CENTROAMÉRICA

18 de junio. Mazatlán, Sinaloa.

La pieza de res está en su punto de cocción y tiene el mejor sabor que he libado nunca. En la mesa nos sentamos Paty, Juan del Valle, sus padres y yo.

—Esta carne proviene de Sonora y es la mejor de todo México —anuncia el suegro—. En Sonora alimentan a los rumiantes con forrajes mezclados con orégano para darle mejor sabor a la carne.

Asiento mientras apuro un trozo de carne poco hecha y un hilo de jugo resbala por la comisura de mis labios. Hace mucho tiempo que no como una carne tan sabrosa y tierna, creo que desde Sudáfrica, y no puedo disimular mi ansiedad. Al fin y al cabo, desde hace más de un año soy como un perro hambriento, que sólo sueña con la carne.

Juan y Paty son mis benefactores en Mazatlán. Además de acogerme en casa organizan los encuentros con la prensa local para que mi mensaje de igualdad de género llegue a toda Sinaloa. Durante un par de días me siento como en casa otra vez, después del tortuoso viaje en velero por el Mar de Cortés.

Poco después, pongo rumbo a México DF por la autopista de cuota (con peaje). En mi opinión, pedalear por la autopista de pago es evitar problemas en este país. Por dos motivos: el primero y el más importante, la seguridad que otorga el arcén de más de dos metros, que es como transitar por un carril para ti sola; y la segunda, hay escasas posibilidades de asalto al estar acotada la vía por kilométricas redes metálicas.

De camino a El Rosario el paisaje se compone de selva baja. El calor se hace más sofocante con la humedad y el suplicio aumenta porque llevo más de dos semanas sin pedalear y las aspas de mi corazón giran como las paletas de un ventilador. No pedalear por más de una semana es tóxico, no es bueno, sienta mal, debilita. Qué me sirva de lección.

En el Rosario duermo en un motel, porque no tengo otra elección, y continúo al día siguiente por el “infierno verde” que me conduce a Tecuala, Nayarit. Me paro cada vez más a menudo bajo la penumbra de fastuosos árboles para reponerme del martirio. La cabeza me arde y mis sesos deben estar hirviendo. A las dos de la tarde ya no puedo seguir; me rindo. Debo parar y aguardar a que el sol descienda o me desmayaré. Elijo un árbol y me tiendo bajo su sombra a leer, entre la soledad de los esteros. Claudico al sopor de la hora y el lugar y me quedo dormida. Cuarenta y cinco minutos después escucho unas sirenas de policía junto a mi improvisado puesto. Me recuesto con desgana.

—”Señorita, ¿Qué hace aquí? —pregunta un agente de policía mientras sale del vehículo detenido en la cuneta.

No entiendo la pregunta. Ni la comprendo ni me la espero de las autoridades de México.

—Estoy descansando, agente —contesto turbada mientras la puerta del copiloto se abre y sale un segundo oficial.

Aturdida por las altísimas temperaturas, pedaleo escoltada por la policía local de Nayarit en dirección a Tecuala. Me han prevenido del gran número de asaltos a ciclistas que se han producido en los últimos meses en el mismo lugar donde descansaba.

—”Hoy es el día del Padre”, no creo que los ladrones vayan a la oficina, agente.

En México el Día del Padre es una de las celebraciones más grandes de la nación.

—Aquí en Sinaloa, los ladrones trabajan todos los días, señorita.

En ocasiones otra patrulla de policía se une a la peculiar procesión a Cuala por la N-15 y hasta que no llegamos a mi destino no se separan de mi sombra. Después desaparecen para siempre.

Dejo atrás el estado de Sinaloa para traspasar la frontera con Nayarit y descansar en Ruiz dos noches porque me siento más débil de lo normal; puede que debido al calor o puede que a la sensación de abatimiento emocional que arrastro desde La Paz. Desde que pisé el continente no dejo de sentirme triste por haber dejado atrás a mis nuevas amigas, Tuly y Gabymar. La despedida ha sido de las más duras de todo el periplo y ahora pedaleo envuelta en un halo de tristeza.

Por mucho que la separación sea el pan nuestro de cada día nunca te acostumbras a decir adiós, porque este es un viaje donde la gente cobra mayor importancia que cualquier otro factor externo. La naturaleza, el paisaje, la lluvia, el hambre o el frío son meras circunstancias en torno al elemento protagonista, la interactuación con el ser humano.

Sin esta relación emocional el entorno, por muy bello que pueda parecer, se vuelve gris, hasta el punto de pasar desapercibido con el tiempo. En unos meses la aventura externa se interioriza para dejar paso a un épico periplo interior que nos conduce al autoconocimiento, es decir, a aprender a querernos y a conocernos a nosotros mismos, identificando nuestras virtudes y nuestros defectos para apoyarnos en las primeras y luchar contra los segundos.

Nunca me enseñaron a ser feliz. Es algo que he venido a aprender pedaleando, viviendo meramente el presente, deteniéndome en cada esquina, oliendo el perfume de los anacardos que se mezcla con el olor de la gasolina en la carretera, presenciando el amanecer, observando a los pequeños colibríes chupar el néctar de la flor mientras vuelan mágicamente hacia adelante y hacia atrás. El ahora, el presente, el hoy, cobran importancia en detrimento del futuro que no existe.

Veo un pájaro muerto en el suelo y me detengo. Es un colibrí. Observo de cerca su vistoso plumaje de verdes y morados, su insólito pico largo diseñado para alimentarse de las flores. Lo acaricio con ternura; aún está caliente. Se me escapan las lágrimas. Tan pequeño, tan desvalido y a punto de ser aplastado por la rueda de un camión tráiler. Pienso que podía haber sido yo. Ningún ser merece una muerte tan impía. Lo beso y lo sepulto a un lado de la carretera, bajo unas piedras.

Pedaleo hacia Tepic, la capital del estado de Nayarit. La selva flanquea el pavimento tan recalentado que parece encharcado y refleja el cielo. El aire es tan denso que parece hormigón y me cuesta respirar. Poco a poco el paisaje tropical se transforma en húmedos bosques de coníferas y encinos.

Debido al calor extenuante, pedaleo con desgana, como si la bicicleta no fuera si no una coyuntura para llegar a mi destino. Además, la región sacra de la columna vertebral ha empezado a molestarme. Desde ayer se me duermen la pierna y el brazo izquierdo. El quiste Tarlov me llama a la puerta otra vez.

Reflexiono para olvidar este vía crucis. Pienso en todo lo que he cambiado desde que empecé esta singladura alrededor del planeta. Me siento más reposada, reflexiva, positiva y fuerte. Supongo que el vivir experiencias extremas a diario te hace crecer a marchas forzadas. El movimiento es comunicación, crecimiento, evolución. Los cretenses no paraban de viajar y se convirtieron en los primeros en recorrer el Mediterráneo y controlar su comercio. Su civilización y cultura inmortalizaría a la Grecia Clásica. Lo que convirtió a Roma en un imperio no fueron sus guerras de conquista, sino sus calzadas y vías marítimas, es decir, el movimiento, el viaje, el conocimiento y la comunicación con otras culturas. El sedentarismo y el aislamiento son sinónimos de inmadurez y estancamiento, en definitiva, un pasaporte para el retraimiento, la agresividad y la involución.

Mi anfitrión en Tepic se llama Víctor Haro y me recibe en casa con una helada cerveza Corona, que está extraordinariamente buena a las cuatro de la tarde. Héctor es un hombre de buen talante, amable y conversador. Nos sentamos a departir en su jardín, bajo la sombra de una higuera, entre sorbos de aquella bebida del Olimpo. Monto mi tienda de campaña en su césped y me voy a dormir temprano, bajo un nubarrón providencial que se desempedraría después sobre la ciudad más grande y poblada del estado de Nayarit. Me siento tan a gusto con Héctor que a la mañana siguiente decido quedarme otro día.

El viernes conduzco a mi Susan hacia Ixtlán del Río. La temperatura ha descendido considerablemente y es inversamente proporcional a la altura. Las cuestas son muy ascendentes pero ya no sufro náuseas debido a las temperaturas y me siento a gusto en aquel contraste de fértiles huertas, bosques de encinos y lava de factura reciente, obra de algún volcán coetáneo.

La erupción de 1870 del volcán “El Ceboruco”, ubicado a unos treinta kilómetros de Ixtlán del Río, ha dejado las inmediaciones del municipio de Nayarit sembradas de lava, parida por una madre que los nativos llamaron “Tonan”, en honor a la diosa “que da a luz”, Tonatzin.

Los españoles le cambiaron el nombre a este volcán “Tonan” por el “Ceboruco”, que significa “Gigante Negro” en mozárabe, imponiéndole a la fuerza un matiz completamente masculino, figurativo y ausente de toda abstracción y metafísica.

Es curioso como los nativos de muchas culturas identificaban el origen de la vida con el poder de lo femenino. La mujer es capaz de producir la vida. La fecundidad es, además de la reproducción biológica, símbolo de amor, pasión, belleza y vinculación con lo sagrado.

Arrebatarle a un volcán su significado místico femenino para imponerle uno que implica violencia es una barbarie, que es básicamente lo que los españoles vinimos a hacer por estas tierras hace más de quinientos años. Probablemente, con estos pequeños detalles importados por Hernán Cortés y sus secuaces, la mujer pasó a ser considerada “ciudadana de segunda clase” en México, una categoría que sigue manteniendo hoy en día.

La altitud me asfixia pero el frescor de la montaña minimiza el esfuerzo. La riqueza de contrastes es notoria a golpe de pedaleo. Los sauces e higueritas se convierten rápidamente en bosques de encinos y cipreses, salpicados por la tierra parida con furia por “Tonan” en el siglo XIX.

Quedo con Pancho Velasco, propietario del único “Hospital de las Bicicletas” de la región, quien organiza un entrañable recibimiento. Allí, a las puertas de su establecimiento comercial, en la calle principal de la ciudad colonial, un grupo de ciclistas cantan a coro en mi honor la canción de “las mañanitas que cantaba el rey David” (canción de felicitación de cumpleaños que existía antes de que se importara del mundo anglosajón el Happy Birthday), con una hospitalidad que solo pueden haber heredado de culturas prehispánicas conectadas con la Naturaleza y con la Vida.

A la mañana siguiente aún llevo las mañanitas del rey David en la cabeza cuando el cielo se cubre de nubes sobre Nayarit, con una rapidez e intensidad asombrosas. La autopista 15 se convierte en un río que se desmadra sin remedio y en cuestión de minutos me vuelvo completamente invisible en las tinieblas de la vía de peaje. Me reclino en el guardarraíles para protegerme de las escorrentías y de las pequeñas olas de lodo que levantan los tráilers.

El viento arrecia rápidamente y la niebla se espesa. Veo a lo lejos un cartel de salida de autopista que reza “Magdalena”. Desmonto a Susan y la arrastro a duras penas por el arcén hasta la vía de escape que me salvaría la vida. El viento no me deja avanzar. Las zapatillas deportivas se hunden en el mar de lodo mientras comienzo a tiritar porque la temperatura ha bajado repentinamente. Busco desesperadamente las primeras casas del pueblo cuyo abrigo me salve de la hipotermia. Afortunadamente diviso el cartel de un motel y agoto mis reservas energéticas empujando la bicicleta hasta la puerta del establecimiento.

Me meto bajo la ducha caliente para aliviarme por dentro y por fuera. Lloro de agradecimiento por seguir viva, y de tristeza porque hoy es mi cumpleaños y es el más triste de mi vida. Sola, congelada, hambrienta y con lodo hasta en las pestañas. No he conseguido llegar a Tequila, la cuna de la bebida con el mismo nombre, tal y como me había propuesto, y emborracharme de gloria con el jugo del agave fermentado “eskaipeando” con los amigos que he dejado atrás. Por contra, estoy en un pueblo perdido, en un motel de mierda, sin internet, llena de lodo y acostada sobre una cama “king size” que habrá engendrado a medio país. Al menos tengo agua caliente y mañana será otro día.

28 de junio. Guadalajara.

Mónica es dulce como los mangos de Sinaloa. Está casada y tiene dos hijos de diez y tres años. Su marido trabaja todo el día de nueve a nueve, como muchos mexicanos, por un sueldo mísero. Ella no encuentra trabajo, y los que le ofrecen son precarios y no le dejarían espacio para criar a los niños. Así que se apañan como pueden, como la mayoría de los mexicanos, sin perder nunca la sonrisa.

Nos apretamos en su humilde bungaló cerca de Soriana, San Isidro, Guadalajara. Bueno, se apretujan todos en una habitación para dejarme la de los niños para mi sola.

Duermo en la parte baja de una litera, entre sábanas de franela y dibujos de Rayo McQueen con quien me siento tan identificada en este momento. A RayoMcQueen se le bajaron los humos cuando la vida le hizo tomar un camino diferente, la antigua Ruta 66, la misma por la que yo pasé en USA. Mi arrogancia también se mermó en este camino al darme cuenta de las cosas más importantes de la vida: amar, perdonar, olvidar y vivir con libertad.

Con esta humilde y cariñosa familia me quedo dos días porque necesito descanso, afecto y amistad. Con el terremoto de la casa, el pequeño de tres años, me lo paso bien jugando y lanzándolo por los aires. Le llamo “bacalao”, “pescao ven aquí que te voy a vender en el mercado por dos pesos”, “enanito”, “dame un besito o no te doy el chocolate”… y el bribón se lo toma en serio y se pasa los dos días dándome besitos y abrazos y diciéndome “te quiero”. ¿Qué más se puede pedir? La vida te ofrece lo que necesitas a medida que avanzas, inesperadamente, de manera natural; solo tienes que desearlo.

Hasta ahora he aprendido a agudizar los sentidos, a estar alerta con respecto a lo que me rodea, a vivir el presente, el aquí, el ahora. Sobre la bicicleta se te agudiza la intuición de tal forma que te das cuenta de todo al instante. Intuyes el peligro, la seguridad, la mentira y la honestidad mejor que nadie. La intuición se suma así a los cinco sentidos que nos sirven para conocer y relacionarnos y nos permiten sobrevivir en las situaciones más adversas. También es una herramienta ideal para tomar mejores decisiones, libres de prejuicios y de cargas emocionales.

“Intuyo” que se me ha pinchado la rueda trasera de la bicicleta. Maldita sea. Por tercera vez hoy y de camino a Huaniqueo de Morales. Desmonto a Susan Sarandon, como siempre en una curva, para no darle la oportunidad a ningún vehículo detenerse para echarme una mano —así evito que puedan asaltarme —. Suelto la banda elástica que sujeta la guitarra y el depósito de agua de 4 litros Ortlieb, libero las alforjas delanteras, retiro los botes de agua, le doy la vuelta a Susan, desmonto la rueda trasera, separo la cubierta de la cámara, retiro la cámara nueva del bolso del asiento (esto siempre me cuesta sudores), coloco la nueva cámara, monto la cubierta, inflo la rueda con la mini bomba (menudo trabajo porque tiene que quedar bien inflada debido al peso) y vuelta a colocar toda la parafernalia sobre la bici, vigilando que no haya nadie por los alrededores, armada con dos cuchillos de pesca por si acaso… y el spray de pimienta metido en el pantalón.

Ante tanto contratiempo, me demoro en llegar a Huaniqueo de Morales. No he conseguido apoyo técnico en esta pequeña localidad y busco un motel ya que en México continental he descartado la acampada libre en solitario, por seguridad.

El único establecimiento hotelero del pueblo está junto a un colegio de primaria bajo el nombre “Salón y Auto- Mini Hotel “El Profe”. El edificio hace de vivienda particular, establo de vacas, granja de gallinas y hotel con tres o cuatro habitaciones en la parte superior. Los colores vivos predominan en el frontis, adornado también con murales y párrafos trascendentales de corte socialista. Algunos celebran la paternidad, otros la necesidad de hacer lo que más nos guste en esta vida… Qué lugar más surrealista, pintoresco, extravagante, acogedor, interesante y, sobre todo, original.

Hoy no he pinchado la rueda, hecho que puedo considerar toda una hazaña en las carreteras más repletas de residuos de accidentes de tráfico que he visto. Probablemente debido al escandaloso número de siniestros en las carreteras de este país y a la ausencia de una limpieza efectiva en las vías de peaje. Así pues, circular por sus amplios arcenes requiere una gran concentración para no quitarle ojo al espejo retrovisor al tiempo que sortear restos de neumático, especialmente de los pequeños cables de acero muy finos que lo componen y que siembran el pavimento, cristales procedentes de lunas rotas y de botellas de vidrio, residuos de envases, etc.

Pero como prácticamente ningún día puede ser perfecto al cien por cien, librarme del cotidiano pinchazo no significa que me vaya a librar de cualquier otro percance sobre la vía y no puedo evitar que un mosquito disfrute de una bacanal en mi brazo izquierdo, cuando más concentrada voy en la carretera. Normalmente no soy alérgica a las picaduras de insectos pero hoy mi suerte cambia y mi extremidad superior reacciona contra el virulento veneno y en pocas horas la erupción es del tamaño del culo de una botella de cerveza. El picor y la irritación se vuelven insoportables, agravados por el calor infernal.

La mejor opción para dormir hoy después de 80 kilómetros desde Huaniqueo de Morales es un pueblo conocido como Zinapecuaro. Salgo de la autopista y me dirijo al municipio, situado a 8 kilómetros, distancia relativamente corta si tenemos en cuenta que la mayoría de las poblaciones anunciadas a la salida de la vía, saludan desde muy lejos a la autopista de cobro, por lo general, a una distancia de 20 km.

Me dirijo a un poblado llamado Araro y allí encuentro el remanso de paz buscado, de excelente calidad y a un precio ridículo a raíz del acuerdo publicitario al que llego con la propietaria. Decido quedarme dos noches antes de pedalear hacia la capital. Así puedo skypear, mensajear, escribir y poner en orden mi atolondrada vida de nómada. ¡Me lo merezco!

Al día siguiente mi cuerpo se llena erupciones y sufro dolor de estómago e intestinos. De nuevo me he intoxicado. Debe haber sido alguna de las “tostadas de pata de res o de queso” que compré anoche en un establecimiento aledaño. Una tostada es un platillo típico mexicano sobre la base de una tortilla de maíz crujiente.

Ya no sé cuántas veces me he intoxicado en este país. Normalmente tengo mucho cuidado y no compro nada en puestos ambulantes; procuro elegir establecimientos fijos, porque suelen tener licencia sanitaria, que además presenten un aspecto limpio y cuidado. Pero es evidente que odas las precauciones son pocas. En consecuencia, me voy de vientre y me rasco como un perro sarnoso durante tres noches. Al festival de urticaria se suma la gran alergia por picadura de mosquito en la parte posterior de mi brazo.

El domingo las erupciones no desaparecen pero mejoro muchísimo y prosigo mi viaje hacia México DF. Cuando tengo todo preparado para abandonar la habitación advierto que la rueda trasera está pinchada. ¡Diablos, qué carrerón llevo!, pienso. Soy muy estricta con los horarios y me irrita salir tarde, ya que organizo el día en función de la climatología y la distancia que debo recorrer.

Consulto el tiempo que va a hacer en al app Met Office Weather, si habrá viento y que dirección tomará (si me dirijo hacia el sur y el viento entra de SW, mal rollo…), temperatura (para saber cuánta agua llevar, ya que no venden en la autopista), si lloverá y a qué hora (aquí las lluvias son apocalípticas debido a que estamos en plena temporada húmeda), qué relieve habrá (Google Maps ofrece graficas de relieve exhaustivas en el modo “ciclista” en algunos países, pero no en México) dato que consulto en la web ridewithgps.com.

Hoy no lloverá hasta las 16:00 horas, tendré una ligera brisa en contra del SW, lo cual no es significativo, haré unos 88,5 kilómetros hasta una población llamada Venta de Bravo, dispondré de todo el arcén de la autopista para mí sola y subiré una pendiente considerable durante unos veinte kilómetros. No hay constancia en internet de ningún motel en el barrio así que, una vez más, tendré que buscarme la vida, lo cual implica llegar sin fatiga para buscar alojamiento.

Pedaleo por bosques de encinas y siete horas después llego a Venta de Bravo, a menos de un kilómetro de la autopista, todo un lujo en estas carreteras. El pequeño pueblo es muy pobre. Un estadio de béisbol es el eje central y social de la localidad en torno al cual los habitantes resuelven sus vidas entre caballos con bellas monturas tradicionales, que aguardan a sus dueños convertidos ocasionalmente en pitcher, catcher, primera base y segunda base, en medio del césped del campo de juego. Susan también trota, pero de lo mal que están las calles que un día lejano estuvieron empedradas.

Debido al ajetreo, los soportes metálicos que unen la parrilla delantera al chasis de la bicicleta se parten y las alforjas comienzan a golpear los radios de la rueda. Busco desesperadamente una pensión y encuentro un restaurante con la palabra “Hotel” garabateada en la fachada. Detrás de sus muros me espera una sorpresa. Las habitaciones están decoradas con gusto, de estilo rústico, y son muy acogedoras, limpias y amplias. Paso el resto del día arreglando la parrilla como puedo.

La empleada me trae la cena a la habitación. Barbacoa de borrego con ensalada y tortillas; es lo único que tienen hoy domingo porque han celebrado una fiesta en el restaurante. El hambre y la fatiga me pueden y lo siento por la oveja pero su carne está de vicio.

7 de Julio. Ciudad de México y Puebla.

Desde Atlacomulco me veo obligada a cambiar el chip de Heidi correteando por los Alpes suizos por el de Han Solo esquivando campos de asteroides en el Halcón Milenario. Los vehículos me adelantan a pocos centímetros de las alforjas mientras escucho música por el móvil, a través de los auriculares, para intentar relajarme. Escucho música sólo cuando disfruto de grandes arcenes y me siento segura. No obstante, no la subo demasiado por si acaso. Mi concentración en la vía es tan intensa que pronto olvido mi urticaria, debido a la reacción alérgica por intoxicación alimentaria que contraje hace un par de días.

Y luego dicen que somos el sexo débil. Las mujeres aguantamos carretas y camiones y seguimos adelante sin mirar atrás. Hay estudios científicos que afirman que las mujeres aguantamos un 30% más de dolor que los hombres. Por eso sobrevivimos a un parto. Nuestro umbral del dolor es mayor, sobre todo en aquellas mujeres que ya han dado a luz, que no es mi caso. Aparte del hecho natural de dar a luz, las mujeres también sufrimos más dolor físicamente en el día a día, así que estamos más acostumbradas a soportarlo. Dolores menstruales, alto porcentaje de migrañas…

La gran afluencia de tráfico y la conducción agresiva dura dos días, hasta la capital de México. Tengo la sensación de que un ligero error me puede costar la vida, así que no retiro la mirada del espejo retrovisor y estoy en estado de alerta las siete u ocho horas que dura el pedaleo diario.

Desde Toluca de Tena el trayecto es un infierno y estoy a punto de sufrir una crisis nerviosa. Cuando veo los primeros rascacielos de México D.F. no me lo puedo creer y se me saltan las lágrimas. No llores aún, Cristina, todavía no has llegado. Es verdad… no puedo lanzar campanas al aire antes de que llegar con vida a la Colonia Condesa, donde me espera mi amigo español Pedro Galiana, hermano de Luis, mi benefactor en Nairobi un año atrás.

Cualquier error mío o ajeno me puede costar la vida en este valle de locura de acero y chatarra. Pero no puedo evitar llorar y las lágrimas no me dejan continuar. Busco un lugar seguro entre los colosales edificios y aparco a Susan mientras me deshago en lágrimas, como una cría, junto a mi compañera de Viacrucis, debido a la presión desde Toluca. Cada día soy más consciente de que hay alguien que me está ayudando allá arriba porque no puede ser verdad que haya llegado aquí sin morir en el intento.

Cuando encuentras un buen lugar donde dormir y comer no te sacan de ahí ni con calzador. En casa de los Galiana, en México DF, he estado, nada más y nada menos catorce días; cuando el plan inicial era permanecer solo una semana. Siguiendo los consejos de Perico Galiana decido comenzar a pedalear hacia Puebla en la caseta de cobro San Marcos Huixtoco. Puebla será mi primer destino en un nuevo reto de 1800 kilómetros desde México D.F. a Cancún. Áurea Soult, esposa de Pedro, me lleva en “pick up” al punto de partida desde la Colonia Condesa, uno de los barrios más cosmopolitas de Ciudad de México.

Ciudad de México se asienta en el Valle de México a una altitud media de 2.300 metros, por lo que la primera parte del trayecto es una cuesta de veinte kilómetros. El tráfico es, además, incesante; normal en una urbe con 21 millones de habitantes, sumando la población de la Zona Metropolitana del Valle de México.

Subo, subo y subo. Me pesan las piernas porque llevo quince días sin dar palo al agua, dormitando la mayor parte del día, merced a la hospitalidad de mis anfitriones en la capital de México. A 2.300 metros de altitud y después de pedalear una media de diez horas diarias no te apetece sino dormir y comer durante todo el día. Durante el trayecto escucho algunos podcast de Ted Talks. Siempre llevo algunos en el móvil para momentos en los que la orografía ascendente y el rugido del tráfico convierten el viaje en un aburrimiento.

La mejor manera de enfrentarse a la monotonía es situar la mente en otro lugar. Elijo una conferencia de una escritora norteamericana de ascendencia china llamada Amy Tan. ¡Bingo!. La exposición de Tan sobre la Creatividad es genial, y sarcástica, justo lo que necesito en este momento. De vez en cuando suelto alguna carcajada, apagada de inmediato por el fragor de la autovía.

—¿A qué se debe que una persona sea creativa? —se pregunta Tan —Yo barajo varias posibilidades: a su genética, a su educación, y a sus pesadillas.

Amy Tan explora en sus libros las relaciones entre madres e hijas, una gran asignatura pendiente en mi vida dada mi complicada infancia.

Algunos estratos empiezan a cubrir el cielo a medida que gano altura y el sol deja de brillar como horas antes. Después de un par de horas, pierdo de vista las últimas casas y me introduzco en una zona de huertas y bosques tan verdes como el Amazonas. Compruebo la altura cuando llego a la cima: 3.200 metros sobre el nivel del mar. Con razón me cuesta respirar.

Hasta el centro de la ciudad de Puebla no hago sino descender y a las cuatro y media ya he llegado a la parte histórica de la urbe. Detenida en un semáforo contemplo estupefacta el esplendor de sus elegantes edificios coloniales, sus casas decoradas con ladrillo y azulejos, sus numerosas iglesias. Con razón, esta ciudad, situada a más de dos mil metros de altura, es Patrimonio de la humanidad desde 1987.

La tradición española es latente. Pedaleo por sus calles y me siento como en casa. Los grandes árboles de la plaza del Zócalo y sus portales del siglo XVI, las pinturas y estatuas del neoclásico palacio municipal; en la misma plaza, la catedral, al sur del Zócalo, y sus imponentes torres gemelas de 70 metros de altura. Me fascina el óptimo grado de conservación del patrimonio y la limpieza que impera en el centro.

El hostal que me esponsoriza es un palacete barroco del siglo XVII recién rehabilitado, con un patio central rodeado por corredores repartidos en dos niveles. En la restauración han respetado todos los elementos originales y conservan incluso el mobiliario de la época, que han adaptado a las nuevas necesidades del inmueble. Hasta el estilo de las literas de las habitaciones compartidas se alía con yeserías, altos techos y una rica decoración. Jamás había visto un hostal tan señorial. La gerente, Tatiana, es tan hermosa como encantadora y no solo me colma de atenciones sino que me convida a cenar con sus amigos en el amplio restaurante que descansa en el patio central. Hamburguesa de solomillo con ensalada y vino tinto que me saben a gloria.

24 de Julio. Marika Latsone

Conocí a Marika en el Gran Cañón del Colorado mientras acampaba en el Mather Campground. La letona coincidió conmigo un par de días y después partió hacia México, en bicicleta, por Tucson y el paso fronterizo de Nogales. Por mi parte, opté por quedarme varios días más en aquel maravilloso bosque de pinos ponderosa que pueblan el Gran Cañón y disfrutar al máximo de los excelentes servicios del parque, para después regresar a Los Ángeles y entrar en México por Tijuana. Hoy callejeo en Puebla en busca de un lugar para comer tacos y de repente me tropiezo con Marika en plena calle, después de varios meses.

—¿Tú eres Marika, no? —pregunto estupefacta.

Nos damos un gran abrazo y acabamos el día borrachas brindando con tequila en un céntrico garito con música gringa en directo. Esa noche, acordamos a golpe de tequila, limón y sal pedalear juntas hacia Veracruz. Después nuestros caminos se separarán, pues ella quiere seguir hacia el sur por Guatemala y yo decido sustituir Centroamérica por Yucatán y una ración extra de México lindo durante otras semanas. La vida me ha regalado México, tras un difícil año pedaleando por lugares donde estrechar lazos emocionales es tarea complicada debido a las diferencias culturales e idiomáticas que convierten la amistad sincera en un reto diario.

En un ambiente donde se habla tu mismo idioma y las raíces culturales son similares, como México, la vida es mil veces más fácil y los amigos salen bajo las piedras. Meses después comprobaría que también la idiosincrasia de un país tiene mucho que ver con esto y que no siempre el hablar el mismo idioma garantiza la comunicación y la empatía con la población.

Rodaremos juntas cientos de kilómetros para vivir la experiencia ahora de una forma totalmente diferente: acompañadas. Rompo una vez más con la característica principal de este proyecto, ir en solitario, después de varias semanas. La primera oportunidad de viajar acompañada que tuve fue en Nueva Zelanda, con mi amada Jeananne; la segunda, en Tijuana con Sandra Guzmán y ahora repito, felizmente, rodaje en pareja con la tímida diseñadora gráfica de Europa del este.

Acordamos salir a las ocho de la mañana de Puebla rumbo a San Miguel de Xaltepec, en cuya posición he trazado un landmark en Google Maps en función del número de kilómetros que podemos hacer al día, sin saber lo que nos vamos a encontrar y si habrá o no motel para dormir.

Cuando estamos a punto de abandonar Puebla de Zaragoza, la cubierta de la rueda trasera de mi Susan Sarandon se abre por un extremo y deja a la vista parte de la cámara que he cambiado y llenado de Slime (sellador para prevenir pinchazos) el día anterior, gentileza de Toño Díaz, el hijo del mítico Rabanito Díaz, subcampeón de la Vuelta Ciclista a Mexico en 1951. Además, la rueda parece que se ha deformado y, cada vez que gira, la bicicleta sube y baja como en el trote de un caballo.

—Esto no pinta bien, Marika —comento. Tenemos que regresar y ponernos en manos de “los Rabanito” otra vez.

Tomamos la vía principal de regreso al centro de la ciudad y visitamos a Toño en su local, quien nos manda al mejor mecánico de la ciudad, Adolfo Pérez. Allí me dejan a Susan Sarandon como nueva y lista para afrontar nuevos retos. Charlamos un rato con Adolfo sobre rutas de ripio en las proximidades, pues Marika quiere experimentar el off-road en este país, práctica a la que no pienso sumarme y se lo dejo bien claro a la letona.

Nos despedimos del gran Rabanito, que no tiene ni idea del favor que nos ha hecho, prueba del calor y la hospitalidad sin límites del mexicano. A la una de la tarde estamos rodando por la autopista de peaje en dirección a Córdoba. El tráfico es incesante pero el camino es recto y prácticamente plano. Dos horas después el viento que traíamos de cola arrecia y rola a sureste con fuerza tres en la escala Beaufort, así que se nos hace muy tarde y me fatigo ligeramente, tras varios días de mala vida en Puebla sin pedalear.

Estamos a más de 2.000 metros y las temperaturas comienzan a descender con el avance de la tarde. Llegamos con dificultad a San Miguel de Xaltepec, localidad más pequeña de lo que esperábamos, sin motel ni nada parecido. Así pues, salimos de nuevo a la autopista con la esperanza de encontrar alguna otra población aledaña con alojamiento. El viento sopla cada vez más fuerte y nuestras fuerzas amainan. Son las seis y media de la tarde y entramos en un poblado llamado Palmar de Bravo, mucho más cuidado que el anterior. Sin embargo, el único hotel que alberga parece un nido de ratas y optamos por arriesgarnos y agotar las últimas luces del día en procurarnos un lugar donde dormir dignamente.

Cinco kilómetros después encontramos otro pueblo llamado Cuacnopalan. El sol hace ademán de esconderse y es nuestra última oportunidad. Si nos coge la noche estamos perdidas. Marika ya vivió la experiencia en Guadalajara y fue asaltada a punta de pistola mientras pedaleaba en medio de la noche con un amigo. En mi caso, hasta ahora los únicos revólveres que he visto han sido en las películas. Pero hay que evitar situaciones límite en la medida de lo posible. Malasia me sirvió de lección para el resto de la vida.

El hotel es caro, de baja calidad, y decorado con tal mal gusto que asusta. Las puertas son de metal, como en los establos de vacas, y el mobiliario es una combinación entre las Mil y Una Noches y Alicia en el País de las Maravillas. Intentamos regatearle al empleado sin éxito. Después de atiborrarnos de tacos de cerdo y carne de res en el centro del pueblo, dormimos como dos bebés recién amamantados.

Para recuperar la forma física de nuevo, siendo deportista y después de un período de descanso de quince días, el cuerpo tarda una semana y media, más o menos, en acostumbrarse de nuevo a la disciplina regular. El período de recuperación se alarga con la edad. Una persona de veinte años recobra mucho antes la capacidad del cuerpo para satisfacer las exigencias impuestas por el entorno y la vida cotidiana. Pero cuando el cuerpo ronda los cuarenta, la inactividad, por muy breve que sea, pesa como un lastre amarrado a la cintura. A estas edades hay que volver al ruedo progresivamente. En México D.F. estuve dos semanas sin pedalear y, aunque llegué a Puebla a golpe de pedal, aquí descansé tres días y ahora debo estar a algo más de la mitad de mi capacidad aeróbica.

Amanecemos en Cuacnopalan, municipio de Palmar de Bravo, estado de Puebla. Desayunamos en la plaza del pueblo, a la sombra de los árboles del parque que corona la Parroquia de San Sebastián Mártir. La localidad es pequeña y sus habitantes no están muy habituados a los turistas.

Nos sentamos a tomar las sobras frías de tacos de cerdo que compramos la noche anterior. Agotadas, nos demoramos una eternidad en desayunar en el pintoresco eje de la localidad, donde el estruendo musical proveniente de un comercio próximo retumba en nuestras cabezas como un taladro.

Las letras de los temas musicales se me antojan tan ridículamente machistas que me levanto y empiezo a cantarlas en playback ante el asombro de los viandantes y la vergüenza de Marika. Se ve que la letona no es muy amiga de llamar la atención y lo pasa verdaderamente mal presenciando mis lamentables imitaciones de Luis Miguel, Fonsi y Alejandro Fernández. Hago aspavientos y repito las letras que culpan a las mujeres de todos los males del mundo con movimientos repentinos, utilizando el fuelle como micrófono.

“Todo se va, todo se olvida, las viejas heridas por una mujer…todo se va, todo termina, las malas rutinas por una mujer… Por una mujer…Por una mujer”…

A las nueve y media de la mañana pedaleamos hacia Córdoba bajo el azul intenso del cielo. El mítico Pico de Orizaba, el volcán y la montaña más altos de México, domina el horizonte como un gigante con ropaje de nieve, cautivando por completo nuestras miradas. En Esperanza no podemos evitar sentarnos en un café, a pie de carretera, para continuar admirando la belleza de este volcán con más de 5.500 metros de altitud y aún activo.

No tenemos prisa porque la jornada se presenta, en su mayoría, cuesta abajo y vale la pena derrochar todo el tiempo del mundo en disfrutar del privilegio de sentarte junto a la tercera elevación más importante de América del Norte, después del Monte McKinley, en Alaska, USA, y del Monte Logan, en Canadá.

Cuenta la leyenda que al morir en una batalla la guerrera Nahuani, Orizaba, su águila pescadora, se elevó a lo más alto del cielo y se dejó caer sobre la tierra originando una montaña, que se convertiría en un volcán que erupcionaría cada vez que Orizaba recordara a Nahuani. Para controlar la furia de Orizaba, los aldeanos de los pueblos colindantes debían subir a lo más alto del volcán a rendir culto a Nahuani, la eterna amiga guerrera de Orizaba.

Por cierto, Nahuani era guerrera porque en estas civilizaciones ancestrales de Mesoamérica las mujeres tenían derechos y podían pelear al lado de los guerreros. Lo que me lleva a concluir que el exacerbado machismo que impera en México es herencia española. Los Olmecas, en particular, tenían una visión progresista del papel de la mujer en su sociedad, ya sea por el papel económico que les daban o por su importancia en las labores fuera del hogar. También compartían esta visión los Vikingos, los Espartanos, los Celtas y los Persas.

La carretera de Orizaba a Córdoba es un infierno con los peores arcenes que he visto hasta ahora en México continental. Además, el constante goteo de vehículos, y sobre todo tráilers, pone en serio peligro nuestra seguridad. Llegamos a Córdoba a última hora de la tarde, cuando el cielo está a punto de desempedrarse sobre la capital de Veracruz, felices por haber sobrevivido a una jornada divina en su primera parte e infernal en su epílogo.

El 27 de julio a las siete “volamos” hacia Cosamaloapan como almas que lleva el diablo. El extenuante calor a partir de mediodía determina nuestra decisión de empezar a dar pedales al amanecer. No queremos estar en la carretera a partir de mediodía. Pedalear a la peor hora del día durante los peores meses del año en el estado de Veracruz, de clima tropical cálido, es un suicidio.

La autopista de cuota está mejor que días atrás y el tráfico mejora considerablemente. El trayecto es mayoritariamente plano. Pedaleamos como locas, intentando que el computador del manillar marque 25 kilómetros por hora de media, para hacer los 90 y pico cuanto antes. Atravesamos selvas, pastizales, lagunas y el Río Papaloapan.

Atrás dejamos en el arcén los cadáveres de una serpiente de cascabel de más de un metro y un baduíno. Qué mala suerte sería encontrarse con una víbora de estas en el camino; de las 700 especies de serpientes que hay en México solo esta y otras tres son venenosas. Nos detenemos para hacerle fotos. Me acerco a su gran cabeza y observo sus dientes. Dios. Si me muerde una de estas me arranca un brazo… Aparte del veneno letal. Hace poco me encontré una “Coralillo” enrollada en el arcén, cuando iba por Sinaloa. Es una de las cuatro venenosas (cascabeles, nauyacas, coralillos y cantiles).

Hay una cosa que siempre evito en México: caminar por zonas de maleza muy tupida o instalar mi campamento cerca de montones de rocas. Y cuando voy a levantar una piedra o un tronco, siempre los muevo con un palo antes. De todas formas, muy mala suerte tienes que tener para encontrarte a una de este club en tu camino. Si te pica una, el veneno no actúa tan rápido como se cree y tienes unas 36hs de margen. Además, siempre puedes salir a la carretera y parar un vehículo para que te lleve a un hospital.

Cómo ha cambiado nuestro entorno en cuestión de 24 horas. De bosques de encinos y montañas de ensueño nos rodean ahora bosques densos con una gran diversidad biológica, donde conviven millones de especies de plantas, insectos y microorganismos. Desde Asia no experimento esta sensación de deambular por territorio frondoso y completamente salvaje. Miro desde la carretera que atraviesa el perverso ecosistema y solo veo un telón de plantas indómitas que seguramente encierran misterios letales.

A las doce y media llegamos a Cosamaloapan, contentas de nuestro logro. Lo celebramos devorando unas tortas de pata, pollo y jamón y unos refrescos en un puesto cercano al hotel.

El 28 de julio a mediodía nos cocinamos a fuego lento en la autopista de cuota a Acayucán. La Odisea se prolonga más de lo normal debido al cansancio, al extenuante calor y a la humedad tan extrema. Para más inri, el terreno se hace montañoso a medida que nos acercamos a Acayucan. Me recuerda a la epopeya de La Baja. Subidas y bajadas kilométricas a modo de tiovivo. Solo cambian el paisaje y la humedad. Las lagunas y los ríos se hacen habituales. A mediodía no puedo respirar y mi cuerpo se calienta tanto que estoy a punto de desmayarme.

Nuestro sufrimiento merma nuestros ánimos y Marika y yo ni nos miramos. Cada una pedalea por su lado. Nos evitamos porque ambas estamos a punto de matar a alguien. En los peores momentos sale el verdadero carácter y ambas somos muy temperamentales. Cada vez nos esperamos menos y la distancia se hace más grande entre nosotras. Tanto sufrimiento nos vuelve insociables. Preferimos no pronunciar palabra y tragarnos las quejas para no desanimarnos mutuamente.

Cuando nos aproximamos a Acayucan, después de 120 kilómetros de agonía, no me siento la pierna. Encontramos un hotel barato y mi compañera se sienta en un desvencijado sillón a la entrada con la mirada perdida, sin mediar palabra. Allí permanece más de media hora. Cargo mis cosas con desidia hasta el piso de arriba y cuando bajo, Marika sigue mirando el horizonte…

A pesar de nuestro mal humor de hoy, la letona y yo comenzamos a llevarnos bien casi al final de nuestro viaje juntas. Los primeros días no conectamos demasiado.

Decidimos ir a Coatzacoalcos porque a Marika se le mete en la cabeza ver la costa después de tanto tiempo rodando por el interior de México. A mí no se me ha perdido nada en ese lugar, popular únicamente por haber visto nacer a la actriz Salma Hayek. Además, desviarnos del recorrido implica añadir kilómetros al extenso y duro recorrido por México.

Sin embargo, ahora somos un equipo y tengo que ceder ante las preferencias de mi nueva compañera de viaje. Cuando llegamos al Malecón no podemos creer lo que vemos. Edificios y solares desconchabados se apilan caóticamente en primera fila, convirtiendo la gran avenida principal en un triste anfiteatro que mira a una extensa playa kilométrica descuidada, bañada por un mar gris que desprende un tufo a aceite repulsivo.

En realidad no se ve prácticamente a nadie en esta ciudad fantasma en la que habíamos puesto tantas expectativas. Esperábamos contemplar un litoral paradisíaco bañado de aguas turquesas acariciando arenas blancas y nos encontramos con este espectáculo tercermundista, desorganizado y carente de planificación. Si viajáramos en automóvil no nos importaría tanto porque nos subiríamos de nuevo en el vehículo para dejar atrás rápidamente la imagen de la decepción. Pero en bicicleta te tragas todo lentamente, no existe vía de escape.

Cuando contemplamos la desembocadura del rio Coatzacoalcos desde el Malecón, un buque carguero inicia la maniobra de entrada por el gran delta para penetrar rio adentro, hasta el Istmo de Tehuantepec que alberga el gran puerto. En ese mismo momento una joven se nos acerca con una cámara fotográfica profesional y nos pide permiso para hacernos algunas fotos.

—Por supuesto —contestamos.

Después se presenta como redactora del “Liberal del Sur” un periódico de ámbito estatal. Charlamos un buen rato a golpe de grabadora y despedimos a la afable periodista antes de iniciar la fatigosa tarea diaria de buscar un motel de mala muerte donde pasar la noche.

Nuestra suerte mejora el último día de nuestra aventura juntas, el día que rodamos hacia nuestro destino, Villahermosa, la capital de Tabasco. Solo 50 kilómetros con cielo nublado y viento a favor nos regala la vida. Y, para más inri, he conseguido un buen lugar para dormir en la céntrica colonia Atasta gracias a mi amiga Mónica Briz de Puebla. ¡Qué demonios! No es “un buen lugar para dormir”… es un palacio coronado por una piscina. El premio por una semana de agonía para llegar aquí. Marika y yo esperamos que de ahora en adelante nuestras respectivas pedaleadas sean más placenteras; yo por la Riviera Maya y ella por Chiapas y Guatemala.

El lunes 3 de Agosto llegamos a Palenque exhaustas, después de pedalear 146 kilómetros desde Villahermosa. A las once de la mañana el calor húmedo de la exuberante selva de Chiapas ralentiza cada uno de nuestros movimientos y por la tarde pedaleamos en silencio y de mal humor. Nuestros cuerpos nos piden a gritos que detengamos la marcha y les brindemos un merecido descanso.

Contemplo, fascinada, la ciudad perdida de Palenque, a orillas del río Usumacinta, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987. La selva atrapa las pirámides, que sobresalen a duras penas bañadas en el musgo de la muerte. La naturaleza recupera lentamente su territorio, ocupado hace mil años por una civilización inquietante y misteriosa.

Me invade la sensación de que aquí pasó algo muy grave hace un milenio. La versión oficial sentencia que la ciudad “entró en declive” a principios de 900 d.C.” y “fue abandonada y devorada por la selva”. Pero… ¿Quién se cree esto?

No se abandona una fascinante ciudad, una de las más importantes del Clásico tardío maya, ubicada en un entorno paradisíaco, de la noche a la mañana. ¿Adónde se fueron todos? ¿Qué le ocurrió a sus enigmáticos habitantes?

Calles, edificios, templos, canales de regadío y una gran pirámide escalonada en el centro completan el conjunto arquitectónico del que se dice que, hasta 2005, aún no se ha descubierto sino un pequeño porcentaje.

Observo el Templo de las Inscripciones, hasta ahora la edificación más alta de la antigua civilización maya, que alberga uno de los clásicos del mundo del misterio: el presunto Astronauta de Palenque. Su imagen como posible evidencia de la existencia de astronaves y de extraterrestres se extiende como la espuma por internet.

La inscripción original fue encontrada en la losa de cinco mil toneladas que cubre la tumba de Pakal dentro del Templo de las Inscripciones. En la representación se puede ver a un hombre pilotando lo que parece ser una especie de artefacto; un vehículo que recuerda a los cohetes espaciales. Hay muchos detalles que contribuyen a esta teoría: la posición de las manos como si manejara unos controles , la mirada atenta a la proa del vehículo, el símbolo de lo cósmico, o Quetzal, en la proa, un mascarón solar en la popa representando la energía, seguido de un chorro de llamas que parece que salen de un cohete a propulsión, etc.

Marika y yo hemos pasado de tener una relación fría a congeniar mucho y estar muy a gusto juntas. Pasamos el resto del día disfrutando del hermoso paisaje selvático donde se asientan las ruinas mayas; bromeamos, nos hacemos fotos en cómicas posiciones, rompemos a reír por nada y a llorar de la risa, compartimos la comida, parecemos dos individuas muy diferentes en un romance que apenas comienza.

Un día después nos decimos adiós con un prolongado abrazo. Siento que no puedo despegarme. Oigo su respiración entrecortada por encima de mi oído y me estremezco. Mi nueva amiga se va a Guatemala por San Cristóbal de Las Casas y yo quiero conocer la península de Yucatán.

—Cuídate tanto que no parezca que te estás cuidando a ti misma —aconsejo, conociendo su tendencia a exigirse ser perfecta.

—Ahora ¿quién me va a hacer cafesssito calentito por las mañanas? —musita con su peculiar acento español.

Pedaleo de nuevo en solitario con un halo de tristeza que no sentía desde que me separé de Jeananne en Nueva Zelanda. La belleza del camino no se disfruta igualmente en solitario. La vida sin compañía es necesaria durante un tiempo de nuestras vidas, pero llega un momento que pesa. Para mí un año y medio es tiempo suficiente para experimentar la absoluta soledad que nos lleva a descubrir nuestro yo más íntimo, tan necesario para poder avanzar en la vida. Pero después, hay que compartir la experiencia con otros, bien sea un amor o un amigo. Creo que se puede caminar sin amor de pareja, pero no sin amigos.

Hay muchos aspectos de este viaje que no hubiera vivido de no haber viajado sola, pero ahora, después de disfrutar de la compañía de Marika, sé que necesito compartir este regalo con alguien más.

A 55 kilómetros de Palenque visualizo mi próximo destino, Chable, donde descansaré para recorrer al día siguiente unos 110 kilómetros hasta Mamantel. Desde ahí me espera un arduo, caliente y solitario camino hasta Mahahual, donde he contactado con un complejo turístico a orillas del mar que me dará alojamiento durante 10 días a cambio de 30 horas de trabajo semanales, en un intercambio WWOOFING.

De repente advierto que he olvidado mi pasaporte y el resto de documentación, tarjetas de débito y algo de dinero, debajo del colchón de la cama del hostal donde nos hemos alojado en Palenque. Me tiemblan las piernas. Son aproximadamente las once de la mañana y empieza a hacer un calor infernal en la selva de Chiapas y tengo que recorrer la misma distancia, de regreso, para recuperar mi documentación y con ella, mi vida.

Con una mezcla de decepción y de inexplicable ilusión, doy marcha atrás, abatida por el calor sofocante y el zumbido de las chicharras en la selva. Creo que en la vida no existen las casualidades, que todo ocurre por alguna razón. ¿Por qué regreso ahora a la Ciudad Perdida Maya? Nunca olvido nada atrás; soy muy organizada y no dejo cabos sueltos. ¿Por qué esta vez sí? ¿Se trata de una señal que debo interpretar? ¿Una llamada de atención del Destino? ¿Es este el Lenguaje del Universo más Allá de las Palabras que menciona Coelho en El Alquimista?

Afortunadamente, recupero la documentación y el dinero en el hostal de Palenque. Aparco a Susan sobre la acera y me siento en un café para tomar un refresco y reflexionar sobre mi futuro. Nunca dejo nada atrás porque preparo metódicamente el equipaje la noche anterior a un viaje, procurando dejar a la vista elementos cruciales como pasaporte, dinero y tarjetas, herramientas, luces, kit de reparaciones, comida energética, agua mezclada con sales… y lo esencial lo clasifico por orden de importancia, sobre el suelo o sobre una mesa. Pero esta vez me he fallado. ¿Por qué?

Me apresuro a coger el primer transporte de pasajeros que me lleve a Ocosingo. Apretujada en la parte de atrás de una vieja furgoneta blanca, me balanceo junto a los pasajeros al compás de las interminables curvas, en una angosta carretera que cruza la Sierra Madre de Chiapas. A mi lado se sienta una familia de indígenas residentes en Temo, una población cercana a Ocosingo. Hablan en quiche, una de las lenguas mayenses hablada por miembros de la etnia quiché, originaria de Guatemala, y que tiene presencia en el sureste de México a causa de la migración de refugiados a este país durante el periodo del genocidio maya en los años ochenta.

Intercambiamos algunas impresiones en español y al poco rato toda la familia, incluidos los dos niños pequeños, cae en un profundo sueño, con la cabeza agitándose a merced de los bandazos del vehículo. Por la ventanilla busco con desespero a Marika sin éxito. La carretera serpentea montaña arriba por la mayor cordillera de Centroamérica.

El paisaje me roba el alma. De las selvas medianas de Palenque hemos pasado es cuestión de una hora a montes de niebla y encinos que componen el bosque húmedo de la Sierra Madre de Chiapas. Cientos de casas de pobres se asientan en la orilla de la carretera. Los indígenas venden frutas, agua, gasolina y cualquier producto que puedan necesitar los viajeros. La pobreza es la tónica dominante en estas latitudes pobladas por descendientes directos de los mayas que conservan aun su vestimenta y tradiciones.

Atravesamos escarpadas montañas y cruzamos precipicios salpicados de cascadas espectaculares. Pasan dos horas y media y la temperatura desciende drásticamente. Comienza a llover y pienso en lo duro que debe haber sido para Marika pedalear por aquí. Ya llevamos unos setenta kilómetros y aún no la he visto. A juzgar por la hora, no debe de estar muy lejos, aún teniendo en cuenta su rapidez sobre la bicicleta. En la furgoneta quedamos pocos. Hablo con el conductor y le pregunto si sería posible rescatar a la letona del infierno, en caso de que haya espacio también para su bicicleta. Asiente sonriente.

La lluvia se hace más abundante y después de una hora son los propios pasajeros quienes me gritan que hemos encontrado a Marika. Cuando el conductor se dispone a adelantarla, saco la cabeza por la ventanilla y grito

—Vamos, mueve el culo Marika.

Sobresaltada, la letona nos dirige una mirada de terror, como si hubiera visto un fantasma. Tarda en reaccionar y tras unos segundos grita

—I can’t believe it!

Está empapada y tiritando. Nos damos un fuerte abrazo entre gritos, carcajadas y aspavientos.

—Quiero continuar en bicicleta hasta Ocosingo —me dice.

—Vamos Marika. ¿Estás loca? Pronto anochecerá y aún te quedan 40 kilómetros. Sabes muy bien que no llegarás y estas montañas no son muy seguras por la noche debido al aún latente conflicto armado entre el Gobierno y la guerrilla del Ejército Zapatista.

Consigo hacerla entrar en razón y en unos minutos volamos en mini bus hacia Ocosingo, una de las localidades ocupadas por el EZLN en el levantamiento zapatista de 1994 y que albergó la batalla más sangrienta del conflicto. Pero en Temó a 20 km de Ocosingo, hay un bloqueo campesino de la carretera y nos hacen bajarnos del autobús.

Los agricultores han cortado la vía en protesta por sus bajos salarios y no dejan pasar ningún vehículo. Falta poco para que se encienda la luna y no queremos que nos pille la noche en esta zona de caras poco amables. Armamos las bicis y nos apresuramos a atravesar los piquetes de indígenas soportando todo tipo de insultos e improperios que afortunadamente no llegan a más. Llegamos a Ocosingo exhaustas, tras un día épico protagonizado por el triunfo de la amistad que celebramos con unos tacos de chorizo y pastor y una cerveza de lata helada que nos baja por el gaznate con la fluidez del pistón en el cilindro.

7 de Agosto. Los Altos de Chiapas.

Oxchuc se asienta entre montañas de encinos, a más de 2.000 metros de altura. Sería un lugar idílico si no fuera por tanta chabola y por su gran iglesia colonial desconchabada. Su población es amable y amigable, y nos hace sentir seguras, en un entorno donde predomina la etnia quetzal que fue la población que protagonizó en el Movimiento Zapatista hace 21 anos.

No obstante, el generalizado rechazo al foráneo es evidente en una región castigada primero por el colonialismo español, y por el abuso post-colonial hasta la Revolución Mexicana después. La marginación cultural y económica pervive y, sinceramente, me pone muy triste y me hace detestar en ocasiones al género humano.

En Oxchuc la oferta de alojamiento es muy deficiente. Optamos por la mejor de las tres “Casas de Huéspedes” del pueblo con baño compartido, y amarramos las bicis en la barandilla porque la escalera de acceso al piso de arriba parece la escalera de una buhardilla y cuesta subir hasta el alma.

El sitio no nos inspira mucha confianza y nos esforzamos tanto en amarrar bien las bicis que el resultado es una artística instalación digna de un museo contemporáneo.

Alguien enciende la luna y salimos a comer sorteando los primeros tuc-tucs que vemos en América. Transitan con desorden entre la marabunta que deambula por la plaza principal en la noche del sábado. Cuando vamos a cruzar una calle se nos atraviesa uno de ellos cortándonos el paso con la única intención de preguntarnos “si queremos taxi”.

Buscamos durante tres cuartos de hora sin éxito un lugar para comer en la avenida principal. Finalmente encontramos una humilde cafetería donde también hacen hamburguesas y ordenamos dos y cerveza.

—No tenemos licencia para vender alcohol —confiesa el matrimonio que regenta el negocio. En realidad, muy pocos la tienen en este pueblo.

Algunos transeúntes nos indican dónde conseguir bebidas alcohólicas porque los supermercados aquí carecen de licencia para venderlas. Al parecer, el consumo de alcohol está muy restringido en el pueblo. Los escasos bares de la localidad descansan en la calle donde se asientan las dependencias de “Alcohólicos Anónimos”, señaladas con llamativos carteles en la fachada.

Cruzamos la calle atraídas por la música de un local. Le digo a Marika que espere y meto la cabeza por la puerta entreabierta de un garaje. Un grupo de personas charla animadamente en torno a una mesa entre sorbos de aguardiente. Sobre ellos la luz tenue de un bombillo emite sombras chinescas sobre las paredes de cemento. Un individuo ebrio sale a recibirme y le pregunto esquiva si podemos comprar cerveza. El joven suelta una sonora carcajada y le grita algo al grupo del interior en tzeltal, para dirigirse nuevamente a nosotras en español

—Claro, claro, entren señoritas… aquí lo tenemos todo —comenta oscilando la cadera.

Me despido sin contestarle con aire enojado y regreso con Marika. Después de comer regresamos al hotel en tuc-tuc. El conductor insiste en meter en la parte delantera del taxi “a sus dos chalanes” (colegas de juerga), nos guste o no, y el vehículo se mueve a duras penas por el empedrado del pueblo, sorteando vehículos y peatones. De nada sirven mis amenazas de no pagarle y el adolescente al volante insiste en llevar a su pandilla apretada en la parte delantera mientras nos dirigen lujuriosas miradas. Afortunadamente el viaje es corto y pronto estamos en la pensión sanas y salvas.

Otro día más madrugamos para evitar el calor del mediodía y a las siete y media atravesamos el pueblo a pedales. El mercado tradicional de la localidad rezuma actividad y no podemos evitar detenernos para sentir su energía.

Las mujeres indias de la etnia tzeltal preparan sus puestos de tomates, papas, duraznos, rabutanes, limas, chiles de todas las clases, barbacoas de pollo y de res, dulces tradicionales, platillos mexicanos… Algunas jóvenes le dan el pecho a sus bebes envueltos en sus huipiles y blusas negras. La presencia de los hombres es menor y los que hay, no llevan vestimenta tradicional.

Hacemos 45 kilómetros infernales hasta San Cristóbal de Las Casas. Las pendientes son prolongadas y extremas y nuestras piernas se colapsan en varias ocasiones. Es la primera vez que veo a Marika tan abatida.

Tenemos que pararnos a descansar varias veces, momentos que aprovechamos para contemplar el abrupto y mágico entorno que nos regala el Altiplano Central de Chiapas, frío y brumoso, donde el tiempo se desliza como las nubes en las montañas y sus habitantes viven a su propio ritmo, tratando de combinar el progreso con sus propias culturas y tradiciones. Las comunidades indígenas que viven apostadas en la carretera son muy amables con nosotras y las mujeres y los niños nos regalan constantemente sonrisas. La pobreza es muy patente y conmovedora.

San Cristóbal de Las Casas es una ciudad pintoresca pero carece de corazón. Una ciudad sin corazón es como un país sin idiosincrasia o un hombre sin temperamento. La urbe se erige como un oasis europeo en medio del Altiplano Central de Chiapas. Los negocios, de capital extranjero, imprimen su estilo occidental a un barco en mitad del gran océano de tribus indígenas marginadas que pueblan el estado de Chiapas. He visto muchos lugares así en este Planeta de contrastes y coincidencias. Son vergeles artificiales que se levantan al calor del turismo y pierden su original esencia. Caminar por la vida sin alma es lo más parecido a protagonizar una película de zombies.

Allí nos reunimos por fin con Thomas y Gabe, dos neozelandeses que nos siguen desde hace semanas en Facebook. El encuentro ha sido muy emotivo porque, desde que Sandra Guzmán les habló de mi viaje en Tijuana, no han dejado de intentar darnos caza. Una peculiar manera de motivarse para acelerar el paso. Decidimos cruzar la frontera juntos y aprovechar el encuentro para experimentar la sensación de viajar en grupo. En mi caso sería la primera vez que pedaleara con tanta gente. Gabe y Thomas tienen otra perspectiva de este viaje. No se toman demasiado tiempo para conocer los lugares, la gente, la lengua. Son estrellas fugaces con la meta como único objetivo.

En mi caso, a estas alturas del viaje todavía intento disfrutar el camino a tope, aunque me haya propuesto un destino para no perderme por el camino. Quizá por eso, me he demorado tanto en llegar hasta aquí que me he visto obligada a ampliar el tiempo de duración del proyecto otro año más. El camino te brinda sorpresas, oportunidades y obstáculos que hay que aprovechar o sortear, y eso requiere tiempo. No quiero pasarme la vida corriendo, quiero caminar despacio para empaparme de la gente, de la sonrisa de los niños, del olor de los encinos en la montaña, de las húmedas brumas del altiplano.

Si no, ¿para que ando en bicicleta? El ritmo lento me permite la conexión con el Universo… Somos alma, no solo mente y un cuerpo físico, y necesitamos alimentar esos rasgos del ser humano para sobrevivir. De lo contrario, morimos por dentro, devorándonos unos a otros como zombies.

El viaje a Comitán de Domínguez es fatigoso debido a que el terreno tiene mucho desnivel. Atravesamos bosques de encinos, centelleantes bajo los intensos rayos solares. El aire es frío y húmedo durante todo el trayecto. Por la tarde llueve y la visibilidad es escasa. Thomas y Gabe nos esperan mucho en un generoso afán por seguir nuestro ritmo. Sin embargo, no me siento cómoda con ellos, porque no me gusta que esperen por mí y, sinceramente, me hacen sentir, a sus energéticos veintipocos, como una abuelita sobre dos ruedas.

Una pareja de mediana edad sale a nuestro encuentro en la antesala de la ciudad fronteriza. Nos han visto detenernos a un lado de la carretera para planear dónde pasar la noche y han venido a saludarnos. Pensamos pasar la noche en las dependencias de los bomberos de la localidad pero la pareja insiste en que acampemos en su patio.

José y Maricruz , profesores de secundaria y preescolar respectivamente, nos abren su recién remodelada casa en el centro de la ciudad, nos dan de comer y nos miman como si fuéramos sus hijos. Pronto les ponemos el mote de “la familia feliz” porque en la casa impera un halo de alegría. Sus hijos Pepe y Maricruz son encantadores y una mastina napolitana no cesa de darnos lametazos mientras montamos nuestras tiendas de campaña en el amplio porche.

Así, nuestra última noche en México es una de las mejores de mi viaje por este inolvidable país al que siento que pertenezco y quiero regresar algún día para pasar más tiempo. Le debo mucho a México, sobre todo el amor que me ha brindado y que ha llenado mi enorme vacío durante estos tres meses.

Gracias por acogerme como una hija, por el constante cariño, por hacerme sentir como en casa, por comprenderme y por mimarme, por enseñarme tantos valores que hemos perdido en Europa y por rescatarme de la soledad de mi viaje.

12 de Agosto. Guatemala.

Partimos hacia la frontera con Guatemala con el sabor amargo de la despedida. Me invade la sensación de que ya no encontraré un país como México. Efectivamente, esto sería así. Mi gran familia mexicana queda atrás y mi espíritu se vuelve a sentir huérfano.

Nos dirigimos a La Mesilla por Ciudad de Cuauhtemoc. Por delante, 84 kilómetros, parte de ellos bosques de encino que brillan bajo un cielo azul salpicado de nubes. Escalamos montañas cada vez más escarpadas, penetrando poco a poco en verdes bosques que nos regalan el olor de la trementina del pino, para descender por desniveles de vértigo. Desde la Trinitaria hasta Ciudad de Cuauhtemoc, las curvas son frecuentes y cerradas y el descenso es la nota dominante. Perdemos mucha altura y el paisaje se torna en selvático. La temperatura y la humedad aumentan por momentos. La lluvia cesa y ahora el calor aprieta.

A las cuatro de la tarde alcanzamos la frontera con Guatemala. Los oficiales mexicanos del paso fronterizo La Mesilla son arrogantes y poco amables, muy lejos de la imagen que tenemos del mexicano común. Le hacen abonar a Marika 300 pesos de multa por no llevar el recibo de pago por la visa de entrada, que nunca le facilitaron en Nogales meses atrás cuando entró en el país desde Estados Unidos. Así funcionan las cosas en este país, a golpe de negligencia y de abuso de poder por parte de las autoridades.

Cuatro kilómetros nos separan del puesto fronterizo guatemalteco. Allí los oficiales son la mar de amables y nos hacen pagar una cantidad ridícula por el sello en el pasaporte. El pueblo de La Mesilla cuelga de verdes montañas coronadas por brumas. Las viviendas grises de bloques de cemento se amontonan a lo largo de la angosta vía principal donde no queda un metro cuadrado libre de puestos ambulantes que venden de todo en el fragor de la calle donde los veloces tuc-tucs dificultan el paso.

Llueve a cántaros y se forman fuertes escorrentías en la vía. Transitamos con dificultad bajo un macramé de cables que se entrelazan en el cielo, como lianas de la jungla, uniendo edificaciones de autoconstrucción. Decenas de individuos nos asaltan para ofrecernos cambio en quetzales con fajos de billetes en la mano. Encontramos un hotel a buen precio y celebramos con hamburguesas guatemaltecas y papa fritas nuestro singular triunfo.

A las ocho de la mañana pedaleamos hacia Huehuetenango. El abrupto paisaje nos exige físicamente mucho a cambio de un horizonte sobrecogedor de verdes valles y montañas envueltas en nubes, con precipicios verticales de más de 300 metros, bosques tropicales que trepan por montañas y van a morir a las heridas de la tierra, imponentes cascadas que brotan de la nada y caen enérgicas sobre cursos fluviales que serpentean aquel paraíso de misterio y flores exóticas. Algunas casas se apostan junto a la carretera y sus habitantes nos asaltan en plena vía para vendernos baratijas de colores. De nuevo la mayoría de la gente vive en la pobreza.

A medida que penetramos en las montañas y ganamos altura la gente, en su mayoría descendiente de los mayas, se vuelve más afable y cordial. Hablamos con algunos pertenecientes a la comunidad “mam” que apenas hablan español. Los niños son atractivos y entrañables. Me entretengo hablando y bromeando por señas.

Llevamos 3 días pedaleando cuesta arriba y estamos ya a casi 2.000 metros de altura. Se nos hace casi de noche cuando entramos en Huehuetenango. Ayer alguien de Tenerife, España, ha contactado a través de Facebook para invitarnos a pasar una noche en un hotel de lujo con cena y desayuno incluido. El hotel es un oasis de belleza y lujo de cinco estrellas, en medio del caos urbano de Huehuetenango. Nos plantamos en sus fauces con la boca abierta, sin creernos lo que está pasando. Compruebo en recepción que, efectivamente, tenemos una reserva. Cuando salgo a comunicárselo al grupo estallamos en gritos y saltos de alegría y agradecimiento para después despedirnos de nuestros amigos que dormirán en los bomberos del pueblo y partirán mañana temprano por su lado.

Por la tarde la misma persona nos envía un grato mensaje: la invitación se extiende a otra noche si lo desean. Desde aquel hotel de lujo en Agra, La India, donde me invitaron un par noches, no había experimentado el lujo y el confort y puedo decir que la abundancia se disfruta realmente cuando has renunciado al bienestar durante mucho tiempo. Cenamos en el comedor del hotel como las reinas de Saba, degustando deliciosos platos de pasta italiana, carne, embutidos, exquisitas frutas tropicales y tres postres para recuperarnos de los bajones de azúcar del camino. Nos levantamos a duras penas de la mesa.

Por la mañana partimos hacia Quiché con pena. Cuesta abandonar el confort tan rápido a sabiendas de que desde hoy volvemos a los llanos rigores del viaje en un marco abrupto y exigente. La salida de la ciudad es presagio de lo que nos espera. Las cuestas son tan pronunciadas que me bajo de la bici varias veces para empujarla montaña arriba. Comienzo a darme cuenta de la importancia del peso y hago un recuento mental del lastre que podría soltar para ir más ligera.

Se nos pasa el día y solo hemos recorrido unos 25 kilómetros. Marika está más fuerte que yo —nos llevamos diez años de diferencia— y va siempre por delante. Viene a mi encuentro en ocasiones para ayudarme a arrastrar a Susan hasta las nubes.

Nos sentamos en una posada a punto de caer sobre un precipicio para comernos una hamburguesa y contemplar abrumadas nuestro siguiente objetivo: una escarpada cumbre con nieblas perpetuas. Comemos lentamente y en silencio, con esa solemnidad de guerrero que va a librar una gran batalla y sabe que va a morir. La carretera trepa por la montaña ciñéndose a ella como una cáscara recién cortada a su naranja.

Maldita la hora que no me fui a Cancún a surfear las olas del mar Caribe… demasiado tarde para lamentarse… Nos cuesta al menos una hora y media llegar al final de aquella tarta de bodas y, cuando lo conseguimos, el terreno desciende unos metros para volver a precipitarse hacia los cielos. Las nubes de plomo avanzan con la tarde bajo el sol ardiente.

Llegamos a la degollada entre dos montañas y decidimos pararnos en un “abarrotes” (un mini mercado, en México y en Guatemala) para comprar agua y refrescos. Estoy hasta los ovarios, me duele la espalda, no me siento la pierna izquierda y hoy no llegamos a Quiché ni con un motor en la bicicleta.

—No puedo más Marika, lo siento.

Preguntamos a una anciana si nos deja dormir en su terreno y accede. También nos permite usar su cocina de leña y hervimos agua para unos nuddles que mezclamos con atún, salchichas y tomates.

Nos levantamos al amanecer con el cacareo de las gallinas en torno al campamento y ponemos rumbo a Quiché. María, la entrañable anciana, nos dice que no muy lejos de allí hay una aldea con una plaza donde se celebra una feria y que podemos desayunar allí algo más que nuddles con atún. Pero no tenemos en cuenta que, para esta gente, “aquí al lado” no siempre significa proximidad, y que en realidad nos separan diez kilómetros de gran desnivel de la localidad más próxima y no hemos desayunado.

Cuando nos sentamos por fin a comer en medio del bullicio de la calle advierto que las náuseas sustituyen ahora a mi apetito sin saber por qué. Intento probar bocado sin éxito mientras la cabeza comienza a darme vueltas.

Decidimos ponernos en marcha, caminando a paso ligero entre la marabunta y el ruido, para que me dé el aire. Los habitantes no son muy amables y nos sentimos como dos extraterrestres en aquel mundo rural. Desde Huehuetenango la simpatía y hospitalidad de los habitantes se esfuma a excepción de algún que otro espontáneo en coche que se para a saludarnos. Salta a la vista que la población no es muy amiga de los forasteros.

Llegamos a la primera curva, a la salida de la aldea, y tengo que parar. Me siento fatal y estoy a punto de vomitar. La cabeza me da vueltas y no tengo fuerzas. Descanso un poco y reanudamos la marcha montadas en las bicis para probar. Me cuesta horrores pedalear. Cuando subimos una cuesta —para variar— oigo un lamento de Marika que pedalea, como siempre, por delante. Su cadena se ha partido.

La letona repara su cadena y yo me acuesto boca arriba en la cuneta de la calzada porque ya no puedo más. Me debato entre el vomitar de una maldita vez y el aguantármelo lo que pueda, porque odio el sabor de la bilis en la boca y los tropezones en la nariz. Me sube la temperatura y comienzo a transpirar. Marika insiste en reanudar la marcha a pesar de todo pero yo no puedo levantarme porque todo me da vueltas.

Decidimos pedir ayuda, pero no pasa nadie y el tráfico es muy escaso. La población es tan pobre que el parque móvil es inexistente en las zonas rurales. Paramos un mini bus colectivo y le pedimos ayuda al conductor. Este accede a llevarnos hasta Quiché y en cuestión de segundos suben las bicis y las alforjas a la baca de la vieja furgoneta.

Nos apretamos al fondo entre los pasajeros. Marika me pasa el brazo por lo hombros para que me recline sobre ella y hago ingentes esfuerzos para no vomitarle encima a la señora del asiento de delante. La furgoneta da tirones y nos lanza contra los pasajeros. Cierro los ojos y me concentro en la respiración para no vomitar. El asfalto desaparece durante algunos kilómetros y los baches y hoyos protagonizan el resto del viaje.

Santa Cruz del Quiché está de fiestas patronales y la algarada popular siembra todos los rincones de la capital del departamento. Cientos de personas transitan por sus caóticas calles, la mayoría ataviados con la vestimenta tradicional, una de las más atractivas de América Central.

Algunos viandantes portan gallinas, otros cargan leña, flores, baratijas, o andan de paseo con la familia entre el folklore, la bachata, la cumbia y, por supuesto, el reggaeton, que es como Dios porque está en todas partes. Marika me deja en el portal de una vivienda cualquiera, frente a la plaza principal, y recuesto mi cabeza contra el quicio de una puerta, muy abatida por el viaje y el cuerpo intoxicado.

Mientras tanto, arma las dos bicis y sale en busca de un lugar donde pasar la noche. Pasamos tres días en un motel cutre esperando mi recuperación, entre estallidos de cohetes, cumbia, salsa, bachata, bocinas de vehículos, ruidos estridentes de motores rectificados, gritos y la tufarada propia de unas fiestas patronales latinoamericanas. Fuegos pirotécnicos a la una, las tres, las cuatro, las cinco de la mañana, grabaciones provenientes de coches anunciando elotes, tortillas ricas, comedores, discotecas, electrodomésticos, muebles, cochinos a buen precio…

Desde Chichicastenango a Cuatro Caminos el trayecto es demoledor; una auténtica pared que tardamos siglos en escalar. Aún estoy débil y Marika me espera con frecuencia. El tráfico es muy fluido y los pintorescos transportes colectivos nos impiden relajarnos pese a todo. Conducen como locos dejando tal rastro de humo negro que nos detenemos a su paso para toser asfixiadas.

Por contra, la carretera que une Los Rodeos y Ciudad de Guatemala es una maravilla comparada con las que hemos transitado. Hasta Chimaltenango la Interamerican Highway es como recibir una cesta de Navidad en pleno verano, servida con agradables descensos prolongados, cómodas llanuras, arcenes —pequeños pero cómodos para la bicicleta— y una sobrecogedora panorámica de los alrededores del lago Atitlán.

Devoramos un desayuno “Chapin” en la cafetería del motel de carretera donde hemos dormido, compuesto de huevos revueltos o estrellados, frijoles negros, platanitos fritos, queso fresco, longaniza y tortillas. Satisfechas, iniciamos un pedaleo estresante entre el incesante tráfico, arcenes en mal estado y cuestas arriba. Exceptuando el centro, con algunos edificios de arquitectura contemporánea y diseño peculiar, el resto de Ciudad de Guatemala es un montón de construcciones al borde del colapso.

Echamos mano de la organización warmshowers.org, para pasar un par de noches y contactamos con el joven arquitecto catalán Ricard, uno de los fundadores de biciudad.org una ONG que promueve el uso de la bicicleta como transporte en Ciudad de Guatemala. El lugar es céntrico, amplio, sin paredes que dividan y decorado con gusto, con la ‘ecología’ como consigna.

Dormimos en literas construidas originalmente con partes de andamios de obras y palos de bambú. Las cuatro literas se distribuyen en fila por toda la estancia, con pocas divisiones y amplios ventanales, luminosa y coronada por altos techos. Filas de bicicletas, estacionadas ordenadamente, rellenan algunos espacios de aquel lugar parecido a un ‘loft’ del West Side de Nueva York.

La estancia cuenta con aseos y duchas para los huéspedes, ya que la ONG y centro social ciclista funciona, además de como hostal para ciclo turistas, como servicio de mensajería, tienda de bicicletas usadas y taller mecánico comunitario gratuito. Un proyecto innovador y creativo donde te dejan pasar la primera noche gratis.

Tres días después nos despedimos de nuevo de la seguridad y el confort para salir hacia El Salvador, el domingo 23 de Agosto, tomando el interminable Boulevard Vista Hermosa para deslizarnos posteriormente por la Interamerican Hwy cuesta abajo, unos veinte kilómetros.

Esta parte de la ciudad nos sorprende porque no tiene nada que ver con el lamentable espectáculo que vivimos cuando entramos desde Chimaltenango. Predominan los grandes parques y las zonas verdes, áreas residenciales, viviendas modernas, edificios de factura reciente y vistas privilegiadas de la ciudad.

La urbe se dispersa según nos acercamos a El Cerinal y Barberena. Los arcenes dejan de existir y la pobreza vuelve a estar muy presente. Las chabolas se erigen a ambos lados de la carretera colapsada por el incesante tráfico. De nuevo aumentamos la precaución debido a los autobuses públicos con alma carnavalesca que practican el ´free style´ sobre la vía. Miro constantemente por mi espejo retrovisor para detectarlos y hacerles señas con el brazo para que se separen al adelantarnos.

Después de una fácil y sencilla rodada, tras 63 kilómetros, llegamos a Cuilapa, un pequeño municipio cabecera del departamento de Santa Rosa que se asienta en las heridas de frondosas montañas donde la vegetación subtropical crece vasta y espesa. El pueblo desciende por escarpadas laderas, entre cultivos de plátanos, naranjos, café, caña de azúcar, maíz, trigo y piñas.

24 de Agosto. “El Salvador”.

Descendemos desde los cielos por cómodas vías de anchos arcenes hasta Los Esclavos, para introducirnos poco a poco en la húmeda y sofocante selva. Dado que se nos ha echado el mediodía encima, la letona y yo sudamos a chorros y nos deshidratamos en cuestión de segundos. La humedad relativa del aire supera el 90% y nuestras cabezas ya hierven bajo el zumbido del sol.

Cuando pensamos que ya nos hemos librado de las montañas y de los grandes desniveles nos espera en Moyuta, a veinte km de nuestro destino, unos de los peores ascensos de toda Guatemala, en medio de un ambiente tan húmedo y caluroso que respirar es como inhalar agua y quedarte sin oxígeno. El peso de las alforjas se triplica y me duelen todos los huesos, sobre todo las rodillas.

Llegamos a Moyuta con las últimas luces del día. He vuelto a agotar las últimas reservas de glucógeno del hígado y de los músculos y comienzo a sentir los síntomas de la pájara. Marika busca desesperadamente una pensión y me ayuda a tumbarme sobre la cama boca arriba y en silencio mientras observo el bombillo, que ilumina tenuemente la humilde habitación, balancearse. Así estoy media hora mientras mi compañera hace la cena. De vez en cuando me dice algo pero yo no le contesto, no puedo. Estoy bloqueada. Creo que nunca me he sentido tan decepcionada conmigo misma. Me quedo dormida.

Me despierta la voz de Marika llamándome para cenar.

—¿Estás mejor?

—No lo sé —musito apenas.

Me fallan las fuerzas e intento sentarme en la cama mientras ella viene y me abraza con ternura. Me abandono sobre su pecho porque no tengo fuerzas para más. Siento su calor y oigo los latidos de su corazón. Seguiría así toda la tarde. Entonces se levanta y se va para regresar con un plato de pasta con atún y darme de comer.

Dios aprieta pero no ahorca. Al día siguiente la rodada a La Hachadura, en El Salvador, es una cuesta abajo de cuarenta kilómetros aproximadamente. Perdemos altura desde la frontera y la selva se vuelve alta y espesa, recordándome algunos paisajes de Zanzíbar, en Tanzania, donde hace un año y medio pedaleé. La vía tiene amplios arcenes con un gran tráfico de bicicletas, sobre todo de niños y jóvenes uniformados, limpios y repeinados, como recién salidos de una película de los sesenta.

Cerca de Mizata, contemplo en silencio el océano por primera vez desde Veracruz, en México. Cuánto lo echaba de menos. Respiro profundamente el aire húmedo con olor a marisco y a sal, mientras unas lágrimas de alegría me recorren la mejilla. He aparcado a Susan Sarandon sobre un risco bajo el cual las olas se deshacen. En este momento no me importaría resbalar por la roca y fundirme con el mar.

Los que nacimos en el océano y nos criamos entre arena y sal llevamos el mar en el alma. No podemos pasar mucho tiempo sin sentirlo cerca y respirar la brisa marina que nos relaja, nos estimula, nos ayuda a producir serotonina, despeja nuestra mente y un largo etcétera de beneficios a los que nos acostumbramos desde que salimos del vientre materno e inhalamos por primera vez el salitre. Para mí no hay nada comparado a sentirme arrastrada por la corriente desde la orilla hacia dentro y dejar que mi cuerpo flote mientras el agua acaricia mi piel.

En Mizata descansamos en un descuidado hostal para surferos a buen precio, a la sombra de grandes cocoteros y rodeadas de mosquitos. Pese al abandono, el entorno selvático es privilegiado. Como somos las únicas huéspedes, pasamos el resto del día descansando en unas hamacas en el porche y oyendo cantar a las chicharras. Siento como si alguien me dijera: “Quédate ahí”.

El 29 de agosto contemplo el amanecer con mi compañera de aventuras sobre la arena húmeda por el rocío del alba. El sol tiñe de cobre el cielo de Mizata que alguien ha pintado de nubes de oleo con brocha gorda. La bruma espesa de la mañana flota sobre litoral dejando un halo de misterio. El mar está ligeramente furioso y disfrutamos de su delicioso enojo con café que guardamos en un termo. En silencio, nos abandonamos a aquel delirio de colores y olor a marisco.

—Ha sido buena idea madrugar para ver el amanecer antes de partir hacia La Libertad. ¿Verdad? —El rugido del agua sofoca mi voz.

Marika asiente dibujando una tímida sonrisa, acercando sus sensuales labios a la taza de café.

Las gaviotas emprenden danzas tribales sobre las olas que se transforman en tubos antes de abrazar con ligereza la costa. Detrás de nuestros empapados cuerpos la selva trepa por las montañas en exuberante huida hacia el cielo, entre los chillidos de una fauna camuflada y enloquecida. De repente, decenas de libélulas nos saludan describiendo círculos a nuestro alrededor.

—Esto no es buen augurio —comento—. En Canarias los llamamos caballitos del diablo porque traen mala suerte.

Horas después siento la punta de dos machetes apretarme el vientre y la espalda a la vez. Dos jóvenes, uno de ellos con el rostro semi oculto por un pañuelo, me apuntan con sendas armas, amenazándome con clavármelas y dejarme como un colador si no les entrego el teléfono, los dispositivos electrónicos y el dinero. Han descendido de las montañas silenciosamente mientras subo una gran cuesta a paso de tortuga y Marika se aleja considerablemente en una de sus habituales escapadas para hacer fotografías.

No tienen más de diecisiete años y ya están dispuestos a clavarme como un becerro si no atiendo a sus demandas. El cabecilla está extremadamente nervioso, como si se estuviera estrenando en las lides del asalto a mano armada.

—Que te calmes hombre, que al fin y al cabo no es para tanto —digo intentando tranquilizarle para que no se le vaya la mano y me haga un agujero en el estómago—. Que te doy el dinero y ya está, pero que te va a dar algo, respira hombre, qué pena que ustedes ensucien el nombre de un país tan hermoso, que vamos a ver… ¿No podríamos hacer que no ha pasado nada y ustedes me dejan en paz y yo me voy? —esto no sé por qué lo digo— porque amigo, creo que tú no has robado en tu vida y te va a dar una angina de pecho.

Pero el metal puntiagudo y herrumbroso me aprieta la barriga y también la espalda porque el otro individuo, bajito, moreno y poca cosa, me controla por detrás y dejo de tentar a la suerte. El cabecillla de pelo rapado y rubio, que suda a chorros de los nervios, empieza a tocarme los bolsillos del maillot en busca del móvil y cuando lo descubre se apodera de él como una iguana engulle a una mosca

—Deme los auriculares también —pide atropelladamente.

Atónita me quedo mirándole sin saber aún a qué se refiere ni de qué auriculares me está hablando.

—Venga, quíteselos —insiste.

Y entonces me doy cuenta de que se refiere a los que llevo puestos para escuchar música, que son tan poca cosa que jamás pensé que se refería a ellos y me quedo fascinada con su miserable demanda de ratero de poca monta, pensando para qué coño quieres mis auriculares de mierda si te puedes llevar la bicicleta, pedazo de cretino. Y le doy los auriculares, mi reproductor de música, mis gafas de sol, el teléfono, mi cuchillo de supervivencia y 200 dólares americanos y se van corriendo como dos gallinas cuesta abajo, aventando los machetes al aire en señal de triunfo y gritando “corre, corre” hasta que se los traga la tierra.

Me bajo de la bici y quiero correr detrás de ellos pero algo me dice que no haga el idiota y entonces las piernas me empiezan a temblar y el corazón se me dispara y doblo mi cuerpo apoyándome en las rodillas para que el aire me entre en los fallidos pulmones que dejaron de funcionar debido a la ansiedad. Quiero gritar pero no puedo. Se me escapan las lágrimas pensando en lo cerca que he estado de parecerme a un ternero vendiéndose en lonchas a pie de carretera en algún lugar del este de África.

Al día siguiente me dejo arrastrar sobre la tabla de surf por el reflujo del Pacífico. Inerme y sola. Cansada de remar contra corriente, disfruto del beso del agua templada sobre mi piel. Después de un año y medio sobre la bici, he perdido destreza y parezco un pato mareado sobre la tabla. Remar sobre aquella corriente extrema se me antoja una tortura. Consigo llegar a la ola sembrada de atractivos surferos norteamericanos, arrogantes y altaneros, duros guerreros dispuestos para la batalla.

He perdido la musculatura pero no la destreza y me deslizo desde la cresta de la ola por la pared hacia su base, sintiendo el efecto inmediato de la gravedad sobre mi cuerpo. Mi tabla resbala con rapidez sobre el tumulto de agua. Al ser de fibra, resulta fácil su control. Hago rápidos movimientos con las piernas para que el artilugio suba algunos centímetros por la pared de la ola, aprovechando el impulso de la caída, evitando que me engulla. La mejor medicina para un espíritu quebrado por un asalto a mano armada en plena carretera hacia La Libertad. Nunca me habían apretado con el metal la carne laxa para darme una orden ilícita. Pienso que iba demasiado relajada para el país en el que me encuentro y que, a partir de ahora, tendremos que extremar precauciones, sobre todo en la vía.

El 31 de Agosto ponemos rumbo a Zacatecoluca, a las diez de la mañana, cuando el calor empieza a apretar y en la selva se puede asar un pollo amarrado en la parte trasera de la bicicleta.

—Tenemos que madrugar más —afirmo—. Si no, no podremos hacer esto.

Marika asiente con desgana. A ella le cuesta mucho levantarse por la mañana.

—Te lo digo en serio, Marika. Si quieres que pedaleemos juntas tienes que hacer un esfuerzo. Me afecta mucho el calor.

Me dirige una mirada inquisitoria. Desde que me asaltaron estoy muy sensible y me molestan muchas cosas. Puede que debido a la rabia que cargo dentro de mí, a la impotencia de sentirme violentada y no poder hacer nada. En estos países no sirve de nada denunciar, no sólo un robo sino cualquier crimen, a la policía, la mayoría de las veces tus problemas, en lugar de solucionarse, se agravan debido a la corrupción.

Por el camino vemos a mucha gente paseando con machetes en mano: hombres, mujeres, niños y ancianos. Por tradición, trabajo o seguridad, todo el mundo va armado, así que me detengo en una ferretería y compro un enorme y reluciente machete que coloco en la parte trasera de Susan a la vista.

—Al menos ahora no pareceremos dos memas pidiendo a gritos que nos roben hasta la bragas —exclamo, mientras Marika me mira aterrada.

A varios kilómetros de San Miguel, un tipo en una ‘pickup’ gris metalizada estaciona el vehículo en la cuneta para saludarnos. Marika, como siempre, se detiene amablemente para hablar con él mientras me demoro en aproximarme por detrás.

Son las nueve de la mañana y hoy hace más calor de lo habitual. Rafael Eduardo, natural de San Salvador, es una de las personas más cordiales, agudas y festivas que he conocido en este viaje. Charlamos un buen rato sobre su país, sus bellezas naturales, y las miserias impuestas, como el crimen, la violencia y el desempleo.

Nos invita a tomar algo y decidimos acompañar a aquel joven corpulento, de ojos almendrados, pelo azabache y semblante risueño, porque personas así convierten a este viaje en una epopeya. Lo pasamos maravillosamente con él y descubrimos que habla inglés y alemán como un nativo norteamericano y un testarudo alemán.

Mientras tanto me asaltan varias preguntas en la cabeza: Cómo demonios sabe este hombre, nacido en El Salvador, hablar tan bien alemán y para qué diablos lo necesita en Centroamérica. Pero Rafael Eduardo, de 35 años y padre de un hijo clavadito a él, nos explica que tuvo la suerte de educarse en uno de los mejores colegios de la patria, en un país donde los índices de analfabetismo lideran el ranking mundial, por detrás de Guatemala y Honduras.

Ahora que estamos a punto de abandonar El Salvador, aprovechamos para disipar con Rafael algunas las dudas sobre su país.

—No puedo más, Rafael —confieso—. Tengo que dirimir una importante duda que lleva tiempo rondando mi cabeza.

El salvadoreño me mira abrumado por el tono trágico de mi voz.

—Rafael Necesito que me expliques qué diantres significa la frase “Amigos de Israel”, escrita por donde quiera que pasamos y qué relación tiene el Estado de Israel con este país.

Marika suelta una carcajada.

—Esa es una buena observación —responde.

Rafael Eduardo nos introduce entonces en el fascinante mundo del ‘gangster’ predicador. Edgar López, conocido como el “Hermano Toby”, se hace llamar ‘heredero de David, hijo de Israel’ y predica su propia religión de raíces evangélicas —iglesia Tabernáculo Bíblico Bautista Amigos de Israel— entre las clases más bajas, asegurando ser un enviado de Dios, prometiendo casas a pobres y proyectos de beneficio social a humildes alcaldías.

Cuenta con 1,5 millones de seguidores en un país con algo más de 6 millones de habitantes y cobra 1 dólar americano por persona, libre de impuestos, en cada culto que ofrece los domingos. Además, obtiene ingresos de publicidad a través de su canal privado de televisión, donde predica habitualmente “la palabra de Dios” con esa parsimoniosa voz perturbada eventualmente por la indignación.

—¿Qué se van de El Salvador sin conocer las islas del Golfo de Fonseca? —pregunta—. Deberían considerar visitarlas antes de seguir hacia Honduras y Nicaragua. No hay nada igual.

En el puerto de La Unión las barcazas flotan a merced de las pequeñas olas del Golfo de Fonseca. La ‘Isabella’ aguarda a los pasajeros que caminamos desde el dique con el agua por la cintura. Nuestras bicicletas navegan sobre un carromato tirado por dos hombres de piel agrietada por el mar.

Pasamos la isla del Tigre, ocupada por los británicos en 1849 para evitar la presencia estadounidense en Honduras, y alcanzamos, una hora y media después, nuestro destino, la isla de Meanguera del Golfo, que junto con la isla de Meanguerita fueron asignadas a El Salvador tras el conflicto sobre los derechos del Golfo y sus islas, resuelto por la Corte Internacional de Justicia de La Haya en 1992.

La barcaza, comandada por Justino, natural de Meanguera del Golfo, nos deja a los pies del único hotel de la isla, La Joya, que cuenta con habitaciones para mochileros. El establecimiento se asienta sobre el mar por encima de grandes pilares de cemento. Un embarcadero de madera, flotante, construido con gusto, comunica la fachada del inmueble con el mar. Pasamos el resto de la tarde protegidas de los rayos solares bajo su techo de cañizo, contemplando la puesta de sol desde las hamacas que dominan la ensenada, que nos regala reflejos de cobre.

Jacky es la jovencísima salvadoreña encargada de administrar el recinto. Llegamos a un acuerdo con ella. La ayudaremos en la cocina a cambio de un gran descuento durante un mes. No queremos irnos sin empaparnos de aquel enclave paradisíaco en una isla semi desierta.

Al día siguiente nos vamos a pescar al curricán en Kayak y, cuando la corriente nos arrastra sin remedio por uno de los canales entre islas, una barca de pesca pasa a gran velocidad, demasiado cerca de mi línea, y se lleva mi rapala enrollada en la hélice, arrastrándonos con ella varios metros.

Remamos hacia la embarcación y el joven piloto se disculpa y nos devuelve la rapala sana y salva. Por delante, Nicaragua nos saluda a sólo unas pocas millas. Nos despedimos y poco después una macarela del Pacífico de dos kilos da tirones de cuidado en la línea de pesca que recojo con dificultad con un carrete demasiado pequeño, deteniéndome ocasionalmente para que se canse y se abandone al tirón del hilo trenzado de arrastre.

Arrastro la macarela con cuidado, para que no se suelte, hacia el kayak y la introduzco en la embarcación por la popa, asestándole una puñalada en la cabeza con un cuchillo de cocina, para que muera de golpe y no escape. La sangre brota de sus agallas dejando un rastro de muerte en el interior de la canoa de plástico.

Decidimos que navegar hacia Nicaragua estando tan cerca es el mejor plan para continuar un viaje que hemos interrumpido para descansar y para trabajar en nuestros portátiles y ganar algún dinero.

Jueves 1 de Octubre. Nicaragua.

Meanguera del Golfo se aleja por la popa mientras la barcaza que nos lleva a La Unión da bandazos contra las olas y el viento. Aún no ha amanecido y hoy hace frío en el mar, puede que debido al mal tiempo. Las últimas luces de la isla que nos dio cobijo durante un mes desaparecen por la amura de babor y entonces sólo la luna ilumina el agua, hasta que la claridad del alba se adivina en el horizonte. Una hora después llegamos al departamento más oriental de la república de El Salvador, La Unión, donde nos sellarán los pasaportes para poder salir del país.

En la puerta de la oficina de Inmigración esperamos cuatro horas. Este tipo de cosas se sale de los cauces de mi comprensión. Para qué abandonamos la isla a las cinco de la mañana si posteriormente debemos aguardar medio día para un simple sello en el documento de identidad. Supongo que el concepto del tiempo se percibe de manera completamente diferente en Oriente y Occidente.

A las once de la mañana el calor es infernal y el aire en la bulliciosa playa está cargado. Las barcazas recogen pasajeros cargados con neveras portátiles, cajas de pescado, frutas y verduras, combustible, comida enlatada,… para transportarlos a las demás islas del archipiélago que se reparten El Salvador, Honduras y Nicaragua. Regresamos a nuestra barcaza y antes de embarcaros observamos que va tan cargada que la línea de flotación ha desaparecido bajo el agua. Hombres, mujeres y niños se amontonan entre cajas de babosas, palometas, panchas rayadas, corvinas, pargos, bananas, agua embotellada, sacos de papas, etc. Nos acomodamos como podemos y partimos por fin rumbo a Nicaragua, con la mar ahora en calma y un sol silencioso que te va cocinando poco a poco.

El viaje es una agonía por varias razones, la más importante, la parsimoniosa lentitud de la embarcación debido al peso que carga. Pero cuando recorremos en paralelo la costa de Nicaragua mi tedio desaparece y un hilo de esperanza se apodera de mi ánimo. El embarcadero de Potosí no es tal y la barcaza aterriza con dificultad en la misma playa. Creo que soy la primera que desembarca de un enérgico salto, agradeciéndole al universo seguir con vida después de aquella experiencia que en algún momento de la travesía comparé con el viaje en patera desde África a Canarias, que todos los años hacen miles de personas huyendo del hambre. Algunos de esos cayucos van tan cargados que jamás llegan a su destino.

Desembarcamos las bicis y las alforjas con el agua por las rodillas y nos apresuramos a ensamblarlas aún mareadas por el viaje. En unas oficinas improvisadas en la playa nos sellan el pasaporte por doce dólares y nos cobran otro dólar por gastos de gestión. En un edificio aledaño debemos presentarnos con las bicicletas para que los agentes de aduanas inspeccionen el contenido de las alforjas. Pero el único empleado que nos atiende se limita a tocar el equipaje por fuera como si sostuviera el vientre de una embarazada para posteriormente firmarnos un documento de aprobación.

—Ya somos libres, Marika —anuncio.

Pedaleamos por una carretera de arena selva adentro felices por haber dado un paso más hacia nuestro destino, Argentina, que aún vemos muy lejano. Pero, de repente, un grupo de militares con uniformes azules nos corta el paso para interrogarnos.

—¿Adónde van ustedes? —pregunta un soldado apostado en medio de la vía mientras otros militares se van aproximando.

La letona y yo nos miramos sorprendidas. Después de catorce horas de viaje, pasar un inesperado control militar es lo último que esperábamos. El cuerpo aún nos hierve del sol, los labios cuarteados por la deshidratación se nos caen a pedacitos y la falta de sueño nos pesa como una losa. Intentamos ser diplomáticas y simpáticas para no tener problemas. Un militar que parece tener más edad y graduación que el resto sale de un barracón y viene a nuestro encuentro.

—¿Adónde van muchachas? —pregunta.

—Queremos pedalear su país porque hemos oído maravillas de él —contesto dibujando una sonrisa complaciente.

Su rostro se suaviza menguando la hostilidad.

—¿Y dónde van a dormir hoy?

—No sabemos aún —confiesa la letona tímidamente.

—Si quieren, pueden acampar aquí, junto a nosotros —anuncia él.

—No gracias, queremos buscar un hotel en el pueblo.

—¿Qué hotel?

—Ya veremos —digo sin poder evitar impacientarme.

—Pero, ¿por qué no acampan aquí?, nosotros las protegeremos…

—No gracias —insisto intentando seguir siendo amable—.Hoy queremos darnos una ducha y acostarnos temprano .

Entonces el comandante se da por vencido y me regala un escudo de la bandera nicaragüense para que coloque junto a las otras 18 que llevo pegadas en las alforjas.

Dormimos en la granja de Doña Rosalina Rivas, entre gallinas, cerdos, perros y una atmósfera relajada y amable, por cinco dólares. Rosalina nos prepara unos deliciosos huevos rancheros con frijoles y queso criollo que nos dejan en estado de coma hasta el día siguiente.

—Busquen la Catedral de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María y allí darán con el hostal que buscan .

Despedimos al vendedor ambulante en plena calle de León, una de las dos ciudades más representativas de la época colonial en Nicaragua. Hoy hemos pedaleado sólo cuarenta kilómetros, todo un lujo a juzgar por la media de noventa o cien que normalmente nos imponemos. A pesar de todo, Marika está muy abatida. Puede que se haya deshidratado.

—No sé lo que me pasa —comenta la letona a la mañana siguiente—. No puedo levantarme de la cama.

Me acerco a la litera inferior que compartimos y me siento en un costado. Con mi mano le acaricio la cara desde la frente para tomarle la temperatura. Noto como se estremece con el contacto.

—Estás muy pálida.

—Me duele todo el cuerpo —confiesa.

Le pido a la propietaria del hostal, británica de ascendencia hindú, un termómetro. Pero me dice que no tiene y, turbada, corro a la farmacia más próxima a comprar uno. Regreso y la letona duerme. Le acaricio de nuevo suavemente la mejilla y compruebo que está muy caliente. Se despierta, le levanto la camiseta de algodón y le pongo el termómetro en la axila mientras se ruboriza. Parece incómoda con mi presencia.

—No te muevas durante diez minutos.

Regreso y le retiro el termómetro. Cuarenta grados.

—¡Cielos Marika! Estás hirviendo.

—Me duelen mucho los músculos y las articulaciones y tengo ganas de vomitar. Además, la cabeza me va a estallar.

—¡Diablos! Creo que tienes dengue .

La destapo y le levanto la camiseta mientras hace ademán de frenarme.

—Déjame, quiero comprobar una cosa —le digo con ternura—. Tranquilízate que no te voy a hacer nada. —Sonrío sutilmente.

Le examino la piel para comprobar si tiene sarpullido, uno de los principales síntomas del dengue. Pero no observo nada parecido. Comienza a tiritar y la vuelvo a tapar.

—Creo que has contraído Chikungunya, probablemente en la isla.

Pasamos los siguientes tres días encerradas en el hostal porque la letona empeora y la temperatura le sube a 41 grados. Cada hora le cambio las compresas frías que le pongo en la frente y le hago beber a la fuerza suero oral que he comprado en la farmacia. No quiere comer y comienza a delirar. Le doy analgésicos y antiinflamatorios para mermar el dolor en el cuerpo. Su palidez ha desaparecido y ahora está roja como un tomate.

No puedo soportar verla así. Por la noche pongo el despertador cada dos horas para comprobar su temperatura y darle de beber. No puedo evitar abrazarla de vez en cuando y besarla en la frente; quiero que sepa que estoy aquí con ella y que no está sola aunque, sinceramente, no sé cuál es su grado de conciencia porque la veo muy lejos, ausente, desde hace 24 horas no es ella. A veces me tumbo a su lado y la abrazo por la espalda, sintiendo su calor y oyendo los latidos de su corazón.

A ella parece gustarle porque me agarra los brazos para volver a quedarse dormida. Pero no duramos mucho así porque enseguida comienza a sudar a chorros. Entonces me incorporo y me subo a mi litera en mitad de la noche, intentando no hacer mucho ruido para no despertar a las demás huéspedes de la habitación compartida.

A los tres días mejora y le baja fiebre. No obstante, está muy débil y no aguanta mucho tiempo en pie. Consigo que pruebe bocado insistiendo mucho a pesar de sus fuertes dolores de cabeza, que parecen no remitir, al igual que el dolor en la zona lumbar de la espalda y en todas las articulaciones. Cuando la veo mirando el techo, acostada, perdida en sus laberintos, se me llenan los ojos de lágrimas, porque nunca la había visto así, tan exhausta y prisionera de su cuerpo.

Decido sacarla de aquellas cuatro paredes y llevármela a la playa. Probablemente el aire del mar la reanime y ayude en su recuperación. La costa no está muy lejos y llego a un acuerdo con un taxista que conduce una pick up para que nos traslade con las bicicletas. La pobrecita lo pasa mal en la parte trasera del vehículo. Se marea fácilmente y siente ganas de vomitar. Pero después de un par de días a orillas del mar Latsone, mejora un poco y ya puede levantarse de la cama y comer. Sin embargo, se fatiga con facilidad y se siente muy abatida, por lo que pasa la mayor parte del tiempo acostada, motivo por el cual empieza a deprimirse.

—Cristina, creo que aquí se acaba todo —dice una mañana.

—¿De qué me hablas?

—No puedo más. Voy a regresar a Letonia, echo mucho de menos a mi familia.

—Ni lo sueñes Marika. He hablado con el encargado del hostal, español, por cierto y he llegado a un acuerdo con él. Así que nos quedaremos aquí el tiempo que necesites y te pondrás buena y después tú y yo seguiremos pedaleando como siempre. ¿Me estás oyendo, Marika?

Rompe a llorar. No puedo soportarlo y la abrazo. Le seco las lágrimas y le susurro al oído: “Te quiero, y no voy a dejarte”. Ella me abraza con fuerza y continúa llorando en mi hombro. Después se tumba y duerme durante horas, hasta que la despierto para darle la cena que he cocinado con el hornillo multicombustible en el suelo de la habitación doble que compartimos.

Viernes 16 de Octubre. Costa Rica.

En Peñas Blancas, Nicaragua, primero nos hacen pasar por un puesto a la sombra de un parasol con cuatro guardias que no son muy amables, lo cual no me sorprende nada en este país. Revisan nuestros pasaportes y nos permiten continuar.

—Qué extraño que no los hayan sellado —comento.

Pasamos a otro puesto de similares características pero con más guardias. Uno de ellos parece sorprendido.

—¿Por qué no os han sellado el pasaporte? —pregunta.

Nos envían a un gran inmueble de nuevo cuño al borde de la carretera sin ningún tipo de señalética exterior. En la puerta de entrada nos asaltan unos hombres de aspecto dudoso con unas credenciales, también dudosas, colgadas al cuello. Comienzan a darnos indicaciones de lo que debemos hacer y sobre dónde dejar las bicis; por supuesto hago caso omiso de lo que me dicen y les digo que se aparten.

En la puerta de inmigración hay una caseta, también sin señalización, con una señora que cobra una tasa de un dólar americano a todos los turistas “a beneficio del Ayuntamiento de Rivas”.

Como el puesto carece de indicaciones y es muy fácil obviarlo estos hombres se aseguran, a golpe de acoso, de que el turista pague el impuesto revolucionario y pase por caja como si fuera un trámite obligatorio para salir de Nicaragua.

El turista no sabe de qué va el rollo y tampoco se niega a pagar porque se trata de un dólar y no quiere problemas. En medio de la vorágine pierdo la paciencia y agarro la credencial que cuelga del cuello de un tipo y leo: “Sindicato de Trabajadores”.

—¿Qué tienes tú que ver con Inmigración o con el Ayuntamiento?. ¿Y para qué demonios llevas esta credencial colgada al cuello si no es para engañar a la gente?

El individuo me mira como queriéndome decir algo pero se queda mudo durante unos segundos, y se aleja sombrío y derrotado, apabullado por las circunstancias.

Entramos en la oficina de inmigración y pagamos 1,64 dólares de “despacho” por abandonar el país y estamparnos el ello de salida en el pasaporte. Otra vez pedaleamos hacia el primer parasol donde los oficiales repiten el ritual de inspeccionar nuestra documentación y, por fin, cruzamos la línea que separa ambos países.

El corazón me da un vuelco cuando un oficial costarricense me extiende el visado “on arrival”, prueba irrefutable de que este es el país número veinte de mi viaje autopropulsado cuando se cumplen ya diecinueve meses del inicio del periplo.

Pedaleamos 17 kilómetros cuesta arriba bajo una ligera llovizna. El paisaje es sobrecogedor. Colinas, valles, bosques, montañas, llanuras y coloridas flores exóticas se suceden pausadamente hasta La Cruz, una pequeña localidad suspendida en una colina y con una maravillosa vista del océano Pacífico. Decidimos pasar aquí nuestra primera noche en el país.

Buscamos algo que se ajuste a nuestro bolsillo pero todo es carísimo. Sabíamos que Costa Rica iba a ser caro, pero no imaginábamos que los precios fueran tan descabellados. Nos duele una vez más el bolsillo. A partir de ahora no podremos permitirnos ni campings. Habrá que pensar en otra alternativa para sobrevivir.

En la costa de Guanacaste el goteo de camiones es interminable y no puedo relajarme y disfrutar de una fascinante panorámica entre volcanes y playas. La mañana es fresca porque pedaleamos en una zona elevada y el cielo se está nublando. La humedad relativa del aire ronda el 85% y no dejo de sudar a chorros.

Paramos cinco minutos para aliviarnos por turnos y cuando estoy en pleno proceso, oculta en la selva a pie de carretera, escucho el maullido de una cría de gato. Guiada por el sonido me introduzco en la maleza y descubro junto a un árbol un gatito que no debe tener ni veinte días. Busco a su mamá sin éxito. Me da mucha pena y no soy capaz de abandonarlo a su suerte. Lo bautizamos Pura Vida y me lo meto en el bolsillo trasero del maillot para buscarle una familia adoptiva. Inquieto, maúlla desesperado durante todo el camino reclamando su libertad.

Atravesamos zonas de pasto con rumiantes espantando a los insectos con la cola. Y áreas de una biodiversidad inverosímil. Filodendros, hibiscos rosas, cambrays, malinches, pulasanes, buganvillas son ya habituales a los lados de la vía. En ocasiones, decenas de mariposas del guayacán nos rodean varios metros mientras Pura Vida se agita en mi bolsillo y me araña, como poseído por un demonio, luchando por sobrevivir al calor sofocante.

—No te preocupes Pura Vida, hoy te encontramos una familia —le susurro al oído.

La pequeña bola de pelo blanco con uñas de tigre se acurruca entre mi hombro y brazo derecho, apretándose contra mi corazón para escuchar sus latidos. Me lame el dedo con su lengua rasposa entre mordisquitos que reclaman la teta de su madre. Con el otro brazo sostengo con dificultad el manillar de Susan Sarandon procurando mantener el equilibrio, tarea nada fácil dado el peso de las alforjas delanteras.

Por momentos chilla y llora, abrumado por el efecto demoledor de los rayos solares, incómodo debido a mi transpiración sin control en uno de los ambientes más húmedos del mundo y aliviado por el aire que corre ocasionalmente y le mueve la pelusa.

—Aguanta mi amor, solo nos quedan cuatro kilómetros hasta Cañas Dulces —musito apenas.

Le encontramos una mamá, la hermana de Anais, la mujer que nos hospeda a través de warmshowers en su casa de la selva de Cañas Dulces, en Liberia.

—¿Quieren conocer el Caribe tico? —pregunta Anais por la noche.

—¡Por supuesto, carajo! —respondo sin consultarle a Marika—. ¡Una oportunidad así no surge todos los días!

Marika me mira con aire taciturno.

—¡Vamos Marika! —Le digo más tarde—. Qué más da que nos atrasemos. No podemos perdernos el Caribe en toda Centroamérica y sabes que no tenemos tiempo para desviarnos en bicicleta de la Panamericana y atravesar la cordillera volcánica central del país, nos llevaría mucho tiempo.

—Podemos intentar ir en bicicleta —dice.

—Sabes que físicamente estoy agotada y hago grandes esfuerzos a diario para no tirar la toalla. No vamos a hacer trampa, Marika, vamos a dejar la ruta aquí y retomarla más tarde hasta Panamá. Se trata sólo de un descanso.

Accede a duras penas y al cabo de dos días viajamos a toda velocidad en el viejo Jeep de la maestra costarricense con rumbo a Limón. Conduce con mucha pericia pero va demasiado rápido para mi gusto, sobre todo cuando llueve o pasamos un área de niebla de gran intensidad. En mi caso voy muy tensa, no solo por el peligro que corremos, sino porque me gusta viajar despacio, relajada, sin prisas. Disfrutando del camino. La pizpireta profesora de inglés es, además, adepta al regaeton y al cabo de cuatro horas de estridencias sonoras a todo volumen siento que mi cabeza va a explotar.

Pasamos por San José de Costa Rica, ciudad que me sorprende por su modernidad, desarrollo y limpieza y diez horas después llegamos exhaustas a Limón, a punto de morir de inanición, deshidratadas, con el cuerpo pasado por el pasapuré y un aturdimiento en el cerebro inverosímil. No quiero volver a viajar en un coche en lo que me queda de vida. Desgraciadamente, hay que regresar el domingo a Cañas Dulces por el mismo camino y repetir la operación.

La familia de Anais nos espera en la puerta de su hogar semi oculto en la selva de Peanshurst, población comprendida entre la ciudad de Limón y el río Sixaola. Nos recibe con una hospitalidad que echo de menos desde México. Nos invitan a gallo pinto con huevos, un plato tradicional tico que consiste en una combinación de arroz y frijoles.

A la mañana siguiente no me puedo ni mover; siento que me han metido en la centrifugadora dos veces. Visitamos las paradisíacas playas de Puerto Nuevo, Cocles y Punta Uva en Cahuita y, en esta última, nos quedamos disfrutando de la arena blanca y sus tranquilas aguas protegidas por un arrecife, a la sombra de unos cocoteros. Seguimos hacia Manzanillo y visitamos el mirador, para seguir empapándonos de una espléndida vista del Mar Caribe.

El viernes visitamos el Parque Nacional Cahuita, una de las áreas de mayor belleza escénica de la costa caribeña de Costa Rica, por sus playas de arena blanca, su gran número de cocoteros, su mar azul turquesa y su arrecife de coral. El parque tropical húmedo posee varios hábitats importantes, como el bosque pantanoso, el bosque no inundado y la vegetación del litoral.

Cuando salimos del bosque para encontrarnos con el mar, las garzas describen círculos en el cielo y los perezosos se mueven tan despacio que hay que detenerse bajo los árboles durante minutos y en silencio para notar que existen. Dos mapaches huyen a nuestro paso cuando revolotean las mariposas rhopaloceras en un reino etéreo.

Caminamos con sosiego, llenando lentamente nuestros pulmones con el aire de jungla y el salitre, procurando detenernos con frecuencia para observar en silencio a los tucanes y a los guacamayos escapar de la presencia humana, tomando fotos a todo lo que se mueve y también a lo que ni se inmuta, dándonos tiempo para llenarnos de este mundo que parece más propio de poemas y canciones.

Recojo una mariposa Heliconius sin vida sobre el asfalto y contemplo sus delicadas alas pintadas a gritos. ¿Se puede ser más feliz que una mariposa? Yendo y viniendo, polinizando, llenando de brillo la sombra. La introduzco en mi diario y la contemplo mientras sus colores destacan en el blanco de las hojas de papel, en medio de la severa intensidad solar. Quiero llenar mi diario de mariposas. Quiero empaparme de su energía positiva, fuerte y libre. Anoto debajo de sus alas: ‘Breaking Free’.

La carretera está en obras y cerrada al tráfico. El mejor regalo que el Universo nos concede desde que pedaleamos las carreteras de este país. La mañana es fresca y tan húmeda que hasta los pulpos se mueven entre los árboles.

Dedicamos mucho tiempo a contactar con miembros de Warmshowers —escasos en este país— y couchsurfing.com, sin éxito muchas veces dada la ingente cantidad de cicloturistas que pasan en esta época del año. En Cañas carecemos de alojamiento y buscamos una estación de bomberos que nos permita acampar en sus dependencias. En México y Centroamerica la mayoría de bomberos, Cruz Roja, protección civil e iglesias permiten a los cicloturistas o viajeros acampar en sus dominios, bajo su protección para no ser asaltados mientras duermen.

Las dependencias de los bomberos de Cañas son modernas y amplias y cuentan con un pequeño jardín cuidado con mimo. Marika y yo nos miramos sonriendo celebrando el hallazgo. Algunos bomberos practican ejercicios en el patio bajo la batuta de una hermosa joven. Un apuesto y fornido agente de emergencia sale a nuestro encuentro con aire despreocupado, como si ya supiera la razón de nuestra visita y se disculpa de nuevo para volver con un halo de resignación.

—Lo siento, pero he preguntado al cabo y no pueden quedarse. Celebramos un evento este fin de semana y viene mucha gente.

Está a punto de anochecer y el mundo se nos viene encima. Cuando abandonamos la estación, uno de los bomberos que se ejercita en el patio viene a nuestro encuentro.

—Si lo desean, pueden acampar en el jardín de mi casa.

En la vivienda de Giovanni viven otro bombero y un policía. Charlamos animadamente mientras la letona y yo cocinamos la cena junto a la tienda de campaña que hemos armado bajo el porche. Nos dan a probar ‘chirriate’, un guaro puro de elaboración casera cuya graduación es muy alta. Con dos sorbos la vista se nos nubla y nos vamos a dormir.

Al día siguiente tomamos un desvío hacia Jaco y cuando pasamos por el rio Tarcoles, Marika asoma la cabeza por el puente y lanza un grito de terror. Rápidamente reclino a Susan contra el guardarraíles y corro a su encuentro.

—¿Qué ocurre, Marika?

—Asómate y mira —comenta, señalando el muro del puente.

Me pongo de puntillas y me asomo sobre el muro para contemplar una estampa aterradora. Decenas de enormes cocodrilos descansan en la orilla del río. Algunos se retuercen en el lodo dejando ver sus enormes y blanquecinas panzas donde almacenarán a sus grandes presas, tan grandes como el ser humano. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Jamás los había tenido tan cerca y nunca había sido tan consciente de lo poderosas que pueden llegar a ser estas bestias.

La gran cabeza de uno de ellos sale a flote. Sus pequeños ojos, únicos para acechar a sus presas en la superficie del agua, nos observan sigilosamente.

—Sólo sé que no me gustaría encontrarme a uno de éstos en la carretera —confieso moviendo la cabeza.

Dejando atrás de La Herradura, nos encontramos a Marco, un joven publicista de Milán que ha colgado el ratón del ordenador para recorrer varios países en bicicleta durante dos años. Los tres pedaleamos hasta Quepos, distrito ubicado en la costa del Pacifico Central. Una exhuberante vegetación tropical nos da la bienvenida varios kilómetros antes del pueblo.

Nuestra anfitriona de Warmshowers es una norteamericana propietaria de una finca alejada del bullicio turístico, a orillas del rio Naranjo. Invitamos a Marco a acampar con nosotras. La propietaria lleva meses ausente pero nos permite, vía email, instalar nuestro campamento en el porche de una cabaña construida en medio de la jungla.

Salimos de la panamericana varios kilómetros después del desvío a Quepos para tomar una carretera de tierra hacia el poblado Londres. Una ligera lluvia nos acompaña durante todo el camino. Guacimos colorados, cedros maría, pilones y guapinoles conviven con majestuosos bambús que construyen bóvedas que ocultan los negros nubarrones.

Un muchacho rubio, con el pelo largo y barba de varios meses, nos saluda junto a una tienda de campaña. Por la noche compartimos anécdotas al calor de una barbacoa de salchichón costarricense y ensalada de pasta. Disfrutamos del placer de la conversación entre viajeros que transitan por caminos análogos experimentando dispares experiencias.

Tres noches después Marika y el norteamericano hippy deciden salir más tarde y parto sola a Uvita. Desde Puebla, México, no he vuelto a pedalear sin compañía. Una mezcla de libertad y soledad recorre mis venas. Prácticamente no hay tráfico y la carretera se abre paso entre la jungla y algunas zonas de pastoreo. La vegetación es exótica y de una variedad que pocas veces he visto en este viaje. Algunos guacamayos se mueven entre los árboles coloreando de rojo el cielo que siembran de sonidos estridentes.

A la una de la tarde escucho el rugido del Pacífico Sureste de Costa Rica, oculto por una densa y exuberante vegetación. Kilométricas playas desiertas me acompañan durante el resto del camino hasta Uvita, famoso por su “Cola de Ballena”, un ecosistema a orillas de Punta Uvita también conocida como el “paso de Moisés”. Cuando baja la marea, el mar se parte en dos y la arena a flor de agua dibuja la cola de una ballena que se prolonga desde el litoral hacia el océano.

En Uvita me estaciono en la puerta de un supermercado porque ya no puedo más y necesito comer algo. Decido esperar allí a Marika y el hippy, mientras devoro todo el pan de molde integral que llevo en las alforjas. El calor es extenuante y no tengo ni idea de cuando aparecerán mis compañeros.

Una hora después, converso con un canadiense y su esposa panameña que me invitan a su casa de Ojochal de Osa. Insisten una y otra vez en que acepte su invitación, que incluye una cómoda e independiente estancia para invitados en el jardín de su vivienda, entre espectaculares montañas al sur de Uvita. Sergio e Ismelda acaban de iluminar mi camino.

Me voy con ellos no sin antes mandarle un mensaje a la letona con el móvil que compré tras sufrir el robo del anterior. El matrimonio me invita a comer en un restaurante de la zona el plato tradicional de Costa rica, ‘Plato de Casado’: arroz hervido, frijoles, ensalada y plátano dulce acompañado de vacuno, cerdo, pollo o pescado.

Horas más tarde Marika aparece sin el hippy, quien se ha quedado en casa de un amigo. Así que ambas aceptamos la invitación del matrimonio y pasamos un par de noches con ellos, a quienes acabo de conocer en plena vía. Un riesgo que no me gusta demasiado correr. Prefiero elegir a mis anfitriones en redes de alojamiento como Warmshowers, basándome en las experiencias reflejadas en la web por otros viajeros.

El caso es que al día siguiente la actitud de Sergio, el esposo de Ismelda, dista mucho de la de la persona que había conocido en el supermercado horas antes. Su personalidad cambia radicalmente y se vuelve grosero y déspota con nosotras. Además, bebe constantemente y maltrata a su mujer verbalmente. Intentamos irnos a los dos días pero Sergio siempre encuentra una buena excusa para que nos quedemos más tiempo. La tercera noche yo ya no puedo más y le ruego a Marika que nos vayamos por la mañana. Prácticamente salimos huyendo de allí al alba.

17 de Noviembre. Panamá.

Delante del cartel de bienvenida, en las fauces de Ciudad de Panamá, Marika y yo nos fundimos en un efusivo abrazo en mitad de la lluvia. Lloramos emocionadas por haber concluido con éxito nuestra aventura juntas desde Puebla, México, un periplo que culmina en la ciudad más moderna de Centroamérica.

Durante una semana hemos pedaleado desde Paso Canoas con muchas dificultades debido a las frecuentes lloviznas propias de esta época del año y un clima extremadamente húmedo, yo diría que el más húmedo de Centroamérica. Al igual que en Costa Rica, hemos pedido alojamiento en todas las estaciones de bomberos que hemos pillado de paso, siguiendo la Panamericana, con el objetivo de ahorrar en un país que se ha encarecido desde que norteamericanos y canadienses lo han convertido en uno de sus principales destinos para retirarse.

Turbadas por el cansancio y el entusiasmo, nos disponemos a cruzar el popular Puente de Las Américas en medio del desorden de vehículos y fuertes rachas de viento que avanzan desde el Pacífico y nos empujan hacia el temerario tráfico, sobre todo de vehículos de carga. Hace mucho tiempo que no tengo tanto miedo.

Llueve y el piso resbala considerablemente porque los roblones o soldaduras que unen la colosal estructura metálica se convierten con el agua en una trampa mortal a 100 metros sobre el océano. Además, los vehículos casi no nos dejan espacio para circular y no hay arcenes. Cuando alcanzamos el final del viaducto estoy temblando de miedo. Paramos a un lado de la carretera para sobreponernos, permaneciendo en silencio varios minutos, apabulladas por las estresantes circunstancias. Este punto tan crucial une América del Norte, Central y Sudamérica sobre el Canal de Panamá.

Llegamos al barrio de Balboa admirando esta parte de la ciudad, sembrada de parques y grandes extensiones verdes, al estilo de Singapur, pero más sucio y abandonado. Seguimos las indicaciones del GPS en dirección a Albrook y la jugada casi nos cuesta otro asalto a mano armada, ya que aterrizamos en uno de los barrios más peligrosos de la capital panameña (calle 26 Oeste, Huerta Sandoval).

Milagrosamente conseguimos salir de la barriada, sanas y salvas ante el asombro de unos agentes de policía que patrullan la entrada al impopular suburbio.

—Les podían haber hecho algo —comenta un oficial—. En este barrio viven los delincuentes más peligrosos de Ciudad de Panamá.

Nos escoltan tan lejos como pueden para que “sigamos, por favor, caminando a pasito lento con las bicis en la mano el resto del camino porque el tráfico en Panamá es muy peligroso”.

Nuestro anfitrión de couchsurfing.com, Olivier, un ingeniero francés altruista afincado en esta parte de Centroamérica, se encuentra fuera del país por negocios. Sin embargo, nos permite alojarnos en su casa, al igual que a otros seis huéspedes en similares circunstancias. Un noble gesto gracias al cual logramos, no sólo sobrevivir a la moderna y cara urbe, a la que algunos llaman el Dubái de Latinoamérica, sino también preparar el viaje a Colombia.

Queremos cruzar Centroamérica y entrar en Sudamérica por la puerta grande, como dos grandes aventureras, navegando a bordo de un velero con nuestras bicicletas.

Lo intentamos todo sin éxito. Colocamos fotocopias ofreciendo nuestros servicios abordo en todas las marinas, hablamos con sus responsables, hacemos contactos, hacemos a diario llamadas telefónicas pero después de una semana sin respuesta decidimos que ya no podemos esperar más. Además, la persona responsable de la casa donde nos hemos alojado empieza a impacientarse y nos presiona para que abandonemos el inmueble, donde por lo general el propietario permite a los huéspedes dormir sólo unas pocas noches.

La forma más barata y rápida para cruzar el tapón Darién, (144 km de selva sin carretera que bloquean el paso a Sudamérica) es, en este momento, por avión ya que la línea de ferry que operaba desde Puerto Colón ha desaparecido y el resto de las alternativas son una tomadura de pelo, unas por su elevado precio (más de 500 USD por cruzar el Caribe hasta Colombia en un velero) y otras por su complejidad y duración (viajando de bote en bote de pesca desde Colon hasta Turbo).

La aerolínea no tiene precios estándar para las bicicletas y cobra por exceso de equipaje, así que a los 150 dólares del billete le sumamos otros 40 por la bici. En suma cargamos unos cincuenta kilos entre las bicis y el equipaje. Tardamos dos días en encontrar dos cajas para embalar bicicletas y disponerlo todo para el viaje, después de rastrear tiendas de bicicletas y jugueterías.

El 23 de noviembre, en plena facturación del equipaje, el empleado de la conocida aerolínea nos anuncia que “no podemos volar sin un billete de regreso” por orden de Inmigración de Colombia.

La noticia nos cae como un jarro de agua fría. Permanecemos en silencio durante unos segundos, mirando con estupor al empleado que ni se inmuta.

—No sabíamos nada —comento—. ¿Llevamos una semana preparando este viaje y nos dicen esto cuando estamos a las puertas del avión? Deberían informar previamente a los pasajeros en su página web. ¿Qué demonios vamos a hacer ahora sin posibilidad de comprar un billete de vuelta?- pregunto decepcionada elevando cada vez más el tono y atrayendo las miradas de algunos pasajeros.

El dependiente nos dice que aguardemos, que va a hacer algunas llamadas. Media hora después nos anuncia que todo está arreglado; al parecer, la policía colombiana hará una excepción con nosotras y nos dejará entrar en el país sin billete de regreso.

Por la tarde volamos por fin hacia Sudamérica pasando triunfales por encima del agujero del continente. La pantanosa y selvática región del Darién es una barrera natural entre ambos subcontinentes, en el límite de Colombia y Panamá. De no cortar la carretera Panamericana sería posible recorrer todo el continente por tierra.