Las voces fue lo primero que logré distinguir. Una pertenecía a un hombre y la otra a una mujer. Se oían lejanas, impidiéndome descifrar las palabras.

Estaba durmiendo, o mejor dicho, había estado durmiendo. Mis ojos seguían cerrados, me encontraba en un mundo de sombras. No lograba distinguir nada a excepción de grises y formas sin sentido.

Era la pócima. Sabía que me encontraba en un sueño, pero no lograba despertarme. Tenía miedo. Miedo de lo que encontraría al despertar. Miedo de no despertar. Tantos temores.

Aguardé, con la esperanza de que algo me regresara. Todavía oía las voces. Con el pasar del tiempo dejaron de sonar como algún lenguaje desconocido y comencé a distinguir palabras. «Botiquín». «Gwyllions». «Aeropuerto». «Will».

Moví los párpados, haciendo todo lo posible por abrir los ojos. Me llevó varios intentos hasta que finalmente se abrieron. Me encontraba recostada en el asiento trasero de un vehículo. Mis manos atadas. Reconocí a Galen en el asiento del conductor. A su lado había otra persona, el pelo y espalda indicaban que era una mujer.

—No me gusta la manera en que la miras.

—Es solo una distracción, Kenz —replicó Galen.

Iba a devolver. Sin mencionar el dolor de cabeza, pierna, costillas, todo. ¿Kenz? ¿Kenzy McLaren? Sabía que había una razón por la que no me agradaba. Una razón válida.

Levanté un poco la cabeza. En el otro extremo del asiento había dos chicas inconscientes. Una tenía largo pelo rojizo y la otra cortos rizos castaños. Lucy y Alyssa.

Dejé escapar algo similar a un grito, horrorizada de encontrarlas allí conmigo. Galen y Kenzy echaron un vistazo hacia atrás, ambos compartiendo una expresión burlona.

—La bella durmiente ha despertado —dijo él.

—Querrás decir la fea durmiente —replicó Kenzy.

Perra. Galen me echó un breve vistazo.

—Sabes que se parece a ti, ¿cierto? —dijo con ironía—. Esa es una de las razones por la que me gusta.

—Estoy cansada de oír eso, no nos parecemos en nada.

—Nada —coincidí con ella.

¿Kenzy era la «amiga con beneficios» de Galen? De seguro nos había estado espiando todo ese tiempo. Esa historia de cómo dejó a su comunidad por amor era un montón de patrañas. A menos… ¿Había dejado todo por Galen? ¿Por un amorío con un Antiguo?

El libro decía que solo se podía convertir a alguien hasta que cumpliera diez años. Había algo que no estaba viendo.

—¿Lucy? —pregunté—. ¿Aly?

Moví mi pie hacia ellas, intentando despertarlas. Verlas allí me desesperaba. Las palabras del libro habían sido claras: «La vida de una hija de la naturaleza». La vida.

—No despertarán por un rato. A decir verdad, tú no deberías estar despierta —dijo Galen.

—Puedo solucionar eso —ofreció Kenzy.

Mis jeans seguían cubiertos de sangre. El pedazo de camisa de Galen atado firmemente alrededor de la herida. El dolor seguía allí, una molestia constante.

—No, lo único que harás con tu magia será ayudar a cerrar el corte —replicó Galen—. Lo harás en cuanto estemos en el avión.

¿Avión?

—Tengo otras cosas en mente para cuando estemos en el avión —dijo Kenzy posando su mano en la pierna del Antiguo.

—Eso también —respondió con su tono seductor.

Iba a tirarme del auto.

—Galen, por favor, deja a Lucy y Alyssa —le imploré.

—Lo siento, cariño. No va a pasar.

¿Por qué necesitaba a las dos? ¿Por qué no una?

—Tus amigas fueron fáciles de engañar. Gal llamó a Alyssa haciéndose pasar por Edward y la invitó a una cita. Solo tuve que aguardar por ella y hacer un simple hechizo —se regocijó Kenzy—. Y la de tamaño pequeño tampoco fue muy lúcida. Abrió la puerta para… ¿Cuál era el nombre?

—Dorian. Ella sí intentó resistirse, fue adorable —dijo Galen.

Volví mi cabeza hacia ellas. El maldito había planeado todo desde el principio. Salió con Alyssa para ganar su confianza y poder tomarla cuando fuera el momento indicado. Al igual que se había hecho pasar por un compañero mío para conocer a Lucy.

Todo era mi culpa, debí decirles la verdad cuando tuve la oportunidad.

—Michael y Ewan nos encontrarán sin importar a dónde nos lleves. Y los Darmoon también vendrán por mí —lo espeté.

Kenzy se giró en su asiento.

—¿Seguro de que no la puedo callar? —preguntó.

Iba a matarla. Busqué mas allá de mi malestar físico, concentrándome en la magia. Nada. Aquella sensación de adrenalina había desaparecido por completo.

—¿Qué hicieron conmigo? —pregunté.

Sin importar cuánto me esforzara algo me impedía acceder a mi magia. Algún tipo de barrera.

—Ves ese lindo anillo en tu dedo índice —dijo Kenzy contenta con sí misma—. Eso fue obra mía. Mientras lo lleves puesto, nada de magia. Y por cierto, solo otra bruja puede quitártelo.

La soga alrededor de mis muñecas hacía un buen trabajo inmovilizándolas. Maniobré mi mano hacia un costado, logrando un vistazo al anillo. La banda era fina, una piedra negra con forma de rombo ocupaba el centro.

Maldije a los dos individuos sentados frente a mí con todo tipo de insultos. Palabrotas que nunca pensé que diría.

—Tan femenina —comentó Kenzy.

—Cállate. ¿A dónde nos están llevando? —demandé—. Leí que para convertir a alguien en un Antiguo no puede tener más de diez años de vida. ¿Cómo encajas tú en esto? ¿A quién van a convertir?

—Mi hijo —respondió Galen.

Mi reacción llego unos momentos después.

—¿Tienes un hijo? —pregunté boquiabierta.

Mi mente giró con la información.

—El pequeño Will. De seguro lo encontrarás adorable, es la viva imagen de su padre —dijo Galen orgulloso.

—¿Y tú eres la madre?

—No, su madre falleció años atrás —respondió el Antiguo.

Fue la primera vez que oía verdadera emoción en su voz.

—No lo entiendo. ¿Qué sacas tú de todo esto, Kenzy? ¿O es que estás cegada de amor? —pregunté imitando su tono burlón.

—Voy a modificar el hechizo, sé que hay una manera de hacerlo —replicó esta—. Voy a ser joven por un largo, largo, tiempo. Gal y yo vamos a recorrer el mundo. Nada de reglas.

Mis ojos fueron hacia Lucy y Alyssa. Ambas perdidas en un profundo sueño.

—¿Sacaste la cuenta? —me preguntó Kenzy con una sonrisa arrogante.

Dos Gwyllions. Dos sacrificios. Mordí lo soga intentando romperla. Lo único que logré fue un gusto espantoso en mi boca. Cada músculo de mi cuerpo gritaba de dolor y no podía usar magia. No había nada que pudiera hacer. Nada.

Estábamos condenadas. Había estado condenada desde mi primer encuentro con Galen.

—Intenta descansar, cariño. Tenemos unas cuantas horas hasta Irlanda.