludie a ese hombre tan alto mientras le sonreía. Se le formaron hoyuelos y los ojos de plata brillaron con algo parecido al afecto.

—Tú también eres simpática, pequeña —contestó J.C. con voz ronca.

—Enseguida estaremos en casa, ¿de acuerdo? —Colie la sentó en la sillita y le entregó el anillo de dentición que tanto le gustaba.

—Sí, mami.

Colie cerró la puerta y permitió que J.C. la ayudara a subir al asiento delantero. Llevaba puestos unos pantalones vaqueros y un jersey blanco bajo el abrigo rojo. Ludie llevaba un abrigo blanco de plumón que le había suplicado a su madre que le comprara en una tienda de ropa infantil en Texas.

—Por lo menos habéis venido preparadas para el tiempo —observó J.C. mientras ponía en marcha el motor.

Él también llevaba pantalones vaqueros y una nueva zamarra. Sin sombrero. Como en los viejos tiempos, pensó Colie, sufriendo una punzada de dolor.

—No he olvidado el frío que puede llegar a hacer —se limitó a contestar.

 

 

Atravesaron la ciudad camino de la casa de su padre. Colie se fijó en una nueva construcción.

—¿Qué va a ser eso? —preguntó.

—Un nuevo restaurante de pescado —él rio—. El viejo se quemó el año pasado.

—Tenían buena comida —observó ella sin pensar.

—Sí. Lo echo de menos.

Colie lo miró, fijándose en las profundas arrugas marcadas en el atractivo rostro.

—¿Por qué estabas con papá? —preguntó bruscamente.

—Nos habíamos perdido nuestra habitual partida de ajedrez de los viernes por la noche —él consiguió sonreír débilmente—, porque tuvo que ir a visitar a un miembro de la parroquia que estaba ingresado en el hospital. La trasladamos a anoche.

—Habitual partida de ajedrez —repitió Colie perpleja. Su padre no le había mencionado nada de eso.

—A veces cocinaba él —J.C. asintió—. A veces cocinaba yo —tuvo que dejar de hablar porque se ahogaba.

Colie lo miraba fascinada. El hombre que ella recordaba era prácticamente incapaz de cualquier emoción. Por lo menos de mostrarla.

J.C. condujo largo rato sin hablar, hasta que llegó al cruce que conducía a la casa de su padre.

Las hojas de los árboles caían al suelo, pero el hermoso color del otoño rodeaba la casa. Colie sintió un profundo dolor al ver la casa y recordar los buenos y malos momentos que había pasado allí.

J.C. detuvo el coche frente a la puerta de la casa y metió las maletas dentro. Colie se fijó en el tablero de ajedrez, todavía colocado y con las piezas revueltas, como debían haber estado en el momento del infarto.

—Decía que tenía la sensación de que había alguien sentado sobre su pecho. Enseguida supe de qué se trataba —le explicó él con los ojos grises clavados en el tablero de ajedrez—. Lo tumbé en el suelo y llamé a la ambulancia. Le practiqué la RCP hasta que llegaron. Pero antes de subirle a la camilla ya sabían que era demasiado tarde —hundió las manos en los bolsillos—. No es el primer infarto que he visto —añadió despacio—, y este me pareció masivo.

—En televisión ponen cosas así —intervino ella—. Hacen la RCP y luego les aplican el desfibrilador y…

—Cielo —J.C. se volvió hacia ella—, un infarto agudo mata casi todo el músculo cardíaco de inmediato. Se produce una necrosis del tejido, una necrosis masiva —continuó con delicadeza—. Aunque hubiese estado en la sala de espera de urgencias, con un equipo de cardiólogos con él, el resultado habría sido el mismo. Como a él le gustaba decir: «cuando llega tu hora, no hay nada que lo detenga»… Colie —susurró, dando un respingo al verla llorar.

La tomó en sus brazos, con Ludie en los de su madre, y la abrazó con fuerza, acunándolas a las dos en el cobijo de su abrazo.

—Lo siento, lo siento muchísimo. Era el hombre más bueno que he conocido nunca —añadió, casi ahogándose de emoción.

Colie aspiró el familiar olor de J.C., ese que no había sido capaz de borrar de su mente. Incluso después de todo lo que había sucedido, la cercanía era como una droga. Nunca tendría bastante.

—Llamé a Lucy mientras esperaba a que aterrizara vuestro avión —él las abrazó con más fuerza—. Vendrá enseguida.

—Gracias —susurró ella.

—También llamé al pastor de jóvenes. Dijo que él se encargaría de todo.

—El tanatorio —Colie se ahogaba.

—Hace tiempo tu padre me indicó exactamente qué quería —continuó J.C.—. Ya les he llamado. Te llevaré allí por la mañana para que puedas concluir los preparativos.

Colie se apartó y lo miró con sus ojos verdes anegados en lágrimas.

—Gracias.

—Bien poco pude hacer —él deslizó los largos dedos por su húmeda mejilla—. Os amaba a las dos, muchísimo. Siento no haberlo podido salvar —masculló.

¡Ese hombre amaba a su padre! Colie se sorprendió, no solo ante la revelación de que había acudido con frecuencia a la casa, sino ante el hecho de que le importara tanto su padre.

—Fue amable conmigo —continuó J.C. tras un momento—, cuando seguramente no debería haberlo sido.

—Siempre decía que la vida es inútil si no perdonamos a los demás —ella asintió—. En eso se supone que consiste la fe.

—La vida continúa —él sonrió con dulzura—. La muerte no es más que otro paso del viaje. Ahora ya estará recogiendo flores silvestres con tu madre —añadió.

Aquello se parecía tanto a lo que ella había pensado sobre Darby y su difunta esposa cuando él murió, que casi se quedó sin aliento.

—Eso deberías haberlo dicho tú, por cierto, no yo —añadió él.

—No eres el mismo —Colie buscó en los pálidos ojos.

—El tiempo nos cambia. Y a veces lo hace para mejor —miró por encima de la cabeza de Colie, hacia el tablero de ajedrez—. Voy a echarlo de menos, Colie.

—Yo también.

Y justo cuando intentaba encontrar las palabras para explicarle lo mucho que el tiempo lo había cambiado, sonó el móvil de J.C.

—Calhoun —contestó.

—Aquí el jefe Marcus —habló una voz gutural al otro lado de la línea—. He encontrado al señor Thompson y le he contado lo de su padre. Ha dicho que estará allí dentro de unas horas.

—Gracias —contestó J.C.—. Te debo una.

—¿Lo conoces bien? —fue la tranquila respuesta.

—Demasiado para mi gusto.

—Bueno, pues tiene un amigo al que le falta poco para entrar en la lista de los más buscados del FBI, no sé si me entiendes —le explicó el otro hombre—. Ese amigo se pega a él como una lapa. Alguien va a caer muy pronto, y puede que tu amigo esté justo en medio de todo. Tengo la sensación de que el amigo lo ve como un riesgo para la seguridad. A buen entendedor pocas palabras bastan.

—Fui policía durante dos años. Todavía les doy clase, allí en Irak —le explicó J.C.—. Sé cómo cubrirme las espaldas.

—Procura hacerlo. Aquí hay mucho dinero implicado. La gente se pone nerviosa cuando sus ganancias ilícitas son amenazadas. Tenemos aquí a los federales investigando. Hay un juicio en Texas que podría hacer saltar todo esto por los aires.

—Estoy enterado de eso. Gracias otra vez.

Colie lo observaba con curiosidad.

—El jefe de la policía de Jackson Hole combatió conmigo —le explicó él—. Ha encontrado a tu hermano. Rod ha dicho que estará aquí en unas horas. Y su amigo viene con él —su mirada, llena de preocupación, se posó en Ludie, sentada en el sofá y jugando con su anillo de dentición.

—Pues aquí no se va a quedar —espetó Colie—. No le voy a dejar pasar de la puerta.

—No pienso dejarte aquí sola —los pálidos ojos de J.C. regresaron a ella.

Colie empezó a protestar.

Y él levantó una mano en el aire.

—Lo he organizado todo con Lucy —la interrumpió—. Se quedará contigo hasta después del funeral.

La expresión de J.C. era más elocuente que las palabras y ella se sintió aliviada de que no le hubiese anunciado que pensaba quedarse él allí. A J.C. le dolía, pero lo ocultó. Estaba acostumbrado a esconder las heridas.

—Nuestro sheriff es Cody Banks y, si hace falta, vendrá de inmediato —él hizo una pausa—. Hablé con él sobre Rod, pero no le conté nada que él no supiera ya.

—¿Sobre…? —preguntó ella titubeante.

—Tu despacho de abogados defiende a un cliente relacionado con la operación de Rod, Colie —contestó J.C.—. No me puedo creer que no lo sepas.

—Sí —Colie posó la mirada en Ludie—, lo sabía —añadió con tristeza.

—Y tu padre también. Estaba preocupado por vosotras dos, aunque seguía teniendo la esperanza de que, algún día, Rod viera la luz.

—Mi padre y tú jugando al ajedrez —ella levantó la mirada—. No me lo puedo creer —añadió en tono melancólico.

—Yo tampoco. La primera vez que vine aquí, después de que vinieses cuando le operaron —añadió él—, me invitó a jugar al ajedrez —sonrió con tristeza—. Fue un comienzo, aunque con varios años de retraso, claro.

Colie recordó un poema sobre las palabras más tristes: «podría haber sido». Era totalmente cierto.

—¿Cómo están Merrie y Ren? —preguntó, por decir algo.

—Bien. Si vas a quedarte unos días antes de volver a tu casa, les encantará verte.

—No sé cuánto tiempo llevará arreglarlo todo —Colie tuvo que esforzarse por no llorar.

—Haré lo que sea por ayudar. Era un buen hombre. El mejor que he conocido jamás —añadió.

Ella rebuscó en esos ojos grises, que tanto se parecían a los de Ludie. Y se preguntó si él albergaría alguna sospecha de que la niña era suya. Seguramente no le habría creído si se lo hubiera contado.

—Bueno, me voy a casa —añadió tras un incómodo silencio—. Si necesitas cualquier cosa, llámame.

—Gracias por traernos.

—No hay de qué —J.C. miró a Ludie, que seguía observándolo con descarada curiosidad. La visión de la niña resultaba dolorosa. Se había perdido gran parte de su vida.

Colie vio claramente el dolor que él no fue capaz de ocultar, pero no estaba dispuesta a admitir nada.

—Si aparece Rod, avísame —dijo él bruscamente—. O llama a Cody Banks. No juegues con fuego.

—Está en una mala situación —ella respiró hondo—. No estoy segura de que pueda salir de esta, ni de que quiera hacerlo. Pero lo he dicho en serio, no voy a dejarle pasar de la puerta.

Colie no pensó, y J.C. no le señaló, que un hombre decidido podría abrirse paso a pesar de ella y Lucy. Las amenazas verbales de una mujer eran inútiles.

—Procura tener el móvil a mano.

—Siempre lo hago.

J.C. se marchó con desgana. Mientras arrancaba el coche, vio a Colie con Ludie en brazos en la entrada. La imagen le conmovió, pues era la familia de la que él habría podido formar parte. Pero, en esos momentos, su único pensamiento era protegerlas, mantenerlas a salvo.

De camino a su casa telefoneó a Cody Banks.

—He hablado con el jefe de policía de Jackson Hole, y me ha dicho que Rod anda con muy malas compañías —le informó. Le había llamado tras revisar el estilo de vida de Rod, cargado de excesos—. Si vuelve aquí, Colie dice que no le dejará quedarse en la casa. Pero el jefe de policía tiene la impresión de que va a venir con su amigo, el traficante de drogas.

—Si viene buscando problemas, los va a encontrar —contestó Cody.

—Colie y Ludie estarán solas, salvo por su amiga Lucy —continuó J.C.—. Me habría ofrecido a quedarme, pero desataría de nuevo toda clase de habladurías. No quiero dañar su reputación más de lo que ya he hecho.

—Muy noble por tu parte, pero un hombre en la casa sería de más ayuda que una docena de móviles con el 911 preprogramado.

—Ya lo sé —contestó J.C. bruscamente.

—Lo siento —el sheriff hizo una pausa—. ¿No conocemos a ningún hombre en quien ella confiaría para que se quedara en su casa?

—Ren podría ofrecerse si se lo pidiera —contestó él tras considerarlo unos segundos—. O incluso Willis. Podría llevarse al lobo —añadió con un ligero toque de humor.

—Ya lo estoy viendo, una niña pequeña a la que le gustaban los sándwiches de mortadela y un lobo de tres patas, hambriento…

—No sigas —J.C. rio por lo bajo—. Sabes que ese lobo es muy manso.

—Ningún animal salvaje es manso, y lo digo por experiencia. ¿O acaso has olvidado mi único intento de criar a un zorro?

—Uf —contestó J.C. mientras intentaba no reír.

—Esa maldita bestia casi me arranca un pulgar, y eso que lo había criado desde que era un cachorrito —el sheriff suspiró—. Supongo, de todos modos, que los perros son mejores. Mi husky siberiano ya tiene cinco años. Mi esposa me lo regaló por Navidad el año antes de morir —añadió en un susurro.

J.C. no contestó. Conocía la historia, como la mayoría de la gente de allí. La esposa de Cody, médico en un hospital cercano, había fallecido unos años atrás de una enfermedad contagiosa. Cody seguía guardándole luto y no había vuelto a casarse.

—De niño tuve un husky —comentó—. Me lo llevaba en el trineo y atravesábamos las colinas más peligrosas que pudiera encontrar. Era un gran perro.

—Suelen serlo. Lo único malo es que, si entran ladrones en tu casa, el husky les seguirá todo el rato para mostrarles los mejores premios y luego les ayudará a llevarlo todo al coche —añadió Cody con una carcajada—. Desde luego no es un perro guardián.

—Eso es verdad.

—Dile a Colie que si me necesita puede llamarme a cualquier hora —añadió el sheriff—. No duermo mucho y me encantaría poder poner a su hermano en el lugar que se merece. Aunque eso último no se lo digas.

—No lo haré, aunque pienso lo mismo que tú. Anda con malas compañías y es solo cuestión de tiempo que le hagan rendir cuentas por sus delitos.

—Vuelves a hablar como un policía —Banks rio.

—Supongo. Gracias por el apoyo.

—No hay de qué. ¿Te mencionó Colie si iba a quedarse mucho tiempo?

—Tiene un buen trabajo en Texas —contestó J.C. pesaroso—. Y allí parece feliz.

—Una lástima lo del marido.

A J.C. le dolía pensar en ese hombre que lo había sustituido en la vida de Colie.

—Ella dice que adoraba a la niña.

—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Banks de repente.

—¿Su marido? No estoy seguro.

—No importa. Un segundo —tras una pausa se oyó un crujido estático antes de que Banks volviera a hablar—. Ha habido un percance en la interestatal. Voy de camino. Hablaremos más tarde.

—Claro.

J.C. colgó. Por primera vez se preguntó qué aspecto había tenido el marido de Colie. Él había supuesto que la niña era suya y, al parecer, el reverendo Thompson también, pero ¿qué aspecto tenía ese hombre? ¿Era pelirrojo? ¿Tenía los ojos claros? De ser así, quizás todas las ideas que se había formado él sobre la niña podrían estar equivocadas.

La decepción que sintió al pensar en ello lo pilló por sorpresa.