Dicen que para experimentar la calma hay que conocer la tempestad, y viceversa. La vida es una lucha de contrarios. No hay blanco sin negro, felicidad sin amargura, alegría sin tristeza, día sin noche, rapidez sin lentitud, brillo sin oscuridad…
He tenido que esperar a Nueva Zelanda para encontrar lo que necesito con urgencia después del desconcierto que llevo en mi interior y de la vorágine indonesia: sosiego, afinidad cultural, similitud idiosincrática, fiestas, nuevos amigos, increíble paisaje verde, clima fresco, seguridad, posibilidad de acampar en solitario sin el spray de pimienta en mano, paz, sentido del humor, libertad, surfing, playas celestiales, soledad, armonía, naturaleza sin igual, aislamiento, limpieza, organización.
Nueva Zelanda ha compensado mi decepción por Bali, donde me he sentido cada día como un dólar con pies. Alguien dijo que los lugares no son sólo paisajes, son también su gente. La popularidad de la isla en el mundo desarrollado es tal que el negocio turístico la ha convertido en un monstruo. Turistas ebrios día y noche, individuos acosando al turista con intransigencia en cada metro cuadrado, masas de gente por todas partes, tráfico extenuante, suciedad, agobio, seres con los que no conecto en absoluto…
Lo mejor que me ocurre es el hostal donde me alojo en el corazón de Semyniak, Denpasar, y mis compañeras de habitación Rubby, Amy, Amelia y Kathleen, con quienes he intimado muchísimo en poco tiempo, quizá por mi necesidad de hacer amigos. Además, la práctica del surf me ayuda a encontrar de nuevo mi equilibrio emocional y a despejar mi mente. Aquí tomo la decisión de continuar mi viaje, a pesar de los pesares, por mucho que haya sufrido tanto hasta ahora. Por varios motivos. El más importante: quiero demostrarle al mundo que las mujeres tenemos derecho a ir a donde nos plazca solas sin temor a ser atacadas, violadas, golpeadas y sometidas. Quiero demostrar que somos capaces de levantarnos cuantas veces haga falta para seguir avanzando en pro de nuestros derechos fundamentales.
En Queenstown, Isla Sur de Nueva Zelanda, me quedo un par de noches, lo justo para preparar a Kimberly, mi nueva bicicleta, y comenzar a pedalear en Aotearoa (Nueva Zelanda en Maori). Me dirijo hacia el Lago Wanaka, a mitad de camino entre Queenstown y el Glaciar Fox, popular enclave turístico donde he planeado pasar la Nochebuena.
Pero Wanaka me sorprende tanto por su belleza como por su gente y decido pasar la Navidad en un hostal donde conecto inmediatamente con todo el mundo y me lo paso tan bien que me cuesta irme, y decido mandar el Glaciar Fox a tomar por saco y quedarme hasta que el cuerpo me lo pida, porque es lo que necesito en este momento.
Hago migas enseguida con Conny, Andrew, Claudia, Debby, y el pequeño Lake (un entrañable bebe que es el alma del lugar), que forman el staff, y disfruto a tope con los clientes que pasan por ahí y tampoco se quieren marchar, como Bertine, Stefano y Martin, quienes también alargan su estancia.
Jugamos al fútbol, nos bañamos en el lago, hacemos fiestas un día sí y otro también, tocamos la guitarra y cantamos… rodeados de sol y de montañas nevadas, como en una película de Heidi. Mi pecho está a punto de explotar de emoción y me siento feliz.
Me cuesta horrores abandonar Wanaka. En una semana nos hemos convertido en una gran familia. Todos tenemos algo en común: venimos de muy lejos y hace mucho tiempo que no vemos a los nuestros, por lo que nuestras emociones están a flor de piel. Cuando una viaja de este modo, por largas temporadas, especialmente en solitario, se encariña hasta con los árboles.
La falta de afecto es tremenda; te merma el carácter y te convierte en un niño ávido de amor y atención, una especie de peluche al que todos quieren achuchar porque la necesidad de un abrazo la llevas escrita en la frente sin darte cuenta. Tu mirada ya no es tu mirada, es la mirada de tu perro observándote fijamente a la hora de comer. Tú ya no eres tú… eres alguien a quien no quieren dejar marchar y tú tampoco te quieres ir.
Las dos noches que he planeado quedarme en Wanaka se convierten en cuatro y al final en una semana, no me quedo más porque tengo una cita con la propietaria del Chillawhile Backpackers en Oamaru, en la Costa Este, y debo pedalear hasta allí.
El 26 de Diciembre recojo mis cosas y me despido de mis nuevos amigos acongojada. Contengo las lágrimas mientras digo adiós a Claudia y advierto que Conny solloza con disimulo. Andrew desaparece de mi lado por primera vez y Donna no se separa de mí en toda la mañana, mientras sujeta al pequeño Lake entre sus brazos. No veo más a Andrew. Supongo que no le gustan las separaciones. Me entristece que mi amigo del alma no quiera decirme adiós pero le entiendo.
Sé que mucha gente elude las despedidas. No obstante, por Andrew comenzaba a sentir algo especial que supongo hubiera ido a más de haberme quedado más tiempo, y no puedo permitir que nada interfiera en este proyecto. La vida es un cúmulo de decisiones importantes que hay que tomar, aunque no sea fácil a veces, como ahora. Me hubiera gustado irme con él cuando me lo pidió y muchas veces durante este viaje dudé de mi decisión, porque había en aquel hombre algo muy especial, difícil de describir. Es una de esas personas con las que mi alma ha conectado inmediatamente, como si no fuera la primera vez, como si de alguna forma nos hubiéramos encontrado antes y ambos lo hubiésemos olvidado. En alguna ocasión, mientras pedaleaba, llegué a preguntarme cómo hubiera sido mi vida con él; dónde estaría yo ahora, probablemente en estado Unidos, haciendo qué… ¿sería feliz?…
Me dirijo hacia Omarama para hacer noche en un camping y poner rumbo a Oamaru al día siguiente. En Nueva Zelanda está terminantemente prohibido acampar y si lo haces te expones a que te pongan una multa considerable y a que no te dejen salir del país sin pagarla, así que tendré que gastar, y mucho, por dormir. La otra opción es trabajar para pagarme el alojamiento.
Por primera vez desde Nepal, pedaleo en un terreno abrupto. La Isla Sur está, además, azotada por fuertes vientos provenientes de la Antártida, algo nuevo para mí. Las alforjas actúan como la vela de un barco, facilitando el avance unas veces y frenándolo otras, sobre todo cuando tengo el viento de frente. No esperaba que fuera tan difícil pedalear en las antípodas.
El tráfico es fluido, supongo que porque estamos en Navidad, y los conductores van a demasiada velocidad sin arcenes, por lo que el rodaje se convierte en una pequeña pelea con la carretera, apaciguada por la sobrecogedora belleza del paisaje. Además, los excesos navideños me han convertido en una mujer débil y carente de fondo. Pienso que de seguir sucumbiendo a los placeres de la vida del mochilero no voy a reunir fuerzas ni para llegar a Christchurch.
Me quedo sin agua a mitad de camino y quiero bajar al río para repostar pero una kilométrica valla metálica me lo impide. Esta sería un constante en mi viaje por la Isla Sur, que se me antoja como el lugar más vallado y protegido del mundo. Tengo que continuar sin agua porque tampoco hay casas o poblados en kilómetros a la redonda donde pueda pedir a los lugareños. Me siento frustrada porque no puedo beber agua teniéndola al lado. Maldita sea. Estoy en plenas antípodas, en medio de la naturaleza, en uno de los mayores destinos de aventura y acción, y no soy libre ni para beber agua de un río.
Horas después atisbo una pequeña granja entre dos macizos. Pedaleo impaciente hacia mi única esperanza de evitar la deshidratación en medio de un escenario húmedo a más no poder: montañas nevadas, fiordos, glaciares y regiones termales. La propiedad está vallada y grito desde la puerta de hierro forjado.
—Hellooooooo… Anybody at home?
Una cortina se mueve sutilmente en una amplia ventana, entre un silencio sepulcral que sólo rompe el relinchar de los caballos pastando en las proximidades. Aguardo varios minutos y nadie acude a mi llamada.
Chillawhile Backpackers es una enorme casa victoriana próxima al casco histórico de Oamaru, coronada por un gran jardín público que la aísla y la destaca de la urbe. Creo que es el hostal más original que he visto hasta ahora. Aparco a Kimberly, y subo las escaleras.
—Hola. Kelly Lindberg me ha escrito y me ha dicho que tú me recibirías. Eres Jean ¿no es así?
—Hola. ¿Te dijo Kelly que vinieras? Ah pues pasa, te enseñaré tu cama y te mostraré tu trabajo.
Jean es la risueña manager del establecimiento. Es hermosa, muy alta y tiene una larga melena negra. Con aire despreocupado me muestra la habitación donde se aloja el personal en régimen WWOOFING, (WWOOF: Programa Voluntario de Intercambio en Granjas), en un sector aislado del inmueble. Es una amplia estancia de altos techos y enormes ventanales con tres literas para seis personas. También me enseña la estrecha cocina y el baño que compartiremos todos. A sus cuarenta años, tiene un marcado acento neozelandés y no entiendo ni el treinta por ciento de lo que me dice. Sin embargo, logro captar lo esencial buceando también en el profundo azul de sus ojos.
La mayoría del staff es de nacionalidad francesa y conectamos enseguida. No tanto con Jj´Loh, de Taiwan, y Annabel, de Londres. Al principio Jj´Loh y Annabel se muestran distantes. Jj´Loh pasa casi todo su tiempo libre encerrada en su cama viendo películas en el portátil. La taiwanesa se parapeta detrás de unas sábanas que cuelgan, como un biombo, de la cama superior de su litera. Habla lo justo con todo el mundo y no se integra en el grupo. Pero al cabo de unos días abandona su bunker y nos hacemos inseparables.
En poco tiempo nos convertimos en una gran familia y eso hace el trabajo mucho más llevadero. Desde que trabajé de limpiadora en un hotel de Londres para pagarme los estudios, hace veinte años, no he vuelto a limpiar habitaciones y a hacer camas y esperaba no volver hacerlo. Hasta que he llegado a Nueva Zelanda y la necesidad lo ha requerido.
La vida te pone a veces en una encrucijada donde para seguir avanzando tienes que tragarte lo que venga. Quién me iba a decir que iba a encontrar tanta felicidad y tanta paz en un trabajo que juzgaba humillante a estas alturas de mi vida, después de una compleja vida profesional ligada a los medios de comunicación en España.
Mis tareas acabaron convirtiéndose en un placer cotidiano, que ejecutaba sin prisas, durante tres horas, en compañía de mi nueva y divertida familia internacional. A cambio, recibimos alojamiento gratis con derecho a cocina. En Nueva Zelanda el programa WWOOF está muy regulado y los empresarios no pueden abusar del staff haciéndole trabajar más horas de las estipuladas. En todo caso, por cuatro horas de trabajo, aquí ya tienes derecho a pensión completa, y por otras cuatro ya te pagan un salario. Pero el trabajo remunerado sólo se permite a aquellos con visado de estudiante y yo, como turista, sólo puedo trabajar por alojamiento, lo cual ya es de por sí una gran ayuda para mi débil economía en uno de los países más caros del mundo para vivir.
Las habitaciones de los huéspedes son holgadas y luminosas, en tonos pastel y presididas por una amplia chimenea. A pesar del ligero abandono, el interior del edificio mantiene su aire victoriano merced a algunos muebles de época rehabilitados y al papel pintado de rayas verticales, o cortinas de tela pesadas. Además, ofrece a los clientes un espacio para la pintura y otro para la música. El huésped puede hacer uso de todos los materiales plásticos gratis a cambio de donar la obra al hostal. En el espacio musical hay gran cantidad de instrumentos, incluso uno australiano de viento llamado didgerido. A veces nos reunimos en torno al piano y cantamos mientras alguien aporrea las teclas ante la atenta mirada de los huéspedes, que acaban uniéndose a la fiesta.
Me siento feliz, plena, como si acabara de regresar de una exótica y lejana contienda militar y me reencontrara con mi familia. Cada día cocinamos juntos sabrosos platos y compartimos conocimientos culinarios de diferentes partes del mundo. Así intimo con Emile y Sandra, una pareja de Toulouse, Francia, que recorre el país en furgoneta desde hace seis meses. Tienen muchas anécdotas en la maleta, al igual que yo, por lo que cada comida es épica y dura una eternidad, porque no nos queremos ir de lo bien que nos sentimos unos con otros.
Jean es la jefa pero se convierte en una más. Vive en un anexo en el jardín. Además de un gran corazón, tiene un ingente sentido del humor. Sin embargo, por muy sociable que parezca, Jean tiene también una gran tendencia al aislamiento. En ocasiones me la encuentro en algún rincón del jardín a solas, fumando hierba y perdida en sus laberintos.
—Hola Jean. ¿Qué tal estás?
—Oh, ¡bien! —responde con los ojos vidriosos al tiempo que suelta una sonora carcajada.
—¿Necesitas algo? ¿Quieres compañía?
Su triste mirada de súplica me está diciendo que quiere seguir buceando en su pasado a solas. Sin aguardar respuesta me despido cordialmente y me voy. Estamos en Navidad y la distancia con casa no resulta fácil para nadie. Jean es de la Isla Norte y su trabajo la obliga a estar lejos de su hogar incluso en las fechas más emblemáticas del año. Supongo que el hecho de que la gente viene y va, no le da la oportunidad de hacer amistades sólidas y duraderas y se siente sola. Aparte de estas lógicas razones para estar triste, hay algo en sus ojos que me dice que ha sufrido mucho en la vida.
En Fin de Año organizamos una gran fiesta y hago en una gigantesca olla una de las mejores sangrías de mi vida. Por qué no decirlo. El líquido burdeos desaparece antes de tiempo, no sé si por alguna fuga en el recipiente o porque me enfrento a los mayores bebedores que ha dado la Madre Tierra: neozelandeses, australianos, holandeses, irlandeses y franceses. Vaya manera de tragarse una copa. Les da igual que se les atragante la fruta en el gaznate. Se la beben de un trago, como un chupito. Antes de medianoche ya estamos todos a cuatro patas alrededor de una hoguera improvisada en el jardín. Cantamos, bailamos, gritamos, brindamos una y otra vez, y yo necesitaba tanto esto… Y entonces allí, en medio de todos, beso a Jeananne en los labios y todo se vuelve oscuridad.
Dos días antes de Fin de Año, Jeananne y yo charlamos sentadas en la mesa de una de las cocinas de los huéspedes. El hostal está medio vacío a esas horas de la tarde y aprovechamos para tomar el té con unas galletas y planear nuestro próximo viaje en bicicleta por los Catlins, un área en el punto más meridional de la Isla Sur famosa por su paisaje costero escénico. Días antes le he comentado que pronto dejaría el hostal y me embarcaría en otra singladura por el país y ha querido unirse.
—Estoy tan emocionada —dice ella.
—¿Estás segura de que quieres ir?
—¿Bromeas? Siempre he soñado con hacer un viaje en bicicleta. Es mi oportunidad de hacerlo. Además, ya llevas casi un año recorriendo el mundo. ¿Quién mejor que tú para enseñarme? —comenta sonriendo, como siempre lo hace, con dulzura. Sus labios rosados, su aire lozano y sus hoyuelos sobre las mejillas me provocan estremecimiento. Yo también sonrío.
—Sólo hay un pequeño problema —musito apenas.
Doy un sorbo de té y trago lentamente ante su atenta mirada.
—¿Un problema? —se extraña. ¿A estas alturas?, ¿cuál?
Exhalo y hago ademán de querer decir algo, pero no puedo. Me sonrojo.
—Yo… Desde hace tiempo… —trago saliva, exhalo y mantengo la respiración, como quien sostiene el vómito preparándose para expulsar la causa de todas sus perturbaciones—. Quiero decir… Te conozco desde hace poco pero… siempre estamos juntas…
Ella me mira con una mezcla de intriga y de sospecha.
—Y… me siento muy bien contigo… Sonrío tímidamente. El caso es que creo que me gustas… y mucho. —Sus ojos despiden ahora un brillo inusual—. ¿Me entiendes?
Por unos segundos, Jeananne me mira perpleja sin mediar palabra. Creo que la he fastidiado, que no tenía que habérselo dicho. Quizá debía haberle puesto alguna excusa para evitar que viniera y tener que enfrentarme a este bochornoso momento. Situación que siempre procuro eludir por miedo al rechazo, sobre todo al repudio social. Sin embargo ahora, en este momento de mi vida, soy una nueva persona, he dejado atrás a la vieja “yo” para ser la nueva “yo”, mostrarme como soy, no volver a ocultar mis sentimientos, sentirme una más sin tener que ser igual a los demás, sin miedos, sin tapujos, sin hipocresías. Soy una nueva Cristina que dice lo que piensa y que quiere abrirse para que la conozcan y amen tal como es. Por eso, decido aquí y ahora decirle a mi amiga lo que verdaderamente siento por ella y enfrentarme a mis demonios de una vez por todas, aunque sea en las antípodas. Estoy preparada para lo que venga; lo asumiré y afrontaré a solas las consecuencias.
Pero la bella pelirroja de ojos turquesa me toma la mano y me mira con ternura.
—Creo que yo también me estoy enamorando de ti.
Después de 113 kilómetros con el viento en contra, las primeras luces de Dunedin se dibujan en el horizonte. Sin fuerzas ni para comer, montamos a duras penas la tienda de campaña para meternos rápidamente en nuestros sacos y resguardarnos del terrible frío nocturno en la húmeda capital de Otago. El cansancio nos domina y el sueño nos vence en el único camping de la urbe.
Por la mañana desayunamos tarde, agotadas por la dura jornada del día anterior. El cansancio no nos resta entusiasmo. Estoy ansiosa por empezar el viaje que he planeado desde que llegué a Oamaru y que ahora voy a hacer con la mujer más dulce del planeta. No he podido negarme esta vez al amor; es como si me lo pusieran en bandeja. Como si el destino me dijera: ¿Ah, pero es el viaje lo que te hace renunciar? ¡Pues toma tres tazas!.
Ahora no tengo excusas, ahora el amor me sigue y no puedo ni quiero huir como he hecho desde Sudáfrica. Quizá me he dado cuenta de que la soledad está bien por un tiempo, es necesaria y muy recomendable, como un lapso preciso para la auto reflexión, para el descubrimiento del yo más íntimo. Pero con el tiempo el aislamiento es como un pesado lastre amarrado a la bici que va dejando atrás un rastro de tristeza y melancolía.
Pedaleamos por Taieri Mouth Rd hacia el sur para adentrarnos en el territorio conocido como los Catlins. Cerca de Taieri Mouth decidimos arriesgarnos y acampar en la playa sin ser vistas. Esperamos a que no pasen vehículos y salimos de la carretera para introducirnos en una de las playas más salvajes y hermosas que he visto en mi vida. Kilómetros de arena blanca que lamen el mar. Caminamos con las bicis en la mano, extasiadas por el magnífico paisaje costero. Acampamos detrás de una roca desde donde no se ve la carretera ni somos vistas.
—¡Ey Jeananne: tráeme el cuchillo, mira lo que hay aquí¡ —vocifero desde la orilla mientras intento abrir una gran almeja con el bikini puesto.
—¿Eso se come? —pregunta con las mejillas rojas del sol.
La miro sonriendo.
—¿Que si se come? ¡Pues claro! Con esto vamos a sobrevivir los próximos dos o tres días, ¿No es verdad?
—¿Vamos a quedarnos tanto?
—Mira a tu alrededor, Jeananne. ¿Cuántas oportunidades crees que tendremos de encontrar un lugar así, donde podamos acampar furtivamente sin llevarnos una multa, y encima tengamos comida gratis? ¿Ves todo eso? —le pregunto señalando unos montículos que sobresalen de la arena en la orilla.
—¿Son algas? —se sorprende.
—Todo eso son almejas. ¡Hay miles! Aquí vamos a pasar los mejores días de nuestra vida.
Jeananne me abraza entusiasmada.
—Gracias, gracias por esto —me susurra al oído. Siempre había soñado con vivir una experiencia así. Y ahora estoy aquí, contigo… es que no me lo puedo creer.
La miro con ternura y la beso en los labios.
El resto del viaje hasta Invercargill es una auténtica luna de miel en uno de los paisajes más fascinantes que he visto. Albatros, leones marinos, focas que salen del mar cuando menos te lo esperas y pingüinos de ojos amarillos nos sorprenden a diario mientras pedaleamos abruptos y ventosos paisajes costeros.
Un día, tratando de pescar algo para la cena en Papatowai, una foca atrevida surge del mar y viene en nuestra dirección con paso determinante.
—¿Has visto eso Jeananne?
—Sí, sí… ¿Crees que nos hará daño?
—Pues la verdad es que es la primera vez que veo tan de cerca una foca.
El animal hace ademán de aproximarse a nosotras para después desviarse hacia nuestras mochilas, donde guardamos la carnada para la pesca del día.
—Claro, ha olido la carnada desde el agua y quiere robárnosla —grito mientras la foca rebusca entre nuestras cosas—. ¡Eh, eh, eh tú… espabilada! ¡Deja nuestras cosas!
Pero el animal nos mira indiferente un instante y continúa moviendo con el hocico las mochilas. Hasta que lanzo una piedra que le cae cerca a propósito. El mamífero de piel gruesa ha debido entender el mensaje porque abandona su maquiavélico plan y camina de nuevo con dificultad por la arena para zambullirse con el arte propio de una bailarina de ballet, dando elegantes saltos y volteretas en el agua.
Después de los Catlins, recorremos juntas el resto de la Isla Sur por la costa este. En Kaikura trabajamos durante dos semanas en una granja que también es un bed and breakfast. Cada día, después del trabajo, nos embutimos en los neoprenos que guarda con mimo la propietaria para el staff y corremos a zambullirnos en las frías y cristalinas aguas de Mangamauno, donde una fantástica ola de derecha hace nuestras delicias.
Este es sin duda uno de los momentos más felices no sólo de mi viaje, sino también de mi vida. Estos días con Jeananne no los olvidaré jamás y aún me lamento por haberla dejado ir aquella fría mañana en Kaikura. Nuestros caminos se separan aquí: ella para trabajar en Nelson y yo para continuar en solitario hasta Auckland, donde debo coger el avión que me llevará a América. Nos separamos con la promesa de volvernos a unir unos meses más adelante, en algún punto de América, pero eso nunca ocurre y yo soy la culpable.