SUDESTE ASIÁTICO: Singapur e Indonesia

5 de noviembre Bangkok

Tailandia es un oasis en el corazón del Sudeste Asiático. Me sorprende su desarrollo de infraestructuras. Aquí más que nunca entiendo la importancia de tener buenos puentes, carreteras, aeropuertos, centrales eléctricas, autopistas o alcantarillado no sólo para el crecimiento de la economía, sino para la buena calidad de vida de sus habitantes.

Esto no implica que no existan desigualdades, que las hay y muchas, como en la India, pero si hay algo que he aprendido después de casi un año pedaleando el subdesarrollo es que no siempre la desigualdad social o distribución inequitativa de los ingresos implica hablar de pobreza.

Después de casi 500 kilómetros desde Tak llego a Bangkok abrumada por el calor húmedo y el agobiante tráfico. Tras experimentar la paz durante varias jornadas recorriendo una parte del país no turística y de tráfico escaso, me sumerjo de nuevo en una confusión que no había experimentado desde Kathmandu. El fragor de la circulación es constante en la calle Sukhumvit, el centro financiero y hotelero de la ciudad. Apenas hay espacios libres entre vehículos y los que hay son ocupados inmediatamente por un veloz motorista o por un rickshaw. Circulo con mucha dificultad por esta estrecha vía sin cielo. Los taxis son un auténtico grano en el culo, de lo más agresivo que visto y debo extremar la precaución, controlando sin respiro el espejo retrovisor para que no me arrolle uno de estos bastardos. Los semáforos son eternos y cada vez que me detengo entre miles de motores en marcha me ahogo con el humo de los tubos de escape.

Hoy he pedaleado 100 kilómetros desde Saraburi y ya no puedo más. Esto es peor que pedalear los 200 en un día. Busco la casa de mi benefactor de Warmshowers, pero no entiendo la lógica urbanística y me pierdo varias veces. Ni siquiera los locales saben indicarme donde está la calle 57. Además, Google Maps vuelve a ser más un quebradero de cabeza que una ayuda. Pierdo la paciencia y tengo ganas de llorar en medio de aquel enjambre de abejas.

Después de dos horas consigo dar con la casa de Carl, californiano afincado desde hace veinte años en el Nueva York del Sudeste Asiático. Por correo electrónico Carl me da instrucciones sobre dónde encontrar la llave y cómo abrir la puerta, ya que él está trabajando hasta la noche. La vivienda es una lujosa casa de dos plantas y un amplio jardín en uno de los mejores barrios de la ciudad. Saco la llave del lugar indicado y apoyo a Roberta contra la pared. Abro la puerta.

—Hola. ¿Hay alguien? Soy Cristina la ciclista.

Pero nadie responde. Meto a Roberta y la coloco en el vestíbulo. La vivienda es un amplio espacio minimalista y decorado con gusto. Predominan los blancos y tonos pasteles y los muebles tienen formas geométricas. Lo primero que hago es ir a la cocina y abrir la nevera. El frigorífico es como un libro, según lo que haya dentro es la persona que vive en la casa. Me gusta abrirlo no sólo para analizar al desconocido con el que voy a convivir un par de noches bajo el mismo techo, también me gusta observar la comida después de horas de pedaleo pensando en ella. No es que sea masoquista y me guste desconsolarme, es que disfruto observando embutidos, queso, fruta, yogures y postres, algún plato a medias… pero aquí no hay prácticamente nada, a excepción de un par de botellas de vino blanco.

Cierro el frigorífico y subo a la primera planta para buscar la habitación señalada en el mail de Carl. Una amplia alcoba con una gran cama doble, un escritorio y unos armarios empotrados. Una cortina transparente confiere una gran luminosidad al sobrio y elegante espacio de suelo de madera. No hay elementos decorativos y me siento como en un hotel. Descargo mis alforjas y me doy una buena ducha de agua caliente.

Siento como el agua caliente acaricia mis pechos y penetra en mis entrañas por mi boca. Cierro los ojos y pienso en las noches que he pasado acampando en plantaciones de té plagadas de mosquitos y alguna que otra pensión barata, enormes y rabiosos perros intentando darme caza sin éxito al penetrar en alguna localidad para buscar un supermercado… Esta es la ducha más importante de la jornada, la ducha donde hago recuento mental de los acontecimientos del día, la que acaba por regla general con un “al menos estoy viva”.

También pienso en el día en que mi padre me llama de España para decirme que mi perrita Lola ha muerto. Fue el mismo día que entré en Tailandia, uno de los peores de mi vida. Durante tres días me encerré en una pensión de Mae Sot para llorar su muerte. Me ha costado mucho superarlo y aún hoy me vengo abajo cuando pienso en ella. Lola era como una hija para mí desde que la saqué de la perrera con 5 años. Me acompañaba en todas mis aventuras y era más popular en el barrio que José Vélez. Uno de los seres más especiales que he tenido el placer de conocer y que no pudo acompañarme debido a su avanzada edad. Recuerdo su mirada el día que me fui sin saber que no volvería a verla nunca más.

8 de Noviembre De Tailandia a Malasia

Si entras en Tailandia por una frontera terrestre te dan sólo quince días para que visites el país y si es por avión, el roñoso plazo asciende a quince días más. Me quedan dos días para hacer casi mil kilómetros hasta Padang Besar en Malasia. Si no quiero saltarme esta parte, tengo que viajar hasta Camboya para volver a entrar en Tailandia y conseguir otros quince días, para agotar la mitad regresando a Bangkok. Al tiempo que perderé en el proceso debo unirle el gasto económico que supondría. Naturalmente, la mejor opción es saltarme, con todo mi pesar, la parte más emblemática de Tailandia, la zona sembrada de playas y de lujosos resorts turísticos, la mítica Phuket y los paraísos de ensueño, islotes rocosos y magníficos arrecifes de coral… Adiós al Edén y a los días de relax con los que había soñado.

Resignada a perderme mi momento Leonardo Di Caprio en la playa de Hat Maya, cerca de Phuket, compro un ticket de tren a Malasia, esperando que el pedaleo allí sea tan placentero como lo ha sido en el país limítrofe, a excepción de la gran metrópoli. Carl, que nunca ha pedaleado en Malasia, me ha dicho que es un país tan seguro como Tailandia y que no tendré problemas viajando sola.

El tren me deja en Butterworth. Quiero visitar la isla de Pulau Pinang y acceder a ella pedaleando por el popular puente que la une con el continente, esquivando el ferry. Localizo en Google Maps el puente y sin esperarlo me pierdo durante horas por carreteras de cuatro o cinco carriles, barrios con mal aspecto y motoristas que no dejan de acosarme. Supongo que influye en mi extravío el hecho de que no haya dormido bien en el tren y de no haber desayunado. Además, el agua se ha terminado y llevo horas deshidratándome bajo un sol abrasador y un calor asfixiante.

Llego a la entrada del puente prácticamente deshidratada pero con la satisfacción de haber alcanzado por fin mi objetivo. Cuando voy a cruzar la barrera me cortan el paso dos agentes.

—Where are you going? —preguntan.

“Como si se pudiera ir a otro destino por este maldito puente que no fuera Pula Pinang”, pienso.

—No se permiten bicicletas —dice uno de los oficiales de policía señalando un estrecho carril paralelo para las motos.

A punto de llorar intento convencerlos.

—Por favor, agentes, vengo de un largo viaje, no he comido y no tengo agua, me siento muy débil y debo llegar a Pulau Pinang cuanto antes. Hagan una excepción hoy y déjenme cruzar por el carril de las motos. No creo que le haga daño a nadie.

—Ese no es mi problema: vuelva al área cero y coja el ferry.

Tras media hora de explicaciones entre sollozos, desisto. Doy la vuelta e inicio el viaje de regreso a la Butterworth. Pero vencida por la debilidad rompo a llorar y paro en un apartadero para desahogarme. Me siento sola, incomprendida, invisible y muy pequeña.

Cuando me repongo, decido continuar hacia Singapur y mandar Pulau Pinang al diablo. Por mí mandaba al carajo toda Malasia y sus malayos. Desde que llegué no he dejado de soportar insultos en la carretera, el agobiante acoso de los hombres en la calle, la escasa amabilidad de sus habitantes y ahora la completa incomprensión de la policía.

Duermo en un motel de carretera en Parit Buntar, Perak, tras pedalear de noche por la autopista, prohibida también para bicicletas. Además de sortear vehículos de toda índole para no ser arrollada en la oscuridad, me he llevado varios sustos esquivando serpientes que solo alcanzo a divisar a escasos metros, porque mi iluminación es de paupérrima potencia y, para colmo, voy corta de baterías. En una ocasión he atropellado a una enorme criatura enrollada en el arcén y he subido como alma que lleva el diablo los pies para evitar cualquier intento de clavarme las mandíbulas en las canillas. No entiendo de serpientes y no distingo una venenosa de otra inofensiva, pero más vale prevenir. Ha sido una noche muy estresante.

Por la mañana decido que no me gusta Malasia y que quiero reunirme lo más pronto posible con mi amiga Martha Lee en Singapur. Así que planeo poner toda la carne en el asador pedaleando en este país y atravesarlo lo más rápido posible. No me siento segura en este lado del Sudeste Asiático y no me gusta la gente.

De nuevo, las mujeres van cubiertas de los pies a la cabeza, con esos sayones que ocultan su feminidad y les hacen parecer todas iguales. Los hombres se crecen y no respetan lo más mínimo a las féminas, y menos a las que van solas como yo. El acoso en la carretera vuelve a ser mi mayor problema y la escasa hospitalidad contrasta enormemente con el carácter amable y complaciente del país vecino. Sinceramente, no me apetece enfrentarme de nuevo a esto que no vivía desde África. Echo de menos la tranquilidad y la seguridad que sentía en Myanmar.

El parte meteorológico anuncia un gran ciclón a partir de esta tarde. Me apetece grabar la experiencia con mi GOPRO y decido ponerme a pedalear bien entrada la tarde para huir del calor y esperar a que el momento suceda. Me dirijo hacia Beruas dispuesta a transitar por la oscuridad de la jungla. Le he cambiado las pilas a mis dos linternas pero la iluminación exterior es inexistente en la selva y los árboles tapan la luna y las estrellas, así que la visibilidad es casi nula.

El ciclón se huele en la humedad del ambiente. La ligera brisa de la tarde se torna viento racheado y los primeros relámpagos asoman entre las copas de los árboles en la jungla de Taiping, en la región de Perak. Con el ocaso comienzan las primeras gotas de lluvia y el viento arrecia. Parece que empieza el rock and roll.

La ligera lluvia se vuelve abundante pero aún es posible pedalear. Los relámpagos encienden y apagan la selva y por segundos veo con asombrosa claridad todos los detalles del bosque encantado. El rumor de la lluvia se abre paso en el silencio de la noche. Pedaleo sin tregua por la intimidante carretera convertida ahora en un río de agua por el que me cuesta transitar. A las once de la noche la lluvia se vuelve tan fuerte que me hieren las gotas en la piel. Estoy completamente empapada pero feliz por presenciar tal espectáculo. En mi vida había visto una tormenta tropical como esa.

Las alforjas actúan como la vela de un barco y se resisten al viento, ralentizando mi marcha por el tenebroso escenario. Tengo miedo pero al mismo tiempo experimento placer. Me detengo varias veces a grabar con mi GOPRO 3+ los flashes en el cielo, la lluvia golpeando el alquitrán bajo la luz de mi linterna y todo lo que se me pasa por la cabeza que pueda verse con tanta oscuridad, porque la GOPRO es buena, pero no hace milagros sin una iluminación adecuada. Hago varios “insitu” pedaleando y describiendo la situación que estoy viviendo para contrarrestar la pobreza de las imágenes.

La selva ruge y la lluvia torrencial persiste durante horas. Intento concentrarme y focalizar para no cometer fallos y tener un accidente. Pedaleo despacio, sorteando ramas de árboles, charcos y escorrentías, agudizando la vista todo lo que puedo. Se me ocurre que aquella situación en mitad de la noche es, a su modo, muy segura para pedalear, porque no hay nadie a mi alrededor y el tráfico ha desaparecido. Después de todo este tiempo, me siento más tranquila haciéndole frente a una crisis natural que viviendo la amenaza constante e impredecible de la presencia del ser humano, especialmente en un país donde, desde el primer día, no recibo buenas vibraciones.

Como el cambio de un acto a otro en un musical de Broadway (hasta ahora los musicales representados en este popular enclave de Manhattan son los mejores que he visto y con mejores escenografías) la lluvia se detiene de súbito y el escenario sufre un revés inesperado. El viento desaparece, el fluir del agua se detiene y el silencio vuelve a dominar el mundo. La oscuridad se hace perenne.

Miles de luciérnagas bailan una hermosa danza en el bosque que veo a duras penas pasar. El cielo está encapotado y la oscuridad es absoluta. Las luciérnagas se encienden y apagan de repente y en ocasiones me pillan de sorpresa porque parecen los ojos, que se iluminan con el haz de mi linterna, de un lobo que me acecha entre los árboles. En una hora los diminutos flashes se hacen millones y aquella particular situación se me antoja uno de los momentos más felices de mi vida.

Un vehículo ralentiza su marcha y transita en paralelo a mi bicicleta. Dos hombres en el interior, a los que no distingo bien, me preguntan en un precario inglés que a dónde me dirijo. Por supuesto eludo la pregunta y les digo que estoy perfectamente, que no necesito su ayuda. Pero insisten en que no puedo estar allí, que es peligroso, y que quieren ayudarme, que suba al coche. Les repito, ahora en un tono más duro, que me encuentro perfectamente y que estoy disfrutando y quiero seguir haciéndolo. Que no me voy a subir ni muerta al vehículo y que por favor, sigan su camino.

Pero no cejan en su empeño y continúan su marcha junto a mi bicicleta, hablando entre ellos. Comienzo a inquietarme y me doy cuenta que estoy en una situación muy comprometida. Tengo el cuchillo de submarinismo atado a mi pantorrilla derecha, pero con la oscuridad nadie lo distingue. Intento pedalear más rápido y poco a poco me desplazo hacia el centro de la carretera para no dejarles espacio.

El truco funciona porque minutos después, me adelantan y continúan su marcha.

Intento tranquilizarme diciéndome a mí misma que aquellos hombres probablemente sólo querían ayudarme y pensaban escoltarme una parte del trayecto.

Lo que pasó después de este episodio, este mismo día, ya os lo he contado al principio del libro, suceso que me dejó muy marcada el resto de mi viaje por el país hasta Singapur.

Mi viaje por Malasia, a partir de aquí, lo hice rápido y sin ninguna motivación, con una apatía descomunal que me llevaba a encerrarme a llorar como una Magdalena en las pensiones al final del día. Por supuesto, ni se me pasó por la cabeza acampar o pedalear de noche nunca más, al menos hasta Nueva Zelanda. Tampoco sentía ganas de visitas turísticas o inmortalizar en foto o vídeo absolutamente nada. Lo único que hacía era pedalear, comer, dormir y llorar con la esperanza de llegar a Singapur cuanto antes y encontrar refugio emocional en mi amiga Martha Lee, que me esperaba con los brazos abiertos.

16 de Noviembre. Singapur: La Isla

Llego a Kuala Lumpur con el corazón en un puño y paso por las imponentes Torres Petronas con el pasotismo de un adolescente. Ni siquiera saco la cámara para hacerme un selfie con los edificios más grandes del mundo hasta hace una década. No tengo sino interés por meterme en un hostal y encerrarme allí hasta mañana. No me interesa el mundo que me rodea y no quiero seguir con toda esta mierda; en este momento de mi vida siento que el planeta es un sórdido lugar lleno de hijos de puta.

Estoy desgarrada por dentro y me siento frágil. Hace días que no como bien y mi debilidad física y mental va en aumento. Necesito, por encima de todo, pararme para replantearme este proyecto, estar rodeada de amigos y personas que me muestren su afecto, sentirme escuchada y comprendida. Desde Nepal no he vuelto a hacer amistades, supongo que por las dificultades comunicativas en el Sudeste Asiático donde casi nadie habla inglés y la gente, por lo general, es muy amable pero también muy cerrada.

Mi mirada apunta ahora a Singapur como la esperanza por recuperarme del revés que sufrí en el norte de Malasia. Allí me espera desde hace meses Martha. Conocí a la singapurense con 19 años, cuando vivía en una residencia de monjas en el centro de Londres y trabajaba en una pastelería para pagarme los estudios de inglés. Hace veinte años que no la veo y me pregunto cómo estará. Veinte años es mucho tiempo y una persona puede cambiar radicalmente en todos los sentidos. Reíamos mucho juntas porque ambas éramos de algún modo unas rebeldes en aquel universo de monjas estrictas y malhumoradas. De vez en cuando subíamos al tejado en medio de la noche para contemplar la ciudad luminosa bajo la luna. Accedíamos al techo abuhardillado a través de la habitación de Ana, la tercera mosquetera.

Tumbada en la cama del hostal, después de una larga ducha caliente, evoco nuestras carcajadas bajo el cielo estrellado, abrigadas las tres con una manta, respirando el aire frío y húmedo de la noche en Notting Hill Gate. El recuerdo mejora mi estado de ánimo y me lleva a la conclusión de que precisamente esto es lo que necesito ahora, dejar a un lado las obligaciones, la disciplina férrea y la altísima exigencia física a la que he estado sometida durante meses en pro de la diversión, el descanso, la socialización y el sentido del humor. Puede que así me recupere psicológicamente y pueda tomar buenas decisiones.

Quedamos en una estación de tren cercana a la frontera con Malasia. Me ha llevado una eternidad cruzar desde una oficina fronteriza a otra porque las separan kilómetros de distancia, y cada puesto de control es como el edificio de Naciones Unidas en Nueva York. Además, las colas son kilométricas. Cuando por fin llego a Singapur me siento como en Londres, con menos tráfico y un calor fulminante.

Rascacielos, amplias zonas ajardinadas, gente de todas las nacionalidades de mal humor, hormigón, gran capacidad organizativa, centros comerciales, altos niveles de consumo, jóvenes y viejos pegados a sus smartphones y aislados del resto del mundo… Todo esto contrasta enormemente con lo que he vivido desde Sudáfrica pedaleando el mundo más subdesarrollado, donde todos sonríen hasta en los accidentes de tráfico, todos hablan con todos, todos quieren ayudar y la gente utiliza el teléfono únicamente para lo que fue originalmente creado.

Sin bajarnos de las bicis, nos damos un fuerte abrazo cuando nos cruzamos por casualidad de camino a la estación. Martha es una fanática del ciclismo y acumula varios trofeos en mountain bike en Singapur y Malasia. Roberta está en estado crítico después de la fuerte caída que sufrí en el norte de Malasia y rueda con dificultad. Martha conduce una bici de carretera y hago un gran esfuerzo por seguirle el paso por las calles de Singapur. A su lado, parezco una viejecita con un taca-taca. Mis cambios no funcionan y mis alforjas me pesan cada días más. Además, el calor en esta parte del Sudeste Asiático es para morirse y la humedad del aire se parece más a una broma que a una medida de la concentración de vapor de agua en la atmósfera. Una hora después, llegamos a su casa.

La vivienda es de una sola planta y está ubicada en un barrio residencial algo retirado del bullicioso centro. Martha me presenta a su madre, con quien vive. Es la señora más amable, risueña y entrañable del planeta. Además, tiene un gran sentido del humor. Conecto con ella enseguida.

En poco tiempo las tres charlamos animadamente en el cuarto de estar, entre cucharadas de helado de vainilla. Por fin la felicidad me vuelve a embargar y siento cómo la energía vibra en la parte superior de mi cabeza y recorre mi cuerpo como una corriente de energía. Siento de nuevo el calor de una familia, la protección de hallarme integrada en un grupo. Pero, cuando no han transcurrido ni dos horas, mi amiga da por finalizada súbitamente la conversación.

—Debemos irnos ya —anuncia.

—¿A dónde?

—No tenemos mucho tiempo.

—¿De qué?

—Para reparar tu bici o conseguirte otra en caso necesario.

—Pero si acabamos de decidir que voy a ampliar mi estancia en Singapur. Martha, tranquila, hay tiempo de sobra para todo. Además, eso es cosa mía.

—¿Cosa tuya? Es mi responsabilidad asegurarme de que te vas en las mejores condiciones de mi casa.

De repente Martha parece muy preocupada y su actitud ha cambiado. Está ligeramente alterada y se ha vuelto intransigente.

—Martha: me gustaría no pensar en bicicletas y en viajes al menos durante el día de hoy, si no te importa. Lo necesito, de veras .

—¡No! Contesta fríamente. ¿No entiendes que el tiempo se nos echa encima?

La miro perpleja.

—He quedado en una hora con un mecánico de bicicletas para que le eche un vistazo a la tuya y ¡debemos ponernos en marcha ya!

Transijo con un mohín preguntándome desde cuando es tan tocapelotas. Arrastro una gran cansancio físico y mental y estoy harta de todo, pero lo cierto es que estoy en el territorio de otra persona que me ha acogido por unos días en su hogar y debo respetar sus deseos, al menos hasta donde pueda seguirla. Esta ha sido siempre mi filosofía de vida en este viaje y lo seguirá siendo.

De nuevo pedaleo por las vastas calles de Singapur intentando dar caza a mi amiga con mi moribunda Roberta. Una vez en el taller, el mecánico me indica que la bicicleta está muerta y que debo cambiarla. El cuadro de aluminio se ha torcido debido al accidente en Malasia y no hay manera de enderezarlo. Además, hay que cambiar toda la transmisión. Asiento con desidia, pensando en cómo me gustaría irme de juerga esta noche y ponerme hasta arriba de mojitos bailando al son de alguna horterada de Enrique Iglesias.

—Eh Martha, vámonos de marcha este sábado noche —le sugiero al día siguiente. Tengo muchas ganas de pasarlo bien.

Pero ella me mira irritada.

—Yo no salgo. Además, mañana madrugamos para hacer un recorrido en bici por la ciudad.

A las siete de la mañana estamos en pie y me demoro hasta para cepillarme los dientes del cansancio que acumulo. Martha me espera en el porche con cara de pocos amigos; le ha retirado la parrilla trasera a Roberta y revisa con precisión de orfebre el chasis.

—Tu bici está muerta y no me quedaré tranquila hasta que te compres otra.

Adormecida y cegada por el sol la miro desconcertada.

—Creo que eso ya lo hemos hablado ayer.

Tengo tantas cosas que reprocharle y no puedo abrir la boca. Me gustaría decirle que en este momento la bicicleta es lo último que me importa en esta vida, es más, no quiero ni oír hablar del ciclismo por unos días, que ahora mismo sólo necesito a una buena amiga a mi lado, alguien que me comprenda, una persona con quien reír o tomar un desayuno relajadamente mirando al mar, o conversar a la luz de la luna en alguna terraza del centro. Definitivamente, nada que tenga que ver con ir montada sobre dos ruedas. Pero de un día para otro Martha se ha vuelto una mujer furibunda y actúa como una bomba de relojería a punto de estallar. No tengo fuerza mental para enfrentarme a ella y menos aún para irme a algún hostal de mala muerte y sentirme sola otra vez.

Le sigo la corriente en todo lo que puedo. Observo la parrilla en el suelo y me pregunto por qué demonios no me ha pedido permiso para extraerla. Por primera vez desde que comencé el viaje me siento como una estúpida sin autoridad para tomar decisiones sobre mi vida. Quiero pedirle que se relaje. Que no se tome la vida tan en serio, que no necesito apoyo logístico a la fuerza, sino cariño, empatía y comprensión, un hombro sobre el que llorar, una mano que estrechar, un cuerpo que abrazar… Hace mucho tiempo que no me siento tan intimidada por alguien.

Roberta está cada vez peor. La rueda trasera roza con el chasis doblado y los platos delanteros y casettes traseros funcionan con dificultad. Mi velocidad es de crucero y la de Martha de rally. Me tranquiliza saber que no vamos a practicar descenso en MTB por tierra ni ninguna de sus locuras porque así lo hemos acordado por la mañana, después de la espectacular tormenta eléctrica que cayó anoche. Nunca había presenciado algo parecido. Los truenos se precipitaban sobre la ciudad como bombas de un ataque aéreo enemigo, la lluvia caía como cascadas de agua y los relámpagos bailaban sobre el mar mientras el suelo temblaba.

El aire es húmedo a las nueve de la mañana y el calor ya es opresivo. Es domingo y no hay mucho tráfico. Martha se pierde entre los vehículos y la sigo a duras penas. Me hace señales para que vaya más deprisa y, como siempre, parece enfadada. Quiero morirme. De repente, nos salimos de la carretera y descendemos por un bosque enlodado. Me detengo. Los cambios no van y tengo la sensación de que lanzarme ladera abajo con Roberta así es lo más parecido a un suicidio que he podido protagonizar en varios meses de viaje. La abogada desaparece media hora mientras aguardo en lo alto a que algo ocurra. En realidad no sé exactamente lo que quiero. No sé si regresar a casa de Martha y recoger mis cosas, o esperar allí como una tonta a que mi amiga regrese y me siga maltratando. Decido caminar por el circuito de lodo con Roberta entre mis manos. Las botas se me hunden en el barro y las ruedas de la bici se entierran fácilmente.

De repente, Martha surge de la nada. Esta tan enfadada que se le hincha la nariz y los mofletes se le ponen al rojo vivo. Estoy desesperada. No sé qué decirle; en realidad le tengo miedo. Siento ganas de tirar la bicicleta por el barranco y salir corriendo.

—¿Qué ocurre? Te estaba esperando abajo.

—Martha, no puedo hacer donwhill con esta bicicleta. ¿No lo entiendes?

—¿No puedes o no quieres?

La observo desconcertada.

—Mira. El domingo es el único día que tengo para hacer downhill porque el resto de la semana trabajo muy duro.

Cuando llegamos a casa corro al cuarto para encerrarme y romper a llorar. No puedo evitarlo y tampoco puedo parar. No entiendo lo que está pasando y cómo alguien puede haber cambiado tanto. Tampoco me siento con fuerzas para tomar decisiones. Me siento tan deprimida que sólo quiero morirme.

Por la tarde, Martha me lleva a casa de su hermana argumentando que está mejor ubicada y que me conviene estar más cerca del centro para preparar mi viaje. Incapaz de decirle que no, que prefiero irme a un hostal y estar sola, me dejo guiar hasta la casa de su hermana.

Elise vive en un decimoséptimo piso de un bloque en un barrio de inmigrantes musulmanes. La vivienda es minúscula y está atestada de cachivaches. No soy médico pero parecen claros síntomas del síndrome de Diógenes. Apenas puedo desplazarme por la vivienda repleta de cajas vacías amontonadas contra la pared, artilugios, pilas de periódicos y revistas en medio del paso, libros, ropa, juguetes, repuestos de bicicleta, envases vacíos de leche, zumo y refrescos atados con una cuerda, etc. Todo está sucio y descuidado.

Martha desaparece para siempre y me quedo sola durante horas porque Elise trabaja todo el día. No sé qué hacer, si recoger mis cosas e irme, o quedarme en aquel lugar de inmundicia y esperar a su propietaria para agradecerle su hospitalidad. Decido quedarme y convivir con Elise durante tres días, a la espera de mi avión a Jakarta, Indonesia, más por cuestiones económicas que por gusto. La ausencia de una conexión por mar a Sumatra me ha llevado a tomar la decisión de ir en avión a Java y de ahí seguir hacia Bali.

Al final Elise resulta ser una de las personas más maravillosas que he conocido, con el corazón tan puro como el agua de un lago patagónico. Gracias a ella mis últimos días en la misteriosa y futurista ciudad fueron una delicia.